[*ElPaso}– “Dándole vueltas al viento” / Poemas de Antonio Pino Pérez: Luz en la sombra

LUZ EN LA SOMBRA

A Manuel R. Quintero, amigo mío.

Aquel rayo de sol desvanecido
que alumbra tus ansias y desvelos,
penetró en los rincones del olvido
para traerte, con su luz, consuelos.

No estaba tan secreto y escondido
el hallazgo del Arte a tus anhelos,
pues pudo al fin el objetivo herido
del gran enigma desgarrar los velos.

Siempre la luz en la lucha con la sombra
te va mostrando con temblor incierto
el oscuro rincón que nadie nombra,

pues tú, que sabes escalar alturas,
sobre la noche que te apaga el puerto
navegas superando las negruras.

1955

[*ElPaso}– Manuelita, Laurita y los «emprestigios»

08-10-2007

Carlos M. Padrón

Manuelita era una solterona analfabeta que, a pesar de su extracción social muy humilde y escasos recursos económicos, no dejaba de aparentar, en cuanta ocasión pudiera hacerlo, ser mucho más de lo que era y saber más de lo que sabía. Era muy religiosa, pero, en contraste, su hermana Laurita, también solterona, gozaba de una dudosa reputación en cuanto a su relación con el sexo masculino, además de profesar afición a empinar el codo.

En aquella época de los años 50, en la Iglesia Nueva había todavía reclinatorios privados —los más de los feligreses de relevancia social tenían el suyo— y bancos para quienes no querían o no podían darse ese lujo. Y de relevancia social era también el asistir a misa llevando un misal, y guiarse por él durante el acto.

Manuelita se las arregló para conseguir su propio reclinatorio, del que se sentía muy orgullosa. Como los reclinatorios se deterioraban con el uso, Rogelio, un joven laico a cargo del cuidado del templo, retiraba los que estaban en mal estado y los guardaba en el camerino. Cuando sus propietarias —pues el 99% de los reclinatorios eran de mujeres— no los encontraban en el lugar habitual, lo buscaban en el camerino, lo mandaban a reparar y, ya reparado, lo colocaban de vuelta en su sitio.

Dado el mal estado en que se encontraba el reclinatorio de Manuelita, un día Rogelio lo retiró de su lugar y lo llevó al camerino, pero Manuelita hizo caso omiso y, sin repararlo —tampoco tenía muchos medio económicos para hacerlo— lo rescató del camerino y lo colocó de nuevo en su sitio. Al notar eso Rogelio, lo llevó otra vez al camerino y, cuando Manuelita protestó, él le dijo que o lo reparaba o no podía ponerlo de nuevo en la iglesia.

Para sorpresa de Rogelio, Manuelita —que le había mostrado siempre afecto, lo respetaba mucho y le daba tratamiento de ‘usted’, a pesar de que por edad casi podría ella ser su madre— se le enfrentó realmente iracunda. Como no encontraba modo de calmarla, Rogelio le dijo:

—Manuelita, no se hable más: ¡o arreglas el reclinatorio o te excomulgo!

Sabiendo bien que eso de la excomunión era algo horrible para cualquier católico, Manuelita se paralizó y quedó muda al escuchar esa terrible amenaza que creyó cierta, y, como Rogelio la repitiera para hacerle entender que estaba dispuesto a llevarla a cabo, tomó el reclinatorio y lo mandó a reparar.

Un día Rogelio la encontró en la calle muy alterada, y entre preocupado y curioso le preguntó qué le pasaba. En un estado de gran excitación Manuelita le confesó:

—¡Ay, don Rogelio! Es que acabo de encontrarme con el señor Marquina, que ya sabe usted cómo dicen que es, y el muy sinvergüenza me ofreció un duro si hacía aquello con él. ¿¡Cómo se le ocurre ofrecerle un duro a una mujer de mi religión!? ¿Qué se cree él, que yo soy mi hermana Laurita?

Pero como su “paño de lágrimas” parecía ser Rogelio, un día de la época en que Manuelita trabajaba como doméstica para una señora de nombre doña Carmela, se le presentó a Rogelio en la sacristía, y entre ellos tuvo lugar esta pintoresca conversación:

—Don Rogelio, vengo porque doña Carmela quiere que usted le diga qué hora es.

Rogelio, que enseguida se dio cuenta de que era Manuelita quien quería saber la hora, pero que estaba usando a doña Carmela como pretexto, respondió.

—Dile a doña Carmela que se asome por el balcón de su casa y mire el reloj de la iglesia, y así sabrá la hora.

Manuelita, no dándose por vencida replicó:

—No, don Rogelio, es que doña Carmela quiere saber la hora que marca el reloj de usted.

Rogelio le mostró su reloj de pulsera, diciéndole:

—Ahí está.

No encontrando ya salida y dándose cuenta de que había quedado claro que ella no sabía leer la hora, exclamó, al tiempo que daba vuelta y se marchaba airada:

—Ay, ¡¡¡usted sí es!!!

Un día de diciembre, estando ya la iglesia engalanada para la Navidad, pero cerrada por la hora, se presentaron ante Rogelio, Manueli, Laurita y la madre de ambas. Laurita, que estaba bajo los efectos del alcohol, le pidió a Rogelio que las dejara entrar a la iglesia porque —y esto es lo bueno del caso, por el alto valor estimulante que de seguro tuvo para su madre—, “Mamá no la ha visto en Navidad y ésta es tal vez la última vez que pueda verla”.

Como el ser católico devoto y practicante daba prestigio social, Manuelita asistía a todos los actos religiosos, y en materia de misas iba a la llamada Misa Mayor, que era la principal de las celebradas los domingos, generalmente alrededor de las 12 del mediodía, y a la que asistía, aparte del número más elevado de feligreses —lo cual la hacía visible a mucha gente—, la flor y nata de la sociedad pasense.

Iba, además, con su misal en la mano. Se colocaba en su reclinatorio, y al comenzar la misa abría el misal, como todos los que lo usaban, excepto que, como ella no sabía leer, casi siempre lo abría en la página incorrecta, y, eso sí, pasaba la hoja cuando veía que lo hacía la persona ubicada en el reclinatorio vecino al suyo, persona que, conociendo bien las falencias y pretensiones sociales de Manuelita, tal vez por conmiseración se hacía de la vista gorda y no le decía nada al respecto.

Pero un día, en ese reclinatorio vecino al usado por Manuelita se ubicó otra señora que, si bien sabía quién era Manuelita, no sabía que era analfabeta. Y notando algo raro en el manejo del misal —a pesar de que Manuelita parecía estar leyendo devota y atentamente como todos los que tenían misal, y pasando las hojas en su momento—, se acercó más al libro, miró con más atención y, extrañada, la señora le dijo,

—Pero, Manuelita, ¡tienes el misal al revés!

Y Manuelita, sin inmutarse, le dio vuelta al misal mientras, y a guisa de explicación, con un retintín contestó:

—¡Eso dan los emprestigios! (1)

***

(1) En el viejo léxico de El Paso, ya en el olvido —por eso me he dado a rescatarlo—, el sustantivo ‘emprestigio’ se usaba para un préstamo que, bien por su índole perjudicial o porque se repetía mucho, no era del agrado de quien hablaba.

Lo que Manuelita quiso dar a entender con su espontáneo “¡Eso dan los emprestigios!” fue que el misal estaba al revés porque ella se lo había prestado a muchas personas y, de tanto prestarlo, se había deteriorado hasta ese punto y se lo habían devuelto así.

[*ElPaso}– “Dándole vueltas al viento” / Poemas de Antonio Pino Pérez: Recuerdo mío

RECUERDO MÍO

Tengo un recuerdo escondido
que no lo cambio por nada,
y es de tu risa alocada
aquel encanto perdido.

Aquel perfume de ayeres
que ya no puedo volver,
aquel reír sin querer
que se llevó mis quereres.

Tu dulce inocencia buena
que perfumó mi ternura,
tu risa tan clara y pura
que de luz tuya me llena.

Las palabras de confianza
que en el viento se perdieron,
las inconstancias que fueron
un firme pacto de alianza.

Transparencia de alegría
que en los nublados me asiste.
Juego infantil, que persiste
para jugar todavía.

Travesuras que tenías
y con tu experiencia huyeron.
¡Risas blancas que murieron
y en el recuerdo son mías!

[*FP}— Sadismo y arrogancia campeando en la ignorancia. Confesión 54 años después

Carlos M. Padrón

Alfonso Moncada (no es su nombre real) llegó a La Palma desde otra isla canaria para impartir en El Paso clases de bachillerato.

Se decía que había estudiado en un colegio religioso, pero a juzgar por su comportamiento habría que deducir que ese colegio era una mezcla de MIT (Instituto Tecnológico de Massachuset) y La Sorbona de París, pues el señor se permitía dictar cátedra de Ciencias, Letras, y cualquiera otra area del conocimiento humano, a todos los habitantes del pueblo, excepto a sus mecenas (por simple precaución), al cura (por conveniencia política) y al médico (por miedo a ser descubierto).

Tal vez por el trato recibido en ese colegio de religiosos, por algún problema de su propio carácter o por una mezcla de ambos factores, Moncada era, en mi opinión, un sádico. Seguro estoy de que en otros aspectos de su persona (como ciudadano, padre, etc.) tenía virtudes, pero en la única actividad en que lo conocí no le vi ninguna, tal vez porque el miedo que yo le tenía no me dejaba verlas, pues con el grupo de sus alumnos al que yo pertenecía practicaba el principio de que la letra entra con sangre, y armado de una vara de membrillero (dura y muy flexible) prodigaba latigazos a nuestras piernas al tiempo que, sin distinción, nos vejaba con epítetos peyorativos,… y todo ante la pasividad de nuestros padres que, por el tradicional respeto a los maestros, no se atrevian o no querían protestar los malos tratos que Moncada daba a sus hijos. Años más tarde supe que el motivo de tal pasividad era simple ignorancia de los daños psíquicos que esos malos tratos podrian acarrear a los menores que los recibían.

El sadismo de Moncada era del dominio público, pues él lo pregonaba con orgullo, y en los cafés del pueblo se jactaba de que sus alumnos —al menos nos llamaba así, y no discípulos— eran fácilmente reconocibles porque “tenían las piernas en tecnicolor”, o sea, llenas de moretones que, por haber sido renovados a diario durante meses, eran unos de color negro, otros grisáceos, otros amarillentos, azulados, etc.

Y, por lo visto, ese sadismo alcanzó tambien a su mujer, pues un día en que se sintió chistoso nos contó en una de sus clases —y fuera o no cierto el cuento, el solo hecho de contarlo a adolescentes, varones y hembras, de entre 12 a 14 años, ya dice mucho de cómo andaba su propia psique— que a poco de haberse casado, dado lo duro del invierno pasense, una vez que él e Isaura, su esposa, se metían de noche en la cama, ella se le pegaba buscando el calor de su cuerpo. Como eso no era del gusto de él, le gastó a Isaura una broma pesada haciendo que cuando una noche quiso ella acurrucarse como de costumbre, se hiriera con los picos (púas) de una penca que, previamente acondicionada, se había atado Moncada a su muslo.

Yo, con mis 12 años —cursaba segundo de bachillerato—, ya no soportaba más el calvario de ir a clase para recibir malos tratos físicos y morales, pero no encontraba modo de evitarlo como no fuera el renunciar a los estudios, con el consiguiente disgusto de mis padres y perjuicios para mi futuro. Sin embargo, un día en que no había logrado resolver todos los problemas de matemáticas (nunca fui bueno para Ciencias) que como tarea nos había puesto Moncada, al subir las escaleras que llevaban al aula de clase cobré conciencia del castigo que me esperaba y algo se alteró dentro de mí de tal forma que comencé a temblar como un azogado y no podía mover mi pie para subir el último peldaño de la escalera; aunque temblando, me había quedado paralizado.

Se mi hizo claro que, suponiendo que pudiera yo llegar al aula, así no debería entrar en ella, pues mi estado me habría acarreado peores consecuencias, por lo que, cuando pude, di media vuelta, bajé la escalera sujetándome del pasamanos para no caer, y, teniendo en mente el castigo posterior por haber faltado a clase además de no llevar resueltos todos los problemas de matemáticas, me encaminé de regreso a mi casa tramando un plan para intentar solucionar de una vez esa situación en la que yo no podía seguir, pues el miedo a Moncada no me permitía concentrarme para estudiar, ni asimilar en clase las enseñanzas que de otra forma podría haber aprovechado. En resumen, yo estaba gastando el dinero de mis padres y perdiendo mi tiempo, mis estudios y mi salud.

Al verme entrar a la casa, a deshora y con la expresión propia de la angustia que me consumía, mi madre, alarmada, me preguntó qué me había pasado. Sin más, y siguiendo el plan urdido en el camino, le conté en detalle los diarios castigos que yo recibía de Moncada, y le dije, mintiendo deliberadamente, que había regresado a casa porque el miedo a entrar al aula era tan grande que me había desmayado antes de llegar a ella.

La reacción de mi madre no se hizo esperar. Se cambió de ropa y, según supe después, se fue directamente a casa de su hermana, que era la esposa de don Juan Fernández, el médico del pueblo, hombre por demás respetado, y allí contó lo que yo le dije que me había pasado y los motivos que lo ocasionaron.

No sé si fue mi propia madre o mi tía quien se lo contó a don Juan, pero el caso es que éste citó a Moncada, habló con él, y lo que le dijo tuvo la virtud de conseguir que Moncada no me tocara más. Eso sí, evitaba mirarme a los ojos cuando se dirigía a mí, y, cuando yo lo sorprendía mirándome, el rencor en su mirada era algo casi físico, que podría tocarse.

Aún no sé cómo logré aprobar ese segundo año de bachillerato, pero para el tercero me pusieron en la academia de don Santiago García Castro, del cual sí fui discípulo, y me libré por fin del terror de ir a clases —y, para colmo, no poder aprovecharlas—, de las agresiones físicas y morales de que Moncada me hacía víctima, y de su mal contenido rencor hacia mí.

Moncada fue el primero que me dio clases de francés, idioma del que sabía lo que había leído en los libros de texto; definitivamente, el tipo era osado. Tal vez a eso se deba la aversión que desarrollé en contra del francés, y que me llevó a cambiar a inglés tan pronto el pensum académico me lo permitió.

Como en El Paso no había entonces nadie que impartiera clases de inglés, lo estudié yo solo usando libros que mis hermanos me enviaron desde Venezuela, y las consecuencias de haberlo aprendido así las estoy pagando todavía porque, si bien no tengo mayor problema con leer o escribir inglés, para entender bien el hablado necesito “ver” en mi mente las palabras, o sea, verlas escritas, pues las aprendí por libros. Moraleja: la forma de aprender un idioma es la que usan los niños.

Llevado por su osadía, un día —cuando ya yo sabía bastante acerca del inglés y me atrevía a servir de guía a los turistas de habla inglesa que necesitaran uno y aceptaran a un muchacho de 14 años que sólo maltrataba ese idioma—, Moncada abrió clases de inglés, y aún recuerdo mi asombro cuando en uno de los bares del pueblo le escuché “dictar cátedra” acerca del idioma inglés ante un grupo de parroquianos de los que a él lo tenían por muy sabido. Lo que les dijo me hizo entender mejor el nivel de su “sapiencia”, y luego de superada la rabia inicial sentí una cierta satisfacción.

Juan Esteban, uno de los alumnos que picó el anzuelo y asistió a sus clases de inglés, era un muchacho atlético que contaba unos dos años más que yo. Con Moncada protagonizó un incidente que se hizo popular: A la segunda vez que Juan Esteban no pudo acertar con los tiempos de algunos verbos irregulares, Moncada, ante todos los alumnos, le dijo:

—En la clase de la próxima semana te lo preguntaré de nuevo, y si no lo sabes, ¡te voy a dar una ostia!

A lo que, sin inmutarse. Juan Esteban contestó:

—No. Nos vamos a dar.

Y así puso término a la fanfarronería de Moncada.

***

Desde que dejé sus clases, nunca más hablé con Moncada. Algunos años después emigró a Venezuela y supe que su peculiar y violento estilo de “enseñanza” por poco le cuesta muy caro, pues los padres venezolanos no toleraban que maltrataran a sus hijos.

Regresó a El Paso, y seguro estoy de que me vio alguna de las veces en que yo, con residencia ya en Venezuela, volví a mi pueblo, pero ni se manifestó conmigo ni yo lo vi, ni siquiera de lejos. Y me preocupa el hecho de que, posiblemente por lo mucho que me hizo sufrir, no recuerdo su cara; recuerdo bien las caras de todos los maestros y maestras que he tenido en mi vida desde los 6 años de edad, pero no la de Moncada. Si viera una foto suya tal vez la recordaría, pero por ahora no tengo al respecto ni la más pálida idea. Sí recuerdo cómo era su cuerpo y hasta cómo caminaba y se movía en el aula, enarbolando su vara, pero no recuerdo su cara.

La faceta para mí más triste de esta historia es que mis padres nunca supieron que yo les había mentido acerca de mi desmayo. Sin embargo, con mi experiencia de padre —y con lo que de una de mis hijas, doctora en psicología infantil, he sabido al respecto—, si me viera de nuevo en el trance —con padres que, por simple ignorancia, no sólo heredada sino también presente en el medio ambiente, no reaccionaran ante los malos tratos que un Moncada me diera— haría lo que fuera con tal de librarme de él.

Ahora me siento mejor al confesar públicamente la mentira que dije a mis padres hace 54 años, y hacer también público reconocimiento a don Juan Fernández porque me salvó tres veces: cuando yo tenía apenas 4 meses, me salvó de una muerte por neumonía; a los 16 meses me salvó de una muerte por tétanos; y a los 13 años me salvó de los daños que me habría causado continuar sufriendo los malos tratos físicos y morales de que me hacía víctima Alfonso Moncada.

Boca Raton (Florida, USA), 30/08/2007.

[*ElPaso}– “Dándole vueltas al viento” / Poemas de Antonio Pino Pérez: Camino

CAMINO

Camino, llévame al puerto
de donde vienes o vas.
Camino, camino abierto
que en todas partes estás.

Tendido al futuro incierto
tan alargado hacia atrás,
camino viejo y desierto,
¿adónde me llevarás?

Siempre nos dices ¡jamás!
siempre llevando o trayendo,
siempre pasando y volviendo,
siempre adelante y atrás…

Y sólo anhelas llegar
para volver a partir,
y sólo sabes seguir
para volver a pasar.

Camino viejo, el destino
te empuja, vienes o vas.
Y en todas partes estás,
de todas partes camino.

Huellas de generaciones
grabadas en tu andadura
pregonan su desventura
en polvo de humillaciones.

Y es tu andar y desandar
como una cinta sin fin
que en su impasible trajín
sólo le importa llegar.

Triunfal o fatal destino,
tú siempre vienes o vas
y en todas partes estás,
de todas partes camino.

[*ElPaso]– Clara Rita y Julito, contradicciones del drogamor

Carlos M. Padrón

Clara Rita era una muchacha de El Paso de físico espectacular, pero, como se dice hoy en este lado del charco, muy zanahoria —cándida e ingenua, en cristiano,… y naïve en gomero—. Era la novia oficial de Julito, igualmente de El Paso, quien bebía los vientos por ella.

Un día que Julito estaba jugando billar con un amigo en el Bar Central, ubicado en el centro del pueblo, el amigo, que recostado cerca de la puerta más cercana a la mesa de billar esperaba su turno al taco, dijo con tono de excitación: “¡Ahí viene subiendo Clara Rita!”.

De inmediato Julito dejó sobre la mesa el taco y corrió a apostarse en el centro del marco de la tal puerta para ver pasar a su adorado tormento que, efectivamente, venía subiendo por la acera de enfrente al bar, pues ninguna mujer que se preciara pasaba por la acera pegada al bar mientras éste estuviera abierto o hubiera hombres en él.

Era lo más que con respecto a su novia podía hacer Julito ese día, pues, aunque el noviazgo era formal, no siendo jueves ni domingo ellos no podían “enamorar”, o sea, reunirse para dialogar, pasear, etc. Eso era actividad reservada para jueves y domingos.

Julito clavó en Clara Rita una embelesada mirada que la siguió imperturbable hasta que la muchacha, un tanto errática en su andar porque se sabía observada, llegó al final de la calle, dobló a la derecha y dejó de ser visible para Julito. Y entonces, en un arrebato casi histérico, Julito pateó contra la puerta, estando aún parado bajo su marco, y gritó:

—¡Es que no, no puede ser! ¡¡No puedo ni imaginármelo!!

Sorprendido, el amigo le preguntó a qué se refería, y Julito, con acento atribulado, contestó:

—Que yo no puedo pensar que Clara Rita cague. ¡¡No puedo imaginármela cagando!!

Una prueba de cómo el drogamor idealiza y crea su propia realidad.

Los viejos de El Paso llamaban a eso “jozar mierda”, donde ‘jozar’ era una mala pronunciación de ‘hozar’ (= mover y levantar la tierra con el hocico), que es lo que suelen hacer los cochinos,… pero con su propio excremento. Los cubanos son más directos al respecto y acuñaron el término ‘comer mierda’, del cual deriva el adjetivo ‘comemierda’, y eso, comer mierda, era lo que Julito hacía con respecto a su novia, como hace todo drogamorado bajo los efectos de su drogamoramiento.

Es el caso que por boca de una amiga Clara Rita supo lo de la competición vulvística que ya conté en Concurso clandestino e insólito de una C3, e intrigada interrogó a su amiga acerca de por qué las competidoras llegaron al para ella tan insólito tópico de conversación.

Sea lo que fuere que recibió como explicación, Clara Rita se encerró en su dormitorio, en presencia de su amiga, abrió bien la ventana que daba a la calle (no corría riesgo de que desde afuera la vieran porque su dormitorio estaba en el segundo piso y no había cerca casas tan altas), se desnudó de medio abajo, se sentó en la cama, de frente a la ventana para que le diera bien la luz del día, dobló sus piernas, abrió sus muslos, alzó su pelvis y, tomando un espejo, lo enfocó de forma que, reflejada claramente en él, pudo ser su propia vulva.

Después que la examinó en detalle, frunciendo cada vez más el ceño, alzó la vista hacia su amiga y, con expresión de perplejidad, exclamó:

—¿¡Y por “esto” se vuelven locos los hombres!? ¿¡¡Pues no sé qué es lo que le ven!!?

P.D.: Fue la propia Clara Rita quien después contó esta historia, buscando, según se comentaba, que alguien le explicara por qué los hombres enloquecían por algo tan feo como una vulva femenina.

[*ElPaso}– «Soldado de aquella guerra». Su autor y yo (2/2)

Carlos M. Padrón

Volvamos al periodo entre 1956 y 1960.

Álvaro Taño leía constantemente, y casi siempre temas sobre hechos históricos, biografías y Filosofía. Fue él quien, estando ambos aún en El Paso, me hizo conocer a Ortega y Gasset, y a Gregorio Marañón, y me llevó a descubrir la Colección Austral, que editaba muy buenas obras —algunas censuradas por el régimen, por supuesto— en formato de bolsillo y a buenos precios. Aún conservo muchas de las que compré por sugerencia de Taño, pero él tenía muchas más.

Inteligente, taciturno, siempre de expresión afable y conducta autocrítica, fue brillante en los estudios, y para la época en que, después de la secundaria estudió Magisterio, se anunciaron oposiciones para la administración de Correos, actividad que funcionaba entonces muy bien en España porque la dictadura, que Taño detestaba, la mantenía bajo disciplina militar. Él decidió prepararse para optar por la plaza de Administrador de Correos de nuestro pueblo de El Paso, que era la que más le convenía. Estudió a fondo, como sabía hacerlo, y la ganó.

En el ínterin, sin embargo, debió ir a veces a estudiar o a hacer prácticas o pasantías afuera, y una de ellas la hizo, en 1960, en la oficina principal de Correos de Santa Cruz de Tenerife, que estaba en la Plaza de España, muy cerca de la Pensión La Nación, en la que yo me alojaba y también se alojó él, y nos veíamos con frecuencia.

Fui yo quien, porque llevaba viviendo en Tenerife más tiempo que él, lo llevé un día —y luego él siguió yendo— a comer en la fonda de doña Tomasa, una señora gorda y bonachona a quien aún recuerdo con cariño, que en el patio cubierto de su humilde casa —situada en el número 13 de la Calle La Luna, a un costado del ya desaparecido Parque Recreativo, en Santa Cruz de Tenerife— había colocado unas 4 mesas, y servía almuerzos y cenas que ella misma preparaba y vendía a precios muy bajos. Eran frugales pero sanos, nutritivos y económicos y, salvo excepciones, yo siempre iba a comer allí.

Edita, la novia que para el momento tenía Taño y con quien después se casó, estudiaba Magisterio en La Laguna (Tenerife), y cada vez que él podía iba a La Laguna a reunirse con ella. Pero en el verano de 1960 Edita se fue de vacaciones a El Paso, y Taño tuvo que quedarse en Santa Cruz de Tenerife en su pasantía en Correos. Y, para colmo, también sus otros dos compañeros —eran tres los miembros de su grupo, y los llamábamos “El Triunvirato”— se fueron de vacaciones, todo lo cual hizo que él se sintiera solo y con todo el trabajo postal de la época navideña, y, tal vez movido por esa soledad, miraba con más frecuencia que antes la foto de su novia, que había colocado sobre la mesa de noche de su habitación en la pensión.

Foto que le tomé, con la primera cámara que tuve, un domingo en que ambos subimos a La Laguna (Tenerife) a ver a nuestras respectivas novias.

Para matar el tiempo que el ajetreo laboral le dejaba, leía poemas de Rabindranth Tagore, alguna nueva adquisición de la Colección Austral, y comenzó la lectura de una biografía de don Álvaro de Luna, famoso personaje en la historia política de España.

Según me contó luego, esta biografía era tan mala que no terminó de leerla sino que usó las hojas del libro para limpiarse cuando iba al baño, pues en la Canarias de entonces, y al menos en nuestro medio, no usábamos papel higiénico, de ahí que, por su diario contacto con los periódicos, nuestros culos fueran “ilustrados».

A veces nos reuníamos en la pensión, en su habitación o en la mía, a comentar las noticias que por cartas de nuestras familias nos llegaban desde El Paso, a celebrar las muchas anécdotas de personajes del pueblo, y a reírnos de cómo éstos reaccionarían si pudieran ver cosas que nosotros veíamos en Tenerife, como los novios tomados del brazo cual si estuvieran casados, o las solemnes procesiones que en Semana Santa tenían lugar en La Laguna en las que decenas de hombres hechos y derechos —a los que en el léxico popular de El Paso se les llamaría “tasartes” porque siendo ya adultos se daban a tareas impropias de esa edad— desfilaban muy serios y con aire trascendental llevando en su mano una vela encendida, lo cual a Taño también le molestaba porque denotaba mucho de sumisión a la Iglesia, organización que apoyaba totalmente al régimen dictatorial, y viceversa, y me decía, denostando contra esos tasartes, que el solo recordarlos con su porte y sus velas le causaba malestar, como también se lo causó en su momento que la sala de reuniones del lugar de trabajo de “El Triunvirato”, en la oficina central de Correos de Santa Cruz de Tenerife, hubiera estado presidida por un retrato de Franco.

Pero su duda existencial, su inquietud permanente y objeto de ansiosa búsqueda era el descubrir si él en realidad tenía —y uso textualmente sus palabras— “capacidad amatoria”, o sea, si su amor hacia las tres mujeres con las que hasta la fecha había logrado vínculos sentimentales había sido y era verdadero, y si él sería capaz de abrazar la fidelidad y de echar a un lado, después de casarse, los recuerdos de sus otros noviazgos.

Reuniendo todo esto —y como, a pesar de los problemas que una peculiar faceta de mi sentido del humor me había causado, que era la de no poder evitar “cerrar la puerta cuando alguien coloca sus dedos entre las bisagras”— mientras estaba yo de vacaciones en El Paso en diciembre de 1960, y el atribulado Taño estaba aún en Tenerife rumiando su soledad, le escribí este poema, que tal vez él haya olvidado pero yo no:

Tribulaciones de Taño

Elegía a las vicisitudes que
acontecen en su soledad a mi
buen amigo Adolfo Taño Perera

Se ha disuelto El Triunvirato.
Ya en la sala de reuniones
no preside las sesiones
cierto expresivo retrato.

Dos triunviros se marcharon
hacia su ciudad natal
dejando que le pobre Taño
finalice solo el año
entre ajetreo postal.

¡Pobre Taño, pobre Taño!
Alejado de sus lares,
morando allende los mares
y rodeado de extraños,
mitiga la soledad
de su destierro brutal
con la Colección Austral
y el dulce Rabindranath.

Encuentra también consuelo
contemplando a cada rato
de su “costilla” el retrato
que guarda con mucho celo.

Añoranzas como estelas
le siguen a todas partes,
y recuerda a los tasartes
desfilando con sus velas.

Recuerda los días felices
pasados en La Laguna.
Piensa en la cruel fortuna
que le ha puesto en tal confín,
… y en el higiénico fin
de “Don Álvaro de Luna”.

Recuerda, piensa y añora.
Su vida es de anacoreta,
y en su soledad completa,
siempre fiel a quien adora,
sufre, además, un martirio.

En un constante delirio,
noche y día el pobre Taño
hace esfuerzos de memoria
y hurga en tiempos de antaño
buscando un algo ideal,
que quizá fuera real
alguna vez en la historia
de su triple mocedad.
Busca con ansiedad
¡su capacidad amatoria!

El Paso, 18/12/1960

En mi próximo viaje a El Paso espero tener oportunidad de hablar con Álvaro Taño sobre varios temas que siempre me agrada tratar con él, aunque no de Política,… si esto fuera posible.

[*ElPaso}– La leyenda del “Alma de Tacande” / José Pérez Vidal (4/4): Cantares del “Alma de Tacande”

José Pérez Vida

Uno de los cantares que cantaba el Alma de Tacande

Corazón mío, ¿por qué estás triste?
Cautivo te tengo y libre naciste.
Por el mal que apercibiste,
cautivo te tengo y libre naciste;
llora y siente lo que ofendiste.
Cautivo te tengo y libre naciste.
Si penas tienes, tú las quisiste;
sufre con paciencia lo que tu quisiste.
Cautivo te tengo y libre naciste.
Si penas tienes, tú las quisiste.

María lo envuelve, José lo arrulla,
por ser carpintero, el niño no tiene cuna.
María lo envuelve en sus lindos cantares.

El final del romance, parece haber recogido hechos ajenos a la aparición. Especialmente, las referencias a brujas producen una impresión de ser elementos incorporados al primitivo núcleo de la leyenda. La tradición del lugar está cargada de historias de brujas. El Llano de las Brujas no está lejos.

De los dos cantares que entonaba el alma, el primero parece una endecha. Del mismo tipo se cantaban antiguamente en Canarias (3). El segundo cantar es un villancico que ha dado lugar a una canción de cuna muy extendida y conocida, tanto dentro como fuera del archipiélago:

Este niño chiquito
no tiene cuna.
Su padre es carpintero,
y le hará una (4).

Tanto la endecha como el villancico son más antiguos que el romance, y, además, tienen una traza tradicional de que el romance carece.

En otra copia, que tengo registrada con el número 2 en mi archivo, no se aprecian variaciones importantes en el romance. Sólo las siguientes:

Verso 12: “puesto del mar a sus faltas”-.- 32: “ y llegó a Tacande el alma”.- 34: “la aprese” (?) y honrada casa”.- 42 “a ligero y sin tardanza”.- 65: “de terror quedó espantado”.- 174: “y era tal tu angustia ascensia ( ?).- 200 “pero con mucha alegría”.- 214: “estas frases refería”.

Se ve que es copia realizada por persona inculta, que altera las palabras poco usuales. En cambio, ofrece más completo el villancico:

María lo envuelve,
José lo arrulla.
Por ser carpintero
el niño no tiene cuna.
María lo envuelve
con sus lindas mantillas.
José lo arrulla
con lindas cantigas.
María lo envuelve
con lindos pañales.
José lo arrulla
con lindos cantares.

Y, además, termina con el siguiente testimonio de los sucesos: “Aún viven todos los que presenciaron todo lo que llevo referido y podrán dar razón de ello y lo son: Alonso Pérez, Bartolomé Hernández del Pino, Jacinto Pérez de Paz, Luis Pérez Cuevas, Simón González, Francisco Díaz (que vive en Las Lomadas), Catalina de la Plata, y Andrés Martín de Alcalá”.

El romance no ha llegado a ser tradicional, pero bastantes personas saben trozos más o menos extensos del mismo y no falta quien lo repite de memoria de principio a fin, si bien omitiendo aquí y allá tal cual verso.

Poseo una de estas versiones comunicadas oralmente, y las señales que en ellas ha dejado esta forma de transmisión muestran que el romance se ha propagado y desgastó entre la gente del pueblo. De una parte faltan no pocos versos: 93 y 94, 105 a 108, 115 a 118, 124 y 125, 161 y 162, 174, 223 a 228, 231 y 232, 236, 243 a 245, 249 a 258. De otra parte el habla popular ha invadido el texto del romance y determinado muchas y variadas alteraciones: “Alante” por “Atlante (v.1); “pintorosa” por “pintoresca” (v. 3); “vete al punto” por “marcha al punto” (v. 41); “inmóvel” por “inmóvil (v. 66); “arbritio” por “arbitrio” (v. 75); “Y fue y le dijo” por “Llegó y le dijo (v. 81); “aprendieron” por “emprendieron” (v. 104) ; “no de acción sino en madera” por “no de acción, sí en la madera”(v128); “en tata y en plena” por “intacta y en plena…”(v.134); “ya me voy pa lo infinito” por ya me marcho a lo infinito”.

La influencia popular no ha pasado de estas alteraciones formales, y no ha incorporado al romance ninguno de los otros episodios y detalles que la leyenda ofrece en la tradición de El Paso, pues, según ésta, habiendo muerto de parto Ana González, su alma se presentaba con frecuencia en la casa a arrullar al niño: la cuna se movía sola y, en torno a ella, se oían cantos que de ninguna persona visible procedían. También refiere la tradición que un día el alma de Ana González invitó a los moradores de la casa para ir a ver en la montaña de Enrique el hoyo que ella había hecho cuando huía del Demonio, que la iba siguiendo.

Montaña de Enrique; al fondo, el pico Birigoyo. En la cúspide de la montaña puede apreciarse la hendidura de la boca del hoyo en referencia, que forma como una caldereta un tanto disimulada y cubierta por la vegetación.

La misma montaña fotografiada desde un satélite. El hoyo en la cúspide se aprecia muy bien en esta foto de Google Earth.

Como éstos, es posible que aún queden por recoger en El Paso otros detalles y noticias referentes a la aparición del Alma. En el Término, como se ha visto, se conserva viva esta tradición, que se manifiesta hasta en expresiones como “Una y no más, como el Alma de Tacande” (5).

La mayor parte de los datos que aquí he aprovechado para ilustrar el romance me los ha facilitado el culto y diligente alcalde de El Paso, don Antonio Pino Pérez (6), a quien expreso públicamente mi agradecimiento (7).

***

(3) Vid. José Pérez Vidal, “Endechas populares en trístrofos monorrimos. Siglos XV –XVI”. La Laguna, 1952.

(4) F. Rodríguez Marín. “Cantos populares españoles” (Sevilla 1862), número 3.

(5) NotaCMP.- Es algo que desde muy pequeño he escuchado en boca de la gente de mi pueblo y que, al igual que los miembros de mi familia, sigo usando aún como dicho propio para ocasiones que uno no quiere que se repitan.

(6) NotaCMP.- Se trata del autor de los poemas que he publicado bajo el título común de “Dándole vueltas al viento”.

(7) Según las referencias recogidas por José de Viera y Clavijo, autor del siglo XVIII, en sus “Noticias de la Historia general de las Islas Canarias>”, tomo III, lib. XXV, cap. LXXXVIII, el Alma de Tacande barría, traía agua, ponía la olla y vestía a los niños; por último, después de hablar con el fraile, hizo testamento y se despidió para el Cielo. También hace mención de esta famosa alma R. Verneau, en “Cinq années de séjour aux iles Canaries” (París, 1891), pág. 361. .

[*ElPaso}– Las ventas, las tiendas y otras cosas / Ezequiel González González

(Publicado en de la página web, Sección Cultura, del Ayuntamiento de El Paso – http://www.ayuntamientodeelpaso.org/cultura/tiendas.html–).

Hay un dicho que se expresa así: “Cuando el diablo no tiene qué hacer, descose la capa y la vuelve a coser». Pues como yo no me considero diablo, y no tengo capa, pero tampoco tengo nada que hacer, pues me voy a entretener en contar más o menos cómo recuerdo era el comercio en mi pueblo El Paso, en mi niñez y adolescencia. Empezaremos por diferenciar lo que eran tiendas y lo que eran ventas. A medida que las vayamos mencionando, seguiré explicando lo que era una u otra.

Las ventas superaban en número a las tiendas, por lo tanto, vamos a empezar por las primeras, y las iremos enumerando de Este a oeste.

Las ventas

• En Las Canales estaba la venta de la viuda de Rocha
• En El Barrial una panadería también de Rocha (muy buen pan)
• Barranco abajo encontramos la de Martín Vallejo y el Molino de Gofio del mismo dueño
• Entrando por la Cuesta del Viejo salimos a La Rosa, y encontramos la de Juanito el de Petrona, la de Melo González, la de Angelito el Cuico y la de Pepe Chamejo. Todas éstas en un palmo de terreno, en lo que se llamaba El Abrigado
• Tomando el camino hacia el Camino Viejo encontramos la de Domingo el de Jorge, y la de Pepa de Andrea
• En dirección a la Montaña Colorada estaba la Ventera
• Volvemos a La Rosa, y en el Morrito estaba la de Vicente Pino
• Camino abajo encontramos la de Liberato y Las Camachitas
• En la Cruz Grande la de Pepe Sosa (1)
• En la Cuesta de la Cruz Grande, la de Doña Teresa Padrón (2)
• Más abajo, creo recordar a Cipriana en la casa de Antonio Bellido
• En La Plaza, la de Domingo Postarra, en la casa de los Tabares (ésta tuvo muchos dueños)
• Por los Cernícalos, en los Cuatro Caminos de Correa, estaban la del propio Correa y la de Martín Candelaria
• Más abajo, la de Andrea Pino
• Y llegamos otra vez a La Plaza, donde estaba la de Rosario Gabino y su esposo Ismael Acosta
• En la Hoya de Gabriel había una que me parece era de Los Gatos, y también ponía tapas de hígado con mojo para beber vino (3)
• Seguimos hacia abajo y había otra en los Bajos de Caruncho
• En la Cajita del Agua, la de Faustino Pino
• Por Tacande sólo recuerdo la de Tío Aquilino
• También en Tacande la de Carmen Cordobés, en los bajos de la casa de Anacleto el Cacho
• Por la carretera de Tajuya estaba la de Severiano
• Bajando por el camino de Panadero, cerca del cruce con el que viene de la Cajita del Agua, había otra venta
• Por la carretera estaba la de Juan Pérez, que estuvo primero en los bajos de la casa de Anita Gamona, y después en su propia casa en el Badén
• En Tajuya estaba la de Bruno, en el empalme
• Más allá, también en Tajuya, la de Juan Gabino
• Seguimos y llegamos a la de El Paraíso
• Antes de San Nicolás hay otra
• En la esquina con La Plaza hay otra venta
• Más adelante, un molino de gofio y la última venta
• Por Tenerra había una venta en frente de la casa de Doña Pepa Méndez, por encima del Torreón (4).

Esto es más o menos lo que yo recuerdo. Puede que en el tintero se haya quedado alguna.

Las tiendas

Vamos ahora con las tiendas.

• En el Barranco de las Canales estaba la de Vicente Sosa, tejidos y artículos de regalo y algo de calzado (ésa se convirtió en el gran complejo de Antonio Suaiso, hijo de Vicente, alguien tuvo la ocurrencia de llamarlo El Corte Inglés, pues, por muy inverosímil que parezca, allí había de todo).
• En La Rosa estaba la de José Ana Pérez; tejidos, ropas de cama, lencería, etc. y algo de pintura.
• En el Camino Viejo, la de Miguel el de Cristabela
• En los Cuatro Caminos, la de Don Pedro Martín; tejidos, calzados y materiales de construcción (5).
• En la casa de Antonio Padrón estuvo la cooperativa, que la regía el padre de estos Padrones

Llegamos a La Plaza y estaba,

• La de Anita Martín, en la casa de los Tabares; tejidos y calzados, bien surtida
• La de Don Pedro Capote Gutiérrez, en los bajo de su casa
• La de Don Mauricio Herrera; tejidos, artículos de regalo, calzado y muebles
• La de Don Ángel Herrera; tejidos, artículos de regalo, algo de calzado, y representación de las máquinas de coser Singer
• La de María Martín, en casa de Don Abraham Duque; tejidos
• La de Don Antonio Cordobés González y Don Francisco Monterrey Hernández; tejidos, artículos de regalo, algo de ferreterías, pinturas y madera.

• En la Cajita del Agua, la de Lina Pino; tejidos; y, por último,
• En la Crucillada, Antonio Reyes; calzado.

Funcionamiento

¿Cómo funcionaban las ventas y las tiendas?

En las ventas, por regla general casi todo se vendía a granel y se pesaba por libras y onzas. Cada cual compraba con arreglo a sus posibilidades. Había quien pedía 5 céntimos de especies, y esto era cominos, clavos y especias; la pimienta negra era cosa aparte. Imagínese lo que podrían obtener por ese precio, pues les alcanzaba para “templar” el caldo (hoy puchero). Así mismo, el aceite se compraba hasta por una perra. Había un recipiente de hoja de lata donde se guardaban las medidas, y las había desde para una perra hasta un litro.

Lo que era de envolver, en papel baso. Era un papel fuerte, estilo folio, y de color acanelado. Para lo de líquido cada cual traía su envase. Se usaba para los líquidos el cuartillo, la medida que era una cuarta parte, y el medio cuartillo. También estaba el galón, el medio, el cuartón y el barril y, por último, la pipa. En las ventas también había bebidas embotelladas, como licores y aguardientes. La caña se vendía a granel, pues las traían en barricas de América. Las papas y los boniatos se pesaban también por arrobas, quintales y hasta por latas, y una cantidad que se llamaba fisca, que costaba tres perras.

En las tiendas, para medir se usaba la vara y la cuarta. Yo recuerdo perfectamente estas pesas y medidas, hasta que se implantó el sistema métrico decimal y empezó a funcionar el metro, el litro y el kilo, aunque hoy se emplean el medio, el cuartón, el barril y la pipa, unos para agua y para vino.

Molinos de gofio

Quiero hacer una mención a los molinos de gofio, ya que por ellos se puede catalogar uno de los alimentos primordiales que había junto con las papas.

Estaban funcionando los molinos de,

• Manuel Rolo, con dos piedras y dos motores, en los Cernícalos (6)
• Martín Vallejo, en el Barranco de las Canales
• Tomás el Sordo, en la Cruz Grande
• Fidel Monterrey, en la Hoya de Gabriel
• Otro en Tajuya
• Otro más en Las Manchas.

Hoy creo que no existe ninguno. Sólo los hay como industria en Los Llanos de Aridane.

Panaderías

Estaban las de,

• Panadero
• Victoria Malgara, en Tenerra (7)
• Graciliana, en Cachete
• Rochita, en El Barrial
• Juan Perera, en El Paso de Abajo; y,
• Bellido, en La Plaza (8).

Me parece que hoy sólo existe la de La Plaza.

Zapaterías para el arreglo del calzado

Que yo recuerde, eran las de,

• Guillermo Zorrilla, que primero estuvo en el Calorín, y después en La Plaza, y que fue cedida a un sobrino
• Juan Pulguita, en el Camino Viejo
• César, en los bajos de Antonio Bellido
• Otra en Tenerra
• El Cojo Valerina, en el Camino Viejo
• Antonio el Cojo, en el Calvario
• En la Cajita del Agua, en el camino que viene del barranco, había una de la que el zapatero era un inválido
• Don Luis el Chisme. Este zapatero trabajaba a domicilio, pues había mucha gente que compraba la suela y le avisaban para que fuera a hacerles el trabajo. Era un hombre alto y desgarbado que metía los trebejos en un saco, se lo cargaba colgado del hombro a la espalda, y se iba a realizar el encargo.

Otros

• En la Hoya de Gabriel hubo una ferretería de Domingo Postarro
• Más abajo, en los bajos de Ezequiel Yanes, otra ferretería, de Manuel Triana
• En la Hoya de Gabriel tenía Darino Acosta una especie de almacén para la venta de materiales de construcción
• En los bajos de Eliseo González estaba la talabartería de su padre.
• Más abajo, en la casa de Perera, tenía Antonio un comercio para la venta de cereales; y, por último,
• En la Cajita del Agua, Antonio Pino también vendía cereales y materiales de construcción.

Creo que para un pueblo con una población más o menos pequeña, era una gran plantilla comercial.

Si creen que esto es un latazo, que me perdone Dios, pero sigo creyendo que si a los jóvenes de hoy se les preguntara cómo vivían sus abuelos, casi diría que la mayoría no conocían lo que aquí se relata sobre el comercio.

Esperando que a alguien le sirva de entretenimiento, que sería mi mayor regocijo.

***

NotasCMP.- Si mal no recuerdo, en mis tiempos,

(1) Era la de Vicente Pino.

(2) En esa cuesta —o sea, en el Camino Real, y concretamente en los bajos de la casa de doña Luisa Montero— estuvo la recoba de Virta. Como el negocio no iba bien, Virta popularizó entre los vecinos su diario lamento: “¡Las dos de la tarde y yo sin vender una escoba!”. Y más abajo, a la altura de La Corrala, en la casa pegada a la de mi tío Daniel Padrón, estuvo la venta de Braulio Brito.

(3) Si el molino de Fidel estaba en la Hoya de Gabriel, también ahí, al lado de ese molino, estaba la venta de Antonio Afonso, más conocido como Antonio Cañón. No sé si sea ésta la que el autor llama “de los Gatos”.

(4) Era la de Bonanza Afonso. En la casa donde estaba vivieron, tiempo atrás, mis bisabuelos maternos, Pedro y Martina, padres de don Pedro Martín Hernández y Castillo (Pedro Castillo).

(5) A escasos metros de la tienda de don Pedro Martín había una, no sé si tienda o venta, llamada de Rosa López o Rosa Mayato.

(6) Ese molino, que estaba muy cerca de mi casa, en una edificación que siempre conocimos como “El molino” era de don Vicente Simón, que tenía allí, además, venta y panadería.

(7) La panadería que conocí en Tenerra, frente a la casa del llamado Eugenio Chilingo, era la de Buenavida, cuyo nombre era Manuel.

(8) La panadería que conocí en La Plaza, en los bajos del café de Bellido, era la Luis el Panadero.