[Col}– «Melancólicos palmeros», cuentos de palmeros en Cuba / Mayra Montero Tabares

Por Mayra Montero

Melancólicos palmeros

Hace unos años, en Miami, me senté junto al hermano mayor de mi madre, entonces octogenario, y le pregunté, a quemarropa, por qué mis abuelos, sus padres canarios, habían sido personas tan tristes.

Mi tío tuvo la misma reacción de otros miembros de la familia a los que, en un momento u otro, he formulado esta pregunta: ¿por qué Augusto y Panchita fueron seres tan apesadumbrados y adustos, no digo ya tan poco dados a la risa —nunca oí sus carcajadas— sino al canto, a la chacota, a la desenvoltura de espíritu de cualquier isleño, sea cual sea el archipiélago que lo vio nacer?

Mi tío respondió lo mismo que me han respondido otros parientes a los que he sorprendido con esta pregunta: «¿Tristes? No, qué va, no eran tristes».

Conozco esa clase de negación primeriza, que se va transformando lentamente, cuando se dan cuenta de que han pasado décadas y no vale la pena disimular.

Hay una pausa, parece que lo piensan mejor, y entonces admiten: «Bueno, sí, tal vez eran tristes». En el caso de mi tío, que había sido un tarambana empedernido en su juventud, agregó lo siguiente: «Quizá por culpa de lo mucho que los hice sufrir».

Lo consolé diciéndole que ninguna madre se queda afligida (para siempre), después que un hijo le ha presentado como a mil novias y a tres esposas simultáneas.

Se echó a reír. Sabía que yo me olfateaba que echarse la culpa no era más que una forma elegante de eludir el misterio.

Y es que nadie sabe por qué razón esas dos ramas de la familia —que emigraron en la primera década del siglo 20, estableciéndose, como gran parte de sus paisanos, en la región central de Cuba, en diversos pueblos de la antigua provincia de Las Villas, pero con mayor énfasis en Cabaiguán, fulgurante territorio de mis veranos infantiles—, albergaban una vena melancólica, que llegó a extremos enloquecidos, paranormales y francamente brujos.

A menudo me pregunto qué aromas, qué sueños, qué manera de ver el mundo y de afrontar las desventuras, o asimilar las grandes dichas de la vida, puedo haber heredado de mi familia canaria, proveniente de la isla de La Palma: un abuelo que era un gigantón de piel aceitunada y facciones orientales, introvertido hasta la médula, quien contrajo matrimonio con su prima Francisca, contraviniendo los consejos de sus padres (mis bisabuelos), quienes veían a la novia demasiado flaca, con lo que consideraban más que probable que padeciera tisis.

La emigración, de cualquier signo y hacia cualquier latitud, va destilando poco a poco su influjo, que puede ser una música, un plato que se reitera en vano (nunca se logra el verdadero sabor que tenía «allá»), una manera de afligirse, o de estar continuamente afligidos: la nostalgia de la patria lejana, de los mares perdidos de vista, de los olores que jamás se recuperan del todo.

Nuestros almuerzos con la abuela Panchita siempre olían a mojo isleño, y las conversaciones, en la mesa, terminaban girando en torno a las Canarias.

Panchita emigró cuando era niña, junto con su madre viuda y varios hermanos, algo mayores que ella, que luego hicieron historia.

Me refiero a una intensísima historia de fantasmas, hechizos, locuras prematuras, suicidios por amor y deslenguados desafíos a la ley de Dios.

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Carmen en sus 13

La historia de la tía Carmen, que me ha obsesionado desde que tengo memoria, la metí de cabeza, con pelos y señales —sobre todo con pelos, como se verá más adelante— en mi primera novela, que fue La trenza de la hermosa luna (Anagrama). En ella, convertí a la tía Carmen en una haitiana que enloquece al día siguiente de su boda.

El episodio, en principio, parece sacado de alguna novela de las Brontë, pero fue el incidente más inexplicable que recuerda la colonia palmera afincada por aquellas tierras.

Comprometida el día que cumplió trece años con otro canario que ya estaba en sus veinte, la tía Carmen se casó pocos meses después.

Al día siguiente de esa boda amaneció «loca furiosa, y cuatro hombres no podían con ella», según la expresión que oí mil veces de labios de mi madre, y ella a su vez de labios de mi abuela.

En medio de sus arrebatos, escapaba de la casa familiar y echaba a correr por el campo, travesía que culminaba en un zarzal, llamado por ellos escaramujo: un aterrador colchón de espinas sobre el que la muchacha se lanzaba de boca, con todo el impulso de su desquiciada humanidad.

Corrían los hermanos, el marido, mi pobre bisabuela, a rescatarla, seguros de que la encontrarían acribillada por los aguijones. Pero al levantarla descubrían que no había rastro de heridas o de sangre, ni en la cara, ni en ninguna otra parte del cuerpo. Su piel de adolescente resultaba extrañamente ilesa.

En otras ocasiones, anunciaba con voz patética su propia muerte, para esa misma tarde, o para el día siguiente.

Y a la hora señalada se ponía pálida, cerraba los ojos, sufría una pequeña convulsión y, según la enigmática frase de mi abuela: «se le afilaba la nariz». Por último, su cuerpo entero adquiría una rigidez fatal.

Vivían en mitad de un pequeño cañaveral propiedad de un hermano de mi bisabuela: no había casa de socorros ni clínica en muchas leguas a la redonda.

La difunta revivía varias horas más tarde. Poco a poco aflojaba los músculos, su piel cobraba color, y abría los ojos a su raro mundo de resucitada.

Entonces empezaba a vociferar una letanía adivinatoria, narraba eventos que estaban ocurriendo en otros pueblos, a otros parientes; se detenía en detalles tales como el color de la ropa de los implicados, todo lo cual era confirmado luego, cuando pasaban los días y llegaban los parientes a contar lo sucedido.

Un brujo llamado Roña —al que la familia debe gratitud eterna— fue el encargado de poner el orden, cuando el médico traído desde la capital sólo les pudo aconsejar que la metieran en un manicomio.

Roña sabía que no todo estaba perdido. La tía Carmen, al verlo aparecer, anunció que no se dejaría tocar por un negro tan zarrapastroso.

Roña sonrió, dijo que aunque las palabras salieran de su boca, no era ella quien hablaba. Permaneció todo el día junto a la enferma, prodigándole pócimas, azotándola con hierbas, y al final envió a los varones a que buscaran un guayabo —el que estuviera más cerca de la casa—, cavaran un hoyo en ese punto y desenterraran lo que apareciera.

Los hombres, hermanos y cuñados, entre los cuales figuraba mi abuelo Augusto, lo obedecieron, y encontraron una asquerosa bola de composición inexplicable, toda cubierta de pelos. Roña la guardó en un saco para destruirla.

Carmen volvió a la paz y a la dulzura. Tuvo ocho hijos y parece que jamás hizo alusión a sus amaneceres de alunada.

La conocí viejita, algo hermética y adusta, como eran todos en aquella familia. Miraba de una manera peculiar, entre socarrona y sabia. No olvido esa mirada suya.

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Ofelia se fue de verde

Hija de Juana, una de las hermanas de mi abuela, Ofelia se enamoró a los 15 años.

Todas las muchachas se enamoran a esa edad, pero ella no escogió a un canario de la colonia, como se esperaba, sino a un cubano.

De acuerdo con mis tías, que eran sus primas, el novio en cuestión era bajito, mulatón, torcido, arrogante y bastante mayor que ella.

Con esos ingredientes, y algún otro irresistible defecto, consiguió arrastrarla a la pasión mayor. O sea, la preñó en un santiamén.

Entonces se enfurecieron los hermanos, recios palmeros que la vigilaban día y noche, y que juraron mandarla de vuelta a las Islas Canarias.

El padre de Ofelia poseía una pequeña vega de tabaco en Sancti Spiritus. El pesticida que se usaba entonces, y quizás hoy, se fabricaba a partir del óxido de cobre, lo que vulgarmente llaman verdín.

Lo guardaban en cajas, sabía amargo y Ofelia lo mezcló con jugo. Diluyó grandes cucharadas y lo tragó envuelta en el perfume embriagante que despedían las hojas, todo el tabaco de la temporada oreándose en las tendederas.

Fue un suicidio que conmovió a la familia y que sirvió de advertencia a toda la comunidad emigrada: en lo adelante, no permitir que los cubanos se acercaran demasiado a sus niñas.

Ofelia, en el féretro, tenía los labios verdes, del mismo tono que el veneno, porque ése es uno de sus efectos letales: colorea la piel bajo los ojos, y también la boca, la lengua, el invencible amor de la garganta.

A su novio cubano no se le permitió entrar al velorio. Los hermanos amenazaron con desollarlo vivo. Nunca pude averiguar si cumplieron su amenaza.

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Ecos de Gallego

Era canario, pero le decían Gallego. Palmero rebelde, descreído y fanfarrón. Escandalizaba a sus tías (entre ellas, a mi acongojada abuela) con sus espantosos cagarse en la Virgen y otras blasfemias que nadie se atrevió a repetir para esta historia.

Las mujeres trataban de atemorizarlo, le auguraban castigos, tristezas, desgracias que lo condenarían a él, pero también al resto de la familia.

Gallego soltaba carcajadas de cíclope, y un día, descamisado en medio de la sala, increpó a Dios, dudó estentóreamente de su existencia —las mujeres, a su alrededor, se persignaban— y por fin lanzó la provocación más idiota que se oyó nunca en los campos de Cuba: si era cierto que Dios existía, que obrara el milagro, y que el pelo del pecho se le juntara con el de la barba.

A los pocos meses estaba convertido en hombre lobo.

No se oyeron nunca más su risa ni sus maldiciones. Una mata de pelo, espesa y trémula, le subía por el cuello hasta las mejillas.

Los que lo vieron sin camisa —mi abuela, por supuesto— comentaban que daba pavor la visión de ese torso de animal proscrito.

Nunca lo conocí, ni existen fotos que documenten su barbaridad.

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Manuel y las lenguas ocultas

Después de volver loca a su púber esposa durante la primera noche de bodas, Manuel Martín, el marido de la tía Carmen, vivió a su lado por más de 50 años, durante los cuales la vio salir de la adolescencia, parir varios hijos y envejecer con gran cordura.

Sin embargo, los allegados sabían que Manuel también arrastraba lo suyo.

Desde su juventud sufría de ataques, trances o patatús, en medio de los cuales lanzaba intrincadas arengas en una lengua extraña, que nadie alcanzaba a comprender.

Al cabo del rato, cuando se sobreponía al percance y recobraba el conocimiento, tornaba a ser el individuo apacible, que no hablaba más que el español palmero y cantarín que había mamado en la cuna.

Cuando al final de su vida enfermó gravemente y hubo que internarlo en un hospital habanero, empezó el viacrucis para la familia.

Mediaba la década de los 60 y corrían los tiempos duros, dogmáticos y ateos en que cualquier manifestación religiosa, o ligeramente mística, era tomada como signo de desviación ideológica.

Sumido ya en el delirio agónico, Manuel no habló otra cosa que aquella lengua desconocida, que un médico sospechaba que era hebreo, mientras otro aseguraba que era una variación de alguna lengua antigua, con breves paréntesis en latín.

Uno de ellos pensó en llamar a un especialista, o al menos alguien que supiera varios idiomas, y se lo propuso a Isolina, la hija de Manuel, quien a su vez lo estuvo consultando con nuestros parientes.

Parece que casi todos comentaron que podía ser peligroso: ¿qué tal si se enteraban en el Partido Comunista? Los niños asistíamos callados al tejemaneje.

Roña, el diestro curandero, había muerto hacía mucho. Y, en cualquier caso, tampoco hubiera sido fácil llevarlo al hospital con los aires soviéticos que recorrían el país, aires de purgas y materialismo científico.

Se echó tierra sobre el asunto, y tierra sobre el cadáver de Manuel Martín cuando por fin murió, sin haber recobrado, ni por un instante, el dulcísimo español canario.

Creen que se despidió de todos en la misma jerigonza. A puertas cerradas, para que nadie creyera que eran claves de contrarrevolución.

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La casa de los rayos

Ninguna mujer se atreve a permanecer en una casa que han golpeado tres rayos, repartidos en tres semanas consecutivas, dos de los cuales han caído sobre la mesa del comedor.

Mi abuela Panchita temblaba cada vez que se anunciaba una tempestad, y me pregunto si no fue a partir de entonces que se quedó melancólica; si no fue esa endemoniada casa la que minó misteriosamente su inocencia.

El tercer rayo cayó rozando a su segunda hija, que a la sazón tenía tres o cuatro años. Hubo que reanimarla con fricciones, y Panchita le pidió a Augusto que vendieran la casa y se largaran a otra parte.

Nadie quiso comprarla, y sucedió que, por esas mismas fechas, el pequeño negocio del abuelo se fue a la bancarrota.

El miedo a los rayos los persiguió por siempre y lo inculcaron a los niños, primero a los hijos y más tarde a los nietos, que crecimos siguiendo las órdenes estrictas que nos daban cada vez que empezaba a tronar: había que sentarse, subir las piernas en la silla, pegar la cara a las rodillas (como en un aterrizaje forzoso) y susurrar Santa Bárbara bendita.

Por supuesto, teníamos que apagar el televisor, y se nos prohibía terminantemente tocar el teléfono.

Aún hoy, cuando truena, mi madre y sus hermanas corren a sentarse y levantan las piernas. La tía Amada, aquella niña que se derrumbó «con los ojos virados en blanco, echando espuma por la boca» (¡Panchita y sus magníficas imágenes!) aún de adulta seguía tomando precauciones especiales.

Durante el mes de verano que yo pasaba en su casa, en el onírico pueblo de Cabaiguán —la auténtica prolongación de la Caldera de Taburiente— se producían muchas tormentas.

Cuando se anunciaba alguna, nos metía en la cama, a mí y a mis primas, bajaba el mosquitero y nos hacía sostener un palito de no sé qué arbusto gomoso que ahuyenta la corriente.

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Augusto se despide

Los niños de entonces lo recordamos comiendo minuciosamente un horrendo pescado al que llamaban lisa.

Nadie más en la familia lo comía, porque tenía demasiadas espinas. Pero Augusto había aprendido a esquivarlas, sabía sacar hasta la última hebra de carne y chupar el espinazo, que veíamos entrar y salir de su boca de hierro, como si fuera un acto de magia.

El único cuento que jamás me contó, y que repitió muchas veces, era el de una aventura suya de su juventud, perseguido por un gran tiburón mientras nadaba.

Había ocurrido junto a un acantilado en La Palma, y él se subió a una roca en el momento en que el escualo iba a morderle el pie.

Ahora pienso que, bien entrenado, hubiera ganado campeonatos de natación. Las pocas veces que nos acompañó a las playas cubanas, nadaba mar adentro, bien adentro, hasta que se perdía de vista en el horizonte.

Recuerdo su estilo: desarrollaba una velocidad increíble, se sumergía como un submarino, y al final salía tan serio, hierático el hombre, extrañando como nunca las aguas primigenias de su vida, no las del Caribe, sino las de allá, al otro extremo del Atlántico, y quizás a los amigos que nadaban con él, y por supuesto, a la escuadra de tiburones de su patria.

Muerta súbitamente Panchita, Augusto cayó en una especie de sopor, una tristeza concéntrica dentro de su tristeza natural.

Las hijas se turnaban para acompañarlo, yo era niña y me sentaba a su lado, me apenaba verlo hundido y le pedía que me contara de nuevo la historia de los tiburones, como en el relato de Italo Calvino, donde los nietos piden incansablemente el cuento de la gran bonanza de las Antillas.

Una tarde decidió ahorcarse. Lo preparó todo, almorzó el pescado espinoso y esperó que la tía de turno saliera a una breve gestión.

No se sabe el tiempo que permaneció colgado. Ella lo halló a su regresó y se quedó sin habla unos minutos. Cuando pudo gritar, gritó como una descosida, una vecina la oyó y corrió con la tijera, cortó la soga y el ahorcado cayó, inconcebiblemente vivo. No es fácil doblegar una garganta de esas características: musculosa y habituada a las penas.

Los niños de entonces, sus nietos, fuimos a verlo al hospital. Previamente nos leyeron la cartilla: el que se atreviera a mencionar la soga iba a saber lo que era bueno.

Su aspecto se me quedó grabado: el viejo guanche adormecido, con un verdugón rojizo alrededor del cuello. Nunca había visto nada parecido, y nunca he vuelto a ver nada igual.

No murió de ésa, sino de muerte natural, años más tarde. Había vuelto a Cabaiguán y a la colonia de palmeros, todos bastantes viejos y achacosos, que se reunían en casa de mi tía a comer bolitas de gofio con un pescado suave, sin espinas. Pescado absurdo para el suicida fallido.

~~~

Fin de la pesquisa

Ya casi no me queda nadie a quien preguntarle la razón por la cual mis abuelos siempre andaban tan serios. Quizá la influencia de toda esa locura en Cuba.

Ahora somos mayores, incluso la tercera generación a la que pertenezco. Mi madre, mis tías, las primas de ellas, no tienen muchas pistas que ofrecerme. Inadvertida o deliberadamente han olvidado la melancolía tan grande que emanaba de aquella pareja, Augusto y Panchita, naturales de La Palma, donde aún viven algunos parientes, quizá más alegres que ellos (que todos nosotros, que hemos seguido dando tumbos por el mundo) porque se quedaron en su isla, no cruzaron el mar y no se arrepintieron nunca.

Un emigrado es un alma en suspensión; es un arrepentido que lo negará por siempre.

***

Juro que todos los personajes de esta historia son reales, y que los hechos narrados son tan ciertos como que me llamo Mayra Montero Tabares, de los Tabares de Mazo (La Palma, Canarias), el ensoñado pueblo donde me dejaré caer un día de éstos.

***

NotaCMP.

Si mal no recuerdo, los datos que siguen son de los años ’70s.

De entre todos los Canarios, somos los palmeros los más proclives a la depresión. Y de entre todas las Islas Canarias, es La Palma la que, en proporción al número de habitantes, más suicidios registra, siendo el ahorcamiento el método más usado.

Un comentario sobre “[Col}– «Melancólicos palmeros», cuentos de palmeros en Cuba / Mayra Montero Tabares

  1. Estos cuentos me recuerdan historias que se dieron en mi familia, y, en cuanto a la depresión, mi abuelo Sebastián Rodríguez Sicilia sufrió una de la que nunca se repuso y lo llevó al suicidio.

    Yo no había nacido, pero luego pude escuchar sobre esto, y siempre oía al respecto que él estaba muy bien y que de repente comenzó así. Lo habían puesto de capataz de una finca y mi abuela e hijos daban como explicación a ello que él se había encontrado un tabaco en el sendero de la finca, que se lo había fumado y que, desde entonces, comenzó con esa locura hasta que encontró una oportunidad , pues ya había hecho el intento antes, y se tiró en el pozo de agua de la casa.

    Hasta por poco se lleva a uno de sus hijos que corrió para y agarrarlo y casi se va con él.

    Sobre la tristeza y la melancolía, así veía a mi abuela. Enviudó joven —a los 42 ó 44 años— y nunca más se casó. Sus paseos eran a la iglesia y, cuando estaba cociendo alguna ropa, cantaba alguna canción de su terruño. Así lo recuerdo.

    Estela

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