27-08-2026
José Alejandro Adamuz*
El «pino-santuario» de Canarias que ha visto nacer volcanes
Antes de que existiera Notre Dame, este milenario pino canario ya echaba raíces en la isla de La Palma: está considerado el más longevo y guarda una leyenda.
En esta parte de La Palma, dos monumentos en uno: uno natural y otro cultural. Foto: Shutterstock
Este viaje comienza en realidad hace muchos años, cuando una pequeña semilla de Pinus canariensis germinó en la tierra caliente y fértil de esta isla. Mientras arrancaba a brotar, Gengis Kan comenzaba a forjar el Imperio Mongol y Marco Polo aún no había nacido. En Europa se comenzaban a colocar las primeras piedras de catedrales como la de Burgos, la primera en ser Patrimonio de la Humanidad en España, o la renacida de Notre Dame.
Faltaban casi 300 años para que Cristóbal Colón llegase a América y para que La Palma —entonces se llamaba Benahoare y por sus laderas caminaban los aborígenes benahoaritas, ajenos a las locuras del resto del mundo— fuera incorporada a la corona de Castilla. Ahí comienza nuestro viaje.
Cuenta Pablo Gallo en su maravilloso Ojos llenos de árboles (Ed. La Felguera, 2025) que son los árboles los que nos permiten reconstruir una parte de la historia del planeta, además de permitirnos contarnos a nosotros mismos, como individuos y como comunidad. Y en esta parte de La Palma encontramos un ejemplar que justifica, rama a rama, su tesis.
El superhéroe botánico
El Pino de La Virgen de El Paso se estima que es un ‘Pinus canariensis’ con alrededor de los 800 años. Foto: Shutterstock
Hoy aquel milagroso pino se levanta titánico en las laderas que ascienden hacia la Cumbre Nueva, en el municipio de El Paso, justo donde los vientos alisios se deshacen en un mar de nubes mítico. El Pino de la Virgen está considerado con sus 32 metros de altura —en escala, un edificio de diez pisos— y un tronco de siete de perímetro como el pino canario más viejo del mundo y declarado Bien de Interés Cultural en 2014.
El Pinus canariensis es una especie de superhéroe botánico que puede hacer cosas que parecen imposibles para otros pinos: rebrota de sus propias ramas calcinadas tras un incendio, y peina la niebla con sus acículas —agrupadas de tres en tres, largas como antebrazos— para dotarse de lluvia cuando no llueve.
Faltaban casi 300 años para que Cristóbal Colón llegase a América y para que La Palma —entonces se llamaba Benahoare y por sus laderas caminaban los aborígenes benahoaritas, ajenos a las locuras del resto del mundo— fuera incorporada a la corona de Castilla. Ahí comienza nuestro viaje.
Cuenta Pablo Gallo en su maravilloso Ojos llenos de árboles (Ed. La Felguera, 2025) que son los árboles los que nos permiten reconstruir una parte de la historia del planeta, además de permitirnos contarnos a nosotros mismos, como individuos y como comunidad. Y en esta parte de La Palma encontramos un ejemplar que justifica, rama a rama, su tesis.
En 2015 hubo que eliminar todo el pavimento que rodeaba y aplastaba las raíces al pino para asegurar su vida. Foto: Adobe Stock
A pesar de sus dotes para la supervivencia, que el Pino de la Virgen siga en pie es un milagro. A lo largo de sus ocho siglos ha visto nacer volcanes y ha sobrevivido a casi todas las erupciones registradas en la Cumbre Vieja, desde el Tacande (siglo XV), hasta la reciente del Tajogaite. Durante siglos, además, los bosques palmeros sufrieron bajo el hacha para extraer la tea, la madera roja y densa con la que se techaron iglesias y se calafatearon barcos. El paisaje a su alrededor se transformaba y él permanecía. Si no hubiera sido porque era un santuario…
Hoy aquel milagroso pino se levanta titánico en las laderas que ascienden hacia la Cumbre Nueva, en el municipio de El Paso, justo donde los vientos alisios se deshacen en un mar de nubes mítico. El Pino de la Virgen está considerado con sus 32 metros de altura —en escala, un edificio de diez pisos— y un tronco de siete de perímetro como el pino canario más viejo del mundo y declarado Bien de Interés Cultural en 2014.
El Pinus canariensis es una especie de superhéroe botánico que puede hacer cosas que parecen imposibles para otros pinos: rebrota de sus propias ramas calcinadas tras un incendio, y peina la niebla con sus acículas —agrupadas de tres en tres, largas como antebrazos— para dotarse de lluvia cuando no llueve.
El orígen del santuario
En 2015 hubo que eliminar todo el pavimento que rodeaba y aplastaba las raíces al pino para asegurar su vida. Foto: Adobe Stock
A pesar de sus dotes para la supervivencia, que el Pino de la Virgen siga en pie es un milagro. A lo largo de sus ocho siglos ha visto nacer volcanes y ha sobrevivido a casi todas las erupciones registradas en la Cumbre Vieja, desde el Tacande (siglo XV), hasta la reciente del Tajogaite. Durante siglos, además, los bosques palmeros sufrieron bajo el hacha para extraer la tea, la madera roja y densa con la que se techaron iglesias y se calafatearon barcos. El paisaje a su alrededor se transformaba y él permanecía. Si no hubiera sido porque era un santuario…
Corría el año 1492 cuando los soldados de Alonso Fernández de Lugo, acamparon a la sombra de este ya entonces gigante tricentenario mientras aguardaban a capturar al rey aborigen Tanausú. Uno de ellos, váyase a saber si por solaz o por otear horizontes, trepó entre las ramas.
Allí, escondida entre el follaje, se encontró con sorpresa con una pequeña talla de la Virgen. Así que, por supuesto, la quisieron proteger con una capilla próxima al lugar. Pero la imagen, cada vez que oficiaban misa, se caía al suelo. Ocurrió hasta en cuatro ocasiones, por lo que finalmente el párroco entendió que la Virgen lo que estaba exigiendo era quedarse de nuevo en su pino. Así hasta que en 1876 se levantó la ermita.
El triunfo de las raíces
Más de la mitad del municipio de El Paso está protegida por su relevancia natural. Foto: Adobe Stock
Como todo anciano memorable, el pino ha necesitado ayuda para seguir en pie. Los depósitos de agua y la losa de la plaza alrededor de su tronco terminaron por asfixiar las raíces. En 2015, tuvieron que retirar todo aquel asfalto y devolverle tierra para respirar. Cualquier esfuerzo será poco para cuidar de este dinosaurio botánico. De no haber sido un santuario, este pino de madera perfecta probablemente habría acabado convertido en el balcón de una casona colonial en Santa Cruz de La Palma.
(*) José Alejandro Adamuz es ‘Periodista de Viajes National Geographic’


