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[SE}> Brasileros / Soledad Morillo Belloso

21-06-2026

Soledad Morillo Belloso

Brasileros

La música que tuve de fondo mientras escribía el capítulo Brasileros de “Lo que nos trajeron los inmigrantes” no fue un simple acompañante: fue la coautora silenciosa, la que me marcaba el ritmo de las frases y me soplaba en el oído ese “jeitinho” que sólo Brasil sabe tener. Yo adoro ese país. Me seduce sin remedio. Fui tantas veces que perdí la cuenta, pero hay viajes que se quedan tatuados en la memoria como cicatrices luminosas.

Uno de ellos fue en 1982. Brasil estaba en plena efervescencia, con esa alegría y esa sensualidad que no piden permiso para entrar. Y cada vez que encendías la radio sonaba la canción, omnipresente, pegajosa, irresistible. Era como si el país entero la tarareara al unísono. Y tuve aún más suerte: Roberto Carlos se presentaba en el Canecão y fuimos a verlo.

Ah… “Detalhes”, de Roberto Carlos.

Ahí estaba él, con su voz rasgada, su picardía elegante, su descaro dulce. Y ahí estaba yo, décadas después, escribiendo sobre los brasileros mientras esa canción —todo ese disco, Emoções— se instalaba justo al lado del teclado como un amuleto. Cada vez que la escuchaba, sentía que Roberto Carlos me guiñaba un ojo y me decía: anda, escribe sin miedo, suelta la cadera de las palabras.

Y así lo hice. Ese capítulo respira distinto: tiene música en las comas, “saudade” en los silencios. Y aunque el protagonista son los brasileros, entre líneas flotan  también los “detalhes” que Roberto Carlos le da a todas las “emoçoes”.

https://youtu.be/TOyKeBoczsI

Soledadmorillobelloso@gmail.com

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[SE}> Cada vez que digo “Venezuela” / Soledad Morillo Belloso

05-07-2026

Soledad Morillo Belloso

Cada vez que digo “Venezuela”

Hoy es 5 de julio. Día de levantar la mirada hacia el tricolor y dejar que la bandera diga lo que siempre ha dicho: que este país nació para ser libre. Mi papá me llevaba a los desfiles en Los Próceres: el sol reventando en los cascos, el golpe grave de los tambores, el país marchando creyendo en sí mismo. Eran tiempos en que los desfiles no eran exhibición de fuerza, sino recordatorio: lo militar se subordinaba a lo civil, como debe ser en una República que se respeta. Y era también lección. Allí entendí que Venezuela no es sólo un nombre de bonita pronunciación: es una obligación, una memoria que se lleva en el pecho y se protege como lo más preciado.

Hoy cuando digo “Venezuela”, todo me duele. La palabra de fonética tan linda, se abre como una herida antigua. Porque hay dos países superpuestos, respirando uno encima del otro, como si compartieran un mismo cuerpo desgarrado.

Una de esas Venezuela es una fiera destripada que aún se mueve por pura maldad. La que ellos hicieron trizas. La que exhala sombra como si cada día fuera un vómito de oscuridad. Esa Venezuela es un cuerpo profanado, un territorio donde la piel se volvió costra y la costra, paisaje. Allí todo está roto: la calle, la palabra, la memoria. Allí el poder no gobierna: descuartiza. Allí la noche no cae: se desploma como un techo podrido que aplasta lo que encuentra. Esa Venezuela es un animal mutilado que ellos exhiben como trofeo, un país convertido en gemido, en temblor, en ruina que se reproduce como hiedra venenosa sobre cada superficie. Es la Venezuela donde la esperanza camina con muletas y la dignidad sangra por los pies.

Esa Venezuela hecha miseria no nació de la nada: comenzó una madrugada, cuando el país se partió como una fruta golpeada. Fue el 4 de febrero de 1992, cuando la oscuridad dejó de ser noche y se volvió proyecto. Allí empezó la Venezuela que ellos moldearon con rencor, la que se fue llenando de ruinas como quien llena un saco con piedras. Esa madrugada fue el disparo inicial de la deformación, el primer ladrido de la fiera que después se comió la República. Es la Venezuela que ellos deformaron hasta que dejó de reconocerse, hasta que dejó de pronunciarse, hasta que dejó de respirar sin dolor. Un país convertido en cuarto oscuro lleno de ecos, donde cada sonido es un recordatorio de lo que arrancaron. Allí la vida no fluye: se defiende. Allí la luz no ilumina: pelea por no extinguirse. Allí la gente sobrevive con el corazón en carne viva, con la rabia hecha costilla, con la memoria hecha arma.

Y está la otra. Mi país. El de millones. El verdadero. El que les queda gigantesco, insoportable, inalcanzable. El que no pueden pronunciar sin que la palabra les queme la lengua. Mi país, el de millones, es el que sigue respirando debajo de la devastación, el que se aferra a la vida con uñas, con dientes, con memoria, con dignidad. Es un país que sangra, sí, pero que no se entrega. Un país que se sostiene en la terquedad de quienes todavía saben mirar de frente, de quienes no aceptan la oscuridad como destino, de quienes cargan la luz aunque pese como una piedra. Mi país, el de millones, vive en la gente que respira con dignidad, en la memoria que no se deja borrar, en la rabia limpia y justificada que nos sostiene.

La otra Venezuela —la que respira debajo de toda esta devastación— nació mucho antes, con luz y con palabra. Nació el 5 de julio de 1811, cuando un país se atrevió a pronunciarse libre, cuando la dignidad se volvió acto y no deseo. Esa Venezuela es la que sigue viva aunque la hayan querido enterrar; la que se sostiene en la raíz que no se deja arrancar. Es el país que no cabe en sus discursos de tan pésima gramática, que no cabe en sus manos sucias, que no cabe en su sombra. El que se levanta, el que se cuela por las grietas, el que resiste como una planta que atraviesa el cemento. Es el país que late en la gente que no se rinde, en quienes sabemos  pronunciar “Venezuela” sin ensuciar la palabra.

Camino entre esas dos tierras como quien atraviesa un cuerpo partido. Una Venezuela es un pantano putrefacto que intenta tragarlo todo; la otra, una montaña que se niega a caer. Una es su obra de destrucción; la otra, nuestra resistencia, repleta de honra. Una es ruido; la otra, raíz. Una es un cadáver maquillado; la otra, un corazón que sigue latiendo aunque lo hayan querido arrancar.

Y cada vez que digo “Venezuela”, la palabra me duele en la boca: una mitad amarga, otra indomable. Una mitad que ellos ensuciaron, otra que jamás podrán profanar. Porque mi país, el verdadero, no está en sus manos: está en la gente que respira con dignidad, en la memoria que no se deja borrar, en la rabia limpia que nos sostiene, en la terquedad de seguir llamándolo por su nombre aunque duela, aunque queme, aunque sangre. Está en la voz del 5 de julio de 1811.

Soledadmorillobelloso@gmail.com

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