[ElPaso}— El volcán Cumbre Vieja: trágico, pero espectacular

16-07-2006

Carlos M. Padrón

En junio de 1949 “disfruté” en la isla de La Palma (Canarias) —en vivo, en directo y en primera fila— de todo el ciclo del volcán llamado entonces “de Nambroque” (por el nombre de la montaña por donde erupcionó) o «de San Juan» (porque rupcionó un 24 de junio, día de San Juan), pero que pasó a la historia como Cumbre Vieja, y con ese nombre se le menciona en los reportajes, escritos y de TV, que hablan del posible hundimiento de una parte de la isla de La Palma, y la consiguiente formación de un gigantesco tsunami que arrasaría la costa este de USA, si ese volcán entrara en erupción de nuevo.

El Cumbre Vieja hizo erupción el viernes 24 de junio de 1949 entre las 10 y 11 de la mañana. Ese día fue la Fiesta del Sagrado, y medio pueblo estaba en la iglesia en la misa especial, llamada “función” por lo solemne, con motivo de tal fiesta.

Al grito de “¡Reventó un volcán!” en boca de alguien que entró de improviso a la iglesia en plena misa, nos echamos a la calle, y sobre las montañas conocidas como Cumbre Vieja se veía una columna de humo negro que se proyectaba hacia el cielo, y tan densa que no parecía moverse.

Desde meses antes habíamos sufrido sismos entre muy leves hasta muy fuertes. Eran los prolegómenos de lo que comenzaría ese 24 de junio.

El aviso, y con él la alarma que nos sacó de la iglesia, llegó por boca de un cabrero (pastor de cabras) que mientras dejaba que sus cabras pastaran tranquilamente cerca de la montaña de Mambroque, vio abruptamente interrumpida la tranquilidad cuando, sin causa aparente, las cabras, todas al unísono, alzaron la cabeza, miraron hacia la montaña y echaron a correr, despavoridas, hacia el pueblo, no dejando al cabrero otra opción que correr tras de ellas.

Cuando apenas se habían alejado un par de kilómetros, dice el cabrero que la tierra comenzó a temblar bajo sus pies, y al rato hubo un estruendo ensordecedor proveniente de la montaña que habían dejado a sus espaldas.

Se volvió a mirar y vio la columna de humo que ya ascendía y se expandía, y, vinculando eso a los frecuentes sismos de los meses anteriores, dedujo acertadamente que se trataba de un volcán, y dio la alarma apenas llegar a zona poblada.

Ninguno de los residentes en la isla había visto nunca un volcán en erupción aunque la isla está surcada de brazos de lava, llamados allí “malpaíses” (tierra inútil para el cultivo), producto de erupciones anteriores, la más próxima en el año 1800 y tantos.

Nuestro viejos de entonces decían que los viejos de sus tiempos les habían contado que “delante de un volcán se puede hacer calceta”, cosa que nos sonaba por demás oscura por poco inteligible.

Mientras duró el ciclo del Cumbre Vieja la vida casi se suspendió para nosotros. Aunque yo estaba por cumplir los 10 años, recuerdo claramente el ambiente de desaliento general y de falta de interés en el quehacer diario, algo insólito en aquel pueblo.

Pero, el saberse en una isla, sin una escapatoria posible y segura en caso de siniestro, hizo que la gente casi abandonara los campos y otras tareas, y se limitara a comer para vivir y para aposentarse sobre algún lugar alto cercano a su casa desde donde pudiera ver la columna de humo, como esperando que de un momento a otro sucediera la catástrofe final.

El gobierno contrató los servicios de un y que vulcanólogo francés que luego de hacerse acompañar por algunos campesinos locales hasta las estribaciones del Nambroque, apenas se tornó intenso el olor a azufré se retiró apresuradamente, convocó una reunión en Monterrey —teatro y salón de baile del pueblo— y declaró que la Isla se hundiría en el mar porque su base era como un cono invertido que no resistiría los violentos movimientos producidos por la erupción, y que él recomendaría al Gobierno que lo había contratado una inmediata evacuación total de La Palma.

Acto seguido, puso pies en polvorosa,…. y nunca se supo que el Gobierno intentara ni evacuación ni ningún otro tipo de ayuda. Quedamos, y nos sentimos, abandonados a nuestra suerte, lo cual contribuyó a aumentar el desánimo general.

Cada semana, el Cumbre Vieja cambiaba su “repertorio”. Después de una semana de humo negro, comenzó a lanzar proyectiles incandescentes que en se veían claramente en las noches subiendo por entre la columna de humo, y, pasados unos segundos, nos llegaba el sonido de la correspondiente explosión, como si se tratara de macabros fuegos artificiales.

Nos íbamos a la cama muy tarde, y a veces a dormir en lugares improvisados porque tal vez el techo del dormitorio habitual no ofrecía mayores garantías de resistir los frecuentes sismos. A la mañana siguiente, despiertos desde muy temprano —y por vía natural, sin ayuda de despertador—, de nuevo a lo básico para subsistir, y enseguida a la rutina de silenciosa observación.

Pero una mañana, la vía natural, que era la luz solar, hizo que despertáramos muy tarde. Recuerdo que mi despertar lo causó una maldición proferida por mi padre cuando al abrir la puerta para salir de la casa en la mañana —se despertaba a las 06:00 pero ese día lo hizo a las 09:00— se encontró con que el sol, que debería verse radiante, se veía como un pequeño globo naranja, como se le ve a través de un vidrio ahumado; y que todo —el patio, los techos y las huertas; todo— estaba cubierto de un polvo de consistencia de cemento pero de color muy oscuro, casi negro, que en forma de lluvia muy fina no paraba de caer desde una nube ancha que cruzaba el cielo y que era la causante de que la luz del sol apenas nos llegara.

El desánimo se tornó en miedo porque era claro que si esa lluvia continuaba moriríamos todos ahogados en el polvo que no paraba de caer.

Afortunadamente, la lluvia cesó antes de la semana “reglamentaria”. Las cosechas se perdieron bajo el manto del oscuro cemento, y algunos vecinos, queriendo ver una oportunidad en lo malo que era esa crisis, llenaron vasijas de ese polvo y lo guardaron porque notaron que los llamadores metálicos de las puertas exteriores, las que los tenían, estaban relucientes como oro por causa del contacto con el polvo. Después de algún tiempo perdieron completamente su baño porque el polvo era altamente abrasivo.

La columna de humo pasó a ser blanca aunque igualmente densa y casi inmóvil, y un buen día el volcán comenzó a vomitar lava y cesaron los sismos.

Primero fue una especie de monstruosa culebra de tal vez unos 10 metros de grosor y unos 4 de altura, formada como de peñascos muy negros que avanzaba de forma lenta, crujiente e implacable.

Los peñascos negros eran sólo la caparazón exterior, pues cuando de la cresta frontal caían al piso, al desprenderse del conjunto dejaban ver por un momento el rojo intenso de la lava líquida y espesa que había en el interior de “la culebra”.

Al contacto con el aire, en el hueco dejado por el peñasco se formaba otro que tapaba esa visión, y así, cayendo peñasco tras peñasco desde la cresta, avanzaba inexorable “la culebra”,… y por fin entendimos por qué “delante de un volcán se puede hacer calceta”.

Las autoridades comenzaron a evacuar todas las casas ubicadas en la zona por la que, dada la topografía del terreno, pasaría el brazo de lava. Era espeluznante ver la carretera llena de muebles de todo tipo, animales domésticos y gente llorando.

Y más espeluznante era ver cómo el brazo de lava, que por lo visto se “comía” el oxígeno a su alrededor, literalmente chupaba hacia sí los árboles varios metros antes de llegar a ellos, y los evaporaba; y cuando llegaba lentamente a la pared de una casa, iba ganando altura por la presión contra un obstáculo, y en apenas minutos la pared cedía y el brazo de lava caía de golpe sobre ella y la hacía desaparecer completamente, continuando luego su implacable avance.

Hubo un par de casos, por demás dramáticos, en que el dueño de la casa evacuada y que a todas luces iba a desaparecer, se negó a dejarla, dispuesto a morir con ella porque era lo único que tenía, y tuvo que ser sacado a la fuerza por la Guardia Civil.

En la Isla había entonces una vía asfaltada de casi circunvalación, y digo casi porque no cubría una parte del lado noroccidental. Como el brazo de lava avanzaba ladera abajo hacia el mar, era claro que, a menos que se detuviera, cortaría la carretera asfaltada que nos unía con el norte y el lado este de la Isla, donde está la capital.

Y no se detuvo sino que avanzaba en dirección a Las Manchas, un barrio de El Paso. Para el momento en que estaba a pocos metros de la carretera, autoridades del lado oeste y del lado este se despidieron con un apretón de manos, y a los pocos minutos el brazo de lava pasó sobre la carretera y nos dejó por años sin esa vía.

Cuando al fin alcanzó el mar, una columna de vapor de agua se elevó a los cielos como un geyser y así continuó mientras al mar entraba más y más lava hirviente.

Un buen día, y como dando muestras de que ya había llegado a destino, o tocado fondo, el brazo de lava, que al inicio tenía unos 10 metros, se ensanchó hasta tal vez 100, y se hizo como un canal por el que corría lava líquida como si se tratara de un río siniestro. Y así permaneció por semanas.

A pesar de que la isla de La Palma es tal vez el trozo de tierra que en relación a su superficie (poco más de 700 k cuadrados) tiene las mayores alturas (más de 2.400 m), y por ello sus costas entran al mar casi en forma vertical, fue tanta la lava, que la tierra firme de la Isla ganó un espacio triangular de unos 3 kilómetros, medidos desde el vértice de ese triángulo hasta el lugar donde antes del volcán estuvo el borde de la costa.

Dos veces organizaron los vecinos de mi casa, y mi familia con ellos, un viaje en camión a Las Manchas para ver la lava. El primer viaje fue de día —cuando pude ver los muebles y demás enseres amontonados en la carretera, y escuchar los lamentos de sus dueños—, y el segundo fue de noche, cuando ya corría el río de lava.

Aunque la montaña donde estaba el cráter no era visible desde la carretera de Las Manchas, el cielo sobre él se veía iluminado de un rojizo intenso por la cantidad de lava que del cráter brotaba, y el río por ella formado comenzaba a verse cuando, majestuoso, aparecía, alto en la cumbre, bordeando una montaña. Desde ahí descendía y pasaba ante nosotros hacia el mar. Era algo así como lo que se ve en esta foto, que corresponde, según BBC Mundo, al volcán Tungurahua, en Ecuador y activo desde 1999:

Al contacto con el aire, en la superficie de la lava incandescente se iban formando rocas negras que enseguida se hundían en la lava y se licuaban de nuevo, y ese proceso creaba unas figuras como de caras humanas que brotaran de la lava líquida y fueran forzadas a regresar a ella de nuevo.

Mi madre dijo que eso le recordaba la idea de lo que sería el Infierno, y creo que hasta Dante la hubiera corroborado.

Aparte lo trágico, éste es el espectáculo natural más bello que he visto en mi vida. Imposible de ser descrito con palabras, fotos, película o cualquier otro medio. Simplemene, hay que verlo.

Un buen día la lava líquida dejó de fluir, pero pasaron años antes de que su cauce se enfriara. Se dio el caso de que una mujer venida de afuera quiso subir por la pared del cauce para ver su interior, y sus zapatos de rafia —material que entonces estaba de moda para hacer calzado— se incendiaron.

Años después, cuando por fin la temperatura lo permitió, las máquina excavadoras comenzaron a remover lava para tratar de llegar hasta la superficie de la carretera por ella cubierta, pero fue imposible, pues a medida que profundizaban en la lava ésta se revelaba más y más sólida, y la nueva carretera se hizo entonces a nivel más alto que el que tuvo la vieja.

El proceso de cambio semanal de repertorio duró un mes: erupción y humo negro, expulsión al aire de rocas incandescentes, nube de polvo o cenizas, y humo blanco y expulsión de lava. No recuerdo cuánto duró este último episodio, sólo sé que, en total, fueron 37 días: desde el 24 de junio al 10 de agosto de 1949.

Aunque el volcán causó muchas pérdidas materiales, no hubo pérdida de vidas humanas, pero sí fortuna para al menos una persona que de verdad vio la forma de convertir una crisis en una oportunidad, y aprovechó ésta al máximo haciendo rentable el triángulo de malpaís que el volcán añadió a la superficie de la Isla. Tal vez un día me anime a escribir sobre esto.

[*FP}– Cuatro frases que hicieron mella

Carlos M. Padrón

A lo largo de mi vida, diferentes personas me han dedicado, en diferentes épocas, algunas frases que me hicieron mella ya sea por proféticas, por reveladoras de facetas de mi carácter en las que yo no había reparado, o por algún otro motivo.

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*1*

En El Paso, allá por las años 50, en la vía entre la academia y mi casa había tres tabaqueros (o torcedores de tabaco, los que hacían a mano cigarros puros) que trabajaban en la casa de habitación de uno de ellos.

Al final de las labores del campo, algunos hombres ya mayores los visitaban en las tardes para hacerles compañía, echar cuentos, comentar chismes o hechos reales, etc. Y algunas de esas tardes, al final de las clases y en camino a mi casa, solía yo entrar a pasar un rato con el grupo, y allí me tiraban de la lengua para saber de mis preferencias en materia femenina: qué muchachas me llamaban la atención, cuáles no y por qué, etc.

Entre los tabaqueros había uno más intelectual que el resto y que cuando decía algo lo hacía con la solemnidad de un oráculo. Y fue éste el que una de esas tardes en que yo conté sobre las muchachas que me gustaban y las que no, sin levantar la vista del cigarro puro al que en ese momento le ponía capa, me dijo:

“Carlos, en tu vida tendrás un problema con las mujeres, pues las que te lo darían no te gustan, y las que te gustan no te lo darán”.

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*2*

Cuando en septiembre de 1957 dejé la casa en que nací y me crié —o sea, que “abandoné el nido”, como dijo mi padre— y llevando por todo equipaje una maleta de cartón caminaba yo cuesta abajo a tomar el autobús hasta el puerto de Santa Cruz de La Palma desde donde viajaría esa noche en barco a Santa Cruz de Tenerife, un vecino —que sólo había estado unos años en Venezuela y regresado luego al pueblo— convencido, supongo, del importante cambio que ese día iniciaba yo en mi vida, me salió al paso y, a guisa de despedida, me dijo:

“Cuidado con la maleta; crea hábito”.

En ese tiempo, ni en sueños se me habría ocurrido que yo pasaría años de mi vida montado en un avión y entrando y saliendo de hoteles, siempre con mi inseparable maleta, lo que me llevaría a visitar, hasta hoy, más de 50 regiones o países de este mundo, y a volar en 55 diferentes líneas aéreas (solamente en dos de ellas, Pan American y American Airlines, acumulé casi un millón de millas), que varias veces extraviaron mi maleta,… pero ésta, muy fiel, volvió siempre a mí.

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*3*

A comienzos de los 70, la Sucursal Finanzas de IBM de Venezuela —donde yo trabajaba— operaba en la Torre Capriles en un espacio abierto en el que teníamos nuestros escritorios tanto analistas como vendedores y administrativos. A veces, cuando después de horas de oficina regresábamos al lugar a llenar reportes o hacer alguna tarea urgente, nos quedábamos luego hablando de todo un poco.

Un día entramos en una discusión un tanto filosófica que tocó preferencias personales, maneras de pensar y sentir, etc., tema en el que me explayé por un rato. Cuando lo di por terminado e iba saliendo para dejar el lugar, una señora de origen europeo que trabajaba en el área administrativa y que, en silencio, había escuchado todo, alzó su vista a mi paso y me dijo:

“Carlos, tú no eres planta tropical”.

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*4*

Cuando en 1976 compré la casa en la que aún vivo, alguien de mi grupo social llegó a la peregrina conclusión de que yo era rico y que, por tanto, además de comprar la casa debería también comprar carros nuevos, renovar cada pocos meses mi vestuario y el de mi familia, frecuentar restaurantes y clubes de lujo, etc. Cuando no hice tal, esa persona me dijo:

“Eres mal rico”.

Una vez que entendí a qué se refería, y aunque yo no tenía las riquezas que esa persona me atribuía, concluí que no le faltaba razón porque aunque yo fuera billonario continuaría con mi mismo estilo de vida.

Eso sí, crearía y subvencionaría una institución que, hurgando en la Historia desde los tiempos de Colón, se encargara de determinar y cuantificar la cuota de participación y responsabilidad de los canarios —también llamados isleños— en el desmadre que a través del tiempo se ha ido acabando con Venezuela.

[*FP}– La astrología, una ‘amancia’

Carlos M. Padrón

Ahora que la selección de las excolonias francesas casi gana la final del Mundial 2006 gracias a que su seleccionador, Raymond Domenech, aplicó la astrología para armar las alineaciones, se me antoja que es momento de dedicar más a este controvertido tema.

Supe de la existencia de la astrología a poco de llegar a Venezuela, pues mientras estuve en Canarias no recuerdo haber oído siquiera mencionar nada de ella, pero en Venezuela era común que la gente tratara de averiguar su signo y las características a él asociadas y, en el peor de los casos, consultaban el horóscopo casi a diario, lo cual me pareció una tontería.

Para aumentar mi mala opinión al respecto, aunque según las fechas “oficiales” del Zodiaco yo era Leo, por más que leía y releía las características de Leo no terminaba de identificarme con ellas.

En 1996, una compañera de trabajo me animó a que visitara a una señora estudiosa de la astrología, así que, con mi ánimo crítico —como siempre lo he tenido al entrevistarme con quienes practican lo esotérico, y armado de un bloc para tomar nota de todo apenas salir de la sesión—, me fui a ver a la señora y, de entrada, le dije lo que siempre dije a estas personas: “Vengo a que me contesten preguntas, no a que me las hagan. Así que, por favor, límite sus preguntas a las mínimas indispensables”.

La señora aceptó, y sólo me preguntó mi fecha y lugar de nacimiento, como entiendo que hacen todos los astrólogos. Se las di, echó mano de un libro con aspecto de tener muchos años, consultó y, mientras lo cerraba con mucho cuidado sacándose al mismo tiempo sus lentes de presbicia, me dijo;

—Usted es Cáncer, así que vamos a….

La interrumpí, entre intrigado y defraudado, y le dije:

—Perdone usted, pero, según las fechas que da el Zodiaco, yo soy Leo.

—No, señor, usted es Cáncer por todo el cañón, aunque tiene algo de Leo como le explicaré después. Pero antes, y para que vea que es Cáncer, déjeme que le diga cómo es usted.

Y acto seguido hizo de mí la mejor y más completa descripción que nunca, conociéndome o no, haya hecho persona alguna, así que, ante tal evidencia, tuve que aceptar que soy Cáncer. Pero entonces quise saber por qué el Zodiaco decía que yo era Leo.

La señora echó mano otra vez de sus lentes y del viejo libro, y mostrándome unas tablas con fechas, horas, signos y demás, me explicó que el año en que nací ocurrió algo que no es muy frecuente: el cambio de Cáncer a Leo se retrasó, y a la hora en que nací (las 16:30), todavía Canarias estaba totalmente dentro de Cáncer.

En los días que siguieron me puse a revisar diferentes fuentes, y en todas las que consulté encontré asociados a Cáncer la mayoría de los rasgos que la señora me había atribuido.

A partir de ese momento comencé a ver la astrología con otros ojos, y a tomar las descripciones —no los horóscopos que, repito, no me merecen crédito— como producto de una “amancia”, término que aprendí en España cuando un reputado astrólogo dijo en un programa de radio que la astrología no era una ciencia sino una amancia (la palabra no está en el DRAE), o sea, que no señala rasgos inalterables sino tendencias que podrían resultar alteradas por la educación, el medio, traumas personales, etc.

Hoy creo que el tal astrólogo tenía razón, así que en la sección Esotérico de las próximas publicaciones abundaré más sobre el tema de las descripciones, o rasgos característicos de cada signo, y la compatibilidad de pareja que, según Hispavén y otras publicaciones, cabe esperar entre ellos.

[*ElPaso}– Palmiro no había estado en La Caldera

09-07-2006

Carlos M. Padrón

Las Canales está en la parte alta de El Paso y es uno de los barrios más cercanos a La Cumbrecita, una de las entradas naturales al gran cráter y parque nacional de La Caldera de Taburiente —o, como ya he dicho, La Caldera, a secas— que atrae cada año a cientos de turistas, muchos de los cuales vienen a El Paso con el sólo propósito de conocer esa maravilla geológica.

Palmiro era un vecino de Las Canales que gustaba de sentarse en una pared, al borde del camino —o, mejor dicho, del barranco, ancho y casi plano, que viene a ser el Camino Real en el punto central de Las Canales— y fumar su cachimba mientras veía pasar la vida. Como buen campesino, hablaba poco y, las más de las veces, contestaba con frases del género lapidario.

Un día, mientras él estaba en su habitual aposento sobre la pared, se le acercaron dos turistas que venían caminando desde el centro del pueblo y, aunque con sus morrales a la espalda, lucían inusualmente elegantes y hablaban muy buen español, lo cual les permitió llevar a cabo con Palmiro el siguiente diálogo:

—Buenos días. ¿Es éste el camino a La Caldera?

—Pos yo creo que sí.

—¿Cómo que cree? ¿No ha ido usted a La Caldera?—, exclamaron, en el colmo del asombro, los turistas.

—No.

—¡Dios Santo, ¿cómo es posible?! ¿Tan cerca que está usted de La Caldera y nunca la ha visto?.

—Más cerca me queda el ojo del culo y no me lo he visto todavía.

No tengo datos sobre la reacción de los distinguidos turistas.

[*FP}– Agonía en La Caldera: 50° aniversario de una excursión que pudo ser mortal

Carlos M. Padrón

Como casi todas las tardes de verano, época de vacaciones escolares, la del 5 de julio de 1956 bajé a lo que llamábamos ‘La Plaza’ —o sea, el centro del pueblo— a reunirme con mis amigos.

Cuando ya oscurecía se me acercó Bero (Gilberto Cruz Calero) y me preguntó si yo querría ir con él, Wifredo (Ramos Hernández) y Lelo (Ángel Díaz Pino) a una excursión al interior de La Caldera, cráter considerado, en su género, el mayor del mundo, ubicado en el término municipal de El Paso, en el centro de la isla de La Palma, aunque yo no diría que La Caldera está en La Palma sino que La Palma es La Caldera, al menos su mitad norte; la sur podría ser consecuneia de la erupción del cráter. En la foto que sigue, La Caldera es ese hueco —cráter— en el centro de la mitad norte de la isla. Como claramente se ve, las paredes del cráter ‘son’ esa zona, paredes que en su parte norte alcanzan los 2.426 metros de altura.

La idea era partir en la madrugada del día 6, entrar al cráter por La Cumbrecita —la entrada que da a El Paso— llegar hasta la hacienda de Tenerra —que está en la vertiente norte del cráter, cerca del fondo— pasar allí la noche y salir el día 7 por la vía del barranco de Las Angustias, hasta desembocar en Los Llanos.

La idea me pareció buena porque yo sólo había estado en La Caldera cinco años antes, cuando contaba 12 de edad, y, aunque entonces recorrí con mi padre y hermano mayor la vía, relativamente buena y ancha, hasta una galería de agua llamada La Yedra, la experiencia fue un tanto traumática para mí porque mi hermano mayor, que iba detrás de mí, temiendo que yo, con mis maltrechas alpargatas, tropezara y cayera al vacío, me abrazaba de improviso a cada rato, con el consiguiente susto por mi parte, y me hacía constantes advertencias, todo lo cual me creó un cierto miedo a las alturas.

Y la idea de tal excursión me pareció buena también porque, después de los intensos estudios por los que había yo pasado para aprobar, apenas unos días antes, la reválida de quinto, consideré que me merecía algo diferente. Así que dije que sí.

Me fui a mi casa, les conté a mis padres, le pedí a mi madre que me preparara comida para llevar, desempolvé cantimplora y morral, y a las 02:30 de la madrugada del viernes 6 de julio de 1956 me puse en marcha cuestas arriba.

A poco se me unió Wifredo, el primero en la ruta desde mi casa hacia La Caldera, luego Gilberto y, por último, Lelo, que era el de más edad, unos 24 años, pues Wifredo tendría unos 21, Gilberto unos 19, y yo cumpliría los 17 a finales de ese mes de julio.

Lelo llevaba, además de morral y cantimplora, lo que llamábamos una lanza, una especie de pértiga, de origen guanche, usada por los cabreros para ayudarse en saltos. No es más que una vara, recta y muy pulida, de dos o más metros de longitud, con forma ligeramente cónica. El extremo más delgado es el que va hacia arriba cuando se usa la lanza para saltar, y el extremo más grueso lleva incrustada una pieza de hierro muy puntiaguda y es el que se fija contra el suelo al momento del salto.

En aquel tiempo podían verse aún en el interior de La Caldera cabras y ovejas salvajes. Había muchísima vegetación, mayormente pinos, y mucha agua, que al fluir por cascadas y cauces emitía un ruido de fondo permanente y bastante intenso.

Un pariente de Lelo, veterano en andanzas por La Caldera, le había advertido acerca de un raro fenómeno óptico que ocurre dentro de ese cráter y que hace que cuando se ha de atravesar un barranco, bajando desde lo alto de uno de sus bordes hasta el fondo y subiendo luego a lo alto del otro borde, desde el punto de partida se ve bien la ruta a seguir, pero una vez en ella puede darse el caso de que ya no se vea para nada cómo continuar, y se corra el riesgo de tomar una vía que lleve a destino equivocado.

Los senderos para transitar dentro de La Caldera no eran otra cosa que veredas labradas al costado de cerros formados, las más de las veces, por piedras muy frágiles. Las abundantes lluvias del invierno casi destruían en su totalidad estos senderos, especialmente en las partes donde atravesaban un estrecho cauce de roca sólida que si bien en verano estaba seco, en invierno había dado curso a mucha agua que en su caída destruyó el sendero.

Los primeros excursionistas del verano tenían que reabrir esos senderos y tomar todas las precauciones para no perecer en el intento, pues si bien uno de los bordes lindaba con la pared del cerro, el otro daba a un precipicio de muchos metros de alto. Una caída por ese lado era mortal.

Todo fue sobre ruedas hasta que nos tocó atravesar el primer cauce seco. El sendero llegaba bien hasta su borde sur y continuaba bien desde su borde norte, pero en el metro y medio entre ambos bordes no había sendero; el agua lo había destruido. Sólo había alguna que otra piedra que sobresalía del lecho vertical del cauce y que podría servir para la arriesgada maniobra de apoyar un pie, alzarse con un impulso rápido y saltar, llevando por delante el otro pie, hasta el borde norte.

Dado lo estrecho del sendero, caminábamos en fila india, aunque no recuerdo en qué orden. Sí recuerdo que al enfrentarnos con este problema, nos detuvimos en silencio y, luego de unos segundos de reflexión, el primero en la fila hizo lo ya descrito. El segundo y el tercero lo hicimos también, pues no íbamos a ser menos que el primero, pero cuando, estando ya los tres en el otro extremo del sendero, nos volvimos para esperar a que pasara el cuarto, nos encontramos con la desagradable sorpresa de que su pierna temblaba como una hoja al viento cada vez que intentaba apoyar el pie en la piedra del centro del cauce. Simplemente, no podía hacer lo que nosotros habíamos hecho… llenos de miedo, claro, pero fuimos lo bastante locos para hacerlo.

Entonces se nos ocurrió algo que, de verdad, sí fue una locura; y tanto que aún se me pone carne de gallina cuando lo recuerdo: Entre los tres sujetamos firmemente un extremo de la lanza y le hicimos llegar el otro extremo a nuestro compañero para que él lo usara como asidero y se atreviera así a dar el paso crucial.

Porque la lanza le infundió confianza, porque le dio vergüenza que por su culpa abortara allí la excursión o por lo que fuera, el caso es que se agarró de la lanza y pasó. Pero si hubiera caído al vacío, con él habríamos caído también los otros tres. De ese tamaño fue la locura que, para colmo, se repitió varias veces más.

A la hora del almuerzo, comimos sin dejar de caminar; sabíamos que sólo llegaríamos a Tenerra si aún había luz diurna. Dos de nosotros tuvimos conatos de insolación, pues al mediodía el sol era inclemente. Sin dejar de caminar, empapábamos pañuelos en el agua, muy fría, que corría por los cauces, y nos los poníamos en la cabeza. El agua del pañuelo se evaporaba en pocos minutos, pero repetíamos la operación una y otra vez, sin dejar de caminar.

A eso de las 4:30 de la tarde nos topamos con un dilema. Antes de bajar para atravesar un barranco vimos claramente que Tenerra nos quedaba ligeramente a la izquierda y detrás del cerro que formaba el otro borde de ese barranco. Y vimos también que desde el fondo del barranco partían dos rutas: una tomaba un tanto a la derecha y era una especie de escalera labrada en la roca viva de la ladera del cerro; la otra tomaba hacia la izquierda, por sobre un lomo que, en bajada, se acercaba cada vez más a Tenerra.

En ese punto tomé esta foto.

De izquierda a derecha: Wifredo, Gilberto y Lelo

La segunda opción nos pareció la correcta, así que al llegar al fondo del barranco, donde había agua en abundancia, corriente y en charcas, tomamos sin más a la izquierda convencidos de que en una o dos horas estaríamos en Tenerra.

El lomo por cuyo borde o tope discurría un sendero, estaba poblado de pinos, y la cantidad de pinillo (aguja de pino seca) que había acumulada en el suelo era tal que uno introducía el brazo en el manto formado por el pinillo caído y no lograba tocar suelo firme. Y como el pinillo contiene resina que lo hace resbaladizo, había que caminar con cuidado para no resbalar y rodar lomo abajo.

A poco de comenzar la bajada pudimos ver a nuestra derecha el barranco de Las Angustias y, al otro lado del barranco, la hacienda de Tenerra, lo que nos convenció de que íbamos por buen camino, pero al llegar a la cúspide del extremo más bajo del lomo… se nos acabó el camino. A nuestra derecha, y del otro lado del ancho barranco, veíamos la hacienda de Tenerra, nuestro ansiado destino, pero desde la cúspide del cono en que estábamos sólo partían pequeños cauces secos.

Suponiendo que al menos uno de ellos desembocaría en el barranco de Las Angustias, optamos por comenzar a explorarlos de izquierda a derecha, en el sentido de las agujas del reloj. Lo echamos a suerte y me tocó de último.

Los cauces que exploraron mis tres compañeros se hacían intransitables, por precipicios insalvables, poco después de la cúspide, pero el que me tocó a mí, el que apuntaba más directamente en dirección a Tenerra, era ancho y transitable, así que, ilusionado, comencé a descender por él mientras mis tres compañeros quedaron sentados en la cúspide esperando por mis noticias.

El lecho del cauce era bastante accidentado, con frecuentes desniveles de un metro o metro y medio que, al ir en bajada, pude salvar sin mayor problema. Unos 20 minutos después de iniciar el descenso, el cauce se estrechaba formando un caño de roca sólida, en forma de U, de apenas un metro de ancho que tenía una inclinación de más de 45 grados y una longitud de unos 4 metros; después, el cauce continuaba igual que hasta allí.

Me detuve en el extremo superior del caño y, sin pensarlo mucho, lancé el morral más allá de su otro extremo e hice algo que, de pequeño, practicábamos como un juego: comencé a bajar con pasos muy cortos y, cuando sentí que iba a resbalar, inicié una carrera de largas zancadas para ganarle a la velocidad de caída, y así, sin caerme, pude pasar el caño. Recogí mi morral y seguí bajando.

A las 6 de la tarde —con bastante luz aún porque era verano— llegué al final del cauce, que sí desembocaba en el barranco de Las Angustias… pero por medio de un precipicio como de 40 metros de roca sólida en caída vertical. A mitad del precipicio había una especie de escalón desde el cual crecía un pino que superaba el final del cauce hasta varios metros por sobre mi cabeza.

Analicé la posibilidad de saltar desde el borde del cauce, abrazarme al tronco del pino y descender por él hasta el escalón, pero abandoné la idea porque me di cuenta de que, aunque pudiera llegar al escalón, no había forma de que pudiera llegar desde él hasta el barranco. Así que, totalmente frustrado, me senté sobre un tronco de pino que había quedado atravesado y atorado en la boca del cauce porque el borde pétreo de la pared le había impedido caer al vacío.

No sé cuánto tiempo estuve allí maldiciendo mi suerte, pero es el caso que cuando quise levantarme para iniciar el regreso, no pude: estaba hecho una Z.

Según dijo un médico días después, sufrí una contracción muscular por haber estado caminando sin parar desde las 02:30 de la mañana. Y también por la deshidratación, pues convencidos de que cuando tomamos el camino del lomo en bajada llegaríamos pronto a Tenerra, no cargamos agua en las charcas del barranco de la bifurcación nefasta y, para colmo, en la larga bajada por el cauce en cuestión, yo había sudado mucho.

A lo lejos, y ahogados por el ruido del agua al correr, oía las voces de mis compañeros que, a gritos, preguntaban qué me había pasado, pues habían oído una especie de derrumbe. A gritos también les contesté que no había salida hasta Tenerra. Me pidieron que regresara y, para no alarmarlos, les pregunté si tenían agua, y cuando me dijeron que no (cosa que ya me temía), les contesté que entonces, como ya era casi de noche y yo tampoco tenía agua, me quedaría donde estaba y subiría a la mañana siguiente. La afonía por el esfuerzo para hacerme oír me duró casi un mes.

A medida que avanzaban las sombras de la noche y yo seguía sin poder moverme, me invadió el primer episodio, si no el único hasta ahora, de miedo a la muerte. Agobiado por la angustia me preguntaba qué sentido tenía una muerte así, a escasos días de cumplir 17 años, y de repente me sorprendí pensando que ya no volvería a ver a una muchacha que siempre me gustó pero a la que, por motivos de edad y carácter, no sólo no me había acercado nunca, sino que la había descartado desde hacía tiempo.

(La única explicación que para esto se me ocurre es que, presionado por la angustia, el subconsciente busca vías de escape o distracción más o menos agradables, y en ese para mí aciago momento me presentó la imagen de una muchacha que me gustaba y a la que no tenía yo vinculado ningún mal recuerdo, al igual que, años más tarde y mientras yo veía cómo mi padre agonizaba, me puse a cantar mentalmente “Como llora una estrella”).

Una luna llena esplendorosa asomó por encima de los cerros, y su imagen se reflejaba en el agua límpida que, 40 metros bajo mis pies, corría cantarina por el barranco mientras yo me moría de sed. En mi morral había comida, pero yo no tenía ganas de comer, sino de beber, y para ello intenté orinar pero no pude; no me salió ni gota.

Con el avance de la noche comenzó a subir por el cauce del barranco, y procedente del mar donde éste desemboca, “la blandura”, como se la llamaba en el pueblo: una columna de bruma blanca, cargada de humedad, que al llegar al centro del cráter aumenta su grosor hacia arriba y hacia los lados y puede verse desde afuera.

Poco después de que la blandura me envolvió comencé a recuperar la movilidad, me dejé caer del lado interno del tronco sobre el que había estado sentado, me saqué camisa y camiseta para ver de refrescarme de algún modo, y ahí, con el torso desnudo y a merced de millones de mosquitos que no se atrevieron a picar una piel de papel de lija, pasé casi toda la noche sin apenas pegar ojo porque el ruido del agua y la terrible sed me torturaban. Al fin, el agotamiento físico y emocional me venció y me dormí.

Cuando desperté, con las primeras luces del alba, al pasar la mano por la piel de mi torso sentía como si ésta fuera pergamino, y sonaba igual de áspero. Las comisuras de mis labios sangraban porque se habían agrietado. Y mi lengua, hecha como un cilindro, no cabía en la boca y sobresalía de ella más de un centímetro. ¡Qué fea es la sed!.

En ese momento oí que mis compañeros me decían a gritos que Wifredo y Gilberto iban saliendo a buscar agua en las charcas, y que Lelo bajaría a mi encuentro.

Evitando el acto masoquista de acercarme al borde del cauce —porque desde allí podía ver el agua cristalina, y ya el rumor que hacía era suficiente martirio para mí—, me vestí como pude, cargué con mi morral y comencé el ascenso hasta la cúspide donde habían quedado mis compañeros la tarde anterior.

Por lo accidentado del lecho del cauce se me hacía imposible subir por él, pues una cosa es bajar estando en buena forma física, y otra subir mermado de facultades. Así que, escarbando en el manto de pinillo y agarrándome de algún que otro tronco o piedra, alcancé el borde alto de uno de los costados del cauce y comencé a subir por él, a gatas la mayor parte del tiempo.

De pronto resbalé en el manto de pinillo y me deslicé, boca abajo y con los pies por delante, por el costado del lomo que daba al precipicio —el opuesto al que daba al cauce— y me encomendé a Dios convencido de que caería sin remedio al vacío. Pero al llevar los pies por delante y con las puntas hacia el suelo, éstas fueron abriendo en el manto de pinillo un surco cada vez más profundo, y de pronto mi caída se detuvo en seco porque las puntas de mis pies tropezaron con algo sólido: el borde, de piedra firme, del pretil del precipicio.

No puedo decir que me bañó un sudor frío, porque no tenía yo con qué sudar, pero sí se me heló la sangre y dejé de respirar. Me mantuve quieto por unos minutos, y al recuperar el aliento inicié el ascenso siguiendo el curso del surco que yo había abierto al bajar, y buscando asidero en los pocos accidentes que en su fondo pude hallar. Al llegar otra vez al borde alto del costado del cauce, reinicié la subida.

Tres veces en total se repitió esta horripilante caída hacia atrás y la consiguiente parada abrupta en el borde del precipicio; la tercera fue a la altura del caño de roca sólida que yo había bajado en carrera la tarde anterior. Y no teniendo fuerzas para más, rodeé con brazos y piernas el tronco de un pino al que pude llegar a duras penas, y decidí no moverme de allí hasta que llegara Lelo.

Sin embargo, el tronco era demasiado grueso y, como no pude abrazarlo bien, mi cuerpo comenzó a deslizarse hacia el lado del precipicio, con peligro de rodar de nuevo ladera abajo y no en la posición que me había salvado tres veces, sino seguramente de espaldas y cabeza por delante.

Mientras para evitar el inminente desastre trataba yo de sacar fuerzas de donde no tenía, oí que alguien silbaba, despreocupado, una tonada, y al levantar la vista vi que era Lelo que, con una soga a la bandolera, venía tranquilamente cauce abajo. De pronto levantó la vista, reparó en mí y quedó petrificado y con los ojos abiertos como platos.

Desesperado ante la gravedad de mi apariencia y de la situación en que me vio, quiso bajar el caño de roca sólida usando el mismo procedimiento que yo había usado la tarde anterior, pero dudó después del primer paso, frenó en seco, cayó sentado, y así se deslizó por los 4 metros del caño hasta su final, quedando con el culo al aire porque en ese recorrido perdió la parte trasera de sus pantalones.

Corriendo llegó hasta mí y detuvo mi inminente caída. Se echó mi morral a su espalda, me ayudó a incorporarme, unió mis manos y ató mis muñecas con un extremo de la soga y, caminando él hacia atrás, tiraba de mí mientras me daba ánimos para que yo avanzara.

Pero yo daba tres pasos y me caía. Y entonces Lelo, seguramente con una preocupación aumentada por la responsabilidad de ser el mayor del grupo, repitió esa operación una y otra vez hasta que logró llevarme a la cúspide del lomo donde él, Wifredo y Gilberto habían pasado la noche bajo un plan de supervivencia que consistió en que, mientras dos de ellos dormían, el tercero vigilaba por si alguno de los durmientes se daba vuelta y rodaba lomo abajo; y que si alguno no aguantaba ya la sed se enjuagaba la boca con un poco de agua que quedaba en una de las cantimploras… y la devolvía de nuevo al envase para que otro la usara. Repito, ¡qué fea es la sed!

En ese trance descubrieron que comer cebolla cruda (llevaban algunas para hacer ensalada) ayudaba bastante. Ellos tenían al menos eso; yo no tuve nada.

Agotado por el esfuerzo, y ante la difícil tarea de seguir remolcándome como hasta allí, Lelo decidió esperar a que alguno de los otros regresara trayendo agua. Y otra vez se escuchó el silbido despreocupado de una persona que se acercaba, y que resultó ser Wifredo que volvía de las charcas con una cantimplora llena de agua fresca.

Al verlo con tal despreocupación, Leo le gritó que se apurara, y el tono de su grito decía tanto que Wifredo se detuvo en seco, me miró, puso cara de haber visto al mismo diablo y, sin más, inició una carrera lomo abajo en dirección a mí, y era tal su desesperación que, antes de llegar a donde yo estaba —echado boca abajo, con la cabeza alzada y clamando por agua—, me lanzó la cantimplora que, como era de esperar, resbaló en el manto de pinillo e inició su descenso por la ladera.

Por increíble que parezca, Wifredo, sin reparar en el peligro, siguió tras la cantimplora a la misma velocidad de carrera que traía, logró atraparla cuando ya se había alejado varios metros ladera abajo y, corriendo hacia mí mientras la abría, se plantó sobre mi cuerpo, con una pierna a cada costado, e hizo algo que ni era lo que él quería hacer ni nunca ha sabido explicar por qué lo hizo: en vez de darme a beber agua, echó un buen chorro sobre mi cabeza.

De donde saqué fuerzas, no lo sé, pero al sentir el contacto del agua exhalé una especie de largo “¡Ihhhhhhhh!”, y un espasmo recorrió todo mi cuerpo haciéndolo saltar como si en su interior se hubieran soltado resortes. Luego de eso, Wifredo me dio agua para que yo bebiera. (El mismo médico que mencionó lo de la contracción muscular dijo que ese gesto de no darme a beber agua primero, sino echármela antes en la cabeza, posiblemente evitó males mayores).

Después de un descanso de tal vez una hora, los tres iniciamos el camino hacia las charcas. De ahí es esta foto (Gilberto, Lelo y yo, en camiseta), en la que, ya hidratado, mi “pinta” no refleja en nada las horribles 18 horas pasadas antes.

Desistimos de llegar a la hacienda de Tenerra y regresamos a La Cumbrecita por el mismo camino por donde habíamos venido, pero con una diferencia: esta vez, ya veteranos, nadie dudó un segundo siquiera a la hora de cruzar los puntos donde tanto miedo hubo el día anterior.

Cuando esta historia se supo en el pueblo, vinieron los lamentos, en particular de mi madre (q.e.p.d.) quien nunca creyó esta versión que aquí he dado, sino la para ella mucho más dramática —aunque en realidad, de haber ocurrido habría sido menos mala—: la de que yo había estado “envetado”, o sea, atrapado en una grieta (veta), condición en la que han muerto varios turistas que han menospreciado los peligros que encierra La Caldera y han entrado a ella solos y sin registrarse.

***

06 de Julio de 2006. Hoy se cumplen 50 años del inicio de esta aventura que por poco me cuesta la vida. Los tres amigos que me acompañaron viven todos en Canarias, y de ahí que yo haya decidido ir a Canarias este mes —y espero poder mantener activo desde allá el contacto por vía de este blog— a celebrar con ellos, mis queridos amigos de hace más de 50 años, el medio siglo de nuestra odisea en La Caldera, y a dar gracias a Dios porque, a pesar de todo, salimos bien librados de ella.

Con esos amigos disfruté en su momento del ambiente único de un estilo de vida que con su bagaje de costumbres y tradiciones le daba a El Paso un sabor que ya pasó a la historia.

En el olvido quedaron las siegas, las acarreas, las trillas, las recogidas de almendras, las “matazones” de cochino, los “asaltos” y los bailes, la solemnidades de Semana Santa plenas de una música y un ambiente sobrecogedores, los ensayos y actuaciones de nuestra coral y grupo teatral, las misas dominicales y los subsiguientes paseos en los que me fijé en la muchacha que evoqué en La Caldera, mirándola desde lejos, y conservando la distancia.

Estas vivencias nos marcaron a todos, pero tal vez para mí —que soy el único de los cuatro que está fuera de Canarias desde hace 45 años, y fuera de El Paso desde hace 49— revistan más importancia que para ellos porque la lejanía de mi pueblo exacerba la nostalgia que siento por aquella época de mi adolescencia cuando me abrí al romanticismo y, llevado por las ilusiones de juventud, veía ante mi un sinfín de caminos de entre los que creía que podía tomar casi el que yo quisiera, y soñaba con una vida llena de promesas, amor y oportunidades; algunas ya pasaron, otras culminaron en fracaso, otras nunca se presentaron,… y así el sinfín de caminos se redujo a muy pocos, y aumentó la nostalgia.

Llevado por ella, entre el 23 y el 27 de abril de 1984, y usando como base la melodía “Vino griego” en arreglo de Anthony Ventura, escribí y grabé, en la forma que ya he mencionado en artículos previos, la canción “Tiempos de ayer” que les dejo como cierre al relato de la odisea en La Caldera.

Y esta composición composición fotográfica hecha por Wifredo —quien es, desde hace años, reputado profesor de Bellas Artes, y actual cronista oficial de El Paso— en julio/1992 cuando él, Gilberto y yo nos reunimos en Tenerife para el 36 aniversario de esta misma aventura.

19920708=Commemoración segun Wifre

[*ElPaso}– Más sobre la Fiesta del Sagrado 2006

05-07-2006

Carlos M. Padrón

De las obras que Santiago González presentó en la Fiesta del Sagrado de este año, incluí sólo dos fotografías en el artículo La fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, publicado el 28/06/2006: una general, en la que pueden verse de lejos todas las obras, y otra, de cerca, de la imagen del Sagrado Corazón.

Juan Manuel González Calero, un hijo de El Paso, me ha mandado otras fotos entre las que están, tomadas de cerca, las del resto de las obras de Santiago, que son cuadros de las iglesias y ermitas que hay en El Paso.

Como dije en el artículo antes mencionado, los materiales usados por Santiago son cáscara de huevo molida y teñida, y semillas naturales,

Aquí van las fotos de las iglesias y las ermitas, precedidas de su nombre y algunos otros detalles:

Iglesia Nueva. La que está oficialmente en uso y cuya torre tiene un reloj de cuatro caras, cada una mirando hacia cada uno de los puntos cardinales.

Iglesia Vieja. Ubicada en lo que por años fue «el centro de La Plaza», es la que se usaba antes que la nueva, y la misma que, según se dijo en el artículo La creación de El Paso (1/3), fue puesta bajo la advocación de Nuestra Señora de Bonanza antes de la creación de El Paso como municipio.

Ermita del Pino. Está en el borde Este del pueblo, lejos de zona habitada, en las faldas de la llamada Cumbre Nueva, y junto al pino, centenario, que aparece también en el cuadro. En un hueco del tronco de ese pino fue encontrada, hace siglos, la imagen original y muy pequeña de la virgen, imagen que aún se conserva en la ermita.

Ermita de Las Manchas. Está en el barrio del mismo nombre, al sur de El Paso.

Ermita de San Martín de Porres. En la parte alta del barrio llamado Barrial de Abajo.

Carreta, presentada por el barrio de Tajuya. En la foto del artículo anterior no se ve su contenido; aquí sí. Materiales: badana, macarrones y corcho de pino.

[*Opino}– El odio de Europa, o el rencor contra la excelencia

04-07-2006

Carlos M. Padrón

Excelente artículo éste que sigue. “Rencor contra la excelencia” me parece la expresión que mejor define lo que palpé personalmente en Europa, y sobre todo en España, durante los dos años y medio que viví en Madrid. Vuelve a darla al razón a Ortega y Gasset en su “La rebelión de las masas”, y explica bien el antigringuismo crónico, corrosivo y visceral (por tanto, irracional) que impera allá por sus fueros.

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04 de Julio de 2006

Juan F. Carmona y Choussat

Europa sigue cegada, y lo que no sabe es que no es por un desprecio razonado frente a otro que a su entender no lo hace bien, sino por odio y rencor contra la excelencia, incluso dentro de ella misma. Nada bueno salió jamás de tal actitud.

Resulta curioso advertir la deliberada voluntad de las instituciones de la Unión europea por dejar de hablar de las cosas que realmente importan. Constatado el fracaso, en términos de la jerga comunitaria, del último Consejo europeo de primavera 2006, porque no se ha «avanzado» y porque para bien de todos la Constitución europea sigue en barbecho, podían haberse dedicado a hablar, quizá sin más aspiraciones, de las auténticas preocupaciones de Europa. Si lo hicieron, no consta en las conclusiones de la presidencia.

Para orientar los pasos perdidos de Europa y la tendencia de sus medios dominantes, nada mejor que la referencia a un par de escritos de Bruce Bawer, puesto de moda por una interesante recensión de Álvaro Martín en Libertad Digital (www.libros.libertaddigital.com/articulo.php/1276231881).

Bruce Bawer es un escritor homosexual que decidió mudarse a Europa por estimar que aquí las cosas iban mejor que en su Nueva York natal respecto a la integración de todos en la sociedad, y a la menor influencia —o sea, ninguna— de lo que él llama los “fundamentalistas cristianos”. Hay que mencionar que Bawer es autor de un libro titulado «Apropiándose de Jesús» (1997) donde se declara episcopaliano (la vertiente americana del anglicanismo) y rechaza algunos excesos en las ramas más en boga del protestantismo americano. Pues bien, tras algunos años en Europa (desde 1998 en Ámsterdam y Oslo principalmente), ha visto la luz y ha puesto en negro sobre blanco cuáles son nuestros defectos y cuáles nuestros males.

El libro más reciente de este hombre de talento es «Mientras Europa dormía», pero hoy se hará referencia a dos largos ensayos publicados en la revista literaria «The Hudson Review» en los años 2004 y 2006.

Respecto al primero, «Odiando a América», permítase una breve introducción.

Existe un fenómeno sobre el que rara vez se llama la atención: el rencor contra la excelencia. Tradicionalmente, en las sociedades sanas, se ensalza al mejor, al excelente, con el objetivo de rendirle justicia y de que sirva como ejemplo para emularlo. El viento que recorre Europa, desde hace largo tiempo ya, es el contrario.

En efecto, la ambición de mejorar a través de una figura ejemplar a la que imitar, obliga al esfuerzo y a la exigencia, ha quedado derogada y es reprobable. La fiebre por lo igualitario — que es sustancialmente lo contrario del principio de igualdad que implica tratar por igual a lo que es igual, y desigualmente a lo que es desigual— ha llevado a olvidar que la incitación a lo mejor es lo único que hace progresar a las sociedades y a las personas.

El origen de esta actitud es bastante lejano. El famoso libro de Ortega, “La rebelión de las masas”, de 1930, hacía hincapié en la barbarie del especialismo, y en la «democratización» del saber. Consideraba el gran filósofo español que la mayor parte de los hombres en casi todas las esferas de nuestra vida somos “masa”. Es decir, no tenemos la capacidad para ser minoría rectora. Así por ejemplo, cuando nos subimos a un avión, no se nos ocurre poner a votación entre los pasajeros cuál debe ser la ruta a seguir, la altitud por la que transitar, o la manera de pilotar el vehículo. Aunque cualquiera de los viajeros sea una eminencia en otra materia.

Sin embargo, la actitud del hombre masa lleva a reclamar —exigir, en palabra amada por nuestro tiempo— juzgar e intervenir en todo aunque seamos ignorantes en ello. El rencor contra la excelencia lleva, en una primera manifestación, a pretender mandar en aquello que se desconoce. Equivale a reclamar, en términos orteguianos, la razón de la sinrazón.

Europa entera padece de la actitud del hombre masa, que también es la del niño mimado o del señorito satisfecho. Quiere mandar y dominar, y no aguanta que se le lleve la contraria, pero no está dispuesta a presentar ningún título que justifique que se le dé la posición que reclama.

Pues bien, el escrito de Bawer, publicado también en 2004 por «FrontPage magazine», hace un repaso de su despertar intelectual a los defectos de Europa. Lo hace al hilo de la publicación de una serie de libros sobre los Estados Unidos, en los que se advierte la actitud descrita.

Algunos los europeos no quieren reconocer que los Estados Unidos no son una cosa ajena a nosotros, sino emanación nuestra. Por ello, y por ser el lóbulo más al Oeste de esa realidad que llamamos Occidente y de la que, al parecer, todavía formamos parte, el odio hacia ese país es de hecho una manera peculiar de odiarse a uno mismo. Por una extraña manifestación psicológica difícil de comprender, el reconocimiento de una serie de debilidades propias, lleva no a tratar de enfrentarse a ellas, sino al rebajamiento de excelencias ajenas. En efecto, parece creerse que denigrando del que es mejor, o al que ha hecho mejor tal o cual cosa, nuestra inferioridad va a convertirse, como por ensalmo, en una superioridad. Esto requiere dos cosas. Por un lado saberse inferior en una materia determinada; por el otro, no tener la más mínima intención de dejar de serlo y de emular la excelencia, sino trocarla por una actitud en la que presumimos de nuestra deficiencia tratando de presentarla como una virtud.

Para Bawer, en las relaciones de Europa con América, hay que tener en cuenta que las mayorías que forjan el pensamiento aceptable en el ambiente público europeo sostienen que mientras los americanos creen en una serie de ideales inocentes y simplistas, los europeos son más conscientes de las complejidades del mundo real y son más capaces de apreciar sus matices. No está de más recordar una de las famosas frases de Reagan: «Dicen que el mundo es demasiado complicado para respuestas sencillas; se equivocan».

Bawer admite que los Estados Unidos se fundan en una idea, a saber, la idea de libertad que, lejos de alejarles de la realidad, ha llenado su existencia. Afirma: «La profundidad de nuestro compromiso como pueblo hacia esta idea la hemos demostrado mediante una revolución, una guerra civil, dos guerras mundiales, varias guerras menores, y la denominada Guerra Fría. Es, en breve, una idea absolutamente indisoluble de nuestra realidad de todos los días, la vivimos y la respiramos». Y, en este momento, Bawer enlaza dos problemas, el del antiamericanismo con el de la amenaza del Islam radical explicando que, tal y como lo ha entendido Robert Kagan —uno de cuyos libros ha estudiado en el artículo— Europa se funda en una idea que está peligrosamente alejada de la realidad. ¿Y cuál es ésta? Que el mundo ha llegado a una etapa que se encuentra más allá de toda guerra. O sea, a la «paz». Sostiene Bawer que mantener viva esa idea «requiere que uno ignore realidades peligrosas, tales como el creciente problema del Islam militante dentro de las propias fronteras de Europa».

Se enlaza así la idea de que esta percepción de una Europa que desprecia a su contraparte occidental por un extraño fenómeno de odio hacia sí misma, le lleva a dos tendencias suicidas: renegar de la democracia liberal, que es tan suya como americana, y renegar de su propia identidad, disfrazándola con el abrazo de una nueva religión relativista.

Concluye Bawer que los europeos se burlan de la religiosidad americana. Recuérdese la perspectiva del autor, crítico con su propia sociedad. «Los intelectuales seculares de Europa occidental, sin embargo, tienen su propia versión de la religión. Es un credo social demócrata que deifica organizaciones internacionales como la Cruz Roja, Amnistía Internacional, y, sobre todo, la ONU. No la OTAN, que está para hacer la guerra, y que por ello ha sido la diana de muchas de las críticas europeas de los últimos años. Lo que aman son las ONGs que están para la paz, el amor, la fraternidad y la solidaridad, y se convierten así, para las elites de Europa occidental, en organismos más allá de la crítica puesto que conforman la idea más apreciada de lo que Europa cree de sí misma y de la manera en que el mundo funciona, o debería funcionar. El entusiasmo de las elites acerca de estas instituciones, sean o no genuinamente efectivas o admirables, es asunto de mantener una cierta imagen y la ilusión de un mundo íntimamente ligado a su identidad como social-demócratas. Según indica Kagan, la ofensa imperdonable de los Estados Unidos es que disputa esa imagen (…) y el grado en que la realidad de América está distorsionado en los medios de Europa occidental es una medida de la necesidad desesperada de las elites por mantener esa imagen (…)».

Termina diciendo: «A veces me parece un milagro, francamente, que América tenga siquiera algún amigo en algunos sitios de Europa occidental, dado el constante antiamericanismo de las noticias. No hay duda de que el obstáculo principal a la mejora de la comprensión y la armonía entre los Estados Unidos y Europa Occidental son los medios de comunicación dominantes (the media establishment). Es un obstáculo que de alguna manera hay que superar, porque la civilización está asediada, y América y Europa se necesitan el uno al otro quizá más que nunca.»

Pero frente a la actitud sana parece que no salimos de la patología. Porque la cuestión es clara, no se trata siquiera de que se odie a otro, sino de que hay un extraño rencor hacia lo bueno que pueda encontrarse, allá o aquí mismo, y que quizá se comparte con América. Y, si se comparten muchas cosas con la otra parte de Occidente, ¿con quién comparte Europa estos caracteres enfermizos? Con el Islam militante, del que dice Bawer que se ha ido situando entre nosotros, mientras dormíamos. Más bien, mientras odiábamos.

Esto nos lleva a «Crisis en Europa» (http://www.hudsonreview.com/bawerWi06.pdf) donde Bawer reflexiona sobre los aspectos relevantes para Europa de la influencia islámica, y lo hace mediante la explicación del contenido de una serie de libros recientes sobre el asunto. Desde «Rabia y Orgullo» de Oriana Fallaci, hasta «Free World» del columnista del «The Guardian» y «El País», Garton Ash, pasando por «Eurabia» de Bat Yeor.

Habla entre otras cosas de la permisividad respecto a la inmigración y la seducción de un multiculturalismo malentendido, cuyo resultado es «por desgracia, una generación de jóvenes musulmanas nacidas en Europa, muchas de las cuales están tan encerradas y oprimidas que sus bisabuelas como cuando estaban en un pueblecito del Norte de África o el Sur de Asia, y una generación de jóvenes hombres musulmanes nacidos en Europa muchos de los cuales no tienen conocimientos ni buen comportamiento, y están poseídos de un desprecio hacia sus benefactores (…) que los hace muy vulnerables a la seducción de profesores islámicos radicales y a reclutadores de terroristas».

Destaca Bawer del libro «La crisis del Islam» —del famoso estudioso inglés del mundo musulmán, Bernard Lewis, afincado en los Estados Unidos— el hecho de que, para la religión musulmana, Satán no es un imperialista ni un explotador, sino un seductor. Lo que provoca a los islámicos sería más bien la seducción de la cultura americana; sería la propia atracción que les suscita la que los lleva a rechazarla.

Más incisivas son las palabras contenidas en «Porqué no soy musulmán» firmado con el seudónimo Ibn Warraq, escrito en 1995 como respuesta a la fatwa contra Rushdie. Después de sostener que el mundo islámico no puede admitir una auténtica sociedad civil, y después de afirmar que el Islam es incompatible con la democracia y los derechos fundamentales, concluye: «La batalla final no será necesariamente entre el Islam y Occidente, sino entre aquéllos que valoran la libertad y aquéllos que no».

Destaca igualmente la obra de David Horowitz, un converso al conservadurismo liberal desde el Marxismo, con el gráfico título de «Una alianza no santa» en la que subraya la conexión entre ciertos elementos izquierdistas y el fascismo islámico. Lo ilustra con las conexiones existentes, durante más de setenta años, entre el totalitarismo occidental y los extremistas musulmanes.

Todavía más lejos va «La hija del Nilo» que es lo que significa Bat Ye’or en hebreo. Esta judía egipcia con residencia en Suiza advierte en «Eurabia» de la existencia de un modelo extendido de colaboración política, económica y académica entre la elite izquierdista europea y los gobiernos árabes.

Cita Bawer otros libros como «La traición francesa a América» de Kenneth Timmerman, «Quién tiene miedo del Islam», del profesor de la Sorbona, Guy Millière, o «Alá lo sabe mejor», colección de irreverencias varias del asesinado Theo Van Gogh. Termina no obstante con uno de los representantes de lo que considera el «establishment», Garton Ash. «Dejar a un lado estos libros, que iluminan los desafíos ante los que se encuentra Europa de una u otra manera, para estudiar «Mundo libre» de Timothy Garton Ash es como atravesar el cristal que hay entre la realidad y la fantasía». Lo considera «un perfecto ejemplo de la mentalidad de la elite europea en toda su arrogancia, autoengaño, e insensatez». Opina que Ash intenta, a la típica manera de los que hoy ocupan los puestos en Europa, que debe cambiarse la perspectiva desde la libertad a la pobreza. En lugar de liberar a la gente de los dictadores, deberíamos asegurarla frente a la menesterosidad. «Lo que es más, junto con otros elitistas europeos, desconfía de un patriotismo genuino (es decir, nacional), pero adora la Unión europea».

Dice Bawer: «¿Acaso no puede ver que su propia actitud frente al terrorismo y los musulmanes europeos es un eco suicida de aquel antiguo mal del apaciguamiento europeo?». Respecto a la idea de Ash de que la felicidad no se puede comprar en Wal-Mart (El corte Inglés americano), añade: «Uno podría argumentar, igualmente, que la felicidad no puede ser tampoco la obra de ingeniería de Estados del bienestar (…) y mientras que los Estados Unidos no pretenden proporcionar la felicidad (la idea originaria americana es que el Estado le deja a usted en paz, dándole espacio en el que pueda encontrar su propia felicidad), la premisa de la social democracia europea es que el Estado, si es suficientemente interventor, podrá encontrar una receta que logre el mayor grado posible de felicidad para su ciudadanía».

Por fin, Garton Ash se hace un extraño ideal de la Europa de 2025 en la que existiría una asociación —¿puede decirse alianza?— entre Europa, los países árabes y Rusia, que se extendería desde Marrakech hasta Vladivostok, pasando por El Cairo y Bagdad. «No sería poca cosa», afirma. Y concluye Bawer: «No, no sería poca cosa, sería Eurabia».

Volviendo a las conclusiones de la presidencia del último Consejo europeo, se habla en ellas del mantenimiento del «modo de vida europeo», quizá algo así como un contra modelo al «American way of life». Los dos primeros epígrafes se dedican al desarrollo sostenible y al «cambio climático». Cualquiera hubiera pensado que el modo de vida tenía algo que ver con las pulsiones europeas tan reales que se acaban de comentar. No hay referencias a éstas.

Pero lo más sorprendente, a la luz de la tendencia de la evolución de Irak hacia una democracia liberal tras los incontables esfuerzos estadounidenses, es una declaración, en un anejo a las conclusiones, precisamente sobre «el país de los dos ríos». En ella la Unión da la bienvenida al nuevo Gobierno, propone seguir defendiendo el Estado de Derecho y la reconciliación nacional, y apoya expresamente una serie de medidas: fomentar el modelo democrático de Gobierno en Irak, promover el Estado de Derecho y el respeto a los derechos fundamentales, y apoyar la recuperación económica y la prosperidad. Todo ello es lo que han hecho, efectivamente, los Estados Unidos a un enorme costo en vidas humanas, constantemente criticado por muchos Estados de la Unión, y con una prensa europea flagrantemente en contra. Los resultados prácticos sólo los han puesto los Estados Unidos, y ciertamente los Estados europeos, que como Estados nacionales, no como UE, han apoyado políticamente, con ayuda humanitaria o militar a la coalición en Irak, que no son todos. Ahora que la situación mejora, mientras la prensa dominante apenas disimula su decepción, la Unión reclama para sí la buena conciencia de sus «principios» ajenos a toda consecuencia práctica. Y la prueba de que no pretenden tener ninguna consecuencia real, y que en el fondo desean que Estados Unidos no se lleve ningún crédito, es que terminan subrayando «el deseo de continuar apoyando el papel de la ONU en Irak». Parecen actuar como si la convocatoria de elecciones y la formación de un Gobierno se hubieran hecho solos, por casualidad.

Europa sigue cegada, y lo que no sabe es que no es por un desprecio razonado frente a otro que a su entender no lo hace bien, sino por odio y rencor contra la excelencia, incluso dentro de ella misma. Nada bueno salió jamás de tal actitud.

Fuente

[*FP}– Una experiencia ESP personal … hace 37 años

29-06-2006

Carlos M. Padrón

El domingo 25/05/1969, a primera hora de la mañana, me despertó en mi domicilio en Caracas la llamada telefónica hecha por mi hermana mayor desde El Paso —algo bastante complicado para la época— para informarme de que a nuestro padre le había dado un ACV (en realidad dijo que se había «congestionado”, que era la expresión que entonces se usaba allá) en la tarde del sábado 24.

Cuando desde mis 15 años mi padre me presionaba para que yo viniera a Venezuela —donde ya estaban desde hacía mucho tiempo mis dos hermanos mayores— me negaba una y otra vez argumentando que siendo ya él un hombre de 70 años no quería yo, el único hijo varón que le quedaba en la casa, dejarlo solo en un medio agropecuario, duro por definición.

Ante esto, y tal vez emotivamente movidos por algo que yo hice en la Navidad de 1960 (y que tal vez relate más adelante), mis hermanos decidieron traernos a todos —mis padres, mis dos hermanas y yo— a Venezuela, con lo cual mi argumento quedaría sin base. Y así ocurrió; en julio de 1961 llegamos todos a Venezuela.

Pero en marzo de 1963 esos “todos” regresaron a Canarias,… excepto yo, que me quedé en Venezuela con el para mí firme y único propósito de reunir 100.000 pesetas (unos 10.000 bolívares, ó 3.500 dólares, para la época) y regresar enseguida a Canarias a casarme con la novia que allá había dejado, pues 40.000 pesetas era el precio que entonces tenía, puesta en Canarias, una casa prefabricada en madera, y eso, una vivienda —que no sé dónde diablos la iba yo a montar— era, en mi opinión, toda la infraestructura que necesitaba para casarme; las menos de 60.000 pesetas restantes alcanzarían para todo lo demás,… creía yo. Tal nivel de locura puede dar una idea del por qué de mi aversión al drogamoramiento.

Sin embargo, al quedarme lejos de mi padre me hice la promesa de que si algo malo le pasara a él, yo regresaría a El Paso de inmediato para estar a su lado cuanto antes. Y, en forma por demás obsesiva, me di a la tarea de reunir los 10.000 bolívares.

Para cuando logré reunirlos ya había caído yo en cuenta de que mi plan anterior era una locura, así que seguí reuniendo, y a comienzos de 1964 volví a Canarias, me casé, y con mi mujer regresé a Venezuela. Sin embargo, mantuve intacto y en vigencia el plan para la eventualidad de que a mi padre le ocurriera algo malo, y eso era lo que había ocurrido el fatídico 24/05/1969.

Mi plan incluía, por supuesto, tener al día —y al día lo tenía— mi pasaporte, y a mano algún dinero. Así que, aunque ese 25 de mayo, día en que recibí la llamada de mi hermana, era domingo, salté de la cama, me alisté en un santiamén, y echando mano de mi pasaporte salí disparado a casa de Don Domingo Almenara (q.e.p.d.), paisano y dueño de una agencia de viajes. Con toda la angustia que me embargaba, le conté lo ocurrido y le pedí que, por favor, me pusiera YA a bordo de un avión hacia España.

Algo vio Don Domingo en mi petición que lo motivó a tomar acción inmediata, y, gracias a sus diligencias —por las que le estaré siempre agradecido— esa tarde volé de Maiquetía a Madrid, y en la mañana del 26/05/1969, de Madrid a Tenerife y enseguida de Tenerife a La Palma. En el aeropuerto de La Palma, entonces en Breña Alta, me esperaban unos parientes que en su vehículo me llevaron hasta mi casa natal, en El Paso, en la que, ante la incredulidad de todos, entré sobre la 1 de la tarde del lunes 26/05/1969, apenas unas 26 horas después de haber recibido en Caracas la llamada telefónica de mi hermana.

Postrado en su cama yacía mi padre casi inconsciente. Y digo casi porque, aunque no articulaba palabra y su mirada carecía de foco y estaba apagada, cuando hablé en su proximidad pero antes siquiera de darle un beso, dos lágrimas rodaron por sus mejillas.

Los días que siguieron estuvieron cargados de angustia para todos en la familia y en la vecindad. Los tratamientos renovados, los medicamentos y los cuidados, de poco sirvieron, pues llegó un momento en que el estado de mi padre se estabilizó de forma tal que el médico tratante nos dijo que igual podría durar una semana como seis meses o más, y que lo lógico era que yo regresara a Venezuela. Ante esto, mi madre, aunque con visible dolor, me pidió que sí, que regresara a Venezuela a atender a mi familia, pues cuando salí para Canarias había dejado a mi hija mayor, para entonces de 20 meses de edad, convaleciente de una misteriosa afección que por poco se la lleva.

Más que angustiado por abandonar así a mi padre, me fui a Tenerife con el plan de volar a Las Palmas y desde allí a Venezuela. En Tenerife me esperaba un amigo, un jefe italiano que yo había tenido en Olivetti y que había volado desde Milano para reunirse conmigo.

El viernes 20/06/1969 —hace hoy 37 años— este amigo me pidió que lo acompañara a una dependencia oficial en Santa Cruz de Tenerife para un trámite que debía hacer. Como no me dejaron entrar al despacho del funcionario con quien mi amigo había hecho cita, me quedé solo en la antesala viendo con sorna, a través de un tabique de vidrio, como mi amigo, con su mal español, hacía esfuerzos para entenderse con el funcionario.

De pronto, y sin justificación alguna, sentí en el pecho una enorme opresión que casi me impedía respirar. Instintivamente me llevé al pecho la mano derecha y con movimientos circulares me lo froté con fuerza en un desesperado intento por conseguir, como fuera, algo más de aire. No habían pasado 10 segundos cuando algo me hizo entender la causa de este extraño y repentino fenómeno, que desapareció en ese preciso momento. Mi reloj marcaba las 10:15.

Sin más preámbulos ni despedidas, golpeé con fuerza el vidrio del tabique, con un gesto de mano me despedí de mi amigo, y partí en carrera hacia la Plaza Candelaria, donde yo sabía que había teléfonos públicos.

Desde uno de ellos llamé a mi suegra, que para entonces vivía en La Laguna y que contestó al primer repique.

“¡¡Qué pasa!!”, fue el grito con que correspondí a su habitual “Diga”.

Su sorprendida respuesta fue:

—Carlos, ¿por qué me preguntas eso?

—¡¡¡Quiero saber qué pasa!!!”, contesté desesperado.

—Que llamaron de tu casa de El Paso. Quieren que regreses porque tu padre está agonizando.

Corrí hasta las oficinas de Iberia —para entonces en la Av. Anaga, cerca de la Plaza Candelaria— compré un pasaje, abordé un taxi, pasé por La Laguna, recogí mi equipaje, continué en el mismo taxi hasta el aeropuerto de Los Rodeos, y desde allí en avión al aeropuerto de La Breña, en La Palma, donde, al igual que la vez anterior, unos parientes me recogieron y me llevaron a mi casa tan rápidamente como pudieron.

Cuando entré a la habitación donde en una cama tipo hospital yacía inerme mi padre, en la cama de al lado estaba sentada mi madre, recostada contra la cabecera, lanzando sollozos entrecortados y abriendo mucho su boca en evidente busca de aire, mientras con movimientos circulares de su mano derecha no paraba de frotarse el pecho tratando de conseguir el aire que le faltaba.

Mis hermanas me dijeron que cuando mi padre acusó un claro coma, mi madre se sentó en su cama, donde la encontré, y llorando comenzó a gritar:

—“Dios mío, ¡¡que tenga yo que pasar sola por esto mientras mi hijo está tan cerca!!

Y sus gritos eran acompañados por un constante jadeo entrecortado y un frotarse el pecho con su mano derecha como si tuviera dificultad para respirar.

Pregunté a mis hermanas a qué hora había ocurrido eso. “Como a las 10 y cuarto”, fue la respuesta.

Mi padre expiró en la madrugada del martes 24/06/1969 a las 04:17, y Dios me permitió ser la persona que más cerca de él estuvo, acariciando en sus últimos momentos su lívido y macilento rostro.

En junio de 2001 me hice una pregunta. ¿Fue mi madre el “vehículo transmisor” de la señal que recibí aquel 20/06/1969 a las 10:15? Siempre creí que sí, pero a pesar de que a comienzos de los 90 tuve mientras dormía otra experiencia de este tipo y desperté de golpe sabiendo la respuesta a una pregunta que me atormentaba, cuando mi madre murió, víctima también de un ACV, sobre las 02:00 de la madrugada del jueves 31/05/2001, yo dormía en mi casa y nada de ESP me ocurrió.

ESP = Extra Sensorial Perception (Percepción extra sensorial)

[*ElPaso}– La fiesta del Sagrado Corazón de Jesús 2006

28-06-2006

Carlos M. Padrón

Desde que tengo memoria, cada mes de junio se celebra en El Paso, el segundo domingo después del jueves de Corpus, la fiesta en honor del Sagrado Corazón de Jesús, más conocida como “Fiesta del Sagrado”.

Por motivos para los que nunca he sabido que haya explicación, El Paso tiene una vena artística por encima de lo normal, y que no existe en igual proporción en otros pueblos de La Palma —excepto tal vez Mazo—, ni de las otras islas.

Sin haber recibido educación formal al respecto, han surgido en El Paso músicos —en composición y ejecución—, poetas, pintores, cantores, etc., y, con el tiempo y el advenimiento del turismo, principalmente europeo, la Fiesta del Sagrado ha devenido en una especie de museo en el que, sólo por pocas horas, se exhiben al asombrado público verdaderas obras de arte realizadas en su totalidad con productos naturales —propios del pueblo en su mayoría— y por manos y talento locales.

En La Plaza (el centro de El Paso), cada barrio tiene reservada una zona específica para la colocación de lo que haya decidido construir para esa fiesta, y las obras de los barrios se unen entre sí por una alfombra, o franja estrecha sobre el piso, hecha igualmente de productos naturales, que también tiene su cuota de valor artístico.

Desde la tarde-noche del sábado anterior al día de la fiesta, se reúnen en La Plaza los vecinos (director artístico, realizadores, ayudantes, etc.) de cada barrio y pasan toda la noche montando y realizando en el área que les corresponde la obra que desde poco después de la anterior Fiesta del Sagrado comenzaron a idear, a diseñar y a buscar los productos para realizarla.

Todo debe estar listo en la mañana del domingo, cuando el pueblo se llena de turistas que armados de cámaras de TV, fotos, etc., llegan expresamente para admirar y guardar en imáganes lo que esos vecinos crearon con sólo su ingenio, su increíble habilidad manual y su gran sentido artístico.

La procesión del Sagrado Corazón sale en la tarde del domingo, y avanzando por sobre las alfombras va destruyendo a su paso gran parte de esas obras de arte (por eso han dado en llamarlas de «arte efímero»). Algunas, sin embargo, quedan intactas y pasan a ser colección de lugares públicos.

De entre las muchas fotos que por cortesía de Mari Carmen Taño Padrón recibí de la fiesta de este año, celebrada el pasado domingo 25, seleccioné algunas que considero buenos exponentes de lo ya descrito.

Botafumeiro.
Barrio Paso de Abajo. Hecho con cáscara de huevo molida, maíz, semillas de girasol, piña de eucalipto y flores naturales.

Carreta.
Barrio Tajuya. Hecha con badana, macarrones y corcho de pino.

carreta1

Gallina.
Barrio La Rosa. Hecha con plumas y cáscara de huevo molida.

gallina

Mantel.
Barrio Tenerra. Hecho con cáscara de huevo molida y cernida sobre un papel engomado. Los adornos son de trigo, paja de trigo, capullos de seda y cáscaras de maní.

Lámparas.
Barrio La Rosa. Hechas con cáscara de huevo molida, flores naturales (como la allá llamada ‘pensamientos’), musgo, pasta de estrellitas, flores silvestres y semillas teñidas.

Tapete de rosas.
Barrio La Rosa. Hecho con semillas naturales, como las de calabaza. Arroz para perros. Pasta en forma de estrellitas (que suele usarse para sopa). Badana, u hoja de plátano (cambur) seca.

Imagen del Sagrado y de las iglesias y ermitas del pueblo.

santiago general

Obra personal de Santiago González, por el barrio de Fátima. Santiago es, además de un gran artista en estos menesteres, director de un grupo de música folclórica, compositor, arreglista y excelente cantante de música popular canaria. Todo lo suyo está hecho con cáscara de huevo molida y teñida, y con semillas. Vistos desde lejos, los cuadros así realizados por él parecen óleos. Aquí, una muestra:

Hace algunos años estuve en El Paso unos meses antes de la Fiesta del Sagrado y pasé por el taller de Santiago a ver cómo hacía los trabajos que pensaba exponer en esta fiesta. Yo sabía que él trabajaba principalmente con cáscara de huevo molida y teñida (cáscara que los vecinos van guardando por todo un año, desde que termina una fiesta hasta la próxima), pero no sabía cómo la usaba. Me quedé de una pieza cuando comprobé que, a mano alzada, la iba espolvoreando cuidadosamente sobre un panel engomado, y así, y sólo así, y por increíble que parezca, consigue los contrastes entre luz y sombra, los relieves, etc.