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[SE}> Carabobo / Soledad Morillo Belloso

24-06-2026

Soledad Morillo Belloso

Carabobo

Hay montones de crónicas sobre la Batalla de Carabobo, sí. Y todas huelen a tinta de libro grueso: a papel que ya cumplió su turno, a tinta que envejeció con prestancia pero ignorada. No voy a escribir otra. Sería como ponerle colorete a una estatua. Prefiero decir lo que esa batalla debería significar hoy, cuando Venezuela anda con la piel curtida y el alma en modo supervivencia.

Carabobo, visto desde aquí, no es épica: es un reclamo. Un dedo acusador. Un “mírense, mírense  bien”. Porque esa gente que peleó allí no estaba pensando en bronces ni en himnos; estaba pensando en dejar de vivir con la bota en el cuello. Y  tendríamos que preguntarnos —aunque duela— si hoy no hemos aprendido a convivir con la bota propia, con la bota doméstica, con la bota que ya ni sentimos porque se volvió paisaje.

Carabobo debería ser un espejo incómodo. Un espejo que no perdona. Un espejo que nos  pregunta qué hacemos cada uno de nosotras s, hoy, con la libertad que otros sudaron, sangraron y enterraron. Y no hablo de heroísmos de película; hablo de cosas más difíciles: decir la verdad cuando conviene callarse, no aplaudir lo que sabemos que está mal, no acostumbrarnos a lo inaceptable, no convertir la resignación en rutina. Eso sí es pelear. Eso sí es independencia. Lo demás es pose.

La independencia no es un episodio cerrado; es un músculo. Y nosotros, por flojera o por cansancio, lo hemos dejado atrofiarse. Nos hemos vuelto expertos en sobrevivir, pero pésimos en exigir. Y ahí es donde Carabobo se vuelve punzante: porque nos recuerda que un país no se libera una vez y ya. Un país se libera todos los días, o se pierde sin ruido, sin batalla, sin parte militar.

Lo que pasó en ese campo no fue una postal heroica. Fue una decisión colectiva de no seguir tragando humillación. Y esa decisión, hoy, está pendiente. No la hemos tomado. O la tomamos a medias, o la posponemos, o la maquillamos con discursos. Pero Carabobo no admite maquillaje. Carabobo nos mira y nos dice: “¿Vamos a seguir viviendo así?”

La mayor traición no sería olvidar la fecha. La mayor traición sería aceptar vivir sin República, sin instituciones, sin dignidad. Sería convertir la libertad en un recuerdo bonito, no en una práctica diaria. Sería dejar que la historia se quede quieta mientras nosotros nos encogemos de hombros.

Por eso no escribo otra crónica. No hace falta. Lo que hace falta es preguntarnos qué significa Carabobo hoy. Y si tenemos el coraje de asumirlo.

Carabobo: una página escrita con tinta de obituario. No acepta delete. No perdona el pulso tembloroso ni el intento de maquillar lo que duele. Está ahí, clavada como una lápida que no se mueve ni un milímetro aunque uno quiera barrerla bajo la alfombra de las efemérides.

Carabobo no es un recuerdo: es un reclamo. Una frase escrita por los muertos para los vivos. Una factura pendiente. Y cada tanto, cuando el país se hace el distraído, esa tinta vuelve a brillar como si dijera: “No te hagas, esto también es contigo.”

Lo más incómodo es que seguimos actuando como si la historia tuviera tecla de borrar. Como si pudiéramos eliminar lo que nos compromete, lo que nos exige, lo que nos desnuda. Pero Carabobo no se borra. Carabobo te mira fijo y te pregunta si vas a seguir viviendo en modo súbdito o si te atreves a recuperar la postura de ciudadano. Esa pregunta no se archiva; se te queda respirando en la nuca.

Porque un país no se pierde de golpe: se pierde por abandono, por cansancio, por costumbre. Y la costumbre, cuando se instala, es más corrosiva que cualquier ejército. Por eso Carabobo duele: porque no es pasado, es deuda. Y la deuda no prescribe.

Carabobo es la página que no acepta delete porque todavía no hemos tenido el coraje de escribir la siguiente.

Soledadmorillobelloso@gmail.com

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