[Otros}– Los Rodeos (Tenerife), la mayor catástrofe aérea de la historia de la aviación. Reedición con vídeo explicativo

04-07-14

Por cortesía de Juan Antonio Pino Capote he recibido ahora un vídeo que explica la terrible cadena de eventos que llevaron a este lamentable accidente.

Al vídeo puede accederse con este enlace. Si no funcionara, tratar entonces con éste.

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27-03-14

Ningún otro accidente de avión comercial, como el ocurrido en el aeropuerto Los Rodeos (Tenerife) tal día como hoy pero de 1977, ha causado 583 muertos.

Ver fotos AQUÍ.

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[*Otros}– Centros médico-quirúrgicos en el Valle de Aridane (La Palma)

22-06-14

Oswaldo Izquierdo Dorta

Con veintisiete años de re­traso, el Valle de Aridane, en La Palma, ha recupe­rado la cobertura sanitaria que tuvo entre 1941 y 1985.

Con la apertura de un nuevo centro médico-quirúrgico se devuelve a la comarca oeste de La Palma la posi­bilidad de atender con inmediatez y garantía cualquier tipo de urgencia quirúrgica o de otra índole, con todas las ventajas de un centro dotado de las técnicas más recientes.

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Fachada del edificio que alberga el nuevo centro médico-quirúrgico Clínica Brismedical

En 1941, ¡hace 73 años!, este amplio y privilegiado territorio, que com­prende seis municipios (El Paso, Los Llanos, Tazacorte, Tijarafe, Punta­gorda y Garafía), contaba con un centro secundario de sanidad, un hos­pital de aislamiento y una clínica pri­vada, Nuestra Señora de los Reme­dios, que disponía de varias camas, un quirófano, un solvente médico in­ternista y un experimentado cirujano.

Esta situación, que supuso un salto adelante en cercanía y eficacia, me­joró, veinte años más tarde, con la creación de otro centro privado, la residencia Sanatorial Valle de Aridane, más conocida como la clínica de Los Dos Pinos, dotada también de camas, un quirófano y un competente equipo médico.

Desgraciadamente, desaparecieron las dos primeras instituciones, así co­mo el bello y referencial edificio que las albergaba, y las dos clínicas se vie­ron obligadas a cerrar porque no cu­brían gastos.

Luego, sin restar importancia a la labor, siempre positiva, del centro de salud (1984), que pertenece al Servi­cio Canario, y de la policlínica privada Sermeva (Servicios Médicos Valle de Aridane, 1994), hemos padecido un prolongado vacío. Se repetía la his­toria: otra vez, en los casos urgentes había que tomar una ambulancia y, rogando que el enfermo no falleciera durante el trayecto, desplazarse a toda prisa hasta el Hospital General, que, aunque viene realizando una exce­lente labor, a veces, queda muy dis­tante, y más aún los centros de Tene­rife, a los que muchos enfermos son enviados, con el consiguiente tras­torno y gastos para los familiares que los acompañan.

Estas carencias hospitalarias se han hecho más visibles durante ese último cuarto de siglo, porque el progresivo envejecimiento de la población requiere atenciones médicas frecuen­tes e inmediatas, y el turismo, único motor capaz de mover la economía de la isla, exige seguridad sanitaria. Es­tos dos motivos han evidenciado la necesidad de una clínica quirúrgica completa, moderna y de calidad.

El nuevo centro medico-quirúr­gico está preparado y dispuesto para rellenar ese vacío. Ha logrado ponerse en marcha, después de salvar, a lo lar­go de siete años, múltiples trabas ad­ministrativas, desde la licencia de construcción, obtenida en 2005, hasta su apertura, en diciembre del 2012.

El edificio que alberga este centro, situado en la Montaña de Tenisca, de 2.880 metros cuadrados distribuidos en siete plantas monográficas, las

ins­talaciones y el instrumental, tanto de diagnostico como de cirugía, son del máximo nivel, y las distintas especia­lidades las cubren profesionales de reconocido prestigio.

Este centro, igual que los anterio­res, ha suscrito conciertos con la Segu­ridad Social tiene disponibilidad de cobertura con la mayoría de las ase­guradoras del mercado, lo que de­muestra la necesidad de un centro de estas características en La Palma.

Nos preocupa el futuro de este excelente y necesario centro médico por cinco motivos fundamentales: la de­cadente situación económica; la re­gresiva evolución demográfica; el envejecimiento de la población; lo po­co preparada que está la isla para potenciar el turismo; y la historia de las dos clínicas anteriores.

La caída, ya histórica, del plátano y de la construcción, y el descenso del número de visitantes, dentro del contexto de la crisis general, han lle­vado la economía insular a la U.V.I. Para salir de esta grave situación es necesario incrementar el turismo, presente y futuro de La Palma; pero si querernos despegar en esa activi­dad debemos engrasar uno de sus mo­tores fundamentales: el servicio hos­pitalario inmediato y de alto nivel. Tema que inquieta, y cuya mejora de­mandan los hoteleros de la Isla.

La Palma dispone de suficientes argumentos naturales para incentivar y atraer visitantes (clima, gastrono­mía, parajes, senderos, playas,…), pe­ro no es suficiente con eso. Porque, como ha dicho el doctor Brito Pérez, exjefe del Servicio de Cirugía Car­diovascular Infantil en el Hospital Ramón y Cajal: «El turista necesita saber, antes de viajar, si tiene cober­tura fiable para una enfermedad crónica y para una ­ emergencia, por eso el turismo se desarrolló

en el Puerto de la Cruz, sur de Las Palmas y Lanzarote, entre otros lugares, al amparo de las clínicas privadas (1).

La cercanía de médicos de prestigio o, mejor aún, de centros completos de salud, proporciona tranquilidad. En otro tiempo, los vecinos de Tazacorte se sentían protegidos porque contaban con la proximidad de Manuel Morales. Lo mismo podríamos decir de El Paso, con Juan Fernández, o de Los Llanos, con la clínica de José Sobaco, por poner sólo tres ejemplos.

Pero, por otra parte, conviene tener presente que los centros sanitarios privados que han existido y existen en la zona nunca han sido rentables, y lo serán menos en el futuro, al hilo de las preocupaciones expuestas. Un centro de salud genera una amplia y permanente relación de gastos, que van desde la inversión en el edificio, las instalaciones y apara­tos, hasta el mantenimiento, conser­vación y renovación de los mismos, pasando por sueldos y seguros de es­pecialistas, cirujanos, anestesistas, enfermeros, administrativos, más los diarios e ineludibles de funcionamien­to: limpieza, agua, luz y material sani­tario.

A la vista de esa relación de gastos que conlleva la existencia de un cen­tro medico-quirúrgico, llegamos a la conclusión de que el indiscutible be­neficio que aporta para todos los habi­tantes de esta parte de la Isla no garan­tiza su mantenimiento si no cuenta con el suficiente apoyo institucional, como ya ocurrió en el pasado con otros centros similares. La historia puede repetirse; los errores, no.

Hasta 1941, existieron las siguien­tes establecimientos sanitarios, todos en Santa Cruz de La Palma: el Hospi­tal de Nuestra Señora de los Dolores, desde 1914; la clínica privada Martínez de la Barreda, en el primer tercio del pasado siglo; y la clínica privada del doctor Camacho, creada en 1936.

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Edificio actual de la antigua clínica nuestra Señora de los Remedios

Dada la constitución trian­gular de La Palma, que marca tres zonas perfectamente definidas y difícilmente comunicadas durante siglos (este, norte y oeste), el tras­lado de los enfermos a la capital ha supuesto siempre un elevado riesgo añadido, como bien explica el doctor Martín Gregorio: «Las urgen­cias quirúrgicas, que a veces llegaban de barrios extremos de Garafía, a por lo menos seis horas de camino de Los Lla­nos, tenían que seguir su cal­vario a través de una ca­rretera de cincuenta o más kilómetros, entonces en muy mal estado. La consecuencia de todo ello era el agrava­miento —incluso la muerte— del estado de enfermos urgentes con graves traumatismos y hemorragias, con supuraciones abdo­minales agudas, con perforaciones gástricas o intestinales, con partos dis­tócidos, y con otros procesos de carácter urgentísimo». (2)

Ante esta situación, José González Sobaco, que había sido jefe de ciru­gía del ejército del coronel Galán, y José Martín Gregorio, reputado médico internista, recién destinados ambos a Los Llanos de Aridane, ponen en mar­cha, en septiembre de 1941, una clí­nica con seis camas y el instrumen­tal necesario (3).

Al principio, la labor de anestesista la realizaba el practi­cante Eduardo Acosta; posteriormen­te, el doctor Luis Espina Zunzunegui, que regentaba la plaza de Tijarafe. También trabajaron como practican­tes los hermanos Octavio y Miguel Bethencourt González, y José Cama­cho Camacho.

El doctor Sobaco —»el Rubio», como era conocido popularmente—, fue un cirujano polivalente; un profesional de servicio permanente y eficaz, de fuerte carácter y de gran humanidad. Se cuenta, como muestra de su inge­nio, que, al no poder disponer de una lámpara adecuada para facilitar la pre­cisión que requiere la cirugía, se in­ventó una que logró construir en el taller mecánico de los Cutillas, con la ayuda de Roberto, otra figura refe­rencial de la época.

El reconocimiento a la labor pro­fesional de José Martín Gregorio —»el médico del sombrero verde», como era conocido— es una asignatura que tienen pendiente los regidores del Valle de Aridane.

El centro sanitario, denominado Nuestra Señora de los Remedios, ubicado en la calle Fernández Taño, que salvó la vida de muchas personas y recompuso la salud de muchas más, se mantuvo, bajo la dirección del doc­tor Sobaco, hasta 1962. En esa fecha, este competente cirujano, sobrado de experiencia, de iniciativa y de recursos, atendiendo a una convocatoria de la Organización Mundial de la Salud, decidió trasladarse a la República Democrática del Congo, donde perma­neció cinco años realizando una en­comiable labor. A su regreso, ejerció en Tenerife, donde falleció en el año 1976. (4).

Como consecuencia de la marcha del doctor Sobaco, la clínica fue ad­quirida por Adelto Hernández Sosa, cirujano y traumatólogo de recono­cido prestigio, jefe del Servicio de Traumatología del Hospital Nuestra Señora de las Nieves, Hijo Predilecto de la localidad, Encomienda de la Or­den Civil de Sanidad, deportista y per­sona próxima y entrañable que, desde mitad de la década de los cincuenta, ya trabajaba en esa clínica.

Bajo su dirección, ésta continuó la impagable labor social que se venía realizando, mejoraron las ins­talaciones y se potenció el equipo qui­rúrgico con la incorporación de otro ilustre paisano suyo, Gregorio Acosta Pulido, médico, que cuenta con más de cincuenta años de entrega profe­sional, dentro y fuera del municipio; especialista en dos vertientes, diges­tivo, y anestesia y reanimación, con las que ha colaborado a salvar muchas vi­das; anestesista, simultáneamente, de la clínica de Los Remedios, Los Dos Pinos, el Hospital de Dolores y la Segu­ridad Social, durante veinte años fue el único de la Isla, disponible día y no­che; altamente valorado por sus com­pañeros de profesión; con el agrade­cimiento de aquéllos a los que nos trató y atendió en delicadas operacio­nes, y del que estimamos que reúne méritos suficientes para ser conside­rado hijo predilecto de Los Llanos de Aridane.

Es evidente que el prestigio de los ciudadanos engrandece a sus muni­cipios, y que el reconocimiento de ese valor hace justos a los gobernantes; pero también es evidente que estas distinciones hay que celebrarlas en vida de quienes las han ganado, para que éstos puedan disfrutarlas, y no des­pués de su fallecimiento, ya que en­tonces el recuerdo se contagia de tris­teza y añoranza, y el homenaje que, por esencia, tenía que ser festivo, se convierte en un acto gris de desagravio a los familiares.

En la clínica de Los Remedios durante los 44 años de su existencia se realizaron centenares de intervenciones de la más diversa índole, y en ella operaron también cirujanos como Trueba, Morera Bravo, Concepción, y Vega Monroy. Su longevidad fue posible por el empeño de sus directores y por las ayudas que recibieron; y su mantenimiento se hizo imposible cuando faltaron esos apoyos.

Hasta la fecha, hemos podido detectar la colaboración de distintas entidades en cuatro ocasiones: la primera se estableció el 24 de abril de 1959 mediante un contrato anual prorrogable, por el que el Ayuntamiento de la localidad se comprometía a abonar tres mil pesetas anuales a cambio de «asistencia médica y primera cura de los heridos los heridos en accidentes y casos de urgencia. . . » (5); la segunda se realizó por medio de un convenio anual suscrito con el Cabildo Insular en septiembre de 1979, por el que este organismo se obligaba al pago de cinco millones de pesetas por la «prestación de servicios de urgencias médicas y quirúrgicas» (6); la tercera la confirma el doctor Toledo Trujillo: «Tuvo tal importancia, que logró du­rante algunos años un convenio con la Seguridad Social..?» (7); y la cuarta aconteció con motivo de la creación, en marzo de 1984, de un patronato para la gestión y explotación de la clínica Nuestra Señora de los Remedios, formado por el Cabildo y los Ayunta­mientos de Los Llanos, Tazacorte, El Paso, Tijarafe, Puntagorda y Garafía, en el que se comprometían a perma­necer al menos un año a partir de la firma del convenio con el Insalud.

Para atender los gastos de la clínica contaban con los ingresos del Insalud, los posibles convenios con el Cabildo y los citados Ayuntamientos, la acti­vidad del propio centro, subvencio­nes de las administraciones públicas, activos y otros. En caso de déficit, lo asumirían los componentes del patronato en la siguiente proporción: 50% el Cabildo, 28% Los Llanos, 16% Taza­corte y El Paso, y el 6% Tija­rafe, Puntagorda y Garafia (8).

En el año 1985, «suspen­dido el convenio con la Segu­ridad Social y agravadas las circunstancias que planteaba su sostenimiento (…) al no poder superar éstas, fue cerrada» (9), quedándose los vecinos huérfanos de la única clínica privada que quedaba; del centro que durante casi nueve lustros había aten­dido con eficacia y sin inte­rrupción los servicios de urgencia, cirugía y otros que requería la zona.

Las colaboraciones expuestas anteriormente, en especial la creación del patro­nato, demuestran que hubo conciencia oficial de la importancia de la clínica y de sus difi­cultades económicas; el cierre, demuestra que al final no se hizo lo suficiente para man­tenerla.

De nada sirvieron las palabras de alarma del doctor Martín Gregorio al enterarse de que la clínica se hallaba en peligro de desaparición: «Sería un lamentable error que esto llegara a su­ceder. Porque esta clínica, hoy muy mejorada merced a la actividad del doctor Hernández Sosa, hace falta pa­ra que la vida de cerca de 40.000 seres humanos tenga la salvaguardia de un buen servicio operatorio ( … ). Espe­ramos que las autoridades todas, sa­nitarias y no sanitarias, no consien­tan en modo alguno que una zona quede sin la cirugía que a ella supie­ron llevar hace ocho lustros dos hu­mildes médicos» (10).

Según el doctor Brito Pérez, des­pués de cerrada, un exalcalde, León Manuel Acosta Nazco, proponía, en una entrevista radiofónica, su recu­peración, por considerar que la clínica de Los Remedios era «un bien irre­nunciable para todo el Valle» (11).

El 17-01-1961, los doctores Pedro Hernández Torres y Jesús Monllor Olcina, y el empresario Clemente Gon­zalvo Capote solicitaron, en el

Ayuntamiento de El Paso permiso para obras de ampliación en la vivienda de la finca Villa Carballo, ubicada en Los Dos Pinos, propiedad del citado em­presario, según el proyecto confec­cionado por el arquitecto Rubens Henríquez (12).

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Inmueble en el estuvo ubicada la Residencia Sanatorial Valle de Aridane

El edificio, de dos plantas, previsto para albergar la Residencia Sanatorial Valle de Aridane, más conocida como la Clínica de Los Dos Pinos, dispon­dría, en la primera planta, de los si­guientes servicios: salas de espera, de reuniones y de lectura, cocina, des­pensa, comedor, despachos de médi­cos, y dormitorios del personal auxi­liar. Y en la segunda: sala de espera, quirófano, sala de partos, cuarto de curas, sala de instrumental y auto­clave, lavabos de señoras y de caba­lleros, y trece dormitorios con cuar­tos de aseo en su mayoría.

El equipo médico estuvo formado por los doctores Pedro Hernández Torres, Jesús Monlior Olcina, y Grego­rio Acosta Pulido, y el practicante José Camacho Camacho. El doctor Hernán­dez Torres, natural de Fuencaliente, era especialista en ginecología y obs­tetricia, y en neurología y psiquiatría; su dedicación profesional ha sido re­conocida con el nombramiento de Hijo Adoptivo de Los Llanos de Ari­dane. El doctor Monlior Olcina, ali­cantino, que regentaba la plaza de mé­dico forense, ejercía como urólogo y competente cirujano.

En esta clínica, se realizaron diver­sas y numerosas operaciones quirúr­gicas, en muchas de la cuales parti­ciparon especialistas que lo venían haciendo en la capital de la Isla, entre ellos, Ariza, Gil Betés, y Morera Bravo.

Después de trece años de una in­tensa, sacrificada y poco remunerada labor sanitaria, los citados doctores y el empresario, ante las dificultades que planteaba el ruinoso manteni­miento de esta clínica, «se vieron obligados a cerrarla en 1974, al no conseguir conciertos ni ayudas económicas que pudieran ayudar a mantenerla a flote» (13), pri­vando a la zona de un segundo cen­tro que solventaba de manera inme­diata parte de las urgencias y de la cirugía.

Sobre estos temas se alzó la voz autorizada de un exalcalde, Manuel Pereyra: «La clínica privada Nuestra Señora de los Remedios, que tantos y tantos beneficios prestó y a la que últimamente se ha tratado de forma deplorable por quienes tenían en sus manos el que pudiera haber conti­nuado en funciones».

Pero estos cen­tros, que cubrían en gran parte las necesidades sanitarias de la comarca, más la clínica de Los Dos Pinos, en su totalidad han desaparecido y ahora sólo existe el recientemente creado centro comarcal de la salud que es un simple centro que no puede cubrir ni cubrirá lo que anteriormente lo que anteriormente se conseguía con los citados centros (… ).

La sanidad del Valle de Aridane, y toda su amplia comarca, en lugar de progresar, ha retrocedido escandalosamente en todos los aspectos (14). Si esto decía el señor Pereyra en 1987, ¿qué hubiese dicho hace dos años, antes de entrar en funcionamiento la Clínica Brismedical cuando la situación era la misma que él denunciaba, salvo la presencia del policlínico Sermeva?

Las lecciones irrebatibles que presenta la Historia obligan a los gobernantes a no repetir los errores y a recrear los aciertos. En este caso, de apoyar, de forma suficiente y permanente, al centro médico-quirúrgico como el presente que, sin duda, tendrá escasa o nula rentabilidad y, por tanto, no podrá mantenerse por sí solo, pero que será fundamental para el turismo, e imprescindible para la salud y el sosiego de los habitantes de la zona

Según su director, en la Clínica Brismedical, desde enero de 2012 hasta mayo de 2014, se han hecho 237 cirugías variadas, con resultados totalmente satisfactorios, y han sido atendidos 8.910 enfermos (exploraciones y consultas) por veinticinco especia­listas, «todo ello, sin estar a pleno renimiento» (15).

Estos contundentes datos, además de evidenciar que la clínica es nece­saria, han supuesto comodidad y ahorro económico para los enfer­mos y sus familiares, y un notable ali­vio para la agobiante lista de espera quirúrgica de la sanidad pública, que en el pasado marzo rebasaba los 1.300 enfermos, de los cuales,635 lle­vaban más de seis meses esperando ser operados (16).

La Seguridad Social, que ha sido uno de los mayores logros consegui­dos en este pais, atraviesa momentos difíciles. En el ámbito de nuestra Comunidad, una reciente encuesta, realizada a más de 4.000 ciudadanos por la Organización de Consumidores y Usuarios revela que los isleños sufren «una de las esperas más largas para ser vistos por su medico. Uno de cada diez debe aguardar entre una y dos semanas» (17). Nuestra pregunta es elemental: ¿qué le puede ocurrir a un paciente en el plazo de una o dos semanas si su enfermedad es grave y requiere un tratamiento urgente?

Si en un pasado, vivo aún en la me­moria, se perdieron, por falta de apo­yos, las clínicas de Los Dos Pinos y de Los Remedios y, con ellas, el avance sanitario que habían aportado a todo el Valle, no permitamos que de nuevo se puedan perder la seguridad y la tranquilidad que nos proporciona la cercanía de un centro sanitario com­pleto y puntero.

Pueden servirnos de referente otras islas, como Tenerife, Las Palmas o Lanzarote, que cuentan con varias clínicas privadas; y de que este tipo de empresa está vivo y pujante es prueba el hecho de que una de ellas, Hospitén, continúa en fase de expansión en nuestro país y en el extranjero (18).

Entendemos que la clínica privada es un complemento demostrado a lo largo y ancho de este país como un complemento para el oeste de la Isla; lo que nos lleva a considerar imprescindibles los conciertos con la Seguridad Social a fin de conseguir dos objetivos irrenunciables: movili­zar la estancada lista de espera, y acer­car los servicios sanitarios a los pacientes de media isla.

Al enfermo le es igual que el cen­tro que lo atienda sea público o privado; lo que le importa es que lo curen lo mejor y lo más pronto posi­ble.

Afiancemos el bienestar y la seguridad que nos proporciona esta ins­titución que sólo aspira a mantenerse y dar el mejor y más moderno servi­cio sanitario al Valle de Aridane.

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NOTAS

  1. Brito Pérez, José María. Entrevista en Radio Murión.
  2. Martín Gregorio, José, «Amenaza en Aridane». El Día, 21-03­1978.
  3. Martín Gregorio, José, o. c.
  4. Ayuntamiento de Los Llanos de Aridane: «Doctor José Gon­zález Sobaco». Folleto biográfico publicado con motivo de la dedicación de una calle, el 02 de julio de 2006.
  5. Archivo municipal de Los Llanos de Aridane.
  6. Archivo municipal de Los Llanos de Aridane.
  7. Toledo Trujillo, Francisco Manuel, y Hernández del L. Muñoz, Historia de la Medicina palmera y sus protagonistas. Centro de la Cultura Popular Canaria, Tenerife, 2001, pág. 264. Libro referencial y de lectura obligada para todos aquéllos que se hallen interesados en el tema.
  8. Archivo municipal de El Paso.
  9. Toledo Trujillo, Francisco Manuel, y Hernández del L. Muñoz. La Medicina social en la isla de La Palma en el siglo pasado. Estudios generales de la Isla de La Palma, N° 2, 2006.
  10. Martin Gregorio, José, o. c.
  11. Brito Peréz, José María. Entrevista personal.
  12. Archivo municipal de El Paso.
  13. Acosta Pulido, Gregorio. Entrevista personal.
  14. Pereyra-Garcia y Felipe, Manuel, «La sanidad en Los Llanos de Aridane», El Día, 14-11-1987. Artículo de prensa.
  15. Brito Ramos, José Miguel. Entrevista personal.
  16. Diario de Avisos, 08-03-2014.
  17. El Día, 27-05-2014, pág. 3.
  18. El Día, 23-05-2014, pág. 6.

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Artículo relacionado:

Cortesía del Dr. José María Brito Pérez

[*Otros}– El Hierro será la primera isla del mundo 100% renovable

27/06/2014

M. Á. Montero

Hoy se inaugura la central de Gorona del Viento, último paso para decir adiós a los combustibles fósiles.

Alrededor de cuatro centurias habrán transcurrido desde que el árbol Garoé fuese arrancado de la tierra, hasta la inauguración de la central hidroeólica Gorona del Viento. Las grandes hojas de aquel árbol, sagrado para los antiguos habitantes de la isla de El Hierro (los bimbaches), servían para captar el agua de niebla y, en definitiva, amamantar a todo un pueblo.

Desde hoy, cuando comience a funcionar Gorona del Viento, serán cinco garoés, cinco grandes aerogeneradores, los que suministren electricidad a los hogares y empresas de la más occidental de las Canarias. En unos años, El Hierro se convertirá en la primera isla 100% «renovable»: será la fuerza del viento la que permitirá satisfacer íntegramente su demanda energética.

De entrada, cuando arranquen hoy los motores, la central hidroeólica cubrirá el 10% de las necesidades del sistema insular. El objetivo es que ese 10% inicial sea ya hacia final de año entre un 70 y un 80%. Más adelante, los cinco aerogeneradores, de 2,3 megavatios de potencia cada uno, y la planta hidroeléctrica (las estaciones desaladoras y de bombeo, y dos grandes depósitos de agua completan las instalaciones) harán de El Hierro la primera isla capaz de autoabastecerse plenamente de energías renovables.

En otras palabras, tendrá disposición para decir adiós a los combustibles fósiles, con los consiguientes beneficios medioambientales, pero también económicos.

Gorona del Viento, una vez a pleno rendimiento, ahorrará a la atmósfera las repercusiones de un consumo anual de 6.000 toneladas de diesel, es decir, el equivalente a entre 40.000 y 43.000 barriles de petróleo al año. Barriles de petróleo que El Hierro ha de importar, de modo que ese ahorro será también de fondos públicos.

De momento, eso sí, la central diesel seguirá en funcionamiento en los próximos meses para garantizar el suministro en caso de cualquier eventualidad (la central hidroeólica es pionera y, por tanto, está sujeta a imprevistos) y, en adelante, sólo para aquellas remotas circunstancias en las que el viento (o el agua) no sea el suficiente para transmitir energía al sistema.

En resumen, cuando la isla sea 100% «verde», o renovable, las emisiones de dióxido de carbono se reducirán en alrededor de 18.700 toneladas cada año. Asimismo se evitarán emisiones anuales de cien toneladas de dióxido de azufre y de otras 400 de óxido de nitrógeno. Para entender mejor estas cifras basta con destacar que Gorona del Viento ahorrará a la salud del planeta la contaminación que generaría un autobús que recorriese 600 millones de kilómetros.

«Diferente»

En consecuencia, la inauguración y el posterior desarrollo de la central hidroeólica supondrán para El Hierro acontecimientos «de máxima relevancia», tal como subrayó ayer en conversación con ABC el presidente del Cabildo insular, Alpidio Armas. No en vano, la isla será «diferente» a partir de ahora, subrayó Armas, y lo será no sólo por el hecho en sí de convertirse en la primera capaz de autoabastecerse de energías limpias, sino también por erigirse en lugar de formación e innovación.

El presidente herreño avanzó al respecto que la corporación ya trabaja para suscribir próximamente convenios con universidades foráneas, al margen del conocimiento que aportará a las universidades del Archipiélago. La idea, pues, es aprovechar el hito de Gorona del Viento para dar empuje a otros proyectos que afianzarán la isla en la vanguardia del desarrollo sostenible.

Entre ellos destacan los esfuerzos para la inclusión de la isla en la Red de Geoparques (su entrada o no en este selecto grupo se decidirá el próximo septiembre en Canadá) y para que todos los ciudadanos cuenten en 2020 con automóviles eléctricos (ya hay tres puntos de recarga instalados).

Orígenes

Entre los nombres propios que han hecho posible Gorona del Viento cabe citar, entre otros, los del expresidente insular, Tomás Padrón, y la ya fallecida Loyola de Palacio, quien fuera senadora, congresista, ministra en el primer gobierno de José María Aznar, y vicepresidente de la Comisión Europea.

Fue esta última la que dio el impulso político necesario a una idea con la que Padrón venía soñando desde el principio de la década de los ochenta del siglo pasado. Fue también Loyola de Palacio la que facilitó con sus gestiones los dos millones de euros necesarios para la redacción del anteproyecto técnico.

Vendría después un largo camino hasta que el gobierno, por medio del Instituto para la Diversificación y el Ahorro Energético, se comprometió a sufragar la mayor parte (39 millones de euros) de un costo total que iba a ser de 54 millones y que ha acabado siendo de más de 80.

Las obras de construcción del complejo comenzaron en 2009 y en ellas participaron unas 200 personas, incluidos biólogos e ingenieros. Aunque no será hasta hoy cuando la central comience al fin a operar.

Hasta El Hierro se han desplazado representantes de diversos gobiernos, entre ellos los de China, Japón y Canadá, para conocer in situ las infraestructuras. Sólo queda, en palabras de Tomás Padrón, «que los cinco gigantes garoés comiencen el baile de los vientos alisios».

Fuente

[*Otros}– Tenerife. Año 1932

Película documental rodada en 1932 en la isla de Tenerife por la Gaumont Pathè Archives (fundada en 1896 en Francia), bajo la dirección de Ives Allegret.

La cinta —de veinte minutos de duración y totalmente desconocida en España, ya que fue reencontrada en los años 80 junto a otra película del mismo autor, en los Archives du Film de París— destaca por su gran interés como documental social sobre los años 30, y como testimonio visual de la vida y la realidad de la isla de Tenerife, planteando una visión alternativa al documental turístico.

Para ver/bajar el archivo, clicar AQUÍ y luego en Download.

Cortesía de Juan Antonio Pino Capote

[*Otros}– La canción del retornado (extracto)

08 abril, 2014

Sebastián de la Nuez

Antonio Ojeda era joven en 1947, en plena época franquista, y, además de joven, era Canario.

Se sabe que en cierto momento hubo viviendo en Venezuela unos 400 mil Canarios inmigrantes, trabajando, fundando futuro de este lado del charco. Se dedicaron a la agricultura, al comercio, a los viajes y mudanzas; a comer gofio «La Lucha» y a reunirse en los hogares canario-venezolanos. He aquí la particular aventura de Antonio, uno de tantos, y su esfuerzo por un destino. Toda esta historia resulta, a final de cuentas, una gran paradoja.

 

Antonio Ojeda frente a su casa hogar en Vecindario (Las Palmas, Canarias), a finales de 2013.

Hoy, aun cuando el fenómeno del retorno se ha profundizado por todo lo que ya sabemos, deben quedar en Venezuela unos cuantos miles de Canarios, y sus hijos y nietos, con raíces muy profundas. Este amorío entre islas y país ha sido productivo, y la historia continúa: no en balde en Canarias llaman a Venezuela «La octava isla».

Me gusta contar esta historia aun cuando sé que ha sido tema de ensayos y narraciones diversas a lo largo y ancho de las décadas pasadas. Incluso hay un libro, «Al suroeste, la libertad», que alguna vez escribió un locutor de TV llamado Javier Díaz Sicilia, también Canario, donde relata los viajes arriesgadísimos, en los años cuarenta y principios de los cincuenta, de Canarios cruzando el océano en lanchones o veleros, desesperados por escapar del franquismo y de la miseria de la posguerra.

Me gusta contarla desde la individualidad de Antonio Ojeda, porque es mi padrino de confirmación y porque representa, creo, parte fundamental del país que ha debido seguir siendo Venezuela. pero que no siguió siendo porque en algún recodo del camino se desvió.

Ojeda ha sido un hombre de bien, trabajador, agudo en sus observaciones; amante de la soledad, mientras ha cargado como un leve saco su aliento de bonhomía. Uno de esos miles de emigrantes que encontró en Venezuela más que hospitalidad y una oportunidad de convertirse en hombre próspero: un mundo de querencias.

Ahora, que lo he visitado en un hogar de ancianos, veo la película casi completa. Esa casa-hogar, en Las Palmas, es una especie de hotel cuatro estrellas con todas las comodidades, donde lo cuidan como merecen ser cuidadas las personas que corren el riesgo de resquebrajarse con un soplo. Estuve con él hace poco. Está en un lugar llamado Vecindario, a unos 20 kilómetros de la capital de la isla.

Antonio sí ha tenido el privilegio de ver la película de manera amplia, en primeros planos y también en perspectiva panorámica, desde el blanco y negro al tecnicolor.

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Había estudiado en la Escuela de Comercio de Las Palmas, de modo que buscaba empleo para independizarse de su familia.

En España siempre se han acostumbrado las oposiciones para optar a un cargo, y él lo estaba intentando hacia 1946, aunque sin éxito. Corrían tiempos difíciles, y un contingente de españoles emigraba con o sin familia a América en busca de oportunidades para mejorar sus vidas. Era lo de hoy, pero en sentido contrario.

Antonio tampoco podía ser candidato a trabajar para el Estado puesto que no había ido al cuartel, o sea, no había cumplido el servicio militar: estaba incapacitado, pues de niño, jugando fútbol, se partió una pierna. Como no circulaba correctamente la sangre en esa pierna, y él se hallaba en pleno desarrollo, un pie le creció más que el otro y eso le produjo cojera.

Años después, en el Hospital San Juan de Dios, de Caracas, le corregirían totalmente ese problema.

En vista de que le era difícil conseguir trabajo en su propia tierra pensó irse a Fernando Poo, una colonia española —posteriormente, provincia— en África, conocida también, o más tarde, como Guinea Española.

Pero allí no se necesitaban contadores, sino carpinteros, plomeros, mecánicos. Lo que se le hacía fácil era, más bien, el oficio de barbero, y en eso estuvo unos meses, aprendiendo con la intención de marcharse y ejercer de barbero en Fernando Poo. En el ínterin se le acercó alguien y le habló de un barquito que zarparía hacia América.

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No recuerda cuánto pagó finalmente por el pasaje, pero sí que se trataba de comprar la nave entre todos los viajeros; no alquilarla ni adquirir un boleto.

Entre los pasajeros había, además de Canarios, peninsulares, mexicanos e incluso algún venezolano. Era necesariamente un grupo silencioso. Nadie sabía nada de los demás; cada quien tenía un enlace, y ya.

Se reunió dinero para comprar el pesquero, de nueve metros de manga por tres de eslora, de nombre tan silvestre como «Andrés Cruz». Era de una vela, y del tipo utilizado para la pesca por el litoral de África. Por la descripción de Antonio, era una cosa esmirriada con una cabina donde había un depósito de sal para conservar la carga de pescado.

En verdad, el viaje se preparaba para sacar de España a un individuo apodado El Corredera, que al final no apareció, pero ya el destino para tripulación y pasaje estaba marcado.

En cualquier caso, y aunque sólo sea por añadir otro elemento a esta epopeya, Juan García Suárez, alias El Corredera, había nacido en Telde, pueblo de Las Palmas, y cargaba mala fama de izquierdista y rebelde, de modo que a la sazón se movía en la clandestinidad. Wikipedia recoge, incluso, que ni siquiera está claro su pasado izquierdista, o que luchara frente al alzamiento militar del 18 de julio de 1936. Sí parece ser que, llamado a filas (como tantos jóvenes de su generación), rechazó su incorporación y fue declarado prófugo. Por eso huía.

El barquito estaba equipado con una cocinita sobre cubierta, un tambor de agua, pan bizcochado (bizcochar es recocer el pan para que se conserve mejor) y algo de gofio, el alimento de harina tostada de trigo o millo tradicional de Canarias. Con eso tendrían que cruzar el Atlántico.

Entre el pasaje iban dos fotógrafos profesionales peninsulares de los que se paseaban por las playas haciéndose unas pesetas para sobrevivir. Le pedían su dirección al cliente y le enviaban la foto a su casa. Ambos dieron sus cámaras como pago para viajar. Uno de ellos se llamaba José Luis Blasco.

Una tarde alguien le dijo a Antonio “Vamos”. Él contestó que antes debía ir a despedirse de sus padres, pero no pudo. Eran cerca de las once de la noche cuando llegaron al puerto detrás del mercado; al ver la precariedad aquella donde habrían de montarse unas treinta personas, Antonio quiso devolverse. ¿Cómo cruzar el mar en ese cascarón?

—Yo era estudiante, y tú sabes que en esa época uno tiene la cabeza llena de grillos, pero yo tenía conciencia de lo que era aquello, —me dijo durante nuestra conversación en Vecindario.

Con sus manos trazó en el aire una maqueta imaginaria: una especie de caja de fósforos donde hay una cabina con catres para el patrón del barco y su timonel o grumete; en el centro, el depósito de sal ya mencionado, cuya parte baja da paso a un hueco en las profundidades del velero para hacinarse y tratar de dormir dentro del sofoco.

Arriba, en la cabina y del otro lado del depósito de sal, dos catres más para marineros o lo que fueran.

Había alguna comodidad extra: en proa, un par de camarotes reservados para la única mujer a bordo y sus dos niños; en realidad, niño y niña. No eran hermanos sino primos, porque sólo uno de ellos era hijo de la señora. Una mujer, por cierto, muy buena moza que habría de prender cierto fuego durante las estrecheces del trayecto.

Cuando Antonio bajó al hueco donde habría de dormir en lo sucesivo se encontró con gente que ya llevaba una semana encerrada allí. Al entrar y aspirar aquel aire quiso levantar la escotilla para salirse. Ahogado, perturbado y a punto de vomitar, se sentía morir, pero lo conminaron a quedarse quieto.

Con su memoria casi intacta evoca una sensación de taponamiento: tal es el verbo que utiliza, taponar. Alguien allá afuera, en cabina, taponó el depósito de sal para que los de abajo se quedaran bien aislados, bien silenciados por un rato.

El barquito estaba correctamente matriculado, y alguien había pedido el debido permiso para ir a la costa de pesca, como era de rigor. Pero, por norma, agentes de la Comandancia de Marina echaban un vistazo antes de dejarlos zarpar. Por lo tanto, Antonio y sus compañeros de encierro no podían dar señales de vida hasta tanto terminase la visita. “Sólo cuando sientan tres golpes arriba podrán salir”. Efectivamente, aguantaron allí encerrados, incluso los niños.

Cuando por fin salió a cubierta y vio alejarse las luces de San Cristóbal, la zona de la ciudad aledaña al puerto, pensó que jamás volvería a verlas.

Así enfilaba la negra mar este cascarón llamado «Andrés Cruz». En su interior, algunos poseídos de fiebre comunista cantaban La Internacional. A Antonio se le quedó grabado para siempre el subir y bajar sobre las olas, la línea del horizonte que parecía no tener fin, la tortura de permanecer horas allá abajo, en el hueco: no podían estar todos en cubierta al mismo tiempo, pues el barco podía voltearse si el peso no estaba bien repartido. El timonel, situado para su trabajo en la parte de atrás, era un viejo lobo de mar.

Entre los pasajeros había un individuo de nombre Lino López García, secretario de la juventud comunista de Las Palmas y perito aparejador. Con un carpintero había mandado a hacer un sextante, un instrumento de precisión que implica cierta especialización. Pero, como no había tenido dinero para comprar uno de verdad, se las apañó de este modo con su carpintero, y aquello era su particular aporte al viaje: un sextante de dudosa calidad para saber el rumbo en medio del mar.

Todos los días a mediodía miraban el aparato para señalar el camino, y en aquel barquichuelo confiaban en el fotógrafo Blasco para la tarea, pues aseguraba conocer de náutica. Antonio vio que Blasco se había agenciado un libro sobre el asunto y que por el camino lo iba leyendo; hasta allí llegaba su sabiduría en tal materia.

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Pasaron los días y no veían sino mar y cielo. Para hacer las necesidades cada quien se ponía como pudiera en popa y de espalas al mar, preferiblemente de noche. Al principio Antonio pensó que moriría reventado, tanto tiempo pasó sin dar del cuerpo. Pero, ¿qué iba dar del cuerpo si en verdad no había comido nada?

Durante la primera noche, una ola asesina había arrasado con la cocina en cubierta, y el pan bizcochado estaba completamente empapado. Por otra parte, el agua dulce no se podía tomar, o se tomaba con mucha repugnancia, pues la contenían unos bidones que antes fueron para gasolina o kerosén, y no habían sido bien lavados.

Con el tiempo y el arrejuntamiento empezaron a incordiarse entre sí. Había un estraperlista entre ellos que había pagado el pasaje a algunos, y eso al parecer creó conflicto, o ésa fue la impresión que tuvo Antonio al escuchar sus conciliábulos. Además pesaban los asuntos ideológicos.

El otro problema era la única dama en el barco. Viajaba en busca de su esposo que se había ido adelante, a la Argentina, o al menos ése es el sitio que cree recordar Antonio. Las cosas se pusieron difíciles cuando el patrón del barco —un individuo que, fiel a su oficio, llevaba prolija barba y ofrecía un aspecto rudo—, se enamoró perdidamente de la mujer.

El hombre trazó una raya ante los camarotes de la mujer y los niños, y amenazó con asesinar a cualquiera que osara traspasarla; temía, a todas luces, que alguien más se dispusiera a conquistarla. No pasó nada en realidad porque el escenario era demasiado público.

Antonio, quizás para darse ánimos a sí mismo o apaciguar el ambiente, recitaba en ocasiones un soneto: “He dejado atrás las cuerdas que me ataban…”. Cierto: todos habían dejado atrás sus cuerdas. Pero adelante lo que se les ofrecía era sólo la inmensidad azul o negra.

Notaba hacia él cierta animadversión de parte de varios de sus compañeros de viaje; gente gruesa e ignorante con la cual era mejor estar a bien. Recuerda discusiones como peleas de perros. Por ejemplo, se suponía, y así había sido acordado, que al llegar a destino sería vendido el barco, y a cada quien le correspondería una alícuota de la suma obtenida por tal venta. Pero allí vinieron resquemores: unos habían puesto más que otros y querían, por lógica, ser resarcidos proporcionalmente.

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En una carta dirigida a sus padres, en un tono poético que quizás copió mentalmente de alguna lectura instalada en su subconsciente, les hablaba con encendida nostalgia del viaje que emprendería, de la soledad que ya sentía, de la incertidumbre ante la partida. Un poco cursi para un joven de hoy en día, pero en aquellos tiempos las líneas que rememora Antonio, y recita como un bardo, han debido arrancar lágrimas a cualquiera.

En su pequeño departamento del barrio de Vegueta —en la capital de Las Palmas, adonde se había mudado por cercanía con su instituto—, solía visitarlo su hermano menor para dejarle algún dinero para su sustento, de parte de sus padres. Éstos vivían en Arucas, donde nacieron los dos hijos.

Un día, al pasar por el lugar para dejarle la mesada, el hermano menor encontró vacía la habitación de Antonio, y aquella carta sobre la cama. Los padres la leyeron tanto, y lloraron tanto cada vez que la leían, que terminaron rompiéndola en pequeños pedacitos para quitarse de encima ese karma.

Pero hay cierta incongruencia en el relato de Antonio, pues si antes narró su intempestiva marcha luego de ser abordado por alguien que le dijo “Vamos” y que prácticamente lo arrastró al puerto, ¿cómo es que la carta fue hallada luego por el hermano, en su cama, a manera de despedida?

Lo más probable es que, en verdad, su arribo al puerto no fuera repentino; es muy posible que supiera de antemano la fecha de la partida pero que, a última hora, y ya en el barquito, se arrepintiese.

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Pasó más de un mes de travesía hasta que al fin divisaron un barco a lo lejos; fue un alivio. El desespero había venido creciendo porque, al no avistar embarcación alguna durante semanas, a aquellos viajeros primerizos, bajo la conducción de un barbudo capitán enamorado, les asaltó el temor de estar perdidos; quizás no les faltase razón.

Aquel día, todos tuvieron los ojos pegados de la línea del horizonte, siguiéndole la pista al barco hasta que, por fin, al anochecer su perfil se fue haciendo cada vez más grande “…y cuando nos dimos cuenta estaba al lado nuestro”.

Una mole gigantesca. El barco se llamaba «Isaac M. Singer», carguero que se dirigía desde Norteamérica a Argentina. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, bajó la velocidad y desde él tiraron redes por el costado que daba al barquichuelo de los aventureros. Antonio miró de proa a popa y no divisó a nadie. Desde su punto de mirada aquello era una especie de planeta bajado del cielo. Al narrar el episodio recuerda lo que pasó por su cabeza en ese momento: “Era horrible saber que estabas metido en una cascarita de nuez”.

Con un altavoz les preguntaron qué necesitaban. Contestaron que necesitaban comida, pero que no tenían con qué pagar. “Si nos dan fiado, les agradeceríamos algo de leche por los dos niños y la señora que llevamos… A los demás no nos importa, pero al menos hay que salvarlos a ellos”.

Antonio agrega: «¡Imagínate decirle eso a un capitán en alta mar! Dio orden de que nos surtieran de todo».

Entre otras cosas, les bajaron una gran pieza de res que, al descargarse, hizo estremecer el barquito de cabo a rabo. Además les bajaron embutidos que no se conocían todavía en Canarias, cigarrillos, chocolates,…. Y se escuchó una voz por el altoparlante: «Mis hermanos españoles… Yo también soy español, de Puerto Rico».

Atendiendo a la situación en que estaban, les tiraron como diez o quince cajas, por si acaso el viento hiciera que algunas cayeran en el mar; pero no,

cayeron todas dentro del barquito. Desde el carguero ofrecieron izar a bordo a quienes quisieran, asegurándoles pasaje seguro hasta Argentina. Pero ni uno siquiera se quiso ir.

El vaivén de las olas alrededor del barco los empujaba con fuerza hacia la quilla de éste, y los hombres debían evitar a toda costa el choque. Cuando el «Isaac M. Singer» encendió su hélice, ya para disponerse a partir, se formó un gran remolino, peligrosísimo para el «Andrés Cruz», y, de inmediato, los del Singer tuvieron que parar la hélice. Entonces, desde arriba lanzaron un grueso cable, los hombres se agarraron a él, y de este modo el barquito fue empujado hacia la proa del «Isaac M. Singer», lejos de su hélice.

Ya era de noche cuando vieron alejarse al barco salvador, pero Antonio recuerda ese momento, en que había buena luna, y recuerda también cómo se quedaron mirando con añoranza aquella mole haciéndose pequeñita.

Los peligros no habían terminado.

En algún lugar sobresalía una palanca que nadie debía tocar, se utilizaba para achicar el agua que, durante la pesca, al parecer se deposita inevitablemente en el fondo en este tipo de pesqueros, pero alguien la manipuló y salió un chorro de agua. Pensaron que el final estaba cerca: ¡se irían a pique, inundada la cubierta por el agua que salía de las entrañas del barquito!

Sin embargo, no era para tanto. No era que el barquito hacía agua, sino que unas panelas de hielo de reserva en su interior se habían derretido, y, al ser accionada la palanca, había hecho erupción el agua represada.

Otra vez se mojó la despensa, incluyendo los embutidos, y otra vez estaban destinados a pasar hambre. Por añadidura, la magra vela estaba estropeada, aunque todavía servía.

Al estudiar las anotaciones que les habían pasado desde el Singer, cayeron en cuenta de que, por la ruta que habían seguido antes de encontrarse con ese carguero, el «Andrés Cruz» iba derechito al Polo Norte. El sextante construido por un carpintero los llevaba a la perdición.

Rectificaron, y a los dos o tres días vieron una islita. A poco de eso avistaron un grupo de pescadores a quienes preguntaron dónde se encontraban; les dijeron que entre Martinica y otra isla cuyo nombre Antonio no recuerda con precisión. En todo caso, estaban cerca el final de la travesía, del azar, de la tortura por la falta de agua o su mal sabor.

Teniendo como referencia a Martinica volvieron a corregir rumbo. Recuerda Antonio que les daban ganas de bajarse, zambullirse y empujar aquel bote esquelético que apenas se movía, sin brisa y con una vela que no funcionaba como era debido.

En algún momento se dieron cuenta, al anochecer, de que se acercaban a tierra firme, y temieron encallar en la penumbra. De nuevo, una ayuda providencial: ahora de pescadores.

A éstos les dijeron que se dirigían al puerto de Venezuela, pues ni siquiera sabían el nombre de La Guaira, y los pescadores señalaron hacia el oeste: «¿Ven aquella curva que hace la costa? Luego de doblarla sigan y conseguirán el puerto».

Se enteraron entonces de que aquel primer punto que habían alcanzado se llamaba Los Caracas, y fueron advertidos de que a su destino final no llegarían sino al día siguiente.

En efecto, así fue. Pero en aquella zona minada de barcos de todo calado corrían peligro. Llevaban una provisión de luces de bengala para estos casos —gracias a Dios, se había conservado en buen estado— e hicieron uso de todo el cargamento para formar el mayor escándalo posible.

Un barco se les arrimó, y desde él echaron un cable a tierra. Advertida la guardia costanera de la llegada de los refugiados desahuciados, de la Comandancia mandaron un buque práctico, a los que se les llama así por extensión del nombre del cargo de marino que, de manera transitoria, guía a los barcos en aguas peligrosas o de intenso tráfico.

Sin embargo, el práctico no los encontró, y en realidad el «Andrés Cruz» todavía andaba muy lejos. Al fin fue encontrado y remolcado hasta una especie de ensenada que hacía las veces de puerto. Era día de fiesta nacional en Venezuela.

No les fue permitido bajar a todos en un primer momento, pero sí a los niños con la señora, y también a Antonio, por su pierna. Estaba todo el mundo pendiente en aquel puerto: gente morena, expectante, preguntona, curiosa. En el puerto o en la propia Comandancia, en el trayecto y por las ávidas miradas de la gente, Antonio vio por primera vez en su vida de lo que es capaz un pueblo solidario actuando en masa.

—Antonio, ¿estás preocupado?, —le preguntó Blasco una vez que pudieron bajar todos y esperaban alguna decisión oficial sobre dónde pasar la primera noche.

—No, lo que pasa es que mañana nos vamos a Caracas, y no sé…

—Mira, no te preocupes, —lo interrumpió el fotógrafo que había jugado el papel de manipulador del sextante inservible.

Blasco estaba entusiasmado, no parecía para nada cansado ni apocado ante el cúmulo de acontecimientos y personas que les había caído encima tras el arribo, y agregó con mirada risueña:

—Mañana despachamos a toda esa gente a Caracas y seguimos nosotros en el barco por el Orinoco, porque todavía hay cosas que descubrir por allí.

Blasco finalmente no siguió rumbo al Orinoco —y mucho menos Antonio—. pero a cambio se convirtió en un maestro del reporterismo gráfico y estuvo a un clic de recibir el premio Pulitzer quince años más tarde, cuando cubrió uno de los alzamientos más sangrientos que se hayan dado en Venezuela: El Porteñazo.

El 02 de junio de 1962 —cuenta la reseña en la página web del Últimas Noticias, periódico para el cual trabajaba— ocurrió ese alzamiento militar contra el gobierno de Rómulo Betancourt, y un contingente de hombres tomó la ciudad de Puerto Cabello, estado Carabobo:

“Las fuerzas leales al Gobierno reaccionan con rapidez y asaltaron la ciudad portuaria. Dos fotógrafos venezolanos, José Luis Blasco, de Últimas Noticias, y Héctor Rondón, de La República, lograron colarse con las unidades del batallón Carabobo que avanzaban por las estrechas calles de la ciudad. En el sector conocido como La Alcantarilla fueron emboscados por fuerzas rebeldes y se produjo el enfrentamiento más sangriento de la revuelta.

Allí estaban Blasco y Rondón, y con sus cámaras captaron, en impactantes imágenes, los momentos más duros de la refriega. Su valor y profesionalismo les permitieron hacer una serie de fotografías únicas e invaluables que a Héctor Rondón le valieron el World Press Photo del año 1962, y el Pulitzer del año 1963”.

Así es el destino. A Rondón, cada vez que le preguntaban sobre su famosa foto y cómo la hizo, no hacía sino darle crédito a Blasco, ya un profesional de renombre y mayor que él; pero, en realidad, Rondón no hizo sino seguir a Blasco en el riesgo del tiroteo, e imitar sus pasos. Sin embargo, el premio fue para el alumno y no para el maestro, pues la foto del sacerdote sosteniendo en brazos a un militar malherido le dio la vuelta al mundo, y permanece como un testimonio de la valentía y de solidaridad de un clérigo que, en medio de una guerra desatada, trata de preservar lo más sagrado.

Tras la llegada a Caracas, cuando pernoctaron en la residencia del sector Sarría —donde debían permanecer los inmigrantes en cuarentena por regla del gobierno perezjimenista—, Antonio tuvo otra idea: montar un laboratorio fotográfico; Blasco le enseñaría los pormenores del revelado, mientras el propio Blasco saldría a tomar fotos como solía hacerlo en las playas de Canarias (aunque era valenciano, se había radicado en las Islas).

Pero tampoco llegaron a eso; cada quien tomó su camino, y Antonio comenzó a trabajar en la agencia de publicidad de un colombiano, en la esquina de Socarrás (Caracas). Su primer estipendio fue de 8 bolívares por día. Recibió 24 bolívares por tres días que había trabajado en su primera semana, y salió a la esquina de Socarrás, en la parroquia de La Candelaria, con el mundo dándole vueltas en la cabeza; hasta el día de hoy no sabe cómo no lo atropelló un carro.

En aquella Venezuela, aún en dictadura, encontró una buena sociedad que lo cobijó y lo adoptó.

Españoles y Canarios huyeron de un país que no ofrecía sino hambre y limitaciones. Huyeron, quizás algunos sin plena conciencia de ello, del general que se había llevado tan bien con Hitler y que convertía a la Guardia Civil en un cuerpo terrorífico frente a la población. Huían de La Falange de Cara al Sol.

Fuente

Cortesía de Antonieta Rodríguez

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