[*FP}— Un alfiler en África

17-10-2006

Carlos M. Padrón

Introducción.

El nombre de MADGRI, que acompaña al de este blog, nació cuando, viviendo yo en Madrid entre 1993 y 1995, comencé a escribir, y a enviar a gente de IBM de América Latina, reportajes sobre lo que de raro o novedoso veía en España y en otros países de Europa a los que iba por trabajo o placer.

A finales de diciembre de 1994, y para “partir” el año, viajé a Marrakech, y por lo accidentado de este viaje, de regreso a Madrid escribí el consiguiente reportaje, pero, por motivos que ahora no recuerdo, nunca lo envié.

Hace unos días lo encontré entre mis papeles, y aunque tiene ya 11 años —fue escrito en Madrid en los primeros días de enero de 1995, a los pocos de haber regresado yo de ese viaje, lo cual hay que tener en cuenta al leerlo—, he decidido publicarlo aquí para compartir con ustedes, en cinco capítulos, aquella “interesante” experiencia.

Más vale tarde que nunca.

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Un alfiler en África (1/5)

En mi casa en Caracas tengo un mapamundi de pared en el que he ido clavando un alfiler en cada ciudad que he visitado y que aparezca en ese mapa. Hay alfileres en todos los continentes excepto en África, lo cual me había creado un cierto síndrome de coleccionista frustrado.

Dispuesto a remediar esta situación me puse en contacto con las agencias de viajes que ofrecían paquetes (boleto aéreo, hotel de 4 estrellas con media pensión, traslados aeropuerto-hotel-aeropuerto, etc.) muy comunes aquí para viajar a casi a cualquier parte del mundo, y en Dunia Tours conseguí uno para pasar en Marrackeh (se pronuncia marrakesh, y está en Marruecos, al borde suroeste del Sahara) el fin del año 1994 y recibir allí el 1995. La idea me resultó interesante porque a varios IBMistas les había oído hablar muy bien de esa ciudad, e incluso IBM-España había celebrado allá la convención HPC (Hundred Percent Club = Club del 100%) correspondiente al año 1992.

Entre los consejos que me dieron en la agencia estaba que hablara siempre español, porque todos me entenderían y me tratarían muy bien por ese motivo, y que si no encontraba grupo para excursión a algún sitio al que quisiera yo ir, que negociara con un taxi del hotel, que por un precio razonable se pasaría el día a mi servicio, pues hay muchos taxis y no tantos clientes que los contraten por todo un día.

En especial me aconsejaron que por nada dejara de visitar el Zoco, pero que fuera primero en tour y luego solo, pues valía la pena dedicarle mucho tiempo. También me dijeron que, lamentándolo mucho, el paquete incluía, sin posibilidad de eliminación dadas las fecha, una cena de fin de año, en el hotel, que costaría 13.900 pesetas, a pagar en el mismo hotel.

Y entre la folletería que me entregaron, y que incluía un panfleto editado por el organismo estatal que en Marruecos se encarga del turismo, se decía, entre otras, cosas, que en Marrakech se hablaba, en orden de prioridad, árabe, francés, español e inglés; que el cambio al momento era de unas 15 pesetas por dirham (DRM); que se podía cambiar a la misma tasa tanto en los hoteles como en los bancos; que, previa presentación de comprobantes oficiales de esos cambios, se podía, ya en el aeropuerto, cambiar DRM a la moneda original usada para adquirirlos; y que los marroquíes, que eran muy dados al comercio, gustaban mucho de regatear, pero exigían que se respetara el precio convenido de palabra, pues la palabra dada al final del regateo equivalía a un contrato escrito.

A este respecto se ponía como ejemplo que si uno, después de regatear, aceptaba comprar un artículo en 75 DRM, y un instante después volvía la vista hacia el puesto de venta vecino y veía el mismo artículo a 50 DRM, era mucho mejor que pagara sin protestar los 75 DRM convenidos porque, si no, “enfrentaría una reacción nada agradable de parte del vendedor con el que había convenido el precio de 75 DRM”.

Con todo esto en mente me fui al aeropuerto de Barajas en la tarde del viernes 30/12/1994 dispuesto a usar por primera vez los servicios de la línea aérea RAM —siglas que me sobresaltaron un tanto por aquello de RAMbo, pero que son las de Royal Air Morocco—, lo cual me agradó porque sería una nueva línea aérea para mi colección —la número 49—, y porque Iberia, que era la otra opción, estaba en cuasi-huelga.

En huelga, y no cuasi sino total, estaba ese día el transporte público de Madrid, así que opté por pedir taxi por teléfono. Pasaron 15 minutos antes de que llegara, pero muchísimo más tiempo había pasado desde la última vez que su chofer se había bañado, pues el mal olor dentro del taxi era tal que, a pesar de los cero grados en el exterior y del viento helado que iba a pegarme, me acerqué a la ventanilla trasera derecha y la abrí un poco para poder respirar aire no contaminado. Como eso causó bastante ruido, el taxista, visiblemente molesto, miró un par de veces hacia la ventanilla con cara de estar dispuesto, si no a pedirme que la cerrara del todo, sí a preguntarme por qué la había abierto. Y yo tenía preparada ya mi respuesta —no muy agradable, por cierto— para el caso de que el tipo me dijera algo, aunque tenía también ciertos temores acerca de la reacción que mi respuesta causaría. Pero el “aromático” chofer no dijo nada, y así llegamos a Barajas.

Dado como soy a buscar significados a las mal llamadas “coincidencias”, me dije que este apestoso comienzo no presagiaba nada bueno.

El itinerario del vuelo de RAM que yo tenía que abordar era Madrid-Casablanca-Marrakech. La salida para el primer tramo se retrasó casi una hora. Cuando al fin anunciaron el abordaje, entré de los primeros, siguiendo mi costumbre, pero no lograba ubicar mi asiento, el 9C-Pasillo, porque simplemente los asientos no tenían numeración. Un tripulante me indicó por fin cuál era el mío y, haciendo un acto de fe, me senté en ése —después de colocar en buen sitio mi equipaje de mano— y me ajusté el cinturón.

Al rato llegó una dama de rara vestimenta, y después de hablar con otro tripulante —ya que no era adivina— para saber cuál era su asiento, me dirigió algo parecido a una sonrisa y me pidió en inglés que la dejara pasar porque debía sentarse en el 9B, que era el asiento junto al mío. Para no tener que zafarme el cinturón, decidí encogerme cuanto pude y dejarle paso entre mis rodillas y el respaldo del asiento que estaba delante del mío, e inmediatamente me arrepentí de mi decisión y ratifiqué el mal presagio habido en el taxi, porque el olor que brotó de la axila izquierda de aquella dama de rara vestimenta podía noquear a Casius Clay en sus mejores tiempos.

Medianamente recuperado después de varias inhalaciones profundas —con la cara vuelta hacia el pasillo, por supuesto— rogué a la corte celestial que algún piojo alborotado no fuera a picar a la damita en el lado derecho de su cráneo y ésta se viera obligada a levantar el brazo para rascarse. Afortunadamente eso no ocurrió, y durante los 85 minutos que duró el vuelo a Casablanca el ambiente olfativo estuvo medianamente aceptable, pero no así el auditivo, pues en business class, que estaba apenas tres filas delante de mí, iban unos tipos que se pasaron el viaje pegándole al cante jondo, con palmas y todo, y turnándose para efectuar en el pasillo las contorsiones propias del baile flamenco. Eso fue un martirio de 85 minutos porque el tal canto y el tal baile me caen, desde que siendo adolescente los ví y escuché por primera vez, como una mentada de madre acompañada de una patada allí donde más duele.

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Un alfiler en África (2/5)

Carlos M. Padrón

Debido al retraso con que salimos de Madrid, llegamos tan tarde a Casablanca que el aeropuerto estaba desierto.

La mayoría de los que veníamos de Madrid seguíamos viaje a Marrakech, así que hicimos cola frente al mostrador de tránsito para que nos dieran el boarding pass. Cuando recibí el mío, casi ilegible por lo malo de la impresión, pregunté en inglés a la dama que me lo había dado cuál era la puerta de salida de ese vuelo. Me contestó algo como “deus”, y le pregunté entonces “Gate number two?”, mientras con los dedos le indicaba un 2. Con una amplia sonrisa me contestó “Yes!” y me fui derecho a la puerta 2 donde en ese momento embarcaban un vuelo. Al mostrar mi boarding pass a la dama que estaba recibiéndolos, ésta me dijo “Ten more minutes, please” (= Diez minutos más, por favor) y me senté a esperar en un bar que había enfrente.

Trascurrida casi media hora y faltando menos de otra media para la anunciada salida del vuelo a Marrakech, frente a esa puerta 2 estaba sólo yo a pesar de que, como dije, la mayoría del pasaje del vuelo que nos había traído desde Madrid iba para Marrackeh, así que, sospechando que algo andaba mal, salí al pasillo.

De inmediato, y no sé de dónde, aparecieron dos policías y un empleado del aeropuerto gesticulando y gritando como locos. Se acercaron a mí, me rodearon, me pidieron el boarding pass y, al verlo, los policías se fueron, y el empleado de RAM comenzó a vociferar en árabe y otras extrañas lenguas, pero nunca en español, hasta que en su peregrinación políglota recaló en el inglés y me dijo “12J”, mientras señalaba, medio histérico, un 12J impreso en mi boarding pass. Le dije que ése era mi asiento, y más histérico aún me contestó que en ese vuelo los asientos eran libres, que el 12J era el número de la puerta de abordaje de mi vuelo, y que mejor corría porque éste estaba listo para salir.

Efectivamente, corrí, pero al llegar al punto de control de equipajes de mano, el policía a cargo, después de otro peregrinaje políglota que no hacía escala ni en el español ni en el inglés, logró que yo entendiera su francés y me preguntó que adónde iba, pregunta más que estúpida porque sólo había un vuelo para salir: el que yo, que había llegado corriendo, quería tomar; y por la puerta en que el policía y yo estábamos sólo se abordaba uno: el que iba a Marrakech, que era también el que yo quería tomar.

Cuando, con una forzada sonrisa, le dije que yo iba a Marrackech, y le señalé el avión que estaba en pista a escasos metros de nosotros, me preguntó que a qué iba yo a Marrakech. Dije no entender su pregunta, lo cual era cierto, y entonces fue directamente al punto: ¿era yo turista? Le respondí que sí y, para mi asombro, esbozó una sonrisa abiertamente irónica, emitió el chasquido repetitivo de desaprobación que uno suele emitir cuando ve que alguien está haciendo algo malo, y movió la cabeza en señal de incredulidad.

Bastante molesto con esto, me encogí de hombros con gesto ampuloso para hacerle notar que no entendía a qué venía su actitud, y entonces, con una mirada de tipo listo, me preguntó dónde estaba mi cámara fotográfica. Cuando abrí el bolso de mano y se la mostré, volvió a mover su morisca testa y, obsequiándome una sonrisa compasiva y de resignación, me indicó que pasara adelante. Corrí hasta el avión, cuya puerta se cerró detrás de mí, y apenas me senté comenzó el taxeo por la pista.

El vuelo a Marrakech duró 25 minutos y, a Dios gracias, sin baile ni cante jondo. En el aeropuerto había un representante de Dunia Torus que esperaba a sus clientes para llevarlos a sus respectivos hoteles. A mí me montaron en un taxi conducido por un bereber —vestido con un largo abrigo de pieles, y tan alto que pegaba su cabeza en el techo del vehículo, techo que ya por eso estaba abollado—, y llevando por compañeros a dos muchachos mexicanos que, como yo, venían a partir el año en la tan cacareada Marrakech, también conocida como Jardín de África. El taxista los dejó a ellos primero y luego a mí.

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Un alfiler en África (3/5)

Carlos M. Padrón

A diferencia de la usanza en EEUU y en otros países, en Europa, y también en Marruecos, el precio básico de las habitaciones de hotel es el de doble ocupación; si uno quiere estar solo debe pagar un extra sobre ese precio básico. Y la media pensión que ya mencioné es desayuno y almuerzo, o desayuno y cena, según el huésped prefiera. Ésta era la política que en cuanto a comidas tenía yo que seguir en el Hotel Kenza, que así se llamaba el cuatro estrellas incluido en el paquete que yo había comprado a Dunia Tours en Madrid.

Pero después de haber pasado tres noches en el Kenza quedé convencido de que debo revisar mis conocimientos de astronomía, pues, al menos en materia hotelera, las estrellas africanas no son como las americanas. Y ya les digo por qué.

Aún a la poca luz que a las 11 de la noche, cuando entré en el Kenza, había en los pasillos, tanto en paredes y pisos como en el acabado de cerámicas se notaba lo pésimo de la construcción. Como no había ascensor de servicio, tratar de subir a, o bajar de, las habitaciones en las horas en que estaban limpiándolas era todo un calvario, pues el personal de servicio mantenía ocupados los ascensores supuestamente destinados sólo a los huéspedes.

En las habitaciones no había televisor. En los baños —que, eso sí, tenían regadera de pared en vez de la ridícula, poco funcional y poco higiénica, ducha de “telefonito”, tan frecuente en Europa— no había jabón sino —atornillados a la pared, junto al lavamanos y a la bañera— unos desvencijados expendedores de gel que, después de mucho pelear con ellos, soltaban un brebaje amarillento e inodoro que daba de todo menos espuma. Afortunadamente, la experiencia ha hecho que lleve siempre en mi equipaje un jabón de baño.

Para hablar desde las habitaciones a un teléfono del exterior, hay que llamar antes a la operadora, que está ubicada tras el mostrador de la recepción, esperar que conteste —pues se la pasa haciendo visitas por teléfono— darle el número al que uno quiere hablar, esperar que ella se digne marcarlo, y cruzar los dedos para que las líneas telefónicas externas estén operativas.

Los tabiques en la zona de dormitorios deben ser de cartón o material similar, pues se oye todo sonido, por tenue que sea, que se produzca en las habitaciones contiguas. Y como la cerradura de seguridad interna de la puerta de mi habitación —no sé si también la de las demás habitaciones que, me dijeron, estaban todas ocupadas— no funcionaba, en preservación de mi integridad física opté por recostar contra la puerta una sólida mesa de madera de unos 30 kilos de peso, que encontré en el balcón.

Como desde mis tiempos de estudiante gané fama de hacer brotar el contratiempo, la aventura o el riesgo hasta en la más inocente excursión en la que yo participara, pensé que ya que tenía la fama debía cargar también con el provecho, y que, al fin y al cabo, había llegado bien, aún respiraba, y gozaba de buena salud.

Y con este pensamiento tan edificante, y después de una última revisión a la improvisada y rudimentaria barricada que había construido con la mesa de madera, me fui a la cama y, aunque predispuesto por todo lo ocurrido, por lo extraño del lugar y, sobre todo, por la falta de seguridad en la habitación, me dormí sobre una rara almohada de forma totalmente cuadrangular,… para despertar de un solo salto, que me dejó sentado en la cama y con el corazón en la boca, por obra de unos como lamentos de voz de hombre que por su intensidad parecían provenir del balcón de mi habitación, y por su inflexión parecían el grito de Tarzán cayéndose de un árbol, pero que no eran otra cosa que la voz del almuecín que, a las 5 de la madrugada, aún de noche, y a través de unos potentes altavoces instalados en lo alto de una mezquita que estaba frente a la parte trasera del hotel —la parte a la que daba mi habitación, y justo frente a ésta—, hacía a los fieles musulmanes el llamado a la primera oración del día.

Aunque tengo, y de vieja data, una gran afición a los equipos de sonido, en aquel momento de pesadilla no pude menos que dedicar un pensamiento poco decente a la madre de quien los inventó, y otro a la de quien tuvo la peregrina idea de ponerlos al servicio de los almuecines.

Y terminado el estertóreo llamado a la oración, que tal vez produjo fervor religioso en algunos pero que en mí produjo una tremenda arrechera (cabreo), volví a dormirme hasta las 7 de la mañana.

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Un alfiler en África (4/5)

Carlos M. Padrón

Una de las teorías de la Gramática Generativa, que no puede demostrarse pero que suena bastante lógica, postula que si, por ejemplo, fuera posible tomar a un grupo de ingleses que no tuvieran idioma alguno y se los dejara juntos en un medio aislado, terminarían “inventando” de nuevo el idioma inglés, pues existe una correspondencia total entre la idiosincrasia de un pueblo y la lengua que éste habla.

Tal vez sea por eso por lo que nunca, desde que yo era niño, me gustó el francés, un disgusto que no tiene basamento lógico alguno, como tampoco lo tienen mi aversión a las palmeras típicas de Los Ángeles (California) —y, por cierto, también del Norte de África—, y me atávico miedo a los aljibes o a los grandes embalses de agua a medio llenar. Si debo buscarle explicación a estos sentimientos de rechazo y miedo, sólo la encuentro en la reencarnación.

Durante los cinco primeros años de bachillerato tuve que estudiar y aprobar francés como materia o asignatura oficial, pero cada vez me molestaba más su grafía y mucho más su fonética al escucharlo en la radio (la fonética del profesor no era fiable). Por eso, cuando luego me dieron la opción de escoger lengua extranjera, ante la sorpresa de profesores y alumnos escogí el inglés y no quise saber nada más del francés. Y como en El Paso no había profesores de inglés, tuve que estudiarlo yo solo, y solamente por libros. Salí adelante con él, pero de ahí me vienen ciertos problemas que aún tengo para entenderlo hablado.

El caso es que —salvo excepciones, como en todo— ni los franceses en general ni lo francés me caen en gracia, ni yo le caigo en gracia a los franceses, pues algo hay en mí, o algo en ellos, que hace que apenas nos acerquemos se levante una especie de pared entre nosotros. Como resultado de esta extraña y mutua “empatía”, los únicos lugares públicos de los que en mi vida me han botado —aun estando yo acompañado, y no por haber hecho algo malo sino por el “horrendo pecado” de no hablar francés sino inglés y, para colmo, también español e italiano— han sido un restaurante de Quebec y dos de París.

Y como, según Murphy, estas cosas tan “buenas” tienden a repetirse, la pared se hizo presente apenas contesté en inglés a la primera pregunta, también en inglés, del empleado del Kenza que me hizo el checkin en ese hotel; y se consolidó cuando el tal empleado vio por mi pasaporte que mi lengua nativa era el español. A partir de ese momento, todos los que trabajan tras el mostrador del hotel decidieron hablarme solamente en francés aunque yo les hablara en inglés, y aunque, ante mis narices, hablaran en inglés a otros huéspedes, y me hablaron en inglés a mí cuando llegué. Tan grave fue la cosa que me sorprendí entendiendo a medias el francés hablado (no tengo mayor problema con el escrito) y hasta soltando alguna que otra lenguarada en ese idioma.

En este tan “agradable y simpático” ambiente logré desayunar en la mañana del sábado 31/12, molesto aún por el “dulce” despertar que me había deparado el almuecín electrónico, y hasta pude conseguir que, a las 9 de la mañana, un guía que hablaba francés y español me admitiera para un tour a la parte vieja de la ciudad, y que, como sólo tenía por clientes a una pareja de franceses que querían hacer el tour en su propio carro (coche) alquilado y en su propio idioma, me metió en el asiento trasero en compañía de la francesa, que aparentaba tener edad como para ser la madre de su compañero, y por petición de éste me impuso la condición de que en el tour se hablaría sólo en francés, lo cual tuve que aceptar porque no había de otra. Por suerte, como el guía era marroquí, hablaba un francés que me resultaba de fonética menos oscura que el de los franceses nativos y, por tanto, menos ininteligible.

A la hora de iniciado el tour no había visto nada que justificara lo que de verde y de jardín me habían dicho que tenía Marrakech. Parece que esa infundada fama viene de que allí está el Hotel La Almunia, el más lujoso y caro de África (una suite puede costar mil libras esterlinas por noche) y que tiene un gran campo de golf de lujuriante verdor. Para siquiera ver el hotel, que es espectacular, hay que ir con vestimenta formal.

El resto de la ciudad es seco, árido, polvoriento y monocromático, pues todas las edificaciones están pintadas del mismo color rojizo, que es también el de la tierra del lugar, porque, según explicó el guía, es el color que minimiza más los efectos nocivos de la reflexión de la radiante luz solar que hay durante todo el año, pero en particular en los meses de verano cuando la temperatura suele llegar a los 48°C.

Estando en las afueras de la zona urbana, en uno de los pocos lugares en que había un estanque con agua de regadío, pregunté al guía —que sí me aceptaba preguntas en español— si la nube que se veía sobre el centro de la ciudad era contaminación. Me dijo que no, que era polvo, pues en Marrakech hay muy pocas vías asfaltadas, pero muchos vehículos automotores y muchos animales.

Me llamaron mucho la atención las filigranas de yeso y, sobre todo, las en piedra que hay en los palacios de puro estilo árabe. Pero lo impresionante, apabullante y traumatizante fue el Zoco, que no es más que el mercado popular en el que, sin ningún orden, clasificación ni concierto, se vende de todo. Junto a una carnicería puede estar una joyería, más allá un dispensario de especias, una floristería, una ebanistería, una tienda de souvenirs, una mezquita, etc. El abigarramiento es total. Se mezclan todos los tipos humanos, con todas las usanzas en el vestir, con todos los colores, con todos los olores y con más lenguas que en Babel.

Las construcciones son de una o dos plantas, y las calles, si es que pueden llamarse así, son tan estrechas que, como apenas llueve, les han puesto techo hecho con tablas, hojas de palma u otros materiales, dejando aberturas espaciadas para que entre la luz. Y forman un entresijo tan enrevesado que, una vez dentro, celebré casi con fervor el haber entrado con un guía, pues de haberlo hecho solo aún estaría yo buscando la salida. Todas las callejuelas, estrechas y tortuosas, lucen iguales; no les vi nombres ni nada que las distinga entre sí, y la algarabía es tal que casi no se puede hablar y hasta ni pensar.

La fauna humana es tan variada que en cada esquina encuentra uno motivo para sorprenderse con ella. Y me impactó tanto, que al dar con un mendigo sentado en un lugar al que llegaba suficiente luz, le tomé una foto y seguí mi camino tras el guía y la pareja de franceses.

De pronto oí a mis espaldas unos gritos amenazadores aunque para mí ininteligibles, y noté como, de repente, la francesa dio media vuelta y corrió hacia algo o alguien que estaba detrás de mí. Me volví para ver adónde iba con tanta prisa y vi que, deteniéndose y abriendo sus brazos, interceptó a dos jóvenes que estaban ya a escasos dos metros de mi persona, y se puso a hablarles en francés mientras ellos gesticulaban alterados señalándome con intenciones poco amistosas. No sé qué les dijo, pero sí sé que les dio dinero y los dos se fueron refunfuñando, caminando de espaldas y amenazándome con los puños crispados.

Entonces la francesa se me acercó y, en correcto español (cosas como ésta son las que me encantan de ellos) me dijo que yo había violado la ley del lugar porque había fotografiado a un mendigo, y los jóvenes querían castigarme por eso. Cuando argumenté que nadie me había dicho que tal cosa estuviera prohibida, aceptó que yo tenía razón, no quiso que le reembolsara el dinero que les había dado a los exaltados marroquíes, y me advirtió que en Marruecos hay mucha gente que no quiere ser fotografiada y que, como uno no sabe quiénes son, lo prudente es no fotografiar a nadie.

Creo que es la primera buena acción que recibo de un francés, y cada vez que miro la foto del mendigo pienso que es tal vez la más valiosa, en función del riesgo asociado a ella, que de viajes tengo mis álbumes.

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Un alfiler en África (5/5)

Carlos M. Padrón

Terminado el tour por el Zoco, los franceses, sin siquiera decirme adiós, se fueron en su carro, y el guía tuvo la amabilidad de pararse conmigo por casi 10 minutos al borde de la vía hasta que me consiguió un “petit taxi”, que es el equivalente de los taxis Volks-Wagen de México. Le dijo al taxista adónde debía llevarme, y a mí cuánto debía pagar por el viaje.

No oculto que durante todo el trayecto en aquel desvencijado taxi conducido por un tipo de aspecto nada tranquilizador estuve usando de corbata algo que la Naturaleza no diseñó para tal uso, pero al fin el taxista, que no dijo palabra durante el viaje, me dejó en el Hotel Kenza. Con un suspiro de alivio le di los 10 DRM que el guía me había dicho que le diera, y entré al hotel.

Cuando llegué a mi habitación estaba extenuado, más por tensión emocional que por esfuerzo físico, así que me dormí sin que me preocupara mucho el almuerzo, pues como —desde hace años, y en solidaridad con mis queridos perros— hago una sola comida al día, me reservé para la gran cena de fin de año que, según la agencia de viajes, era “obligatoria” y costaría 13.900 pesetas, unos 927 DRM.

Cuando me desperté eran como las 3 y media de la tarde. Bajé a la recepción y pregunté dónde sería la tal cena de fin de año. Me miraron como a bicho raro y me dijeron que no sabían nada de esa cena, pero que si yo quería una cena de fin de año podían ofrecerme el tour llamado ‘Fantasy Dinner’ que incluía precisamente una cena bajo una tienda de nómadas del desierto, y con un show de danzas típicas como sobremesa. El precio era de 350 DRM y el tour saldría del hotel entre las 7 y media y las 8 de la noche. Reservé de inmediato y pagué los 350 DRM.

A las 7 y media recibí en mi habitación una llamada del tipo con el que había hecho el negocio de la cena, y supuse que era para decirme que todo estaba listo para salir, pero resultó ser para informarme de que “como había mucha gente para la ‘Fantasy Dinner’, el precio había subido y era ahora de 700 DRM y no de 350”.

En mi más enfervorizado inglés le contesté que según el folleto editado por el organismo estatal a cargo del turismo en Marruecos, en ese país el precio convenido de palabra para transacciones comerciales se respeta como si fuera un contrato escrito, y que a mí no sólo me habían dicho que la cena me costaría 350 DRM sino que también me habían recibido ya el pago correspondiente, razones por las cuales yo exigía que se respetara el acuerdo que conmigo se había hecho. Se disculpó y dijo que vería qué podía hacer.

A las 8 bajé, listo ya para salir, y me senté en el lobby. Apenas un cuarto de hora después llegó el tipo y, fresco como una lechuga, me dijo que no había nada que hacer a menos que yo pagara 700 DRM. Le contesté que aunque en España me habían dicho que la cena me costaría unos 927 DRM y yo había aceptado pagar eso, por una cuestión de principios no estaba dispuesto a acceder al chantaje que se me quería hacer, aunque el precio que ahora se me pedía fuera inferior a los 927 DRM que yo venía dispuesto a pagar.

Puso cara de estupor, pues seguramente su idea del negocio no tenía cabida para ese tipo de principios, y, obsequiándome luego una sonrisa entre burlona y conmiserativa, me devolvió mis 350 DRM.

Así que, usando la tan europea media pensión, cené en el hotel y me fui a la cama a eso de las 10 de la noche,… para despertar a las 5 de la madrugada del primer día de 1995 a los melodiosos trinos de la dulce y estimulante voz del almuecín electrónico que, de nuevo, parecía gritar en el balcón de mi habitación. Pasado el correspondiente susto, y hecha la obligada mentada de madre, seguí durmiendo hasta las 8 de la mañana.

Ese primer día del año tomé un par de tours light, por las afueras de la ciudad, y de regreso al hotel preparé el equipaje para volar de vuelta a Madrid el día 2 muy temprano.

Ese día 2 me sirvió de algo el despertador tempranero del llamado del almuecín que de nuevo sonó a las 5 de la madrugada, lo que aproveché para dejar la cama, y a las 5:30 salí en taxi para el aeropuerto.

De Marrakech volé a Casablanca y, cuando en Casablanca, una vez pasado el control de pasaportes para el vuelo internacional a Madrid, noté que no había duty-free, como si sólo fuera mera curiosidad por mi parte le pregunté a un par de aparentes funcionarios oficiales que estaban en la puerta de la sala de espera de mi vuelo, si en una ventanilla que al momento estaba cerrada se podían cambiar DRM a pesetas —cosa que, según el folleto oficial ya mencionado, podía hacerse en ese tipo de ventanillas—, me dijeron que no y, para mi sorpresa, remataron con que yo no tenía cara de turista —lo mismo que otro funcionario me había dicho, también en Casablanca, en el viaje de venida—, y me advirtieron que si me habían sobrado DRMs tenía que devolverlos allí y a ellos.

Aquello era ya demasiado —sin contar lo de mi cara de no turista, que aún no sé cómo tomar, si como cumplido o como ofensa—, así que me arriesgué, y aunque en realidad me habían sobrado 760 DRM les dije que no tenía DRM alguno, que los había gastado todos y que sólo había preguntado por saber. Con cara de disgusto me dejaron tranquilo y siguieron “patrullando” a la espera, supongo, de otra posible víctima.

Ya dentro de la sala de espera había una pareja de holandeses que habían seguido con interés mi conversación con los funcionarios. Cuando entré a la sala, muy pequeña, me contaron que también a ellos les habían negado el cambio, aunque en Holanda les habían dicho que podían hacerlo, y quisieron quitarles el dinero sobrante, ante lo cual habían decidido que nunca más volverían a Marruecos.

Al día de hoy, he visitado casi 50 países o regiones de este mundo, y con gusto podría volver de nuevo a Nepal, a Turquía, visitar Egipto, Líbano, Sudáfrica, etc., pero a Marruecos no volveré más si puedo evitarlo.

Según en mis tiempos se decía en El Paso: ¡Una y no más, como el Alma de Tacande!.

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