[*MiIT}– Computación Personal, herramienta indispensable. 10: ‘Virtualidad’

Carlos M. Padrón

En 1971 salió al mercado la primera versión de la IBM/370.

cuyas capacidades y rendimiento fueron mejorando en tres sucesivas etapas, y así, de contar con memoria a base de chips de 0.8 centímetros de lado (los chips eran cuadrados) y 5 bits por chip, como la IBM/360, pasó a chips de igual tamaño pero con capacidad para 256 bits cada uno, y luego a chips de 3 milímetros de lado y con capacidad para 1.434 bits cada uno. Este drástico aumento en capacidad de memoria y velocidad de procesamiento permitió el anuncio, que nos llegó en 1974 y en base a una nueva versión de la IBM/370, de lo que llamo “virtualidad”, o sea, de la memoria virtual y la máquina virtual, lo cual trajo consigo la realidad en la operación y accesibilidad del concepto de tiempo compartido (time sharing).

El concepto de memoria virtual permitió, a efectos prácticos, que el usuario tuviera a su disposición más memoria principal (memoria del CPU) de la que la máquina realmente tenía. Es un recurso basado en la alta velocidad de acceso y procesamiento que permitieron usar como si fuera memoria principal la que en realidad estaba en los discos (memoria auxiliar) conectados a la IBM/370. En éstos, y en formatos llamados páginas, se guardaba parte importante de lo que, según se entendía hasta entonces, debía residir en la memoria principal, y cuando esas páginas se necesitaban eran copiadas casi instantáneamente en la memoria principal sobre otras que ya no se necesitaban. Todo esto requirió de un nuevo método de acceso y de manejo de archivos que proporcionara la velocidad y seguridad necesarias. Ese método recibió el nombre de VSAM (Virtual Storage Access Method) que se constituyó como de uso obligatorio para el logro de la “virtualidad”.

Una de las expresiones prácticas de la “virtualidad” —la fragmentación virtual de la máquina— hizo posible compartirla entre varios usuarios de forma que cada uno tuviera la impresión de que disponía, para sí solo, de una máquina completa, pues tenía memoria principal (mayormente virtual, por supuesto), tenía espacio en discos, tenía espacio en cintas, tenia almacenados, en área reservada sólo para él, sus programas y aplicaciones, etc. Todo gracias a la gran capacidad de memoria, tanto principal como auxiliar, como a la gran velocidad de procesamiento.

Como ejemplo podemos tomar la técnica que se ha aplicado a las líneas telefónicas y que es lo que permitió que algunas compañías de comunicación ofrecieran llamadas a muy bajo precio. ¿Cómo? Mediante tecnología, tomaban una línea telefónica con ancho de banda normal y la subdividían en varios canales. Por cada uno de ellos gestionaban una conversación diferente, y rotaban a gran velocidad la conexión de cada una de tales conversaciones. Así, si en el canal 1 está la conversación A, en el 2 está la B, etc., dan curso a la A por fracciones de segundo, luego dan curso a la B por igual tiempo, luego a la C, etc. Por supuesto, mientras está en curso la conversación B, las personas de la conversación A no se escuchan entre ellas porque su conexión queda interrumpida y su conversación cortada, pero como las interrupciones son cortas en términos de “tiempo humano”, el cerebro de los que conversan puede reconstruir las pequeñas faltas ocurridas durante esas interrupciones, de sólo fracciones de segundo, de su conversación. A veces se extremó el procedimiento y ello dio lugar a que se escucharan otras conversaciones, y a que hubiera interferencias o interrupciones demasiado largas que hacían perder sílabas y hasta palabras. Pero ésta es la base que en computación tiene el concepto del tiempo compartido.

Por supuesto que tanto la memoria virtual como la cantidad de máquinas virtuales y la cantidad de usuarios que pueden disfrutar “simultáneamente” de tiempo compartido, es limitada, pues todo eso está en función de los recursos reales de la máquina; a más recursos reales (memoria principal, memoria auxiliar, velocidad de procesamiento, etc.) mayor la cantidad de usuarios que pueden disfrutar de la “virtualidad”, y mejor (más corto) el tiempo de respuesta que tiene para con cada uno la computadora que todos están usando.

Es obvio que un mecanismo tan sofisticado como éste requería de un sistema operativo adecuado y capaz para administrarlo eficientemente y que se entendiera con el VSAM. Y en 1974, a poco de anunciarse la primera versión de la IBM/370, se anunció —junto con la técnica de “virtualidad”, y especialmente diseñado para manejarla y administrarla— el sistema operativo MVS (Multiple Virtual Storage) que fue mejorando en el tiempo y que, aunque ha tenido sucesores como el OS/390, se usa aún en mainframes.

Como habrán notado, a pesar de todo esto la computadora sigue haciendo lo mismo: recibiendo órdenes que cumple a cada vez mayor velocidad. Sigue siendo tonta, sigue sin crear nada realmente nuevo, sin hacer nada que el hombre no le haya dicho cómo hacerlo.

[FP}– Barbería unisex

Durante todo el año 1978 viví en USA con mi familia, en el estado de New York, concretamente en Chappaqua (Westchester County), el mismo pueblo donde ahora viven los Clinton (¡de buena me salvé!).

Un sábado del verano de ese año, mediante llamada telefónica a mi casa, mi gerente en IBM-A/FE (cuartel general de IBM para las Américas (excepto USA) y el Lejano Oriente, donde yo trabajaba— me hizo saber que el lunes próximo debía yo asistir a una reunión de protocolo, así que como mi pelo estaba demasiado largo —pues no soy amigo de las barberías—, decidí ir a cortármelo ese mismo día, pero sólo después de haber hecho algunas diligencias necesarias.

Cuando terminé con éstas, estaba yo en las afueras de Mount Kisco, en un nuevo centro comercial en el que habían abierto una barbería unisex, lo cual no me hizo mucha gracia, pero dada la hora no tenía tiempo para ir a la que habitualmente yo usaba, así que entré en la barbería unisex, esperé mi turno y me atendió una muchacha horriblemente fea, con aliento de fumadora, muy pechugona y que, tal vez porque creía que sus lolas eran lo único o lo más atractivo que ella tenía, no llevaba sostén pero sí una blusa de tela bastante delgada, y las lolas saltaban y bamboleaban con cada movimiento que la muchacha hacía.

Desde que me senté en su sillón comenzó a hacerse la simpática. Le dije que no quería que me mojara el pelo, pero insistió en que debía hacerlo para que el corte quedara impecable, pues ella “buscaba la perfección y cada corte suyo era una obra de arte”. Opté por dejarla hacer con tal de salir de allí cuanto antes.

Al momento del lavado, echó hacia atrás el sillón hasta que mi nuca reposara en el borde del lavabo, y cada vez que se inclinaba sobre mí para mojarme el pelo, aplicarme el champú o frotarlo en mi cabeza, sus bamboleantes pechos rozaban por toda mi cara. Cuando yo sentía los pezones en mis mejillas, mi nariz o mis labios, no podía evitar una sacudida que medio me hacía saltar en el sillón, como si me hubieran dado una descarga eléctrica o hecho cosquillas.

Al notar en mí esas reacciones, la muchacha fea y de mal aliento me preguntó, con una sonrisa pícara y casi en un susurro:

—¿Qué? ¿no le gusta?—, y al hacerlo inundó mi cara con su vaho de fumadora.

—No—, fue mi seca respuesta mientras contenía la respiración para no inhalar el «aroma» de su horrible aliento.

Con cara de sorpresa y mal contenida contrariedad, alzando un tanto la voz me replicó:

—¿Qué pasa? ¿Es que no le gustan los pechos de mujer?.

Y ahí se me salió el isleño y le respondí:

—Sí, pero sólo los de las mujeres bonitas.

De inmediato me arrepentí de lo dicho, pues la niña —que, por lo visto, era feminista—, montó en cólera y a grito limpio comenzó a acusarme de haberla hecho víctima de acoso sexual.

Todos en la barbería, tanto el personal como los clientes, dejaron lo que estaban haciendo y se quedaron mirándome como si yo fuera un delincuente común. Pero, tal vez por el sorpresivo impacto, me mantuve impertérrito y en silencio.

A los gritos de la muchacha apareció un señor que resultó ser el dueño de la barbería. Apenas abrió la boca para preguntar qué pasaba noté que era italiano. En voz baja habló antes con dos de las empleadas, y cuando se acercó a mí con clara intención de dirigirme la palabra, me anticipé, y en italiano —idioma que, por supuesto, la muchacha no entendía— y hablándole muy tranquilo y cortésmente, le pedí permiso para darle una explicación.

Sorprendido —al igual que todos en la barbería, pero en particular la muchacha—, el señor, también en italiano, me dijo que procediera, así que, siempre en italiano, le conté cómo había sido todo, y al final le pregunté si era política de aquel local que las muchachas restregaran sus ubres en la cara de los clientes, mientras los asfixiaban con mal aliento, y luego los acusaran por lo que ellas mismas habían provocado.

Tal vez porque la muchacha de marras tenía ya mala fama, porque yo no tenía cara de tenorio o de perver, o porque fui muy convincente, el caso es que el señor me pidió disculpas, le ordenó a la muchacha que se retirara, y procedió él mismo a terminar de cortarme el pelo mientras, siempre en italiano, me preguntó de dónde era yo, por qué hablaba italiano, dónde vivía, a qué me dedicaba, etc. Cuando le dije que vivía en Chappaqua y que trabajaba para IBM, a través del espejo noté que el tipo se paralizó por una fracción de segundo antes de comenzar con una cadena de alabanzas hacia esa compañía.

Terminó con mi corte de pelo y, después de nuevas disculpas, ya excesivamente ceremoniosas, me dijo que yo no debía nada, que era invitación de la casa, y que ya él hablaría con la muchacha.

Si lo hizo o no, no lo sé, pero sí sé que nunca más he entrado a una barbería unisex, ni he dejado que una mujer me corte el pelo, aunque me encantaría que la mía lo hiciera, para no tener yo que ir a ninguna barbería; pero ni modo,… aunque la profesión más común entre los gochos es la de barbero.

[*FP}– Un alfiler en África (5/5)

Carlos M. Padrón

Terminado el tour por el Zoco, los franceses, sin siquiera decirme adiós, se fueron en su carro, y el guía tuvo la amabilidad de pararse conmigo por casi 10 minutos al borde de la vía hasta que me consiguió un “petit taxi”, que es el equivalente de los taxis Volks-Wagen de México. Le dijo al taxista adónde debía llevarme, y a mí cuánto debía pagar por el viaje.

No oculto que durante todo el trayecto en aquel desvencijado taxi conducido por un tipo de aspecto nada tranquilizador estuve usando de corbata algo que la Naturaleza no diseñó para tal uso, pero al fin el taxista, que no dijo palabra durante el viaje, me dejó en el Hotel Kenza. Con un suspiro de alivio le di los 10 DRM que el guía me había dicho que le diera, y entré al hotel.

Cuando llegué a mi habitación estaba extenuado, más por tensión emocional que por esfuerzo físico, así que me dormí sin que me preocupara mucho el almuerzo, pues como —desde hace años, y en solidaridad con mis queridos perros— hago una sola comida al día, me reservé para la gran cena de fin de año que, según la agencia de viajes, era “obligatoria” y costaría 13.900 pesetas, unos 927 DRM.

Cuando me desperté eran como las 3 y media de la tarde. Bajé a la recepción y pregunté dónde sería la tal cena de fin de año. Me miraron como a bicho raro y me dijeron que no sabían nada de esa cena, pero que si yo quería una cena de fin de año podían ofrecerme el tour llamado ‘Fantasy Dinner’ que incluía precisamente una cena bajo una tienda de nómadas del desierto, y con un show de danzas típicas como sobremesa. El precio era de 350 DRM y el tour saldría del hotel entre las 7 y media y las 8 de la noche. Reservé de inmediato y pagué los 350 DRM.

A las 7 y media recibí en mi habitación una llamada del tipo con el que había hecho el negocio de la cena, y supuse que era para decirme que todo estaba listo para salir, pero resultó ser para informarme de que “como había mucha gente para la ‘Fantasy Dinner’, el precio había subido y era ahora de 700 DRM y no de 350”.

En mi más enfervorizado inglés le contesté que según el folleto editado por el organismo estatal a cargo del turismo en Marruecos, en ese país el precio convenido de palabra para transacciones comerciales se respeta como si fuera un contrato escrito, y que a mí no sólo me habían dicho que la cena me costaría 350 DRM sino que también me habían recibido ya el pago correspondiente, razones por las cuales yo exigía que se respetara el acuerdo que conmigo se había hecho. Se disculpó y dijo que vería qué podía hacer.

A las 8 bajé, listo ya para salir, y me senté en el lobby. Apenas un cuarto de hora después llegó el tipo y, fresco como una lechuga, me dijo que no había nada que hacer a menos que yo pagara 700 DRM. Le contesté que aunque en España me habían dicho que la cena me costaría unos 927 DRM y yo había aceptado pagar eso, por una cuestión de principios no estaba dispuesto a acceder al chantaje que se me quería hacer, aunque el precio que ahora se me pedía fuera inferior a los 927 DRM que yo venía dispuesto a pagar.

Puso cara de estupor, pues seguramente su idea del negocio no tenía cabida para ese tipo de principios, y, obsequiándome luego una sonrisa entre burlona y conmiserativa, me devolvió mis 350 DRM.

Así que, usando la tan europea media pensión, cené en el hotel y me fui a la cama a eso de las 10 de la noche,… para despertar a las 5 de la madrugada del primer día de 1995 a los melodiosos trinos de la dulce y estimulante voz del almuecín electrónico que, de nuevo, parecía gritar en el balcón de mi habitación. Pasado el correspondiente susto, y hecha la obligada mentada de madre, seguí durmiendo hasta las 8 de la mañana.

Ese primer día del año tomé un par de tours light, por las afueras de la ciudad, y de regreso al hotel preparé el equipaje para volar de vuelta a Madrid el día 2 muy temprano.

Ese día 2 me sirvió de algo el despertador tempranero del llamado del almuecín que de nuevo sonó a las 5 de la madrugada, lo que aproveché para dejar la cama, y a las 5:30 salí en taxi para el aeropuerto.

De Marrakech volé a Casablanca y, cuando en Casablanca, una vez pasado el control de pasaportes para el vuelo internacional a Madrid, noté que no había duty-free, como si sólo fuera mera curiosidad por mi parte le pregunté a un par de aparentes funcionarios oficiales que estaban en la puerta de la sala de espera de mi vuelo, si en una ventanilla que al momento estaba cerrada se podían cambiar DRM a pesetas —cosa que, según el folleto oficial ya mencionado, podía hacerse en ese tipo de ventanillas—, me dijeron que no y, para mi sorpresa, remataron con que yo no tenía cara de turista —lo mismo que otro funcionario me había dicho, también en Casablanca, en el viaje de venida—, y me advirtieron que si me habían sobrado DRMs tenía que devolverlos allí y a ellos.

Aquello era ya demasiado —sin contar lo de mi cara de no turista, que aún no sé cómo tomar, si como cumplido o como ofensa—, así que me arriesgué, y aunque en realidad me habían sobrado 760 DRM les dije que no tenía DRM alguno, que los había gastado todos y que sólo había preguntado por saber. Con cara de disgusto me dejaron tranquilo y siguieron “patrullando” a la espera, supongo, de otra posible víctima.

Ya dentro de la sala de espera había una pareja de holandeses que habían seguido con interés mi conversación con los funcionarios. Cuando entré a la sala, muy pequeña, me contaron que también a ellos les habían negado el cambio, aunque en Holanda les habían dicho que podían hacerlo, y quisieron quitarles el dinero sobrante, ante lo cual habían decidido que nunca más volverían a Marruecos.

Al día de hoy, he visitado casi 50 países o regiones de este mundo, y con gusto podría volver de nuevo a Nepal, a Turquía, visitar Egipto, Líbano, Sudáfrica, etc., pero a Marruecos no volveré más si puedo evitarlo.

Según en mis tiempos se decía en El Paso: ¡Una y no más, como el Alma de Tacande!.

[*Opino}– Acerca del manido ‘Por la presente’

20-11-2006

Carlos M. Padrón

Lo que en el artículo que copio abajo dice Amando de Miguel, no es para mí sólo barroco, es una pérdida de tiempo, tinta y papel, rayana en insulto a la inteligencia del lector, quien cuando haya leído “la presente” se habrá dado cuenta —si es que está bien escrita— de cuál era su propósito.

Por tanto, nunca he usado eso de “Por la presente” sino que voy directamente al propósito de la circular, misiva, memorando o lo que fuere, pues es obvio que ese propósito es el motvio de «la presente».

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Amando de Miguel

Antonio Barbeito señala el error de tantos documentos oficiales: «Aviso. Por la presente se comunica…». Se pregunta don Antonio si no sería mejor decir «por el presente» o simplemente ir al grano: «Aviso. Se comunica…».

Comprendo que es un sesgo barroco, como hay tantos. «La presente» se refiere a carta, nota, comunicación, etc., todas en femenino.

Todavía hay otra forma más barroca, esta muy madrileña: «Mejorando lo presente». Equivale a «respetuosamente» o «no se ofenda por la comparación».

Fuente


[*ElPaso}– Sin derecho a pedir más

19-11-2006

Carlos M. Padrón

¿Recuerdan a Angelina, la de «Miguel el de Angelina«, y al Ñoño, el de «El Ñoño y el arco iris«? Pues la historia que sigue tiene que ver con Julita, hija de El Ñoño, y con Angelina, la madre de Miguel.

En lo tocante a dotes físicas, Julita no tenía mucho que agradecerle a Dios, pues era pequeña de estatura, un tanto gambeta y, como en El Paso se decía entonces, “mal encabada”.

Aún así, un día Pedro llegó a su vera y la enamoró. Por su físico, tampoco Pedro tenía mucho que agradecerle a Dios y, en atención al color de su piel, lo apodaron con el nombre de un santo negro, aunque, a juzgar por las imágenes de éste, el santo estaba mejor que Pedro.

El caso es que Pedro y Julita se casaron, y cuando Angelina supo que Julita estaba encinta declaró su interés por ver qué clase de criatura saldría de tales padres, así que el día que se hizo público que Julita había dado a luz una niña, Angelina expresó públicamente su determinación de echarle un vistazo cuanto antes a la recién nacida.

Y la ocasión propicia fue cuando Julita bajó a La Plaza con su hija para llevarla a revisión pediátrica. Angelina sabía que, de regreso, Julita debía pasar frente a su casa, así que montó guardia pacientemente, y cuando por fin llegó Julita con su bebé en brazos, Angelina le salió al paso y le pidió que le dejara ver a la niña, cosa que la orgullosa madre hizo con gusto.

Al ver lo hermosa que la criatura era, Angelina, asombrada, le comentó a Julita:

—¿Pues sabes lo qué te digo? ¡Que pa’ser hija tuya no pidas más!

Esto es sinceridad, lo demás es cuento.

[*MiIT}– Computación Personal, herramienta indispensable. 9: DB/DC

Carlos M. Padrón

Son las siglas de Data Base (Base de Datos) / Data Communication (Comunicación de Datos), conceptos éstos que, a fines prácticos, nacieron con el TP ya que eran y siguen siendo necesarios para que el TP dé lo que de él se espera, sin afectar en lo posible las operaciones “batch” de la computadora.

La definición más simple de DB es “conjunto de datos, de un mismo tipo e índole, organizados según una secuencia lógica que, de forma sencilla y transparente, permite el acceso a ellos”. Una guía telefónica es una DB. Está compuesta por nombres, direcciones y números de teléfono de personas naturales o jurídicas (datos de un mismo tipo e índole), y nos permite, de forma relativamente sencilla, el acceso a la información que contiene, o sea, la consecución del número de teléfono de una persona (usemos sólo el ejemplo de las naturales) cuyo nombre sabemos.

Las guías telefónicas tienen, generalmente en el ángulo superior externo de cada página, el apellido de la primera y de la última persona cuyo nombre y teléfono asociado aparecen en esa página, y si queremos buscar el teléfono o dirección de alguien apellidado Rodríguez buscamos primero —pasando muchas páginas juntas y avanzando así rápidamente— el Rodríguez en el ángulo superior externo, y en la primera página en que éste aparezca comenzamos a buscar, avanzando ahora mucho más lentamente, el segundo apellido, o inicial de éste, y el nombre de la persona cuyos datos nos interesan.

Al primer tipo de búsqueda, y a la DB en él basada, se le dio el nombre de indexada, pues equivale al índice de un libro que nos permite llegar rápidamente al comienzo de cierto capítulo sin necesidad de ir buscándolo hoja por hoja. Al segundo tipo de búsqueda, equivalente al “hoja por hoja” del libro, se le dio el nombre, así como a la DB en él basada, de secuencial porque requiere la lectura de los datos, uno por uno y en la misma secuencia en que están colocados en la DB, hasta dar con el que buscamos.

Con el aumento en la capacidad de almacenamiento y de la velocidad de proceso de las computadoras, las DBs fueron haciéndose cada vez más complejas y eficientes (existe la profesión de especialista en base de datos), y aparecieron nuevos tipos como la relacional, la orientada a objetos, etc. La meta parece estar enmarcada en el concepto “a imagen del ser humano” que inspiró la estructura básica de la computadora, pues la más sofisticada de las DBs se concibe basada en redes neurales y operando por asociación, como operamos los humanos que al oír, p.ej., los compases de una vieja canción recordamos de golpe que estábamos oyéndola hace 20 años, en el recreo de nuestro primer día de liceo, cuando hubo conmoción en todo el grupo por la muerte repentina de nuestro profesor. Extraña relación ésa que vincula el recuerdo (dato) de una canción con el recuerdo (dato) de una muerte, pero así funcionamos los humanos y así se quiere que las computadoras usen la información almacenada en sus bases de datos, enriqueciendo éstas con nuevas relaciones, como harían los robots.

Comoquiera que la ventaja del TP es el ahorro de tiempo, se entiende que el logro de esta meta requiere de bases de datos que tengan, actualizada y lista para acceder a ella, la información que necesiten las operaciones que a través de TP se efectúen. Además, las computadoras que trabajan en TP hacen también operaciones que sólo requieren datos y herramientas locales que están en la misma computadora. A estas operaciones se les llamó “batch” para diferenciarlas de las de TP. Es como si se tratara de una gran compañía que debe realizar transacciones totalmente internas (las batch mencionadas al comienzo) y transacciones que requieren envío o recepción de información a/desde el exterior (TP).

Pues bien, para que el TP no retrase los procesos batch, desde sus comienzos usó programas de ayuda que constituyen lo conocido como DC y cuyas funciones se asemejan a las de una hipotética División de Administración de esa compañía que determina qué es interno y qué externo, que envía lo primero a quien competa dentro de la compañía (batch), y encarga lo segundo (TP) a una Central de Correo Externo que maneja redes de motorizados, cada una con especialidad diferente (motos, carros, camiones cava, camiones blindados, etc.), y entrega a éstos bien los mensajes a llevar o las instrucciones pertinentes para los mensajes a traer, y la indicación sobre la mejor vía a seguir, qué rutas evitar, y qué vías alternas usar.

Una vez de regreso, cada motorizado entrega a la Central de Correo Externo el mensaje que trajo o la certificación de recepción del que llevó, y también la información de los eventuales contratiempos que tuvo en su viaje, la cual será útil para otros motorizados que deban hacer igual recorrido. La Central de Correo Externo entrega a la División de Administración los mensajes recibidos de afuera, y ésta se encarga de que sean usados internamente para los fines consiguientes.

Así trabajó el dúo DB/DC, presente hoy —con mayor sofisticación y transparencia, y aunque no lo notemos— en nuestra computación personal. Sin el DB/DC no habría operaciones en línea ni existiría Internet.

[*ElPaso}– Olga y el tenorio

11-11-2006

Carlos M. Padrón

NotaCMP. Al lado Este del charco hay más libertad al hablar, y poco del a veces puritanismo y mojigatería que prevalecen en muchos de los países de Hispanoamérica. En España en general, y ahora mucho más que antes, se impone la claridad y el “al pan pan, y al vino vino”. Por ello, palabras que en Hispanoamérica se toman como groserías, allá son, desde hace tiempo, parte del habla cotidiana de hombres, mujeres y hasta niños. P.ej., cagar, mierda, mear, coño, culo (más con el sentido de grupa, trasero o nalgatorio, que como ano), carajo, polla (pene), follar (hacer el amor), joder (fastidiar o follar), puta, etc.

Se trata de dos extremos: en España tienden a ser en esto excesivamente explícitos, mientras que en gran parte de Hispanoamérica pecan de pacatos y, p.ej., usan mil eufemismos para evitar decir algo tan natural como culo. Canarias está a medio camino entre estos dos extremos, y lo que voy a narrar ocurrió en Canarias

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En los años 50, en El Paso había, que yo recuerde, tres barberías, y cada una tenía un solo sillón, un solo barbero (su dueño), y la afición de éste a hablar de política… internacional, por supuesto, pues la nacional era tema intocable porque estaba en pleno apogeo la dictadura de Franco.

Uno de estos barberos casi me creó un trauma con sus efluvios políticos, pues una vez, mientras para cortarme el pelo me mantenía sentado en su sillón giratorio frente al alto y ancho espejo, no paraba de hablarme sobre la guerra de Corea. Cuanto más me hablaba más se enardecía, a pesar de mi total silencio, y llegó un momento en que elevó sus brazos al techo, con una tijera en una mano y un peine en la otra, y mirándome, con ojos desorbitados, a través del espejo, exclamó a todo pulmón “¡Yo he de verte en la guerra de Corea!”.

Pero no, no me vio en Corea ni me vio más en su barbería, pues a raíz de ese incidente cambié de barbero.

En todas esas barberías había siempre varios hombres, algunos que querían cortarse el pelo o afeitarse la barba, y otros que venían a matar el tiempo dándole a la lengua sobre temas de la mencionada política, del medio agropecuario, de la emigración a Venezuela o, por supuesto, de mujeres.

En una de esas barberías se encontraba un día, entre esta concurrencia, un tal Miguel, famoso por tenorio y por desvergonzado con las mujeres, pues se aprovechaba de que el medio social prohibía que una dama replicara a reclamos o piropos de mal gusto, y esa prohibición las dejaba indefensas ante quienes se los endilgaban.

Como los asientos estaban todos ocupados, algunos que esperábamos turno nos apostamos en la acera, a los lados de la puerta, y uno de los que allí estaban fue el que comunicó a los de dentro que Olga, la bella Olga, venía por la calle en dirección a la barbería, pero por la acera de enfrente (lo cual era lógico porque en la otra acera había hombres apostados).

No me extrañó que el hecho llamara la atención como para ser anunciado, pues Olga —nombre que imagino por cuanto nunca supe el suyo— era, en mi opinión de muchacho de 16 años, una mujer espectacular. Alta, curvilínea, con buenas piernas y abundante de todo, como siempre me gustaron y me gustan. Morena clara, pelo generalmente recogido en la nuca, caminar rítmico, pausado y airoso, y una expresión de serena autosuficiencia que, a sus tal vez 30 años, le daban ciertamente —al menos para mí— un aire distinguido y un toque de misteriosa sensualidad.

Yo la había visto varias veces en festividades o en los paseos dominicales después de la misa mayor, y de ella sólo sabía que vivía en la parte suroeste del pueblo. A pesar de la diferencia de edad, me atraía mucho, y yo admiraba en secreto todos sus atributos físicos. Después de ese día admiraría también su carácter.

Ante el anuncio de su llegada, el tal Miguel se apresuró a salir a la acera, se recostó insolente en el marco de la puerta de la barbería, y cuando Olga estuvo a su altura, pero al otro lado de la calle, le dijo sin más:

—Me atrevería a darte un beso donde más gusto te diera.

No sé los otros, pero yo me quedé frío, pues nunca había presenciado algo igual ni me habían educado para hacerlo o disfrutarlo.

Olga detuvo en seco su marcha como si hubiera tropezado contra una pared invisible. Bajó la cabeza por una fracción de segundo, y volviéndose con pasmosa dignidad hacia Miguel, lo miró fijamente, desafiándolo con la mirada, y con voz alta, firme y clara, para que todos pudieran escucharla, le respondió con palabras que, aunque groseras según las normas sociales vigentes, fueron sólo la expresión de una realidad dicha con claridad y crudeza, pero con una sencillez —yo diría que hasta humildad— que tuvo la virtud de eliminar de ellas cualquier atisbo de grosería y hacer que Miguel quedara humillado ante todos:

—Dáselo a la cabeza de la polla de mi marido que es lo que más gusto me da.

Y, dicho esto, Olga dio media vuelta y siguió su camino como si nada hubiera ocurrido.

En la barbería se hizo un silencio total, roto apenas un segundo después por una rechifla general de burla hacia Miguel que, incapaz de articular palabra o mirar a la cara de nadie, bajó la cabeza y optó por marcharse, olvidando su corte de pelo. Pero los que allí estábamos no olvidamos el merecido escarmiento que le habían dado.

Después de ese incidente, mi admiración por Olga alcanzó las cotas más altas, pues en aquel tiempo y en aquel pueblo sólo una prostituya —y desde luego que Olga no lo era— o una mujer de mucho carácter y entereza osaría enfrentarse así a un hombre, cuando la sociedad en que vivía le decía que una mujer no debía nunca hacer eso, y menos usar el vocabulario que ella usó. Nunca he conocido otra mujer que, como Olga, haya usado expresiones de ese calibre con acento y entonación tales que no suenen groseras o vulgares.

Repito: lo impactante de la respuesta de Olga no estuvo en las palabras que dijo, soeces algunas en significado y contexto, sino en cómo las dijo. Desprovistas de cualquier énfasis que destacara lo grosero, y con la misma autoridad, tranquilidad, sencillez y naturalidad que usaría un médico para recetarle algo a un paciente. En suma, con un toque de dignidad que las despojó de cualquier connotación grosera y le dio a ella tal nivel de superioridad moral sobre su agresor verbal que éste no tuvo mejor opción que retirarse avergonzado.

[*FP}– Un alfiler en África (3/5)

Carlos M. Padrón

A diferencia de la usanza en EEUU y en otros países, en Europa, y también en Marruecos, el precio básico de las habitaciones de hotel es el de doble ocupación; si uno quiere estar solo debe pagar un extra sobre ese precio básico. Y la media pensión que ya mencioné es desayuno y almuerzo, o desayuno y cena, según el huésped prefiera. Ésta era la política que en cuanto a comidas tenía yo que seguir en el Hotel Kenza, que así se llamaba el cuatro estrellas incluido en el paquete que yo había comprado a Dunia Tours en Madrid.

Pero después de haber pasado tres noches en el Kenza quedé convencido de que debo revisar mis conocimientos de astronomía, pues, al menos en materia hotelera, las estrellas africanas no son como las americanas. Y ya les digo por qué.

Aún a la poca luz que a las 11 de la noche, cuando entré en el Kenza, había en los pasillos, tanto en paredes y pisos como en el acabado de cerámicas se notaba lo pésimo de la construcción. Como no había ascensor de servicio, tratar de subir a, o bajar de, las habitaciones en las horas en que estaban limpiándolas era todo un calvario, pues el personal de servicio mantenía ocupados los ascensores supuestamente destinados sólo a los huéspedes.

En las habitaciones no había televisor. En los baños —que, eso sí, tenían regadera de pared en vez de la ridícula, poco funcional y poco higiénica, ducha de “telefonito”, tan frecuente en Europa— no había jabón sino —atornillados a la pared, junto al lavamanos y a la bañera— unos desvencijados expendedores de gel que, después de mucho pelear con ellos, soltaban un brebaje amarillento e inodoro que daba de todo menos espuma. Afortunadamente, la experiencia ha hecho que lleve siempre en mi equipaje un jabón de baño.

Para hablar desde las habitaciones a un teléfono del exterior, hay que llamar antes a la operadora, que está ubicada tras el mostrador de la recepción, esperar que conteste —pues se la pasa haciendo visitas por teléfono— darle el número al que uno quiere hablar, esperar que ella se digne marcarlo, y cruzar los dedos para que las líneas telefónicas externas estén operativas.

Los tabiques en la zona de dormitorios deben ser de cartón o material similar, pues se oye todo sonido, por tenue que sea, que se produzca en las habitaciones contiguas. Y como la cerradura de seguridad interna de la puerta de mi habitación —no sé si también la de las demás habitaciones que, me dijeron, estaban todas ocupadas— no funcionaba, en preservación de mi integridad física opté por recostar contra la puerta una sólida mesa de madera de unos 30 kilos de peso, que encontré en el balcón.

Como desde mis tiempos de estudiante gané fama de hacer brotar el contratiempo, la aventura o el riesgo hasta en la más inocente excursión en la que yo participara, pensé que ya que tenía la fama debía cargar también con el provecho, y que, al fin y al cabo, había llegado bien, aún respiraba, y gozaba de buena salud.

Y con este pensamiento tan edificante, y después de una última revisión a la improvisada y rudimentaria barricada que había construido con la mesa de madera, me fui a la cama y, aunque predispuesto por todo lo ocurrido, por lo extraño del lugar y, sobre todo, por la falta de seguridad en la habitación, me dormí sobre una rara almohada de forma totalmente cuadrangular,… para despertar de un solo salto, que me dejó sentado en la cama y con el corazón en la boca, por obra de unos como lamentos de voz de hombre que por su intensidad parecían provenir del balcón de mi habitación, y por su inflexión parecían el grito de Tarzán cayéndose de un árbol, pero que no eran otra cosa que la voz del almuecín que, a las 5 de la madrugada, aún de noche, y a través de unos potentes altavoces instalados en lo alto de una mezquita que estaba frente a la parte trasera del hotel —la parte a la que daba mi habitación, y justo frente a ésta—, hacía a los fieles musulmanes el llamado a la primera oración del día.

Aunque tengo, y de vieja data, una gran afición a los equipos de sonido, en aquel momento de pesadilla no pude menos que dedicar un pensamiento poco decente a la madre de quien los inventó, y otro a la de quien tuvo la peregrina idea de ponerlos al servicio de los almuecines.

Y terminado el estertóreo llamado a la oración, que tal vez produjo fervor religioso en algunos pero que en mí produjo una tremenda arrechera (cabreo), volví a dormirme hasta las 7 de la mañana.