[*Drog}– La antropología y el drogamor

Según la Dra. Helen Fisher, una calificada antropóloga, sus investigaciones con resonancia magnética han mostrado que hay en el cerebro humano tres áreas muy diferenciadas que tienen que ver con,

SEXO. Su misión es perpetuar la especie.
AMOR ROMÁNTICO (o sea, DROGAMOR, y su relación con la Dopamina)
APEGO (Attachment), lo que tiene que ver con una relación a largo plazo, con lo que de verdad es AMOR.

En su exposición, hecha en inglés, la Dra. Fisher deja claro que lo del amor romántico no es una emoción, es un algo aberrante que más tiene que ver con los efectos de la cocaína, o sea, de una droga. Por eso lo llamo DROGAMOR.

Y también dice que estas tres áreas bien diferenciadas explican por qué una persona puede mantener una relación con tres otras personas diferentes, lo que permite entender que un hombre, por ejemplo, pueda querer continuar en lo que para él es un buen matrimonio (Apego), tenga una amante (Sexo), y esté bebiendo los vientos por una mujer a la que cree el sumo de la perfección femenina (Drogamor).

Aquí puede verse a la Dra. Helen Ficher en su conferencia:

http://www.ted.com/index.php/talks/view/id/16

Parece que en esto del drogamor no ando descaminado.

[*Opino}– Fútbol en vertical: Impactante valla publicitaria en Japón

Carlos M. Padrón

¡Y dale con el ‘soccer’!

Según lo que copio más abajo —resumen que armé con varios artículos extraídos de Internet— el fútbol, NUESTRO fútbol, tuvo su origen en Inglaterra donde lo llamaron ‘football’ (que se pronuncia ‘fútbol’ y significa ‘balón-pie’), y de ahí el nombre que a ese deporte se le da en español, aunque hace mucho tiempo se le llamó precisamente ‘balompié’, término que ha caído en desuso pero que aún lo registra el DRAE.

Si a USA, como cabe suponer, llegó llevado por ingleses y con el mismo nombre, ¿por qué —me pregunto— los useños lo llaman ‘soccer’ y reservan el nombre de ‘football’ para un deporte casi salvaje que, por lo visto, sólo juegan ellos?

Sería mejor que los useños llamaran fútbol a nuestro fútbol, como hace todo el mundo, y reservaran el nombre de “gringootball” (que en español sería “gringútbol”) para el de ellos.

Un deporte es tanto más aceptado y tanto más natural, cuantos menos artilugios necesite para ser jugado. Además del campo de juego, factor común a todos, el fútbol sólo requiere un balón, pues la tendencia a pegarle con el pie es natural. Pero el béisbol, por ejemplo, requiere de un bate, almohadillas, protección para la cara de uno de los jugadores, que no sé cómo se llama, etc.

Nunca el béisbol logró engancharme; me lo explicaron varias veces y al día siguiente olvidé todo. Además, me aburren los juegos en los que no hay continuidad de acción sino que ésta se ve interrumpida por pausas destinadas a planificar las jugadas, fijar estrategias, etc., Y el béisbol es uno de ésos.

Tal vez mi sentir acerca de él se deba a prejuicios, pues cuando lo vi por primera vez me recordó un juego llamado ‘Paro’ que las niñas practicaban en Canarias y que tenía un planteamiento básico como el del bésibol, excepto que en vez de golpear la pelota con un palo (bate) se la golpeaba con la mano, y mientras quien la había lanzado corría a buscarla, quien la lanzó corría a ocupar tantas posiciones (bases) como pudiera.

***

Orígenes del fútbol

El fútbol fue jugado por primera vez en Egipto, como parte de un rito por la fertilidad, durante el siglo III a.C.. La pelota de cuero fue inventada por los chinos en el siglo IV a.C. Los chinos rellenaban estas pelotas con cerdas.

Esto surgió, cuando Fu-Hi, uno de los cinco grandes gobernantes de China en la antigüedad, apasionado inventor, apelmasó varias raíces duras hasta formar una masa esférica a la que recubrió con pedazos de cuero crudo; acababa de inventar la pelota. Lo primero que se hizo con ella fue sencillamente jugar a pasarla de mano en mano. No la utilizaron en campeonatos.

También se podría decir que los nativos de las islas Filipinas dieron origen al fútbol a través del ‘sikaran’. La pelota era una bola de fibras secas de diferentes hierbas fabricada en las selvas filipinas, y el deporte consistía en patearla para que no tocara el piso, y se usaban las manos para el balance del cuerpo.

De ahí se pasó al arte marcial de combate de pelear con las piernas, con sus tres técnicas de golpes laterales. Como en el fútbol no existe ese tipo de lucha de agresión física, el origen filipino es sólo rescatable en su aspecto histórico.

También en la América precolombiana los aztecas y mayas conocián el juego de jugar con la pelota —hecha ésta con una especie de hule—, y jugar en canchas. Los taínos, del Caribe, y los de la mayor parte de las islas de Puerto Rico, La Española y Cuba, practicaban un juego llamado batú. Ambas civilizaciones formaban dos equipos. El batú tiene también mucha relación con el arte marcial filipino del sikaran.

En la Edad Media hubo muchos caballeros obsesionados por los juegos con pelota, entre ellos Ricardo Corazón de León, quien llegó a proponer al caudillo musulmán Saladino que dirimieran con un partido de pelota sus cuestiones sobre la propiedad de Jerusalén.

Los hindúes, los persas y los egipcios adoptaron la pelota para sus juegos, utilizándola en una especie de ‘handball’, o balonmano.

Cuando este juego llegó a Grecia se le llamó ‘esfaira’ (esfera), y se jubaga con una vejiga de buey como pelota.

Los romanos comenzaron a llamarlo con el nombre de “pila” que con el tiempo se transformaría en ‘pilotta’, término del que deriva el español ‘pelota’. Al deporte juado con ‘pila’ los romanos lo llamaron ‘harpastum’, que es el antecedente del fútbol moderno, y fueron ellos quienes lo llevaron a las islas británicas donde, según datos legendarios, se practicaba ya una especie de fútbol nativo.

El juego se convirtió allí en deporte nacional inglés. Así el fútbol moderno tuvo su origen en Inglaterra en el siglo XIX.

En 1848 apareció el Primer Reglamento de Cambridge, destinado a unificar las distintas reglas que se utilizaban.

[*El Paso}– “Dándole vueltas al viento” / Poemas de Antonio Pino Pérez: Laureles de la plaza

LAURELES DE LA PLAZA

A mi buen amigo Enrique Mederos Lorenzo.

Laureles de la plaza centenaria
que proyectáis una tupida sombra,
y en la noche, profunda y solitaria,
arrulláis un misterio en vuestra fronda.

Porque evocáis la estirpe legendaria
de un pasado feliz que nadie nombra,
porque rezáis una inmortal plegaria,
por vuestra verde plenitud redonda.

Porque os perfuma un hálito de historia,
despreciando las miserias vanas
buscáis la luz, que es alcanzar la gloria,
yo os bendigo, laureles de Los Llanos,
conmovidos por voces de campanas
y entrelazados con amor de hermanos.

Laureles victoriosos, impasibles,
de la añorada selva trasplantados
para esparcir alientos indecibles
sobre la urbana paz de los tejados.

Quitasoles lujosos, increíbles,
en un verde perenne consagrados,
para inspirar ensueños imposibles
y acallar el pesar de los hastiados.

Me llama la esperanza alentadora
de vuestras copas anchamente erguidas
a evocar en su sombra protectora
los recuerdos que el viento se llevó,
el secreto fugaz de tantas vidas
que la muerte implacable deshojó.

Laureles de la Plaza de Los Llanos,
atrio del templo, vegetal, abierto
a la comba de todos los arcanos
en el encanto de un refugio cierto.

Recortados laureles ciudadanos
en esta plaza, que es hogar y huerto.
Laureles compasivos, casi humanos
donde siempre arribamos como a un puerto.

Decidle a la Virgen, mi Señora,
que hoy venimos a verla penitentes,
a implorarle perdón para el que llora,
y a buscar, en la fiebre de un anhelo,
laureles que circunden nuestras frentes
con la aureola de un jirón de cielo.

1948

[*Opino}– Mujeres maltratadas de las agresiones – Hipérbaton y duda

Titular en Libertad Digital (España) del 29/02/08:

«El Gobierno culpa a las mujeres maltratadas de las agresiones y dice que “la ley funciona»»

Porque lo de ‘maltratadas de las agresiones’ tiene sentido propio que podría causar confusión, y porque ‘de las agresiones‘ no tiene que ver con ‘maltratadas‘ sino con el motivo de la culpa, lo que debieron escribir pero no escribieron es, p.ej.,

«Por las agresiones, el Gobierno culpa a las mujeres maltratadas, y dice que “la ley funciona»»

***

Hipérbaton aparte, es posible que al Gobierno le asista algo de razón, pues los problemas de pareja tienen, cuando menos, dos versiones, y en los más de los casos de estos maltratos tan frecuentes en España cabe suponer que los dos miembros de esas parejas provienen de un mismo medio social, y fueron educados por madres españolas, también de muy parecida extracción social.

Entonces uno no puede menos de sentir curiosidad por saber qué hacen esas mujeres para que sus maridos, novios o lo que fueren, reaccionen así.

No puede ser que los culpables sean SIEMPRE ellos, aunque ni de casualidad estoy justificando el maltrato y menos el asesinato. Pero sabiendo cómo se las gastan las españolas que he conocido, no puedo evitar la duda.

Carlos M. Padrón

[*Opino}– Nacionalismo léxico

Quien escribe lo que copio más abajo es una pluma mucho más autorizada que la mía, pero que señala lo mismo que he señalado en muchas de las notas aquí publicadas: el rechazo a ultranza de franceses y españoles a lo que venga de EEUU, y ya no tanto de Inglaterra.

Y, en el caso de lo españoles, el dilema entre ese rechazo, la paradójica tendencia a inventar palabras supuestamente inglesas (puenting, vueling, etc.), y la no aceptación de otras que, como ‘chip’, ‘pen-drive’ o’ e-mail’, no tienen vuelta de hoja (en ‘pen-drive’ e ‘e-mail’ podría cambiarse la grafía para adaptarla a la pronunciación inglesa —pendraif e imeil—, como se hizo en fútbol), a menos que se quiera caer en el ridículo de los ’60 cuando pretendieron que en lugar de byte se usara octeto. Todo ello lo interpreto como la manifestación del deseo de poder hablar bien inglés, porque lograrlo viste bien.

No sé si en otros países se ha rechazado el término ‘computador/a’ y en su lugar se usa el ridículo ‘ordenador’, pero sí sé que en Francia y España se ha hecho así, y que es parte de ese rechazo, producto de envidia (en el caso de Francia, que no se resigna a no ser, como una vez fuera, rector de los destinos universales), y de complejo, en el caso de España.

El asunto es casi crítico cuando alguien como Amando de Miguel, que entiendo que además de español habla bien ingles, se descuelga con comentarios como éste:

Marcel Moreau (Francia) me dice que no entiende lo de ‘ismael’. Muy sencillo. Es un juego para traducir el ‘e-mail’: emilio o ismael. Son dos nombres corrientes de personas. En cambio, lo de ‘e-mail’ no deja de ser un terminacho impronunciable. Acabaremos diciendo y escribiendo ‘imeil’. Lo de traducirlo por “correo” tampoco convence mucho, pues los ‘emilios’ o ‘ismaeles’ no corren nada.

¿Cuál es el ‘juego’ de traducir e-mail por ‘emilio’ o ‘ismael’? ¿Dónde está la gracia? ¿Dónde lo impronunciable? Sólo lo explico como manifestación del recalcitrante rechazo a lo de origen useño, hecho de forma que intenta dejar en ridículo al término ‘e-mail’ (o sea, ‘imeil’, que nada tiene de impronunciable) cuando en realidad deja en ridículo a quien lo usa.

Sospecho que el libro “Y si habla mal de España… es español”, de Sánchez Dragó, otra pluma muy autorizada, mete el dedo en esta llaga.

Carlos M. Padrón

***

A. de Miguel

El idioma es un continuo fluir de arcaísmos que se retiran de la circulación y de neologismos que se presentan con la frescura de la originalidad.

El idioma español siempre estuvo dispuesto a las novedades léxicas, pero ahora cunde una cierta resistencia a los neologismos. Es una suerte de nacionalismo léxico, que se observa igualmente en el francés o en otros idiomas europeos, salvo el inglés.

La razón es que, dada la hegemonía cultural estadounidense, muchos de los neologismos proceden del inglés. El proceso es tan natural como cuando el castellano medieval se nutría de muchos vocablos arábigos. No hay razón para negar la realidad de los neologismos cuando vienen a etiquetar realidades nuevas. La adaptación fonológica de las nuevas voces procedentes del inglés puede resultar algo complicada, pero al final se resuelve.

LD

[*El Paso}– “Dándole vueltas al viento” / Poemas de Antonio Pino Pérez: Espera

ESPERA

Junto al “Tritón” desguazado,
—viejo para navegar—
está el marino sentado,
fija la vista en el mar.

Mira el oriente incendiado
del oro crepuscular.
Y mira más, angustiado,
el Sol que va a naufragar.

Es un ocaso vencido
que alarga su luz postrera
sobre un poniente perdido.

Es un mirar sin mirar,
que todo lo fue y lo espera
por los caminos del mar.

1962

[*FP}– El Teide y su sombra

Carlos M. Padrón

En octubre de 1959, cuando aún vivía yo en Santa Cruz de Tenerife, con mis amigos, José Quirantes ─a quien todos llamábamos Pepe─ y Eleuterio Sicilia, decidimos subir a lo más alto del Teide y, por supuesto, caminando, pues en aquella época no existía el teleférico que hay hoy.

Armados de mochila, calzado apropiado, ropa de abrigo, cámaras fotográficas, etc. salimos de Santa Cruz en la mañana del 03/10 en el Land-Rover de un amigo de Pepe,

Aquí, yo en el portalón trasero del Land-Rover.

Este vehículo debería habernos dejado en Montaña Blanca, o sea, donde comienza el camino para subir al Teide, lugar al que queríamos llegar con tiempo suficiente para subir, aún con luz de día, hasta el refugio, dormir allí esa noche, y en la madrugada del 04/10 escalar el cono final hasta la cúspide, para ver desde arriba el amanecer.

Pero el Land-Rover se accidentó en Güímar, su reparación tomó muchas horas, y, una vez reparado, sólo nos llevó hasta Vilaflor.

Allí, el chofer de un camión cargado de pacas de pinillo (agujas de pino secas) —carga que sobresalía más de un metro por sobre el borde superior se la de por sí elevada carrocería del vehículo— aceptó llevarnos, como de contrabando, hasta Montaña Blanca. Pero para evitar una desgracia nos exigió que nos amarráramos con las sogas que había en lo alto de la carga de pacas, de forma que no fuéramos a caernos por efecto de las inclinaciones que el camión hacía en las muchas y muy cerradas curvas.

También nos advirtió que pasaríamos por un punto de control de la Guardia Civil, que él se detendría ahí a charlar un poco con los guardias, y que en ese rato no sólo deberíamos casi hundirnos en las pacas sino evitar cualquier tipo de ruido o movimiento que pudiera delatar nuestra presencia, pues si la Guardia Civil nos descubría, el chofer podría ir preso y tal vez nosotros también.

Todo salió bien, aunque con el consiguiente estrés. Y eran casi las 9 de la noche cuando el camión nos dejó en Montaña Blanca, junto a un mapa, hecho en piedra, cal y cemento, que indicaba las rutas a seguir en la zona.

Y de inmediato comenzamos a subir a pie, con bufandas cubriéndonos boca y nariz, y gorras o sombreros hundidos hasta la orejas para protegernos del frío.

Como tengo que caminar deprisa, so pena de cansarme y crearme un dolor de espalda, me alejaba bastante de Eleuterio y Pepe, y cuando creía que por la zigzagueante ruta había yo subido un kilómetro en línea recta, me sentaba a esperar por ellos. Al verlos aparecer, reiniciaba mi subida, siempre a mi velocidad, y repetía la maniobra de la espera, y mientras aguardaba sentado me recreaba contemplando el cielo, pues nunca he vuelto a ver estrellas tan grandes como las que vi esa noche.

Una de mis esperas se hizo demasiado larga, y, preocupado, bajé a ver qué por qué mis amigos no aparecían. Los encontré sentados sobre unas piedras porque Pepe, por algunos kilos de más y por su problema de azúcar, se sintió mal y dijo que no podía seguir, que se sentía agotado y que se le había nublado la vista. Descubrimos que de la vista, nada, que lo que se le nublaban eran sus lentes (gafas) porque el aliento los empañaba al salir hacia arriba, y no de frente, forzado por la bufanda con la que Pepe llevaba cubiertas su boca y nariz.

Pero lo del extremo cansancio sí requería atención, así tuve que hacer uso obligado del caminar deprisa, y me disparé ladera arriba a pedir ayuda en el refugio.

Cuando llegué a él toqué con el puño en su única puerta, que ya por la hora estaba trancada, y la persona que la abrió la cerró de golpe apenas verme con la cara cubierta como si fuera asaltante de banco. Desde afuera, y gritando porque a esa altura el ulular del viento era muy fuerte, pedí ayuda para un amigo en apuros. Debí sonar muy auténtico porque el encargado del refugio no sólo me dejó entrar sino que preparó no sé que infusión y bajó conmigo hasta donde habían quedado Pepe y Eleuterio.

A poco de ingerir la infusión, Pepe se sintió mejor y pudo reanudar el ascenso hacia el refugio, una casa hecha de piedra en la que por fin entramos los tres pasadas las 12 de la medianoche.

Como todas las literas estaban ocupadas, el encargado nos facilitó unas mantas, y sobre ellas nos echamos en el piso para tratar de descansar por apenas un par de horas, pues se nos dijo que sobre las 3 deberíamos iniciar el ascenso del tramo final entre el refugio y la cúspide del Teide, a más de 3.700 metros de altura.

Ya que el camino de subida era uno solo, sin pérdida posible, pisé el acelerador y puse velocidad de crucero, dejando atrás a Pepe y a Eleuterio, pero no antes de que Eleuterio nos tomara, a Pepe y a mí, esta foto:

De izquierda a derecha: Carlos M. Padrón y José Quirantes.

Por el camino adelanté a muchos, y al adelantar a un señor ya mayor, cuando éste notó la velocidad que yo llevaba, me dijo que no me apurara porque sí lo hacía él me alcanzaría. Pensé que el señor estaba equivocado, pero unos 15 minutos después un extraño agotamiento me invadió y tuve que sentarme a la vera del camino,… y allí estaba cuando llegó el señor mayor, se detuvo ante mí y, sonriendo, mientras decía algo acerca de la prisa de los jóvenes, me dio un trozo de chocolate y me dijo que lo comiera ya. A poco de comerlo tuve ánimos para reanudar la marcha.

En lo más alto del Teide hay un pequeño cráter que es como una mordida en el costado de la ladera, justo debajo de la cúspide del pico, y la ruta para llegar a ésta pasa por dentro de ese cráter, que, al menos entonces, despedía olor a azufre.

Unos metros antes de entrar al cráter —por su borde inferior, por supuesto— adelanté a un hombre de unos 40 años (yo tenía apenas 20) que por el equipo que llevaba y la forma de caminar parecía un escalador profesional. Y eso debe haber sido, porque en cuanto lo adelanté, y con ello herí su orgullo de veterano, sentí cómo apuraba el paso tratando de alcanzarme. Pero yo, animado por la cercanía de la meta, apuré más el mío, y así se estableció entre nosotros una muda competencia.

Aunque resbalé un par de veces, pues mi calzado no era tan bueno como el suyo, y aunque otras veces logró él situarse a mi nivel y caminamos cabeza a cabeza sin decirnos palabra, puse el pie en la cima primero que mi competidor. Y al verme en la meta final, miré hacia atrás y lo vi parado, mirándome con expresión de entre asombro e ira. Luego reanudó la subida y llegó junto a mí tal vez 10 ó 15 segundos después. En buen inglés me dijo algo así como “Congratulations! You are a real walker!”. Mal sabía él que por muchos años me había entrenado yo en El Paso subiendo como una exhalación, varias veces al día, la empinada cuesta entre La Plaza y mi casa, o entre mi casa y La Cruz Grande.

Eso sí, tuvo la cortesía de tomarme esta foto:

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Poco a poco fueron llegando los demás, y entre ellos Pepe y Eleuterio.

José Quirantes, Eleuterio Sicilia y Carlos M. Padrón en la cima del Teide.
.
Al ver desde la cúspide del Teide que la tierra firme de todo el perímetro de la isla salía del mar y confluía en nuestros pies, nos dimos cuenta de que el Teide no está en Tenerife, sino que Tenerife es el Teide.

Aunque se veía una extraña luminosidad, entre claridad y penumbra, el Sol no había salido aún, y cuando esperábamos que asomara y comenzara a subir lentamente —como siempre hacía,… según creíamos— nos sorprendió ver que asomó de un solo golpe y se ubicó a una altura que, dada la distancia y el efecto óptico, podría decirse que era de unos 4 metros sobre la línea del horizonte, y a partir de ahí comenzó su ascenso normal.

Apenas terminó el Sol su extraño salto, giramos 180° y nos quedamos impactados al ver proyectada contra el cielo la sombra perfectamente cónica de ese gigante de más de 3.700 metros que es el Teide. ¡Algo sobrecogedor!

Todos los que teníamos cámaras tomamos fotos de ese insólito espectáculo. De las que tomé, ninguna sirvió, pero Eleuterio si logró ésta:

No hay que olvidar el año en que fue tomada y la calidad de las cámaras que entonces podían comprar muchachos como nosotros.

Después de tal vez casi una hora en la cúspide, bajamos hasta el refugio —de culo muchas veces porque resbalábamos en la arena volcánica y caíamos sentados—, y durante la bajada tomamos estas fotos:

José Quirantes y Carlos M. Padrón. Al fondo, el cono final del Teide.

Y estas otras, ya de vuelta en el refugio:

De izquierda a derecha: Carlos M. Padrón, José Quirantes y Eluterio Sicilia.
.

José Quirantes y Carlos M. Padrón, cambiados de ropa y listos para bajar.

Al rato iniciamos el descenso, y nos tomamos un par más al llegar al punto en que el camión nos había dejado la noche anterior, o sea, junto al mapa para excursionistas que ya mencioné antes.

Carlos M. Padrón.

En ésta puede apreciarse cuán “gordo” estaba yo:

De izquierda a derecha: Eleuterio Sioilia, José Quirantes y Carlos M. Padrón.

Para el regreso, otro camionero accedió a llevarnos hasta La Orotava, y desde allí usamos la guagua (autobús) hasta Santa Cruz.

Eleuterio Sicia y José Quirantes dentro del camión que nos llevó hasta la Orotava. Por lo que veo, la foto, cortesía de Eleuterio —al igual que muchos de los detalles arriba dados, que yo ya había olvidado— la tomé yo con su cámara.

Y así culminó nuestra excursión.

He subido al Teide otras dos de veces, en teleférico y luego caminando hasta sólo un poco más arriba de la estación terminal, pero nunca con la emoción de aquella primera vez, de aquellos tiempos de veinteañeros en que excursiones como ésta eran una verdadera aventura.

***

Mi primo Antonio Pedro Dorta Martín me ha enviado desde Tenerife algunas fotos espectaculares, como ésta,

Esta muestra la sombra del Teide contra el cielo y demuestra que lo que dije de que esa sombra era “perfectamente cónica” no es metáfora, y que la foto no es montaje, pues lo prueba la tomada en 1959 desde el mismo sitio —no hay otro mejor— y que repito aquí para facilitar la comparación:

Y esta otra maravillosa foto del Teide fue tomada al amanecer de no sé qué día por Alfredo Lafee, un fotógrafo amateur y jubilado que vive en Santa Cruz de Tenerife.

Mi amigo Juan Antonio Pino, que tuvo la gentileza de enviármela, me cuenta que el día en que don Alfredo, vecino suyo, la tomó, se fue a el Teide a las 4 de la mañana, y cuando regresaba lo pararon los policías y le advirtieron que estaba prohibido pasar sin autorización.

Don Alfredo les contestó que cuando él pasó no había nada ni nadie que lo prohibiera, y como prueba les mostró en su cámara la hora en que había hecho la foto,… hora en que, a falta de carteles, la Policía debió estar donde ahora estaba si quería controlar el acceso.

[*Opino}– Lo de «Por un clavo se perdió la guerra» aplicado a los automóviles

Carlos M. Padrón

Hace meses que cuando con mi camioneta —una Ford Explorer 4×4— circulaba yo por un lugar plano, escuchaba un extraño cuido, con un tun-tun, que aumentaba de frecuencia, tanto en el tiempo como en hertzios, cuando aumentaba la velocidad. Por ello deduje que podría tratarse de un problema de cauchos (neumáticos, gomas, etc., según el país), pero cuando rodando por un lugar igualmente plano soltaba yo el volante, el vehículo continuaba en línea recta, lo que, en mi opinión, era prueba de que no se trataba ni de un problema de cauchos ni de amortiguadores.

Para salir de dudas en cuanto a los cauchos, llevé la camioneta al mismo taller al que por 30 años he llevado mis vehículos para asuntos de cauchos y cambios de aceite y filtro, y el dueño del taller, un experto en la materia, deslizó su manos por la superficie y la cara interna y externa de los cauchos, y me dijo que todos estaban bien.

Luego fui a un taller de sistemas de escape, subieron la camioneta en un puente, y esos sistemas estaban bien, pero el tun-tun era cada vez más audible.

Para el pasado 7 de diciembre se había pautado una intervención quirúrgica a Chepina, mi mujer, y se le dijo que debía estar en la clínica a las 6 de la mañana. Salimos de casa a las 05:30 y tomé la ruta más corta: la que a través de la zona conocida como Vizcaya me permitiría caer en El Cafetal, donde está la clínica.

Al salir noté que había llovido, pues el pavimento estaba mojado, pero ya no llovía.

Al comenzar a bajar la vía con muchas curvas que termina en Vizcaya, puse la segunda, pues, aunque mi camioneta tiene, desgraciadamente, transmisión automática, siempre uso la segunda, sea con el vehículo que fuere, cada vez que comienzo una bajada o debo frenar yendo a cierta velocidad, recurso por el cual no sólo los frenos de mis vehículos duran mucho sino que he evitado accidentes que pudieron ser graves.

A pesar de ir en segunda, cuando en cierto momento, y debido a lo inclinado de la vía, la camioneta alcanzó una velocidad que consideré excesiva, toqué ligeramente el pedal del freno, y de inmediato el vehículo derrapó hacia el borde del barranco que corre paralelo a esa vía. También de inmediato, Chepina me gritó “¡No toques el freno!”, advertencia muy oportuna porque, sorprendido por el derrape y aunque conocedor de esa norma, ya mi pie derecho iba camino al pedal del freno.

Varias veces estuvimos a punto o de caer al barranco o de pegar contra el cerro, pues la camioneta bandeaba como loca de un borde al otro de la vía, pero el ABS funcionó y, accionando el volante con la serenidad que pude conseguir, logré estabilizarla y continuar nuestro camino, pero con el consiguiente susto, pues gracias a que a esa hora de la mañana no había vehículos en ninguna de las dos direcciones, nos salvamos de que nos llevaran a la clínica —y no precisamente para la operación a Chepina— o la morgue.

Días después fui a un taller cercano en el que al Corolla de mi hija le había hecho un buen trabajo, y cuyo dueño me pareció competente. Le dejé la camioneta para que le hiciera entonación, le conté lo del ruido tun-tun, y le pedí que revisara la amortiguación o lo que él creyera que podría ser la causa de tal ruido.

Cuando fui a recoger la camioneta, ya debidamente entonada, el mecánico dueño del taller me dijo que el sistema de amortiguación está muy bien (cosa que habla muy bien de él porque los más de otros mecánicos me habrían dicho que estaba malo y que era necesario cambiar los amortiguadores, y sabe Dios si algo más) y que, en su opinión, el ruido se debía a problemas en el caucho delantero izquierdo.

Llevé de nuevo la camioneta al antes mencionado taller de cauchos, pero esta vez le pedí al dueño que desmontara los dos delanteros y los revisara bien.

Apenas revisó el izquierdo me hizo notar una para mí extraña anormalidad: varios de los tacos de goma —los sectores demarcados por las estrías que hay en la superficie del caucho— estaban irregularmente gastados y no alcanzaban la altura de sus vecinos. En un área en particular, había tres tacos contiguos que presentaban este problema, el mismo que la persona que ahora me lo mostraba no pudo detectar cuando, sin desmontar los cauchos, deslizó su manos por ellos.

Ahí se me hizo claro que el derrape que pudo ser mortal fue ocasionado porque en el preciso momento en que pisé el freno, la parte del caucho en el que los tres tacos contiguos estaban tan gastados que no alcanzaban el nivel de sus vecinos, se encontraba en contacto con el pavimento mojado, y, por tanto, falló el agarre.

Compré dos cauchos nuevos y pedí que los montaran en la parte delantera, en reemplazo de los existentes.

CONCLUSIÓN: Más vale gastar en un par de cauchos nuevos, que arriesgarse a sufrir un accidente que podría ser desde los que causan un simple choque hasta los que causan una o varias muertes.

[*ElPaso}– Personaje de mi pueblo, ni disminuido ni olvidado: Julio el Gacio

18-02-2008

Carlos M. Padrón

Como pública declaración y merecido reconocimiento, aprovecho el cierre (al menos por ahora) de esta serie de artículos sobre “Personajes de mi pueblo, disminuidos pero no olvidados” para hacer público algo por lo que aún estoy agradecido, y continuaré estándolo. Y debo dejar muy claro que, como digo en el título, el personaje de este artículo nada tenía de disminuido y, con lo que acerca de él voy a contar, pretendo que tampoco lo tenga de olvidado.

Este señor, cuyo nombre era Julián Germán Pérez Hernández, era conocido en El Paso por el apodo de Julio el Gacio, pero, para mí, fue y será Don Julio.

Según me cuenta su hijo, también de nombre Julio, ese apodo familiar tuvo su origen en los ojos azules y piel blanca típicos de su parentela, pero, sobre todo, en el peculiar color de los ojos de una de las féminas de la familia, de nombre María, de quien en el pueblo decían que ese color era como el de las vainas de las llamadas gacias, un arbusto que es pariente, según parece, del tagasaste.

Don Julio tenía, si mal no recuerdo, una granja de gallinas, y un andar taciturno. Era, además de dado a la lectura, un autodidacta que había acumulado notables conocimientos acerca de agricultura, ganadería, granjas avícolas, etc., y su gesto para conmigo fue el entonces típico del hombre pasense mayor que se preocupaba por la educación de los jóvenes de su pueblo, se sabía con autoridad moral sobre ellos, y la ejercía en beneficio de éstos y de lo que él consideraba un deber para con el pueblo.

Un día, cuando yo tenía 16 años y estaba con unos amigos en el primer banco que para entonces se encontraba al borde de la carretera, en la primera curva más arriba de Monterrey donde en verano habíamos montado lo que llamábamos “El Senado” —una especie de tribunal en el que, mediante presentaciones orales, ventilábamos asuntos de ‘trascendencia y profundidad’ equiparables a la inmortalidad del cangrejo o el sexo de las nubes—, don Julio venía subiendo por la carretera en el momento en que yo, de espaldas a ella y de frente al banco, comencé mi exposición diciendo:

—Si tal cosa fuera cierta yo no hubiera hecho lo que dicen que hice.

Cuando terminé mi alegato y regresé al banco, don Julio, parado a un lado de la vía en el punto conocido como Boca de la Carretera, a unos 30 metros del banco, me llamó, y yo, por supuesto, me acerqué, un tanto preocupado porque caí en cuenta de que él había estado allí esperando a que yo terminara mi alegato. Cuando llegué a su lado, muy serio pero muy amable, me tomó por el brazo y me dijo:

—Carlos, te escuché decir “Si tal cosa fuera cierta yo no hubiera hecho…”, y eso es incorrecto porque, primero, estás usando dos veces el mismo tiempo subjuntivo del verbo: fuera y hubiera; y segundo, y más importante, no estás usando el tiempo condicional, que es el que debes usar cuando usas el ‘si’ condicional. Por tanto, debiste decir “Si tal cosa fuera cierta yo no habría hecho…”.

Durante los 51 años transcurridos desde ese día, cada vez que en forma oral o escrita he tenido que lidiar con esa construcción gramatical —y puedo asegurar que han sido muchas, pero muchas veces— he recordado aquel incidente, y mentalmente he dado gracias a don Julio por haberse tomado la molestia de enseñarme lo que ninguna otra persona me enseñó de forma tan clara y oportuna. Su noble gesto no cayó en terreno baldío.

Lo que dije en el artículo de introducción a esta serie, lo repito en el de cierre: La inmortalidad es la condición mediante la cual perduramos en el recuerdo de otras personas.