[*ElPaso}– La leyenda del “Alma de Tacande” / José Pérez Vidal (4/4): Cantares del “Alma de Tacande”

José Pérez Vida

Uno de los cantares que cantaba el Alma de Tacande

Corazón mío, ¿por qué estás triste?
Cautivo te tengo y libre naciste.
Por el mal que apercibiste,
cautivo te tengo y libre naciste;
llora y siente lo que ofendiste.
Cautivo te tengo y libre naciste.
Si penas tienes, tú las quisiste;
sufre con paciencia lo que tu quisiste.
Cautivo te tengo y libre naciste.
Si penas tienes, tú las quisiste.

María lo envuelve, José lo arrulla,
por ser carpintero, el niño no tiene cuna.
María lo envuelve en sus lindos cantares.

El final del romance, parece haber recogido hechos ajenos a la aparición. Especialmente, las referencias a brujas producen una impresión de ser elementos incorporados al primitivo núcleo de la leyenda. La tradición del lugar está cargada de historias de brujas. El Llano de las Brujas no está lejos.

De los dos cantares que entonaba el alma, el primero parece una endecha. Del mismo tipo se cantaban antiguamente en Canarias (3). El segundo cantar es un villancico que ha dado lugar a una canción de cuna muy extendida y conocida, tanto dentro como fuera del archipiélago:

Este niño chiquito
no tiene cuna.
Su padre es carpintero,
y le hará una (4).

Tanto la endecha como el villancico son más antiguos que el romance, y, además, tienen una traza tradicional de que el romance carece.

En otra copia, que tengo registrada con el número 2 en mi archivo, no se aprecian variaciones importantes en el romance. Sólo las siguientes:

Verso 12: “puesto del mar a sus faltas”-.- 32: “ y llegó a Tacande el alma”.- 34: “la aprese” (?) y honrada casa”.- 42 “a ligero y sin tardanza”.- 65: “de terror quedó espantado”.- 174: “y era tal tu angustia ascensia ( ?).- 200 “pero con mucha alegría”.- 214: “estas frases refería”.

Se ve que es copia realizada por persona inculta, que altera las palabras poco usuales. En cambio, ofrece más completo el villancico:

María lo envuelve,
José lo arrulla.
Por ser carpintero
el niño no tiene cuna.
María lo envuelve
con sus lindas mantillas.
José lo arrulla
con lindas cantigas.
María lo envuelve
con lindos pañales.
José lo arrulla
con lindos cantares.

Y, además, termina con el siguiente testimonio de los sucesos: “Aún viven todos los que presenciaron todo lo que llevo referido y podrán dar razón de ello y lo son: Alonso Pérez, Bartolomé Hernández del Pino, Jacinto Pérez de Paz, Luis Pérez Cuevas, Simón González, Francisco Díaz (que vive en Las Lomadas), Catalina de la Plata, y Andrés Martín de Alcalá”.

El romance no ha llegado a ser tradicional, pero bastantes personas saben trozos más o menos extensos del mismo y no falta quien lo repite de memoria de principio a fin, si bien omitiendo aquí y allá tal cual verso.

Poseo una de estas versiones comunicadas oralmente, y las señales que en ellas ha dejado esta forma de transmisión muestran que el romance se ha propagado y desgastó entre la gente del pueblo. De una parte faltan no pocos versos: 93 y 94, 105 a 108, 115 a 118, 124 y 125, 161 y 162, 174, 223 a 228, 231 y 232, 236, 243 a 245, 249 a 258. De otra parte el habla popular ha invadido el texto del romance y determinado muchas y variadas alteraciones: “Alante” por “Atlante (v.1); “pintorosa” por “pintoresca” (v. 3); “vete al punto” por “marcha al punto” (v. 41); “inmóvel” por “inmóvil (v. 66); “arbritio” por “arbitrio” (v. 75); “Y fue y le dijo” por “Llegó y le dijo (v. 81); “aprendieron” por “emprendieron” (v. 104) ; “no de acción sino en madera” por “no de acción, sí en la madera”(v128); “en tata y en plena” por “intacta y en plena…”(v.134); “ya me voy pa lo infinito” por ya me marcho a lo infinito”.

La influencia popular no ha pasado de estas alteraciones formales, y no ha incorporado al romance ninguno de los otros episodios y detalles que la leyenda ofrece en la tradición de El Paso, pues, según ésta, habiendo muerto de parto Ana González, su alma se presentaba con frecuencia en la casa a arrullar al niño: la cuna se movía sola y, en torno a ella, se oían cantos que de ninguna persona visible procedían. También refiere la tradición que un día el alma de Ana González invitó a los moradores de la casa para ir a ver en la montaña de Enrique el hoyo que ella había hecho cuando huía del Demonio, que la iba siguiendo.

Montaña de Enrique; al fondo, el pico Birigoyo. En la cúspide de la montaña puede apreciarse la hendidura de la boca del hoyo en referencia, que forma como una caldereta un tanto disimulada y cubierta por la vegetación.

La misma montaña fotografiada desde un satélite. El hoyo en la cúspide se aprecia muy bien en esta foto de Google Earth.

Como éstos, es posible que aún queden por recoger en El Paso otros detalles y noticias referentes a la aparición del Alma. En el Término, como se ha visto, se conserva viva esta tradición, que se manifiesta hasta en expresiones como “Una y no más, como el Alma de Tacande” (5).

La mayor parte de los datos que aquí he aprovechado para ilustrar el romance me los ha facilitado el culto y diligente alcalde de El Paso, don Antonio Pino Pérez (6), a quien expreso públicamente mi agradecimiento (7).

***

(3) Vid. José Pérez Vidal, “Endechas populares en trístrofos monorrimos. Siglos XV –XVI”. La Laguna, 1952.

(4) F. Rodríguez Marín. “Cantos populares españoles” (Sevilla 1862), número 3.

(5) NotaCMP.- Es algo que desde muy pequeño he escuchado en boca de la gente de mi pueblo y que, al igual que los miembros de mi familia, sigo usando aún como dicho propio para ocasiones que uno no quiere que se repitan.

(6) NotaCMP.- Se trata del autor de los poemas que he publicado bajo el título común de “Dándole vueltas al viento”.

(7) Según las referencias recogidas por José de Viera y Clavijo, autor del siglo XVIII, en sus “Noticias de la Historia general de las Islas Canarias>”, tomo III, lib. XXV, cap. LXXXVIII, el Alma de Tacande barría, traía agua, ponía la olla y vestía a los niños; por último, después de hablar con el fraile, hizo testamento y se despidió para el Cielo. También hace mención de esta famosa alma R. Verneau, en “Cinq années de séjour aux iles Canaries” (París, 1891), pág. 361. .

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