[*Otros}– Los Canarios en América / José Antonio Pérez Carrión: Antonio de Molina

Nació en la ciudad de Guía, de Las Palmas.

Vino a Cuba de inspector general de obras públicas, puesto que desempeñó con notable inteligencia.

Fue secretario de la Asociación Canaria de Beneficencia y Protección Agrícola de La Habana, y, habiendo cumplido el tiempo reglamentario, el Gobierno Supremo de Madrid lo trasladó a Sevilla.

[Col}> “Sueños de emigrantes”: José Francisco Osorio / Estela Hernández Rodríguez

Un dulcero Canario

Caminaba yo por una de las calles de Cabaiguán, visitando esa región y conociendo un poco más de los emigrantes Canarios residentes en el lugar, cuando escuché el reclamo de un silbato.

Entonces conocí a José Francisco Osorio, un dulcero de estatura alta y robusta, y de pelo entrecano que tiraba en su bicicleta-carrito en el que llevaba cremas de leche, coquitos y torticas, o mantecaditas como le dicen en otras zonas.

Aparentemente era muy conocido en el lugar, pues muchas personas lo llamaban para comprar sus deliciosos dulces, y digo así porque pude probarlos y pienso que se puede dudar de que también la mano isleña tiene un toque especial en eso de hacer cualquier manjar, y más cuando de dulce se trata.

Osorio contó que su papá había nacido en el barco donde vino a Cuba, y aunque no recordó el nombre del braco, dijo que él nació sietemesino.

Este descendiente de Canario tenía ocho años cuando murió su padre. Me dijo: “Mi familia tenía sitios en Sancti Spíritus donde sembraban tabaco y frutos menores. Eso era en el lugar llamado “El Camino de La Habana”.

Contó además que se sentía orgulloso de ser descendiente de Canario y de vivir en Cabaiguán por ser éste lugar de personas honestas, trabajadoras y honradas y, sobre todo, con sonrisa picaresca y, recalcó, “de mujeres muy bonitas”.

Antes de despedirse comentó que a la Casa Canaria de esa región llevaba él llevaba sus dulces y también cocos, pues allí gustaban de su agua.

En la despedida no faltó la sonrisa en sus labios, a los que llevó de nuevo el silbato que con su música anunciaba que se acercaba el dulcero José Francisco Osorio, y animaba a los pobladores a salir a su encuentro.

A lo lejos, frente a la iglesia, ondeaba la bandera cubana y, un poco más allá del lugar, el letrero de una tienda de ropa que llevaba por nombre “Canarias”.

Estela Hernández Rodríguez
La Habana (Cuba). Noviembre/2010

[Col}> “Sueños de emigrantes”: Eulalia Hernández Herrera / Estela Hernández Rodríguez

Estela

Una tinerfeña cuenta su historia.

Eulalia Hernández Herrera es una nativa Canaria que me contó muchas cosas interesantes de su vida, como que nació en la calle Viera y Clavijo, de Santa Cruz de Tenerife, y que vino de niña a Cuba.

Eulalia también recordaba a su abuela Eusebia y el amor que le profesaba.

En el momento de la entrevista estaba muy contenta, pues viajaría a Canarias y volvería, luego de tantos años de ausencia, a tocar su terruño y encontrarse con sus familiares.

Como todas las personas de las que se habla en esta serie de artículos, Eulalia habló mucho de sus costumbres, sobre todo de la enramada de la Cruz de Mayo, y es que todos los Canarios que vinieron a Cuba, así como sus descendientes, de una forma u otra cuentan su experiencia sobre este tema que creó tradición en los campos cubanos.

«De los isleños aprendimos a festejar el 3 de mayo —decía Eulalia—. Se enramaba la cruz y se ponía encima del techo por tres o cuatro días. Estos festejos eran muy bonitos, pues se reunían la familia y los vecinos, y se realizaban bailes y otras actividades. Los que asistían a la reunión depositaban una prenda en la cruz hasta que ésta quedaba adornada. Los altares se hacían dentro de la casa, con tabla y hoja de palma (guano)».

La Fiesta de la Cruz de Mayo comenzaba con el saludo al altar entonando una Salve y varios otros cantos. Cada familia lo adornaba su cruz con velas, flores, frutas, y cerámicas. Todos participaban en la Enramada de la Cruz, si no en su propia casa, en la casa de algún vecino.

A los nativos Canarios y sus descendientes, esto les daba esperanzas de una buena cosecha, entre otros beneficios.

Estela Hernández Rodríguez
La Habana (Cuba). Noviembre/2010

[*Otros}– Los Canarios en América / José Antonio Pérez Carrión: Alfredo Vázquez y González

D. Alfredo Vázquez y González, bachiller en Artes, nació en el pintoresco pueblo de Guía, en Las Palmas.

Empezó sus estudios literarios en la ciudad de Las Palmas, distinguiéndose siempre entre sus numerosos condiscípulos con las notas de sobresaliente, y notablemente aprovechado.

Llegó a Cuba, muy joven, al calor de su tío el Dr. D. Miguel Gordillo y Almeida, dedicándose al profesorado, por ser esa su vocación.

Fue fundador y director de varios colegios de primera y segunda enseñanza, y colaborador de varios periódicos políticos y literarios de acreditada popularidad.

Orador de fácil palabra, su voz se dejo oír con suma frecuencia en la tribuna del Centro Canario, en las veladas y conferencias que allí se efectuaron.

Luego se dedicó nuestro compatriota a la agricultura y crianza pecuaria.

Hombre de bellos sentimientos y de inteligencia, es probable que, siguiendo ese camino, menos espinoso, pero más productivo, era de desear que viera colmadas sus nobles aspiraciones y recompensados sus afanes.

[Col}> «Sueños de emigrantes»: Clotilde Nazco y Agustín García Nazco / Estela Hernández Rodríguez

Estela

De Las Palmas (Canarias) a Cuba.

Las Palmas también tiene su huella aquí en nuestro país. Una de sus mujeres, Clotilde Nazco Castro, fue de las tantas isleñas que vinieron buscando una mejor vida y, como muchos, tuvo que pasar malos ratos y derramar alguna que otra lágrima por malas jugadas del destino, hasta que logró una estabilidad para su familia.

Luchadora inagotable, hizo frente a aquel momento que cuenta su hijo Agustín García Nazco, de 89 años de edad, casado con otra descendiente de Canarios.

Agustín dijo que su mamá, Clotilde Nazco Castro, vino a Cuba cuando tenía 30 años de edad, allá por el año 1930. Se ubicó en la provincia de Camagüey, y primero vivió con su hermana y el esposo de ésta, hasta que se casó.

Decía Agustín: «Mi padre era cubano, y tuvo con mi madre cuatro hijos; yo era el menor». Para pena suya, no pudo conocer a su padre, que murió antes que él naciera.

Desde ese momento, para la Canaria Clotilde todo fue más difícil, pues había quedado viuda y sabía que tenía que criar a sus hijos en medio de la miseria en que por aquella época vivía. Eran tiempos duros; gobernaba el presidente Eduardo Machado, hombre implacable en su mandato.

Ella sabía de la rigidez de la vida como emigrante, en la que a veces el destino da para ganar o para perder, y a ella desde muy temprano le había tocado lo segundo. Pero Clotilde, como isleña al fin, era una mujer trabajadora y luchadora, y, como dice el buen cubano: lavaba y planchaba. Esto último lo hacía con plancha de leña, como era natural en aquellos tiempos.

Cuentan los que la conocieron, y su propio hijo, que esa isleña planchaba de tal forma que se podía asegurar que la ropa quedaba hasta mejor que con una de las sofisticadas planchas de hoy en día.

También hacía comida para un grupo de trabajadores solteros, de origen Canario, que por aquel lugar laboraban en las vegas de tabaco.

Trabajaba sin descanso ya que las noches las dedicaba a la costura, remendando o arreglando una que otra ropa de su familia o de los vecinos. Así podía llevar el pan a la boca a sus cuatro hijos.

Más tarde conoció a un Canario, Antonio Rodríguez, con el que se casó, aunque continuaba trabajando en el tabaco, pero esta labor apenas les alcanzaban para comer.

Un día Clotilde le dijo a su marido: «Mira, viejo, el tabaco ya no tiene valor, y económicamente nos va mal. Vamos a mudarnos para Oriente, compramos unas tierras y empezamos con el café y otros cultivos».

El esposo le prestó atención, y al final le dio la razón porque reconoció que, aunque mujer, Clotilde tenía un don para saber hacer las cosas y abrirse paso.

De esa forma comenzaron a hacer las gestiones, visitaron Bayamo y fue allí precisamente donde al final se instalaron por el resto de sus vidas.

De la compra de la finca

«Se hablaba de la finca, pero no era tal como la imaginamos —dijo Agustín—. Sí, era tierra, pero de monte adentro, sin luz y con poca agua».

Fue aquí donde se manifestaron las habilidades de Clotilde para manejar estos asuntos. Se reunió con algunos amigos Canarios del lugar donde residía y, entre todos, compraron un pedazo a un precio muy bajo por caballería.

Clotilde solicitó dos de ellas, pero exigiéndole al dueño que tenían que tener agua, y fue así como se hizo de su finca a la que llamó “Las tres corrientes”, pues por ella pasaban tres arroyos que con sus aguas ayudarían al riego de cafetales, plantas y árboles frutales. Estos últimos que aún hoy se conservan.

La salida de Camagüey

Volviendo a la salida de Camagüey, había un inconveniente, ¿cómo se trasladarse? ¿qué llevarían?

No tenían nada, ni siquiera ropa ni zapatos. Para poder comprar esto tuvieron que vender la vaca y tres puerquitos, pero, «¡Qué remedio!», dijo Agustín.

Al fin llegaron a Camagüey, y lo más urgente era a hacer un bohío para poder vivir. Primero, y como en tránsito, fueron a parar en la casa de otra hermana de su mamá, en Guisa, en la zona de Arroyo Blanco, donde existía otro asentamiento de Canarios.

En lo que luego fuera la finca “Tres corrientes” no existía ni un camino ni un médico; todo era muy difícil, pero había que intentar mejorar las condiciones de vida. Para trasladarse desde ese lugar al pueblo había que caminar más de un día, y por un trillo por dentro del monte.

Así comenzaron aquellos isleños: rompiendo monte y creando con su esfuerzo y con sus propias manos, las siembras y sus casas. Con su trabajo y honestidad se ganaron hasta el crédito del dueño de la bodega del pueblo.

Ya habían creado un barrio, un barrio al que después, con el decir de la gente, se le quedó, y hasta nuestros días, el nombre de Canarias. Y es lógico porque cuando todos iban o venían por aquellas lomas al hacer referencia al lugar decían: “Sí, porque allá arriba, en Canarias,…”. Y fue así como, para orgullo de sus pobladores, se llamó desde entonces aquella pequeña región: Canarias.

En su recuento, Agustín me hablaba de un Canario que era poeta y que por las noches, y como por esas cosas que vienen del alma y en un momento, añorando a su terruño Amagar, Las Palmas, decía unos versos:

Yo recuerdo todavía,
de mis Canarias palmeras,
de Amagar y Las Calderas
dentro de dos serranías.

El cuento de las malangas picantes

Decía Agustín: «Recién llegados a «Tres corrientes», en el lugar no había nada que comer, y entonces mi padre fue a comprar unas malangas a un lugar de esa zona llamado «Hoyo de los indios”.

Resultó que sí había malangas, pero no malangas como tal sino sólo sus cabezas que resultaban picantes. Y mi padre dijo: “De no llevar nada, por lo menos algo comen”. Mientras, en la casa todos, hasta los trabajadores, lo esperaban.

Llegaron por fin las malangas y las cocinaron, pero no había quien se las comiera de lo picante que resultaron. Entonces uno de los isleños dijo: «Vamos a ponerla al sol a ver si cambia un poco», y así se hizo».

Y así, entre risas, contaba Agustín la anécdota, rematándola con: «Picaba poco, pero aunque picara, había que comérsela; no había otra cosa».

Cosas de jóvenes

En el barrio llamado Canarias todos eran como familia, y cuando un muchacho hacía de sus travesuras, juntos le aplicaban el castigo por igual.

«Un día —dijo Agustín— los muchachos fuimos a fumar en la casa del maíz. Subíamos a la solera y allí escondidos hacíamos otra de estas travesuras.

Un trabajador le contó esto a la tía, y de inmediato corrieron a bajarnos del lugar. ¿Qué cómo lo hicieron? ¡Pues a mazorcazos! Todos bajamos poco a poco, pero yo me tiré por el otro lado de la casa y vine a caer encima de un puerco.

Me levanté corriendo y no paré de correr hasta que llegué a mi casa. Mi mamá, al verme a esa hora de la noche, se preocupó y yo le dije que me habían traído mis primas hasta cerca de allí. Luego de ese susto, nunca más dije una mentira».

Una de las cosas que Agustín recordaba con tristeza era que en ese tiempo nunca fue a la escuela; ellos sólo trabajaban en la finca, sobre todo en los secaderos de café, en las despulpadoras.

Ya en estos equipos estaba la mano de su madre Clotilde, que era la encargada de hacer los negocios y de hacer las inversiones.

«Así era ella. Siempre fue la cabeza pensante, y ya nos iba bien. Ya con el tiempo y las buenas relaciones e ideas de mamá, tuvimos una casa muy cómoda, de piso, y muchos trabajadores, sobre  todo haitianos, que se quedaban entusiasmados por el trato de mamá Clotilde y volvían para la otra zafra; así años tras año.

Pero es que mamá era tan buena que hasta les cosía las ropas y les hacía uno que otro regalo. Por eso ellos vivían allí sin sentirse marginados.

De esta forma tuvimos nuestro cafetal, donde había un microclima y el agua no dejaba de asomarse un sólo día. Aprendimos cosas interesantes al lado de mamá, que siempre nos estaba dando buenos consejos», concluyó el descendiente Canario.

Estela Hernández Rodríguez
La Habana (Cuba). Noviembre/2010

[*Otros}– Los Canarios en América / José Antonio Pérez Carrión: Máximo Ferrer y Ramírez

Nació en el Puerto de Arrecife, isla de Lanzarote.

Fue promotor?fiscal del antiguo juzgado de primera instancia del distrito de Monserrate, de La Habana. Después de haber ejercido durante muchos años la honrosa profesión de abogado en la ciudad de Sancti-Spiritus, se hizo cargo del registro de la propiedad de San Antonio de los Baños, y en la actualidad desempeña el de la importante ciudad de Bejucal, por ser de mayor categoría.

El Sr. Ferrer y Ramírez es doctor en Derecho, de abolengo ilustre, ha desempeñado en esta isla el cargo de juez de primera instancia.

Nuestro comprovinciano tiene un sobrino, José Ferrer y Parrilla, también natural de Lanzarote y abogado, que desempeña en la actualidad el juzgado de primera instancia de Pampanga, Manila, y que también desempeñó cargos en esta isla, como fueron el de promotor fiscal de Baracoa y el de juez de primera instancia de Manzanillo.

El Dr. Ferrer, pues, es licenciado en Filosofía y Letras, posee grandes conocimientos en Derecho, científicos y literarios, y, además de los adquiridos en los empleos que ha desempeñado con bastante beneplácito de sus superiores,

  • Está en posesión de las cruces del Mérito Militar, roja de primera y segunda clase, que se la concedió el Gobierno Supremo cuando desempeñaba el cargo de asesor de guerra del Cuerpo Jurídico Militar en la ciudad de Sancti-Spiritus, en la guerra pasada
  • Es comendador y caballero de la real americana orden de Isabel la Católica
  • Es concejal y alcalde de S. Bartolomé (Lanzarote)
  • Concejal y síndico del Ayuntamiento en Sancti-Spiritus; y,
  • Promotor-fiscal de Arrecife (Lanzarote).

[Col}> “Sueños de emigrantes”: Teresa Cejas Valdés / Estela Hernández Rodríguez

Estela

En 1917, y cuando sólo contaba 16 años de edad, Juan Cejas Padrón vino a Cuba. El motivo que lo trajo hasta aquí fue el mismo que movió a casi todos los varones que emigraron de las Islas Canarias: La guerra, el servicio militar —muy duro en aquellos tiempos—, y la pobreza que imperaba en las Islas.

La hija que me contó su historia se llama Teresa Cejas Valdés, una anciana de 77 años, muy simpática y agradable, que no porque peine canas deja de ser jovial, y muy risueña y entusiasta a la hora de hablar acerca de los parientes de allá (Canarias) y de aquí (Cuba).

Dijo Teresa:

«Juan,   mi  padre,  vino   con   otro  hermano, quien luego regresó a Canarias. Eran oriundos de Valverde, El Hierro. Desde que mi padre llegó a Cuba comenzó a trabajar en los ferrocarriles de Ciénaga, Ciudad de La Habana. Luego se fue a San Cristóbal, provincia de Pinar del Río, donde existe un asentamiento de Canarios. Entonces se dedicó a la caña, renglón fundamental por aquellos tiempos en la economía del país. Fue fundador del Central de San Cristóbal, hoy nombrado “José Martí”. Él fue mecánico de ese central y, como tal, hacía varios trabajos».

El isleño, como también le decían sus amigos de la región, trabajaba todo el año. Para él no hubo tiempo muerto, pues ésa era costumbre en las zafras azucareras. También fue un hombre muy inteligente, por lo que llegó a jefe de reparaciones. No tenía miedo a las alturas, por lo cual a veces lo veían encaramado encima de aquellos molinos de viento para repararlos, o pintando uno de esos grandes tanques que utilizaban para el agua.

(Teresa Cejas Valdés, una Canaria de Valverde, El Hierro)

Entre sus preferencias, le gustaba montar a caballo. Dice Teresa que era buen jinete y que le contaba que cuando chico iba al campo a trabajar con su padre y llevaban queso y vino para merendar.

Cuando se mudó para San Cristóbal, conoció allí a la que fue su esposa, Inés Valdés Miranda, con la que tuvo 5 hijos. Más tarde enviudó y entonces tuvo 2 hijos en ese su segundo matrimonio.

Momentos de recordación

Teresa era la mayor de las hijas de Juan. Me contó que en el año 2003 visitó la Isla de El Hierro, y allí, en Valverde —la capital de esa Isla, la más pequeña del archipiélago canario—, con su familia, primos, y los hijos de éstos, y con otros familiares, pudo compartir momentos maravillosos.

Teresa contaba de su familia con tanta alegría que era como si quisiera que se conociera todo a la vez. De pronto fue muy presta a buscar las fotos, que se le habían quedado en su cartera, y en instantes volvió con su pequeño álbum y comenzó a mostrármelo. Ese álbum lo lleva siempre consigo, me dijo.

Pasó luego a contarme de lo bien que la había pasado en esa región de Canarias, en el terruño de su padre; de cómo, desde las alturas por la carretera y dentro del auto, veía aquellas casas del tamaño de una hormiga; y de lo cariñosa y amable que fue su familia con ella.

Para Teresa fue una experiencia inolvidable, y sus ojos denotaban lo que expresaba: el brillo húmedo que se notaba en ellos descubría ese sentimiento de amor por los suyos.

Así conocí por fotos a Guillermina, Julián, Dolores, José Francisco —que, me dijo Teresa, que trabaja en el aeropuerto— y a Edelia. En una palabra, los Sánchez Cejas de Valverde y, sobre todo, la casa de su padre, foto que mostró con mucho orgullo: una casa rústica pero con toda la belleza de recuerdos que para Teresa encierra, allí, en aquel pedacito de Valverde.

Estela Hernández Rodríguez
La Habana (Cuba). Noviembre/2010

[Col}> “Sueños de emigrantes”: Elvira Quintero Hernández / Estela Hernández Rodríguez

Estela

Una herreña que, sin querer, se convirtió en emigrante.

Esta historia sucedió en El Pinar, en El Hierro, y trata de los momentos vividos por una niña llamada Elvira Quintero Hernández que nació en ese lugar, en 1913 y en un hogar humilde y pobre.

Fue a los diecisiete días de nacida cuando la bautizaron, y su madrina, María Toledo, era muy cariñosa con ella. María era una herreña que a menudo viajaba a Cuba, donde tenía su casa, aunque residía en El Hierro. Tenía tres hijos varones, y siempre quiso tener una hembra, según contó Elvira.

Mientras, en el hogar de la pequeña herreña transcurría la vida cotidiana. Sus padres tenían como costumbre hacer queso, y su mamá a otros lugares para canjearlo por otros productos; así era por aquella región. Me contaba Elvira que, por esos años, en su terruño no había ni agua que tomar, todo estaba acabado, ni calles.

Recuerda cómo ella se preocupaba porque no llovía, pues a su padre, Gabriel Quintero, le hacía falta el agua para su escaso ganado.

Entonces, y por esta situación, su madrina a veces la llevaba para su casa y la tenía por momentos. Luego se quedaba un día con ella, y después varios. También su madrina le compraba uno que otro juguete, algo que sus padres no podían hacer.

Así fue creciendo, y cuando ya tenía once años, María Toledo le pidió a su comadre que dejara ir a Elvira con ella a Cuba para que conociera esa Isla. Para ello tuvo que pedir un permiso, y a la niña, le gustara o no la idea, tenía que aceptarla, pues en aquel tiempo los menores no tenían voz ni voto; lo que decidieran los mayores tenían que aceptarlo.

A Elvira la acompañaron sus padres al embarcadero. Vino a Cuba en el barco francés “La Salle”, en el que toda la tripulación era francesa.

«Yo, era la única niña que venía en el barco, y los marinos me daban la mano y me llevaban a comprar caramelos en la bodega del barco», decía Elvira con tristeza.

Una nueva vida

A su llegada a Cuba, recuerda cómo, luego de desembarcar, se trasladaron hasta la casa en un fotingo al que había que darle cranque para que caminara, pues era de los autos que en aquella época arrancaban de esa forma.

Dos de los hijos de María Toledo eran comerciantes, y otro trabajaba en un Banco. Elvira estudió sólo la primaria, y nunca más su madrina la llevó a Canarias.

Pasó el tiempo, y un día Elvira supo de una mala noticia: cuando El Hierro su madre y hermana se dirigían al canje de productos, a causa de un deslave en el terreno cayeron por un barranco y fueron arrastradas por un arroyo.

Su madrina aprovechó ese incidente y le dijo a Elvira que toda su familia había perecido en el deslave. Fue muy triste para la niña, que quedó traumatizada. Lloraba mucho porque también pensaba mucho en su familia.

Lo único bueno que tenía el estar bajo la tutela de su madrina era que nunca pasó hambre ni necesidades, pero esa mujer la había separado de sus seres queridos, algo muy importante para Elvira.

Recuerda cuando iba al cine, al que una hermana de su madrina la llevaba. Contaba que le decían «La llorona» porque lloraba por cualquier cosa que le sucediera, algo que era lógico porque su dolor lo llevaba por dentro, según me dijo.

Tres años después murió la madrina, y entonces su hermana, Juana, se hace cargo de Elvira. En 1935, se trasladaron a La Habana y fue cuando ella comenzó a trabajar. Por el año 1947 se casó, pero el matrimonio no le fue bien, y a los dos años se divorció. Luego comenzó a trabajar de oficinista, y contrajo nuevamente matrimonio.

La verdad toca a las puertas de Elvira

Pasó el tiempo y, casualmente y en gestiones con la isla de El hierro para solicitar una inscripción de nacimiento, sin esperarlo descubrió a una sobrina y, por ella, supo luego de otros parientes, y así se enteró de que el día del accidente en el barranco sólo habían muerto su madre y una de sus hermanas.

Por las fotos que de El Hierro le enviaron dos de sus hermanas pudo ver a su familia más cercan, y también a sus sobrinas y primos, entre otros, y conocer su verdadera historia.

No todos habían muerto, tenía una familia y no lo sabía. Pudo más el sentimiento que hacia ella tuvo su madrina, a quien no le importó hacerle tan tremendo daño.

Estela Hernández Rodríguez
La Habana (Cuba). Noviembre/2010

[*Otros}– Los Canarios en América / José Antonio Pérez Carrión: Dr. Miguel Gordillo y Almeida

Este distinguido hijo de las Afortunadas nació en la ciudad de Guía (Las Palmas) y vino a Cuba muy joven, después de concluir sus estudios de pilotaje con notable aprovechamiento.

Pero no gustándole las penurias del marino, ingresó en la Universidad Literaria de La Habana donde concluyó sus estudios de Medicina y alcanzó, a fuerza de constancia, una buena posición social, dedicándose también a la enseñanza, en la que ha dado muestras de notable geógrafo.

En la actualidad es el Dr. Gordillo y Almeida propietario de uno de los mejores establecimientos hidroterápicos de La Habana, dotado de eficacísimos baños artificiales.

Fue uno de los socios fundadores de la Asociación Canaria y Protección Agrícola de La Habana, y miembro de su directiva durante muchos años.

El Dr. Gordillo y Almeida fue colaborador del antiguo periódico El Mencey, y uno de sus más decididos y ardientes protectores.

Ha escrito un compendio de geografía en verso de la isla de Cuba, que ha sido declarado de texto para los colegios de primera enseñanza.

En la ruidosa cuestión de las contratas de emigrantes canarios —1877-1879— no sólo combatió con calor, en el seno de la directiva de dicha asociación y a la par de sus compañeros, ese inicuo y malhadado sistema de colonización, sino que contribuyó con gruesas sumas para librar a sus comprovincianos de la disimulada esclavitud en la que, bajo la apariencia humanitaria, quería envolvérseles.