Identifican las áreas exactas del cerebro que controlan los diferentes tipos de risa
Un estudio revela cómo el encéfalo controla las carcajadas incontrolables frente a las sociales, abriendo la puerta a su uso como analgésico.
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16-06-2026
Soledad Morillo Belloso
Rafael Osío Cabrices, con esa calma que no es calma sino bisturí, fue desnudando el mapa mientras César Miguel lo dejaba avanzar como quien abre una ventana para que entre un huracán. Y uno, escuchando, entiende que Las Claritas no es un lugar: es un diagnóstico. Un latido enfermo. Un territorio donde el país se fractura y muestra el hueso. Allí nada es casual: ni la violencia, ni el silencio, ni el oro que no brilla sino que supura. Es un ecosistema diseñado para que funcione lo que no debería funcionar y se derrumbe lo que debería sostenernos.
De lo que Osío explica, sin adornos, yo entiendo: el Estado no perdió el control, lo tercerizó. Cedió el mando como quien entrega un arma descargada y finge que aún tiene poder. En Las Claritas, los que mandan no llevan uniforme, y los que llevan uniforme no mandan. La ley es un rumor, la autoridad un disfraz, la vida un trámite. La violencia no es un accidente sino un método; no es un estallido sino una coreografía. Y mientras escucho a Rafael, siento que estamos en un país administrado por sombras que cobran peaje y dictan sentencia sin necesidad de levantar la voz.
Y entonces, como si el cuadro necesitara un último golpe de luz negra, aparece la dada de baja del Niño Guerrero, ese episodio que el gobierno presentó como victoria quirúrgica pero que huele más a mensaje que a justicia. En el relato oficial, cayó un criminal peligroso; en el relato que se lee entre líneas, cayó un socio que dejó de ser útil, un operador que sabía demasiado, un engranaje que empezó a chirriar en una máquina que no tolera ruidos. Su muerte no ordena nada: es advertencia, no limpieza. Un recordatorio para propios y ajenos de que en este país nadie es imprescindible, ni siquiera los monstruos que el propio sistema alimentó. La bala que lo silenció no buscaba seguridad: buscaba disciplina. Era un telegrama en clave enviado a todos los que aún creen que tienen margen de maniobra.
Y en ese paisaje, el trazo más ácido del cuadro es la Fuerza Armada, ese cuerpo que alguna vez quiso ser columna vertebral y hoy es más bien un animal viejo, domesticado a golpes, resignado a obedecer a quien tenga más oro o más balas. El militar no impone respeto: lo pide prestado. Camina con botas que ya no pesan, en un territorio donde su presencia es tolerada, no requerida. Es un actor secundario en una obra donde otros escriben el guion. Un guardia de un templo saqueado, obligado a fingir solemnidad entre ruinas.
La institución entera parece un espejo roto: cada fragmento refleja un interés distinto, un jefe distinto, un negocio distinto. No hay cohesión, hay astillas. No hay doctrina, hay trueque. Los generales son caciques de feudos que se desmoronan, y los soldados, peones de un ajedrez donde las reglas cambiaron sin avisarles. En El Dorado versión siglo XXI, los militares no mandan: merodean. Vigilan lo que no controlan. Custodian lo que no entienden. Son presencia sin poder, ruido sin eco.
Y así, la entrevista deja un sabor metálico, casi amargo: Las Claritas no es sólo un territorio tomado donde no hay Estado ni Gobierno; es el espejo donde se refleja la descomposición de un país que ya no se gobierna a sí mismo. Es la prueba de que la Fuerza Armada no está ausente: está disuelta, como sal en agua turbia. Está ahí, pero no sostiene. Está ahí, pero no pesa. Está ahí, pero no decide. Y en ese vacío, en ese hueco institucional, prospera el verdadero poder: el que no necesita himno ni bandera, el que manda porque puede, el que reina porque nadie lo enfrenta.
Eso es lo que yo entendí a partir de la entrevista. Si usted no la vio, búsquela. Eso sí, primero tómese algo para la náusea y tenga a mano alguna pastillita analgésica, porque le van a doler hasta las pestañas.
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22-06-206
Expresiones como (tiempo de) descanso o entretiempo son preferibles a ‘media parte’ en alusión a la pausa que se realiza a mitad de un partido deportivo.
Uso no recomendado
Uso recomendado
Para hablar del receso intermedio de un encuentro deportivo, a veces se emplea ‘media parte’, un calco del inglés halftime que no se recomienda por no ajustarse a lo que se quiere expresar. Este extranjerismo sí cuenta con equivalentes asentados y precisos como (tiempo de) descanso, entretiempo, medio tiempo, intermedio o, de forma más general, pausa, receso…, en función del contexto exacto.
Es posible usar ‘media parte’ para aludir al ecuador de una determinada parte; así por ejemplo, en un partido de fútbol, la media parte llega en torno al minuto 22.5 en el caso de la primera parte, mientras que el descanso comienza cuando pasan los primeros 45 minutos (más el tiempo añadido si lo hubiera).