[LE}– Coma antes de ‘ya que’, ‘pues’ o ‘puesto que’

08/10/2014

Antes de las conjunciones o locuciones causales ya que, pues y puesto que se escribe coma, tal como indica la Ortografía de la Lengua Española.

En los medios de comunicación es frecuente encontrar frases como

  • «Aún no se sabe si el Puma podrá vestir la albinegra ya que mantiene un conflicto con West Brom, su anterior club»,
  • «Besteiro critica los recortes en servicios públicos pues “cada euro recortado” lo deberá “pagar o repagar” el ciudadano» o
  • «Hay que dejar que el aire corra puesto que la acumulación de anhídrido carbónico puede adormecer al niño».

De acuerdo con la Ortografía, ya que, pues, y puesto que se separan del predicado principal mediante comas, ya se justifique a continuación lo que acaba de presentarse como hipótesis («No han llegado, pues no se oye ruido», donde el hablante, al no oír ruido, supone que los visitantes no han llegado), ya se introduzca una explicación de por qué se produce el hecho expresado en la oración principal: «Con ideas y proyectos claros los bancos sí tienen idea de colaborar, ya que ese es su negocio principal».

Esta misma norma es aplicable al conector que cuando presenta valor causal, como en «Date prisa, que llegamos tarde».

Así pues, en los ejemplos anteriores lo apropiado habría sido escribir

  • «Aún no se sabe si el Puma podrá vestir la albinegra, ya que mantiene un conflicto con West Brom, su anterior club»,
  • «Besteiro critica los recortes en servicios públicos, pues “cada euro recortado” lo deberá “pagar o repagar” el ciudadano» y
  • «Hay que dejar que el aire corra, puesto que la acumulación de anhídrido carbónico puede adormecer al niño».

Por otra parte, se recuerda que, cuando estos conectores y otros, como dado que, debido a o como aparecen al principio de la oración, la subordinada que introducen termina con una coma, según se aprecia en

  • «Dado que los cigarrillos electrónicos son considerados como una alternativa más segura al tabaco tradicional, pueden promocionar sus productos con la conciencia tranquila».

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[LE}– Palabras en busca de diccionario

05 OCT 2014

Álex Grijelmo 

Estaribel, viejuno, cotolengo, vallenato, ojiplático, cabreante, pifostio…

Miles de palabras seguirán existiendo aunque no figuren en el nuevo diccionario, que ya llega, pero casi todos hemos caído alguna vez en la calamidad de decir “esa palabra no existe”, cuando el mero hecho de haberla oído certifica lo contrario.

El lexicón académico dejará fuera muchos términos cuyo uso, sin embargo, no suena extraño. Si alguien dice “esto es cabreante” no se nos ocurrirá corregirle: “Cabreante no está en el Diccionario”, aunque no esté (que no está). Se trata de una creación legítima, igual que “ilusionante” o “escuchante” (ambas entran ahora), o “murmurante” (que sigue fuera); formas todas ellas derivadas de “cabrear”, “ilusionar”, “escuchar” y “murmurar” (y que se han llamado “participios presentes”, “participios activos” o “adjetivos verbales”).

No estarán algunas en el Diccionario, pero sí en la gramática. Porque la lengua tiene recursos creativos. Si de “anónimo” deriva “anonimato”, ¿cómo no dar validez a “seudonimato” a partir de “seudónimo”?

El idioma nos sirve para comunicarnos, y todas sus herramientas son buenas o malas en función de los interlocutores. Muchos vocablos expresan lo que tanto el emisor como el receptor entienden; y su ausencia del Diccionario no les resta eficacia.

El director del diario As, Alfredo Relaño, se refería en su periódico el 24 de agosto de 2013 al “estaribel” montado en el estadio Bernabéu (y luego desmontado) para la presentación del galés Gareth Bale.

Muchos lectores se estarán extrañando ahora al saber por estas líneas que la voz “estaribel” no ha sido bendecida por la Academia como instalación provisional que se destina a un fin perecedero: por ejemplo, los tenderetes de feria, el escenario del grupo verbenero o el tingladillo que se monta en el estadio madridista en días de fichaje. Sin embargo, otros no la habrán oído nunca, porque no ha logrado un uso muy amplio.

Han escrito “estaribel” autores como Pérez Galdós, Valle-Inclán, Luis Mateo Díez, o Juan Madrid, pero ni siquiera los significados que le otorgan todos ellos parecen coincidentes, pues el vocablo puede interpretarse en unos casos como referencia a una instalación provisional, y en otros como un lío o un embrollo.

El sentido que le dio Relaño quizás sea el más extendido, y no resultaría mala alternativa esa palabra ante el anglicismo stand que se va colando en las distintas ferias comerciales.

“Pifostio” tampoco ha entrado en el nuevo Diccionario, y sin embargo miles de lectores entenderán la oración “se montó un pifostio”. Y no figuran igualmente “trantrán” (“ese camarero trabaja al trantrán”, es decir, sin correr demasiado, dejándose llevar) o “bocachancla”, expresión inventada para definir a la persona charlatana, indiscreta, cuya boca se abre y se cierra como la chancla en su chasquido contra el pie.

Otras palabras que siguen en su busca de diccionario pueden sorprendernos también desde sus rinconcillos: “Rompesuelas” (amante del senderismo), “vallenato” (género musical colombiano), “cotolengo” (asilo), “ojiplático” (sorprendido), “escaldasono” (calientacamas, palabra ésta que tampoco ha sido recogida), “analema” (fotos hechas desde un mismo punto para reflejar el movimiento del Sol), “viejuno”…

García Márquez lamentaba en 1997 que la voz “condoliente” (el que sufre junto a otro) aún no se hubiera inventado. Y tenía razón; no estaba documentada entonces, según se verifica en los bancos de datos académicos; pero era una palabra posible. De hecho, el corpus del siglo XXI ya registra cinco usos literarios (en autores de España, Ecuador, México, Guinea y Colombia).

El Diccionario, pues, no debe ser la única referencia para criticar el empleo concreto de una palabra. También se ha de analizar si las personas a quienes nos dirigimos la entenderán o no. Y eso resulta más fácil cuando el neologismo lo forman cromosomas reconocibles. Por ejemplo, en esta expresión oída a un adolescente: “Jo, tengo la pantalla de la tableta muy dedoseada”.

Tal sentido de “tableta” ya ha sido consagrado por la Academia. El verbo “dedosear” quizás deba acreditar todavía un mayor uso. Pero se entiende de maravilla.

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[LE}– Origen de dichos y expresiones: Rita la Cantaora

07/10/2014

Mónica Arrizabalaga

La famosa cantaora de flamenco se lamentaba en 1935 de que había «vivío como una reina» y dos años antes de su muerte era «más probe que las ratas».

«Se va a levantar temprano Rita la Cantaora», «que trabaje Rita la Cantaora» o cualquiera de las versiones de este popular refrán se dicen en España desde hace un siglo porque fue entonces cuando saltó a la fama la cantaora de flamenco jerezana conocida con tal nombre. 

Rita Giménez García (1859-1937), como realmente se llamaba, debutó en Madrid en el famoso Café Romero de la calle Alcalá después de que un agente teatral la oyera cantar coplas en su Jerez Natal y la contratara para actuar con Juana la Macarrona y el cantaor Antonio Ortega.

La revista «El Enano» le dedicaba en 1885 unos versos en los que destacaba su belleza y su gracia cantando, que comenzaban así: «Del pueblo andaluz señora, todo el elogio merece, que su mirar enamora, que una rosa que florece, es Rita la cantaora».

En la biografía que publicó en el Tomo XXIII del Diccionario Biográfico Español María Luisa Rovira y Jiménez de la Serna, condesa de los Andes, relata su amistad con el bailaor Patricio el Feo, que la llevó a vivir a Carabanchel Alto, y su matrimonio con el viudo Manuel González Flores, que ya entonces era padre de una hija y cuatro nietos.

«Parece ser que Rita la Cantaora se hizo muy popular en el barrio del Cerro por su gracejo jerezano y su carácter alegre y dicharachero, pletórico de frases chispeantes, que fueron envolviendo su vida en la leyenda, quedando inmortalizada en el popular dicho de «eso a Rita la Cantaora», u otros parecidos», señala la condesa de los Andes.

Estas expresiones se acuñaron, según relata Rovira y Jiménez de la Serna, «debido a su disposición para arrancarse un baile o un cante cada vez que un espectador se lo pedía, y complacer así a su público» porque Rita no sólo era una gran voz sino que también bailaba con gracia, destacando por bulerías, malagueñas y soleares.

La frase, en su origen positiva, habría degenerado en algo peyorativo por «las envidias de sus rivales» precisamente por su popularidad en los cafés de la época, añade la condesa de los Andes, a la que le interesan «los orígenes del flamenco y el último tercio del siglo XIX y primer tercio del siglo XX, justo antes de la Guerra, que se corresponde con su auge, gracias en parte a personajes como el Conde de los Andes, bisabuelo de mi marido, que lo promovieron en una época que coincide con la Dictadura de Primo de Rivera».

«No es unánime la interpretación que deriva del dicho», señala a ABC Rovira y Jiménez de la Serna, pero estas frases hechas «debieron surgir gracias a la arrolladora personalidad de la cantaora que vivía en un barrio tan castizo como Carabanchel —que entonces era un pueblo— y a lo que se unía el mundo folclórico de los cafés cantantes».

«Una viejecita simpática»

En 1935, la periodista Luisa Carnes entrevistaba para «Estampa» a la cantaora, por entonces «una viejecita simpática» que vivía consagrada al cuidado de su humilde casa y al amor de sus cuatro nietos. «Rita La Cantaora vive, olvidada, en Carabanchel Alto», denunciaba la revista tras el encuentro con esta artista que «de tan famosa, llegó a ser para la nueva generación sólo un refrán».

«He vivío como una reina y ahora soy más probe que las ratas», afirmaba Rita la Cantaora. Hacía años que había dejado de cantar en público, aunque un año antes había probado sus facultades en el Café de Magallanes junto a otras antiguas glorias, como La Coquinera o Fosforito.

«Lo del año pasao no se me orviará mientras viva. Tos los viejos reuníos. ¡Aquello! Ahora no hay más que buena vose y fandanguillos, cosa fina, pero na… Se acabó la sabiduría der cante y del baile», aseguraba Rita antes de subrayar con nostalgia: «Lo púe ser tó».

«Tuve a mi vera a muchos hombres, que me hubieran elevao… y me casé con un vorquetero de Carabanché. ¡La vía! Si uno supera er fin que le aguarda en eya, ya vivivía de otro mo» (sic), se lamentaba la cantaora que recordaba una copla de su repertorio: «Males que acarrea er tiempo, quién pudiera penetrarlos, para ponerle remedio, ante que viviera er daño».

Con el inicio de la Guerra Civil un año después, las autoridades evacuaron a los habitantes de Carabanchel a Zorita del Maestrazgo. En este pueblo de Castellón vivió sus últimos días Rita la Cantaora, hasta su muerte el 29 de junio de 1937 a los 78 años.

«Sólo recientemente Rita la Cantaora ha logrado su reconocimiento en su tierra natal dando nombre a una calle», señala la condesa de los Andes, quien se lamenta de que la vía quede «ya casi al término del municipio, en la carretera de Cortes, justo al lado del cementerio» y de que aún no le hayan dedicado placa alguna.

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[LE}– Arqueología de palabras olvidadas

2014-10-06

Amando de Miguel

Un idioma es un ser vivo.

Se nutre de neologismos, que irrumpen para designar nuevas realidades, al tiempo que se va desprendiendo de los arcaísmos que ya no sirven.

El problema reside en que muchos neologismos son inútiles, se introducen sólo por figurar, mientras que otros tantos arcaísmos se desvanecen por ignorancia.

Conviene establecer un criterio racional para que ese trasiego se realice con la mayor utilidad posible. Algunos arcaísmos merecen ser reanimados, aunque sea practicando el boca a boca.

La recuperación de viejas palabras puede equivaler al descubrimiento de pequeños tesoros ocultos. En el campo lingüístico son abundantes y no se necesita más que un instrumento sencillo: la curiosidad.

Si restauramos con cuidado objetos y muebles antiguos, no se entiende por qué no vamos a hacer lo mismo con algunas palabras o giros que utilizaban nuestros mayores.

En esta seccioncilla he dedicado mucho espacio y tiempo a la labor de demolición de algunos neologismos del politiqués. Me voy a concentrar ahora en una labor complementaria y constructiva: recobrar algunas voces del pasado.

No se trata del mero gusto por lo antiguo, sino de las voces lamentablemente perdidas que pueden ser de utilidad. No voy a pretender que los libertarios jóvenes se familiaricen con la palabra mancera (= el mango del arado), para mí muy noble pero perfectamente prescindible. Ya nadie ara a mano.

Otras veces serán palabras en desuso, pero que algunos las seguimos utilizando, más aún nuestros hermanos del otro lado del charco. Creo que sólo Federico Jiménez Losantos y yo recurrimos en España al hermoso vocablo dizque, concentración de la expresión dicen que, pero con un aire irónico.

Tengo leído que mis colegas mexicanos recurren a tal arcaísmo con toda naturalidad.

A la tríada famosa de «limpia, fija y da esplendor» de los académicos, habría que añadir otras varias operaciones con el prefijo re-: recuperar, rehabilitar, reconstruir, restaurar, remodelar, refinar.

Incluso la admisión de algunos neologismos debería pasar por tales operaciones reconstituyentes. Solo así se puede justificar el título de esta seccioncilla: «La lengua viva».

Solicito un esfuerzo adicional a los libertarios curiosos y pertinentes para que me envíen propuestas de palabras olvidadas, arrumbadas en la memoria colectiva o reducidas a un círculo familiar o local. La condición es que sean expresivas y válidas para el tráfico actual. Serán recibidas con alegría y tratadas con mimo en esta Academia Real Española.

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[LE}– Origen de dichos y expresiones: Acabar como el Rosario de la Aurora

03/10/2014

Mónica Arrizabalaga

«El hecho pasó en más pueblos, pero el sitio donde primero ocurrió fue aquí, en Espera», señala un historiador local.

El rezo de un rosario de madrugada acabó en tal trifulca en el siglo XVIII que desde entonces parece ser que corre el dicho popular de que «esto va a acabar como el Rosario de la Aurora». «El hecho pasó en más pueblos, pero el sitio donde primero ocurrió fue aquí, en Espera», señala Manuel Garrucho Jurado, director del colegio Antonio Machado de esta localidad gaditana.

Los espereños, ironías de la Historia, no esperaron a resolver pacíficamente sus diferencias, y aquella sonada madrugada perdieron la paciencia y los estribos.

La bronca surgió por la fuerte rivalidad que existía entre las dos hermandades importantes de Espera, la de la Vera Cruz y la de las Ánimas.

«Espera era un pueblo muy religioso, y había mucha competencia entre las dos hermandades. La localidad, que tendría entonces entre 1.500 y 2.000 habitantes, estaba dividida», señala a ABC este licenciado en Historia y autor de cinco libros sobre la historia local que añade cómo «ya había antecedentes de broncas entre hermandades desde antes de 1773».

De la tensión entre las dos hermandades da cuenta Fray Baltasar de San José, un religioso jerónimo del monasterio de Bornos autor del Retablo de las Ánimas de la Iglesia de Santa María de Gracia de Espera.

Según relata Garrucho Jurado, la muerte en 1749 de un vecino de Espera miembro de las dos hermandades estaría en el origen de la bronca posterior. Al entierro de un hermano acudía tradicionalmente la hermandad con su cruz, y en éste ambas se disputaban la prioridad. La tensión entre ambas a raíz de este fallecimiento habría estallado después en el rosario de la aurora.

A ello habría contribuido también el presbítero Domingo Antonio Pérez, quien «intentó suprimir la hermandad de la Vera Cruz», continúa Garrucho.

El rosario, que por aquel entonces celebraban de madrugada ambas hermandades por separado, acabó según parece a farolazos. José María Iribarren, académico de la RAE, así lo señala en «El porqué de los dichos»:

«En Andalucía dicen: Acabará como el rosario de Espera, pueblo de la provincia de Cádiz, diócesis de Sevilla, en donde suponen acaeció la escena de los farolazos. Es muy posible que el final de los farolazos ocurriese en otros pueblos, si tenemos en cuenta que, a la hora de salir el rosario, solían andar por las calles las rondas de mozos pendencieros, y que hasta fecha reciente eran frecuentes las colisiones por motivos políticos o religiosos».

Garrucho Jurado cree que Iribarren tomó estos datos del «Florilegio o ramillete alfabético de refranes y modismos…» de José Sbarbi (1873), donde se dice que «alude a cierto choque que hubo entre los que acompañaban al rosario que en muchos pueblos, particularmente de Andalucía, se canta y lleva procesionalmente por las calles los domingos al asomar la aurora; y, tanto es así, que se cree que tuvo tan mal fin aquella contienda, que muchos suelen añadir al refrán el enunciado «que acabó a farolazos». Otros dicen: Acabará como el rosario de Espera (…) en el cual suponen se verificó aquel funesto desenlace».

La misma versión sostiene el paremiólogo sevillano Luis Montoto en «Un paquete de cartas de modismos, locuciones, frases hechas, proverbiales y familiares» (1888), donde nada se dice tampoco de la historia que señaló Juan Candil, párroco de la Iglesia de Espera a finales de los años 60.

Este sacerdote aficionado a la Historia encontró en los archivos diocesanos la nota del fallecimiento del presbítero Juan José Valverde, de 82 años. El religioso murió en 1845 por los golpes recibidos por parte de un buey que se escapó sobre la calle Caraza de Espera (la actual calle Verónica), durante la procesión de la Cofradía del Cristo de la Expiración y Nuestra Señora de la Esperanca y acometió contra varios de los feligreses, según recoge Garrucho Jurado en su artículo «El Rosario de Espera o de la Aurora» publicado en septiembre de 2013 en la web del Ayuntamiento.

A la versión de los bueyes evoca la imagen representada en un azulejo del monolito inaugurado en Espera en 2007, «aunque más parecen miuras que bueyes», añade el director del colegio Antonio Machado de Espera.

Sin embargo, el suceso de los bueyes nada tuvo que ver con el origen del dicho, según ha podido comprobar Manuel Garrucho. «El Corrector del disparate» ya recoge la expresión en 1820, un cuarto de siglo antes del incidente por el que falleció Valverde. «¿Hay necesidad de exponernos a que decida la disputa quien no la entiende, o a que se acabara, según dicen, como el rosario de Espera?», señala la revista sevillana y «La Posdata» publicada en Madrid también se refiere a ella en 1843 cuando refiere que «los ayacuchos y los hermanos de la orden mendicante tratan de establecer una compañía de servicios mutuos en la que cada cual pondrá su parte: pero como estas son heterogéneas (sic), la compañía acabará como el rosario de Espera».

La chispa que encendió la mecha

José Luis Rodríguez Plasencia en «De Tomo y Lomo» (1997) recoge otras versiones sobre el motivo que provocó la descompostura procesional:

«Según uno, fueron los quintos de aquel año, trasnochados y beodos, los que promovieron la discusión con los píos penitentes que, no tan sumisos, arremetieron contra los provocadores y organizaron la tángana que dio lugar al dicho. Otros aseguran que el causante del tumulto fue un tiesto o maceta, lanzado desde un balcón por alguien a quien los cánticos y letanías a horas tan intempestivas no agradaron en absoluto».

El autor de la «Gran Enciclopedia del Disparate» relata también una divertida versión, sobre la que no hay constancia, acerca de la sonora ventosidad que habría soltado un monaguillo y que le habría costado un soberbio puntapié en el trasero por parte del sacristán.

«El mozuelo no se arredró. Dolido por el golpe se revolvió y dio con el cirial en la cabeza del sacristán, que repelió la agresión usando la cruz procesional. Y así, unos que apoyan a éste y otros al otro, todos acabaron enzarzándose en una pelea que no parecía tener fin…».

Fuera como fuere, acabar como el Rosario de la Aurora ha llegado a nuestros días, ya sí lo recoge el Diccionario de la Real Academia, como «desbandarse descompuesta y tumultuariamente los asistentes a una reunión, por falta de acuerdo».

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[LE}– ‘Hach’ o peregrinación a La Meca

03/10/2014

Hach, mejor que haj, hajj o hadj, es la transcripción en español del nombre árabe de la peregrinación a La Meca.

Y también lo es del tratamiento que se da a los musulmanes que cumplen con ese precepto.

En los medios de comunicación es frecuente encontrar frases como

  • «Arabia Saudita recibe más de un millón de peregrinos para el Hajj», o
  • «Los peregrinos afluyen a Arabia Saudí para el Haj, la mayor concentración de musulmanes del mundo»,

donde lo apropiado habría sido escribir hach en minúscula y sin necesidad de cursiva o comillas.

Aunque en algunos medios de comunicación hispanohablantes se emplean la grafías francesa (hadj) o inglesa (haj o hajj) de esa palabra, se recomienda utilizar la transcripción española hach, pronunciada con una hache aspirada, como en hámster o haiku.

Hach es un nombre masculino que se emplea tanto para hablar de la peregrinación como para anteponerlo al nombre de pila del peregrino que ha cumplido con ese precepto islámico: hach Omar, hach Abadalá, etc. Cuando se trata de una mujer, se usa el femenino hacha (pronunciado también con hache aspirada): hacha Fátima, hacha Amina, etc.

Se recuerda además que, cuando un artículo forma parte de un nombre propio, como en el caso de La Meca, lo apropiado es escribirlo en mayúscula (no la Meca), según señalan la Ortografía de la Lengua Española y el Diccionario Panhispánico de Dudas.

De acuerdo con esta última obra, Arabia Saudí y Arabia Saudita son topónimos igualmente adecuados para referirse al país de destino de los peregrinos del hach.

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[LE}– Origen de dichos y expresiones: Se armó la marimorena

30/09/2014

M. Arrizabalaga

Sinónimo de riña o pendencia, la marimorena se refiere al parecer a una tabernera madrileña del siglo XVI.

En España no se armaba la marimorena en tiempos de Maricastaña, pero casi, o al menos con esta expresión. Dos siglos después de que la brava gallega María Castaña diera pie al dicho popular, otra María encausada en 1579 unía para siempre su nombre al de la riña, la trifulca, la camorra y la pelea.

De María Morena habla ya en el año 1834 José María de Zuaznávar y Francia, un jurista y miembro de la Real Academia Española y de la Historia, consejero de Isabel II por aquellas fechas. En su búsqueda por las causas judiciales anteriores a 1700, Zuaznávar dio con un inventario de Juan de Valcárcel Dato en el que se refería la causa formada el año 1579 contra Alonso de Zayas y Mari Morena, su mujer, tabernera de corte, por tener en su casa cueros de vino y no quererlos vender».

«Es muy verosímil que el nombre y el apellido de esta mujer encausada, su clase y la calidad de su culpa, hubiesen dado origen desde el año 1579 a la expresión, hoy muy usual de Marimorena por pendencia», recogió Zuaznávar en sus «Noticias para literatos acerca de los Archivos públicos de la hoy extinguida Sala de Señores Alcaldes de Casa y Corte», un folleto de ocho páginas impreso en San Sebastián al que alude José María Iribarren en «El porqué de los dichos».

También La Ilustración Española y Americana da cuenta de esta mención el 22 de marzo de 1884: «Como Zuaznávar decía muy bien, el nombre y apellido de la encausada, su condición social y la calidad de su culpa harto se prestan a deducir que de ella, de su casa y de su industria debió nacer la expresión».

Diego Clemencín (1765-1834) corrobora esta versión al glosar la expresión proverbial «dar morena» de El Quijote.. El cervantista murciano señala en su nota 36 al capítulo XXVI (1º parte) que ésta «envuelve amenaza de averiguación y litigio mayor» y añade que «hay quien atribuye el origen de esta voz a las quimeras que antiguamente excitó una María Morena, tabernera de Madrid, y dieron ocasión a ruidosos procesos judiciales, que se guardaban, según se dice, en el archivo de la Sala de Alcaldes de Casa y Corte».

La «España Moderna» indicaba en 1899 que la expresión ya estaba admitida en el Diccionario de la Lengua como sinónimo de riña o pendencia «por lo que se colige que la taberna de Mari-Morena debía ser el centro de toda la gente maleante de aquel tiempo y el palenque de todas las reyertas del escándalo». La taberna llevaba al parecer el nombre de Mari-Morena, destacaba la publicación «Alrededor del Mundo» del 25 de agosto de aquel mismo año de 1899.

Sin embargo, nada cuentan de Mari Morena ni Covarrubias en su «Tesoro de la Lengua Castellana», ni Correas, en su «Vocabulario de Refranes», ambas obras del siglo XVII, destaca Iribarren. Ni tampoco Luis Montoto se refiere a ella en su «Paquete de cartas, modismos, locuciones, frases hechas…» de 1888.

Una tabernera ¿cualquiera?

José Luis Rodríguez Plasencia señalaba en 2013 en la Revista de Folklore la versión de otros autores, que consideran significativo que la mayoría de las taberneras y venteras del siglo XVI se llamasen María, como la Maritornes del Quijote, criada de la venta de Palomeque el Zurdo, mujeres rudas y desvergonzadas que no dudaban en enzarzarse en las pendencias con los hombres.

«Con lo cual el dicho tanto pudo referirse a la mujer de Alonso Zayas como a una tabernera —María— cualquiera», según estos autores para quienes lo de morena sólo sería un modo típico y tópico de referirse a la mujer española en general.

Rodríguez Plasencia apuntaba una última hipótesis «que se equivoca en cuanto a la fecha», que sitúa a la Marimorena en una taberna madrileña del siglo XIX. «Según parece, tanto ella como su marido, reservaban los mejores vinos para los clientes de alcurnia, hasta que un grupo de parroquianos asiduos le echó en cara tal preferencia, y exigieron deber los mismos caldos que aquellos. Se negó el matrimonio a sus requerimientos, por lo cual se armó una trifulca tal que hasta tuvo que intervenir la justicia para poner orden»

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[LE}– ‘Selfi’, adaptación al español de ‘selfie’

01/10/2014

La grafía selfi, plural selfis, es una adaptación adecuada al español de la forma inglesa selfie, término empleado para referirse a las fotografías que uno toma de sí mismo, solo o en compañía de otros, en general con teléfonos celulares, tabletas o cámaras web.

La voz inglesa selfie (de self, ‘auto’ o ‘a sí mismo’) se utiliza con mucha frecuencia en los medios de comunicación en español, en ejemplos como

  • «Todos se apuntaron a la ‘selfie’ de la presentadora» o
  • «En agosto, un selfie en el que se mostraba al papa Francisco en compañía de un grupo de jóvenes dio la vuelta a la red».

Autofoto, con cierto uso ya:

  • «Móviles diseñados para el arte de la autofoto»,
  • «… ha lanzado una campaña de autofotos para familiarizar a los europeos con el nuevo diseño»,

o incluso autorretrato son alternativas completamente adecuadas en español, propuestas hace ya meses por la Fundéu BBVA.

Sin embargo, la evidencia del uso abrumador de la voz inglesa, tanto en medios hablados como escritos, sugiere la pertinencia de proponer la adaptación selfi (plural selfis), que refleja en español la pronunciación de este término inglés y no ofrece problemas de adaptación a nuestro sistema ortográfico.

Puesto que la forma inglesa en textos españoles se emplea en masculino y en femenino (el selfie/la selfie), y en tanto el uso mayoritario se decante por una u otra forma, la adaptación selfi puede considerarse también ambigua en cuanto al género (el/la selfi), como el/la mar, el/la armazón y otras muchas palabras.

Asimismo, se recuerda que no es preciso destacar este neologismo español ni con comillas ni con cursiva.

Por lo tanto, en los ejemplos anteriores podría haberse escrito 

  • «Todos se apuntaron a la selfi de la presentadora» y
  • «En agosto, un selfi en el que se mostraba al papa Francisco en compañía de un grupo de jóvenes dio la vuelta a la red».

De cualquier forma, si se elige emplear el anglicismo selfie, lo adecuado es escribirlo en cursiva o, si no se dispone de este tipo de letra, entre comillas.

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NotaCMP.- Por fin, una decisión inteligente, aunque en la versión correcta falto escribir ‘Red’ con mayúscula (lo resalto en amarillo), pues no se trata de cualquier red sino de una que tiene nombre propio y por eso se le llama a veces «red de redes». Y eso de que reconozcan el ‘uso abrumador de la voz inglesa’ es una eperanza.

[LE}– Origen de dichos y expresiones: Del tiempo de Maricastaña

23/09/2014

Mónica Arrizabalaga

Una brava gallega del s. XIV que lideró una revuelta contra el obispo de Lugo dio origen al refrán «¡Si se nos ha vuelto el tiempo de Maricastaña, cuando hablaban las calabazas (…)!», decía el licenciado de «El casamiento engañoso» de Miguel de Cervantes.

Ya a finales del siglo XVI y comienzos del XVII, cuando el autor de El Quijote escribió sus «Novelas ejemplares», los tiempos de Maricastaña era una frase hecha con la que remontarse a una antiquísima época diluida en el recuerdo que quizá nunca existió… ¿O quizá sí?

El diccionario de la Lengua Española la presentaba hasta hace unos años como «personaje proverbial, símbolo de antigüedad muy remota», pero cada vez son más los investigadores que sostienen que «María Castaña» o «María Castiñeira» fue real y vivió en Galicia hace seis siglos, concretamente en el coto de Cereixa, en lo que sería el actual concejo de Puebla del Brollón (Lugo).

La «España Sagrada» del Padre Manuel Risco la menciona en el tratado 77 (Cap. I, pág. 126) por un documento del siglo XIV que se conserva en la catedral de Lugo: «El 18 de junio de 1386 María Castaña, mujer de Martín Cego, Gonzalo Cego y Alfonso Cego, confiesan haber hecho muchas injurias a la Iglesia de Lugo, y haber matado a Francisco Fernández, mayordomo del Obispo. Para satisfacción de estos delitos, hicieron donación a la Catedral de todas las heredades que tenían en el coto de Cereixa y se obligaron a pagar mil maravedíes de la moneda usual».

María Castaña «tomó parte activa en las luchas que los plebeyos libraban contra los señores feudales que querían despojarlos de sus tierras», según el autor argentino Héctor Zimmerman («Tres mil historias»), y «en una de esas guerras fue acusada de intentar dar muerte al mayordomo de un obispo —otros afirman que al propio obispo de Lugo—, con la ayuda de su marido y de sus dos cuñados».

También el «Episcopologio Lucense», de Amador López Valcárcel, menciona a comerciantes, artesanos y hacendados de la parroquia de Lugo «enfrentados al señorío episcopal, provocando episodios de especial violencia como los ocurridos en los siglos XIV y XV y que han pasado a la leyenda local a través de figuras como la popular María Castaña».

Una calle en Lugo

A mediados de los años 80, el entonces alcalde de Lugo, Vicente Quiroga, bautizó una calle con el nombre de esta brava gallega que se enfrentó al obispo Pedro López de Aguiar, pero se encontró con el rechazo de los vecinos.

«Fueron a protestar diciendo que la suya era una calle muy digna», recuerda Isidoro Rodríguez Pérez, que se encontraba entonces en el Ayuntamiento y que, intrigado, comenzó a indagar en la historia de María Castaña. «Me parecía increíble que los lucenses no conociéramos la historia de esta mujer», dice a ABC este investigador de cultura popular lucense.

En 1993 formó un grupo, junto a otros interesados en el folklore popular, llamado «María Castaña» para reivindicar esta figura histórica, y descubrió cómo el dicho llegó a Latinoamérica ya con los primeros españoles. «Debió de ser un acontecimiento muy importante este levantamiento que se produjo en Lugo para que ya en la colonización traspasase las fronteras», considera.

Recientes investigaciones sobre María Castaña apuntan la posibilidad de que no fueran los abusivos tributos del obispo los que motivaran su levantamiento. «Parece ser que era una cuestión territorial», indica Rodríguez. María Castaña apoyaba, según esta teoría, las aspiraciones portuguesas sobre esas tierras frente a Juan I de Castilla, a quien apoyaba López de Aguiar. «Cuando el obispo llegó a un acuerdo con el rey portugués, María Castaña quedó desamparada y la revuelta fracasó», continúa el investigador.

Lugo cuenta desde el año 2000 con una calle dedicada a María Castaña aunque el Diccionario de Seres Míticos gallegos aún sostiene que es un personaje ficticio basado en la leyenda celta «The Battle of the Birds» (La batalla de los pájaros) que protagoniza Auburn Mary (María de color castaño, en su traducción literal).

«También es posible que ese nombre sea tan genérico como el de Maritornes, Marizápalos, Marisabidilla, Marimacho y, por supuesto, como el de María Sarmiento, tan delgaducha y desmembrada que fue a mear y se la llevó el viento», señalaba Jaime Campmany en 1993 en ABC.

Sea como fuere, de lo que no cabe duda es de que desde los tiempos de Maricastaña ha llovido… y mucho.

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