Cuando la ciudad realmente se asomaba al mar. Entonces estaba yo por allá.
Foto Cortesía de Roberto González Rodríguez.
Entrada al Muelle Sur. Al fono y a la izquierda, el edificio del Cabildo, y luego, en el mismo plano, el de Correos
Hechos, imágenes o escritos acerca de Canarias, pero no de El Paso, y de autores no pasenses.
Cuando la ciudad realmente se asomaba al mar. Entonces estaba yo por allá.
Foto Cortesía de Roberto González Rodríguez.
Entrada al Muelle Sur. Al fono y a la izquierda, el edificio del Cabildo, y luego, en el mismo plano, el de Correos
Para mí, la más emotiva de las manifestaciones de la música del folclore Canario. En este caso, interpretada por verdaderos maestros: Olga Cerpa y Mestisay, Luis Morera, Totoyo Millares, y José Manuel Ramos.
Para escucharla, clicar AQUÍ.
Si se quiere bajar el archivo, clicar en File (Archivo) —arriba, a la izquierda— y después en Download (Descargar), que está al final del menú resultante.
También puede verse en YouTube clicando AQUÍ.
Cortesía de Roberto González Rodríguez
Esta foto la extraje de un PPS titulado «Pantallazos de Tenerife (3)» que también publicaré en este blog, en la Sección Otros, como corresponde.
Pero fue esta foto, del pequeño pueblecito llamado Almáciga, la que, de todas las que componen ese PPS, más me impactó.
No me canso de mirarla y disfrutarla.
31-07-12
Carlos M. Padrón
Como soy de los que comen para vivir y no al revés, son pocos los platos, dulces, manjares y demás productos alimenticios por los que yo estaría dispuesto a hacer un esfuerzo —como caminar largo trecho, esperar por horas, rascarme el bolsillo, etc.— para conseguirlos, pero una excepción sería higos pasados con almendras y queso palmero de cabra y ahumado.
OJO, he dicho palmero, de cabra y ahumado. De él se habla en la página 48 del documento cuyo enlace adjunto, aunque no veo que tal documento mencione que lo mejor para ahumar este queso es la cáscara de almendra, y sí menciona mil detalles que nunca vi que mi madre o nuestros vecinos tuvieran en cuenta para elaborar ese queso. Los sibaritas terminan por echar a perder lo que tocan.
AQUÍ hay una buena guía de los quesos que se producen en Canarias.
Cortesía de Jaime Tejeiro
29-07-12
Carlos M. Padrón
Mi amigo y paisano, el pasense Juan Antonio Pino Capote, médico de profesión ya retirado, me ha hecho llegar el libro titulado «GENIO Y CARÁCTER. Apuntes para una historia de La Palma» en el que su autor, Manuel Toledo Trujillo, incluye una anécdota de la que Juan Antonio, con el seudónimo de Dr. Nepote, es el protagonista.
A fin de dar al lector una idea del ambiente que propició tal anécdota —algo imprescindible para entenderla—, me permitiré hacer un resumen y reagrupar, refraseando cuando sea el caso, el contenido de los pasajes del libro en los que se describe cómo eran y se comportaban en La Palma, allá por finales de los años ’40s y principios de los ’50s, los naturales de la capital, Santa Cruz de La Palma —llamada generalmente «la ciudad», nombre que los menos educados pronunciaban «la suidad«—, con respecto a los que, como el Dr. Nepote, eran oriundos de los otros pueblos de la isla.
Para sentar los precedentes acerca de esta actitud, entre ridícula y lastimosa, cita el autor lo que acerca de «la ciudad» escribió el gran médico de Tazacorte don Manuel Morales, a quien Toledo —para no dar el verdadero nombre de este médico, como hace en la mención a otras personas citadas en el libro— llama acertadamente «reputado galeno».

(Chepina, mi mujer, frente al busto de don Manuel Morales, en Tazacorte. 10/04/2001)
Don Manuel fue, como bien dice Toledo, una especie de sabio, un médico cuya humanidad daba sentido a su vida, y quien, por su interés antropológico, elaboró teorías sobre la mentalidad del ciudadano de Santa Cruz de La Palma.
Don Manuel comparaba a «la ciudad» con un tubo de ensayo en cuyo fondo se hubieran sedimentado los hechos sucedidos a lo largo de la historia, grandiosa a veces y otrora miserable, lo cual tenía su reflejo, naturalmente, en la actitud de sus habitantes.
Geológicamente el puerto está situado en el fondo de un hemicráter abierto al mar, y ha sido, durante los últimos cinco siglos, el punto de comunicación de la isla con el exterior, recibiendo de primera mano los movimientos culturales y la riqueza importada, o producida en su interior, para convertirse y dar lugar a un pozo de sabiduría que influía en esa ciudad y en la personalidad de sus paisanos que, ricos en bienestar, se sintieron privilegiados y adquirieron un talante de superioridad con el que desafiaban y denostaban a todo individuo ajeno a sus círculos, ritos y modos, prejuzgando en cada extraño un enemigo que irrumpía en su mundo.
En el fondo del tubo de ensayo, de origen volcánico, se iba imponiendo un elitismo curioso: el del ciudadano señor, rico y culto, y el de sus sirvientes, que se sentían partícipes de un bienestar desde el que irrogaban el derecho a criticar a todo extraño.
La ciudad se nutría de los conocimientos, modas y costumbres que le llegaban del mundo del Renacimiento, con el barroco flamenco y portugués, haciendo a su habitante retórico y engolado, y con niveles culturales que le diferenciaban del campesino, quien trabajaba confinado a las fronteras del campo para dar al porteño su nivel de vida.
Pasado, en los siglos XV y XVI, el periodo brillante de su historia, y habiendo caído en la miseria y el abandono de principios del XX, años del hambre, los palmeros conservaron sin embargo su elitismo, orgullo e intolerancia para el foráneo, adoptando una particular inquina contra el campesino que por esos tiempos se había integrado a la capital mejorando sus economías.

NotaCMP.- Extremo sur de la calle O’Daly, también llamada Calle Real, ésa que fuera única y que sigue siendo bipolar y de eje norte-sur. Foto tomada de un calendario de 2011.
Aquellos micro límites entre el mar y las paredes de un hemicráter condicionaron un desarrollo civil lineal con una calle prácticamente única, bipolar y de eje norte-sur, en que los enfrentamientos, odios y rencillas se originan en la obligación física de cruzarse y saludarse, a lo largo de aquella vía, cuatro veces al día: de la casa al trabajo, del trabajo a la casa, de vuelta al trabajo vespertino, y otra vez a la casa. ¡Y así durante toda la vida!
Un producto de lo que don Manuel describe fue el creciente uso del término mago. que adquirió connotaciones peyorativas e insultantes en el núcleo capitalino de La Palma donde el trato al campesino llegó a ser denigrante.
La aparición del mago surge tal vez, o se consolida, del proceso de emigración de los campesinos Canarios a varios puntos del Caribe.
Acompañados a veces de su familia, y siempre en busca de una mejor subsistencia, se acomodaban a la tierra de acogida reuniéndose en grupúsculos que se aislaban de las comunidades de otros orígenes como si fuesen pueblos marginales.
Esta acomodación y aislamiento permitieron la aparición de un campesino que, por endogamia, produjo una descendencia de individuos de carácter hostil, solitario y desconfiado, a los que se llamó isleños, término que podría coincidir con la acepción peyorativa del término mago.
Con el regreso de este isleño, bruto e insolente al haberse liberado en América de su ancestral humillación, se introduce en «la ciudad» un nuevo tipo de habitante que cae en un medio hostil que usó el término mago para humillar al campesino enriquecido, recordándole su condición de desclasado y su ascendencia de estirpe impura y bruta.
Por eso, y a partir de entonces, cuando alguno de estos individuos puso de manifiesto su eficiencia económica o intelectual, despertó envidias en las clases más serviles que fijaron el uso del término mago como insulto, adjetivándolo con maléfica especificidad para definir una condición más o menos despreciable: mago fino, mago hediondo, mago cabrón, etc.
En este marco social tan discriminatorio tuvo lugar el hecho protagonizado por el Dr. Nepote —quien, como ya he dicho, no es otro que el Dr. Juan Antonio Pino Capote— allá a comienzos de los años ’50s cuando, como también hice yo, Juan Antonio fue a «la ciudad» a presentar examen de bachillerato en el único instituto de enseñanza media que para entonces había en la isla.
Toledo narra el hecho así, en un relato en el que, como ya he dicho, he reagrupado y refraseado, y hasta también añadido pasajes que no venían en el libro pero que Juan Antonio me ha relatado.
Ocurrió que en la isla triangular de vértice agudo que es La Palma, isla meridional y dividida en dos mitades por una larga cordillera que la recorre de norte a sur, llamaban La Banda a la mitad occidental, para expresar que —con respecto a «la ciudad», que está en la mitad oriental— se trata del «otro lado», del «lado de allá» o de «la banda de allá».
Mi buen amigo Nepote, hoy médico acreditado en los ámbitos de Canarias, hombre culto y agradable donde los haya, me dijo haber sido víctima, durante años, de un oculto y ya cicatrizado resentimiento contra la memoria del Instituto Viejo de Santa Cruz de La Palma.
Nació mi amigo en en El Paso, bellísimo pueblo de La Banda, entrañable para los palmeros porque alberga el Parque Nacional de La Caldera de Taburiente (1).
Al finalizar el cuarto curso de los estudios de bachillerato, los alumnos libres que procedíamos de escuelas privadas, civiles o rurales, estábamos obligados a revalidar nuestros conocimientos en las instituciones oficiales de Enseñanza Media con el fin de proseguir los estudios superiores.
A eso acudió el joven, formal y puntual, vestido según costumbre y precepto —traje dominguero, de corbata, pantalón rodillero sin alcanzar el largo del calcetín ajustado a la pantorrilla, y bien peinado— con un grupo de alumnos rurales de El Paso y de otros pueblos, y otros de escuelas preparatorias de «la ciudad», y de la academia Pérez Galdós, entre los que yo estaba incluido.
Todos juntos esperábamos la llamada a examen «con los nervios en la barriga», según solía decirse, cuando vimos como desde la secretaría, con paso largo y firme venía el bedel con las listas en su mano.
Era un personaje genuino de Santa Cruz de La Palma y, además, diría yo que un «abusador de los más chicos» porque cuando trataba con inferiores se aprovechaba de su superioridad (2). Era una especie de resentido social que no sabía a dónde ni a quién pertenecía, y andaba profiriendo insultos por lo bajo contra todo y todos, como si estuviese enfadado con el mundo. No obstante, con aquéllos que él estimaba superiores se deshacía en reverencias y halagos.
Quizás los niños de «la ciudad» de aquel tiempo debamos excusarnos en cierta medida del pecado de proferir insultos relativos a la ascendencia de nuestros propios amigos, algo que, sin darnos cuenta, infectó nuestra educación escolar en una ciudad que, desde su fundación, prebendaba a los nacidos dentro de sus límites.
Si con el campesino fuimos despreciativos a veces, y otras burlones, debe ser porque captamos algo desde la escuela donde el eres un mago se escuchaba en cada pelea, pero tan vacío de significado como todos los insultos.
—¡Atención!—, gritó el bedel de uniforme raído. —¡Vayan pasando los alumnos de la suidad cuando los nombre!
Así, una vez sentados en el aula los de «la ciudad», oímos como, con talante y gesto casi insultante, y sin apenas mirarlos, se dirigió al grupo rural a voz en grito:
—Y ahora, ¡que pasen los del campo!
Me contaba Nepote que, al escuchar esto, sintió como un tiro en la sien. La cara se le puso muy caliente y roja, y tuvo la sensación de que el suelo huía bajo sus pies al verse apartado, discriminado y ninguneado como las ovejas.
Pero, alterado por la ira, al pasar frente al bedel para, según éste, sentarse en el grupo de los magos, le dijo en voz baja: «¡Tate quieto, SUIDADANO!«, dándole a entender que el burro y mago era él al pronunciar así la palabra «ciudad».
Muchos años después Nepote me juró que jamás había podido olvidar aquel momento ni a aquel hombre que, durante años, lo enfermó de severo rencor, pero, de hecho, por la fuerza y el patetismo de su relato, y la gesticulación al narrarme su historia, me atrevo a deducir que su presunto alivio es de imaginación y que, en realidad, mi amigo Nepote no se ha curado nunca.
~~~
(1) Acerca de la Caldera de Taburiente:
(2) Gracias a este bedel, o a uno como él, supe que mi segundo nombre es Miguel, según conté en el post La ‘M’ de Carlos M. donde hablo de lo tenso e intimidante del ambiente que en esos actos se creaba.
Para bajar/ver/escuchar el archivo, clicar AQUÍ y luego en File (Archivo) –> Download (Descargar)
Cortesía de Juan Antonio Pino Capote
23/07/2012
Un grupo de investigadores de la Universidad de Sevilla ha abordado la huella ecológica que sufre Canarias y su relación con el turismo.
Lo han hecho en un trabajo que publica el Boletín de la Asociación de Geógrafos Españoles.
La huella ecológica es un indicador de presión ambiental que mide la demanda de recursos de la población en unidades de superficie (hectáreas), y se calcula a partir de los flujos comerciales y el consumo de energía de una población en un territorio.
Los investigadores encontraron una correlación “significativa” entre la huella ecológica energética y el indicador PresTur —un ‘termómetro’ para medir la presión turística en el territorio y en la población local—, sobre todo respecto al número de plazas turísticas hoteleras y extrahoteleras por kilómetro cuadrado.
“El turismo incrementa la huella ecológica, especialmente cuando es masivo y no adopta las mejores tecnologías y prácticas de gestión sostenible. Canarias es una de las principales concentraciones turísticas europeas y, si a ello le añadimos su situación periférica y su carga poblacional, resulta lógica una intensificación de su huella ecológica”,
declara a SINC Francisco M. Fernández-Latorre, coautor del estudio e investigador de la Universidad de Sevilla.
La vulnerabilidad de Canarias es de por sí elevada debido a la fragilidad que supone su naturaleza insular, su baja biocapacidad productiva —capacidad intrínseca para generar recursos—, su acusada dependencia externa —como lo demuestra el fuerte déficit ecológico—, junto con una reducida superficie y altas densidades de población.
“Cuando la huella ecológica supera a la biocapacidad productiva se produce una situación de déficit ecológico. Comparada con la huella ecológica mundial, se necesitarían 3,84 planetas para soportar la intensidad del consumo de Canarias”, apunta Fernández-Latorre.
Además, los resultados ponen de manifiesto la importancia de la presión energética en este déficit, porque “este consumo supone más del 50% del impacto ambiental de las islas”, añade el experto.
El Hierro y La Gomera, las más sostenibles
La presión varía de isla en isla y entre municipios. Las islas occidentales, sobre todo El Hierro y La Gomera, muestran valores globales que sugieren que su turismo es sostenible.
“La insostenibilidad ambiental del turismo también depende del grado de presión demográfica y ambiental que ejercen otros sectores —como el del transporte, o el industrial—, de las pautas de consumo, y de la propia población local”, señala el científico.
El acelerado incremento de la presión turística, sobre todo entre 1995 y 2000, tuvo como respuesta medidas normativas específicas dirigidas a contener y controlar la expansión de las plazas turísticas. También permitió recualificar los establecimientos y destinos más congestionados de Canarias, en particular en las islas capitalinas (Tenerife y Las Palmas) y las más orientales (Lanzarote y Fuerteventura).
“Se alertó de una dinámica insostenible que ha tratado de controlarse mediante límites y condiciones al crecimiento turístico, que se recogen por las Directrices de Ordenación General y de Ordenación del Turismo de Canarias”, subraya el investigador.
Según el equipo, para disminuir este déficit ecológico de las islas las principales medidas deben dirigirse a mejorar la ecoeficiencia de las instalaciones y servicios involucrados en la cadena productiva turística, desde el transporte al alojamiento, y servicios auxiliares y complementarios, sobre todo en el consumo energético.
“La promoción de las energías renovables, aprovechando los vientos alisios, la optimización y certificación energética de hoteles y apartamentos, de trayectos de viaje más cortos, y estancias más largas son aspectos fundamentales”, concluye Fernández-Latorre.
Fuente: El Mundo
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Cortesía de Eleuterio Sicilia
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Cortesía de Mary Carmen Barbuzano