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[Col}> Alejandro Rivero: El jefe, el amigo, el cómplice / Soledad Morillo Belloso

06-08-2025

Soledad Morillo Belloso

Alejandro Rivero: El jefe, el amigo, el cómplice

Yo conocí a Alejandro Rivero una tarde caraqueña de 1979, de esas que huelen a humedad, tráfico y nervios. Era como la tercera —o quizás la cuarta, ya ni me acuerdo— entrevista para entrar en IBM, esa empresa que sonaba a futuro, a computadoras misteriosas y a aire acondicionado que te mantenía bien las ideas.

Ese día me vestí como quien va a conocer al suegro millonario: traje sastre, maquillaje justo, peinado con arte y dignidad. Elegante, pero sin parecer que me iba a casar con el trabajo… todavía.

Llegué al edificio, pasé los controles como una espía con tacones, y cuando vi el gentío frente al ascensor, decidí que las escaleras eran mi vía rápida al éxito. Error garrafal. En el tercer tramo, mi pie hizo huelga y ¡zas! rodé como tomate de camión verdulero sin frenos. Se me despeinó el alma, la cartera explotó como cotillón y mi tobillo gritó “¡renuncio!”.

Pero primero muerta que sin clase, así que recogí mis cosas con la dignidad de una reina destronada, me puse el zapato como quien ensaya una escena de telenovela, y caminé hasta la puerta como si nada. El dolor era real, pero mi orgullo tenía anestesia.

Me identifiqué con solemnidad, como si no tuviera un tobillo que ya parecía una arepa inflándose en el budare, y esperé. Una secretaria amable —ángel sin alas— me llevó hasta la oficina del señor Rivero, ese hombre que tenía el poder de decidir si yo iba a tener cafecito corporativo.

Me hizo todas las preguntas de manual, esas que uno responde con frases ensayadas frente al espejo mientras se cepilla los dientes. Pero luego, como quien lanza una piedra en un charco para ver si salpica, me soltó:

—¿Qué quieres hacer en la vida? ¿Por qué quieres trabajar en IBM?

Y ahí, mi tobillo se calló por un segundo. Porque esa pregunta no estaba en el libreto, y yo, con el maquillaje intacto pero el alma revuelta como guarapo en licuadora, tuve que improvisar.

Con el tobillo haciendo acústica —una sinfonía de quejidos que sólo  yo escuchaba— me enderecé en la silla como quien se prepara para dar el discurso de su vida. Porque si me iba a desmayar, que fuera con estilo. Lo miré directo, sin pestañear, y le solté:

—Bueno, yo tengo 22 años. Quiero aprender, viajar, soñar en español y en inglés, y montarme en el futuro. Y esta compañía podría tener eso en el menú.

Así, sin adornos ni reverencias. Porque aunque mi tobillo pedía auxilio y mi cartera aún tenía secuelas del desastre, yo estaba ahí, entera. Con ganas de comerme el mundo, aunque fuera a mordiscos lentos. Y Alejandro Rivero, ese señor de traje impecable y mirada de escáner, se quedó callado un segundo. No sé si fue por la respuesta o porque notó que yo estaba a punto de convertirme en estatua para no mover el pie.

Pero ese segundo de silencio fue mío. Como un aplauso sin sonido. Porque a veces, cuando una se cae por las escaleras, lo que realmente sube es la convicción.

Una semana después me fui a Nueva York y a Boston de vacaciones, con el tobillo medio resentido pero el ego en forma. Y al regresar tres semanas más tarde, empecé a trabajar en IBM. Ese primer día no me caí por la escalera. Pero por si acaso, llevé zapatos de buena estabilidad y la cartera bien cerrada.

Alejandro Rivero fue mi jefe, sí. Pero también fue mi amigo, mi compinche, mi cómplice. El tipo que sabía cuándo yo llegaba con el tobillo torcido y cuándo con el corazón revuelto. Tenía ese radar que no se aprende en ningún curso de liderazgo: el de saber cuándo una necesita un reto, y cuándo un café con risas.

Me enseñó a navegar el mundo corporativo sin perder el acento, a hablar inglés sin dejar de pensar en español, y a entender que el futuro no siempre viene en traje y corbata. A veces viene en forma de una conversación inesperada, de una pregunta que te saca del guion, o de una carcajada compartida en medio de una junta que prometía ser eterna.

Con él aprendí que ser profesional no significa dejar de ser humana. Que se puede ser brillante y bromista, exigente y empático, jefe y cómplice. Y que a veces, los mejores aliados no son los que te dan órdenes, sino los que te dan alas.

Alejandro no sólo me abrió la puerta de IBM. Me abrió la puerta a mí misma. Y eso, ni el tobillo torcido ni el tiempo lo olvidan.

Fuimos amigos siempre. De esos que no necesitan protocolo ni permiso para llamarse a cualquier hora. Confidentes, cómplices, aliados en la vida y en las travesuras. Muchas de las cosas que nos contamos el uno al otro están bajo secreto sumarial, selladas con risas, silencios y miradas que decían más que mil correos corporativos.

Tengo mil anécdotas con él, sembradas de ataques de risa, que me darían para un libro. Cada quien tenía su vida, sus líos, pero hablábamos con frecuencia, como si el tiempo entre una llamada y otra fuera apenas una coma. Nuestras conversaciones no tenían punto final, sólo pausas largas que sabían a “seguimos después”.

Hace un bojote de años —cuando los teléfonos todavía sonaban con timbre y no con notificación— suena el mío. Era Alejandro.

—¿Quihubo?

—Épale, ¿cómo andas?

—Una pregunta… ¿qué te parece si me caso?

—¿Con Blanquita?

—Sí.

—Me parece que tienes que dejar de hacer preguntas bobas. O te casas, o la pierdes. Click.

Así, sin más. Porque cuando uno conoce el corazón del otro, no hace falta discurso. Y Alejandro, que podía ser jefe, amigo, filósofo de pasillo y poeta de oficina, sabía que yo no le iba a endulzar la píldora. Le dije lo que tenía que oír, sin adornos ni rodeos. Y él, como siempre, entendió el mensaje detrás del tono.

Yo quiero mucho a Blanquita. Por ella misma, por su dulzura sin empalago, por su forma de mirar con calma y decir lo justo. Pero muy especialmente porque ella hizo muy feliz a Alejandro. Y eso, para mí, es razón suficiente para quererla con el corazón completo.

No estuve en esa celebración de vida que se le hizo, pero Blanquita sabe —porque lo sabe— que yo estuve ahí, con ella. En espíritu, en memoria, en ese rincón invisible donde se sientan los que no pudieron llegar, pero están más presentes que muchos de los que sí. Si hubiera estado, alguien habría tenido que llamar a los bomberos para manejar la inundación. Y seguro, entre susurros y pañuelos, algunos hubieran preguntado:

—¿Quién es esa señora que llora como Magdalena revivida?

Pues esa señora sería yo. La que rodó por las escaleras antes de conocerlo. La que le dijo que dejara de hacer preguntas bobas y se casara con Blanquita. La que compartió secretos, risas, silencios y llamadas sin punto final. La que lo quiso como se quiere a los amigos que se vuelven parte del mapa emocional de una vida.

Porque Alejandro no fue sólo un jefe, ni sólo un amigo. Fue una presencia. Una voz que decía “¿Quihubo?” y con eso ya te cambiaba el día. Y Blanquita, que lo acompañó con amor y con gracia, sabe que mi cariño por él se extiende como sombra fresca hacia ella.

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[Canarias}> Los cantones o bandos prehispánicos de Benahoare VI: Tedote

01-08-2025

Felipe Jorge Pais Pais

Los cantones o bandos prehispánicos de Benahoare VI: Tedote

Tedote, según Ignacio Reyes García, tiene el significado de “…cima de una montaña, de una colina”. (2011: 394). Es posible que este nombre haga referencia al impresionante cono volcánico de La Caldereta, en cuyo lado norte, junto al barrio de Calsinas, se conserva el topónimo Timibúcar

 Según las fuentes etnohistóricas “El sexto señorío era Tedote y Tenibucar, que es donde al presente está fundada la ciudad, hasta Tenagua; y de éste término y tierra eran señores tres hermanos llamados Tinisuaga y Agacensie, el otro Ventacayçe, Estos tres hermanos estando en las faldas de un barranco que era en este término de Tedote está, que al presente llaman el Barranco de Agacencio, holgándose con muchas mozas que pretendían casar con ellos, armóse arriba en la cumbre gran cerrazón de aguaceros y vino el barranco tan crecido, que se llevó todos aquellos palmeros y perecieron; y por muerte de Agacencio se llama el Barranco de Agacencio. Y de todos nos escapó sino sólo Ventacayçe, que, como el agua lo llevó, dió con él en un árbol, donde quedó colgado por un muslo que se le hincó un garrancho del árbol; y, pasada la furia del agua, los fueron a buscar y lo hallaron a Ventacayçe bien asido con las manos; y, aunque vivió, quedó cojo de aquella pierna, por donde quedó trabado del árbol.” (J. Abreu Galindo, 1977: 267-268).

Panorámica del cantón de Tedote desde la Montaña de Tenagua (Foto: Jorge Pais

Tedote, según Ignacio Reyes García, tiene el significado de “…cima de una montaña, de una colina.” (2011: 394). Es posible que este nombre haga referencia al impresionante cono volcánico de La Caldereta, en cuyo lado norte, junto al Barrio de Calsinas, se conserva el topónimo Timibúcar, que en las crónicas de la conquista de Benahoare aparece como Tenibúcar y que, según el mismo investigador, se puede traducir como “…una de los depósitos subterráneos.” (I. Reyes García: 2011: 405). Asimismo, podemos encontrarnos las expresiones Tinibúcar, Timinibúcar, etc.

En el capítulo anterior vimos cómo el primer enfrentamiento sangriento entre los conquistadores castellanos y la población benahoarita tuvo lugar en el cantón de Tigalate, donde vencieron los primeros y los sobrevivientes indígenas se desplazaron hacia el norte, refugiándose en Tinibúcar: “Viendo Alonso de Lugo que no aprovechaban halagos ni promesas, hizo apercebir toda su gente, para dar sobre ellos. Como los enemigos vieron el rostro que los cristianos hacían, temiendo el encuentro, fuéronse retrayendo hacia Tinibucar (La Caldereta. Cantón de Tedote); pero los cristianos fueron en su seguimiento y alcance, donde mataron algunos palmeros que se ponían en defensa, y cautivaron muchos…” (J. Abreu Galindo, 1977: 282).

Panorámica de La Caldereta y la actual zona conocida como Timibúcar en el lado derecho (Foto: Jorge Pais Pais)

La cita textual de J. Abreu Galindo sobre este bando prehispánico es sumamente interesante, ya que aporta una gran cantidad de datos, susceptibles de un análisis más profundo. Así nos habla de una riada provocada por grandes lluvias que se llevó por delante a un buen número de benahoaritas, entre ellos a los tres hermanos que eran los capitanes de este cantón: Tinisuaga, Agacensie y Ventacayçe.

Se trata de la primera y única referencia sobre este tipo de catástrofe natural acontecida durante la época prehispánica canaria. Estos acontecimientos tuvieron lugar en el Barranco de Agacensio-Aguacensio que, actualmente atraviesa San Pedro (Breña Alta), y al que dio nombre uno de los señores (Agacensie) de este bando prehispánico.

En la toponimia histórica se conservaron los nombres de Barranco de Aguasensio, Fuente de Aguasensio (hoy perdido) y hasta una zona (en torno los Viveros Las Breñas) que se sigue conociendo como Aguasensio. Sólo sobrevivió, de los tres hermanos, Bentacaize, que significa “…el que ha sido arrastrado.” (I. Reyes García, 2011: 125), tal y como muy bien apuntaron las fuentes etnohistóricas.

La peligrosidad de los barrancos de la comarca de Las Breñas se volvió a poner trágicamente de manifiesto el 16 de enero de 1957 durante un episodio de lluvias muy intensas, que ha pasado a denominarse “Riada del Llanito” (Breña Alta), puesto que los daños más graves se produjeron tras la crecida del Barranco de Aduares, a muy corta distancia, hacia el sur, del Barranco de Aguasensio.

La pérdida de vidas humanas se estima entre 22 y 34 personas, especialmente en este lugar, aunque también afectó duramente a la zona del Barranco de Amargavinos (Breña Baja) e, igualmente, Tirimaga y Montes de Luna (Villa de Mazo). La clara advertencia de las crónicas de la conquista no sirvió para que tomásemos conciencia ante este tipo de desastres naturales y, más preocupante aún, rápidamente nos olvidamos de sus nefastas consecuencias y, por ejemplo, el tramo medio del Barranco de Aguasensio se ha convertido en una carretera llena de viviendas a ambos lados.

Riada en el Barranco del Llanito el 16 de enero de 1957

El cantón de Tedote estuvo densamente poblado porque contaba con uno de los tres arroyos permanentes que existían en Benahoare a finales del siglo: Barranco de Las Angustias, Barranco del Agua-Los Tilos y Barranco del Río. Este último: “…viene a la ciudad de Santa Cruz y puerto principal, para servicio de los molinos y otras cosas necesaria a los vecinos…” (J. Abreu Galindo, 1977: 263).

Además, muy cerca de su desembocadura se encuentra una gigantesca cavidad natural, conocida como Cueva de Carías, con unas magníficas condiciones de habitabilidad en cuanto a dimensiones, luminosidad, exposición y protección contra las inclemencias del tiempo.

Por tanto, no debe extrañarnos, tal y como sostiene la leyenda, que fue la residencia de Bentacaize tras la riada que se llevó a sus hermanos Tinisuaga y Agacensie en el Barranco de Aguasensio (Breña Alta). Este lugar continuó teniendo una enorme importancia durante la etapa histórica de La Palma “Tras la conquista de la isla, esta oquedad natural sirvió de refugio a Lugo y sus seguidores y en ella tuvieron lugar las primeras reuniones del Cabildo palmero, hasta que se construyeron los oportunos edificios.” (C. Díaz Alayón, 1987: 87). Su intensiva reutilización durante cientos de años ha provocado la desaparición de su relleno arqueológico, tal y como se verificó en una serie de sondeos estratigráficos que se llevaron a cabo en septiembre-octubre de 2022.

Aguas arriba de la Cueva de Carías nos encontramos con otro lugar de especial relevancia para la población benahoarita y la nueva sociedad que se creó a finales del siglo XV. Nos referimos a la zona denominada Morro de Las Nieves, junto al cual apareció la imagen y se levantó el Real Santuario de Nuestra Señora de Las Nieves donde, según la leyenda, existía un cementerio aborigen.

Éste es un claro ejemplo de la continuidad en el uso, adaptado a las nuevas condiciones y creencias, entre lugares de una especial significación mágico-religiosa. En estos parajes abundaba uno de los recursos naturales esenciales (agua) para la supervivencia, tanto de la población benahoarita, como para la implantación de las nuevas actividades económicas que surgieron tras la conquista de la Isla (molinos).

La margen izquierda del Barranco del Río, también conocida como El Frontón, fue un gran poblado de cuevas naturales que contaba con yacimientos funerarios. A ello hemos de añadir la presencia de distintos grupos de canalillos y cazoletas, así como de grabados rupestres geométricos que constituyen un claro ejemplo de los rituales de fertilidad y fecundidad que se llevaban a cabo en estos parajes. (F. J. Pais Pais, 2010: 6).

En el cantón de Tedote existe una interesante zona en la que, nuevamente, el mundo aborigen y la época histórica parecen claramente interrelacionados. Nos referimos al conjunto arqueológico situado en las inmediaciones del Lomo Boyero (La Grama. Breña Alta), en el que destacan unos grabados rupestres cuya adscripción prehispánica, desde su hallazgo, ha provocado controversia. Sus petroglifos cruciformes se han interpretado, entre otras teorías, como que “…sirvieran para cristianizar antiguos lugares de brujería…” (M. Hernández Pérez, 1977: 53). En este sentido, hemos de reseñar que se sitúan sobre el mismo borde superior de la margen izquierda del Barranco del Cuervo, cuyas cavidades naturales solo fueron utilizadas por la población benahoarita como lugar de enterramiento de sus seres queridos.

Grabados cruciformes del Lomo Boyero (La Grama. Breña Alta) (Foto: Pedro Riverol)

En la orilla superior del antiguo acantilado de Los Cancajos (Breña Baja) sobresale una de las construcciones pétreas más bonitas, grandes e interesantes de la Isla de La Palma. Su construcción es histórica, sobre mediados del siglo XVI y, por tanto, no tiene nada que ver con el mundo benahoarita.

Fue levantada por los propietarios de los terrenos, una familia de comerciantes belgas, conocida como Van Damme que, popularmente, ha pasado a conocerse en la actualidad como Pirámide de Vandama. Su construcción obedece a la necesidad de despedregar el terreno volcánico y conseguir tierra fértil para poder cultivar. Por tanto, aunque no tiene interés arqueológico es de un enorme valor etnográfico dentro del que también podemos incluir sus gruesos muros de piedra seca que, en algunos casos, se convierten en estrechos y alargados “paredones” a medio hacer.

Pirámide de Bandama (Breña Baja) (Foto: Jorge Pais Pais)

Ya vimos en el capítulo anterior los posibles límites meridionales como el cantón de Tigalate. La línea de demarcación septentrional, con el bando de Tenagua, parece estar mucho más clara, ya que podría situarse en el Barranco Seco que, actualmente, marca la división entre los municipios de Santa Cruz de La Palma y Puntallana. La separación es muy clara y precisa entre la desembocadura y su cabecera en los bordes de la Caldera de Taburiente.

Bibliografía general

-ABREU GALINDO, J.: Historia de la conquista de las siete islas de Canaria, (Santa Cruz de Tenerife), 1977.

-ÁLVAREZ RODRÍGUEZ, Nuria y PAIS PAIS, Felipe Jorge: Los yacimientos funerarios benahoaritas en las antiguas demarcaciones territoriales de La Palma, Actas de las IV Jornadas Prebendado Pacheco de Investigación Histórica, (Tegueste), 2011, Págs. 17-42, ISBN 978-84-938791-0-5 (Publicación digital).

-DÍAZ ALAYÓN, C.: Materiales toponímicos de La Palma, (Santa Cruz de Tenerife) 1987.

-HERNÁNDEZ PÉREZ, M.: La Palma prehispánica, (Madrid), 1977.

-PAIS PAIS, Felipe Jorge: Huellas aborígenes en el entorno de la ermita de Las Nieves, Suplemento LXVII edición de las Fiestas Lustrales del Periódico DIARIO DE AVISOS, (Santa Cruz de Tenerife), domingo 8 de agosto de 2010, Pág. 6.

-REYES GARCÍA, Ignacio: Diccionario ínsuloamaziq, (Islas Canarias), 2011.

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