[LE}– Origen de dichos y expresiones: El error del dicho ‘Quien se fue a Sevilla…’

21/11/2014 

Mónica Arrizabalaga

Nadie sabe con certeza cuándo y por qué el antiguo refrán de «Quien se fue de Sevilla perdió su silla» pasó de irse de la bella ciudad andaluza a dirigirse a la misma y con su partida voluntaria, y en principio provisional, quedarse sin el lugar o el cargo que uno ocupaba y que en su ausencia le ha sido arrebatado.

Eso fue lo que le ocurrió precisamente a Alonso I de Fonseca (1418-1473) por hacerle un favor a su sobrino nieto que pasaría a la historia como Alonso II de Fonseca. Tal y como relata Diego Enríquez del Castillo en su «Crónica del rey Enrique IV», el primero, arzobispo de Sevilla, había logrado que la sede del arzobispado de Santiago de Compostela que había quedado vacante en 1460 le fuera concedida a su sobrino nieto.

No fue una etapa de fácil gobierno. «A don Alonso le tocó en suerte negociar y aun disputar privilegios eclesiásticos que lo enfrentaron con la oligarquía local», señala la biografía de Alonso II de Fonseca del Centro Virtual Cervantes.

Otras fuentes añaden que a estas revueltas contribuyó el mismo arzobispo con su mal gobierno y sus abusos que encresparon aún más los ánimos. El hecho es que en uno de los enfrentamientos armados entre la iglesia y los nobles gallegos en 1465, Bernaldo Yáñez de Moscoso tomó preso al arzobispo y lo encarceló en la fortaleza de Vimianzo, en Noya (La Coruña).

Allí pasó recluido dos años Alonso de Fonseca «El Mozo» hasta que fue liberado por las armas, pero se vio obligado a exiliarse de su diócesis durante diez años.

Trueque con su tío

Alonso II de Fonseca acordó entonces un intercambio temporal de sedes con su tío para que éste fuera a pacificar la situación en Galicia. Él se haría cargo mientras del arzobispado de Sevilla, según el acuerdo que con permiso regio y pontificio se llevó a efecto en 1467.

Dos años tardó Alonso de Fonseca «El Viejo» en sofocar las revueltas en la diócesis de Santiago, pero cuando trató de volver a Sevilla para deshacer el trueque con su sobrino, éste se negó a abandonar la silla hispalense, más rica y tranquila según los cronistas.

Enríquez del Castillo narra que de nada valieron los ruegos y razonamientos de Alonso I de Fonseca ni el mandamiento del Papa Pío II que éste solicitó. Hubo de intervenir el mismo rey Enrique quien envió al ejército real al mando Duque de Medina Sidonia y su valido Beltrán de la Cueva. Algunos de los partidarios del avispado sobrino acabaron ahorcados, y Alonso II de Fonseca se vio obligado a retornar a Compostela en 1469.

«Sin duda, el hecho hubo de ser muy comentado en la época y pronto fue incorporado al acerbo popular reducido a un simple tópico», señala el filólogo José Antonio Molero en la revista Gibralfaro.

Pedro Felipe Monláu señaló en «Las mil y una barbaridades» (1869) que de esta historia se deduce que «el refrán debe decir que la ausencia perjudica, no al que se fue a Sevilla, sino al que se fue de ella». El olvido de estos hechos y el habitual empleo de la frase hizo que con el tiempo ésta sufriera esta pequeña, pero importante modificación.

Hay quien completa la frase diciendo «… y quien se fue a León, perdió su sillón», aunque, según el profesor Molero, «esto último obviamente de origen popular y sin fundamento histórico que lo sustente».

Aún hay más adiciones que recoge el Centro Virtual Cervantes: «… y quien fue a Aragón se la encontró», «… y quien fue a Jerez, la perdió otra vez», «…quien fue y volvió, a garrotazos se la quitó», o quien fue a Morón (o a Padrón) perdió su sillón.

Alonso II de Fonseca cedió el arzobispado de Santiago a su hijo, Alonso III, en 1507 y falleció cinco años después. Está enterrado en el Convento de las Úrsulas de Salamanca.

Fuente

[LE}– Elogio y descrédito de la cortesía: piropo, cumplido, halago

2014-11-18

Amando de Miguel 

Los contactos efímeros entre conocidos se tornan cada vez más bruscos. Hasta el escueto gracias se hace cada vez más raro.

Una de las alteraciones más llamativas en el lenguaje coloquial es la progresiva eliminación de las fórmulas de cortesía que indican respeto al prójimo. Incluso se definen como «cumplidos» poco menos que hipócritas.

De tal suerte que los contactos efímeros entre conocidos se tornan cada vez más bruscos. Hasta el escueto ‘gracias’ se hace cada vez más raro. Tiende a sustituirse por el hasta luego, aunque no quede claro ese inmediato tiempo futuro en el que vayan a coincidir otra vez los interlocutores.

Resulta hoy impensable repetir el cruce de halagos que se decían nuestros bisabuelos bien educados, preferentemente entre una mujer y un hombre:

?Muchas gracias, señor.
?Las que usted tiene, señorita.

La contestación anterior equivale a la fórmula del «piropo» (en griego, fuego artificial), que hoy más bien repugna por haber perdurado como grosería.

Han quedado arrumbadas otras fórmulas de saludo lisonjero. Por ejemplo, «dichosos los ojos» (que te ven), «el gusto es mío» (como respuesta a «tanto gusto»), «a la paz de Dios» (traducción del árabe y el hebreo). Todas esas fórmulas, y otras aún más adornadas, se ven sustituidas por el incoloro «hola», que a nada compromete.

La actual tendencia a reducir la afectividad del saludo lleva a esta progresión: (1) «Buenos días nos dé Dios». (2) «Buenos días». (3) «Buenas».

Por influencia del inglés o del catalán, ahora pasamos en castellano a desear «buen día», en singular. Parece una cominería.

La gran innovación coloquial de nuestro tiempo es el «¿vale?» interrogativo que se añade a cualquier frase para lograr la aquiescencia del interlocutor.

No equivale al magnífico vale latino, que se traduce por «cuídate». Es una pregunta obsesiva que no espera contestación y que sirve para seguir en el uso de la palabra. Cumple asimismo esa función el reiterativo «¿sabes?».

Se emplea especialmente por teléfono para poder seguir hablando. Otra variante es «¿no?». Son preguntas retóricas que no esperan contestación. Puede que ni siquiera se oigan.

La gran novedad del lenguaje coloquial de hoy es la introducción de palabras gruesas en el diálogo, incluso por parte de mujeres y niños. Al reiterarse tanto los tacos, pierden un poco su significación grosera para convertirse en meras exclamaciones.

En tal caso sirven para que el hablante sea más enfático y persuasivo. El uso reiterado de lo que antes eran palabrotas, desprendido ya del tabú, sirve para que la conversación se desenvuelva en un tono amistoso, afectivo.

Es un propósito que a los españoles nos preocupa mucho, quizá por un paradójico temor al conflicto en las relaciones personales.

Fuente