[*FP}– Un alfiler en África (3/5)

Carlos M. Padrón

A diferencia de la usanza en EEUU y en otros países, en Europa, y también en Marruecos, el precio básico de las habitaciones de hotel es el de doble ocupación; si uno quiere estar solo debe pagar un extra sobre ese precio básico. Y la media pensión que ya mencioné es desayuno y almuerzo, o desayuno y cena, según el huésped prefiera. Ésta era la política que en cuanto a comidas tenía yo que seguir en el Hotel Kenza, que así se llamaba el cuatro estrellas incluido en el paquete que yo había comprado a Dunia Tours en Madrid.

Pero después de haber pasado tres noches en el Kenza quedé convencido de que debo revisar mis conocimientos de astronomía, pues, al menos en materia hotelera, las estrellas africanas no son como las americanas. Y ya les digo por qué.

Aún a la poca luz que a las 11 de la noche, cuando entré en el Kenza, había en los pasillos, tanto en paredes y pisos como en el acabado de cerámicas se notaba lo pésimo de la construcción. Como no había ascensor de servicio, tratar de subir a, o bajar de, las habitaciones en las horas en que estaban limpiándolas era todo un calvario, pues el personal de servicio mantenía ocupados los ascensores supuestamente destinados sólo a los huéspedes.

En las habitaciones no había televisor. En los baños —que, eso sí, tenían regadera de pared en vez de la ridícula, poco funcional y poco higiénica, ducha de “telefonito”, tan frecuente en Europa— no había jabón sino —atornillados a la pared, junto al lavamanos y a la bañera— unos desvencijados expendedores de gel que, después de mucho pelear con ellos, soltaban un brebaje amarillento e inodoro que daba de todo menos espuma. Afortunadamente, la experiencia ha hecho que lleve siempre en mi equipaje un jabón de baño.

Para hablar desde las habitaciones a un teléfono del exterior, hay que llamar antes a la operadora, que está ubicada tras el mostrador de la recepción, esperar que conteste —pues se la pasa haciendo visitas por teléfono— darle el número al que uno quiere hablar, esperar que ella se digne marcarlo, y cruzar los dedos para que las líneas telefónicas externas estén operativas.

Los tabiques en la zona de dormitorios deben ser de cartón o material similar, pues se oye todo sonido, por tenue que sea, que se produzca en las habitaciones contiguas. Y como la cerradura de seguridad interna de la puerta de mi habitación —no sé si también la de las demás habitaciones que, me dijeron, estaban todas ocupadas— no funcionaba, en preservación de mi integridad física opté por recostar contra la puerta una sólida mesa de madera de unos 30 kilos de peso, que encontré en el balcón.

Como desde mis tiempos de estudiante gané fama de hacer brotar el contratiempo, la aventura o el riesgo hasta en la más inocente excursión en la que yo participara, pensé que ya que tenía la fama debía cargar también con el provecho, y que, al fin y al cabo, había llegado bien, aún respiraba, y gozaba de buena salud.

Y con este pensamiento tan edificante, y después de una última revisión a la improvisada y rudimentaria barricada que había construido con la mesa de madera, me fui a la cama y, aunque predispuesto por todo lo ocurrido, por lo extraño del lugar y, sobre todo, por la falta de seguridad en la habitación, me dormí sobre una rara almohada de forma totalmente cuadrangular,… para despertar de un solo salto, que me dejó sentado en la cama y con el corazón en la boca, por obra de unos como lamentos de voz de hombre que por su intensidad parecían provenir del balcón de mi habitación, y por su inflexión parecían el grito de Tarzán cayéndose de un árbol, pero que no eran otra cosa que la voz del almuecín que, a las 5 de la madrugada, aún de noche, y a través de unos potentes altavoces instalados en lo alto de una mezquita que estaba frente a la parte trasera del hotel —la parte a la que daba mi habitación, y justo frente a ésta—, hacía a los fieles musulmanes el llamado a la primera oración del día.

Aunque tengo, y de vieja data, una gran afición a los equipos de sonido, en aquel momento de pesadilla no pude menos que dedicar un pensamiento poco decente a la madre de quien los inventó, y otro a la de quien tuvo la peregrina idea de ponerlos al servicio de los almuecines.

Y terminado el estertóreo llamado a la oración, que tal vez produjo fervor religioso en algunos pero que en mí produjo una tremenda arrechera (cabreo), volví a dormirme hasta las 7 de la mañana.

[*FP}– Un alfiler en África (2/5)

Carlos M. Padrón

Debido al retraso con que salimos de Madrid, llegamos tan tarde a Casablanca que el aeropuerto estaba desierto.

La mayoría de los que veníamos de Madrid seguíamos viaje a Marrakech, así que hicimos cola frente al mostrador de tránsito para que nos dieran el boarding pass. Cuando recibí el mío, casi ilegible por lo malo de la impresión, pregunté en inglés a la dama que me lo había dado cuál era la puerta de salida de ese vuelo. Me contestó algo como “deus”, y le pregunté entonces “Gate number two?”, mientras con los dedos le indicaba un 2. Con una amplia sonrisa me contestó “Yes!” y me fui derecho a la puerta 2 donde en ese momento embarcaban un vuelo. Al mostrar mi boarding pass a la dama que estaba recibiéndolos, ésta me dijo “Ten more minutes, please” (= Diez minutos más, por favor) y me senté a esperar en un bar que había enfrente.

Trascurrida casi media hora y faltando menos de otra media para la anunciada salida del vuelo a Marrakech, frente a esa puerta 2 estaba sólo yo a pesar de que, como dije, la mayoría del pasaje del vuelo que nos había traído desde Madrid iba para Marrackeh, así que, sospechando que algo andaba mal, salí al pasillo.

De inmediato, y no sé de dónde, aparecieron dos policías y un empleado del aeropuerto gesticulando y gritando como locos. Se acercaron a mí, me rodearon, me pidieron el boarding pass y, al verlo, los policías se fueron, y el empleado de RAM comenzó a vociferar en árabe y otras extrañas lenguas, pero nunca en español, hasta que en su peregrinación políglota recaló en el inglés y me dijo “12J”, mientras señalaba, medio histérico, un 12J impreso en mi boarding pass. Le dije que ése era mi asiento, y más histérico aún me contestó que en ese vuelo los asientos eran libres, que el 12J era el número de la puerta de abordaje de mi vuelo, y que mejor corría porque éste estaba listo para salir.

Efectivamente, corrí, pero al llegar al punto de control de equipajes de mano, el policía a cargo, después de otro peregrinaje políglota que no hacía escala ni en el español ni en el inglés, logró que yo entendiera su francés y me preguntó que adónde iba, pregunta más que estúpida porque sólo había un vuelo para salir: el que yo, que había llegado corriendo, quería tomar; y por la puerta en que el policía y yo estábamos sólo se abordaba uno: el que iba a Marrakech, que era también el que yo quería tomar.

Cuando, con una forzada sonrisa, le dije que yo iba a Marrackech, y le señalé el avión que estaba en pista a escasos metros de nosotros, me preguntó que a qué iba yo a Marrakech. Dije no entender su pregunta, lo cual era cierto, y entonces fue directamente al punto: ¿era yo turista? Le respondí que sí y, para mi asombro, esbozó una sonrisa abiertamente irónica, emitió el chasquido repetitivo de desaprobación que uno suele emitir cuando ve que alguien está haciendo algo malo, y movió la cabeza en señal de incredulidad.

Bastante molesto con esto, me encogí de hombros con gesto ampuloso para hacerle notar que no entendía a qué venía su actitud, y entonces, con una mirada de tipo listo, me preguntó dónde estaba mi cámara fotográfica. Cuando abrí el bolso de mano y se la mostré, volvió a mover su morisca testa y, obsequiándome una sonrisa compasiva y de resignación, me indicó que pasara adelante. Corrí hasta el avión, cuya puerta se cerró detrás de mí, y apenas me senté comenzó el taxeo por la pista.

El vuelo a Marrakech duró 25 minutos y, a Dios gracias, sin baile ni cante jondo. En el aeropuerto había un representante de Dunia Torus que esperaba a sus clientes para llevarlos a sus respectivos hoteles. A mí me montaron en un taxi conducido por un bereber —vestido con un largo abrigo de pieles, y tan alto que pegaba su cabeza en el techo del vehículo, techo que ya por eso estaba abollado—, y llevando por compañeros a dos muchachos mexicanos que, como yo, venían a partir el año en la tan cacareada Marrakech, también conocida como Jardín de África. El taxista los dejó a ellos primero y luego a mí.

[*FP}– Un alfiler en África (1/5)

Carlos M. Padrón

Introducción.

El nombre de MADGRI, que acompaña al de este blog, nació cuando, viviendo yo en Madrid entre 1993 y 1995, comencé a escribir, y a enviar a gente de IBM de América Latina, reportajes sobre lo que de raro o novedoso veía en España y en otros países de Europa a los que iba por trabajo o placer.

A finales de diciembre de 1994, y para “partir” el año, viajé a Marrakech, y por lo accidentado de este viaje, de regreso a Madrid escribí el consiguiente reportaje, pero, por motivos que ahora no recuerdo, nunca lo envié.

Hace unos días lo encontré entre mis papeles, y aunque tiene ya 11 años —fue escrito en Madrid en los primeros días de enero de 1995, a los pocos de haber regresado yo de ese viaje, lo cual hay que tener en cuenta al leerlo—, he decidido publicarlo aquí para compartir con ustedes, en cinco capítulos, aquella “interesante” experiencia.

Más vale tarde que nunca.

~~~

Un alfiler en África (1/5)

En mi casa en Caracas tengo un mapamundi de pared en el que he ido clavando un alfiler en cada ciudad que he visitado y que aparezca en ese mapa. Hay alfileres en todos los continentes excepto en África, lo cual me había creado un cierto síndrome de coleccionista frustrado.

Dispuesto a remediar esta situación me puse en contacto con las agencias de viajes que ofrecían paquetes (boleto aéreo, hotel de 4 estrellas con media pensión, traslados aeropuerto-hotel-aeropuerto, etc.) muy comunes aquí para viajar a casi a cualquier parte del mundo, y en Dunia Tours conseguí uno para pasar en Marrackeh (se pronuncia marrakesh, y está en Marruecos, al borde suroeste del Sahara) el fin del año 1994 y recibir allí el 1995. La idea me resultó interesante porque a varios IBMistas les había oído hablar muy bien de esa ciudad, e incluso IBM-España había celebrado allá la convención HPC (Hundred Percent Club = Club del 100%) correspondiente al año 1992.

Entre los consejos que me dieron en la agencia estaba que hablara siempre español, porque todos me entenderían y me tratarían muy bien por ese motivo, y que si no encontraba grupo para excursión a algún sitio al que quisiera yo ir, que negociara con un taxi del hotel, que por un precio razonable se pasaría el día a mi servicio, pues hay muchos taxis y no tantos clientes que los contraten por todo un día.

En especial me aconsejaron que por nada dejara de visitar el Zoco, pero que fuera primero en tour y luego solo, pues valía la pena dedicarle mucho tiempo. También me dijeron que, lamentándolo mucho, el paquete incluía, sin posibilidad de eliminación dadas las fecha, una cena de fin de año, en el hotel, que costaría 13.900 pesetas, a pagar en el mismo hotel.

Y entre la folletería que me entregaron, y que incluía un panfleto editado por el organismo estatal que en Marruecos se encarga del turismo, se decía, entre otras, cosas, que en Marrakech se hablaba, en orden de prioridad, árabe, francés, español e inglés; que el cambio al momento era de unas 15 pesetas por dirham (DRM); que se podía cambiar a la misma tasa tanto en los hoteles como en los bancos; que, previa presentación de comprobantes oficiales de esos cambios, se podía, ya en el aeropuerto, cambiar DRM a la moneda original usada para adquirirlos; y que los marroquíes, que eran muy dados al comercio, gustaban mucho de regatear, pero exigían que se respetara el precio convenido de palabra, pues la palabra dada al final del regateo equivalía a un contrato escrito.

A este respecto se ponía como ejemplo que si uno, después de regatear, aceptaba comprar un artículo en 75 DRM, y un instante después volvía la vista hacia el puesto de venta vecino y veía el mismo artículo a 50 DRM, era mucho mejor que pagara sin protestar los 75 DRM convenidos porque, si no, “enfrentaría una reacción nada agradable de parte del vendedor con el que había convenido el precio de 75 DRM”.

Con todo esto en mente me fui al aeropuerto de Barajas en la tarde del viernes 30/12/1994 dispuesto a usar por primera vez los servicios de la línea aérea RAM —siglas que me sobresaltaron un tanto por aquello de RAMbo, pero que son las de Royal Air Morocco—, lo cual me agradó porque sería una nueva línea aérea para mi colección —la número 49—, y porque Iberia, que era la otra opción, estaba en cuasi-huelga.

En huelga, y no cuasi sino total, estaba ese día el transporte público de Madrid, así que opté por pedir taxi por teléfono. Pasaron 15 minutos antes de que llegara, pero muchísimo más tiempo había pasado desde la última vez que su chofer se había bañado, pues el mal olor dentro del taxi era tal que, a pesar de los cero grados en el exterior y del viento helado que iba a pegarme, me acerqué a la ventanilla trasera derecha y la abrí un poco para poder respirar aire no contaminado. Como eso causó bastante ruido, el taxista, visiblemente molesto, miró un par de veces hacia la ventanilla con cara de estar dispuesto, si no a pedirme que la cerrara del todo, sí a preguntarme por qué la había abierto. Y yo tenía preparada ya mi respuesta —no muy agradable, por cierto— para el caso de que el tipo me dijera algo, aunque tenía también ciertos temores acerca de la reacción que mi respuesta causaría. Pero el “aromático” chofer no dijo nada, y así llegamos a Barajas.

Dado como soy a buscar significados a las mal llamadas “coincidencias”, me dije que este apestoso comienzo no presagiaba nada bueno.

El itinerario del vuelo de RAM que yo tenía que abordar era Madrid-Casablanca-Marrakech. La salida para el primer tramo se retrasó casi una hora. Cuando al fin anunciaron el abordaje, entré de los primeros, siguiendo mi costumbre, pero no lograba ubicar mi asiento, el 9C-Pasillo, porque simplemente los asientos no tenían numeración. Un tripulante me indicó por fin cuál era el mío y, haciendo un acto de fe, me senté en ése —después de colocar en buen sitio mi equipaje de mano— y me ajusté el cinturón.

Al rato llegó una dama de rara vestimenta, y después de hablar con otro tripulante —ya que no era adivina— para saber cuál era su asiento, me dirigió algo parecido a una sonrisa y me pidió en inglés que la dejara pasar porque debía sentarse en el 9B, que era el asiento junto al mío. Para no tener que zafarme el cinturón, decidí encogerme cuanto pude y dejarle paso entre mis rodillas y el respaldo del asiento que estaba delante del mío, e inmediatamente me arrepentí de mi decisión y ratifiqué el mal presagio habido en el taxi, porque el olor que brotó de la axila izquierda de aquella dama de rara vestimenta podía noquear a Casius Clay en sus mejores tiempos.

Medianamente recuperado después de varias inhalaciones profundas —con la cara vuelta hacia el pasillo, por supuesto— rogué a la corte celestial que algún piojo alborotado no fuera a picar a la damita en el lado derecho de su cráneo y ésta se viera obligada a levantar el brazo para rascarse. Afortunadamente eso no ocurrió, y durante los 85 minutos que duró el vuelo a Casablanca el ambiente olfativo estuvo medianamente aceptable, pero no así el auditivo, pues en business class, que estaba apenas tres filas delante de mí, iban unos tipos que se pasaron el viaje pegándole al cante jondo, con palmas y todo, y turnándose para efectuar en el pasillo las contorsiones propias del baile flamenco. Eso fue un martirio de 85 minutos porque el tal canto y el tal baile me caen, desde que siendo adolescente los ví y escuché por primera vez, como una mentada de madre acompañada de una patada allí donde más duele.

[*FP}— Un alfiler en África

17-10-2006

Carlos M. Padrón

Introducción.

El nombre de MADGRI, que acompaña al de este blog, nació cuando, viviendo yo en Madrid entre 1993 y 1995, comencé a escribir, y a enviar a gente de IBM de América Latina, reportajes sobre lo que de raro o novedoso veía en España y en otros países de Europa a los que iba por trabajo o placer.

A finales de diciembre de 1994, y para “partir” el año, viajé a Marrakech, y por lo accidentado de este viaje, de regreso a Madrid escribí el consiguiente reportaje, pero, por motivos que ahora no recuerdo, nunca lo envié.

Hace unos días lo encontré entre mis papeles, y aunque tiene ya 11 años —fue escrito en Madrid en los primeros días de enero de 1995, a los pocos de haber regresado yo de ese viaje, lo cual hay que tener en cuenta al leerlo—, he decidido publicarlo aquí para compartir con ustedes, en cinco capítulos, aquella “interesante” experiencia.

Más vale tarde que nunca.

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Un alfiler en África (1/5)

En mi casa en Caracas tengo un mapamundi de pared en el que he ido clavando un alfiler en cada ciudad que he visitado y que aparezca en ese mapa. Hay alfileres en todos los continentes excepto en África, lo cual me había creado un cierto síndrome de coleccionista frustrado.

Dispuesto a remediar esta situación me puse en contacto con las agencias de viajes que ofrecían paquetes (boleto aéreo, hotel de 4 estrellas con media pensión, traslados aeropuerto-hotel-aeropuerto, etc.) muy comunes aquí para viajar a casi a cualquier parte del mundo, y en Dunia Tours conseguí uno para pasar en Marrackeh (se pronuncia marrakesh, y está en Marruecos, al borde suroeste del Sahara) el fin del año 1994 y recibir allí el 1995. La idea me resultó interesante porque a varios IBMistas les había oído hablar muy bien de esa ciudad, e incluso IBM-España había celebrado allá la convención HPC (Hundred Percent Club = Club del 100%) correspondiente al año 1992.

Entre los consejos que me dieron en la agencia estaba que hablara siempre español, porque todos me entenderían y me tratarían muy bien por ese motivo, y que si no encontraba grupo para excursión a algún sitio al que quisiera yo ir, que negociara con un taxi del hotel, que por un precio razonable se pasaría el día a mi servicio, pues hay muchos taxis y no tantos clientes que los contraten por todo un día.

En especial me aconsejaron que por nada dejara de visitar el Zoco, pero que fuera primero en tour y luego solo, pues valía la pena dedicarle mucho tiempo. También me dijeron que, lamentándolo mucho, el paquete incluía, sin posibilidad de eliminación dadas las fecha, una cena de fin de año, en el hotel, que costaría 13.900 pesetas, a pagar en el mismo hotel.

Y entre la folletería que me entregaron, y que incluía un panfleto editado por el organismo estatal que en Marruecos se encarga del turismo, se decía, entre otras, cosas, que en Marrakech se hablaba, en orden de prioridad, árabe, francés, español e inglés; que el cambio al momento era de unas 15 pesetas por dirham (DRM); que se podía cambiar a la misma tasa tanto en los hoteles como en los bancos; que, previa presentación de comprobantes oficiales de esos cambios, se podía, ya en el aeropuerto, cambiar DRM a la moneda original usada para adquirirlos; y que los marroquíes, que eran muy dados al comercio, gustaban mucho de regatear, pero exigían que se respetara el precio convenido de palabra, pues la palabra dada al final del regateo equivalía a un contrato escrito.

A este respecto se ponía como ejemplo que si uno, después de regatear, aceptaba comprar un artículo en 75 DRM, y un instante después volvía la vista hacia el puesto de venta vecino y veía el mismo artículo a 50 DRM, era mucho mejor que pagara sin protestar los 75 DRM convenidos porque, si no, “enfrentaría una reacción nada agradable de parte del vendedor con el que había convenido el precio de 75 DRM”.

Con todo esto en mente me fui al aeropuerto de Barajas en la tarde del viernes 30/12/1994 dispuesto a usar por primera vez los servicios de la línea aérea RAM —siglas que me sobresaltaron un tanto por aquello de RAMbo, pero que son las de Royal Air Morocco—, lo cual me agradó porque sería una nueva línea aérea para mi colección —la número 49—, y porque Iberia, que era la otra opción, estaba en cuasi-huelga.

En huelga, y no cuasi sino total, estaba ese día el transporte público de Madrid, así que opté por pedir taxi por teléfono. Pasaron 15 minutos antes de que llegara, pero muchísimo más tiempo había pasado desde la última vez que su chofer se había bañado, pues el mal olor dentro del taxi era tal que, a pesar de los cero grados en el exterior y del viento helado que iba a pegarme, me acerqué a la ventanilla trasera derecha y la abrí un poco para poder respirar aire no contaminado. Como eso causó bastante ruido, el taxista, visiblemente molesto, miró un par de veces hacia la ventanilla con cara de estar dispuesto, si no a pedirme que la cerrara del todo, sí a preguntarme por qué la había abierto. Y yo tenía preparada ya mi respuesta —no muy agradable, por cierto— para el caso de que el tipo me dijera algo, aunque tenía también ciertos temores acerca de la reacción que mi respuesta causaría. Pero el “aromático” chofer no dijo nada, y así llegamos a Barajas.

Dado como soy a buscar significados a las mal llamadas “coincidencias”, me dije que este apestoso comienzo no presagiaba nada bueno.

El itinerario del vuelo de RAM que yo tenía que abordar era Madrid-Casablanca-Marrakech. La salida para el primer tramo se retrasó casi una hora. Cuando al fin anunciaron el abordaje, entré de los primeros, siguiendo mi costumbre, pero no lograba ubicar mi asiento, el 9C-Pasillo, porque simplemente los asientos no tenían numeración. Un tripulante me indicó por fin cuál era el mío y, haciendo un acto de fe, me senté en ése —después de colocar en buen sitio mi equipaje de mano— y me ajusté el cinturón.

Al rato llegó una dama de rara vestimenta, y después de hablar con otro tripulante —ya que no era adivina— para saber cuál era su asiento, me dirigió algo parecido a una sonrisa y me pidió en inglés que la dejara pasar porque debía sentarse en el 9B, que era el asiento junto al mío. Para no tener que zafarme el cinturón, decidí encogerme cuanto pude y dejarle paso entre mis rodillas y el respaldo del asiento que estaba delante del mío, e inmediatamente me arrepentí de mi decisión y ratifiqué el mal presagio habido en el taxi, porque el olor que brotó de la axila izquierda de aquella dama de rara vestimenta podía noquear a Casius Clay en sus mejores tiempos.

Medianamente recuperado después de varias inhalaciones profundas —con la cara vuelta hacia el pasillo, por supuesto— rogué a la corte celestial que algún piojo alborotado no fuera a picar a la damita en el lado derecho de su cráneo y ésta se viera obligada a levantar el brazo para rascarse. Afortunadamente eso no ocurrió, y durante los 85 minutos que duró el vuelo a Casablanca el ambiente olfativo estuvo medianamente aceptable, pero no así el auditivo, pues en business class, que estaba apenas tres filas delante de mí, iban unos tipos que se pasaron el viaje pegándole al cante jondo, con palmas y todo, y turnándose para efectuar en el pasillo las contorsiones propias del baile flamenco. Eso fue un martirio de 85 minutos porque el tal canto y el tal baile me caen, desde que siendo adolescente los ví y escuché por primera vez, como una mentada de madre acompañada de una patada allí donde más duele.

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Un alfiler en África (2/5)

Carlos M. Padrón

Debido al retraso con que salimos de Madrid, llegamos tan tarde a Casablanca que el aeropuerto estaba desierto.

La mayoría de los que veníamos de Madrid seguíamos viaje a Marrakech, así que hicimos cola frente al mostrador de tránsito para que nos dieran el boarding pass. Cuando recibí el mío, casi ilegible por lo malo de la impresión, pregunté en inglés a la dama que me lo había dado cuál era la puerta de salida de ese vuelo. Me contestó algo como “deus”, y le pregunté entonces “Gate number two?”, mientras con los dedos le indicaba un 2. Con una amplia sonrisa me contestó “Yes!” y me fui derecho a la puerta 2 donde en ese momento embarcaban un vuelo. Al mostrar mi boarding pass a la dama que estaba recibiéndolos, ésta me dijo “Ten more minutes, please” (= Diez minutos más, por favor) y me senté a esperar en un bar que había enfrente.

Trascurrida casi media hora y faltando menos de otra media para la anunciada salida del vuelo a Marrakech, frente a esa puerta 2 estaba sólo yo a pesar de que, como dije, la mayoría del pasaje del vuelo que nos había traído desde Madrid iba para Marrackeh, así que, sospechando que algo andaba mal, salí al pasillo.

De inmediato, y no sé de dónde, aparecieron dos policías y un empleado del aeropuerto gesticulando y gritando como locos. Se acercaron a mí, me rodearon, me pidieron el boarding pass y, al verlo, los policías se fueron, y el empleado de RAM comenzó a vociferar en árabe y otras extrañas lenguas, pero nunca en español, hasta que en su peregrinación políglota recaló en el inglés y me dijo “12J”, mientras señalaba, medio histérico, un 12J impreso en mi boarding pass. Le dije que ése era mi asiento, y más histérico aún me contestó que en ese vuelo los asientos eran libres, que el 12J era el número de la puerta de abordaje de mi vuelo, y que mejor corría porque éste estaba listo para salir.

Efectivamente, corrí, pero al llegar al punto de control de equipajes de mano, el policía a cargo, después de otro peregrinaje políglota que no hacía escala ni en el español ni en el inglés, logró que yo entendiera su francés y me preguntó que adónde iba, pregunta más que estúpida porque sólo había un vuelo para salir: el que yo, que había llegado corriendo, quería tomar; y por la puerta en que el policía y yo estábamos sólo se abordaba uno: el que iba a Marrakech, que era también el que yo quería tomar.

Cuando, con una forzada sonrisa, le dije que yo iba a Marrackech, y le señalé el avión que estaba en pista a escasos metros de nosotros, me preguntó que a qué iba yo a Marrakech. Dije no entender su pregunta, lo cual era cierto, y entonces fue directamente al punto: ¿era yo turista? Le respondí que sí y, para mi asombro, esbozó una sonrisa abiertamente irónica, emitió el chasquido repetitivo de desaprobación que uno suele emitir cuando ve que alguien está haciendo algo malo, y movió la cabeza en señal de incredulidad.

Bastante molesto con esto, me encogí de hombros con gesto ampuloso para hacerle notar que no entendía a qué venía su actitud, y entonces, con una mirada de tipo listo, me preguntó dónde estaba mi cámara fotográfica. Cuando abrí el bolso de mano y se la mostré, volvió a mover su morisca testa y, obsequiándome una sonrisa compasiva y de resignación, me indicó que pasara adelante. Corrí hasta el avión, cuya puerta se cerró detrás de mí, y apenas me senté comenzó el taxeo por la pista.

El vuelo a Marrakech duró 25 minutos y, a Dios gracias, sin baile ni cante jondo. En el aeropuerto había un representante de Dunia Torus que esperaba a sus clientes para llevarlos a sus respectivos hoteles. A mí me montaron en un taxi conducido por un bereber —vestido con un largo abrigo de pieles, y tan alto que pegaba su cabeza en el techo del vehículo, techo que ya por eso estaba abollado—, y llevando por compañeros a dos muchachos mexicanos que, como yo, venían a partir el año en la tan cacareada Marrakech, también conocida como Jardín de África. El taxista los dejó a ellos primero y luego a mí.

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Un alfiler en África (3/5)

Carlos M. Padrón

A diferencia de la usanza en EEUU y en otros países, en Europa, y también en Marruecos, el precio básico de las habitaciones de hotel es el de doble ocupación; si uno quiere estar solo debe pagar un extra sobre ese precio básico. Y la media pensión que ya mencioné es desayuno y almuerzo, o desayuno y cena, según el huésped prefiera. Ésta era la política que en cuanto a comidas tenía yo que seguir en el Hotel Kenza, que así se llamaba el cuatro estrellas incluido en el paquete que yo había comprado a Dunia Tours en Madrid.

Pero después de haber pasado tres noches en el Kenza quedé convencido de que debo revisar mis conocimientos de astronomía, pues, al menos en materia hotelera, las estrellas africanas no son como las americanas. Y ya les digo por qué.

Aún a la poca luz que a las 11 de la noche, cuando entré en el Kenza, había en los pasillos, tanto en paredes y pisos como en el acabado de cerámicas se notaba lo pésimo de la construcción. Como no había ascensor de servicio, tratar de subir a, o bajar de, las habitaciones en las horas en que estaban limpiándolas era todo un calvario, pues el personal de servicio mantenía ocupados los ascensores supuestamente destinados sólo a los huéspedes.

En las habitaciones no había televisor. En los baños —que, eso sí, tenían regadera de pared en vez de la ridícula, poco funcional y poco higiénica, ducha de “telefonito”, tan frecuente en Europa— no había jabón sino —atornillados a la pared, junto al lavamanos y a la bañera— unos desvencijados expendedores de gel que, después de mucho pelear con ellos, soltaban un brebaje amarillento e inodoro que daba de todo menos espuma. Afortunadamente, la experiencia ha hecho que lleve siempre en mi equipaje un jabón de baño.

Para hablar desde las habitaciones a un teléfono del exterior, hay que llamar antes a la operadora, que está ubicada tras el mostrador de la recepción, esperar que conteste —pues se la pasa haciendo visitas por teléfono— darle el número al que uno quiere hablar, esperar que ella se digne marcarlo, y cruzar los dedos para que las líneas telefónicas externas estén operativas.

Los tabiques en la zona de dormitorios deben ser de cartón o material similar, pues se oye todo sonido, por tenue que sea, que se produzca en las habitaciones contiguas. Y como la cerradura de seguridad interna de la puerta de mi habitación —no sé si también la de las demás habitaciones que, me dijeron, estaban todas ocupadas— no funcionaba, en preservación de mi integridad física opté por recostar contra la puerta una sólida mesa de madera de unos 30 kilos de peso, que encontré en el balcón.

Como desde mis tiempos de estudiante gané fama de hacer brotar el contratiempo, la aventura o el riesgo hasta en la más inocente excursión en la que yo participara, pensé que ya que tenía la fama debía cargar también con el provecho, y que, al fin y al cabo, había llegado bien, aún respiraba, y gozaba de buena salud.

Y con este pensamiento tan edificante, y después de una última revisión a la improvisada y rudimentaria barricada que había construido con la mesa de madera, me fui a la cama y, aunque predispuesto por todo lo ocurrido, por lo extraño del lugar y, sobre todo, por la falta de seguridad en la habitación, me dormí sobre una rara almohada de forma totalmente cuadrangular,… para despertar de un solo salto, que me dejó sentado en la cama y con el corazón en la boca, por obra de unos como lamentos de voz de hombre que por su intensidad parecían provenir del balcón de mi habitación, y por su inflexión parecían el grito de Tarzán cayéndose de un árbol, pero que no eran otra cosa que la voz del almuecín que, a las 5 de la madrugada, aún de noche, y a través de unos potentes altavoces instalados en lo alto de una mezquita que estaba frente a la parte trasera del hotel —la parte a la que daba mi habitación, y justo frente a ésta—, hacía a los fieles musulmanes el llamado a la primera oración del día.

Aunque tengo, y de vieja data, una gran afición a los equipos de sonido, en aquel momento de pesadilla no pude menos que dedicar un pensamiento poco decente a la madre de quien los inventó, y otro a la de quien tuvo la peregrina idea de ponerlos al servicio de los almuecines.

Y terminado el estertóreo llamado a la oración, que tal vez produjo fervor religioso en algunos pero que en mí produjo una tremenda arrechera (cabreo), volví a dormirme hasta las 7 de la mañana.

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Un alfiler en África (4/5)

Carlos M. Padrón

Una de las teorías de la Gramática Generativa, que no puede demostrarse pero que suena bastante lógica, postula que si, por ejemplo, fuera posible tomar a un grupo de ingleses que no tuvieran idioma alguno y se los dejara juntos en un medio aislado, terminarían “inventando” de nuevo el idioma inglés, pues existe una correspondencia total entre la idiosincrasia de un pueblo y la lengua que éste habla.

Tal vez sea por eso por lo que nunca, desde que yo era niño, me gustó el francés, un disgusto que no tiene basamento lógico alguno, como tampoco lo tienen mi aversión a las palmeras típicas de Los Ángeles (California) —y, por cierto, también del Norte de África—, y me atávico miedo a los aljibes o a los grandes embalses de agua a medio llenar. Si debo buscarle explicación a estos sentimientos de rechazo y miedo, sólo la encuentro en la reencarnación.

Durante los cinco primeros años de bachillerato tuve que estudiar y aprobar francés como materia o asignatura oficial, pero cada vez me molestaba más su grafía y mucho más su fonética al escucharlo en la radio (la fonética del profesor no era fiable). Por eso, cuando luego me dieron la opción de escoger lengua extranjera, ante la sorpresa de profesores y alumnos escogí el inglés y no quise saber nada más del francés. Y como en El Paso no había profesores de inglés, tuve que estudiarlo yo solo, y solamente por libros. Salí adelante con él, pero de ahí me vienen ciertos problemas que aún tengo para entenderlo hablado.

El caso es que —salvo excepciones, como en todo— ni los franceses en general ni lo francés me caen en gracia, ni yo le caigo en gracia a los franceses, pues algo hay en mí, o algo en ellos, que hace que apenas nos acerquemos se levante una especie de pared entre nosotros. Como resultado de esta extraña y mutua “empatía”, los únicos lugares públicos de los que en mi vida me han botado —aun estando yo acompañado, y no por haber hecho algo malo sino por el “horrendo pecado” de no hablar francés sino inglés y, para colmo, también español e italiano— han sido un restaurante de Quebec y dos de París.

Y como, según Murphy, estas cosas tan “buenas” tienden a repetirse, la pared se hizo presente apenas contesté en inglés a la primera pregunta, también en inglés, del empleado del Kenza que me hizo el checkin en ese hotel; y se consolidó cuando el tal empleado vio por mi pasaporte que mi lengua nativa era el español. A partir de ese momento, todos los que trabajan tras el mostrador del hotel decidieron hablarme solamente en francés aunque yo les hablara en inglés, y aunque, ante mis narices, hablaran en inglés a otros huéspedes, y me hablaron en inglés a mí cuando llegué. Tan grave fue la cosa que me sorprendí entendiendo a medias el francés hablado (no tengo mayor problema con el escrito) y hasta soltando alguna que otra lenguarada en ese idioma.

En este tan “agradable y simpático” ambiente logré desayunar en la mañana del sábado 31/12, molesto aún por el “dulce” despertar que me había deparado el almuecín electrónico, y hasta pude conseguir que, a las 9 de la mañana, un guía que hablaba francés y español me admitiera para un tour a la parte vieja de la ciudad, y que, como sólo tenía por clientes a una pareja de franceses que querían hacer el tour en su propio carro (coche) alquilado y en su propio idioma, me metió en el asiento trasero en compañía de la francesa, que aparentaba tener edad como para ser la madre de su compañero, y por petición de éste me impuso la condición de que en el tour se hablaría sólo en francés, lo cual tuve que aceptar porque no había de otra. Por suerte, como el guía era marroquí, hablaba un francés que me resultaba de fonética menos oscura que el de los franceses nativos y, por tanto, menos ininteligible.

A la hora de iniciado el tour no había visto nada que justificara lo que de verde y de jardín me habían dicho que tenía Marrakech. Parece que esa infundada fama viene de que allí está el Hotel La Almunia, el más lujoso y caro de África (una suite puede costar mil libras esterlinas por noche) y que tiene un gran campo de golf de lujuriante verdor. Para siquiera ver el hotel, que es espectacular, hay que ir con vestimenta formal.

El resto de la ciudad es seco, árido, polvoriento y monocromático, pues todas las edificaciones están pintadas del mismo color rojizo, que es también el de la tierra del lugar, porque, según explicó el guía, es el color que minimiza más los efectos nocivos de la reflexión de la radiante luz solar que hay durante todo el año, pero en particular en los meses de verano cuando la temperatura suele llegar a los 48°C.

Estando en las afueras de la zona urbana, en uno de los pocos lugares en que había un estanque con agua de regadío, pregunté al guía —que sí me aceptaba preguntas en español— si la nube que se veía sobre el centro de la ciudad era contaminación. Me dijo que no, que era polvo, pues en Marrakech hay muy pocas vías asfaltadas, pero muchos vehículos automotores y muchos animales.

Me llamaron mucho la atención las filigranas de yeso y, sobre todo, las en piedra que hay en los palacios de puro estilo árabe. Pero lo impresionante, apabullante y traumatizante fue el Zoco, que no es más que el mercado popular en el que, sin ningún orden, clasificación ni concierto, se vende de todo. Junto a una carnicería puede estar una joyería, más allá un dispensario de especias, una floristería, una ebanistería, una tienda de souvenirs, una mezquita, etc. El abigarramiento es total. Se mezclan todos los tipos humanos, con todas las usanzas en el vestir, con todos los colores, con todos los olores y con más lenguas que en Babel.

Las construcciones son de una o dos plantas, y las calles, si es que pueden llamarse así, son tan estrechas que, como apenas llueve, les han puesto techo hecho con tablas, hojas de palma u otros materiales, dejando aberturas espaciadas para que entre la luz. Y forman un entresijo tan enrevesado que, una vez dentro, celebré casi con fervor el haber entrado con un guía, pues de haberlo hecho solo aún estaría yo buscando la salida. Todas las callejuelas, estrechas y tortuosas, lucen iguales; no les vi nombres ni nada que las distinga entre sí, y la algarabía es tal que casi no se puede hablar y hasta ni pensar.

La fauna humana es tan variada que en cada esquina encuentra uno motivo para sorprenderse con ella. Y me impactó tanto, que al dar con un mendigo sentado en un lugar al que llegaba suficiente luz, le tomé una foto y seguí mi camino tras el guía y la pareja de franceses.

De pronto oí a mis espaldas unos gritos amenazadores aunque para mí ininteligibles, y noté como, de repente, la francesa dio media vuelta y corrió hacia algo o alguien que estaba detrás de mí. Me volví para ver adónde iba con tanta prisa y vi que, deteniéndose y abriendo sus brazos, interceptó a dos jóvenes que estaban ya a escasos dos metros de mi persona, y se puso a hablarles en francés mientras ellos gesticulaban alterados señalándome con intenciones poco amistosas. No sé qué les dijo, pero sí sé que les dio dinero y los dos se fueron refunfuñando, caminando de espaldas y amenazándome con los puños crispados.

Entonces la francesa se me acercó y, en correcto español (cosas como ésta son las que me encantan de ellos) me dijo que yo había violado la ley del lugar porque había fotografiado a un mendigo, y los jóvenes querían castigarme por eso. Cuando argumenté que nadie me había dicho que tal cosa estuviera prohibida, aceptó que yo tenía razón, no quiso que le reembolsara el dinero que les había dado a los exaltados marroquíes, y me advirtió que en Marruecos hay mucha gente que no quiere ser fotografiada y que, como uno no sabe quiénes son, lo prudente es no fotografiar a nadie.

Creo que es la primera buena acción que recibo de un francés, y cada vez que miro la foto del mendigo pienso que es tal vez la más valiosa, en función del riesgo asociado a ella, que de viajes tengo mis álbumes.

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Un alfiler en África (5/5)

Carlos M. Padrón

Terminado el tour por el Zoco, los franceses, sin siquiera decirme adiós, se fueron en su carro, y el guía tuvo la amabilidad de pararse conmigo por casi 10 minutos al borde de la vía hasta que me consiguió un “petit taxi”, que es el equivalente de los taxis Volks-Wagen de México. Le dijo al taxista adónde debía llevarme, y a mí cuánto debía pagar por el viaje.

No oculto que durante todo el trayecto en aquel desvencijado taxi conducido por un tipo de aspecto nada tranquilizador estuve usando de corbata algo que la Naturaleza no diseñó para tal uso, pero al fin el taxista, que no dijo palabra durante el viaje, me dejó en el Hotel Kenza. Con un suspiro de alivio le di los 10 DRM que el guía me había dicho que le diera, y entré al hotel.

Cuando llegué a mi habitación estaba extenuado, más por tensión emocional que por esfuerzo físico, así que me dormí sin que me preocupara mucho el almuerzo, pues como —desde hace años, y en solidaridad con mis queridos perros— hago una sola comida al día, me reservé para la gran cena de fin de año que, según la agencia de viajes, era “obligatoria” y costaría 13.900 pesetas, unos 927 DRM.

Cuando me desperté eran como las 3 y media de la tarde. Bajé a la recepción y pregunté dónde sería la tal cena de fin de año. Me miraron como a bicho raro y me dijeron que no sabían nada de esa cena, pero que si yo quería una cena de fin de año podían ofrecerme el tour llamado ‘Fantasy Dinner’ que incluía precisamente una cena bajo una tienda de nómadas del desierto, y con un show de danzas típicas como sobremesa. El precio era de 350 DRM y el tour saldría del hotel entre las 7 y media y las 8 de la noche. Reservé de inmediato y pagué los 350 DRM.

A las 7 y media recibí en mi habitación una llamada del tipo con el que había hecho el negocio de la cena, y supuse que era para decirme que todo estaba listo para salir, pero resultó ser para informarme de que “como había mucha gente para la ‘Fantasy Dinner’, el precio había subido y era ahora de 700 DRM y no de 350”.

En mi más enfervorizado inglés le contesté que según el folleto editado por el organismo estatal a cargo del turismo en Marruecos, en ese país el precio convenido de palabra para transacciones comerciales se respeta como si fuera un contrato escrito, y que a mí no sólo me habían dicho que la cena me costaría 350 DRM sino que también me habían recibido ya el pago correspondiente, razones por las cuales yo exigía que se respetara el acuerdo que conmigo se había hecho. Se disculpó y dijo que vería qué podía hacer.

A las 8 bajé, listo ya para salir, y me senté en el lobby. Apenas un cuarto de hora después llegó el tipo y, fresco como una lechuga, me dijo que no había nada que hacer a menos que yo pagara 700 DRM. Le contesté que aunque en España me habían dicho que la cena me costaría unos 927 DRM y yo había aceptado pagar eso, por una cuestión de principios no estaba dispuesto a acceder al chantaje que se me quería hacer, aunque el precio que ahora se me pedía fuera inferior a los 927 DRM que yo venía dispuesto a pagar.

Puso cara de estupor, pues seguramente su idea del negocio no tenía cabida para ese tipo de principios, y, obsequiándome luego una sonrisa entre burlona y conmiserativa, me devolvió mis 350 DRM.

Así que, usando la tan europea media pensión, cené en el hotel y me fui a la cama a eso de las 10 de la noche,… para despertar a las 5 de la madrugada del primer día de 1995 a los melodiosos trinos de la dulce y estimulante voz del almuecín electrónico que, de nuevo, parecía gritar en el balcón de mi habitación. Pasado el correspondiente susto, y hecha la obligada mentada de madre, seguí durmiendo hasta las 8 de la mañana.

Ese primer día del año tomé un par de tours light, por las afueras de la ciudad, y de regreso al hotel preparé el equipaje para volar de vuelta a Madrid el día 2 muy temprano.

Ese día 2 me sirvió de algo el despertador tempranero del llamado del almuecín que de nuevo sonó a las 5 de la madrugada, lo que aproveché para dejar la cama, y a las 5:30 salí en taxi para el aeropuerto.

De Marrakech volé a Casablanca y, cuando en Casablanca, una vez pasado el control de pasaportes para el vuelo internacional a Madrid, noté que no había duty-free, como si sólo fuera mera curiosidad por mi parte le pregunté a un par de aparentes funcionarios oficiales que estaban en la puerta de la sala de espera de mi vuelo, si en una ventanilla que al momento estaba cerrada se podían cambiar DRM a pesetas —cosa que, según el folleto oficial ya mencionado, podía hacerse en ese tipo de ventanillas—, me dijeron que no y, para mi sorpresa, remataron con que yo no tenía cara de turista —lo mismo que otro funcionario me había dicho, también en Casablanca, en el viaje de venida—, y me advirtieron que si me habían sobrado DRMs tenía que devolverlos allí y a ellos.

Aquello era ya demasiado —sin contar lo de mi cara de no turista, que aún no sé cómo tomar, si como cumplido o como ofensa—, así que me arriesgué, y aunque en realidad me habían sobrado 760 DRM les dije que no tenía DRM alguno, que los había gastado todos y que sólo había preguntado por saber. Con cara de disgusto me dejaron tranquilo y siguieron “patrullando” a la espera, supongo, de otra posible víctima.

Ya dentro de la sala de espera había una pareja de holandeses que habían seguido con interés mi conversación con los funcionarios. Cuando entré a la sala, muy pequeña, me contaron que también a ellos les habían negado el cambio, aunque en Holanda les habían dicho que podían hacerlo, y quisieron quitarles el dinero sobrante, ante lo cual habían decidido que nunca más volverían a Marruecos.

Al día de hoy, he visitado casi 50 países o regiones de este mundo, y con gusto podría volver de nuevo a Nepal, a Turquía, visitar Egipto, Líbano, Sudáfrica, etc., pero a Marruecos no volveré más si puedo evitarlo.

Según en mis tiempos se decía en El Paso: ¡Una y no más, como el Alma de Tacande!.

[*FP}– Impresiones de un viaje por España. Diez años después (3/3)

Cap. 3 de 3 – Galicia y Asturias.

SIGUE LA LISTA,…

… y repito la,

NOTA IMPORTANTE: De este recorrido omitiré observaciones sobre lo que yo había visto antes, entre 1993 y 1995, y haré una especie de simple lista con sólo lo nuevo y lo que, en comparación con aquella época, me llamó la atención ahora.

Lunes 11/09.

* El carro de alquiler era un Ford Focus a diesel; para mí, el primero a diesel que manejo. En realidad, no noté diferencia alguna con uno de gasolina. Tenía aire acondicionado que, por supuesto, estuvo en actividad durante todo el viaje.

Sin embargo, este carro costaba, con sólo seguro básico, 53€ por día (y era el menos costoso). El que alquilé en El Paso, un Seat Toledo, también con aire acondicionado, costaba 20€ con seguro a todo riesgo. Así son las diferencias en precios.

* La autopista de Madrid a Galicia la había transitado yo un par de veces, pero terminaba en Benavente, y desde ahí a La Coruña, Lugo, etc., había que ir por carretera. Hoy esta autopista está terminada y, por tanto, el tramo a partir de Benavente y hasta Lugo, nuestro destino final del primer día de viaje —previa escala en Astorga para almorzar y ver la ciudad, en particular la catedral—, era nuevo para mí.

A poco de andar por él entendí por qué tardaron en hacerlo, pues tiene tantos viaductos que, después de pasar muchos, decidí comenzar a contar los próximos, y cuando iba por doce paré la cuenta, pero siguieron más y más viaductos. Algo impresionante.

Martes 12/09.

* Salido a las 8:30 de la mañana del hotel en Lugo hacia Ribadeo. Me gustó el lugar; fue una buena recomendación.

Además encontré algunos rincones casi medievales, como éste,

En la autopista entre Ribadeo y Luarca, paramos en la llamada Playa de las Catedrales, un lugar que vale la pena ver. Manuel nos había dicho que si al llegar encontrábamos que la marea estaba baja, que no dejáramos de bajar a la playa y entrar en las cuevas, y tuvimos la suerte de que sí, la marea estaba baja.

Mirando desde arriba, desde donde uno llega con el carro, el espectáculo de la playa es majestuoso,

Una vista desde abajo, con las escaleras que unen la playa con el lugar donde puede dejarse el carro.

En las grandes rocas que sobresalen de la arena puede apreciarse la línea que indica hasta dónde llega la marea cuando sube, inundándolo todo.

Alguien pensó que sería fácil caminar con tacones por esa playa, y la realidad le indicó que mejor era llevarlos en la mano.

* Siguiendo por esa misma autopista, y ya totalmente dentro de Asturias, al doblar una curva nos encontramos con uno de los rincones más bellos y contrastantes que he visto. Lástima que el encuentro fue sorpresivo y que no pudimos detenernos a tomar fotos y disfrutar del paisaje, que consistía en que, justo al doblar esa curva, comenzaba el Viaducto del Nalón —de 1.100 metros de largo, el más largo de Asturias—, en forma de ‘S’ y con dos arcos, como jorobas de camello, en todo el centro; una impresionante obra de moderna tecnología. Y a la izquierda, empotrado en un rincón de la cuencua del barranco (suponco que cauce de río) que ese viaducto salvaba, estaba la ciudad de Navia, con siglos sobre algunas de sus construcciones. Es un lugar al que con gusto volvería siempre que pudiera llegar a los puntos desde donde disfrutar de la vista descrita.

* Luarca es un pueblo costero muy pintoresco y construido en dos niveles: el bajo, junto a la ribera; y el alto —llamado La Villa—, que está bastante más elevado con respecto al primero, en una especie de meseta. Ahí estaba el hotel en el que pasamos esa noche.

Desde él bajamos por escaleras un tanto sinuosas hasta al nivel de la ribera, donde almorzamos y entre los dos dimos cuenta de una botella de vino,

lo cual nos trajo ciertos problemas al regresar al hotel por las mismas escaleras de la bajada, en las que conté 205 escalones más un par de rampas que traducidas a escalones serían unos 100 más. Cuando por fin llegamos al hotel, ya habíamos sudado los vapores del vino.

Durante el almuerzo nos tocó en suerte un grupo de jubilados, hombres y mujeres, en la mesa vecina. Durante el tiempo que estuvieron allí no pararon de chismografiar acerca de no sé cuántas personas, conocidas de todos, y era inevitable que escucháramos lo que decían. Dos de sus chismes me hicieron reír con ganas.

En el primero, uno de los hombres preguntó si se acordaban de fulanita, la que había vivido X años como pareja de menganito. Sí, todos la recordaban. “Pues bien —dijo el hombre—, después de tantos años viviendo juntos, estaban listos para casarse la semana pasada, pero él canceló todo. ¿Y sabéis por qué? Porque ella le pegó a su abuela”. Asumo que la víctima fue la abuela de ella no la de él.

Luego, una de las mujeres preguntó si sabían de la vida de perencejo. Un hombre contestó que sí, a lo que ella preguntó de nuevo si sabía si aún perencejo tenía muchas vacas. Cuando el hombre contestó también que sí, que perencejo tenía aún muchas vacas, la mujer replicó, muy seria: “Claro, como las vacas no se jubilan…”.

Miércoles 13/09.

* A las 9:30 de la mañana de nuevo en la vía. Paso por Avilés y Tazones, donde di con un rincón muy folclórico y muy de pueblo.

* Aunque el plan inicial preveía que la noche del 13 durmiéramos en Oviedo, como Chepina dio con la dirección de una muchacha conocida suya que, según le dijeron, vivía en “Torre, 30 – Ribadesella”, y esa ciudad estaba en nuestra ruta, cancelamos la reserva de hotel en Oviedo, y decidimos dormir en Ribadesella, buscando hotel al llegar al lugar.

Ribadesella sigue tan bella como yo la recordaba, aunque los restaurantes al borde del río ya no son tan rústicos como eran, ni tan baratos tampoco.

Quise comer, como comí hace 12 años, fabes con almejas, pero resultó que tal plato no aparecía en las cartas de los restaurantes donde sí estaba entonces, como si fuera el plato típico del lugar. Optamos por comer otra cosa, pero al preguntarle a la camarera que nos atendió —una dominicana—, qué había pasado con las fabes con almejas, nos dijo que tal vez podríamos conseguirlas en un restaurante cerca de un cierto mercadillo cuya ubicación nos dio.

Después del almuerzo fuimos hasta el lugar indicado y sí, el plato aparecía anunciado en una pizarra puesta afuera, cerca de la puerta, así que, después de hacernos el propósito de ir a ese restaurante a cenar fabes con almejas, preguntamos dónde estaba la calle Torre. Para nuestra sorpresa nos dijeron que Torre no era una calle sino un pueblo a 7 kilómetros de Ribadesella, así que para allá nos fuimos, pero en esa “gran metrópolis” donde hay tantas casas que se las identifica con un número sin necesidad de mencionar calles, nadie sabía dónde estaba el número 30. Terco como soy cuando decido encontrar algo (por eso encontré a Carmensa después de 26 años de búsqueda), di vueltas, me metí por senderos por donde apenas pasaba el carro,… y al fin dimos con la bendita dirección.

La muchacha que allí habitaba, madre de un niño de apenas meses, se extrañó de que los lugareños a quienes preguntamos no nos hubieran dicho enseguida dónde vivía ella, pues — nos dijo— la gente del pueblo estaba muy contenta porque hacía muchos años que allí no nacía un niño. Una muestra del triste futuro que espera a pueblos como éste y otros mayores cuyos jóvenes se van a las ciudades en busca de mejores oportunidades, y el pueblo se vuelve un geriátrico que se extingue de a poco hasta pasar —ojalá que no— a la categoría de pueblo fantasma.

Al borde de Torre conseguimos hotel, y después de descansar bajamos de nuevo a Ribadesella a cenar, y tuvimos que mojarnos —en sentido literal, no en el figurado que en España se le da a “mojarse”— para comer las fabes con almejas, pues llovía y no nos quedó otra opción que caminar bajo el agua desde el lugar donde estacionamos el carro hasta el restaurante que servía las fabes con almejas,… y que no fue el que vimos durante el día —ése sólo las servía en el almuerzo— sino uno que estaba al lado.

Jueves, 14/09.

* Salida del hotel a las 9:30 de la mañana rumbo a Llanes, donde desayunamos y nos fuimos casi a la carrera porque —y no tengo explicaciones al respecto— ese pueblo me dio malas vibraciones.

* No así San Vicente de la Barquera, que nos gustó mucho y pasamos en él un buen rato antes de seguir, por la carretera de la costa, a Santillana del Mar, que tampoco me hizo mucha gracia.

* Luego, hacia atrás por la autopista buscando el entronque, a la altura de San Vicente de la Barquera, con la carretera que lleva a Picos de Europa, por la que nos metimos, entre desfiladeros, pasando por Panes y Potes y hasta llegar a Cosgaya, nuestro destino de ese día, concretamente al Hotel del Oso,

en el que yo había estado el 10/11/1995 (habitación 210; esta vez fue la 217), cuando en Cosgaya apenas si había ese hotel y algunas casas viejas. Ahora el hotel construyó un edificio adicional, y en lugar de casas viejas hay más albergues y restaurantes.

En uno de ésos, y a falta de opciones, esperamos casi una hora —algo que odio hacer y que nunca antes hice— para que nos dieran una mesa, pero al final valió la pena porque la pierna de cordero que allí comimos la recuerda Chepina como lo mejor comida de todo el viaje.

Viernes 15/09.

* A las 8:45 de la mañana iniciamos el regreso a Madrid, vía Cervera de Pisuerga, tratando de encontrar un sitio donde tomar al menos un café —pues la cafetería del hotel no abriría “hasta después de las 9” (¿?)—, pero misión imposible: era muy temprano para abrir los cafés y, además, en la vía no había muchos pueblos que tuvieran pinta de contar con alguno “potable”.

Por fin, después de haber tomado la autopista a la altura de Aguilar y circulado bastante por ella, pasadas las 11 de la mañana dimos con un pequeño pueblo que, muy cerca de la autopista, tenía un bar llamado El Paso (¿cómo no iba yo a entrar ahí?). Mientras nos servía café y cachitos, la dueña del bar nos contó que en pocos días se iría de allí porque ese pueblo no tenía vida; que se iría a Burgos. “Otro candidato a pueblo fantasma”, nos dijimos.

* Al retomar de nuevo la autopista nos encontramos con que un par de policías habían detenido a 5 carros y estaban multándolos por exceso de velocidad. Dedujimos que como aquel pueblecito apenas si tenía presencia, los conductores no respetaron la reducción a 50 K/hora, oportuna y progresivamente anunciada y obligatoria en zona urbana, y el radar de la policía los cazó in fraganti.

* En Burgos —donde entramos para que Chepina viera, principalmente, la catedral— nos tomó más de media hora conseguir donde estacionar, y luego tuvimos que caminar unos 20 minutos hasta la catedral,… al lado de la que llegué yo con mi carro en 1995 y estacioné sin problema alguno.

Después de churros y chocolate, pues ya la temperatura había bajado por esos lares, de nuevo a la autopista.

* Próxima estación, Hotel NH-Barajas, el único en el que encontré un aire acondicionado decente que me permitió dormir debidamente arropado por sábana, manta, etc. Hasta llegar a este hotel, y desde la salida en la mañana del 11/09, recorrimos en carro 1.613 kilómetros.

Sábado 16/09.

* Vuelo de regreso a Caracas.

Al menos yo, que andaba a trote forzado desde el 29/07, llegué agotado, y notando muy bien la diferencia entre cansado y agotado: del cansancio puede uno recuperarse luego de una buena noche de sueño, pero recuperarse del agotamiento es un proceso que requiere semanas. Yo continúo en él.

[*FP}– Impresiones de un viaje por España. Diez años después (1 y 2/3)

Carlos M. Padrón

Cap. 1 de 3 – Prólogo.

Cuando estuve viviendo en Madrid, desde 1993 a 1995, hice en mi carro (coche) dos viajes largos con los que completé lo que podría llamarse una vuelta a España, aunque hice también dos incursiones a Portugal y una a Francia. Luego, en carro, avión o tren, fui a visitar, ya con más calma, los lugares que durante la “circunvalación” llamaron más mi atención. Éstos estaban, aparte de en Madrid y sus cercanías (Toledo, Segovia, Cuenca, Aranjuez, etc.), en el noroeste de la península, o sea, en Galicia, Asturias y el País Vasco. Y ahí, a esos lugares, me propuse llevar a Chepina.

Así que, terminada la estada en Canarias —Chepina llegó a La Palma el viernes 18/08/2006, justo con tiempo para descansar e ir luego a la romería de la Bajada de La Virgen de El Pino—, volamos a Madrid el lunes 04/09. Estuvimos en Madrid y alrededores hasta el domingo 10/09. El lunes 11/09 salimos en carro hacia Galicia y Asturias, regresamos a Madrid en la noche del viernes 15 (unos 1.400 k de recorrido), sólo a dormir en un hotel del aeropuerto, para volar de regreso a Caracas el sábado 16/09.

NOTA IMPORTANTE: De este recorrido omitiré observaciones sobre lo que yo había visto antes, entre 1993 y 1995, y haré una especie de simple lista con sólo lo nuevo y lo que, en comparación con aquella época, me llamó la atención ahora.

Primero debo destacar lo,

COMÚN A TODOS LOS LUGARES

1. La precariedad del supuesto aire acondicionado. Y digo supuesto porque, para mí, es “acondisoplado”. En consecuencia, pasé mucho calor, en todos lados. De hecho, de las 48 noches que dormí al otro lado del charco sólo una pude arroparme en la cama; de resto, me echaba sin nada arriba —si era en El Paso abría todas las ventanas que pudieran ventilar mi dormitorio— y ni los somníferos lograban hacerme conciliar más de 2 ó 3 horas de sueño por noche.

Ese problema de aire “acondisoplado” es común en toda Europa, donde también pareciera que el hielo es artículo de lujo. Según mi experiencia, en confort hotelero no hay estilo mejor que el gringo.

2. La enorme cantidad de carros, y lo difícil de encontrar donde estacionar. Un triste ejemplo: la ciudad de Los Llanos de Aridane, en La Palma (Canarias), ciudad vecina a El Paso, es la que en España tiene mayor promedio de carros por familia. En consecuencia, a Los Llanos íbamos en guagua (autobús) o en el carro de un amigo si éste “nos daba la cola”.

3. El alto costo de prácticamente todo, salvo —que yo pudiera comprobar— una excepción: el modesto restaurante de Madrid en el quem cuando yo vivía allá, solía comer los sábados porque servía comida casera, era familiar, bastante rústico y estaba cerca de mi casa. Me cobraba 1.000 pesetas (6 euros) por primer plato, segundo, postre, una botella de vino, café y orujo; ese mismo menú cuesta hoy en ese restaurante 8,50 euros, un aumento razonable.

4. El poco cumplimiento que se le da a la ley que prohíbe fumar en lugares públicos. En algunos restaurantes o cafés en que estuvimos había avisos que decían “Aquí se permite fumar”. Y en muchos otros, simplemente se fumaba como si nada.

5. Lo severo de la nueva reglamentación de tránsito en cuanto a límite de velocidad y consumo de alcohol,… y el no mucho caso que se le hace. Aunque el límite de velocidad en las autopistas (autovías) es de 120 k/hora, yo iba a 110 y sólo subía a 120 para adelantar a otro vehículo, pero los carros me adelantaban como alma que lleva el Diablo.

En cuanto al alcohol, si varios amigos salen juntos y saben que van a beber, suelen echarlo a suerte y el que resulte “afortunado” es el conductor designado, y éste ya sabe que sólo podrá beber o un vaso de vino o una cerveza. Si bebe más y tienen la mala suerte de que los pare la Policía, le aplicarán el alcoholímetro, y el conductor recibirá la consiguiente penalización de descuento de puntos de los 12 que tiene el permiso de conducir. Si se incurre en exceso de velocidad por encima del 30% de la máxima permitida (120 k/hora), no serán sólo los puntos sino también detención por delito.

Una alternativa para evitar el alcoholímetro es usar caminos vecinales, cuando los hay, en vez de vías principales, pues es en éstas donde la Policía monta puntos de control.

6. El espacio que en los estacionamientos de los hoteles, y en algunos públicos, destinan a los carros, sigue siendo tan reducido como hace 10 años. Ya en esa época fue algo que me llamó tanto la atención que una vez tomé las medidas de uno de esos puestos de estacionamiento considerados en España como normales para un carro, y al compararlo con los que tenía el hotel Tarrytown Marriott (en Westchester County, New York) —que no es de 5 estrellas ni mucho menos—, resultó que era del mismo tamaño que los puestos que ese hotel destinaba a estacionar las motos.

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Cap. 2 de 3 – Madrid, Toledo y Segovia.

LA LISTA

La estada en la península fue muy productiva gracias a Manuel Fernández, agente de viajes profesional, a quien conocí en IBM-Madrid, cuando yo trabajaba allá, porque él era una de las personas que, trabajando para Wagon Lit, atendía desde dentro de nuestras oficinas los asuntos de viajes del personal de IBM. De hecho, se encargó de todos los viajes de negocios y, personales que hice mientras estuve viviendo en Madrid.

Esta vez, y aunque ni él ni yo estamos ya en IBM, Manuel nos preparó, de forma espontánea, profesional y desinteresada —y comenzando desde que aún estábamos en Canarias—, un plan que incluía renta de carro, reserva de hoteles, sugerencias de lugares a visitar, vías a usar, indicación de distancias, etc. En fin, todo —repito: TODO— lo que debe considerarse para un viaje por carretera, ordenado cronológicamente, impreso a color y debidamente encuadernado. De no haber sido por esta enorme ayuda, no le habríamos sacado a este viaje ni un tercio de lo que de él obtuvimos. Desde esta página, y una vez más, ¡mil gracias, Manuel!.

Por ejemplo, la noche del martes 05/09, Manuel nos recogió en su carro en el hotel a eso de las 8:30 de la tarde y nos dejó a las 3 de la madrugada, y en esas seis horas y media de recorrido por la capital, con cena y luego copas en lo alto de un hotel del Centro, aprendí más de Madrid que en los dos años y medio que estuve viviendo allí.

Manuel nos decía, y con justa razón, que “en Madrid están buscando un tesoro, desde hace meses, y aún no lo han encontrado”, pues la ciudad está patas arriba por obras en todas partes. Algunas son la apertura de túneles que conectan el Centro con la M-30, la vía de circunvalación más próxima a éste, y que sólo permiten salir de la ciudad, no entrar a ella. Los que ya están en uso han aliviado bastante la enrome congestión vehicular que me pareció uno de los problemas que ahora encontré allá en todas partes: la cantidad de carros. Como ya dije, hay tantos que hallar un lugar para estacionar es una tarea que puede resultar un calvario.

Santa Cruz de Tenerife, La Laguna y La Cuesta —ésta está entre las otras dos ciudades— ya unidas las tres y formando físicamente una sola ciudad, están también patas arriba por la construcción de un tranvía, estacionamientos subterráneos, etc. La cantidad de gente y de carros, los embotellamientos y el calor me hicieron sentir como encasillado y eché mucho de menos lo que estos lugares eran hasta comienzos de los años 60.

* En los vuelos internos, Iberia no sirve nada gratis. Si uno quiere comida o bebida debe comprarla, y no precisamente a precios de ‘duty-free’.

* La famosa nueva Terminal T-4 de Barajas me pareció muy incómoda. Tan grande que hay que caminar mucho, a pesar del tren, los ascensores y las bandas mecánicas; y tan complicada que uno se encuentra con gente perdida, desorientada por la difícil señalización, o protestando o llorando porque ha perdido vuelos.

* El Metro se ha expandido con nuevas rutas, y presta un servicio excelente a un precio que es, si mal no recuerdo, el único bajo que allá encontré.

* Al lado del edificio donde yo vivía, calle de por medio, había un solar. Hoy está ahí el hotel Puerta de América,

un hotel de lujo para cuya decoración interior escogieron un arquitecto diferente por piso, o sea, cada uno de los pisos de ese hotel fue decorado por un arquitecto diferente y, si entendí bien, todos eran de renombre y de países diferentes.

* A pesar de que la casi totalidad de los dos años y medio que estuve viviendo en Madrid la pasé sin pareja, me era difícil ver en la calle, en la oficina, etc., una mujer cuyo físico me resultara atractivo. Ahora, 10 años después, las encontré por docenas: en la calle, en el Metro, en los bares, en los restaurantes, en los centros comerciales, de día o de noche; era impresionante la cantidad de cuerpos bien estilizados, el donaire al caminar, la desenvoltura, etc. No sé qué habrá pasado, pero me atrevo a aventurar la hipótesis de que lo mucho que en Madrid se camina es parte de la explicación. A diferencia de Caracas, Madrid es una ciudad que invita a caminar, y la gente camina. Y hasta si se viaja en Metro, para cambiar de ruta dentro de algunas estaciones hay a veces que caminar bastante y subir y bajar muchas escaleras, pues no todas son mecánicas.

Esto me hizo recordar un artículo, que una vez me mandaron como adjunto a un e-mail, que decía que “Canarias es la primera comunidad autónoma en cuanto a obesidad infantil, y la segunda en obesidad de adultos”.
http://www.gordos.com/defaultSecciones.aspx?ID=111

Y comparando las féminas que en abundancia había visto yo en Canarias con las que en más abundancia veía ahora en Madrid, entendí el por qué de ese artículo, al que le faltó mencionar que los cirujanos plásticos que han hecho su agosto en Venezuela aumentando con bolsas de silicona el volumen del busto de las damas no tendrían mucho futuro en Canarias.

* El viaje a Toledo, que tantas veces hice en mi carro, lo hicimos ahora en un tren AVE, desde Atocha. Apenas media hora para la ida y media para la vuelta, sin escalas. Creo que vale la pena hacerlo así, pues tampoco es fácil estacionar en Toledo.

De esta vez ya me quedó claro que las pinturas de El Greco me deprimen, y que, tal vez porque soy muy pragmático y dado a lo funcional, los trabajos como el de esta puerta, de la catedral de Astorga,

me dan grima, me ponen piel de gallina. Cuando los veo me pregunto “¿Para qué?”, pregunta que no me hago ante, por ejemplo, el acueducto de Segovia.

Lo mío no es turismo ‘indoor’ (de puertas adentro, bajo techo), prefiero las facetas sociales, mezclarme con la gente, ver cómo se comportan, qué les importa, cuáles son sus valores, cómo van por la vida, cómo la afrontan, etc., y por eso lo paso mejor —por dar un ejemplo extremo— en el mercado indígena de Otavalo, en el altiplano ecuatoriano, que en el museo de El Prado.

* El viaje a Segovia también fue en tren, pero no en un AVE sino en uno convencional que se tomó dos horas para la ida y dos para la vuelta, parando como el lechero. Siendo el Acueducto de Segovia uno de los monumentos que más admiro —esta vez pude subir al lugar desde donde mejor lo he fotografiado—,

no me quejo de esas cuatro horas,… ni del cochinillo del almuerzo, pero sí del calor que hacía.

En la estación para tomar el tren de regreso a Madrid el termómetro marcaba 37°C. Como en el andén hacía más calor que dentro del edificio de la Terminal, nos quedamos en éste hasta que permitieron que entráramos a los vagones, lo cual hicimos de inmediato porque dentro había aire acondicionado.

Pues bien, estando por fin así a una temperatura decente, segundos antes de que el tren saliera entraron corriendo en el vagón cuatro muchachas. La que entró primero se frenó en seco cuando ya estaba adentro, exclamó “¡Aquí no, que éste tiene aire acondicionado!”, y eso bastó y sobró para que todas dieran media vuelta y se fueran a un vagón que no lo tuviera. Increíble pero cierto.

[*FP}– Triple conmemoración del 50 aniversario de la Odisea en La Caldera

Carlos M. Padrón

NotaCMP.- Para la debida comprensión de este relato es clave tener presente que,
1. Según decía un «filósofo» pasense que en vida fue asiduo visitante de los bares del pueblo, «Sólo hay dos clases de vino: el bueno y el mejor».
2. La Fuente del Pino está en una cota bastante más alta que mi casa natal.

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Como ya dije al final del artículo Agonía en La Caldera – Cincuenta aniversario de una excursión que pudo ser mortal, el día 07/08/2006 llegué a El Paso con el objetivo principal de celebrar el 50 aniversario de esa odisea.

Wifredo Ramos se había encargado, con la ayuda de otros amigos, de los preparativos, y lo hicieron tan bien que la celebración en cuestión no fue una, sino que fueron tres,… y pico.

PRIMERA

La primera, y más formal, tuvo lugar el martes 08/08/2006 durante la charla a cargo de Wifredo, que dio inicio a las 8:30 de la tarde, y que, en el programa de los festejos de la Bajada de La Virgen de El Pino, se anunciaba así:

Desde el podio ubicado en el escenario de la Casa de la Cultura, en El Paso, Wifredo, cronista oficial del pueblo, se las ingenió para traer a colación, en medio de su charla, nuestra odisea en La Caldera, y nos invitó a Lelo (Ángel Díaz) y a mí a subir al escenario para que el público asistente conociera por lo menos a tres de los cuatro protagonistas, pues el cuarto, Gilberto, que vive en Tenerife, no pudo venir para esta primera celebración.

Entre lo que desde el escenario se dijo,

tuve oportunidad de dejar constancia ante todos de que Lelo había sido mi salvador cuando estaba yo por “tirar la toalla” en esa odisea.

SEGUNDA

Se celebró con una cena, debidamente regada con vino —y más de un vaso per capita, por supuesto— la noche del viernes 11/08/2006 en un restaurante de Tazacorte, el pueblo costero del Valle de Aridane.


En arco, comenzando por el extremo izquierdo, Carlos M. Padrón, Javier Simón, Francisco Triana, Wifredo Ramos, Fidel González, Juan Enrique Brito, y Gilberto Cruz.


De izquierda a derecha, Fidel González, Juan Enrique Brito, y Gilberto Cruz.

El regreso a El Paso lo hicimos “por los caminos verdes” por el riesgo de que en la vía principal nos parara la Policía con su temido alcoholímetro.

TERCERA

La tercera y más espontánea —tal vez por aquello de que “a la tercera va la vencida”— se festejó por etapas el lunes 14/08/2006.

Antes de comenzarla nos aprovisionamos de viandas tan sofisticadas como sardinas en lata, pan, tomates y cebollas. Y sí, es cierto: eran sólo el pretexto para beber el vino, natural al 100%, que llenamos ese mismo día en la bodega de la familia de Lelo.

Desde el lugar de privilegio que tiene la casa donde está esa bodega aproveché para tomar una foto que muestra bien el “marco” en que se encuentra asentado El Paso por su lado norte.


La “pared” sur del cráter de La Caldera: la pequeña sierra que culmina con el pico Bejenao y que es como el lado Norte del marco dentro del cual está El Paso. A la derecha, la Punta de Los Roques, extremo norte de la Cumbre Nueva, el lado Este de ese mismo marco.


Y la sierra que se ve al fondo, la Cumbre Nueva, sería el lado norte de ese marco, visto desde Todoque. (Foto tomada el 11/08/2006).


El mismo lado Norte, o Cumbre Nueva, pero cubierta por la brisa, de la que ya les hablé en el artículo «La Palma, mi isla». La primera etapa consistió en unas fotos en La Cumbrecita, puerta natural de entrada a La Caldera desde El Paso, o sea, cerca del lugar de los hechos de nuestra odisea, pues por La Cumbrecita entramos a La Caldera a primeras horas de aquel 06/07/1956.


Detrás, de izquierda a derecha, Javier Simón, Fidel González, Wifredo Ramos, Ángel Díaz (Lelo), Carlos M. Padrón y Gilberto Cruz. Delante, en cuclillas, Francisco Triana.


Detrás, de izquierda a derecha, Fidel González, Wifredo Ramos, Carlos Padrón, Ángel Díaz (Lelo) y Gilberto Cruz. Delante, en cuclillas, Francisco Triana. Al fondo, la Cumbre de los Andenes, “pared” Norte de La Caldera.

Desde ese punto tomé esta foto,

La flecha roja señala el pico, en el interior del cráter, en el que, según los expertos en La Caldera, pasaron la noche de ese 06/07/1956 Lelo, Gilberto y Wifredo. Yo, como ya conté, la pasé solo, con contracción muscular y muerto de sed, al final de un barranco que nace en ese pico y discurre por el costado opuesto al que muestra la foto, hasta terminar en un precipicio sobre el barranco de Las Angustias.

Es triste pero, hace 50 años, todo lo que en la foto se ve —y también la mayor parte de La Caldera, excepto Los Andenes— estaba repleto de vegetación, y hoy en el lomo en que está el pico son más los espacios desiertos que los cubiertos por pinos.

La segunda etapa fue un refrigerio —o eso creí yo— en la Fuente del Pino, muy cerca de La Cumbrecita, lugar histórico donde, con la traición al mencey Tanausú, culminó la conquista por los españoles de la isla de La Palma y de todo Canarias.

Wifredo, como buen organizador, preparó una pancarta alusiva a la celebración, y con ella nos fotografiamos “los cuatro de la odisea”.


De izquierda a derecha, Carlos Padrón, Ángel Díaz (Lelo), Wifredo Ramos y Gilberto Cruz.

Y antes de que el vino hiciera su efecto, firmamos, para la Historia, la “Declaración de La Cumbrecita” —escrita, por supuesto, por Wifredo Ramos—,

acerca de cuyo texto hizo Gilberto Cruz una sabia observación: “Lo mejor no es que hayamos podido llegar a hoy vivos los cuatro, sino que todos estamos muy bien de salud”.

A la sombra de unos pinos hicimos los sandwiches (bocadillos) y en vasos de plástico nos servíamos el vino que nos ayudaría a engullirlos.

No voy a pedir disculpas ni buscar explicaciones, pero es el caso que, hasta donde recuerdo, yo comí un solo sandwich, pero bebí vino como un cosaco, y sé que, terminado el ágape, iniciamos la tercera y última etapa, con la bajada, en dos carro (coches), hacia el pueblo, e hicimos una escala en la casa natal de Gilberto Cruz donde me tomaron esta foto,

en la que, aunque ya doy indicios de estar un tanto “meneque” —como en mis tiempos se decía—, continúo haciéndole honor al vino.

Y esta otra en la que, por mi poco éxito al tratar de leerle a Hildeliza, hermana de Gilberto Cruz, la “Declaración de La Cumbrecita”, me gané la socarrona mirada de Lelo y la de mal disimulado asombro de Hildeliza.

De ahí, y luego de otra escala en la casa de Alicia Padrón Ramos —que fue la residencia de Wifredo durante muchos años— continuamos bajando,…

Por si no lo saben, cuando uno bebe y baja, el efecto del alcohol es más rápido y pronunciado, así que no recuerdo en cuál de los dos carros me trajeron hasta la entrada del callejón que conduce a mi casa natal, pero sí sé que cuando comencé a caminar por él, el callejón serpenteaba como culebra, y que la llave, de lo más testaruda, no quería entrar en la cerradura de la puerta de la casa. Al fin logré meterla, abrí y me acosté.

Para mi sorpresa, a la mañana siguiente encontré sobre la mesa de la cocina una bolsa plástica con sardinas, pan, etc. y —lo más importante— una de las botellas de dos litros ¡llena de vino! Tuve que enrojecer a solas porque, simplemente, sin consultar con nadie me había traído todo lo que sobró del ágape.

Es la segunda vez en mi vida que me pongo “meneque”, ambas con vino natural y en celebración de algo. La primera valió la pena, y ésta la valió aún más porque pude volver a reunirme con tantos amigos de tantos años, apreciar el apoyo que todos dieron a mi idea de festejar este 50 aniversario, y el entusiasmo que todos pusieron para que esa celebración fuera una muy emotiva realidad llena de camaradería, que esperé también por muchos años.

Gracias a todos por su participación, y por el cariño y dedicación con que la dieron.

***

Después siguieron las celebraciones preliminares a la bajada físca de la imagen de la Virgen de El Pino desde su santuario en el monte hasta la iglesia en el centro del pueblo, bajada que tuvo lugar el domingo 20/08/2006 y que constituyó una apoteósica romería en la que desfilaron más de cien carrozas, las más de ellas con rondallas, cocina, comida y vino a bordo, que ofrecían a los caminantes.

La romería partió desde la ermita de El Pino, en las estribaciones de la Cumbre Nueva, a las 2:00 de la tarde, y la última de las carrozas llegó a La Plaza (centro del pueblo) a las 11:00 de la noche, un recorrido que puede hacerse, caminando a buen paso, en una hora.

Según dijeron, la romería de este año ha sido la más concurrida que se recuerda. La asistencia se calculó entre 25.000 y 30.000 personas,…en un pueblo que apenas tiene 7.000 habitantes y que se vistió de tradición y entusiasmo para este evento.

Todas las casas, balcones, ventanas, postes y rincones del trayecto por donde debía pasar la imagen de la Virgen lucían engalanadas con productos de la artesanía local, como mantas traperas, ollas, cántaros, ristras de frutas, etc.

y los más de los romeros y romeras que eran de las islas, ya ya fueran en alguna carroza o a pie, vestían el traje típico de su lugar de origen.

Cuando en medio de la espesa multitud logré acercarme lo suficiente, y con luz favorable, a la imagen de la Virgen, pude tomarle esta foto, en la que su silueta resalta sobre el cielo azul de El Paso adornado por mechones de la sempiterna brisa, que ese día se portó muy bien.

Una foto que guardaré como recuerdo de la primera vez que asistí a esta romería.