[SE}> La divina comedia / Soledad Morillo Belloso

27-06-2026

Soledad Morillo Belloso

La divina comedia

Yo controlo mi rabia. No porque sea leve o porque yo sea buena gente, sino porque he pasado por mucho y demasiado y he aprendido que, si la dejo suelta, prende candela y deja el paisaje como carbón en parrilla. Pero igual se me para detrás, afilada, cada vez que oigo a esos señores hablando. Ese tonito sobrado de “yo mando”, esa voz inflada como si hubieran desayunado poder en polvo, ese cinismo que se les chorrea como grasa vieja, esa pedantería que no disimula ni una grieta, ni un derrumbe, ni un crimen. Hablan como si uno fuera amnésico. Como si no los hubiéramos visto hundir esto con sus propias manos, con la dedicación de un artesano del desastre.

Y no, nunca van a pedir perdón. Jamás van a decir: “esto es culpa nuestra, porque llevamos años destruyendo, porque no invertimos donde tocaba, porque desviamos millones de dólares de los venezolanos para financiar nuestros propios lujos y banalidades, porque botamos plata mientras el país se caía a pedazos”. No lo van a decir porque la ruina no fue accidente: fue oficio. Fue vocación. Fue su manera de gobernar: convertir todo en escombro y luego posar para la foto. Y lo ejecutaron con disciplina de verdugo y entusiasmo de coleccionista de tragedias. Por eso ahora se esconden detrás de frases huecas y gestos ensayados cuál influencer estrenando patrocinante, como si la actuación pudiera tapar el hedor de los cuerpos en descomposición y la imagen de los escombros. La responsabilidad les queda gigante; la vergüenza, extinguida. Y todavía pretenden que uno les compre el cuento. Claro, sí, cómo no: con tarjeta de crédito y cuotas.

Y ahora salen algunos con que “Dios nos castigó”. Dios no tiene nada que ver con esta desgracia. La naturaleza se mueve porque está viva, porque respira, porque no tiene la culpa de nuestras estupideces. Eso lo aprende un estudiante de Geología el primer día. Lo saben los ingenieros, los arquitectos y los expertos en prevención y rescate desde antes de que existiera el concreto. Las advertencias siempre están. Siempre. Y si no las atienden, la culpa es de los gobernantes. De los legisladores que se hacen los miopes profesionales. De la Fiscalía y la Contraloría que se lavan las manos con jabón importado. De una Defensoría del Pueblo que no sabe qué significa la palabra “pueblo”. De un sistema judicial que practica la desidia como si fuera meditación trascendental. No es Dios quien falla, nunca: es el Estado. No es la tierra la que traiciona: es la negligencia y la frivolidad las que matan. Y matan porque alguien decidió ser irresponsable, seguramente ocupado contando los dólares desviados.

Yo controlo mi rabia, sí. Me la guardo en el bolsillo. Pero la rabia justa no olvida. La rabia justa apunta. La rabia justa registra. Y hay que decirlo sin vueltas: esto no se borra ni con misa de gallo, ni con cadena nacional, ni con milagro de utilería, ni con la próxima mentira reciclada.

¿Quieren hablar de Dios? Perfecto, hablemos de Dios, pero no del Dios de estampita plastificada que sacan cuando les conviene. Dios no olvida, Dios no se traga cuentos, Dios no firma cadenas nacionales ni bendice discursos llenos de grasa y mentira. Dios no es notario de excusas ni archivista de coartadas. Y lo que no paguen aquí —con justicia, con vergüenza, con consecuencias reales— júrenlo: lo pagarán allá, donde no hay escoltas, ni micrófonos, ni protocolo, ni alfombra roja para esconder la culpa. Allá no existe el truco, ni la coartada, ni el maquillaje para la negligencia. Allá la factura llega completa, sin descuento, sin prórroga, sin “ya veremos”. Si quieren saber cómo funciona ese tribunal del más allá, que lean a Dante. La Divina Comedia no es literatura: es un mapa del fuego, una guía para almas que creen que pueden burlar la memoria de Dios.

Soledadmorillobelloso@gmail.com

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