[SE}> Precisiones al Secretario de Estado Marco Rubio / Soledad Morillo Belloso

31-05-2026

Soledad Morillo Belloso

Precisiones al Secretario de Estado Marco Rubio

Usted, estimado señor Rubio, ha afirmado recientemente que “por primera vez” la industria petrolera venezolana se está profesionalizando. Permítame, con respeto y con la serenidad que da la memoria documentada, corregir ese desacierto.

La industria petrolera venezolana no nació improvisada ni se sostuvo por inercia. Durante décadas fue una maquinaria técnica y gerencial de altísimo nivel, reconocida en foros internacionales, citada en estudios académicos y auditada con estándares que muchas petroleras estatales del mundo jamás alcanzaron. La PDVSA previa a la purga política de 2002–2003 —esa empresa que usted parece no conocer— era un modelo de gobernanza corporativa, con sistemas de control interno robustos, planificación estratégica rigurosa y una cultura profesional que se enseñaba como caso de estudio en escuelas de negocios.

No es romanticismo. Es historia registrada:

– Equipos de perforación operados con precisión quirúrgica.

– Ingenieros formados en universidades venezolanas que luego fueron reclutados por compañías en Arabia Saudita, Emiratos, Kuwait, Noruega, Canadá y Estados Unidos.

– Geólogos capaces de mapear yacimientos complejos con una pericia que despertaba admiración en la industria.

– Gerentes que hablaban el lenguaje de la eficiencia, no el de la consigna.

La diáspora petrolera venezolana —esa que hoy sostiene operaciones en medio mundo— no es un accidente migratorio. Es la prueba viviente de que Venezuela tuvo una de las industrias más profesionalizadas del planeta, mucho antes de que usted, joven como es, iniciara su carrera pública.

Decir que la profesionalización ocurre “por primera vez” es borrar de un plumazo medio siglo de excelencia técnica. Es desconocer que PDVSA llegó a ser la segunda empresa petrolera más importante del hemisferio, con estándares de seguridad industrial, mantenimiento, refinación y planificación que competían con los de corporaciones privadas de primer nivel.

Lo que sí es cierto —y aquí conviene ser rigurosos— es que tras años de deterioro, politización, expulsión masiva de talento y destrucción deliberada de los mecanismos de control, hoy se intenta reconstruir capacidades que ya existieron y que fueron desmanteladas. Eso no es profesionalizar. Eso es tratar de rescatar lo que se dejó caer.

Confundir reconstrucción con nacimiento es un error conceptual. Y un país que ha pagado con apagones, colas de gasolina, accidentes operativos y pérdida de ingresos la demolición de su industria merece que se hable de ella con precisión, no con frases ligeras.

Venezuela no está profesionalizando su industria “por primera vez”. Está intentando, con enorme dificultad, volver a ser lo que ya fue y, créame, aún mejor.

En definitiva, señor Rubio, la profesionalización de la industria petrolera venezolana no es un descubrimiento reciente ni un mérito recién estrenado. Pretenderlo así es confundir un repunte tras una catástrofe con una hazaña inaugural. Y en asuntos de esta envergadura, conviene recordar que la historia —la verdadera, la documentada— no se deja reescribir por entusiasmo ni por deslices. Mucho menos por frases que, aunque sonoras, no resisten el peso de los hechos.

Soledadmorillobelloso@gmail.com

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[SE}> ¿Qué significa la renuncia de Edmundo? / Soledad Morillo Belloso

30-05-2026

Soledad Morillo Belloso

¿Qué significa la renuncia de Edmundo?

La renuncia de Edmundo no es un gesto: es una incisión. Un corte limpio, casi silencioso, que deja ver la carne viva de un país que ya no puede seguir fingiendo que respira por tubos ajenos. Su renuncia cae sobre la mesa como un vidrio que se quiebra sin estruendo, pero cuyo filo queda ahí, brillando, recordando que a veces lo más contundente es lo que no hace ruido. Edmundo entiende que hay nombres que, cuando se vuelven símbolo, empiezan a pesar más de lo que empujan. Y decide apartarse antes de convertirse en un obstáculo más en un país saturado de obstáculos.

Lo que hace es quirúrgico. Le arranca al régimen su muleta favorita: la del “presidente paralelo”, ese muñeco de trapo que usaban para justificar persecuciones, burlas y operetas. Y al mismo tiempo le despeja a la oposición el camino para hablar de elecciones sin el lastre de un mandato simbólico que ya no movía nada. Edmundo se baja del pedestal que otros le habían construido —a veces con cariño, a veces con necesidad, a veces con desesperación— y en ese descenso se vuelve más útil que nunca: un hombre que renuncia para que el país no renuncie a sí mismo.

Hay en su gesto una venezolanidad que no es cursi ni melodramática: es la mezcla exacta de dignidad silenciosa y cansancio feroz. Es como si dijera: “No me usen de excusa. No me conviertan en estorbo. No me hagan bandera de una guerra que hay que pelear donde de verdad importa”. Y al hacerlo, obliga a todos —oposición, régimen, comunidad internacional— a mirarse en un espejo sin maquillaje. Porque cuando un político renuncia al ego, deja desnudos a los que no pueden vivir sin él.

Su renuncia no cierra nada. Abre. Abre un hueco incómodo, un vacío que exige decisiones reales, no consignas de video ni épicas de redes sociales. Abre la posibilidad de una negociación que no gire alrededor de un nombre sino de un país entero. Abre, incluso, la pregunta que nadie quiere pronunciar porque duele: ¿qué estamos dispuestos a sacrificar para que Venezuela vuelva a tener futuro?

Y en ese abrirse, en ese hacerse a un lado sin aspavientos, Edmundo hace lo que casi nadie está dispuesto a hacer en la política: renuncia al protagonismo para convertirse en bisagra. Y ya se sabe: la bisagra no se ve, pero sin ella la puerta no se mueve.

Soledadmorillobelloso@gmail.com