[*ElPaso}– Olga y el tenorio

11-11-2006

Carlos M. Padrón

NotaCMP. Al lado Este del charco hay más libertad al hablar, y poco del a veces puritanismo y mojigatería que prevalecen en muchos de los países de Hispanoamérica. En España en general, y ahora mucho más que antes, se impone la claridad y el “al pan pan, y al vino vino”. Por ello, palabras que en Hispanoamérica se toman como groserías, allá son, desde hace tiempo, parte del habla cotidiana de hombres, mujeres y hasta niños. P.ej., cagar, mierda, mear, coño, culo (más con el sentido de grupa, trasero o nalgatorio, que como ano), carajo, polla (pene), follar (hacer el amor), joder (fastidiar o follar), puta, etc.

Se trata de dos extremos: en España tienden a ser en esto excesivamente explícitos, mientras que en gran parte de Hispanoamérica pecan de pacatos y, p.ej., usan mil eufemismos para evitar decir algo tan natural como culo. Canarias está a medio camino entre estos dos extremos, y lo que voy a narrar ocurrió en Canarias

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En los años 50, en El Paso había, que yo recuerde, tres barberías, y cada una tenía un solo sillón, un solo barbero (su dueño), y la afición de éste a hablar de política… internacional, por supuesto, pues la nacional era tema intocable porque estaba en pleno apogeo la dictadura de Franco.

Uno de estos barberos casi me creó un trauma con sus efluvios políticos, pues una vez, mientras para cortarme el pelo me mantenía sentado en su sillón giratorio frente al alto y ancho espejo, no paraba de hablarme sobre la guerra de Corea. Cuanto más me hablaba más se enardecía, a pesar de mi total silencio, y llegó un momento en que elevó sus brazos al techo, con una tijera en una mano y un peine en la otra, y mirándome, con ojos desorbitados, a través del espejo, exclamó a todo pulmón “¡Yo he de verte en la guerra de Corea!”.

Pero no, no me vio en Corea ni me vio más en su barbería, pues a raíz de ese incidente cambié de barbero.

En todas esas barberías había siempre varios hombres, algunos que querían cortarse el pelo o afeitarse la barba, y otros que venían a matar el tiempo dándole a la lengua sobre temas de la mencionada política, del medio agropecuario, de la emigración a Venezuela o, por supuesto, de mujeres.

En una de esas barberías se encontraba un día, entre esta concurrencia, un tal Miguel, famoso por tenorio y por desvergonzado con las mujeres, pues se aprovechaba de que el medio social prohibía que una dama replicara a reclamos o piropos de mal gusto, y esa prohibición las dejaba indefensas ante quienes se los endilgaban.

Como los asientos estaban todos ocupados, algunos que esperábamos turno nos apostamos en la acera, a los lados de la puerta, y uno de los que allí estaban fue el que comunicó a los de dentro que Olga, la bella Olga, venía por la calle en dirección a la barbería, pero por la acera de enfrente (lo cual era lógico porque en la otra acera había hombres apostados).

No me extrañó que el hecho llamara la atención como para ser anunciado, pues Olga —nombre que imagino por cuanto nunca supe el suyo— era, en mi opinión de muchacho de 16 años, una mujer espectacular. Alta, curvilínea, con buenas piernas y abundante de todo, como siempre me gustaron y me gustan. Morena clara, pelo generalmente recogido en la nuca, caminar rítmico, pausado y airoso, y una expresión de serena autosuficiencia que, a sus tal vez 30 años, le daban ciertamente —al menos para mí— un aire distinguido y un toque de misteriosa sensualidad.

Yo la había visto varias veces en festividades o en los paseos dominicales después de la misa mayor, y de ella sólo sabía que vivía en la parte suroeste del pueblo. A pesar de la diferencia de edad, me atraía mucho, y yo admiraba en secreto todos sus atributos físicos. Después de ese día admiraría también su carácter.

Ante el anuncio de su llegada, el tal Miguel se apresuró a salir a la acera, se recostó insolente en el marco de la puerta de la barbería, y cuando Olga estuvo a su altura, pero al otro lado de la calle, le dijo sin más:

—Me atrevería a darte un beso donde más gusto te diera.

No sé los otros, pero yo me quedé frío, pues nunca había presenciado algo igual ni me habían educado para hacerlo o disfrutarlo.

Olga detuvo en seco su marcha como si hubiera tropezado contra una pared invisible. Bajó la cabeza por una fracción de segundo, y volviéndose con pasmosa dignidad hacia Miguel, lo miró fijamente, desafiándolo con la mirada, y con voz alta, firme y clara, para que todos pudieran escucharla, le respondió con palabras que, aunque groseras según las normas sociales vigentes, fueron sólo la expresión de una realidad dicha con claridad y crudeza, pero con una sencillez —yo diría que hasta humildad— que tuvo la virtud de eliminar de ellas cualquier atisbo de grosería y hacer que Miguel quedara humillado ante todos:

—Dáselo a la cabeza de la polla de mi marido que es lo que más gusto me da.

Y, dicho esto, Olga dio media vuelta y siguió su camino como si nada hubiera ocurrido.

En la barbería se hizo un silencio total, roto apenas un segundo después por una rechifla general de burla hacia Miguel que, incapaz de articular palabra o mirar a la cara de nadie, bajó la cabeza y optó por marcharse, olvidando su corte de pelo. Pero los que allí estábamos no olvidamos el merecido escarmiento que le habían dado.

Después de ese incidente, mi admiración por Olga alcanzó las cotas más altas, pues en aquel tiempo y en aquel pueblo sólo una prostituya —y desde luego que Olga no lo era— o una mujer de mucho carácter y entereza osaría enfrentarse así a un hombre, cuando la sociedad en que vivía le decía que una mujer no debía nunca hacer eso, y menos usar el vocabulario que ella usó. Nunca he conocido otra mujer que, como Olga, haya usado expresiones de ese calibre con acento y entonación tales que no suenen groseras o vulgares.

Repito: lo impactante de la respuesta de Olga no estuvo en las palabras que dijo, soeces algunas en significado y contexto, sino en cómo las dijo. Desprovistas de cualquier énfasis que destacara lo grosero, y con la misma autoridad, tranquilidad, sencillez y naturalidad que usaría un médico para recetarle algo a un paciente. En suma, con un toque de dignidad que las despojó de cualquier connotación grosera y le dio a ella tal nivel de superioridad moral sobre su agresor verbal que éste no tuvo mejor opción que retirarse avergonzado.