[*ElPaso}– “Soldado de aquella guerra”. Su autor y yo (2/2)

Carlos M. Padrón

Volvamos al periodo entre 1956 y 1960.

Álvaro Taño leía constantemente, y casi siempre temas sobre hechos históricos, biografías y Filosofía. Fue él quien, estando ambos aún en El Paso, me hizo conocer a Ortega y Gasset, y a Gregorio Marañón, y me llevó a descubrir la Colección Austral, que editaba muy buenas obras —algunas censuradas por el régimen, por supuesto— en formato de bolsillo y a buenos precios. Aún conservo muchas de las que compré por sugerencia de Taño, pero él tenía muchas más.

Inteligente, taciturno, siempre de expresión afable y conducta autocrítica, fue brillante en los estudios, y para la época en que, después de la secundaria estudió Magisterio, se anunciaron oposiciones para la administración de Correos, actividad que funcionaba entonces muy bien en España porque la dictadura, que Taño detestaba, la mantenía bajo disciplina militar. Él decidió prepararse para optar por la plaza de Administrador de Correos de nuestro pueblo de El Paso, que era la que más le convenía. Estudió a fondo, como sabía hacerlo, y la ganó.

En el ínterin, sin embargo, debió ir a veces a estudiar o a hacer prácticas o pasantías afuera, y una de ellas la hizo, en 1960, en la oficina principal de Correos de Santa Cruz de Tenerife, que estaba en la Plaza de España, muy cerca de la Pensión La Nación, en la que yo me alojaba y también se alojó él, y nos veíamos con frecuencia.

Fui yo quien, porque llevaba viviendo en Tenerife más tiempo que él, lo llevé un día —y luego él siguió yendo— a comer en la fonda de doña Tomasa, una señora gorda y bonachona a quien aún recuerdo con cariño, que en el patio cubierto de su humilde casa —situada en el número 13 de la Calle La Luna, a un costado del ya desaparecido Parque Recreativo, en Santa Cruz de Tenerife— había colocado unas 4 mesas, y servía almuerzos y cenas que ella misma preparaba y vendía a precios muy bajos. Eran frugales pero sanos, nutritivos y económicos y, salvo excepciones, yo siempre iba a comer allí.

Edita, la novia que para el momento tenía Taño y con quien después se casó, estudiaba Magisterio en La Laguna (Tenerife), y cada vez que él podía iba a La Laguna a reunirse con ella. Pero en el verano de 1960 Edita se fue de vacaciones a El Paso, y Taño tuvo que quedarse en Santa Cruz de Tenerife en su pasantía en Correos. Y, para colmo, también sus otros dos compañeros —eran tres los miembros de su grupo, y los llamábamos “El Triunvirato”— se fueron de vacaciones, todo lo cual hizo que él se sintiera solo y con todo el trabajo postal de la época navideña, y, tal vez movido por esa soledad, miraba con más frecuencia que antes la foto de su novia, que había colocado sobre la mesa de noche de su habitación en la pensión.

Foto que le tomé, con la primera cámara que tuve, un domingo en que ambos subimos a La Laguna (Tenerife) a ver a nuestras respectivas novias.

Para matar el tiempo que el ajetreo laboral le dejaba, leía poemas de Rabindranth Tagore, alguna nueva adquisición de la Colección Austral, y comenzó la lectura de una biografía de don Álvaro de Luna, famoso personaje en la historia política de España.

Según me contó luego, esta biografía era tan mala que no terminó de leerla sino que usó las hojas del libro para limpiarse cuando iba al baño, pues en la Canarias de entonces, y al menos en nuestro medio, no usábamos papel higiénico, de ahí que, por su diario contacto con los periódicos, nuestros culos fueran “ilustrados”.

A veces nos reuníamos en la pensión, en su habitación o en la mía, a comentar las noticias que por cartas de nuestras familias nos llegaban desde El Paso, a celebrar las muchas anécdotas de personajes del pueblo, y a reírnos de cómo éstos reaccionarían si pudieran ver cosas que nosotros veíamos en Tenerife, como los novios tomados del brazo cual si estuvieran casados, o las solemnes procesiones que en Semana Santa tenían lugar en La Laguna en las que decenas de hombres hechos y derechos —a los que en el léxico popular de El Paso se les llamaría “tasartes” porque siendo ya adultos se daban a tareas impropias de esa edad— desfilaban muy serios y con aire trascendental llevando en su mano una vela encendida, lo cual a Taño también le molestaba porque denotaba mucho de sumisión a la Iglesia, organización que apoyaba totalmente al régimen dictatorial, y viceversa, y me decía, denostando contra esos tasartes, que el solo recordarlos con su porte y sus velas le causaba malestar, como también se lo causó en su momento que la sala de reuniones del lugar de trabajo de “El Triunvirato”, en la oficina central de Correos de Santa Cruz de Tenerife, hubiera estado presidida por un retrato de Franco.

Pero su duda existencial, su inquietud permanente y objeto de ansiosa búsqueda era el descubrir si él en realidad tenía —y uso textualmente sus palabras— “capacidad amatoria”, o sea, si su amor hacia las tres mujeres con las que hasta la fecha había logrado vínculos sentimentales había sido y era verdadero, y si él sería capaz de abrazar la fidelidad y de echar a un lado, después de casarse, los recuerdos de sus otros noviazgos.

Reuniendo todo esto —y como, a pesar de los problemas que una peculiar faceta de mi sentido del humor me había causado, que era la de no poder evitar “cerrar la puerta cuando alguien coloca sus dedos entre las bisagras”— mientras estaba yo de vacaciones en El Paso en diciembre de 1960, y el atribulado Taño estaba aún en Tenerife rumiando su soledad, le escribí este poema, que tal vez él haya olvidado pero yo no:

Tribulaciones de Taño

Elegía a las vicisitudes que
acontecen en su soledad a mi
buen amigo Adolfo Taño Perera

Se ha disuelto El Triunvirato.
Ya en la sala de reuniones
no preside las sesiones
cierto expresivo retrato.

Dos triunviros se marcharon
hacia su ciudad natal
dejando que le pobre Taño
finalice solo el año
entre ajetreo postal.

¡Pobre Taño, pobre Taño!
Alejado de sus lares,
morando allende los mares
y rodeado de extraños,
mitiga la soledad
de su destierro brutal
con la Colección Austral
y el dulce Rabindranath.

Encuentra también consuelo
contemplando a cada rato
de su “costilla” el retrato
que guarda con mucho celo.

Añoranzas como estelas
le siguen a todas partes,
y recuerda a los tasartes
desfilando con sus velas.

Recuerda los días felices
pasados en La Laguna.
Piensa en la cruel fortuna
que le ha puesto en tal confín,
… y en el higiénico fin
de “Don Álvaro de Luna”.

Recuerda, piensa y añora.
Su vida es de anacoreta,
y en su soledad completa,
siempre fiel a quien adora,
sufre, además, un martirio.

En un constante delirio,
noche y día el pobre Taño
hace esfuerzos de memoria
y hurga en tiempos de antaño
buscando un algo ideal,
que quizá fuera real
alguna vez en la historia
de su triple mocedad.
Busca con ansiedad
¡su capacidad amatoria!

El Paso, 18/12/1960

En mi próximo viaje a El Paso espero tener oportunidad de hablar con Álvaro Taño sobre varios temas que siempre me agrada tratar con él, aunque no de Política,… si esto fuera posible.

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