[*Opino}– El lujo tendrá que esperar… o no hay mal que por bien no venga

No hay ningún momento que sea bueno para hacer ostentación, en especial si es de ostentación de lujos que, por definición, son algo superfluo y producto de la vanidad; algo especialmente pensado por provocar envidia. ¿Es que los ricos no pueden vivir sin lujos? Claro que sí, pero si lo exhiben es para provocar envidia, para declararse superiores a quienes no tienen lo que ellos sí pueden tener.

¿En qué contribuyen a mejorar los valores humanos los productos de Ralph Lauren, Coach, Gucci o Louis Vuitton? En nada. El mundo sería un lugar mejor si ellos, u otros de igual tipo, no existieran, de ahí que no me da pena alguna que pasen apuros.

El argumento de que crean puestos de trabajo no me sirve, pues también los crea la industria de las drogas (cocaína, heroína, etc.) y no se la apoya porque lo que hace es perjudicial para la sociedad.

Esa “gente de clase media-alta que se dejaba medio sueldo en una tienda de ropa”, tampoco me da pena: que se vistan con la ropa que se consigue en las tiendas por departamentos, ropa que cumple tan bien como la de lujo con el cometido de cubrir las desnudeces y proteger de los elementos naturales. Como tampoco me dan penas las tiendas, en especial las “boutiques” —hasta el nombre me cae mal— que se ven amenazadas de cierre si esa gente no puede seguir comprándoles. Como en el caso anterior, el mundo sería un lugar mejor sin ellos, que sólo sirven para alimentar la vanidad.

¿Qué clase de preocupación tiene por el dinero una mujer “que prefiere alquilar por un mes, a 150 euros, un bolso de moda de 1.500 euros”? ¿Es acaso un bolso un artículo de primera necesidad? No, por supuesto que no; y menos si es de lujo o, mejor dicho, si es una blasfemia social, como lo es cuando hay alguien que paga por él 1.500 euros,… mientras hay millones de seres humanos que para comer cada día necesitan apenas un euro y no lo tienen.

Éstas son las aberrantes injusticias sociales que abren la puerta a movimientos políticos que terminan haciendo pagar al justo por el pecador, pero es que son de tal calibre que claman al Cielo.

Siempre sentí simpatía por los nórdicos —y las nórdicas son para mí clase aparte— por su laboriosidad y su sentido de lo simple y lo práctico. Si además rechazan el lujo, ahora les tengo abierta admiración.

Por la crisis pagaremos todos en mayor o menor medida, pero en casos como los arriba mencionados cabe decir que no hay mal que por bien no venga.

Carlos M. Padrón

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28/11/2008

Elisa Silió

La era de la ostentación ha terminado. La crisis afecta a los productos más suntuosos y obliga a esconder el exhibicionismo de los más ricos.

«Por descontado que la moda es un capricho efímero y egoísta, pero en una era tan sombría como la nuestra, el lujo debería ser defendido palmo a palmo», declaraba en 1957 a Time Magazine el diseñador Christian Dior. Un titular que hoy, con la que está cayendo en la economía mundial, no sería bien recibido.

La desvergüenza con la que se han comportado quienes han hundido las bolsas —tras asegurarse una más que sustanciosa indemnización, los llamados paracaídas de oro (golden parachute)— ha causado un gran revuelo público.

Escandaliza que Stanley O’Neal, presidente de la ruinosa Merrill Lynch, cargase a las cuentas de la empresa 357.000 dólares en 2007 en gastos de avión y auto para uso particular, antes de abandonar este octubre el barco con 161 millones de dólares más en su abultada cartera. O que los máximos directivos de AIG celebrasen en un lujoso hotel de California el rescate del Tesoro estadounidense con una sesión de tratamientos y masajes de 400.000 euros a costa de los contribuyentes. Por no hablar de las críticas que despertaron los ejecutivos de General Motors, Ford y Chrysler, al borde de la bancarrota, que acudieran a la reunión en el Capitolio a solicitar ayudas en avión privado, en vez de en líneas comerciales.

A una fábrica con riesgos de quebrar, el dueño no puede llegar con el último Maserati. No es momento de hacer ostentación cuando millones tienen que hacer grandes esfuerzos para llegar a fin de mes. Por eso se encadenan los gestos. El modisto Marc Jacobs, acostumbrado a dar una fiesta por todo lo alto todos los años para 800 personas en el Rockefeller Center, ha cancelado la de 2008 «por el clima financiero». O en Barcelona, al benéfico baile Gala Austria —180 euros el cubierto— las mujeres, más discretas, optaron por no lucir sus mejores joyas. No procede.

Los ricos de siempre consumen el lujo con prudencia, conscientes de que resulta políticamente incorrecto; a las fortunas surgidas al albor del ladrillo o la especulación bursátil, hace meses que no les cuadran las cuentas y no compran impulsivamente, y la clase media-alta, que se permitía algún caprichito, hoy opta por ahorrar algo. Así en Occidente y Japón el lujo extremo parece ser el único que no se tambalea.

Este año el consumo de lujo subirá un 3% —frente al 9% en 2006 y del 6,5% en 2007— y entrará en recesión en 2009, según el séptimo Estudio de Mercado de Bienes de Lujo, realizado por la Bain & Company. El próximo año las ventas globales de estos bienes descenderán un 7% a un tipo de cambio constante, y del 2% a un tipo de cambio corriente. Entre las marcas más afectadas estarán Ralph Lauren y Coach, mientras que Gucci o Louis Vuitton se mantendrán estables, según el informe.

Hace un año, el mercado del lujo en España experimentaba un crecimiento de entre el 15% y el 20%. Atraídas por los cantos de sirena, muchas grandes firmas —Tiffany, Marc Jacobs u Óscar de la Renta, en Madrid y Bulgari o Hermés en Barcelona— planearon inaugurar sucursal en el país. Su apertura coincide hoy con el cataclismo de las bolsas en el mundo, y reina el desconcierto. «Los planes de abrir una tienda se hacen con cinco años, se alquila con tiempo el local y se adquieren compromisos.

No se puede retrasar», explica Susana Campuzano, directora del Programa Superior de Gestión de Empresas del Lujo del IE Business School. «Estudios internacionales señalan que en España nos gusta el lujo —no como los nórdicos, que lo rechazan—, pero nos parece que es para otros. No ha habido cultura del perfume o de invertir en cremas», continúa.

Pero sin duda el sector más zarandeado está siendo el automovilístico. De enero a mayo se vendieron alrededor de un 30% menos de Porches o Lexus, y ningún Lamborghini, frente a los cinco del mismo periodo de 2007, según la Asociación Española de Fabricantes de Automóviles y Camiones. Mientras que la presentación mundial de nuevos modelos de Volvo o Chrysler se está aplazando, la flota de autos de lujo de segunda mano no deja de crecer. Los dueños de los todoterrenos —muchos en manos de reyes del cemento— tienen dificultades para afrontar su elevado consumo de gasolina o pagar su seguro a todo riesgo. «Los gastos mensuales de un auto de lujo son entre un 20% y un 30% mayores que los de uno de gama media», contabiliza el director general de Auto Scout24, Gerardo Cabañas.

«Había gente de clase media-alta que se dejaba medio sueldo en mi tienda de ropa. Ahora hay días que no entran más de cinco personas. De seguir así, y tal y como están los alquileres en los barrios de lujo, tendremos que cerrar», cuenta el dueño de una boutique de Madrid que vende varias marcas exclusivas.

Sin embargo, en paralelo han salido al mercado nacional varias revistas sofisticadas (Robb Report, Per se, Revista GP Millonaire o Special Class BCN), se ha constituido el primer holding de empresas de lujo —el grupo AB Diseño y Moda— y una iniciativa de capital riesgo a la medida del mundo de la moda española, Brand Capital Made in Spain.

«Cuando en los viejos tiempos las marcas de artículos de lujo eran empresas de propiedad privada, a los propietarios les preocupaba obtener beneficios, pero el objetivo principal de la casa era poder producir los mejores artículos posibles», recuerda la corresponsal del Newsweek Dana Thomas, en su libro “Deluxe. Cuando el lujo perdió su esplendor” (Ediciones Urano, 2008). «Hoy se coleccionan como cromos, se exhiben como objetos de arte y son blandidos como iconos. Se ha desviado el foco de lo que es el producto a lo que representa».

«Las marcas más internacionales y diversificadas serán las más resistentes», apunta Claudia D’Arpizio, autora del estudio de Bain & Company. Japón (12% del mercado) ya ha entrado en recesión y perderá este año un 7% de las ventas; Europa (38% del mercado) avanza un 5% en 2008 por el empuje de los países del Este, y EE UU se ha estancado, como tras el 11-S, por el alto valor del euro y las sub-prime. La previsible alza del dólar y el yen favorecería al mercado de esos países en 2009.

«Es imposible predecir lo que pasará», dice Pedro Nueno, profesor del IESE. «Rusia y China pueden compensar las pérdidas en los otros mercados. Los dos se están abriendo a unos ritmos brutales y tienen una sociedad tremendamente marquista». Sufrirán, dice, «las empresas muy locales, no las casas de moda con muchas licencias. Y aquellas marcas que aún no son conocidas en los países emergentes y que quieran establecerse».

«El lujo crece todo lo que quiera sirviéndose de la imagen, pero cuando viene una crisis le zarandea en lo que no le corresponde. Por eso en Hermés, o la alta relojería suiza, que tienen cola porque hay más demanda que oferta, no notan la crisis», razona Campuzano, también directora de la empresa Luxury Advice. «El 50% de los compradores son lo que se llama excursionistas —consumen entre uno y tres productos al año— y esos desaparecen en momentos como éste».

En tiempos revueltos hay también quien, desconfiado de los bancos, sostiene que hay que vaciar las cuentas y despilfarrar. «Muchos decepcionados con sus asesores financieros, que han visto desaparecer parte de sus fondos han decidido gastar más que nunca», declaró Klaas Simon Obma, uno de los responsables de la exitosa Feria para Millonarios de Munich, que visitaron el pasado octubre 20.000 personas.

Más exclusivo fue en mayo (antes del desplome) el primer Luxury Market celebrado en España, con el castillo de Peralada como escenario, al que acudieron 40 expositores y 1.800 clientes. «No queremos hacer un show, sino un evento exclusivo, y hemos cumplido las expectativas. Hasta se ha vendido maquinaria de gimnasio en oro. De hecho, vamos a crecer. Al rico de siempre no le afecta la crisis, e incluso se está reactivando dinero que estaba en los bancos», asegura Juan Maiz, socio de la feria. En Iberjoya, por el contrario, los expositores reconocieron haber abaratado costes al incluir menos piedras y gemas de menor tamaño.

«Si se percibe un riesgo social, físico o económico siempre afecta al consumo. No sé si es una estrategia de mercadotecnia o una realidad cuando las marcas dicen que no se resienten la crisis», dice María Justina March, profesora de Psico-sociología del Consumo en la Universidad de Elche. «Hace 50 años, en España la gente luchaba por sobrevivir; hoy se orienta al deseo. Si uno no puede ya comprarse el bolso caro, se compra la imitación», dice su colega de la Universidad Rey Juan Carlos I de Madrid, Ana Martínez.

La empresa Look and Stop alquila hoy un 38% más de bolsos exclusivos que en enero, y han bajado en algo las ventas. Además, hace seis meses puso en marcha la compra de estos accesorios a sus clientas y está siendo un éxito. «No es un quiero y no puedo. Son mujeres que están preocupadas por el dinero y que prefieren alquilar por un mes, a 150 euros, un bolso de moda de 1.500 euros. Saben que se van a cansar». El alquiler de joyas también ha subido, como el depósito de alhajas de Caja España, que ha aumentado un 17% en 2008.

Los que nunca empeñarán sus joyas son los clientes de la catalana Alberta La Grup. «Son gente con casas por medio mundo a los que ha afectado la crisis en bolsa, pero no a su forma de vida», cuenta Lourdes Carbó. Su agencia organiza a estas familias la mudanza, los regalos de navidad o la búsqueda de un mayordomo por unos honorarios que van de los 1.200 a los 3.500 euros mensuales. Carbó sólo recuerda como excepcional que unos padres han pedido unos regalos menos espectaculares para su hijo por su cumpleaños, con el propósito de que sea consciente de la crisis. «Lo que ha bajado en un 20% o un 30% son los servicios a empresas. Si se recortan presupuestos lo notamos todos», añade.

El alquiler de aviones privados también está a la baja. Si se ajustan dietas a los empleados, la directiva debe dar ejemplo y viajar en vuelos comerciales. Por eso en Taxijet, compañía más barata y menos lujosa, que empezará a operar en marzo, están sorprendidos de la respuesta positiva. En las limusinas se da la tendencia contraria, aunque se contratan por menos tiempo.

El modisto Tom Ford augura malos tiempos: «Aquí en Occidente estamos acabados, nuestro momento llegó y pasó… Es el inicio del renacimiento de culturas que históricamente han adorado el lujo y no han podido mantenerlo por mucho tiempo». Es cuestión de confianza. Una ejecutiva de Hong Kong es capaz de gastar casi todo el sueldo en un bolso, convencida de que no le van a faltar oportunidades. ¿Quién lo haría en Nueva York o Madrid?

Fuente: El País

[*UA}– PADRONEL ha superado el MILLÓN DE VISITAS

Carlos M. Padrón

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Cuando el 22 de mayo de 2006 arrancó Padronel —en cuya gestación intervinieron mi amigo Jairo, que me dio y demostró la idea, y luego mi hija Elena que insistió en que la pusiera en práctica— no tenía yo ni remota sospecha de las sorpresas que este blog iba a depararme, ni que muchas de ellas serían problemas de mayor o menor gravedad, pero problemas que me causaron preocupación y cuya solución tomó bastante tiempo.

Desde su inicio, Padronel ha tenido cuatro alojamientos diferentes, ha estado bajo dos programas diferentes y no compatibles entre sí, y ha presentado tres distintos formatos. El que ahora presenta es —por sobriedad, claridad y carencia de elementos decorativos o superfluos— el que menos me disgusta de entre los permitidos por su alojamiento actual, que tampoco es el de mi agrado pero el único, de entre los que conozco, que minimiza el riesgo de problemas técnicos, y de los para mí dolorosos bloqueos (corte total de acceso al blog) supuestamente debidos a que las muchas visitas causan congestionamiento en el CPU (computador servidor) del alojamiento de turno.

Esto no obstante, las visitas han ido en aumento, y aún la primera versión de Padronel, alojada todavía en mi dominio, sigue recibiendo un promedio de 3.500 visitas por semana —que cuentan también para el cómputo— a pesar de que se quedó obsoleta desde el 04/07/2008 y de que está mutilada, pues perdió sus imágenes cuando se hizo la migración del blog a un alojamiento diferente y bajo un programa diferente.

La parte buena es que cuando el 22/05/2007 cumplió Padronel un año de vida habiendo recibido más de 110.000 visitas y, para celebrarlo, mi hija Alicia me hizo una ilustracióncomo también hizo la que encabeza este post­ (¡gracias, hija!)—  no pensé que en tan sólo 18 meses más alcanzara el millón de visitas, a pesar de los bloqueos ya mencionados, que lo tuvieron  fuera de servicio por un total de casi tres semanas.

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Esto se explica porque su cobertura ha crecido tanto que pasa de medio mundo, llegando a una o más ciudades —cada una con una cantidad de visitantes que a veces ha pasado de 100— de todos los países de América y de la mayor parte de los de Europa, sean o no de habla hispana —Rusia y Ucrania incluidos—, de algunas regiones tan aisladas como Alaska y Newfoundland, y de otros países para mí tan sorprendentes como Ruanda, Mozambique, Kenya, Etiopía, Yemen, India, Israel, Camboya, Tailandia, Filipinas, Japón, Corea, Singapur, Australia, Nueva Caledonia, Nueva Zelanda,… y un punto en el Golfo de Guinea que, según todos los indicios, no es un país ni una ciudad sino un portaviones useño que tiene algo que ver con el Medio Oriente.

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Cobertura de las 24 horas inmediatas anteriores a la publicción de este artículo.

Y esa gran cobertura es la parte buena, no tanto por la cantidad de visitantes sino porque todos ellos, dispersos por el globo, han tenido que saber de la existencia de mi pueblo natal, El Paso y , por lo menos, dónde está ubicado, y tal vez hasta hayan leído algo de su historia, costumbres, leyendas, personajes, etc., que, repito, es lo que más me interesa.

¡Mil gracias a todos esos visitantes, en particular a los asiduos!

 

[*Opino}– La obsesión femenina por los senos «perfectos»

El entrecomillado en “perfectos” lo puse yo, pues los implantes mamarios distan mucho de resultar en un seno perfecto.

A leguas se nota que los senos que muestra la foto que acompaña a este artículo, tan bien redondeados y enhiestos, son falsos, y sigo sin poder entender por qué a las mujeres les gusta algo así que, al menos a mí y a muchas otras personas que conozco —tanto hombres como mujeres— nos resulta feo y repulsivo.

El artículo dice que lo hacen para ser más atractivas a los hombres; no lo creo, es para competir con otras mujeres.

Sólo entendería que lo hicieran quienes han sufrido la extirpación de seno(s), siempre que optaran por algo de tamaño discreto.

Además, en los primeros puestos del ranking de los países en que más implantes mamarios se hacen tiene que estar Venezuela, pues aquí la implantación de tetas de silicona es algo que se ve a diestra y siniestra, y en mujeres de hasta las clases sociales de muy poco poder adquisitvo..

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16 Noviembre 08

A. Jiménez

Las brasileñas prefieren tallas más pequeñas, como una 85, mientras que las italianas y españolas se decantan por la 95 o la 100.

Tras un crecimiento de un 10% anual en el último lustro, la crisis financiera ha provocado en 2008 una caída de cerca del 15% en las ventas de prótesis para aumentar los senos. Por otra parte, surgen nuevas alternativas a la silicona, como remodelar el busto con grasa de las “cartucheras”.

Despierta algo más que las pasiones pero, bien por exceso o por defecto, y por la gravedad —que también hace lo suyo— cada vez más mujeres se lanzan directas al bisturí para “colocar” o aumentar la talla del sujetador. Al menos, así lo apuntan las últimas estadísticas.

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Cerca de 55.000 prótesis de silicona vendidas en España anualmente dan fe de la popularidad de este fenómeno, que ha aumentado en los últimos años. De hecho, según han revelado fuentes del sector, en el último lustro el incremento en el mercado ha sido de un 10% anual. No obstante, con motivo de la galopante crisis económica, entre 2007 y 2008 las cifras han dado un giro y se está registrando un descenso de cerca del 15% aproximadamente.

Números arriba o abajo, las españolas echan cuentas y se las ingenian para permitirse un pecho perfecto. Por eso, España es el país de la Unión Europea que implanta más prótesis mamarias, y el cuarto en el mundo, detrás de Estados Unidos, México y Argentina [1]. El motivo es que, a fin de cuentas, mostramos más nuestro cuerpo que los vecinos del norte.

Se insiste, además, en que el aumento mamario mediante prótesis, técnicamente denominado mamoplastia, es una de las intervenciones de cirugía plástica más populares en nuestro país. Y el perfil más frecuente que acude a consulta está entre los 20 y los 35 años, aproximadamente. Las primeras, porque comienzan una vida activa en sus relaciones de pareja y quieren estar atractivas, y las segundas porque, tras el embarazo, su geografía corporal se ha visto alterada y sus senos ya no son lo que eran.

El perfil tiene que ver con el gusto y usos de los diferentes países. No se tiene el mismo concepto en Brasil que en Italia o España. En el primero el socialmente aceptado es un volumen medio-bajo, porque hace más calor, el cuerpo se expone más al sol y no resulta cómodo ni estético un volumen de 110, por ejemplo. Para sentirse cómoda, la mujer prefiere una 85-90.

Por el contrario, las españolas eligen una talla normal, entre 90 y 95, pero raramente una 100. Las italianas, las más exhuberantes, se decantan por algo más llamativo, por encima de la 100 de talla.

Lo último

Desde la polémica desatada hace más de una década en los Estados Unidos a consecuencia de las “chapuzas” que se registraron en manos de profesionales poco calificados en clínicas fraudulentas, las cosas han cambiado, y a raíz de este problema se cuestionó el uso de silicona y se quiso sustituir por aceite de soja, algo que fue retirado por las autoridades. Otro de los problemas que dieron mala fama a la silicona fue que antes se temía que las prótesis enmascararan el cáncer, pero ahora existen mamografías de alta resolución capaces de distinguir las prótesis de los nódulos.

Una de las innovaciones que se plantean es la que en países como Japón a se ha aplicado hasta ahora mujeres mastectomizadas, y ahora en España también para aquéllas que desean aumentar o embellecer sus senos. Se trata de reconstruir las mamas extrayendo células de la grasa abdominal o del muslo de la propia paciente.

La medicina regenerativa representa el futuro, como extraer mediante una simple aspiración las celulas grasas —los adipocitos, hasta ahora vistos sólo como implicados en el desarrollo de las antiestéticas cartucheras— de la cadera de la paciente y reinyectarlas en su pecho; el resultado es más natural.

Esas céluas grasas se introducen sobre el plano muscular, creando un depósito de células vivas con capacidad de crecimiento. Los fracasos de hace unos años se debían al manejo inadecuado de estos trasplantes, y a la inyección de grandes volúmenes en una sola sesión, que determinaban la “asfixia” y muerte celular. Pero esto ya está superado, y ahora se inyectan adipocitos, preferiblemente adipocitos “jóvenes” (pre-adipocitos) en las cantidades apropiadas, y éstos se desarrollan adecuadamente.

Es una cirugía ambulatoria, mínimamente invasiva, que no precisa de grandes incisiones ni para obtener el tejido ni para insertarlo y que minimiza los efectos propios de una intervención, al tratarse de injertos de la grasa de la propia paciente.

Recientemente, ha salido a la luz con una denominación un tanto pintoresca: el “mamolifting con lipofilling”. No obstante, los profesionales advierten de la importancia de ser precavidos y no dejarse llevar por la publicidad, pues con este tipo de cirugía, además de resultar muy cara, pueden formarse calcificaciones. Todavía hay que trabajar mucho y con cautela al respecto, pues cando se inyecta la grasa, parte se transforma en quistes oleosos (de aceite) y parte se va a calcificar. Y esas calcificaciones pueden enmascarar un tumor mamario.

Ante el “boom” de lo mínimamente invasivo, otra de las variantes de aumento del busto es el gel de ácido hialurónico no animal. Se trata de un gel denso que se introduce por una cánula donde iría la prótesis. Basta una pequeña sedación, y no requiere hospitalización alguna. Los resultados son inmediatos, aunque el tamaño nunca será el mismo que con un implante. Esto es, el volumen que se alcanza es de aproximadamente 120 centímetros cúbicos, frente a los 400 que puede tener una prótesis.

Se trata de un método eficaz para aquellas mujeres que sólo deseen que sus senos aumenten un poco de tamaño. Los resultados son óptimos, pero, aunque dura, no es un aumento permanente: a los dos años ha desparecido por completo. Es pan para hoy y hambre para mañana, porque al final se reabsorbe.

Grasa, células madre, geles… y suero salino. Todo con tal de lucir un busto merecedor de las miradas más descaradas e indiscretas. Así, otra variante consiste en introducir detrás del músculo pectoral y a través del ombligo, una envoltura, una especie de “bolsita vacía”, que se rellena con la cantidad deseada de este suero. No está muy extendido este método, y el tacto que queda es desagradable y no resulta natural.

Una vez levantado el polvo de las críticas, por el momen
to, lo mejor es decantarse por lo tradicional, aunque perfeccionado: las prótesis de gel de silicona cohesivo, introducidas través de una pequeña incisión debajo de la areola. La dudas en este caso se ciernen sobre el dilema de si podrán amamantar a sus hijos. La mujer interpreta erróneamente como mama todo lo que es el pecho, pero como la prótesis se coloca detrás de la glándula mamaria, y el resto es grasa, lo que puede ocurrir es que fabrique menos leche.

Para evitar males mayores, es imprescindible hacer revisiones anuales después de colocar un implante, ues éstos no se garantizan de por vida; generalmente duran unos diez años aproximadamente. Las de suero salino, de hecho, duran menos, unos cuatro años.

Informarse bien y acudir a una buena clínica es tarea primordial antes de tomar cualquier decisión, porque la ignorancia es atrevida y puede jugar una mala pasada.

LR

[*ElPaso}– De los bailes en Monterrey

14-11-2008

Carlos M. Padrón

Por muchos años, Monterrey fue sólo un teatro, con su escenario, su patio de piso de madera y sus palcos, altos y bajos, que se extendían por todo el perímetro del patio. Al fondo del escenario había un telón que ocultaba las tramoyas y la puerta al baño de damas y al de caballeros.

Cuando a mediados de los ’50 regresaron de Venezuela los hijos de los Monterrey, construyeron al lado oeste del teatro una extensa terraza que comunicaba con aquél y que por años fue el mejor lugar de la isla de La Palma para celebrar bodas y otros eventos sociales.

Sin embargo, antes de que existiera esa terraza el teatro se usaba para representaciones teatrales —claro está, era un teatro— pero mucho más frecuentemente para bailes, que eran los llamados “asaltos” (nunca logré averiguar el origen de este nombre, que se daba a los bailes que tenían lugar en la tarde) y a los bailes propiamente dichos, que tenían lugar en la noche, después de la hora de la cena, y se prolongaban hasta la madrugada.

Cuando yo tenía unos 14 años, durante los meses de invierno había tanto frío en la calle que, los domingos, todo varón que podía pagaba su entrada y se metía en el Teatro Monterrey, fuera o no a bailar, con tal de huir del frío, porque, además, en las calles no había nada que hacer; estaban desiertas. Las mujeres no pagaban entrada, pues sabido es que la carnada es siempre gratis.

De los muchachos que, como yo, no teníamos dinero para la entrada, algunos optaban por aprovechar algún despiste de don Víctor Monterrey, el padre de la familia —que se apostaba sentado a la entraba para reclamar el ticket a todo varón que quisiera pasar— y se colaban a toda carrera sin que él pudiera detenerlos.

Otros, cuya educación o temor a represalias no nos permitía hacer eso, nos apostábamos en la pared, cerca del marco de la puerta, donde quedábamos bastante protegidos del frío, y a veces el bueno de don Víctor nos decía “Pasa”. Al menos yo entraba muy contento, me iba a la parte trasera del telón y, si tenía suerte de encontrarme con alguna de las muchachas de mi edad que gustaba de bailar y quisiera hacerlo conmigo, bailábamos allí mismo, tras el telón del fondo del escenario, lejos de la vista de las «viejas» que ocupaban los palcos.

En esa época, las mujeres, muy celosas de su reputación y, sobre todo, del “qué dirán”, aplicaban a sus parejas de baile lo que se llamaba “la retranca” —que, según dije en ¡Mi hija se casará virgen!  consistía en que la mujer cruzaba su brazo izquierdo sobre el pecho del hombre con el que bailaba para así impedir que él se acercara demasiado, o sea, que “se pegara”, que era el término que para eso se usaba—, y las madres y demás “viejas” del pueblo se sentaban en los palcos altos porque, como también dije en «ELLA«, desde allí no perdían pie ni pisada de cuanto ocurría abajo, en la pista de baile. Y al día laborable siguiente al del baile, en todos los lugares de reunión de mujeres, que eran principalmente las C3 y la Fábrica de los Capotes (fábrica de cigarrillos y cigarros, y única industria del pueblo), se comentaba qué muchacha había puesto una buena retranca, y cuál no, y de ésta se hacía leña a mansalva.

Una joven llamada Rosario estaba, desde hacía tiempo, en la mira de “Los honorables cuerpos de vigilancia de la moral pública” porque, en opinión de éstos, ella había venido permitiendo en cada baile un milimétrico y progresivo acercamiento de su novio, hasta que ocurrió que en el baile de un cierto domingo, fuera por lo que fuere, Rosario no le puso al novio retranca alguna y éste se pegó al máximo.

Cuando el lunes siguiente llegó Rosario a su trabajo en la Fábrica de los Capotes, todas las mujeres le cayeron encima con críticas de grueso calibre que la víctima aguantó en silencio hasta cierto punto. Cuando ya no pudo más, se levantó de su asiento y a voz en cuello, para que la escucharan todos en el local, mujeres y hombres, gritó:

—¡Yo fui la que me pegué! Y me pegué todo lo que pude, ¡pues, como voy a casarme, tengo antes que saber con qué cuento!

Al menos a la valiente Rosario nadie le dijo más nada sobre el tema, aunque a sus espaldas la “curtieron” por mucho tiempo. Tampoco se supo si su apreciación de aquello con lo que esperaba contar fue o no acertada, aunque no descarto la posibilidad de que alguna de las componentes de “Los honorables cuerpos de vigilancia de la moral pública” le haya preguntado al respecto.

[*Opino}– Los líderes carismáticos

Sean o no líderes, las personas de las que se dice que son carismáticas no me transmiten seguridad. Al contrario, me inspiran desconfianza, en particular cuando ese carisma se manifiesta con autosuficiencia, popularidad y la tal simpatía, un concepto subjetivo que no lo es tanto cuando llega a zalamería.

Los líderes políticos carismáticos que a través de documentales de cine o de TV he visto, se desenvuelven muy bien ante las cámaras, y por ello no me extrañó nada que en un programa de TV que trataba sobre el poder de los medios, en especial de la TV, en la formación de opinión acerca de candidatos en época de elecciones, se dijera que si en los tiempos de los presidentes que fueron decisivos e hicieron grande a EE.UU —Washington, Lincoln, etc.— hubiera existido la TV, ninguno de ellos habría alcanzado la presidencia, pues no sabian desenvolverse en público y no tenían carisma.

Ante esto, mi desconfianza aumentó, y ahora la corrobora la explicación del psicólogo René Zayan quien dice cómo hay que comportarse para lograr personalidad carismática; o sea, que esa tan cacareada condición puede alcanzarse con el debido entrenamiento.

Para ponerme peor las cosas, otro psicólogo afirma que el efecto que sobre la audiencia produce un líder carismático es como el de un flechazo amoroso, que es con lo que suele comenzar el drogamor. Y cuando al tocar la condición que llaman “coyuntuta” mencionan la actual criris financiera como factor determinante en la vicotiria de Obama, no puedo evitar pregntarme, habida cuenta del respaldo masivo que los medios dieron a éste, si la tal crisis no habrá sido provocada. Al fin y al cabo, el detonante de ella, ocurrido en un momento muy «oportuno» de la campaña electoral, fue la quiebra de Fannie Mae y de Freddie Mac, creadas y soportadas por políticos del partido Demócrata useño.

Carlos M. Padrón

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09/11/2008

Los líderes carismáticos combinan autoridad y simpatía, son receptivos y transmiten seguridad.

Obama obtuvo el respaldo de 63 millones de estadounidenses, pero hace meses que había cautivado a ciudadanos de todo el mundo con un señuelo: el cambio.

Con una retórica brillante y la popularidad de una estrella del rock, el senador Barack Obama obtuvo esta semana el respaldo directo de 63 millones de estadounidenses, pero hace meses que había cautivado a ciudadanos de todo el mundo con un señuelo: el cambio, palabra fetiche que ha funcionado como el catalizador que necesitaban los electores de Estados Unidos para dar carpetazo a la era Bush y apostar de forma amplia por la esperanza. Es decir, por Obama. El fenómeno Obama, mediante una estrategia ampliamente divulgada por internet, combina autoridad, credibilidad y empatía, y transmite seguridad a los ciudadanos. Es un líder carismático en toda regla, y el carisma no va indefectiblemente ligado al éxito, pero Obama ha conjugado ambos. Y no es el único.

Más allá de las diferencias culturales, el carisma presenta elementos universales. René Zayan, profesor de psicología política en la Universidad de Lovaina (Bélgica), es un experto en el análisis de los gestos y las expresiones faciales, que le proporcionan más información sobre el carisma de un líder que sus palabras.

Y en opinión de este experto, hay cinco elementos que conforman una personalidad carismática:

Mostrar seguridad es el primero, no denotar inquietud, para inspirar confianza;

Una clara dominancia, que no autoritarismo, para inspirar respeto, y, junto con el primero, credibilidad;

Empatía, la capacidad de representar a los ciudadanos y, llevado al extremo, de transmutarse en ellos, «Yo soy el pueblo», dice un líder populista.

Sociabilidad, que incluye saber escuchar, y la jovialidad, la capacidad de hacer reír, un elemento clave que, bajo apariencia inocente, permite controlar las emociones de la gente durante un discurso. Y el mejor de todos,

Inteligencia social, en la que dice Zayan que el ex presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan, era un maestro.

«Pero la llave del carisma – destaca- es transmitir seguridad».

Junto a los gestos, la palabra cobra importancia si se pregunta por las claves del carisma al consultor político Antonio Sola, director de Ostos& Sola y responsable de la última campaña del PP. «Los líderes comunican con multitud de gestos que deben ser coherentes con todo el mensaje», señala. A su juicio, el liderazgo «requiere un combustible básico para que sea efectivo, que está hecho de una mezcla explosiva: ideas, valores, energía y determinación». Y con todos estos elementos se puede construir un líder, mediante un proceso de aprendizaje —destaca— en el que tienen un papel clave las nuevas tecnologías.

Obama las integró en su campaña, en la que se apoyó en una estrategia diversificada en Internet: 1.814 vídeos oficiales con entrevistas, intervenciones, apoyo de actores y mensajes especiales según el estado al que se dirigen, apunta Sola.

Los políticos buscan despertar el interés del auditorio. ¿Lo logran? «Cuando una persona siente placer, o simplemente interés, al escuchar a otro, sus pupilas se dilatan, un reflejo mecánico que no se produce cuando la reacción es de indiferencia», explica Zayan. Activadas las áreas cerebrales de la felicidad, los seguidores de un líder se sienten también atraídos por él, como un flechazo amoroso. Y cada político desarrolla un catálogo de gestos propios para seducir a su electorado. La mirada fija del presidente francés, Nicolas Sarkozy, denota autoridad, elemento indispensable para llegar al Elíseo.

Un candidato con capacidad mediática y un mensaje potente están detrás del éxito. «El mensaje es la piedra de toque, una vez identificado el problema que más preocupa el electorado, pero el político debe convencer de que él es capaz de resolver esa inquietud, y esa capacidad de comunicar es más importante que el mensaje».

De esto sabe Javier Maza, presidente de Maza Communications, consultora internacional especializada en entrenar a los políticos para tratar con los medios de comunicación. Maza apunta un tercer elemento en juego: la coyuntura. Y vuelve a Obama para dar un ejemplo: la crisis dejó «prácticamente sin argumento de defensa política ni de justificación electoral» a su rival, el republicano John McCain.

LV

[*Opino}– Mucho título y pocas letras

Después de leer el artículo que sigue y de asombrarme con lo que en él se dice, me extraña que no se mencione que, al menos con respecto a la generación de los que al momento tienen menos de 25 años, la culpa de su incultura gramatical es de quienes fueron o son sus profesores, pues tampoco a éstos los enseñaron bien, y con toda razón dice al respecto el artículo que esos profesores “no pueden enseñar a nadie si cometen semejantes faltas”.

Lo que considero más grave es que, hasta donde tengo visto, esta gente se muestra de lo más tranquila con su incultura, como si no tuviera importancia alguna. Y las pruebas las encuentro a diario en la prensa digital de la que cada día podría yo extraer docenas de errores de todo tipo, pero me limito a sólo uno o dos, todos ellos atribuibles a periodistas posiblemente graduados.

Si a uno que se dice pintor no lo consideramos como tal porque no sabe usar la brocha, que es su herramienta de trabajo; si a uno que se dice zapatero no lo consideramos como tal porque no sabe usar la lezna, que es su herramienta de trabajo; si a uno que se dice carpintero no lo consideramos como tal porque no sabe usar el martillo, que es su herramienta de trabajo, ¿por qué consideraríamos periodista a quien no sabe manejar bien la lengua en que habla y escribe, que es su herramienta de trabajo?

Quien no sabe escribir bien, no sabe expresarse bien —o sea, padece de incompetencia expresiva— y, por tanto, tampoco piensa bien. Quien no domina la lengua —dice el artículo— tampoco domina el pensamiento, y como el dominio de la lengua es fuente de poder y resulta indispensable si se aspira a tener una cabeza bien amueblada —continúa diciendo el artículo— hay que deducir que el buen amueblamiento de la cabeza está en relación directa a lo bien que se domine la lengua, y, por tanto, si se quiere aprender a pensar deberá antes aprenderse a dominar la lengua, y en este caso no importa la profesión que se tenga.

Hace más de 25 años una de mis hijas trajo una vez del colegio, escrita por su profesora de matemáticas, una evaluación plagada de errores de ortografía. A riesgo de meterme en un problema, no pude contenerme, y con un marcador amarillo resalté todos esos errores y le devolví la hoja de la evaluación en la que escribí un par de líneas expresando mi preocupación por el efecto que esos errores podrían tener en la educación de cualquier alumno. Para mi sorpresa, la respuesta de la profesora fue que ella enseñaba matemáticas, no gramática.

¿Qué puede esperarse de profesores así? Para cualquier maestro o profesor, el lenguaje es su herramienta de trabajo, y él/ella está en la obligación profesional y moral de dominar bien esa herramienta, tanto en forma hablada como escrita.

Estoy de acuerdo con que, en esto, cualquier tiempo pasado fue mejor. Si volviéramos a la forma en que antes se enseñaba la lengua, a los dictados minuciosos y a la presentación de exámenes orales, no habría ni SMS ni Internet ni otro tipo de tecnología que creara el problema que hay en este momento.

En este blog recibo muchos comentarios que me hacen sentir vergüenza ajena. Cuando tengo tiempo, los corrijo antes de darles curso, pues me he propuesto que, en la medida de lo posible, evitaré que mi blog tenga basura, categoría en la que pongo los atentados contra el idioma, que no sólo incluyen faltas de ortografía, pobreza de vocabulario, errores de concordancia de género o número, etc. sino también, a veces, el uso de una diarrea de puntos suspensivos donde debería ir otro signo de puntuación, como una coma, un punto y coma, etc.

Está claro que quien así escribe no sabe escribir. Como ejemplo, copio textualmente, sin sacarle ni ponerle nada, un comentario recibido recientemente en este blog:

esa fotografia es verdadera mente impresionante felisitasiones a los pescadores y grasiaspor conservarlo vivo solo me gustaria saver si despues de que ustedes lo estudien lo dejaran en livertad ????????????

Y no hablemos de la redacción, pues con gente así sería misión imposible. Pero es en esta área en la que más en evidencia queda la carencia de un pensamiento lógico —que es la que lleva a caer, una y otra vez, en el hipérbaton— y de respeto por el lector. No es de extrañar, por tanto, que esos despachos de abogados hayan recurrido a los “libros de estilo” mencionados, pues la redacción de contratos es algo delicado que requiere saber escribir bien y, por tanto, saber pensar bien.

Durante mi vida profesional, varias veces tuve que discutir con abogados la redacción de contratos. Salva pocas excepciones me costó Dios y su ayuda hacerles entender que algo escrito en el contrato decía, en buena lógica, todo lo contrarío de lo que se quería que dijera. En estos casos, al igual que en el uso de términos y giros, la respuesta que yo recibía era siempre que escribir así era la usanza del medio legal local, a lo que yo respondía que la lógica no sabe de localismos; es la misma en todas partes, que si lo escrito en un contrato deja abierta la posibilidad a doble interpretación, se está ante un problema potencial.

Lo del respeto al lector parece no preocupar nada a quienes, como los periodistas, escriben para que otro lea. En estos casos es fundamental que a ese otro no se le robe su tiempo, no se le creen dudas, no se le obligue a adivinar lo que el escritor quiso decir, ni se le obligue a releer lo escrito, en un esfuerzo por encontrarle sentido o el sentido correcto. Todo eso implica el uso, por parte del escritor, de una lógica cabal, que pasa por evitar el hipérbaton, obliga a aplicar los signos de puntuación correctos en los lugares correctos, a evitar las redundancias y cacofonías, y a disponer de un extenso vocabulario y saber hacer uso adecuado de él.

Carlos M. Padrón

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19/10/2008

José Luis Barbería

Buena parte de los universitarios no superarían hoy el listón gramatical (dos faltas de ortografía o tres de puntuación acarreaban el suspenso) que se aplicaba décadas atrás a los alumnos de nueve años en el examen de ingreso al bachillerato.

Nuestros estudiantes hablan, por lo general, un castellano pobre y, a menudo, impostado, porque el sistema educativo ha descuidado en los últimos tiempos la enseñanza de la lengua, y porque tampoco la sociedad cree que hablar y escribir bien sea fundamental para el desarrollo intelectual y el éxito social y profesional. Ésa es al menos la opinión de una amplia mayoría de docentes convencidos de que asistimos a un proceso de deterioro en el buen uso de la lengua.

El hecho de que muchos universitarios acaben la carrera con graves carencias gramaticales empieza a suponer ya un obstáculo a la hora de acceder a trabajos en los que la capacidad de expresión y persuasión son imprescindibles.

Así, para mejorar la calidad comunicativa de sus empleados, grandes despachos de abogados, como Garrigues, o Gómez Acebo y Pombo, han adoptado en su ámbito interno libros de estilo elaborados por la Fundación del Español Urgente (Fundéu). El propio Colegio de Abogados, y empresas como Red Eléctrica Española, van a seguir ese ejemplo. Mientras, la Facultad de Derecho de la Universidad Pompeu Fabra imita a las estadounidenses e implanta la asignatura de Redacción Judicial y Documental.

«Mi percepción personal es que, en cuestión de ortografía y sintaxis, el nivel universitario es desolador», sentencia Leonardo Gómez Torrego, investigador del Instituto de Filología del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Es un juicio que corroboran espontáneamente una legión de profesores con amplia experiencia docente.

«Doy fe del deterioro progresivo en el uso correcto de la lengua», subraya Dolores Azorín, de la Universidad de Alicante.

«Hay una diferencia abismal entre los escritos de los chavales de hace 15 años, y los de ahora. Creo que la pérdida de vocabulario es la punta del iceberg de un mal endémico, estructural, de nuestro sistema de enseñanza», destaca Víctor Moreno, doctor en Filología Hispánica y autor de numerosos trabajos sobre la materia.

«La mayoría —y hablamos precisamente de alumnos de Filología— no saben expresarse bien, no dominan el lenguaje y, en consecuencia, tampoco el pensamiento», apunta Manuel Alvar Ezquerra, catedrático de Lengua Española de la Universidad Complutense de Madrid.

Lo que dispara las alarmas no son las faltas de ortografía, por garrafales que sean; tampoco las confusiones léxicas del tipo «a la muerte del monarca, empezaron las guerras intestinales». Lo que preocupa verdaderamente es la incompetencia expresiva de muchos universitarios que les imposibilita comunicarse con un mínimo de sentido, coherencia y criterio. «El género sirve para designar el sexo de la palabra, sustantivo, adjetivo, artículo, pronombre,…», escribió, por ejemplo, un alumno de Filología Hispánica en los pasados exámenes de septiembre. «Desde Aristóteles, se tiene conciencia de la palabra, aunque no se sabe si existe realmente», apuntó otro.

Aceptado que toda promoción estudiantil está llamada a engordar la Antología del Disparate, el problema adquiere un fondo inquietante cuando se comprueba que alcanza también a los niveles teóricamente más selectos del mundo universitario. «Observo un deterioro muy grande, y no sólo ortográfico. Hay licenciados que tienen dificultades para ordenar una frase con su sujeto, verbo y complementos», asegura la directora de convocatorias de becas de La Caixa, Rosa María Molins.

Los licenciados de los que habla son los aspirantes a becas de posgrado; por lo general, alumnos de elevada nota media de carrera, a quienes se les pide que expliquen en dos o tres folios las razones que les llevan a solicitar la ayuda económica, el proyecto que pretenden hacer, y dónde y cómo les gustaría desarrollarlo.

¿Cómo es posible que estos universitarios de brillante currículo presenten textos pobres y deficientes al jurado que tiene que decidir si les concede las becas (74.000 euros en 18 meses) y la oportunidad de formarse en centros internacionales del máximo nivel? ¿No se esmeraría cualquiera en su lugar para que su tarjeta de presentación estuviera exenta de faltas y, en caso de dificultad, no recabaría el asesoramiento de alguien más ducho en la materia, y haría todo menos quedar en evidencia?

La explicación no es sólo la desidia, ni las dificultades derivadas de la naturaleza ortográfica del español (en realidad, la ortografía de nuestra lengua es de las más fáciles, además de muy fonética), sino el nivel de expansión actual del problema. «El mal uso de la lengua alcanza igualmente a los propios profesores de Ciencias de la Educación. Cuando les corrijo los textos, les añado el comentario de que no pueden enseñar a nadie si cometen semejantes faltas», indica Mercedes Vico Monteolivo, defensora de la Comunidad Universitaria en Málaga.

«La lengua ha dejado de ser clave en la formación del profesorado. En Magisterio, la materia Didáctica de la Lengua es una asignatura de 6 créditos y 60 horas de clase en un cuatrimestre, así que puede que las últimas promociones de maestros no estén muy preparadas en este terreno. Hay un cierto abandono de las humanidades en la formación del profesorado, y también la literatura ha dejado de ser importante», dice el decano de Ciencias de la Información de la Universidad de La Laguna, Humberto Hernández.

Aunque, al parecer, no hay estudios que lo certifiquen, algunos entendidos opinan que el proceso de deterioro se inició en 1990 con la entrada en vigor de la LOGSE, que amplió hasta los 16 años la edad de la enseñanza obligatoria. Piensan que, en la práctica, estos cambios trajeron consigo cierto abandono de la enseñanza de la ortografía en un sector muy amplio de la ESO, y que ese hueco no ha sido bien cubierto en la posterior etapa de los dos años de bachillerato.

Pese a las sospechas de algunos expertos, no está demostrado que el bilingüismo incida en el problema, aunque se sabe que algunas becas de periodismo han sido declaradas desiertas porque los aspirantes —en este caso, alumnos formados exclusivamente en catalán y con poco uso diario del español— no alcanzaban el nivel gramatical mínimo exigido. «Los catalanes manejan el español mejor que el catalán, e igual que los del resto de España», afirma Alberto Gómez Font, vicesecretario de la Fundéu y profesor de Periodismo Científico en la Universidad Pompeu Fabra. «Damos redacción en catalán y en castellano, y no vemos que haya diferencias significativas», indica Salvador Alsius, decano de Ciencias de la Información en esa misma universidad.

La cultura globalizadora uniformadora y pasiva del ocio audiovisual, el lenguaje coloquial de los medios de comunicación, y la economía lingüística que acompaña la comunicación por teléfono celular e Internet, sí estarían contribuyendo a la pérdida de la riqueza expresiva del idioma. Y, sin embargo, tampoco cabe achacar todo el problema a la invocada nefasta influencia de las nuevas tecnologías que, a cambio de actualizar el género epistolar, fomentan una comunicación sustentada en abreviaturas, y en un léxico elemental en el que la ‘h’ ha quedado proscrita y la ‘q’ es suplantada por la ‘k’. Ésta es la opinión de Alberto Gómez Font: «Las abreviaturas se utilizan desde la Edad Media, y, además, eso de que la gente lee cada vez menos es un tópico falso. ¡Pero si se pasan todo el día en el computador!».

Nadie niega, sin embargo, que el chateo juvenil, salpicado a menudo de ostentosas faltas de ortografía —no se sabe si fruto de la incuria, de la búsqueda del caos o del intento de asesinar a la lengua—, conlleva el apresuramiento y la precipitación, y, en esa medida, la renuncia a corregir el texto y a tratarlo con esmero.

«Es normal que la jerga juvenil se renueve y resulte transgresora. La cuestión no son las abreviaturas de los SMS o los coloquialismos, sino el empobrecimiento extremo que a veces se refleja en cierta dificultad para razonar en abstracto, y en la falta de adecuación al interlocutor», subraya Concepción Martínez Pasamar, directora del Instituto de Lengua y Cultura españolas de la Universidad de Navarra.

«Nada, pues aquí vengo, a que me expliques este 3, porque el examen me salió de puta madre», sería un ejemplo de esa falta de adecuación que hace que muchos universitarios españoles sólo se sirvan de una manera de expresarse, sea quien sea su interlocutor o las circunstancias de la charla.

Y con demasiada frecuencia, la forma de expresión escrita es la pura oralidad vertida directamente sobre el folio en blanco. He aquí un ejemplo: «Una breve consulta: voy a intentar presentarme al examen del día 1, si no, me presentaré al día 7. ¿Podría decirme cual es el temario que entra para examen?, la verdad es que con tanto parcial no se que entra en este examen, quisiera saber si entra de nuevo el temario del que nos hemos examinado o no. A su vez sería interesante saber los puntos del temario que entran. Espero que esta vez me entienda, saludos».

El proclamado objetivo de que, al finalizar la enseñanza obligatoria, el estudiante debe escribir sin faltas y estar gramaticalmente capacitado para cubrir sus necesidades de expresión futuras, chirría enormemente al contacto con las cifras disponibles. Según el estudio del Instituto Nacional de Calidad y Evaluación, en 2001 sólo el 11% de los alumnos del último curso de ESO no cometían ninguna falta de ortografía en las letras, el 6% en las tildes, y el 1% en los signos de puntuación. Pese a que, en buena lógica, un universitario de fin de carrera tiene menos errores que un alumno de ESO, escribir correctamente es una habilidad que debe adquirirse con anterioridad.

En su intento de superar el empobrecimiento léxico, parte de la comunidad estudiantil busca refugio en el lenguaje administrativo y se adorna con un empalagamiento, un rebuscamiento postizo, o un cultismo mal utilizado e inducido, en buena medida, por el mundo de la política y los medios de comunicación. «Lo que me preocupa es que detecto un lenguaje cada vez más alambicado, retórico y cursi. En eso, los alumnos coinciden con las gentes de la tele que quieren aparecer sofisticadas. Se ha extendido el hábito del eufemismo. El problema es más la oscuridad que la incorrección, y puede que su origen haya que buscarlo sobre todo entre los políticos y los medios», indica Ángel González, profesor de Historia del Arte de la Universidad Complutense de Madrid.

Un ejemplo de esa oscuridad impostada, de ese deleznable español que se nutre a menudo de muletillas y comodines, la aportaría el siguiente fragmento de un examen universitario: «Es obvia la existencia de dos tipos de registro en este texto. (…) Céntrome un momento en el texto culto. De la mano del redactor. Cabe resaltar la intervención, más allá de los hechos objetivamente concurridos en el evento; además de oraciones explicativas a modo de epíteto, como si se tratase un público al que todo hay que aclarárselo, también se denota la compadecida visión del propio autor hacia el mismo asunto».

Empobrecimiento del léxico y rebuscamiento impostado vienen a ser las dos caras de un mismo problema que muestra que el sistema no garantiza el aprendizaje del buen uso de la lengua.

El empleo abusivo del gerundio y de las comas —»Muchos textos parecen salpicados de cagaditas de mosca», dice Alberto Gómez Font—; el uso errático de las tildes y los signos de puntuación; el desconocimiento de la ortografía; los vicios del laísmo, leísmo, yeísmo y dequeísmo; la sustitución del imperativo por el infinitivo («comer» en lugar de «comed»), y la utilización del infinitivo como verbo principal («decir que»… en lugar de «quiero decir que»…) compondrían algunos de los defectos más frecuentes. A eso hay que sumar la utilización de expresiones que los entendidos juzgan aberrantes, como «a nivel de…», introducidas desde la política y el periodismo.

En este panorama poco reconfortante reverdece la idea de que cualquier tiempo pasado fue mejor, mientras se asienta la convicción de que, contra lo que ocurre en otros países, a nuestros estudiantes no se les forma adecuadamente en la lectura, la escritura y la oratoria; no se les enseña a exponer sus conocimientos.

Los estudios internacionales de evaluación Pirls (2006) y PISA (2003) demuestran que el nivel de comprensión lectora de nuestros estudiantes de primaria y secundaria está a la cola europea y se sitúa sólo ligeramente por encima de la media de los 40 países de la OCDE.

Un dato altamente significativo es que únicamente el 40% de los alumnos españoles tienen profesores con formación específica en didáctica de la lectura, mientras que en el plano internacional, ese porcentaje asciende al 57%. Muchos docentes echan en falta la actividad escolar de la lectura en voz alta, la exposición pública oral de un tema, y la profusión de redacciones y notas escritas que se mantienen en países anglosajones, y en Italia y Francia. «Aquí no se ha prestado atención hasta hace poco a la retórica, como ocurre, por ejemplo, en EE UU con las ligas de debate universitarias», apunta Concepción Martínez. «Los ingleses cuidan mucho más la presentación», sostiene Rosa María Molins.

Sin necesidad de avalar la vieja teoría, más mito que realidad, de que hasta el más iletrado de los franceses puede expresarse con soltura y precisión, parece establecido que la competencia lingüística general (claridad, coherencia, no reiteración) en un país como Francia es superior a la de España. La razón no habría que buscarla en la naturaleza pretendidamente más lógica y diáfana de la lengua francesa, sino en el hecho, constatado por lingüistas como Eugenio Coseriu, de que se expresan de manera más lógica y diáfana. Por tanto, se trata de una cuestión de educación en su sentido más amplio.

«En Francia hay un orgullo por la lengua que no encuentro en España», constata Ángel González. «Todos los profesores franceses, sea cual sea su asignatura, son antes que nada profesores de francés», subraya Manu Montero. El ex rector de la Universidad del País Vasco piensa, sin embargo, que el problema de la ortografía y del empobrecimiento del idioma no es exclusivo del español. «Tengo noticia de que unos maestros franceses hicieron la prueba de poner unos dictados de hace 60 años y comprobaron que los alumnos de hoy cometen muchas más faltas». En todo caso, además de contar con un sistema educativo tradicionalmente orientado a la búsqueda de la brillantez expositiva, la sociedad francesa valora mucho más el hablar y escribir bien.

«Si ahora se escribe peor, es por un asunto de mentalidad, porque hay mucha gente que cree que expresarse bien no es importante y que la lengua no sirve para nada», reflexiona José Antonio Pascual, lingüista y catedrático de la Universidad Carlos III. «Aunque el dominio de la lengua es fuente de poder y resulta indispensable si se aspira a tener una cabeza bien amueblada, parece que el éxito social se ve en otras cosas, como en el dinero o la fama», indica. «Debe de haber un motivo fuerte para que la lengua, que es sutileza, posibilidad de acuerdo, lo opuesto al mundo de las verdades absolutas del blanco y negro, no esté hoy valorada en nuestra sociedad».

Con todo, José Antonio Pascual tiene un mensaje esperanzador para los universitarios que se pelean con la gramática. «Cuando Fernando Lázaro Carreter (ex director de la Real Academia Española, RAE) leyó mi tesina sobre Pío Baroja, me dijo que no se entendía nada y que, si había decidido presentarla, era exclusivamente por no dejarme sin licenciatura. Bueno, creo que con el tiempo he ido mejorando y que ahora ya no escribo tan mal», apunta con ironía. Lo dice él, que es miembro de la Academia Española.

EP

[*ElPaso}– Auxilio para el Pino de la Virgen, un pino aborigen

02 Agosto 2008

Maikel Chacón

El Paso (EL DÍA) – El Paso ha diseñado, con apoyo de biólogos, una actuación que pretende frenar el deterioro del Pino de la Virgen, de gran valor científico y cultural, al que se le calculan 800 años. Se eliminará parte de la plaza que cubre el tronco.

El delicado estado de salud del Pino de la Virgen viene preocupando a la Administración de El Paso desde hace algunos años, y los estudios que se han realizado han terminado por confirmar que el árbol más conocido de la Isla, y uno de los más emblemáticos de Canarias por la historia que encierra, necesita de una intervención urgente que evite el incremento de los daños que se están produciendo en su estructura, conformada a lo largo de los 800 años (según las dataciones científicas realizadas en 1994 que lo sitúan como el más viejo que se ha estudiado) que tiene este monumento natural, que ya permanecía erguido durante la época prehispánica.

El valor cultural de este ejemplar de pino canario no se basa sólo en su antigüedad. Bajo su sombra, en el interior de una pequeña ermita (construida en 1927, con una previa capilla de mampostería de 1876), reposa la imagen del manto verde que custodia el monte pasense, la Virgen de El Pino que, según cuenta la leyenda, apareció en el majestuoso tronco de este árbol en tiempos de la conquista, protagonizando multitud de historias posteriores.

Tras la realización de varios estudios científicos, el último recientemente concluido por parte de los doctores Carmelo Prendes y Raimundo Cabrera, del departamento de Biología Vegetal de la de la Universidad de La Laguna, el Ayuntamiento de El Paso ha decidido intervenir con un plan de auxilio que permitirá salvar este emblemático y gigantesco ejemplar de pino canario, en el que el paso de los años y la mano del hombre han hecho mella.

Evaluación de daños

Durante una inspección realizada antes de finalizar el verano se hizo una nueva evaluación fitopatológica del pino, lo que permitió confirmar la presencia, décadas después del primer informe, de las zonas putrefactas localizadas bajo la corteza, a algo más de dos metros de altura de su cuello de raíz, unida a cierta pérdida de follaje. El gigantesco pino canario está perdiendo volumen a un ritmo considerable (teniendo en cuenta su longevidad).

El problema podría encontrarse en los efectos negativos de la impermeabilización de una parte importante de su espacio vital. Varios metros de su tronco están sepultados por la urbanización de la plaza circundante de la Ermita de El Pino, una construcción ejecutada hace muchos años, así como a las posteriores actuaciones de asfalto, ampliación de plaza y su adoquinado.

El árbol quedó incluido dentro de la edificación y emerge a través de un pequeño parterre que se creó. La impresión que se obtiene observando esta construcción es que las raíces del pino, que debieron extenderse alrededor de su tronco, han quedado sepultadas por un lado, por la losa de la plaza y, por el otro, por el asfalto de la carretera.

Eliminar parte de la plaza

Ante estos datos, la actuación que han aconsejado los expertos se basa, principalmente, en la eliminación de la esquina de la plaza, restituyendo el nivel original del suelo alrededor del tronco. Esta actuación implicaría también sustituir el asfalto de la carretera por otro sistema de pavimento. Ésta, según los estudios, sería la actuación más beneficiosa para la salud de este emblemático árbol, siempre dependiendo del estado de la parte del tronco que ha quedado enterrada.

Además, se debe remodelar el alcorque que rodea la base del pino construyendo un muro o una verja que impida el libre acceso al tronco por parte del público, así como un saneamiento general del pino, eliminando con mucho cuidado la madera descompuesta.

Los estudios que se han publicado sobre este ejemplar de pino canario son varios y destacados. Quizás, el que más, por su contenido, es el de los profesores María del Mar Génova, Carlos Santana y Ernesto Martín que, bajo el título «Longevidad y anillos de crecimiento en el Pino de la Virgen» forma parte de un proyecto de investigación del cambio climático a lo largo del último milenio a partir de la información contenida en los anillos de crecimiento de este antiguo pino.

Dicho proyecto de investigación está avalado por la sección de Historia de la Universidad de Las Palmas. María del Mar Génova, como técnico del CIFOR (Centro Internacional de Investigación Forestal), dirigió en 1996 un estudio de datación del emblemático árbol por iniciativa del Ayuntamiento de El Paso, en el que dictaminó su edad en torno a los 800 años.

Estos trabajos son la base de otro posterior que consta en las actas de la Real Sociedad de Historia Natural, año 1998, «Cambio climático y anillos de crecimiento».

***

Cortesía del Dr. Juan Antonio Pino Capote.

[*FP}– Mi caballo blanco

Carlos M. Padrón

A causa de la Gran Depresión, mis padres, que para entonces vivían en Cuba con sus tres primeros hijos, dos varones y una hembra, en 1932 regresaron a Canarias en total bancarrota, se residenciaron en la casa que había sido de mi abuelo paterno, y mi padre —con la ayuda que podían darle mis hermanos, apenas adolescentes— se dedicó a trabajar los terrenos que de su padre había heredado y que necesitaron mucho esfuerzo para hacerlos productivos.

Por lo pesado de las tareas y lo que había que transportar en aquel medio agropecuario, se necesitaba una bestia de carga. Según recuerdo haber oído decir a mis hermanos, mi padre compró —en Garafía, Tijarafe o Puntagorda, no estamos seguros— un caballo, de color blanco, que, como todos los dedicados a carga, estaba castrado. Ignoro también qué edad tenía ese caballo cuando llegó a mi casa allá por el año 1935, pero sí sé que, aunque potro aún, era ya útil para el trabajo que de él se requería.

Fui el primero de los hijos de mis padres que nació en Canarias, y me crié viendo desde niño ese caballo blanco. Ya desde los 9 años lo usaba yo para, cabalgando sobre él, llevar en las tardes la vaca a la relva, donde también quedaba el caballo, y yo regresaba a casa caminando, y caminando iba a recogerlos temprano a la mañana del día siguiente.

Si la vaca se escondía entre las frondosas matas de chochos sembradas en la relva, el caballo, al verme llegar, iba a buscarla y la arreaba hasta la puerta, a la que llamábamos ‘cancelón’: una armazón hecha con dos postes de madera, clavados en el piso a la distancia que entre ellos exigiera el uso, y con dos o más pares de huecos en los que encajaban otros tantos largueros, también de madera, que iban de poste a poste, con una separación vertical entre ellos, y hasta una altura que impidiera la salida del ganado.

CMPenCaballoBanco

Foto tomada a mediados de 1948 con los dos animales más útiles de la casa: la vaca y el caballo —Mi caballo blanco— sobre el cual aparezco yo. En pie, mi padre y mi madre. Al fondo, con la puerta abierta, el ‘pajero’ (establo) lugar destinado a guardar al caballo y a la vaca. El nombre de ‘pajero’ le viene de que ahí se guardaban también las pacas de paja para alimentar a ambos.

 Si por cualquier motivo, y ya camino a casa, la vaca aminoraba la marcha o se detenía a comer algo, el caballo la mordisqueaba en el anca para que continuara a buen paso. A veces tenía yo que evitar este proceder porque la ubre de la vaca iba tan repleta que el bamboleo al caminar hacía que de las tetas salieran hilos de leche que serían más abundantes si la vaca apuraba el paso.

El caballo cargaba con cereales, pasto para las cabras y la vaca, pacas de pinillo (aguja de pino seca), madera o piñas de pino para alimentar el fuego para cocinar, sacos de gofio, las “mantas” de las acarreas, llenas de trigo o cebada, etc. Era imprescindible para este tipo de labores.

Siendo todos jóvenes, tanto mis hermanos como el caballo, éste sirvió a aquéllos, Raúl y Tomás —quienes en 1946 y 1947, respectivamente, cuando apenas tenía yo 6 y 7 años, emigraron a América— para competir en carreras contra los caballos o yeguas de otros muchachos de su edad, aunque a mi padre no le gustaba que hicieran tal.

Raúl, que fue un joven enamoradizo, se echó una noviecita en el Paso de Abajo, y adoptó la costumbre de ir a verla a lomos de nuestro caballo blanco. A tal fin lo bañaba y cepillaba el domingo en la mañana, y en la tarde, a la hora en que las normas de la época permitían que los enamorados se visitaran, le ponía su montura. Y estando mi hermano muy bien ataviado para la ocasión, montaba en el caballo y se dirigía a casa de su enamorada.

Como ésta vivía en una casa de dos plantas, y le permitían hablar con mi hermano desde la ventana de la planta superior, que daba al camino, Raúl se aparcaba con el caballo frente a esa ventana y, sin bajarse de él, comenzaba a “enamorar”, que era el término decente que para la época se le daba a esa actividad. El no tan decente pero sí mucho más apegado a la realidad, cuya validez se entiende después de que uno tiene más de 60 años, era “jozar mierda”.

Pues bien, cuando eso se repitió por varias domingos consecutivos, nuestro caballo creyó que tener que estar parado, por horas y a pie firme, frente a una estúpida ventana, semana tras semana, era algo que ya se pasaba de castaño oscuro, y un buen día, cuando la visita de Raúl iba por la mitad de lo que solía durar, el caballo soltó un sonoro pedo.

Al principio, mi hermano creyó que había sido un hecho aislado, y avergonzado pidió disculpas a su noviecita. Pero viendo el caballo que la visita seguía, siguió también él con los pedos, cada vez menos distanciados en el tiempo, hasta que mi hermano, avergonzado y hecho una furia, picó espuelas e hizo correr al caballo cuestas arriba hasta llegar a casa.

El pobre animal debe haber sufrido por el castigo que recibió durante esa forzada carrera, pero nunca más tuvo que soportar el martirio de, con el peso de mi hermano sobre su lomo, estar parado por horas frente a una ventana de una casa del Paso de Abajo.

Para colmo, entiendo que este incidente de las emanaciones gaseosas de no muy agradables olores arruinó el incipiente romance que mi hermano adelantaba con esa noviecita, pues a Raúl le dio vergüenza volver a acercarse a ella y, como se sabe, “lejos de vista,…”.

En otra oportunidad, y cuando Raúl, montado en el caballo, regresaba del huerto que llamamos Enrique y se durmió mientras cabalgaba, del patio de una casa del Camino Viejo salió de pronto, ladrando como loco, un perro. El caballo se asustó, hizo un extraño giro, y proyectó a Raúl contra el suelo en una caída que pudo haber sido fatal porque la cabeza de mi hermano pegó contra una piedra.

Faltando ya mis dos hermanos, el único hijo varón que en casa le quedaba a mi padre era yo, y sobre mí recayeron algunas tareas que, a pesar de mi corta edad, podía y debía yo llevar a cabo.

Así, a veces cuando mi padre tenía que ir al campo muy de madrugada, para evitar despertarme tan temprano dejaba el caballo listo con aparejos y carga, como ya dije en Algo de corte esotérico,y cuando mi madre por fin me “despertaba” y me daba el desayuno —leche con gofio, por supuesto—, yo montaba en el caballo, amarraba su cabestro a la punta de la albarda y lo arreaba para que echara a andar.

Cómo lo hacía, no lo sé, pero de los cuatro posibles destinos a los que dirigirse (Padrón, Enrique, La Hoya del Rayo, y El Calderón), el caballo, siempre y por su propia cuenta, iba directo al correcto. ¿Y por qué por su propia cuenta? Por lo de las comillas en “despertaba”, pues yo me dormía sobre él, y dormido llegaba a destino.

Poco a poco, este caballo fue convirtiéndose para mí en un pet o mascota más que en una utilitaria bestia de carga. Yo solía hablarle cuando lo llevaba a abrevar al chorro de Don Diego, o a que le pusieran “zapatos” nuevos en una herrería que entonces había en Cachete y que era, si mal no recuerdo, de alguien apellidado Díaz. Y cuando el peral de casa nos regalaba su siempre abundante cosecha, a espaldas de mi padre le daba yo a comer peras, que al caballo le gustaban mucho.

Una mañana en que bajaba de la relva de La Hoya del Rayo, con vaca y caballo, y yo a lomos de éste, faltando unos metros para llegar a El Abrigado ocurrió algo similar a lo que le había pasado a mi hermano Raúl: de una casa del lado derecho del camino salió de pronto un perro que con sus inesperados ladridos asustó al caballo; éste hizo una contorsión que me lanzó despedido hacia unos troncos de pino —‘vergas’, se les decía— que estaban apilados en el camino frente a la casa de la que había salido el perro, y contra esos troncos golpeó violentamente mi espalda.

Cuando desperté, me encontré dentro de la venta que para entonces había en El Abrigado, sentado en una silla pero al revés (mi pecho contra el respaldo), y una de las varias y preocupadas personas que allí se habían congregado, pasaba alcohol sobre las heridas que, como pude ver luego —iban en diagonal desde mi hombro derecho hasta la base izquierda de la espalda, justo sobre la cintura— eran idénticas a las que, según el cine, ocasionan en una persona los latigazos que se le dan.

Quién me llevó hasta la venta, no lo sé, pero sólo cuando los vecinos allí congregados se cercioraron de que yo había recuperado plenamente el sentido, me permitieron continuar el camino hacia casa, pero haciéndome prometer que lo haría a pie, llevando al caballo sujeto por el cabestro, pues temían que si montaba en él me diera un vahído y cayera.

La vaca y el caballo, como afectados por lo grave del incidente, estaban parados esperando frente a la venta, y, cuando me dirigí al caballo para tomarlo del cabestro, reparé en que el pobre animal estaba todavía temblando, pues era consciente de lo que sin querer había causado.

Uno o dos años después, un grupo de muchachos que a diario llevábamos vacas a las relvas, acordamos ir juntos cuando las relvas estuvieran en la misma zona, y una de estas veces, al llegar al barranco de Las Canales acepté el desafío que “para echar una carrera” me hicieron mis compañeros.

Montado a pelo sobre mi caballo blanco, como en el cine muestran que hacen los indios de las películas del Oeste —pues nunca pude sentirme seguro montando en silla, albarda o ‘basto’, como llamaban a la pieza acolchada que se ponía entre la silla y el lomo de la bestia—, lo hice correr en competencia con las otras 2 ó 3 bestias.

Por mala suerte, el caballo tropezó, y yo salí disparado hacia adelante y caí sobre la arena del barranco, tendido boca arriba y con mi cabeza directamente debajo de la pata delantera derecha del caballo que, para sorpresa de todos, la mantuvo suspendida, con el casco a escasos centímetros de mi cara,… a pesar de que por el miedo al verme caído se puso a temblar y, de pronto, se orinó.

El pobre estuvo muy consciente de lo ocurrido, y también de lo que podía ocurrir si bajaba su pata, y, literalmente, como suele decirse, “se meó del susto”.

A finales del año 1954 mi padre comenzó a preocuparse porque, cada vez con más frecuencia, el caballo se desplomaba bajo el peso de cargas como las que siempre había transportado sin problemas, y, para agravar la situación, en su excremento comenzaron a aparecer trozos de pienso enteros, sin digerir.

A poco se hizo evidente que ya el caballo no servía para lo que mi padre necesitaba de él, pero también era evidente, tristemente evidente, que mi padre sí necesitaba el dinero que por el caballo pudieran darle,… y decidió venderlo.

Un ‘marchante’ (mercader de bestias) natural de uno de los pueblos que señalé como posible origen de mi caballo, se interesó en él y, un aciago día mi padre se lo vendió.

Lo supe cuando al llegar a casa, ya de noche, después de haber concluido la consulta que para las tareas de mis estudios hacía yo en la biblioteca de la casa de mi tía Beneda —situada en la confluencia de la carretera principal con la de la Cumbre— noté una extraña tensión en el ambiente familiar, y, compungida, mi madre me dijo que el caballo ya no estaba en casa.

Haciendo un esfuerzo me senté a cenar con mis padres y mis dos hermanas, todos en un tenso silencio, en especial mi padre, en cuyos ojos se percibía una cierta humedad.

En febrero de 1955, cuando, ya totalmente de noche, salí de la casa de mi tía Beneda para ira la mía, para protegerme del frío reinante tuve que alzar el cuello de mi chaqueta, mantenerla cerrada con fuerza contra mi pecho, y caminar inclinado hacia adelante para poder avanzar contra la fuerza del alocado viento de brisa que soplaba proyectando gotas de agua —las llamábamos ‘chirizo’— que punzaban como alfileres.

Las verdes y escasas lámparas del alumbrado público, colgantes entonces de un cable sujeto entre dos postes ubicados a ambos lados de la vía, saltaban alocadas proyectando luces y sombras en todas direcciones, y el ulular del viento entre las ramas de los eucaliptos que bordeaban la carretera hasta un poco más arriba de Monterrey, era a veces ensordecedor.

Al pasar frente a la entrada a la calle lateral a Monterrey, la que hoy lleva el nombre de Pedro Martín Hernández y Castillo (mi tío-abuelo) a pesar del ruido ambiental escuché un estridente relincho que hizo que me detuviera en seco creyendo que estaba alucinando, pues era el inconfundible relincho de mi caballo blanco. Unos segundos después, y estando yo aún parado y expectante, el relincho sonó de nuevo.

“¡No puede ser mi caballo!” me dije, pues aparte de que hace tiempo se lo llevaron lejos de El Paso, no es posible que, con lo viejo que está, haya podido detectar mi presencia con alguno de sus ya atrofiados sentidos. No con el oído, pues el ruido producido por el viento era mucho; no con el olfato, pues el mismo viento dispersaba de inmediato cualquier olor; y difícilmente con la vista, pues aparte de que no veía ya bien, tendrían que haberse dado tres condiciones: que yo estuviera pasando por la bocacalle, que en ese preciso momento me alumbrara la errática luz de la lámpara, y que el caballo estuviera mirando hacia ese punto, algo poco probable porque no había motivo para que mirara hacia allí.

No obstante todo eso, algo en mi interior me decía que el relincho era de mi caballo, y ese algo hizo que, sin pensarlo más, yo me adentrara en la negrura de aquella calle, que entonces carecía de alumbrado público, y después de avanzar unos 30 metros encontré, atado a la pared y en medio de la oscuridad, a mi caballo blanco que, contento al verme, agitó su cabeza hacia arriba y hacia abajo como en un gesto afirmativo.

Llorando sin poder evitarlo me abracé a su cuello, y el pobre animal comenzó a emitir un extraño sonido gutural, de frecuencia muy baja que, aunque parecido al ronroneo de un gato, surgía entrecortado y tenía ribetes de gemido, de lamento.

No sé cuánto tiempo estuve así, pero convencido de que nada podía yo hacer para remediar aquella situación, armándome de valor me solté del cuello del caballo y, casi ciego por las lágrimas, eché a correr hacia la carretera y puse rumbo a mi casa, siempre corriendo a fin de evitar que hubiera un nuevo relincho y yo pudiera escucharlo.

Al llegar a mi casa, antes de entrar fui hasta la pileta, me lavé la cara, me sequé con mi pañuelo, y cuando creí que ya no serían evidentes las señales de mi llanto, entré.

Ya estaban todos sentados a la mesa esperándome para cenar, pero sin detenerme ni mirarlos siquiera me dirigí hacia mi cuarto mientras decía que iba a acostarme porque me dolía la cabeza.

Nunca más supe de mi caballo blanco, pero por mucho tiempo me torturó la pregunta de cómo y dónde habría sido su muerte.

Tampoco nunca se lo mencioné a mi padre, ni le dije que había vuelto a ver al caballo, pues bien sabía yo que a él le había dolido también —aunque no tanto como a mí— darle a mi caballo blanco ese triste final lejos del hogar —lugar y personas— en el que había vivido por más de 20 años.

***

Cuando mis hijas fueron niñas, en sus años de gusto por los cuentos me pedían que les contara el de “El caballito blanco”, y aunque fueron muchas las veces que las complací, será a través de este relato como sepan por fin la versión completa y no la de final feliz que yo les contaba.

Tal vez también maquillada puedan ellas dársela a mis nietos como el cuento de “El caballito blanco de Abuelito Carlos”.

[*El Paso}– Con Voz Propia – Entrevista al Dr. Juan Antonio Pino Capote

Publicada en “Acta Médica de Tenerife” de octubre 2008.

Eladio Frías Tejera

jantpinoJuan Antonio Pino Capote, palmero de El Paso —donde nació, como un regalo navideño, el 26 de diciembre de 1937— cursó el bachillerato en el Instituto de Enseñanza Media de Santa Cruz de La Palma, y el curso selectivo de Medicina en La Laguna, y concluyó en Sevilla la Licenciatura. Años después, en 1977, se doctoró en nuestra Universidad de La Laguna con sobresaliente cum laude.

Antes había realizado la especialidad de Anestesiología y Reanimación en el Hospital General de Nottingham (Inglaterra), 1964-1965, con el grado de Senior House Officer. Trabajó también el Hospital General de Asturias (1966-67) y recuerda sus inicios en Tenerife en 1968, con el Dr. Pinto Grote y los practicantes Mauro Carrillo y Francisco Santana en el viejo Hospital Civil Nuestra Señora de los Desamparados. “La necesidad de anestesiólogos era muy grande” —(“34 años después lo sigue siendo, Juan Antonio”.)—.

Desde 1969 se incorpora a la Residencia Sanitaria de Nuestra Señora de La Candelaria de Santa Cruz de Tenerife, en principio como jefe de sección interino y luego como titular.

Ha sido Profesor ayudante de Farmacología en nuestra Facultad de Medicina (1969-70), especialista de la Educación Física y del Deporte, profesor de Ética profesional en la Escuela de Enfermería del Hospital de la Candelaria (1976-78), Director Médico del Hospital de la Candelaria (1980-81), académico de la Real de Medicina y Cirugía de Santa Cruz de Tenerife, desde 1978, y Secretario Perpetuo desde 1966 hasta 2005.

Becado por el Consejo de Europa para asistir a la Unidad del Dolor del Walton Hospital de Liverpool, en 1984

Jefe de Servicio, por oposición, de Anestesiología y Reanimación del Hospital de la Candelaria, desde 1986 hasta su jubilación en el año 2007.

Multitud de publicaciones, desde 1969 hasta prácticamente su jubilación, en revistas regionales, nacionales e internacionales, de las que destacamos especialmente las Guías I, II y III de Preanestesia, editadas en los años 1984, 2000 y 2008, respectivamente.

Organizador y ponente de numerosos eventos de su especialidad, locales, nacionales e internacionales, como el “I Seminario Internacional”, 1969, y ponente en las XX Jornadas Médicas das Ilhas Atlánticas (Madeira-Canarias-Azores) con el tema “Monitorizaçâo actual em anestesiologia” en Funchal (junio de 1995) y el X Congreso Luso-Espanhol de Anestesiología en Coimbra, en mayo de 1995.

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¿En tu primera época simultaneabas la asistencia pública y la privada?

Durante poco tiempo. En cuanto se estabilizó medianamente la economía familiar me dediqué casi en exclusiva a la asistencia pública. Trabajé especialmente en la Clínica Capote, y en la Colina. Curiosamente los neurocirujanos solicitaban mis servicios porque disponía de un respirador mecánico, importado por mi, imprescindible para mantener la presión intracraneal en niveles óptimos para la cirugía endocraneal.

Fuiste pionero en determinadas técnicas en la medicina pública,…

Diseñé aparatos para la administración del tipo de anestesia más adecuada en Oftalmología (cataratas), Otorrinolaringología (microcirugía de laringe, introducción de la fibrolaringoscopia para intubación traqueal).

En las intervenciones de cataratas se precisaba mantener baja la presión intraocular, además de un soporte para fijar la cabeza y, al mismo tiempo, oxigenar. Diseñé un cóctel para ello. Luego comprobé que el Diazepan era el factor que más bajaba la presión intraocular, y en un experimento en gatos descerebrados, o anestesiados con ketamina, con miras a mi tesis doctoral, se demostró dicho efecto a nivel del propio ojo, lo que me permitió presumir la existencia de receptores diacepínicos en las estructuras oculares, cuando aún se hablaba poco de estos receptores cuya existencia se demostró posteriormente.

Creo que también “ejerciste” como diseñador, inventor, artesano,…

Te estás refiriendo al transporte interno de pacientes anestesiado o en estado crítico. Dada la compleja estructura del edificio de la antigua Residencia —(“Cada día más compleja, Juan Antonio, si nos atenemos a los veinte años que lleva en interminables obras”.)—, diseñé una camilla móvil, totalmente monitorizada y con un respirador incluido, que realizó el personal de mantenimiento y que posteriormente fue reemplazada por otras que salieron al mercado ya fabricadas en serie. Aún conservo fotos de dichos artilugios.

¿Te sientes especialmente satisfecho de algo a lo que hayas contribuido de forma destacada en tu especialidad?

La preanestesia ha sido uno de mis mayores logros. Me satisface puntualizar que fuimos pioneros en España. Hoy ya se ha generalizado e incluido en el libro blanco de la especialidad bajo el epígrafe de “Policlínicas de anestesia”. Comenzamos actuaciones de ‘calidad’ antes de que se hablara del Movimiento de Calidad.

Ya jubilado, Juan Antonio, ¿te aburres o sabes ocupar tu tiempo en otras aficiones?

Sigo con las mismas aficiones ya que para mí la Medicina era una afición; sólo que ahora no es una prioridad, es más un hobby para disfrutar con los progresos y el cambio de conocimientos de cuando estudiamos hasta la actualidad. Contemplar la bella panorámica de la perspectiva. Ahora lo primero son la familia y las personas. Antes me ocupaban más los pacientes; ahora procuro otro tipo de relaciones con los demás, aunque muchos me siguen haciendo consultas.

Tras una actividad diaria de más de 40 años lidiando con gestores, compañeros, pacientes,… ¿con quiénes te ha sido más fácil o difícil entenderte?

Siempre me ha sido más fácil entenderme con las compañeras que con los compañeros —(“Curioso, Juan Antonio, a mi también me ha pasado lo mismo ¿por qué será? jajajá…”.)—. Las mujeres en general se identifican más fácilmente con nuestra forma de pensar, tienen una visión más amplia y práctica de las cosas con soluciones sencillas, a veces sorprendentes, y son más sensibles. Creo que aún, a pesar de los movimientos feministas, no se sienten tan rivales como los hombres; no sé entre ellas.

Cierto que a los que vengan detrás no les quedará otro remedio puesto que la feminización de la Medicina, en la sociedad toda, es abrumadora. Pero tranquilos, que estaremos en buenas manos y lo sabrán hacer mejor que nosotros.

Me he relacionado con muchos gestores. Los bienintencionados, ilusos y colaboradores han durado poco. No quiero decir que los otros fueran malintencionados sino que iban a lo suyo y a quedar bien, importándoles menos la realidad asistencial. Pero hay que saber lo que se puede conseguir de cada cual. A esto lo llamo coyunturalismo u oportunismo. A un gerente le parece un disparate concederte una cosa, y para otro el disparate es que no te la hayan dado antes.

Nuestra Unidad de Reanimación se consiguió con un gerente bastante cicatero y economicista que un buen día se lamentó, como queriendo culparnos, de las largas listas de espera que había para determinados procesos que en el postoperatorio requerían cuidados críticos. De golpe le espeté que eso yo se lo podía resolver en menos de un mes. Debió pensar que tenía alguna carta importante que jugar ya que me preguntó cómo lo haría, y le contesté que nos montara una Unidad de Reanimación de 24 al Servicio de Anestesia. Y así se hizo en un tiempo récord.

Con los pacientes me he entendido muy bien, sin discriminación de género; nunca han sido mi problema sino mi debilidad. Son personas atribuladas, bajo una gran dependencia, que buscan en el médico solución, alivio o consuelo. Nada más gratificante que ver en sus ojos una luz de esperanza, y arrancarles una sonrisa de agradecimiento, cuando antes todo era ansiedad y angustia. Algunos expresan literalmente esta gratitud y alivio. Otros sólo dicen: “¡Que Dios lo ayude mucho!”.

Juan Antonio Pino ha hecho sus “pinitos” (disculpen el chiste fácil y malo) en el cine a través de un vídeo informativo para los paciente de Preanestesia, que alcanzó una nominación para premio en Videomédica 2000 en Badajoz, y fue también nominado, para premio especial a la mejor película de la Especialidad, en 2001 en Santiago de Compostela.

Curioso e infatigable, como lo demuestra su asistencia a los dos últimos congresos mundiales, el Dr. Pino Capote, médico y humanista de los de antes, ha sabido adaptarse perfectamente al vertiginoso desarrollo asistencial y tecnológico de nuestra carrera: ha sido y sigue siendo ejemplo de profesionalidad y humildad para varias generaciones de anestesistas que se han formado a su sombra y que, siguiendo su estela y sus directrices, y aplicando sus métodos con rigor, conforman un Servicio puntero en nuestra Sanidad.

Eladio Frías Tejera , Adjunto a la Dirección.

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«Resulta gratificante, heroico, y es una verdadera lección de humanidades, celebrar homenajes a personas vivas. Reconocer los méritos sin el valor añadido de la muerte. Decir las cosas exactas y buenas en la presencia, y no cuando la ausencia ha sepultado el mayor pecado del hombre: la envidia de los demás. En la sepultura entierran el cuerpo de uno y la envidia de los otros; el que muere se lleva a la tumba los recelos ajenos. Entonces, resulta fácil y cómodo hablar de él y exaltar sus méritos, como si la objetividad necesitara de la distancia para expresarse«.

ENRIQUE GONZÁLEZ en una conferencia.