[*Opino}– ¿Existe el mal?

Carlos M. Padrón

La argumentación de esta supuesta gran lección —que en realidad es una hisotieta inventada por alguna Iglesia de USA— se basa en conceptos que tienen una clara contraparte: frío vs. calor, luz vs. oscuridad, etc. Pero el mundo no es así, tan binario, y uno bien podría preguntar si existen las nubes, los árboles, etc. Esto cae en la por mí llamada «filosofía de Selecciones» que he criticado otras veces.

Pero la cosa es peor, pues ocurre que sí existe el mal, y no como ausencia de bien sino como mal per se. Hay excelentes libros dedicados a este tema. Les recomiendo el de M. Scott Peck, un psiquiatra que trató a pacientes que, simplemente, encarnaban el mal.

***

El profesor universitario retó a sus alumnos con esta pregunta:

—¿Dios hizo todo lo que existe?

Un estudiante contestó valiente:

—¡Si, lo hizo!

—¿Dios hizo todo, caballero?

—Sí, señor—, respondió el joven.

El profesor contestó:

—Si Dios hizo todo, entonces Dios hizo al mal, pues el mal existe, y bajo el precepto de que nuestras obras son un reflejo de nosotros mismos, entonces Dios es malo.

El estudiante se queda callado ante tal respuesta y el profesor, feliz, se jactaba de haber probado una vez más que la fe cristiana era un mito. Otro estudiante levantó su mano y dijo:

—¿Puedo hacer una pregunta, profesor?

—Por supuesto—, respondió el profesor.

—Profesor, ¿existe el frío?

—¿Qué pregunta es ésa? Por supuesto que existe, ¿acaso usted no ha tenido frío?

El muchacho respondió:

—De hecho, señor, el frío no existe. Según las leyes de la Física, lo que consideramos frío, en realidad es ausencia de calor. Todo cuerpo u objeto es susceptible de estudio cuando tiene o transmite energía, el calor es lo que hace que dicho cuerpo tenga o transmita energía. El cero absoluto es la ausencia total y absoluta de calor, todos los cuerpos se vuelven inertes, incapaces de reaccionar, pero el frío no existe. Hemos creado ese término para describir cómo nos sentimos si no tenemos calor. Y, ¿existe la oscuridad?—, continuó el estudiante.

El profesor respondió:

—Por supuesto

El estudiante contestó:

—Nuevamente se equivoca, señor, la oscuridad tampoco existe.La oscuridad es en realidad ausencia de luz. La luz se puede estudiar, la oscuridad no, incluso existe el prisma de Nichols para descomponer la luz blanca en los varios colores de que está compuesta, con sus diferentes longitudes de onda. La oscuridad no. Un simple rayo de luz rasga las tinieblas e ilumina la superficie donde termina el haz de luz. ¿Cómo puede saber cuán oscuro esta un espacio determinado? Con base en la cantidad de luz presente en ese espacio, ¿no es así? Oscuridad es un término que el hombre ha desarrollado para describir lo que sucede cuando no hay luz presente.

Finalmente, el joven preguntó al profesor:

—Señor, ¿existe el mal?

El profesor respondió:

—Por supuesto que existe, como lo mencioné al principio, vemos violaciones, crímenes y violencia en todo el mundo, esas cosas son del mal.

A esto, el estudiante respondió:

—El mal no existe, señor, o al menos no existe por sí mismo. El mal es simplemente la ausencia de Dios, es, al igual que los casos anteriores, un término que el hombre ha creado para describir esa ausencia de Dios. Dios no creó al mal. No es como la fe o el amor, que existen como existe el calor y la luz. El mal es el resultado de que la humanidad no tenga a Dios presente en sus corazones. Es como resulta el frío cuando no hay calor, o la oscuridad cuando no hay luz.

Entonces el profesor se quedó callado.

¿Existe el mal?

Carlos M. Padrón

La argumentación de esta supuesta gran lección —que en realidad es una hisotieta inventada por alguna Iglesia de USA— se basa en conceptos que tienen una clara contraparte: frío vs calor, luz vs oscuridad, etc. Pero el mundo no es así, tan binario, y uno bien podría preguntar si existen las nubes, los árboles, etc. Esto cae en la por mí llamada «filosofía de Selecciones» que he criticado otras veces.

Pero la cosa es peor, pues ocurre que sí existe el mal, y no como ausencia de bien sino como mal per se. Hay excelentes libros dedicados a este tema. Les recomiendo el de M. Scott Peck, un psiquiatra que trató a pacientes que, simplemente, encarnaban el mal.

***

El profesor universitario retó a sus alumnos con esta pregunta:

—¿Dios hizo todo lo que existe?

Un estudiante contestó valiente:

—¡Si, lo hizo!

—¿Dios hizo todo, caballero?

—Sí, señor—, respondió el joven.

El profesor contestó:

—Si Dios hizo todo, entonces Dios hizo al mal, pues el mal existe, y bajo el precepto de que nuestras obras son un reflejo de nosotros mismos, entonces Dios es malo.

El estudiante se queda callado ante tal respuesta y el profesor, feliz, se jactaba de haber probado una vez más que la fe cristiana era un mito. Otro estudiante levantó su mano y dijo:

—¿Puedo hacer una pregunta, profesor?

—Por supuesto—, respondió el profesor.

—Profesor, ¿existe el frío?

—¿Qué pregunta es ésa? Por supuesto que existe, ¿acaso usted no ha tenido frío?

El muchacho respondió:

—De hecho, señor, el frío no existe. Según las leyes de la Física, lo que consideramos frío, en realidad es ausencia de calor. Todo cuerpo u objeto es susceptible de estudio cuando tiene o transmite energía, el calor es lo que hace que dicho cuerpo tenga o transmita energía. El cero absoluto es la ausencia total y absoluta de calor, todos los cuerpos se vuelven inertes, incapaces de reaccionar, pero el frío no existe. Hemos creado ese término para describir cómo nos sentimos si no tenemos calor. Y, ¿existe la oscuridad?—, continuó el estudiante.

El profesor respondió:

—Por supuesto

El estudiante contestó:

—Nuevamente se equivoca, señor, la oscuridad tampoco existe.La oscuridad es en realidad ausencia de luz. La luz se puede estudiar, la oscuridad no, incluso existe el prisma de Nichols para descomponer la luz blanca en los varios colores de que está compuesta, con sus diferentes longitudes de onda. La oscuridad no. Un simple rayo de luz rasga las tinieblas e ilumina la superficie donde termina el haz de luz. ¿Cómo puede saber cuán oscuro esta un espacio determinado? Con base en la cantidad de luz presente en ese espacio, ¿no es así? Oscuridad es un término que el hombre ha desarrollado para describir lo que sucede cuando no hay luz presente.

Finalmente, el joven preguntó al profesor:

—Señor, ¿existe el mal?

El profesor respondió:

—Por supuesto que existe, como lo mencioné al principio, vemos violaciones, crímenes y violencia en todo el mundo, esas cosas son del mal.

A esto, el estudiante respondió:

—El mal no existe, señor, o al menos no existe por sí mismo. El mal es simplemente la ausencia de Dios, es, al igual que los casos anteriores, un término que el hombre ha creado para describir esa ausencia de Dios. Dios no creó al mal. No es como la fe o el amor, que existen como existe el calor y la luz. El mal es el resultado de que la humanidad no tenga a Dios presente en sus corazones. Es como resulta el frío cuando no hay calor, o la oscuridad cuando no hay luz.

Entonces el profesor se quedó callado.

[El Paso}– La eficacia del «Colegio El Paso» / Ismael González

Ismael González
Artículo publicado en el periódico El Día (Canarias), el 19 de agosto de 1987.

En el periódico Diario de Las Palmas, el viernes 24 de marzo de 1972 iniciamos una serie de publicaciones bajo el título “Valores humanos de mi pueblo”. La introducción a tal serie estuvo a cargo de mi dilecto amigo, maestro de EGB y periodista, José Manuel Balbuena Castellano.

Se da la circunstancia de que el primer personaje —a quien seguirían otros más— fue don Pedro Martín Hernández y Castillo.

Al siguiente día, el 25 de marzo de 1972, en el mismo periódico fue publicado otro escrito concerniente a doña Petronila (Nila) González Guélmez, esposa de don Pedro.

Ambos, don Pedro y doña Nila, así conocidos popular y cariñosamente, fueron inseparables educadores que rindieron jugosos frutos a la culturización en diferentes fases educacionales pero convergentes en un determinado punto de positiva enseñanza, tal como la música, el dibujo, la pintura, las Letras, las Matemáticas, y el cuidado de la inteligencia en general.

Al llegar a nuestra manos las dos fotografías que ilustran este artículo [1], no hemos podido resistir la tentación de volver sobre nuestros pasos de recordación, y sobre la temática que, en su día, nos impulsó a hablar de estos personajes: dos entrañables paisanos que dieron por entero su vocación a la docencia, a “desasnar” y culturizar a una gran parte de nuestro coterráneos pasenses.

He de decir que no fui alumno de don Pedro, aunque sí lo fue mi esposa, que figura en primera fila, a la izquierda, de la fotografía de hembras, “forrada” de negro desde el gorro hasta los zapatos; tenía para entonces 10 años de edad.

Pero sí fui uno de los integrantes de la banda de música que dirigía don Pedro, quien, pacientemente, iba formando elementos entre la juventud masculina para que, en cierta medida, “aquello sonara” aceptablemente. Se esforzaba en hacernos “entrar en camino” con el instrumento y con la verdad de la composición.

Yo tocaba clarinete, y ¡hay que ver los apuros de don Pedro para “meterme en cintura”! Parte de la pieza la tocaba yo de oído por no saber solfear lo escrito. ¡Cuantas veces el bueno de don Pedro se acercó a mí para decirme: «Ismael, cabeza de alcornoque, silencia ese pasaje si no eres capaz de sacarle la pureza de la música que contiene»!. Y así perseveraba don Pedro en uno y otro ensayo, y con uno y otro mal aficionado, para conjuntar la coordinación de lo que él deseaba, lo que debía ser.

Don Pedro Castillo —popularmente así conocido— no solamente era músico: era escritor, poeta, orador, maestro de insospechadas dotes para la enseñanza, y para meter en la “cabeza de alcornoque” de sus discípulos —con el correspondiente coscorrón a los muchachos— la luz del conocimiento, que él, vocacionalmente, deseaba hacer brillar por el saber de hombre estudioso que generosamente transmitía, con una voluntad sin límites puesta al servicio de sus alumnos.

Afortunadamente, hace ya algún tiempo que en nuestro pueblo existe una calle céntrica que lleva el nombre de Don Pedro Martín Hernández y Castillo, nombre que don Pedro se ganó con merecidos méritos.

Pero nuestra reseña estaría incompleta si no nos ocupáramos sucintamente de la personalidad de doña Petronila (Nila), aunque ya dijimos que al matrimonio Martín-González nos habíamos referido separadamente en anterior ocasión, en la serie “Valores humanos de mi pueblo”, en la que hablamos de doña Nila con el subtítulo “Semblanza de una mujer ejemplar”, pues, en efecto, así fue doña Nila, una mujer ejemplar, es decir, una institución por su aportación y dedicación a la enseñanza —en particular de dibujo, pintura, labores manuales, bordado e instrucción en general—, hacia las jóvenes pasenses.

Nos atrevimos a decir entonces, al referirnos a doña Nila, que “Ni antes ni después se ha conseguido en El Paso aunar en la juventud un deseo de expresión artística, tan natural, imaginativo y acentuado”.

La calidad artística de doña Petronila González Guélmez es interesantísima. Su cultura autodidacta —como la de don Pedro— fue extraordinaria. Era como una hemorragia que fluía y se desbordaba de su mente, y se materializaba en la sutileza del pincel, en los bordados en tela, y, en general, en la profundidad creativa de las imágenes. Recordamos muy bien a doña Nila manifestándose en la mirada relampagueante, escudriñadora y humanizada a la vez.

En las fotografía que ilustran este escrito podemos observar el sistema pedagógico que usaban don Pedro y doña Nila, con esas excursiones que solían hacer en determinadas fechas, principalmente a las poblaciones del Valle de Aridane —realmente, sólo a Los Llanos, ya que para entonces no se había segregado Tazacorte—, excursiones con las que pretendían que sus alumnos tuvieran acceso a una visión del mundo exterior fuera de lo circunscrito a la monotonía de la asistencia periódica al colegio.

La fecha en que fueron tomadas las fotografías de que hablamos corresponde al año 1925 y, en esa mirada retrospectiva, podemos considerar retazos de la historia y de las vivencias existentes, donde, desde las féminas más pequeñas hasta las de mayor edad, se ven ataviadas con el imprescindible tocado y el vestido, acordes con las exigencias de la moda imperante.

Si los pueblos deben su cultura a los maestros que cultivan la inteligencia de las consiguientes alternativas generacionales de personas, El Paso tiene una deuda de gratitud con este matrimonio ejemplar, el formado por don Pedro Martín Hernández y Castillo, y doña Petronila González Guélmez, pues ellos pusieron todo el bagaje de su saber a la orden de quienes quisieron servirse de sus enseñanzas.

Valgan, pues, estos rasgos recordatorios como sentido homenaje de este periodista hacia aquellos nobles paisanos que dejaron honda huella, de indudable buen hacer, en la cultura de nuestro pueblo de El Paso.

***

[1] NotaCMP.- Estas fotos aparecen en el recorte de prensa que llegó a mi poder y desde el que copié el texto del artículo precedente, pero, precisamente por eso, porque están impresas en un viejo recorte de prensa, las fotos son de mala calidad. Esto no obstante, las reproduje arriba, pero de mi colección van aquí también otras dos sobre el mismo tema y que tienen mejor resolución.

[*Opino}– Un virtuoso del violín, y su música, pasan inadvertidos en el Metro

Carlos M. Padrón

El caso que sigue deja al descubierto la forma apabullante en que campea la mentalidad de rebaño, que en este experimento con el famoso violinista puso de manifiesto que si la gente sabe que va a verlo y escucharlo, aplaudirá enfervorecida y dirá que sus interpretaciones son una maravilla,… maravilla que para esa misma gente pasa desapercibida si creen que a están a cargo de un don nadie.

¿Es eso entender de música? No, es seguir la corriente de la mayoría o dejarse llevar por lo que digan los medios; es estar convencido de que sí se sabe de música y de sus ejecutantes cuando, en realidad, se es incapaz de distinguir entre la técnica de un verdadero virtuoso y la de uno que toca en la calle como medio de pedir limosna. Es, en resumen y una vez más, estupidez humana.

***

10/04/2007

Washington. (EFE).- El famoso violinista estadounidense Joshua Bell ha demostrado que, pese a tocar de forma magistral las piezas más exquisitas, si lo hace en el Metro de la capital de Estados Unidos, los pasajeros pasan de largo ante el virtuosismo.

El experimento, planificado por el diario ‘The Washington Post’ y publicado en su dominical de esta semana, consistía en observar la reacción de la gente ante la música tocada por Bell, uno de los mejores violinistas del mundo, que aceptó la propuesta de actuar de incógnito en el subterráneo estadounidense.

El 12 de enero pasado, a las 07.51 de la mañana, el artista y ex niño prodigio comenzó su recital, de seis melodías de diversos compositores clásicos, en la estación de L’Enfant Plaza, epicentro del Washington federal, entre decenas de personas cuyo único pensamiento era llegar a tiempo al trabajo. La pregunta que lanzó el rotativo era la siguiente: ¿Sería capaz la belleza de llamar la atención en un contexto banal y en un momento inapropiado?.

En ese momento, Bell, ataviado con unos vaqueros, una camiseta de manga larga y una gorra, comenzó a emitir magia desde su Stradivarius de 1713 —valorado en 3,5 millones de dólares— ante las 1.097 personas que pasaron a escasos metros de él durante su actuación.

En los 43 minutos que tocó, el violinista (nacido en Indiana en 1967) recaudó en su estuche 32 dólares y 17 céntimos —donados luego a la beneficencia—, una cifra muy lejana a los 100 dólares que los amantes de su música pagaron tres días antes por asientos decentes (no los mejores) en el Boston Symphony Hall, que registró un lleno completo.

En cambio, en L’Enfant Plaza, alejado de las campañas de promoción de su arte, fuera de los grandes escenarios y con la única compañía de su violín, a Bell sólo lo reconoció una persona, y muy pocas más se detuvieron siquiera unos momentos a escucharle.

Leonard Slatkin, director de la Orquesta Sinfónica Nacional de Estados Unidos, dijo al Post que calculaba que «entre 75 y 100 personas se pararían y pasarían un rato escuchando» al artista, aunque a primera vista nadie cayera en cuenta de su identidad. De hecho, pasaron tres minutos y 63 personas hasta que alguien se cercioró de que, efectivamente, una melodía sonaba en el subterráneo.

Un hombre de mediana edad fue el primero en apartar la vista del suelo, aunque fuera por un segundo, para dirigirla hacia Bell. Treinta segundos después llegó el primer dólar, y a los seis minutos alguien decidió pararse por un momento para apoyarse en una de las paredes de la estación y disfrutar de la música. El violinista comenzó con la interpretación de la chacona de la “Partita número 2 en Re menor, de Johann Sebastian Bach” y siguió con piezas como el Ave María, de Schubert, o la ‘Estrellita’, de Manuel Ponce. En total, fueron siete los individuos que detuvieron su marcha para escucharle, mientras 27 decidieron contribuir a la ‘causa’.

Aunque sólo le reconoció una mujer que había estado en uno de sus conciertos, en general quienes se pararon a escucharle percibieron que el artista no era un pedigüeño cualquiera.

«Era un violinista soberbio, nunca he oído nada así. Dominaba la técnica, su fraseo era buenísimo. Y su cacharro era bueno también, el sonido era amplio, rico», describió John Piccarello, un supervisor postal que en su día estudió violín. Otro pasajero que se detuvo a oír al virtuoso fue John David Motensen, funcionario del Departamento de Energía, que, sin los conocimientos de Piccarello, sí explicó al Post que la música de Bell le hacía «sentir en paz».

El redactor del Post Gene Weingarten, que ideó el experimento, dijo hoy durante una charla con los lectores del diario que retrasó la publicación del artículo debido al premio Avery Fisher’, el más importante de la música clásica, que recibirá el artista mañana.

En conclusión, según el Post, los ciudadanos de Washington hicieron bueno el refrán que defiende que «la belleza se encuentra en el ojo de quien mira». Y en el oído de quien escucha, al parecer. El hábito no hará al monje —o el Boston Simphony Hall al violinista—, pero bien que le ayuda.

La Vanguardia.

[*ElPaso}– El calendario de la discordia

10-04-2007

Carlos M. Padrón

NotaCMP.- De todas las historias que de El Paso he contado aquí y contaré, ésta es, hasta ahora, la única que he escuchado en boca de una sola persona; a nadie más le oí hablar de ella. Esto podría indicar que la historia es falsa, parcial o totalmente, o que, por lo delicado de los sucesos que describe y de la posición de una de las personas involucradas, se optó por no darle publicidad.

En todo caso, y como decía mi amigo Juancho (el de Bailando con máscaras) “Lo cuento como me lo contaron; si miento es por boca de otro”.

***

Como ya dicho, las barberías de El Paso tenían un solo sillón, un solo barbero (su dueño), y la afición de éste a hablar de política light por cuanto en plena dictadura de Franco el tema era delicado, o hasta intocable. Y también en ella se reunían varios hombres para usar los servicios del barbero o simplemente para matar el tiempo dándole a la lengua sobre diversos temas, chismes incluidos, como ya referí en Olga y el tenorio.

Uno de los indianos recién llegado de Venezuela había traído un calendario en cuya portada aparecía una dama desnuda, calendario que causó sensación en el pueblo porque, en aquellos tiempos, allí, ni en fotos públicas y menos en cine, se veía un desnudo; es más, no se veía ni siquiera un muslo, aunque fuera de pollo, pues eran los tiempos en que la dictadura y la Iglesia habían impuesto una férrea censura, y los curas se creían con autoridad y derecho a dictar normas, no sólo morales sino también sociales, y esperar que todos dijeran amén a ellas.

El cura de turno en el pueblo supo que el indiano había dejado el calendario “en consignación” en una de las barberías, para deleite de quienes la frecuentaban o de cualquier hombre del pueblo que quisiera ir a verlo, así que un buen día se presentó en esa barbería causando el consiguiente asombro ya que nunca antes había entrado en ella.

Todos hicieron un silencio respetuoso y un tanto ominoso porque tal inesperada visita no auguraba nada bueno.

El cura, después de saludar con aire desenvuelto, como si fuera un cliente habitual —pues se las daba de simpático y persuasivo—, se dirigió al barbero, con sonrisa de buenos amigos, y entre ellos tuvo lugar este diálogo:

—Entiendo que usted tiene aquí un calendario que le trajeron de Venezuela. Yo quisiera verlo.

—No, eso no es para usted—, contestó el barbero, sin siquiera mirar al cura, mientras, impertérrito, siguió manejando su navaja para afeitar al cliente sentado al momento en el sillón.

—¿Por qué no, si sé que todos aquí y muchos otros lo han visto ya, y que van a venir más a verlo?.

—Porque como el calendario no es mío ni es cosa que a usted le vaya a gustar, si yo se lo muestro usted podría o romperlo o querer llevárselo, y eso tendría resultados muy desagradables.

—¡Yo sólo quiero ver ese calendario!—, replicó de inmediato el cura, pasando de la sorna inicial al tono autoritario, pues, como cura de aquellos tiempos, no estaba acostumbrado a ser desobedecido.

Tal vez cansado por la insistencia, o irritado por el cambio de tono, y habiendo ya advertido de posibles malas consecuencias si el cura atentaba contra el calendario, el barbero, aún navaja en mano, se dirigió a un rincón de la barbería, tomó el calendario, que estaba enrollado en forma de tubo, y, sin decir palabra, se lo entregó al cura,… y siguió dado a la tarea de afeitar a su cliente.

El cura desenrolló el calendario, y a la primera ojeada palideció, luego enrojeció y de inmediato lo estrujó con claras intenciones de romperlo.

No bien había iniciado ese movimiento cuando el barbero, moviendo su mando derecha a velocidad de rayo, apoyó el filo de la navaja contra la yugular del cura mientras lo miraba fijamente a los ojos con una determinación que no dejaba lugar a dudas.

Atónito, el cura se paralizó, congeló todo movimiento y se tornó rígido y pálido como un cadáver. Luego arrojó con rabia al piso el maltrecho calendario, dio media y se fue sin decir palabra.

[*Drog}– Los hombres son el sexo débil ante la presencia de una mujer atractiva

Queda claro una vez más que cuando en las relaciones hombre-mujer se permite que el instinto prevalezca sobre la razón, aparece el drogamor con toda su secuela de efectos nocivos.

¿Cómo es posible que la sola contemplación de una imagen, ya sea en fotografía o en vivo, de una mujer “hermosa” (el entrecomillado es por lo subjetivo del concepto) desestabilice el poder de decisión de un hombre?.

Si esto ocurre es porque el hombre, lejos de ponerse en guardia ante el alborotamiento de las hormonas, se deja llevar por él. Es el triunfo del instinto sobre la razón, o, lo que es igual, el triunfo del animal sobre el homo sapiens.

Afortunadamente, no todos los hombres son presas de este ardid de la Naturaleza, y, por tanto, el titular del artículo debería ser “Algunos hombres son el sexo débil ante la presencia de una mujer atractiva”.

Carlos M. Padrón

***

08/04/2007

Ante la belleza femenina se nubla la capacidad masculina y el varón se vuelve vulnerable, al menos ésta es la conclusión de un reciente estudio.

La visión de una mujer atractiva es todo cuanto se necesita para arruinar la capacidad de decisión de un hombre; y a mayores niveles de testosterona, peor. Ésta es la conclusión de un estudio.

Los especialistas estudiaron las reacciones de 176 voluntarios varones de entre 18 y 28 años. Luego de que una parte de ellos estuvieran expuestos a imágenes de mujeres atractivas o tuvieran que valorar prendas de lencería femeninas, los participantes iniciaron juegos que requerían decisiones financieras.

Los hombres expuestos a las imágenes denominadas por los científicos como “insinuaciones sexuales” fueron los más propensos a tomar las decisiones equivocadas durante el experimento. Los que tenían los mayores niveles de testosterona fueron las más proclives a equivocarse al ser más vulnerables, de acuerdo con los especialistas, a las insinuaciones sexuales, las cuales “les impiden concentrarse en su objetivo y los distraen de decidir correctamente”.

El doctor Siegfried Dewitte, uno de los responsables del estudio, dijo que los hombres con altos niveles de testosterona “se comportan con normalidad si no hay ninguna insinuación sexual, pero si ven imágenes sexuales se vuelven impulsivos”.

Al parecer, todo tiene una explicación en términos de necesidad reproductiva. Su colega, el doctor George Fieldman, por su parte, dijo: “El hecho de que las insinuaciones sexuales distraigan a los hombres, es lo que corresponde en términos evolutivos. Es lo que se espera que ellos hagan en cuanto a la búsqueda de oportunidades reproductivas, en cuanto a la transmisión de genes. Si a un hombre se le pide que seleccione algo presentado por una mujer atractiva o por un hombre de no muy buen aspecto, la selección no sería tan desapasionada como correspondería”.

Un estudio similar se ha llevado a cabo con mujeres, pero hasta ahora no se han encontrado estímulos visuales que las afecten a la hora de tomar decisiones.

IBL

[*ElPaso}– El Ñoño y su nieta

04-04-2007

Carlos M. Padrón

El Ñoño —el mismo de El Ñoño y el arco iris—, absolutamente chocho con su nietita, Marían Nela —que así se llamaba la hija de Julita, la de Sin derecho a pedir más— salió un día al jardín llevando en brazos a la niña cuando ésta tenía apenas unos cinco meses, y cortando una rosa de vivos colores pero con el tallo lleno de espinas, comenzó a moverla a escasos centímetros de la cara de la bebé mientras cantaba:

—¿Ónde as, Aría Ela? / A er la abrita e apá (= ¿Dónde vas, María Nela? / A ver la cabrita de papá).

Atraída por el color y el movimiento de la rosa, la niña extendió su mano con clara intención de empuñar el espinado tallo, ante lo cual Doña Fina —la vecina mencionada en “El Ñoño y el arco iris”— que había observado todo muy de cerca, exclamó alarmada:

—Pero, hombre de Dios, ¿¡no ve que esa niña se va hacer daño con las espinas!?.

Y El Ñoño, sin dejar de bailar a su nieta y sin mirar siquiera a Doña Fina, contestó inmutable:

—Yo ya e lo dije: “Aría Ela, ¡en cuidado, ira e las osas ienen espinas!” (= Yo ya se lo dije: María Nela, ¡ten cuidado, mira que las rosas tienen espinas!”).

[El Paso}– Don Pedro Castillo, hijo ilustre de El Paso / Antero Simón

En un recorte de la revista Canarias Gráfica, no sé de qué fecha, que encontré entre mis papeles, aparece este escrito de don Antero Simón en homenaje a la memoria de Don Pedro Martín Hernández y Castillo. No es raro que conservara yo tal escrito porque don Pedro fue mi tío-abuelo, y don Antero primo tercero mío.

Según información dada por, o validada con, Roberto Pérez Simón —primo hermano de Antero y también primo tercero mío— desde muy joven, Antero asombró al pueblo de El Paso con su avanzada inteligencia.


Antero Simón. Julio/1955

Terminada la primaria en la escuela de don Pedro, hizo el bachillerato con la ayuda y guía de doña Carmenchu, dama varios años mayor que él, nacida en Valcarlos, en el Pirineo Navarro (España), que vino a El Paso como maestra nacional, y aunque su especialidad no era impartir clases de bachillerato, ayudó a Antero en esos estudios, y terminó siendo su esposa y madre de sus hijos.


Carmenchu. Julio/1955

Concluido el bachillerato, Antero pasó luego a la universidad donde estudió Filosofía y Letras, obtuvo el doctorado en esta materia y dictó clases de ella en la misma universidad donde la estudió, en la de San Fernando (La Laguna, Tenerife, Canarias).

Mientras ejercía como profesor de Filosofía y Letras estudió, en la misma universidad, la carrera de Derecho, que pasó luego a ejercer. Por la honestidad y rectitud que siempre mostró en ese ejercicio se ganó en Canarias el epíteto de “El abogado de la honradez”, lo cual es mucho decir para un abogado.

Durante cinco años fue director del Instituto de Cultura Hispánica de la Universidad de Río (Brasil), de la que recibió la distinción de Doctor Honoris Causa.

Hablaba español (su lengua materna), francés, inglés, alemán, italiano y portugués, y fue nombrado Hijo Predilecto de la Ciudad de El Paso.

Al final del mencionado recorte, y bajo el título “Una petición al Ayuntamiento de El Paso”, leo un fragmento en que Canarias Gráfica, basándose en el siguiente escrito de don Antero Simón, solicita que el Ayuntamiento de El Paso dé el nombre de Pedro Martín Hernández a una de las calles del pueblo. No si por ésta u otras peticiones similares, hay en El Paso una calle que recibió, desde hace años, el citado nombre.

Carlos M. Padrón

***

A la memoria de mi maestro, don Pedro Martín Hernández y Castillo

Antero Simón


Foto publicada en este artículo de Canarias Gráfica.

No todos los pueblos cuentan, en la galería de sus hijos, con figuras venerables, con nombres casi simbólicos; pero El Paso sí. Los que fuimos niños hace ya cierto tiempo tuvimos la suerte, no ya de tratar sino de salir de las manos de una de esas figuras: Don Pero, cuyo nombre evoco con la emoción y la ternura de quien, bajo su guía, entró a los caminos del conocimiento y de la vida.

Maestro

Cuando aprender era heroico, don Pedro se formó a sí mismo; cuando enseñar no era fácil, don Pedro enseñó y educó a los demás. Su labor tuvo dimensiones excepcionales porque no se ocupó sólo de la formación elemental de sus alumnos sino que fue muchísimo más lejos: a lo artístico, a lo literario, a lo moral.

El Paso tuvo entonces grupos artísticos, actividades literarias, vocaciones y realizaciones que, en época posterior, y con más medios, decayeron o acabaron perdiéndose. Y la preocupación constante de don Pedro fue la formación integral de sus alumnos, el modelado de sus carreras. Por eso, sin duda, nos sentimos con respecto a él discípulos y no alumnos.

Su acción educativa se salió del recinto de la Escuela. Para los demás fue siempre el consejero fiel y honrado, el padre espiritual que jamás dejó de buscar y encontrar, en beneficio de los otros, la solución adecuada para el problema con que la vida nos sorprende cada día.

Todo los de El Paso le estamos en deuda, según pienso. Yo, por lo menos, me reconozco uno de sus deudores.

Patriota

Eminentemente familiar, enamorado de una esposa y de unos hijos no menos ejemplares, don Pedro amó entrañablemente a su patria grande y a su patria chica, a las que cantó, sin regateos, en todo momento y en todo lugar. España y El Paso estuvieron en el centro de sus devociones más íntimas, y siempre presentes en sus clases, en sus charlas, en sus poemas.

Creyente

No es el rasgo menos importante, pues se nos antoja el fundamento y la explicación de los demás. Hombre de fe meridiana y luminosa, su vida fue, en todos los aspectos, la realización viviente de esa fe. Lo cristiano fue carne y sangre de su comportamiento, móvil permanente de su conducta, clave de sus actos y suprema esperanza de su vida. El título (“Todo por Dios”) de su última obra, inédita, es el resumen de una vida que fue, en efecto, toda por Dios y para Dios.

Valgan estas líneas como recuerdo agradecido de quien se honra en proclamarse su discípulo.

***

En el mismo mencionado recorte, y a la derecha de este artículo de don Antero Simón, Canarias Gráfica escribió:

“Reproducimos con gran satisfacción este bello poema, inédito, del ilustre palmero don Pedro Martín Hernández y Castillo, de gran aprecio y valía”.

El Paso

Es centro de La Palma la ubérrima ciudad
de nítidos paisajes, de histórica grandeza,
do encuentran los artistas sublime amenidad,
encantos que difunde la acción de la Belleza.

En él está el vetusto, famoso y milenario,
acaso el más gigante que tienen las Canarias,
que da sombra a los seres que llegan al santuario
a honrar a la Princesa con férvidas plegarias.

“El Pino de la Virgen” lo llaman los mortales
porque él guardó en su trono la imagen de María,
a aquélla a quien los fieles en cánticos triunfales
le dieron nuevo templo, tributo a su valía.

Es pueblo en que se encuentra la célebre Caldera
que admiran los turistas que buscan lo grandioso.
Después de contemplarla pregonan por doquiera
que tienen los pasenses el cráter más famoso.

Es pueblo en que está el monte, lugar de la campaña
en que el Adelantado su empresa consumó
logrando en el combate que fuera para España
la perla del Atlántico que entonces conquistó.

Y desde aquella fecha, La Palma, ya española,
levanta en todas partes el signo de la Cruz,
izando la bandera, de ibérica aureola,
orlada de trofeos, de glorias y de luz.

Mansión de los almendros, ubérrima ciudad
de prados y vergeles, de histórica grandeza:
en ti halla el artista sublime amenidad,
encantos que difunde la acción de la Belleza.