[*FP}– Sadismo y arrogancia campeando en la ignorancia. Confesión 54 años después

Carlos M. Padrón

Alfonso Moncada llegó a La Palma desde otra isla canaria para impartir en El Paso clases de bachillerato.

Se decía que había estudiado en un colegio religioso, pero a juzgar por su comportamiento habría que deducir que ese colegio era una mezcla de MIT (Instituto Tecnológico de Massachuset) y La Sorbona de París, pues el señor se permitía dictar cátedra de Ciencias, Letras, y cualquiera otra area del conocimiento humano, a todos los habitantes del pueblo, excepto a sus mecenas (por simple precaución), al cura (por conveniencia política) y al médico (por miedo a ser descubierto).

Tal vez por el trato recibido en ese colegio de religiosos, por algún problema de su propio carácter o por una mezcla de ambos factores, Moncada era, en mi opinión, un sádico. Seguro estoy de que en otros aspectos de su persona (como ciudadano, padre, etc.) tenía virtudes, pero en la única actividad en que lo conocí no le vi ninguna, tal vez porque el miedo que yo le tenía no me dejaba verlas, pues con el grupo de sus alumnos al que yo pertenecía practicaba el principio de que la letra entra con sangre, y armado de una vara de membrillero (dura y muy flexible) prodigaba latigazos a nuestras piernas al tiempo que, sin distinción, nos vejaba con epítetos peyorativos,… y todo ante la pasividad de nuestros padres que, por el tradicional respeto a los maestros, no se atrevian o no querían protestar los malos tratos que Moncada daba a sus hijos. Años más tarde supe que el motivo de tal pasividad era simple ignorancia de los daños psíquicos que esos malos tratos podrian acarrear a los menores que los recibían.

El sadismo de Moncada era del dominio público, pues él lo pregonaba con orgullo, y en los cafés del pueblo se jactaba de que sus alumnos —al menos nos llamaba así, y no discípulos— eran fácilmente reconocibles porque “tenían las piernas en tecnicolor”, o sea, llenas de moretones que, por haber sido renovados a diario durante meses, eran unos de color negro, otros grisáceos, otros amarillentos, azulados, etc.

Y, por lo visto, ese sadismo alcanzó tambien a su mujer, pues un día en que se sintió chistoso nos contó en una de sus clases —y fuera o no cierto el cuento, el solo hecho de contarlo a adolescentes, varones y hembras, de entre 12 a 14 años, ya dice mucho de cómo andaba su propia psique— que a poco de haberse casado, dado lo duro del invierno pasense, una vez que él e Isaura, su esposa, se metían de noche en la cama, ella se le pegaba buscando el calor de su cuerpo. Como eso no era del gusto de él, le gastó a Isaura una broma pesada haciendo que cuando una noche quiso ella acurrucarse como de costumbre, se hiriera con los picos (púas) de una penca que, previamente acondicionada, se había atado Moncada a su muslo.

Yo, con mis 12 años —cursaba segundo de bachillerato—, ya no soportaba más el calvario de ir a clase para recibir malos tratos físicos y morales, pero no encontraba modo de evitarlo como no fuera el renunciar a los estudios, con el consiguiente disgusto de mis padres y perjuicios para mi futuro. Sin embargo, un día en que no había logrado resolver todos los problemas de matemáticas (nunca fui bueno para Ciencias) que como tarea nos había puesto Moncada, al subir las escaleras que llevaban al aula de clase cobré conciencia del castigo que me esperaba y algo se alteró dentro de mí de tal forma que comencé a temblar como un azogado y no podía mover mi pie para subir el último peldaño de la escalera; aunque temblando, me había quedado paralizado.

Se mi hizo claro que, suponiendo que pudiera yo llegar al aula, así no debería entrar en ella, pues mi estado me habría acarreado peores consecuencias, por lo que, cuando pude, di media vuelta, bajé la escalera sujetándome del pasamanos para no caer, y, teniendo en mente el castigo posterior por haber faltado a clase además de no llevar resueltos todos los problemas de matemáticas, me encaminé de regreso a mi casa tramando un plan para intentar solucionar de una vez esa situación en la que yo no podía seguir, pues el miedo a Moncada no me permitía concentrarme para estudiar, ni asimilar en clase las enseñanzas que de otra forma podría haber aprovechado. En resumen, yo estaba gastando el dinero de mis padres y perdiendo mi tiempo, mis estudios y mi salud.

Al verme entrar a la casa, a deshora y con la expresión propia de la angustia que me consumía, mi madre, alarmada, me preguntó qué me había pasado. Sin más, y siguiendo el plan urdido en el camino, le conté en detalle los diarios castigos que yo recibía de Moncada, y le dije, mintiendo deliberadamente, que había regresado a casa porque el miedo a entrar al aula era tan grande que me había desmayado antes de llegar a ella.

La reacción de mi madre no se hizo esperar. Se cambió de ropa y, según supe después, se fue directamente a casa de su hermana, que era la esposa de don Juan Fernández, el médico del pueblo, hombre por demás respetado, y allí contó lo que yo le dije que me había pasado y los motivos que lo ocasionaron.

No sé si fue mi propia madre o mi tía quien se lo contó a don Juan, pero el caso es que éste citó a Moncada, habló con él, y lo que le dijo tuvo la virtud de conseguir que Moncada no me tocara más. Eso sí, evitaba mirarme a los ojos cuando se dirigía a mí, y, cuando yo lo sorprendía mirándome, el rencor en su mirada era algo casi físico, que podría tocarse.

Aún no sé cómo logré aprobar ese segundo año de bachillerato, pero para el tercero me pusieron en la academia de don Santiago García Castro, del cual sí fui discípulo, y me libré por fin del terror de ir a clases —y, para colmo, no poder aprovecharlas—, de las agresiones físicas y morales de que Moncada me hacía víctima, y de su mal contenido rencor hacia mí.

Moncada fue el primero que me dio clases de francés, idioma del que sabía lo que había leído en los libros de texto; definitivamente, el tipo era osado. Tal vez a eso se deba la aversión que desarrollé en contra del francés, y que me llevó a cambiar a inglés tan pronto el pensum académico me lo permitió.

Como en El Paso no había entonces nadie que impartiera clases de inglés, lo estudié yo solo usando libros que mis hermanos me enviaron desde Venezuela, y las consecuencias de haberlo aprendido así las estoy pagando todavía porque, si bien no tengo mayor problema con leer o escribir inglés, para entender bien el hablado necesito “ver” en mi mente las palabras, o sea, verlas escritas, pues las aprendí por libros. Moraleja: la forma de aprender un idioma es la que usan los niños.

Llevado por su osadía, un día —cuando ya yo sabía bastante acerca del inglés y me atrevía a servir de guía a los turistas de habla inglesa que necesitaran uno y aceptaran a un muchacho de 14 años que sólo maltrataba ese idioma—, Moncada abrió clases de inglés, y aún recuerdo mi asombro cuando en uno de los bares del pueblo le escuché “dictar cátedra” acerca del idioma inglés ante un grupo de parroquianos de los que a él lo tenían por muy sabido. Lo que les dijo me hizo entender mejor el nivel de su “sapiencia”, y luego de superada la rabia inicial sentí una cierta satisfacción.

Juan Esteban, uno de los alumnos que picó el anzuelo y asistió a sus clases de inglés, era un muchacho atlético que contaba unos dos años más que yo. Con Moncada protagonizó un incidente que se hizo popular: A la segunda vez que Juan Esteban no pudo acertar con los tiempos de algunos verbos irregulares, Moncada, ante todos los alumnos, le dijo:

—En la clase de la próxima semana te lo preguntaré de nuevo, y si no lo sabes, ¡te voy a dar una ostia!

A lo que, sin inmutarse. Juan Esteban contestó:

—No. Nos vamos a dar.

Y así puso término a la fanfarronería de Moncada.

***

Desde que dejé sus clases, nunca más hablé con Moncada. Algunos años después emigró a Venezuela y supe que su peculiar y violento estilo de “enseñanza” por poco le cuesta muy caro, pues los padres venezolanos no toleraban que maltrataran a sus hijos.

Regresó a El Paso, y seguro estoy de que me vio alguna de las veces en que yo, con residencia ya en Venezuela, volví a mi pueblo, pero ni se manifestó conmigo ni yo lo vi, ni siquiera de lejos. Y me preocupa el hecho de que, posiblemente por lo mucho que me hizo sufrir, no recuerdo su cara; recuerdo bien las caras de todos los maestros y maestras que he tenido en mi vida desde los 6 años de edad, pero no la de Moncada. Si viera una foto suya tal vez la recordaría, pero por ahora no tengo al respecto ni la más pálida idea. Sí recuerdo cómo era su cuerpo y hasta cómo caminaba y se movía en el aula, enarbolando su vara, pero no recuerdo su cara.

La faceta para mí más triste de esta historia es que mis padres nunca supieron que yo les había mentido acerca de mi desmayo. Sin embargo, con mi experiencia de padre —y con lo que de una de mis hijas, doctora en psicología infantil, he sabido al respecto—, si me viera de nuevo en el trance —con padres que, por simple ignorancia, no sólo heredada sino también presente en el medio ambiente, no reaccionaran ante los malos tratos que un Moncada me diera— haría lo que fuera con tal de librarme de él.

Ahora me siento mejor al confesar públicamente la mentira que dije a mis padres hace 54 años, y hacer también público reconocimiento a don Juan Fernández porque me salvó tres veces: cuando yo tenía apenas 4 meses, me salvó de una muerte por neumonía; a los 16 meses me salvó de una muerte por tétanos; y a los 13 años me salvó de los daños que me habría causado continuar sufriendo los malos tratos físicos y morales de que me hacía víctima Alfonso Moncada.

Boca Raton (Florida, USA), 30/08/2007.

3 comentarios sobre “[*FP}– Sadismo y arrogancia campeando en la ignorancia. Confesión 54 años después

  1. Yo también fui alumno del pirado Moncada. También tuve que usar algunas artimañas para burlarlo. Se mantuvo por los escasos medios docentes de la época y por su gran atrevimiento docente que trataba de suplir con la leña, además de satisfacer su sadismo. Para la vara yo usaba un doble paantalón o un pijama largo debajo, y eso amortiguaba. Más de una vez pellizcó un neumático de coche colocado en mi brazo. Las orejas, como no las podía ocultar las llevé un día untadas en vaselina para que se le escaparan de los dedos y se pringara.

    En cuanto a los problemas creo que ya te conté la anécdota del telegrafista.
    De ese modo no había problema que se me resistiera. Pero mis circunstancias eran algo diferentes a las tuyas. Tampoco me podía quejar a la familia por sentido de culpa.

    Lo de la Altaneria es muy propio de los hijos de la Gran C.(Canaria) pero igual se puede atribuir a los de la Gran P.

  2. Una de las diferencias entre tus circunstancias y las mías es que para la época ya usabas pantalón largo pero yo no, así que los latigazos con la vara de membrillero llegaban directamente a mis piernas.

  3. Yo también tendría mucho que contar con las “benditas” monjas del Colegio San Vicente de Paul de BARBASTRO (HUESCA),me traumatizaron de tal manera que todavía tengo las secuelas y mis padres por supuesto ¿ajenos al problema?…….vamos a dejarlo ahí y a disculparlos diciendo que eran otros tiempos pero yo cómo madre por muchísimo pero muchísimo menos cambié a una de mis hijas de colegio,quizá algún día también cuente estas experioencias tan amargas para mi, de momento si que tengo un soneto dedicado a una “sor” en tono de humor y publicado en mi blog.Saludos.Charo

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