Monolito que se alza en la parte más profunda de La Caldera de Taburiente.
Cortesía de Roberto González Rodríguez
Hechos, imágenes o escritos —en prosa o poesía, y míos o de otros pasenses— acerca de El Paso, sus fiestas, su historia, sus gentes, sus costumbres…
Monolito que se alza en la parte más profunda de La Caldera de Taburiente.
Cortesía de Roberto González Rodríguez
Nuestra eterna visitante, la brisa, y el sol naciente tras ella cuando aún pueden verse algunas estrellas en nuestro cielo, casi siempre límpido.
Cortesía de Roberto González Rodríguez
Era un hombre, un pobre anciano,
quien a una puerta llamó,
y al mancebo que la abrió,
con ansia tendió la mano.
Mas aquel joven villano,
al mendigo despreció,
y la puerta le cerró,
murmurando, ¡el inhumano!
—————————–
La noche tendió su velo.
La nieve a copos caía,
y a la luz del nuevo día,
frente a la puerto, en el suelo,
al abrir, de frío yerto,
¡vio el hijo a su padre muerto!
Tras de largo padecer,
un joven agonizaba,
y acompañándole estaba
sólo una débil mujer,
que la esencia del querer
en su rostro reflejaba.
Era la madre que oraba
por la vida de aquel ser.
Murió el hijo y, ¡oh, dolor!,
entonces ella impaciente,
por el grado de su amor,
rayó en locura y, demente,
dio por frases angustiadas,
¡fuertísimas carcajadas!
Una esposa agonizaba,
y a su lado sólo había
su unigénita, María,
que por ella a Dios rogaba.
Más tarde el esposo entraba,
y con él la hermosa impía
que a la enferma ver quería
ya muerta, y la visitaba.
En el trance de morir,
con aquella mujer vio
a su marido reír.
Miró a su hija y vertió
entonces, en su quebranto,
copioso y amargo llanto.
De difuntos era el día,
cuando la altiva ciudad
a sus muertos de amistad
visita en la tumba fría.
Con fatuas ostentaciones,
las más pudientes personas
llevan cintas y coronas
a sus propios panteones.
Y todos van sin pesares,
en alas de la ilusión,
a ver el gran panteón
con sus lúgubres altares.
Ir a un sepulcro a rezar,
del pueblo no es el intento.
Todos muestran sentimiento,
mas pocos van a llorar.
La ciudad fue at cementerio,
pero henchida de alegría.
Faltaba allí la armonía
del dolor en el misterio…
Sólo una bella mujer,
de negro crespón vestida,
mostrábase entristecida
y en constante padecer.
Pues la tumba de su esposo
con sus lagrimas regaba,
y en ella se arrodillaba
en un continuo sollozo.
————————–
Pero allí un galán la admira,
por su hermosura que hechiza.
Ella lo advierte, lo mira,
y, como con él delira,
con él cruza una sonrisa.
***
Pasa un año, ¡oh, sentimiento!
De difuntos era el día.
La viuda, toda contento,
con su esposo, el de mi cuento,
al cementerio volvía.
Un joven ciego pedía del mundo la caridad,
y un anciano que lo oía,
con cariño le decía:
«Buen compañero, escuchad:
El humano corazón,
de la vida en la jornada,
lo quo siente es ambición;
mas, morirá esa ilusión
en las sombras de la nada,
o con los vívidos fulgores
de la Gran Verdad quo en pos
de ella sigo, en mis amores,
cantándole mis loores,
mis cantos de amor a Dios».
En una velada yo
leí cierta poesía,
y el público que la oía
entusiasmado aplaudió.
Enseguida preguntó
quién los versos hubo escrito,
y al saber, por alto grito,
que los hizo un labrador,
silencio para el autor:
¡no aplaudió más el maldito!
Al mes de haberse casado,
Lope se fue al extranjero,
dejando su hogar amado,
porque se vio sin dinero,
sin crédito y empeñado.
Marchó en pos de un porvenir
que jamás pudo encontrar,
porque nunca quiso ir
a un buen colegio a estudiar,
no sabiendo ni escribir.
Y transcurrieron veinte años.
De Lope no se sabía…
Por fin, ¡oh, qué desengaños!
llegó al pueblo cierto día
con muchos juicios extraños.
Antes que donde nació
él se diera a conocer,
una idea concibió:
vigilar a su mujer,
idea que realizó.
Por la noche, frente a frente
de la puerta de su hogar,
colocándose impaciente,
vio en la casa penetrar
a un aguerrido teniente.
Vuelve a la calle a salir
este joven estudioso,
y le sale a despedir
con un ósculo amoroso,
quien por él quiere vivir:
una mujer muy hermosa
de negro crespón vestida,
con aire de dolorosa,
porque en la mísera vida
la suerte le era azarosa…
Diz Lope «¡Soy traicionado!»
y tres tiros disparó
sobre aquel noble soldado.
Por necio, Lope mató
¡a su unigénito amado!