[*ElPaso}– ‘Dándole vueltas al viento’ / Poemas de Antonio Pino Pérez: A la Madre del Pino

Poema dedicado a la Virgen del Pino, cuya ermita fue construida en las estribaciones del lado Este de El Paso junto a un pino milenario en cuyo tronco apareció hace siglos una pequeña imagen de esta virgen, imagen que aún se conserva en esa ermita.

Una réplica en grande de la pequeña imagen es el motivo central de una fiesta anual, que se hace mayor y más extensa cada tres años, cuando esa imagen grande es bajada en romería desde su ermita a la iglesia del pueblo.

Esta foto de la imagen grande de la Virgen del Pino fue tomada por mí durante las fiestas del año 2006, cuando en romería bajaba hacia la iglesia del pueblo.

Carlos M. Padrón

***

A LA MADRE DE EL PINO

Providencial Señora Providente,
en la entraña del pino aparecida
para guía y amparo del creyente
desde los altos cielos descendida.

Por donde alumbra al Valle el sol naciente
lo alumbras tú también, sol de la vida,
pero tu luz alumbra eternamente
en lámparas celestes encendida.

Tú vives y tú estás en las alturas
entre los pinos que te dan altares,
bendiciendo este valle de amarguras.

Tu casa es templo forestal de El Pino,
del pino que compendia los pinares,
¡centinela de Dios en el camino!

[*ElPaso}– Nuestro deporte, agilidad y destreza / Antonio Pino Pérez

Antonio Pino Pérez
Cabaiguán, (Cuba), 13 de julio de 1930

Nuestro deporte, agilidad y destreza

Se ha escrito tan poco sobre el más típico y característico de nuestros deportes que podríamos decir, sin temor a equivocarnos mucho, que ha sido víctima de un olvido injusto o desdeñado inmerecidamente. La prensa canaria nos habla ahora, con relativa frecuencia, del resurgir de nuestro deporte: se lucha en todas las islas con gran asistencia de público, aparece un campeón, se preparan los jóvenes. ¡Al fin! La lucha canaria, apenas conocida fuera del Archipiélago, ha perdurado a través de los tiempos en el solar fraccionado de la Patria Chica como herencia preciosa de nuestros antepasados los guanches.

Parece que a medida que nos vamos acercando más a ellos, por el contacto con la misma Naturaleza y bajo el mismo cielo y disfrutando de las delicias del mismo clima, ha brotado en nosotros espontáneamente, como consecuencia de una identidad psicológica bien acusada, hasta la característica secundaria del mismo deporte.

Podemos afirmar que los guanches, los salvajes más civilizados que han poblado una porción de tierra, practicaron ya este deporte, único en su clase, desde sus más remotos orígenes.

Los canarios posteriores a la conquista de las islas por Fernández de Lugo, seguimos practicando dicho deporte hasta hoy, como un juego más o menos divertido, o como entrenamiento más o menos bello. El elogio más relevante que podemos hacer de nuestra lucha es el hecho elocuente de que haya subsistido a través de los tiempos, sin haber servido de lucro a ninguna empresa, ni haber contado con profesionales en ningún momento. La lucha canaria ha perdurado y perdurará por siempre, porque nuestra lucha —más nuestra porque sólo nosotros la practicamos— es pura y simplemente artística.

Podríamos hacer la comparación de la lucha canaria con otros deportes que se practican en lugares públicos y por profesionales, pero sólo pretendemos describir, a la ligera, las bellezas de nuestra lucha, y dejar a juicio del lector los comentarios comparativos.

Se me podrá objetar, y con razón aparente. Si la lucha canaria es uno de los deportes más bellos y el menos brutal de todos, ¿por qué no se ha popularizado más? La lucha canaria no despierta pasiones brutales en las multitudes, ni satisface su contemplación a la fiera encadenada en el fondo de nuestras naturalezas. Además, y esto es importante, la lucha canaria no ha sido comprendida en toda su grandeza por la inmensa mayoría de los canarios. Le ha sucedido igual a nuestra lucha que a la música clásica, que por incomprensión, es menos popular que los copules; igual ha sucedido con los grandes poetas en comparación con los rimadores vulgares, y lo mismo ha sucedido con los retratos formidables realizados por los grandes pintores y las fotografías ordinarias.

Nuestra lucha, que corrientemente se practica al aire libre, en un campo improvisado que se llama “terrero”, es de los pocos deportes que llena la finalidad natural y lógica de los mismos: ejercitar los músculos, satisfaciendo así una necesidad corporal, y deleitar y hacer sentir una emoción artística.

Describiremos a continuación una de las grandes luchadas que presenciamos, para poner de relieve algunas bellezas de nuestra lucha y hacer resaltar sus virtudes.

“Hoy es día de fiesta en el pueblecito. Se ha improvisado un terrero en las afueras, trayendo arena de una playa vecina. Se le ha rodeado de algunos bancos, pero la mayor parte de los espectadores permanecerán de pie. Luce esplendoroso nuestro sol, ¡tan africano!, anegando de luz el “terreno”. De un momento a otro va a empezar la gran luchada. En este pueblecito, los aficionados a la lucha han desafiado a los luchadores de un pueblecito cercano. Los unos y los otros —con las extremidades desnudas, luciendo la belleza viril de sus músculos y medio vestidos con un fuerte calzón de lino, producto regional— se pasean, haciendo comentarios, por el terreno. Al fin un mozo garrido haciendo alarde de la elasticidad de sus músculos salta hasta la mitad del campo. El contrario no se hace esperar: un hombre de edad madura, de estatura pequeña, y de poco desarrollo muscular, es su contrario. Se saludan con una sonrisa y se agarran, se inclina el uno hacia el otro hasta tocarse con sus hombros, se curvan más y más…

El pequeño lleva la de perder, dice a mi lado un profano. “A la una”, dice el árbitro de la contienda. El silencio se hace. “A las dos”, los luchadores abren sus piernas, contraen sus músculos, y se agarran más y mejor. “A las tres”…¡ha empezado la lucha!.

El joven hace esfuerzos inauditos, cambia de posición sus manos, se endereza, se inclina, pero todo en vano, su adversario no cae. Su contrario es ágil y es diestro, se estira y se encoge como si fuera de goma esquivando con habilidad increíble los esfuerzos terribles de su enemigo momentáneo. Todo dura un instante. El más pequeño, aprovechando un momento en que su contrario se emplea más a fondo, se agacha veloz como un rayo, mientras la fortaleza del más fuerte, perdiendo el apoyo que su cuerpo le prestaba, cae más allá, a sus espaldas. Se le ovaciona.

Lo tumbó por la “agachadilla”, dijo alguien. El vencido se levanta y le da la mano al vencedor.

A esta lucha, sucede otra y otra, quedando siempre en el terrero el vencedor hasta ser vencido. Se han tumbado ya más de cuarenta hombres de ambas partes y ninguno ha sido ni ligeramente lesionado.

Al fin, sale “El zurdo”, que podríamos también llamar “El temido” (por los luchadores) y “El esperado” (por el público).

“El Zurdo” empieza a tumbar hombres y acaba por quedarse dueño del terrero, por lo que fue proclamado campeón. Ganó seis luchas por “desvíao”, cinco por “levantada”, cuatro por “garabato”, tres por “palmada” y cuatro por “agachadilla”.

—¡Que tío!—, decían unos chiquillos como comentario.

Y todos los asistentes a la gran luchada decían a coro.

—Con “El Zurdo” no hay quien pueda. Es bobería…

“El Zurdo” es un hombre de regular estatura, de mediana constitución física, pero ágil como el que más, y hábil como pocos. Aquella tarde afortunada, y gracias a sus habilidades, derribó a varios hombres superiores a él en fuerza y en estatura. Veintidós hombres no se tumban como los tumba el “zurdo” que es un formidable luchador, lo que equivale a decir que es un gran artista.

La lucha canaria —poco defendida por los canarios, cuando no ha sido injustamente criticada por los mismos— es uno de los deportes más nobles y artísticos que hemos contemplado. Agilidad y destreza son sus características esenciales. El ingenio puede conducir al triunfo a un luchador determinado. Nuestros luchadores no tienen, además, necesidad de hipertrofiar sus músculos, hasta los dominios de la patología, para aspirar a campeones. La fuerza, lo brutal, es secundario. Lo importante es el ingenio, rapidez, oportunidad, y saber del contrario. El pueblo es el público de juez para anular con posiciones adecuadas los esfuerzos tras luchadas, y los luchadores se improvisan de este público heterogéneo.

[El Paso}– “Dándole vueltas al viento” / Poemas de Antonio Pino Pérez: A La Caldera

Un Dionisio Ridruejo, cantor del Teide. Un aspirante a cantor de La Caldera.

Este abismo de fuego desmedido
es la entraña salvaje de mi tierra,
donde el silencio imperturbable encierra
la grandeza de Echeyde en el olvido.

De su gloria materna fue vertido
—materias ígneas en fecunda guerra—,
la llamada del vértigo que aterra
sólo invocando a Dios tiene sentido.

En la nave encallada de Canarias
el Padre Teide, grímpola de alturas,
es el palo mayor de las plegarias.

y Aceró,… Tanausú,… fraguas benditas.
¡Sagrario de una raza que perdura
purificando ofrendas benahoaritas!

La Nueva Psicología del Amor (7/7): Conclusiones

“La Nueva Psicología del Amor”
M. Scott Peck

CONCLUSIONES

• Ningún matrimonio puede juzgarse verdaderamente sano si marido y mujer no son cada uno los mejores críticos del otro. Lo mismo cabe decir de la amistad. No llamaría amigos a mis amigos si no tuvieran la honestidad de manifestarme su desaprobación en ciertas cosas, o su amoroso interés sobre la manera en que dirijo mi vida. ¿No puedo crecer más rápidamente con su ayuda que sin ella? Toda relación genuinamente amorosa es una relación de psicoterapia mutua.

• Si nuestra meta es evitar el dolor y eludir los sufrimientos, no sería aconsejable que tratáramos de llegar a niveles superiores de conciencia o de evolución espiritual.

• Si uno puede afirmar que ha constituido relaciones de genuino amor con su pareja y con sus hijos, ha logrado realizar más de lo que consigue realizar la mayor parte de la gente.

• El matrimonio es una institución cooperativa que exige contribuciones y cuidados mutuos, tiempo y energía, pero que existe con la finalidad primaria de promover el progreso de cada uno de los miembros de la pareja en su peregrinación personal hacia las cimas individuales del crecimiento espiritual.

• La primera obligación de una persona que ama genuinamente será siempre su relación conyugal y su relación parental.

• Procurar amar a alguien que no puede beneficiarse con nuestro amor desarrollándose espiritualmente es malgastar energías, sembrar en tierra árida.

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NotaCMP

M. Scott Peck es de origen judío y psiquiatra de profesión. A los quince años de ejercerla escribió “The Road Less Traveled” que de inmediato se ubicó en el grupo de los ‘best sellers’ del New York Times y ahí permaneció por muchos años.

En 1986 compré y leí por primera vez la versión original de este libro, y en 1987 la versión en español. Y desde entonces lo he recomendado a decenas de personas, algunas de las cuales, me consta, lo compraron y lo leyeron. De otras no estoy tan seguro.

Creo que el título de la edición en inglés,

es el correcto habida cuenta del contenido del libro. Y la única explicación que encuentro a que a la edición en español

no le hayan puesto el título de “La ruta menos transitada”, o “El camino menos transitado”, que serían traducción exacta del original “The Road Less Traveled”, es que —supongo— alguien creyó que si en el título aparecía la palabra ‘amor’ los hispanoparlantes nos sentiríamos más inclinados a comprar el libro.

La primera de las ediciones en español que llegó a mis manos tenía tapas verdes; a la segunda le pusieron un para mí ridículo color rosado, supongo —vuelvo a suponer— que por el mismo motivo del título, pues así podrían hacer creer —erróneamente, desde luego— que se trataba de algo romántico, tipo “novelita rosa”. Nada más lejos de la realidad.

[*ElPaso}– El enemigo del matrimonio / Antonio Pino Pérez

Antonio Pino Pérez
(Artículo publicado en “Tierra canaria”, La Habana, Cuba, el 8 de abril de 1930)

Me consta que huyó de la realización de unos amores honrados, aquel solterón empedernido que sufrió la desventura de no poder casarse y el desconsuelo infinito de no tener hijos. Si transcribo aquí sus dolorosas reflexiones es porque encierran una enseñanza y describen con rasgos vigorosos su tragedia íntima y silenciosa que, por verdadera y honrada, acabó por convertirlo en misántropo y melancólico.

«Jamás he pensado seriamente en casarme, y es muy posible que en lo venidero siga pensando igual. Antes, se explicaba que no tuviese tales ideas, pues era demasiado joven, bastante banal y divertido, y optimista hasta la exageración de este vocablo. Ahora, que ya me voy sintiendo viejo, y en mis insomnios he meditado largamente sobre las tristezas de mi soledad y abandono; ahora, que me voy haciendo pesimista frente al espectáculo desconsolador de la vida; ahora, que no tengo una voz familiar que me consuele con dulzura y sepa engañarme con amor, sigo a pesar de todo rebelándome ante el matrimonio. Y no es porque me desagrade el matrimonio en sí, es por las consecuencias fatales del mismo. No es porque tema no hacer feliz a una mujer determinada que me fascina, ni porque me asusten los celos propios y los ajenos, ni porque sea exigente en el momento de elegir compañera: es sencillamente por los hijos. Esos hijos tan queridos y tan idolatrados por mí, qué aún sin haberme nacido ya me prohíben que los traiga a la vida, ya que me vedan que busque la compañera que necesito para descansar en ella mis dolores, para consolarme de mis tristezas y desventuras, para que comparta con dulzura mis alegrías, y qué sé yo para cuantas cosas más.

Los que tenemos la certeza de ser buenos padres, los que examinados serenamente, fríamente, no tenemos la certidumbre de poder dar a nuestros hijos, no tan sólo aquello que se merecen sino aquello que les es necesario y, bajo todos los aspectos, imprescindible, no podemos ni debemos casarnos; pecaríamos al traer hijos al mundo, y nos envileceríamos y nos depreciaríamos ante nosotros mismos al contemplar los pedazos palpitantes y puros de nuestras entrañas, consumiéndose lentamente por el hambre y tiritando inconsolables por el fío.

El matrimonio es santo; lo sé. La paternidad es sublime; no lo dudo. Pero yo no quiero ni ser santo ni ser sublime. No quiero que mis hijos me puedan decir algún día, sin palabras o con odio y desesperación reconcentrada: “Te casaste por egoísmo, me trajiste al mundo por placer, y luego, como consecuencia de tus pasiones, me condenaste a la miseria que me devora y a un dolor incurable que me mata”.

El matrimonio dicen que padece una crisis terrible en todas partes. Esto nos dice que los hombres se han vuelto más juiciosos, tal vez las mujeres, o ellos y ellas a la vez. Casarnos ¿para qué? Como no sea para tener hijos desgraciados y ser infelices contemplando impotentes y descorazonados su desgracia. Que se casen los ricos y los poderosos y los vencedores, aunque no tengan la preparación bastante para ser padres y la personalidad debida para tener hijos; ellos, por lo menos, podrán darles con qué cubrir sus necesidades materiales, y dinero con que se perviertan. Los desheredados, los vencidos, los parias, los que ganamos fortuitamente el pan que nos alimente y desconocemos el techo que nos cubrirá mañana, ésos no debemos casarnos, aunque podamos darle a nuestros hijos todo lo que espiritualmente necesiten. La sociedad que condena a centenares de hombres honrados a vivir de un salario miserable, o los castiga indiferente con el paro forzoso, no puede exigirnos que le demos hijos, ni puede pedirnos que dignifiquemos debidamente a nuestras mujeres.

Que se queden ellas solteronas, trabajando en las oficinas y en los talleres, y nosotros adustos y esquivos, apartados de ellas aunque piensen y digan que las odiamos o tememos que disminuya la población y que se desmorone el poderío de la Patria; a los ciudadanos conscientes, ¿qué nos importa todo esto? Tenemos hamb, y los gobiernos no escuchan nuestros ayes; buscamos trabajo. y no existe en ninguna parte. Con las privaciones a que se nos condena, se fabrican tuberculosos y se crean enfermedades. ¡Menos mal que por caridad vienen luego a consolarnos y a enseñarnos a morir con resignación!

Nosotros preferimos que aumenten los conventos y las congregaciones religiosas, a que lloren las madres inconsolables. Ya es hora de que de una vez se cierren los hospicios, y de que se acaben por siempre los cuadros desconsoladores que forman por esas calles los niños hambrientos. ¡Antes que vivir muriendo, es preferible no haber nacido!

Desgraciadamente, no piensan así todos los hombres. Sé que una inmensa mayoría sigue aventurándose al matrimonio, fascinados por una ilusión placentera o impelidos por sus pasiones, para más tarde llorar impotentes en medio del frío de una sociedad inmoral. De mí puedo afirmar honradamente que antes de aventurarme a tener unos hijos desgraciados —que me exigirían robar y quién sabe si cometer algún crimen ignominioso, juzgado por mis semejantes— preferiré convertirme voluntariamente en eunuco o hacer voto perpetuo de castidad.

Si la sociedad está desorganizada y los gobiernos no aciertan desconcertados a gobernar con justicia, y los pensadores no han sabido sino dar fórmulas estériles para cambiar el ritmo triste de la sociedad, y cada vez la lucha por la vida va siendo más cruel, y haciendo depender más del azar nuestro posible bienestar, eso no justifica que los hombres conscientes nos abalancemos al matrimonio para correr el riesgo de ser malos padres, esposos injustos, malos hombres condenados por la humanidad, fieras enjauladas, e inútiles para satisfacer el hambre de unas bocas inocentes que piden siempre con llanto.

Los hombres que piensan no se casan en este siglo inquietante; ya sabéis por qué. Las mujeres que les correspondan por esposas, que se hagan Hermanitas de la Caridad o de los Pobres, para que cuando sean viejos, vengan a celebrar sus bodas consolándolos. De seguro tendrán entonces mucho de que ser consolados. Antes que deshojar flores y pisotear alegrías y desvanecer ilusiones, es preferible verlas marchitarse; y antes que lamentar las desventuras de aquéllas que podríamos encadenar a nuestra suerte por amor, preferimos llorar inconsolables en la tragedia increíble de nuestras soledades, el abandono por sacrificio de los más caros ideales y la pesadumbre adusta de nuestras almas por haber huido de lo que buscábamos febriscentes, impelidos por nuestra naturaleza viril y paternal. Así, por lo menos tendremos algo de que vanagloriarnos en las postrimerías de nuestras existencia, y así mis hijos, incorpóreos e informes, me bendecirán desde lo incierto del caos donde moran».

Así me habló un día aquel amigo triste que murió solo, mientras brillaba en sus ojos una chispa de luz, y vigorizaba con sus palabras un fervor creciente.

[*ElPaso}– “Dándole vueltas al viento” / Poemas de Antonio Pino Pérez: San Miguel de La Palma

San Miguel de La Palma

Isla, roca del mar con vocación de alturas,
grito, el más atrevido de la Atlántida muerta,
explosión submarina y maravilla abierta,
camino de los cielos a todas la aventuras.

Navegas por los mares con regias vestiduras,
centinela de España, siempre firme y alerta,
con tus ígneos volcanes, de montañas cubierta
donde alumbran las nieves celestiales blancuras.

Tus entrañas de fuego rebosando erupciones
tatuaron en tus carnes los ríos de la muerte
en un salvaje rito de purificaciones.

Y, desde entonces, Isla, por fuego redimida,
creces como atalaya, como el bastión más fuerte,
buscando los eternos caminos de la vida.

La Nueva Psicología del Amor (6/7): Condiciones para el amor genuino

El que los miembros de la pareja se presten atención el uno al otro, según se menciona en el subcapítulo Escuchar, es parte fundamental del pilar que llamo comunicación. Y en el subcapítulo Individualidad se menciona otro de los pilares: el respeto. Y luego el compromiso y la disciplina.

La relación en que falten uno o más de estos pilares no tiene buen futuro.

La disciplina es algo que a un drogamorado le sonará a blasfemia, pues en el drogamor no hay que esforzarse para nada; todo es perfecto y se da con deliciosa espontaneidad.

Pero si el drogamorado tiene conciencia de la gravedad del hueco en que ha caído, sabrá que el drogamor es uno de los sentimientos que hay que someter a disciplina, porque, si no, abrirá la puerta a la catexia que es inherente a ese sentimiento —y que tiene que ver con que alguien se vuelva importante para nosotros, para lo cual la trampa de la Naturaleza hace que lo relativo a ese alguien, ya sea algo bueno, regular o malo, lo veamos e internalicemos como bueno, espectacular u óptimo—, y con ello sólo nos hundiremos más y más en el hueco, y estaremos así trabajando para que cuando el drogamoramiento se desvanezca, cosa que de seguro ocurrirá, nos sintamos mucho peor y quedemos más maltrechos que si hubiéramos luchado contra la catexia.

En la catexia se dan dos acciones contrarias entre sí: catectizar y decatectizar. Si cedo al impulso de la trampa de la Naturaleza y doy curso a la convicción de que el objeto de mi drogamor es perfecto, y todo lo suyo, ya sea algo bueno, regular o malo, lo internalizo como bueno, espectacular u óptimo, estoy catectizando al objeto de mi drogamor.

Pero sí, por el contrario, cobro conciencia de que caí en un hueco y comienzo a esforzarme por encontrar y hasta magnificar lo que de malo tiene ese objeto, estaré decatectizándolo. Ésta es una tarea que requiere disciplina y toma tiempo pero que, doy fe, funciona.

Detectar que se está drogamorado es fácil en cuanto se acepte la posibilidad de estarlo y la gravedad que ello implica.

Carlos M. Padrón

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“La Nueva Psicología del Amor”
M. Scott Peck

CONDICIONES PARA EL AMOR GENUINO

Somos incapaces de amar a otra persona si no nos amamos a nosotros mismos, así como somos incapaces de enseñar autodisciplina a nuestros hijos si nosotros mismos no somos disciplinados.

Escuchar

La dedicación significa que el terapeuta escucha al paciente, le guste o no le guste. Y en un matrimonio las cosas no son diferentes. En un matrimonio constructivo, los cónyuges deben, de un modo rutinario y programado, prestarse atención el uno al otro, y prestar atención a su relación. Como ya dijimos, las parejas, tarde o temprano, dejan de estar enamoradas, y es en ese memento cuando comienza a surgir la oportunidad de un verdadero amor.

El “amor” romántico no requiere esfuerzos, y las parejas con frecuencia se muestran reacias a realizar el esfuerzo y a someterse a la disciplina del amor verdadero, y escuchar.

El escuchar verdaderamente, y el concentrarse por entero en la otra persona, es siempre una manifestación de amor. [Por tanto], en ninguna parte resulta más apropiada que en el matrimonio.

Es imposible comprender realmente a otra persona sin darle cabida dentro de uno mismo. Este proceso, que supone ejercitar la disciplina de poner entre paréntesis [aislar] las propias preocupaciones, requiere una extensión del yo y, por tanto, un cambio de éste.

Ese poner entre paréntesis y esa extensión de nosotros mismos está implícita en el acto de escuchar a nuestros hijos. Para responder a sus sanas necesidades debemos cambiar nosotros mismos. Sólo cuando estamos dispuestos a sufrir el cambio podemos llegar a ser los padres que nuestros hijos necesitan. Y como los niños están en constante crecimiento y sus necesidades son cambiantes, estamos obligados a cambiar y a crecer con ellos.

Todo el mundo conoce, por ejemplo, a padres que obran eficazmente con sus hijos hasta que éstos son adolescentes, pero luego resultan padres totalmente ineficaces porque no son capaces de cambiar ni ajustarse a sus hijos, ahora mayores y diferentes.

Y sería incorrecto —como en otros casos de amor— considerar el sufrimiento y el cambio que exige una buena paternidad como una especie de autosacrificio o martirio; por el contrario, los padres tienen que ganar más que sus hijos de este proceso. Los padres que no quieren correr el riesgo de sufrir en virtud del cambio, el crecimiento y la enseñanza que pueden obtener de sus hijos, echan a andar por la senda de la senilidad, lo sepan a no lo sepan, y sus hijos y el mundo los dejarán atrás.

Aprender de los hijos es la mejor oportunidad que la gente tiene para asegurarse una edad madura con sentido. Es una lástima que la mayor parte de las personas no aprovechen esta oportunidad [que está ayudada por el hecho de que] la necesidad de ser escuchados por los padres nunca pasa con la edad.

Individualidad

Aceptar verdaderamente la individualidad de cada cual es la única base sobre la que puede fundarse un matrimonio maduro y puede crecer un verdadero amor.

Una característica importante del genuino amor es la de mantener y preservar la distinción entre uno mismo y el otro. El que ama genuinamente siempre percibe a la persona amada como alguien que posee una identidad enteramente separada. Además el que ama genuinamente siempre respeta y hasta alienta ese carácter separado y esa individualidad única de la personalidad.

La mujer liberada tiene razón al desconfiar del hombre que con afecto la llama “su gatita», [pues posiblemente sea] un hombre a quien le falte la capacidad de respetar la fuerza, la independencia y la individualidad [de esa mujer].

La gran mayoría de los padres no logra reconocer adecuadamente, o apreciar plenamente, la individualidad única de sus hijos, sino que los miran como extensiones de si mismos.

Lo que enriquece la unión es la individualidad separada de los miembros de la pareja. Los individuos que están asustados de su soledad y buscan por ello unirse con alguien para una vida en pareja no pueden construir grandes matrimonios. El genuino amor no sólo respeta la individualidad del otro sino que tiende a cultivarla, aún corriendo el riesgo de la separación o de la pérdida. La meta última de la vida es siempre el crecimiento espiritual del individuo, esa peregrinación solitaria hacia los picos a los que únicamente se puede llegar si uno está solo.

Compromiso

Sea o no superficial, el compromiso es el fundamento, la roca firme de toda relación genuina de amor. Comprometerse profundamente no garantiza el éxito de la relación, pero ayuda más que cualquier otro factor a asegurarlo.

Asumir compromisos es algo inherente a la genuina relación de amor. Quien está verdaderamente interesado en el crecimiento espiritual del otro sabe, consciente o instintivamente, que puede fomentar ese crecimiento sólo en virtud de una relación constante.

Los individuos con trastornos de carácter no comprenden de ninguna manera lo que es fundamentalmente un compromiso.

Disciplina

El amor no esta exento de esfuerzos, por el contrario supone esfuerzos.

La autodisciplina es generalmente amor traducido en acción. Quien ama genuinamente se comporta con autodisciplina; además, toda relación de genuina de amor es una relación disciplinada.

El hecho de que un sentimiento sea incontrolado no indica que sea más profundo que un sentimiento disciplinado. [Y] no debemos suponer que no es una persona apasionada aquélla cuyos sentimientos están modulados o controlados.

Si bien uno no debe ser esclavo de sus sentimientos, la autodiscipima no significa que debamos ahogarlos hasta el punto de anularlos, pues los sentimientos son nuestros esclavos, y el arte de la autodisciplina es como el arte de manejar a los esclavos.

El sentimiento amoroso es uno de los sentimientos que hay que someter a disciplina. Como ya dije, este sentimiento no es en sí mismo amor genuino sino que es el sentimiento que tiene que ver con hacer que alguien se vuelva importante para nosotros (catexia).

Libertad y disciplina son criadas que están a nuestro servicio; sin la disciplina del genuino amor, la libertad es invariablemente destructiva. Y el genuino amor, con toda la disciplina que requiere, es la única senda de esta vida que lleva a una alegría sustancial.

Crecimiento Espiritual

De los millares y acaso millones de riesgos que podemos correr en la vida, el mayor de todos es el de crecer. Crecer es el acto de pasar de la niñez a la edad adulta, [y, como todo] crecimiento en cualquier dirección, supone tanto dolor como alegría. Una vida plena estará colmada de dolor, pero la única alternativa es no vivir plenamente o no vivir en modo alguno.

El matrimonio es una institución cooperativa que exige contribuciones y cuidados mutuos, tiempo y energía, pero que existe con la finalidad primaria de promover el progreso de cada uno de los participantes en su peregrinación personal hacia las cimas individuales del crecimiento espiritual.

Una de las tesis de este libro es que el verdadero crecimiento espiritual puede alcanzarse sólo en virtud del persistente ejercicio del amor real.

El amor es tanto egoísta como altruista. No es el egoísmo ni el altruismo lo que distingue al amor del no amor, es su meta. En el caso del genuino amor, la meta es siempre el crecimiento espiritual; en el caso del no amor, la meta es siempre otra cosa.

[En un grupo conformado por seis parejas a quienes yo trataba, todos los miembros] estuvieron de acuerdo en que la finalidad y función de la mujer en el matrimonio era “mantener la casa en orden y al marido bien alimentado».

Todos definían la finalidad y funciones de sus maridos o mujeres con referencia a sí mismos; ninguno de ellos se daba cuenta de que su consorte podría tener una existencia fundamentalmente separada de la suya propia, o un destino aparte del de su matrimonio.

[Ante tal error les dije que no me sorprendía que todos ellos tuvieran dificultades en sus matrimonios. Se sintieron no sólo maltratados sino profundamente confundidos por mi declaración, y me pidieron que definiera la finalidad y función de mi mujer. «Es —respondí— desarrollarse y crecer lo más que pueda, no para provecho mío, sino para el de ella misma y para gloria de Dios».

[Asimismo,] la misión y finalidad de un padre es ser útil al hijo, y no usarlo para su satisfacción personal. La tarea de un padre es alentar al hijo por la senda de la independencia.