[*ElPaso}– «Espejo de la Vida» / Poesías de Pedro Martín Hdez. y Castillo: A España

                            

                               A ESPAÑA

Noble España. Cuando estudio los anales de tu Historia,
de amor siento el alma henchida, inspirado en tu belleza,
y volar mi pensamiento recorriendo la grandeza
que se encuentra, patria mía, en tus épocas de gloria:

en tus tiempos legendarios, de conquista, de victoria,
de progreso, de dominio, de esplendor y de riqueza;
en que enhiesta tu bandera tremolaba con firmeza
en hoy tierras extranjeras, por tu suerte transitoria.

¡Tiempo grande de tu vida, do se ve que a las naciones
humillabas por tu empuje en dignísimas acciones!
Pero al ver que has descendido de ese inmenso pedestal,
aunque siempre con honores, por ti estoy triste muy triste,
y por eso, aunque tu nombre en la Tierra es inmortal,
¡por ti lloro al ver lo que eres y en un tiempo lo que fuiste!

***

NotaCMP.- De este poema sólo comparto el último verso, y cambiando llanto por vergüenza ajena.

[*ElPaso}– Fiesta del Sagrado 2010

Carlos M. Padrón

El domingo 13-Jun-2010 se celebró en El Paso, como en junio de cada año, la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús.

En reportajes anteriores —como los de 2006, 2007 y 2009— pueden encontrarse detalles acerca de esta fiesta y de los «enrames» o creaciones de arte efímero, y no tan efímero, que en ella se exhiben.

Por la importancia que estas creaciones tienen repito aquí la lista, larga pero no exhaustiva, de los materiales comúnmente usados para realizarlas. Algunos nombres resultarán raros, pero son los que en El Paso se dan a los elementos correspondientes, e ignoro el nombre correcto.

MATERIALES GENERALES

  • Arvejas
  • Arroz molido (el de consumo humano y el destinado a perros)
  • Brezo
  • Cáscara de huevo molida y teñida, uso mayoritario en lo de Fátima que por años ha estado a cargo de Santiago González
  • Flores de vinagrera
  • Flores de pino
  • Flores secas, de camelias y esterlizias
  • Habas
  • Judías (alubias, caraotas) negras y blancas
  • Lentejas peladas
  • Linaza
  • Maíz (corriente y de cotufas)
  • Mijo
  • Pipas de calabaza, bubango y girasol
  • Siemprevivas
  • Trigo

De nuevo resalto dos hechos clave para apreciar el valor de los llamados enrames:

1.- Que son hechos por aficionados, vecinos del pueblo que nunca han tenido formación artística pero sí un gran amor por su terruño y por mantener sus tradiciones; y que,

2.- En la gran mayoría de los casos —tal vez Fátima sea la excepción— los colores de la figuras son los naturales de los elementos con que se las hizo, por lo cual es casi labor de hormigas el conseguir el elemento apropiado. Un buen ejemplo es la imagen del impresionante violín, presentada por el barrio de Tenerra.

Como en años anteriores, María del Carmen Taño Padrón (¡gracias, Maricarmen!) me ha hecho llegar las fotos que aquí reproduzco, pero, a diferencia de años anteriores, éste no trajo buen tiempo el 13 de junio, y de ahí que las más de las fotos se vean oscuras y faltas de nitidez. 

ENRAMES POR BARRIOS

Tajuya

Tajuya

TAJUYA-2

*** 

Paso de Abajo

1-Vista general

Detalle lateral Farola lateral

~~~

Virgen del Pino

Virgen pedestal

Virgen. Vista trasera

Virgen

***

Barrial

BARRIAL-1

BARRIAL-2

BARRIAL-3

BARRIAL-4

BARRIAL-5

***

La Rosa

Arco

Lateral

Lateral dama 2

Lateral dama

***

Camino Viejo

Letrero piso

Arco

Detalle arco

***

Fátima

General

Dolorosa

Valla-2

Valla-3

***

Tenerra

Vista general diurna del enrame de Tenerra

Vista gral. diurna

Letrero piso

Este año, Tenerra escogió el motivo de los enanos que han llegado a ser como el «logo» de la mayor celebración de la isla de La Palma: la fiesta lustral de la Bajada de la Virgen de Las Nieves.

Dedicatoria Nieves

El mantel está hecho con cáscara de huevo, y el bordado con centeno y semilla de mijo de varios tonos de dorados.

Detalle cabecera mantel

Detalle mantel

~~~

La parte delantera de este maravilloso violín en mi opinión, lo mejor expuesto este añoestá hecha con agujas de pino secas (pinillo), linaza y plumas; la trasera, con hojas de tabaco. Las cuerdas son de seda de El Paso.

Violín

~~~

El cuerpo de los enanos y la ropa están hechos con cáscara de huevo. Los adornos, con capullos de amapolas, balangos, millo (maíz) de cotufas, vidrio molido, pipas de melón, pipas «apestosas» (¿?), arroz rojo, yerba araña, hojas de palmera, cáscaras de pistacho, maíz, centeno y otras yerbas salvajes.

EnanoOK

Enano perfil

Enano

Detalle tricornio enano

Detalle enano 2

Detalle enano 3

Detalle enano perfil

Detalle enano

Detalle pies enano

Vista gral. nocturna  Vista general nocturna del enrame de Tenerra

[*ElPaso}– «Espejo de la Vida» / Poesías de Pedro Martín Hdez. y Castillo: A mi madre

   A MI MADRE

                                                         Para vosotros, queridos hermanos,
                                                         esta página consagrada a aquélla
                                                         que nos diera el ser.

      Desde tu vientre, el néctar de la vida
     empecé a disfrutar, con tus amores;
        desvelos de mi infancia en los albores
y los cariños que tu pecho anida.

        Así, cuando mi edad fue más crecida,
      el consuelo tú fuiste en mis dolores;
          y siempre, en el raudal de tus ardores,
         te he visto para mí de amor henchida.

       Tu cariño es tan puro, madre amada,
           que, si antes que mi ser has de expirar,
        cuando estés del Señor en la morada,
       por tus hijos con ansia has de rogar.
  ¡Por eso, madre, tanto creo en ti,
       porque hasta muerta velarás por mí!

[*Drog}– ¿Por qué se termina el amor?

Es esperanzador comprobar que cada día se alzan más y más voces alertando sobre los riesgos del enamoramiento (para mí, drogamoramiento), la necesidad de entender qué es amor y qué es lo que se le parece, o se quiere hacer pasar por él, pero no es.

En el artículo que copio al final destacan algunos pasajes que encuentro muy acertados, y creo que vale la pena profundizar en los párrafos en que están los pasajes que repito —y a veces comento— a continuación.

El enamoramiento (= drogamoramiento),

  • Es un estado de atracción y pasión que suele durar entre seis meses y dos años
  • Es un hechizo fisiológico que nos nubla la razón y distorsiona la realidad de tal modo que no vemos al otro tal como es, sino como nos gustaría que fuese.
  • En base a esta visión deformada, muchas personas se comprometen, se casan o toman otro tipo de importantes decisiones.
  • Es una trampa de la Naturaleza para llevarnos a perpetuar la especie, y en esa trampa la sociedad ha puesto un paso intermedio llamado matrimonio.

Confusión entre amar y querer. Queremos cuando sentimos un vacío y una carencia que creemos que el otro debe llenar con su amor. En cambio, amamos cuando experimentamos abundancia y plenitud en nuestro interior, convirtiéndonos en cómplices del bienestar de nuestra pareja.

«Amor» es una palabra maltratada por la sociedad. No sólo se la confunde con enamoramiento (= drogamoramiento) sino con sentimientos amorosos, cayendo así en un error que ha producido, y produce, mucho dolor a muchas personas. Algún día, repito, la sociedad deberá hacer algo al respecto.

El amor no es un sentimiento. Muchos creen que sí lo es y, en consecuencia, rompen una relación cuando ya no tienen sentimientos amorosos hacia su pareja. Pero esos sentimientos surgen como consecuencia de actitudes y comportamientos amorosos, o sea, que son efecto, no causa.

Como ya he comentado en otros artículos de esta sección, el amor es trabajo, y requiere dedicación y cuidados, como si fuera una flor que, para que brote, necesita, cada día, ser regada con agua, nutrirse de varias horas de sol, y ser mimada con dosis de ternura y cariño.

Cuando no se entiende y practica esto, muchas parejas terminan encerrando su amor en la cárcel de la dependencia emocional, creyendo erróneamente que el otro es la única fuente de su felicidad. Es entonces cuando aparecen en escena el peligroso apego (creer que sin el otro no se puede vivir), los celos (tener miedo de perder al compañero sentimental), la posesividad (tratar al otro como si nos perteneciera) y el rencor, que nos lleva a sentir rabia, e incluso odio, hacia nuestra pareja, creyendo que es la causa de nuestro malestar.

La realidad que el drogamoramiento no quiere ver, porque su componente de droga no se lo permite, es que la supervivencia de la pareja radica en que tanto él como ella puedan decirse

«Yo soy yo, tú eres tú. Yo no vine a este mundo para vivir de acuerdo a tus expectativas. Tú no viniste a este mundo para vivir de acuerdo con mis expectativas. Yo hago mi vida, tú haces la tuya. Si coincidimos, será maravilloso. Si no, no hay nada que hacer».

Y terminado este resumen, que es para mí la esencia del artículo arriba mencionado, aquí va la reproducción completa de ese artículo.

Carlos M. Padrón

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06/06/2010

Borja Vilaseca

¿Por qué son tan complicadas las relaciones? ¿Por qué provocan tanto dolor y sufrimiento? ¿Por qué se termina el amor?

Todos deseamos amar y ser amados. Sin embargo, muchas relaciones afectivas terminan convirtiéndose en sinónimo de rutina, conflicto y sufrimiento. A pesar de nuestras buenas intenciones, muy pocas parejas logran mantener encendida la llama del amor con el paso del tiempo.

Por muy duro que pueda parecer, cada vez más expertos afirman que todo esto sucede porque, en primer lugar, el amor nunca existió. Así lo piensa y lo escribe la reconocida terapeuta Louise L. Hay, autora de «Usted puede sanar su vida» y «El poder está dentro de ti».

Acerca del amor, Hay afirma: «Si bien al principio confundimos con el enamoramiento, más adelante volvemos a equivocarnos, creyendo que el amor es el sentimiento amoroso. Muchas personas dejan de amar a sus parejas porque ya no tienen sentimientos de amor hacia ellas. Es un enfoque victimista y reactivo. Más que nada porque los sentimientos surgen como consecuencia de nuestras actitudes y comportamientos amorosos. Para amar de verdad debemos asumir la responsabilidad de crear este tipo de conductas, desarrollando nuestra proactividad al servicio de la relación».

El quid de la cuestión radica en que es imposible amar a los demás si primero no nos amamos a nosotros mismos, sostiene Hay. Debido a nuestra falta de autoestima, buscamos en nuestro compañero sentimental el cariño, el aprecio, el reconocimiento y el apoyo que no nos damos a nosotros mismos.

Pero, ¿qué es, entonces, la autoestima? Etimológicamente, se trata de una sustantivo formado por el prefijo griego autos, que significa ‘por sí mismo’, y la palabra latina aestima, del verbo aestimare, que quiere decir evaluar, valorar, tasar.

Así, la autoestima se define como la manera en la que nos valoramos a nosotros mismos. Y no se trata de sobre- o subestimarnos, sino de vernos y aceptarnos tal como somos. Éste es el viaje que propone el autoconocimiento y el desarrollo personal, dos procesos cada vez más integrados y demandados en nuestra sociedad.

Es como escribió el filósofo John Gray en «Los hombres son de Marte, y las mujeres, de Venus», porque, a pesar de formar parte de la misma especie, somos diferentes biológica, física y psicológicamente.

El experto en psicobiología, David Deida, autor de «El camino del hombre superior» y «En íntima comunión», explica que la posibilidad de unirnos, e incluso fusionarnos emocional y sexualmente, pasa por comprender y aprovechar esta diferencia para poder así complementarnos como pareja,

Después de una década dirigiendo proyectos de investigación en la Universidad de California, Deida ha concluido que una de las claves para que las relaciones perduren es mantener encendida la pasión sexual. Para que la atracción y el deseo no se desvanezcan, es necesario que uno de los dos amantes encarne y potencie el rol masculino (vigorosidad, fuerza e iniciativa) y el otro el femenino, en el que destaca la afectividad, la empatía y la receptividad.

Según Deida, existen dos tipos de esencias sexuales, la masculina y la femenina, que no necesariamente se corresponden con el hombre y la mujer, sino con el rol que desempeñan en la pareja. A la esencia sexual masculina le mueve buscar la libertad a toda costa, invierte mucho tiempo y energía en conseguir diferentes metas y objetivos. Es la encargada de dar seguridad y dirección a la relación. La prioridad de la esencia sexual femenina es la búsqueda de amor, cariño y complicidad en su mundo de relaciones afectivas, encabezadas por la que mantienen con su pareja.

En opinión de Deida, en la medida en que los amantes se polarizan, conociendo y respetando sus diferencias, la atracción, el deseo y la pasión sexual no sólo crecen, sino que se vuelven sostenibles con los años. Para lograrlo, la esencia sexual masculina debe trascender su obsesión por la libertad, dedicando más tiempo y energía para cuidar su vínculo afectivo.

Por su parte, la esencia sexual femenina ha de vencer su anhelo de ser amada, aprendiendo a ser más autónoma e independiente emocionalmente, y dejando espacios para no ahogar a su pareja. Cuanta más libertad goza la relación, más posibilidades existen de que florezca el verdadero amor, concluye Deida.

«No puedo vivir contigo ni sin ti». Éste es el estribillo de una conocida canción del grupo de rock U2, tocada en directo por primera vez el 4 de abril de 1987. Dos décadas más tarde, la prestigiosa revista Rolling Stone la consideró una de las 500 mejores canciones de todos los tiempos. A día de hoy se ha convertido en un canto universal sobre nuestra incapacidad para estar en pareja.

Por más que nos esforcemos, nos cuesta mucho vivir con la persona que amamos; y por más que lo intentemos, tampoco soportamos hacerlo sin ella. Nos guste o no, solemos quedar atrapados por esta disyuntiva. Eso sí, a pesar del dolor y del sufrimiento que experimentamos cuando terminan nuestras relaciones sentimentales, jamás nos damos por vencidos. No importa la edad que tengamos, ni siquiera nuestro currículo afectivo. Al igual que Miguel Elipe, ninguno de nosotros quiere renunciar a amar y ser amado.

Muchos afirman que el amor es algo que no puede buscarse, sino que termina por aparecer en nuestra vida. Sin embargo, es tal la necesidad de compartir nuestra existencia con alguien, que en los últimos años están proliferando las agencias matrimoniales y los centros de relaciones personales. Cupidos profesionales que cuentan con más clientes cada vez debido a la falta de tiempo y dedicación para crear nuevas relaciones afectivas.

Este tipo de agencias elaboran un perfil psicológico de los interesados y, a partir de ahí, hacen una selección de candidatos que podrían funcionar como pareja; se les proporciona un número de teléfono y ya pueden establecer la primera cita. Se asegura que sólo se necesitan unos minutos para que las dos partes corroboren si existe una cierta química emocional, física y sexual. Esto es algo que un computador jamás podrá determinar.

La experiencia de Isabel Lerin y Tomás Suc demuestra que el verdadero amor se sustenta bajo tres pilares:

La responsabilidad personal, que consiste en que cada amante se haga cargo de sí mismo psicológicamente.

La interdependencia. Una vez conquistada la autonomía e independencia emocional, el aprendizaje radica en construir una convivencia constructiva, honesta y respetuosa; y, por último,

Valorar y disfrutar de la persona con la que compartimos nuestra vida, tal como esa persona es.

Esto es precisamente lo que escribió el médico neuropsiquiatra y psicoanalista Fritz Perls, creador, junto con su esposa, Laura Perls, de la terapia Gestalt: «Yo soy yo, tú eres tú. Yo no vine a este mundo para vivir de acuerdo a tus expectativas. Tú no viniste a este mundo para vivir de acuerdo con mis expectativas. Yo hago mi vida, tú haces la tuya. Si coincidimos, será maravilloso. Si no, no hay nada que hacer».

Si hoy por hoy nuestras relaciones están marcadas por la rutina, el conflicto y el sufrimiento es porque nadie nos ha enseñado a amar. Pero éste, como cualquier otro arte, se aprende a base de practicar y cometer errores. Algunos han descubierto que el amor es como la semilla de una flor. Para que brote, exhale su aroma y ofrezca sus frutos a la vida, requiere cuidados diarios.

Al igual que la flor, el amor necesita, cada día, ser regado con agua, nutrirse de varias horas de sol, y ser mimado con dosis de ternura y cariño. El reto de cada pareja consiste en convertir esta metáfora en una realidad, explorando en cada caso cuál es la mejor forma de conseguirlo. Nunca hemos de olvidar que, tarde o temprano, cosecharemos lo que hayamos sembrado.

El amor es una palabra muy maltratada por la sociedad. Tanto es así que, en un primer momento, suele confundirse con el enamoramiento. En opinión del psicólogo clínico Walter Riso, experto en relaciones de pareja,

«El enamoramiento es un estado de atracción y pasión que suele durar entre seis meses y dos años, y está estrechamente relacionado con nuestra necesidad biológica de procreación. Dicho de otra manera, es la trampa en la que caemos cuando vivimos condicionados por nuestro instinto de supervivencia. Durante este periodo nos obsesionamos con la persona amada, queriendo estar a su lado todo el tiempo y a cualquier precio. Es como un hechizo fisiológico que nos nubla la razón, volviéndonos adictos al objeto de nuestro deseo. A nivel psicológico, el enamoramiento nos lleva a distorsionar la realidad, proyectando sobre nuestra pareja una imagen idealizada, y cegados por un intenso torbellino emocional que sentimos en nuestro corazón, no vemos al otro tal como es, sino como nos gustaría que fuese».

Y en base a esta visión deformada, muchas personas se comprometen, se casan o toman otro tipo de importantes decisiones que son determinantes para su futuro afectivo, sostiene Riso, autor de «¿Amar o depender?», «Amores altamente peligrosos» y «Los límites del amor».

Una vez se desvanecen los efectos del enamoramiento, los amantes empiezan a verse tal y como realmente son, y es entonces cuando comienza la verdadera relación de pareja, pudiendo cultivar un amor sano, nutritivo y duradero, señala Riso. En este punto del camino es donde se pone de manifiesto el auténtico compromiso de la pareja.

La paradoja inherente a nuestros vínculos afectivos es que todos deseamos ser queridos, pero ¿cuántos amamos realmente? Y es que una cosa es querer, y, otra muy distinta, amar.

A juicio del psicólogo clínico Walter Riso: «Queremos cuando sentimos un vacío y una carencia que creemos que el otro debe llenar con su amor. En cambio, amamos cuando experimentamos abundancia y plenitud en nuestro interior, convirtiéndonos en cómplices del bienestar de nuestra pareja».

A menos que cada uno de los dos amantes se responsabilice de ser feliz por sí mismo, la relación puede convertirse en un campo de batalla. Dice Riso que, «De hecho, muchas parejas terminan encerrando su amor en la cárcel de la dependencia emocional, creyendo erróneamente que el otro es la única fuente de su felicidad.

Es entonces cuando aparecen en escena el apego (creer que sin el otro no se puede vivir), los celos (tener miedo de perder al compañero sentimental), la posesividad (tratar al otro como si nos perteneciera) y el rencor, que nos lleva a sentir rabia, e incluso odio, hacia nuestra pareja, creyendo que es la causa de nuestro malestar».

Y por si fuera poco, se sabe que cada conflicto que mantenemos con nuestra pareja deja heridas en nuestra mente y en nuestro corazón. Además, con el tiempo, nuestro cerebro va tejiendo una red neuronal en la que se archivan todos esos desagradables episodios de violencia psicológica, señala este experto.

Ésta es la razón por la que, a veces, cuando la relación está muy deteriorada, basta un simple comentario para que iniciemos una nueva y desagradable discusión. Lo cierto es que Riso ha trabajado con parejas que, más allá de separarse, han terminado literalmente destruyéndose.

Es curioso es que buena parte de las separaciones se producen en septiembre, justo después de las vacaciones. Se dice que es cierto que la rutina laboral y conyugal devora día tras día cualquier posibilidad de nutrir el amor en la pareja, pero también lo es que esa misma rutina les mantiene ocupados y distraídos.

Por eso, cuando los amantes conviven de forma intensiva durante varias semanas seguidas, es el momento en el que pueden acabar reconociendo que ya no se soportan más, y es entonces cuando la separación puede convertirse en un proceso alquímico, transformando el amor en odio.

El País

[*FP}– Un susto inesperado pero aleccionador. Nada ocurre por azar

Carlos M. Padrón

El jueves 03/06/2010 tanto Chepina como yo nos levantamos poco después de las 5 de la mañana. Chepina para dejar listo el almuerzo, como todos los días laborables, e irse luego a su trabajo en el colegio —llevando, de camino, a mis nietos al suyo—, y yo para cumplir con el no muy grato deber de ir a la barbería a que me cortaran el pelo, deber que cada 50 días más o menos cumplo muy temprano en la mañana para estar seguro de encontrar estacionamiento en el centro comercial donde está la barbería.

De ahí salí a las 09:15, y en ese momento me llamó Chepina para decirme que su abuelita, una anciana que en octubre habría cumplido 100 años, había muerto en San Cristóbal (estado Táchira), donde vivía (q.e.p.d.).

Chepina decidió volar ese mismo día a San Cristóbal. Consiguió pasaje para las 14:40, y a las 11:50 ella. nuestra perra Susy y yo, abordamos mi camioneta Ford Explorer y pusimos tumbo a Maiquetía.

Yo no llevaba intenciones de bajarme en el aeropuerto, así que fui vistiendo el mismo jumpsuit —especie de mono o braga de mecánico (hay quien dice que de astronauta)— que siempre uso cuando estoy en casa.

La bajada fue rápida y sin contratiempos, cosa rara hoy en día en Caracas y sus alrededores. A las 12:35 dejé a Chepina frente a la entrada del terminal nacional y puse rumbo de regreso a Caracas esperando que la subida fuera también rápida y sin contratiempos.

Pero como no siempre ocurre lo que uno espera, unos 500 metros antes de la entrada al más pequeño de los túneles Boquerón encontré cola. El motivo estaba en medio del túnel: la parte alta del compartimento de carga de una gandola se había atascado contra el techo del túnel.

«Tragedia a la vista», me dije, ya que, por lógica, eso había ocurrido porque en ese punto el techo del túnel había cedido, y si continúa haciéndolo y no dan pronta solución al problema, es probable que un día se venga abajo de golpe y aplaste a varios vehículos.

Rebasado ese obstáculo pude circular de nuevo con rapidez, pero a la altura del barrio El Limón, que tiene fama de peligroso, sentí un golpe seco, que me sonó como en la parte baja-posterior de la camioneta, ésta tembló ligeramente pero siguió en marcha.

Pensando que tal vez algo le habría ocurrido a uno de los cauchos (neumáticos, gomas,..) traseros, me dije que, si yo podía evitarlo, no me detendría en la autopista sino que seguiría hasta La Trinidad (donde vivo), o saldría en Catia, y, en cualquier caso, buscaría un taller o lugar de reparación de cauchos.

Continué, pero a medida que avanzaba noté que la dirección del vehículo había perdido la suavidad habitual y que el aire acondicionado no enfriaba bien. Como nada de eso tiene relación con los cauchos, tomé la decisión de salir en Catia.

Apenas llegar a la plaza de Catia me pegué al lado derecho de la calle y comencé a preguntar a los peatones dónde había un taller mecánico. Las respuestas fueron que no sabían, y tuve que continuar la marcha para no obstaculizar el tránsito porque, además, no había lugar donde estacionar.

En un ensanchamiento de la calle pude orillarme sin ser obstáculo. Me bajé, y cuando me acercaba al lateral derecho del vehículo para ver los cauchos de ese lado, un hombre que estaba parado en la acera señaló hacia debajo del motor de mi camioneta y me dijo «Se le salió la correa».

Todos los cauchos se veía bien, pero, efectivamente, rozando contra el piso estaba la correa que mueve cuatro componentes clave del vehículo: el ventilador, el aire acondicionado, el alternador, y la bomba de la dirección hidráulica. Con razón la dirección había perdido su suavidad, y el aire acondicionado, que de inmediato apagué, enfriaba cada vez menos.

Pregunté de nuevo por un taller, pero ahora fueron varios los que me dijeron que aquélla no era zona de talleres, que siguiera adelante, doblara a la derecha en la próxima calle, subiera por ella y al llegar bajo una zona de árboles preguntara de nuevo.

Con considerable esfuerzo pude accionar la dirección para volver a la vía, e hice lo que me dijeron, pero sin éxito. Seguí subiendo y de pronto me encontré frente al llamado Hospital de Los Magallanes de Catia, que conozco bien porque en 1997 fui allí varias veces a visitar al que en El Paso llamábamos Masico, un amigo de mi infancia y juventud, amigo que murió ese año en ese hospital, y murió un día en que, lamentablemente, no estaba yo en Venezuela. (Aquí publiqué una foto en que aparece él). Ignoro cómo estará el hospital en sí, pero el deterioro ambiental y físico de sus alrededores me resultó evidente.

Opté por no seguir subiendo sino por girar a la izquierda y tomar la vía horizontal que pasa por detrás del hospital.

Apenas enfilar esa vía vi que por la acera de mi lado izquierdo venía caminando un hombre portando en su mano derecha una bolsa de plástico dentro de la cual había algo como rectangular y pesado.

Me acerqué a la acera, detuve la camioneta, y cuando el hombre llegó a mi altura le pregunté si sabía dónde había por allí un taller mecánico.

Se dio vuelta, miró alrededor y luego hacia atrás, hacia la dirección de donde él venía, y señalando a tres hombres —que por su actitud parecían estar arreglando algo en un carro estacionado a la derecha de la calle, más allá del hospital—, me dijo,

—No sé, pero aquéllos tal vez sí sepan.

Y luego, como pensándolo mejor, añadió,

—Sígame que yo les preguntaré.

«Mal asunto —pensé—. Éste supone que no sería muy saludable para mí acercarme a esos tres».

Poco antes de llegar al lugar donde los supuestos mecánicos estaban, el hombre de la bolsa me hizo señas de que me detuviera, se acercó a ellos, les habló, volvió a mi lado y me dijo que los tipos no sabían de talleres pero que él sí sabía de uno, que diera yo la vuelta para regresar por donde había llegado, y él me acompañaría hasta ese taller.

Lo de dar la vuelta ya lo había pensado yo, pues la continuación de la calle pasado el hospital no era nada atractiva, pero esa vuelta tenía que hacerla entrando en una especie de callejón que, arrancando en ángulo recto con la que calle en la que yo estaba, lleva al estacionamiento, cerrado por reja de hierro, de la morgue del hospital.

Como ese estacionamiento estaba en obras, la reja la habían trancado, y por el callejón no circulaban vehículos, aunque sí había varios estacionados a ambos lados pero no al fondo, cerca de la reja.

Tuve que llegar hasta el fondo, frente a la reja de hierro, para maniobrar y dar la vuelta, pero dos cosas me lo impidieron: la resistencia de la dirección —me resultaba punto menos que imposible moverla—, y que la temperatura del motor estaba al máximo.

Al notar esto, apagué de inmediato la camioneta, que quedó atravesada en el fondo del callejón, en posición paralela a la reja de hierro.

Me bajé, abrí el capot y, para mi consternación, noté que salía humo por varios lados. Consciente de que ni era aconsejable ni posible seguir con la camioneta, el hombre de la bolsa me dijo que esperara allí que él iría a buscar a unos mecánicos.

Aunque su ofrecimiento aumentó mis temores, no tenía yo otra opción, pues no podía dejar sola la camioneta, con Susy dentro, ni quería salir afuera por si aquellos tres que supuestamente reparaban un carro a pocos metros de mí decidieran jugarme una mala pasada. Si se acercaban a la camioneta y veían a Susy tal vez les diera miedo y cambiaran de opinión.

Para esperar por los mecánicos, me senté dentro de la camioneta y de pronto vi que los tres tipos sospechosos comenzaron a bajar por la calle en dirección a donde yo estaba. Mi reacción inmediata antes de que se acercaran más a mí, fue bajarme de la camioneta sosteniendo a Susy con su correa. La maniobra funcionó porque los tipos, al ver la pinta de terrible dóberman que tiene Susy (aunque es un pan de Dios), dieron media vuelta y se fueron por donde vinieron.

Estresado como estaba tardé en reaccionar, y fue sólo después de unos 20 minutos —como a las 13:20— cuando recordé que hace más de 20 años llevé yo mi vehículo de turno al taller de un paisano que estaba cerca de donde ahora me encontraba. Pero, ¿existiría todavía ese taller? ¿Y sería aún de ese paisano? ¿Quién podría saber las respuestas a estas preguntas?

Recordé que la esposa del paisano, de nombre Nieves, era de La Laguna (Tenerife), y que ella y su marido eran conocidos de mis hermanas porque asistían al Hogar Canario Venezolano (HCV), un club social de Caracas.

A mis hermanas no podía preguntarles porque están en Canarias,… pero a mi cuñada Tere sí, porque ella y mi hermano Tomás son también socios del HCV.

Llamé a Tere, y si bien en principio no cayó en cuenta de quién podría ser ese paisano que tenía en Catia un taller mecánico, luego algo le hizo tilín y exclamó «¡Ah, sí! Ése es Juan Vargas», y me dio el teléfono de su casa.

Tres veces llamé a ese teléfono, pero sin éxito, pues sólo se escuchaba una palabra ininteligible, como en la voz apagada de un anciano, un chasquido, y el inconfundible tono de ocupado.

Mi estrés iba en aumento. De nuevo llamé a mi cuñada, le conté lo ocurrido y esta vez consiguió que mi hermano Tomás —que, según me dijo Tere, desde hace tiempo lleva sus carros al taller de Juan—, encontrara el número del teléfono de ese taller.

Llamé, y se me dijo que Juan no estaba, que llamara más tarde.

De pronto entró al callejón el hombre de la bolsa acompañado por los mecánicos que me había ofrecido que iría buscar. Eran dos, y traían herramientas.

A pesar de que el motor de la camioneta estaba aún caliente, ellos destornillaron, aflojaron, sacaron, separaron,… y concluyeron que el llamado tensor de la correa se había roto y por eso la correa se había aflojado, soltado y caído.

En su opinión, yo tenía dos opciones, o buscar una grúa que llevara la camioneta a un taller, o darles dinero para que fueran a comprar el tensor y lo instalaran, ya que, seguramente, yo no querría dejar allí la camioneta, sola, atravesada y con Susy dentro.

Lo de la grúa era mi solución de emergencia, que sólo me serviría para llevar la camioneta al taller de Juan, pues traerla hasta mi casa costaría una fortuna, por la distancia, y luego tendría que llevarla, también en grúa, al taller que yo encontrara.

Y lo del dinero no era posible porque, además de que no me fiaba de esos mecánicos, tenía yo conmigo sólo 250 bolívares, pues salí confiado en que, como no me bajaría en Maiquetía ni haría nada más que el viaje de ida y vuelta, no necesitaba llevar más dinero.

Ante esto les dije que yo preferiría esperar a que llegara un mecánico, conocido mío, que tenía un taller en la zona. Para mi sorpresa, no pusieron mala cara ni se molestaron, sino que me desearon suerte y se dispusieron a marcharse.

Extrañado, los detuve y les pregunté cuánto les debía, pues al fin y al cabo habían estado un buen rato lidiando con un motor muy caliente hasta dar con el motivo de la falla.

Su respuesta fue que yo no les debía nada porque ellos no habían solucionado nada, respuesta que no acepté, e insistí en que me dijeran cuánto les debía. El mayor de los dos dijo «Bueno, denos 50 bolívares».

A pesar de que mi humor no estaba para risas, tuve que reírme, pues, por ejemplo, un taxi me cobra 60 bolívares por traerme a mi casa desde una distancia de pocos kilómetros, así que le di 50 bolívares a cada uno, además de las gracias. Y otra sorpresa más: por la cara que pusieron, los agradecidos eran ellos.

Entonces me volví hacia el hombre de la bolsa y le pregunté cuánto le debía. Casi con enfado, y con tajante determinación, me respondió que yo no le debía nada, y que no insistiera en pagarle porque para él era un placer ayudar.

Ante esto le di las gracias y le pedí que, por favor, no perdiera más tiempo conmigo, que él tendría diligencias que hacer y que, además, ya el mencionado mecánico vendría a ayudarme. Y aún otra sorpresa más: mirándome a los ojos me dijo, muy serio:

—Señor, aquí no voy a dejarlo yo a usted solo. Me iré cuando llegue ese mecánico conocido suyo.

El énfasis en la palabra ‘aquí’ fue tan claro y elocuente que di las gracias a aquel hombre y, asustado, asombrado y agradecido, cambié de tema.

Llamé otra vez al taller, y ahora sí pude hablar con Juan. Le conté lo ocurrido, y para que supiera bien dónde encontrarnos le pasé el teléfono al hombre de la bolsa, quien le explicó que estábamos en la parte lateral de la sección de emergencias del hospital.

Mientras esperábamos junto a mi camioneta, el hombre me dijo que había nacido en Caripe del Guácharo en 1962 —o sea, que tiene 48 años—, e hizo varias menciones a cómo Dios premia las buenas acciones.

Habían pasado como 20 minutos y Juan no había llegado, pero sí llegó una llamada de mi sobrino a quien Juan había recurrido para que me llamara a mí porque él había ido a la parte de emergencias del hospital —donde, según él, el hombre de la bolsa le había dicho que fuera—, y no nos vio.

Llamé de nuevo al taller, dimos nuevas explicaciones y Juan contestó que llegaría en pocos minutos manejando un Century azul.

Para que no ocurriera lo de antes, el hombre de la bolsa y yo subimos por el callejón y nos apostamos en el punto de confluencia entre éste y la calle, de forma que podíamos ver muy bien los carros que se aproximaran.

Mientras estábamos allí y yo le contaba al hombre de la bolsa acerca de mis andanzas por Caripe del Guácharo y otros lugares del Oriente venezolano cuando yo trabajaba en Olvetti, noté que los tres que supuestamente arreglaban el carro estacionado al borde de la calle seguían en lo mismo, sin aparentes progresos pero sí mirándonos con insistencia, y que en al lugar habían llegado unos motorizados de pinta sospechosa.

Y por fin apareció Juan. Me volví al hombre de la bosa y le dije,

De nuevo, muchas gracias, señor. Por favor, siga usted su camino, que no quiero quitarle más tiempo. ¡Y que Dios lo bendiga!

Me dedicó una sonrisa, y deseándome suerte retomó la ruta en la que yo lo había encontrado más de una hora antes.

Juan llamó a una grúa que tardó algo en llegar, tiempo que él aprovecho para encender la camioneta —el motor ya no estaba tan caliente— y dándole hacia atrás y hacia adelante, varias veces y con esfuerzo, por lo duro de la dirección, la dejó de frente a la salida del callejón, lista para que la grúa se hiciera cargo de ella apenas llegar.

Y así fue. La grúa llegó, cargó la camioneta sobre su plataforma y puso rumbo al taller de Juan mientras éste, Susy y yo fuimos hacia allá en el Century.

Una vez que la camioneta estuvo a buen recaudo dentro del taller, Juan le pagó al gruero —como ya dije, yo no tenía efectivo para tanto—, y entonces dio comienzo otra difícil tarea: conseguir un taxi que pasadas las 15:00 aceptara hacer el viaje desde Catia hasta La Trinidad trayéndome a mí…. y a Susy.

Juan me dijo que eso no lo haría un taxi de línea, que tendríamos que conseguir uno pirata. Tal vez por la hora y lo largo del recorrido, un par de piratas dijeron que no, pero Juan abordó a uno que había dejado a un pasajero cerca de su taller, y el taxista aceptó llevarnos a cambio de 80 bolívares.

Extrañado por el precio, que me pareció bajo, pero feliz porque al fin iba yo a salir de allí dejando la camioneta segura y en buenas manos, sin más averiguaciones le di a Juan una tarjeta mía y las gracias por su ayuda, y me metí con Susy en el asiento trasero del taxi.

Apenas arrancar temí que no llegáramos a destino sino que aquel carromato se accidentara en plena vía, tal vez en la autopista, y me pusiera en otro problema, agravado por la presencia de Susy.

Mis temores se fundaban en que el vehículo era algo insólito. De origen desconocido, como si lo hubieran armado con partes de diferentes marcas y modelos de los años 70, temblaba al rodar haciendo extraños ruidos.

El cinturón de seguridad de la butaca del acompañante cumplía la función de evitar que el respaldo de esa butaca cayera hacia atrás. El velocímetro no tenía ni aguja. El volante, de ésos de corta circunferencia, era trapezoidal, y no porque lo hubieran hecho así sino porque, aparentemente, le habían dado golpes por diferentes lados y alterado la circunferencia original.

Las manijas para operar los vidrios de las puertas, tanto delanteras como traseras, eran un trozo de cabilla rústica, sin pulir ni pintar, en forma de Z y soldado por un extremo al mecanismo que debería estar escondido dentro de la puerta, pero que no lo estaba porque la puerta no tenía cubierta.

Cuando ya habíamos rodado unos 4 kilómetros por la autopista hacia el Este de la ciudad comencé a creer que sí llegaríamos a mi casa,… siempre que yo diera al chofer, un hombre sesentón de rostro afable, las indicaciones precisas, pues él tuvo buen cuidado de decirme que no sabía nada de la zona a la que íbamos y que, por tanto, yo tendría que explicarle cómo llegar a mi casa y, sobre todo, cómo salir de ella para poner rumbo a Caricuao y estar allá aún de día,… porque su carro no tenía luces.

Le di todas esas explicaciones, haciendo a veces que se detuviera para explicarle lo que en algún preciso lugar debería hacer en su viaje de regreso, y a las 16:16 llegamos frente a mi casa.

Con un suspiro de alivio le di al señor 100 bolívares y mis más expresivas gracias, e hice ademán de abrir la puerta para bajarme del taxi. Casi gritando, el chofer me dijo,

—¡Espere, señor, espere, que falta el vuelto!

Con ganas casi como de llorar, le contesté:

—No, señor, no tiene que darme vuelto. Dejémoslo así porque usted me ha hecho un gran favor.

Me tomó casi un minuto atar a Susy, abrir la reja de la calle, entrar a Susy y entrar yo, y cerrar la reja y trancarla, pero en todo ese tiempo el chofer permaneció parado en el sitio, con medio cuerpo tratando de asomar por la ventana del acompañante, y dándome las gracias una y otra vez.

Cuando por fin, luego de almorzar y darle de comer a Susy, pude echarme en la cama, casi que no podía dar crédito a lo ocurrido.

En apenas tres horas y media (de las 12:45 a las 16:16), que me parecieron un día completo, había vivido yo un gran susto causado por el evidente riesgo de mi seguridad personal, pero también me había impactado la evidencia de que habían sido buenos, rayando la serendipia, todos los hechos que ocurrieron desde el origen de un incidente malo y hasta dar solución a éste, aunque al respecto me pregunto si en realidad fue malo que la rotura del tensor —algo que, por lógica, tenía que pasar tarde o temprano habida cuenta de que la camioneta tiene más de 12 años— ocurriera en el lugar, día y hora en que ocurrió.

Un repaso a esos hechos me deja en claro que fue bueno que,

  • El accidente ocurriera cerca de Catia, y yo decidiera entrar a Catia a buscar solución.
  • Tuviera que detenerme a tiempo antes de que el calor dañara el motor, pues igual pude haber decidido continuar hasta mi casa, como varias veces pensé hacer, y lo habría fundido.
  • Quedara varado en un callejón donde no estorbaba a nadie.
  • Llevara conmigo a Susy, que con su tamaño y aspecto de doberman puede meter miedo y que, aunque es toda cariño, me pregunto cómo reaccionaría si un extraño quisiera hacerme daño.
  • Aparecieran esos dos mecánicos, que bien pudieron ser dos asaltantes o pretender cobrarme el oro y el moro.
  • Quedara varado en la proximidad de un taller conocido, taller que no había yo recordado en casi dos décadas.
  • El dueño de ese taller fuera también conocido, paisano, amigo de mis hermanos y de confianza.
  • Se consiguiera tan pronto un taxista que no sólo aceptó hacer, a precio de casi gallina flaca, el viaje desde Catia hasta La Trinidad, sino, en particular, dejara que un perro se montara en su carro.

Y, por sobre todo, fue bueno el hombre de la bolsa. Un verdadero samaritano que sin tener obligación alguna decidió ayudarme y permanecer conmigo hasta que llegara un reemplazo fiable.

Aunque nada dijo al respecto, salvo lo del premio divino a las buenas acciones, sospecho que es miembro de alguna Iglesia —como Evangélicos, Testigos de Jehová, u otra—, y que en la misteriosa bolsa, cuyo contenido me causó al comienzo seria preocupación, había libros de los que estos fieles suelen llevar para vender o regalar en las casas que visitan. Como le dije al despedirnos, ¡que Dios lo bendiga!

A pesar de la situación por la que pasamos en Venezuela desde hace muchos años, hay que reconocer que aún hay gente buena donde menos espera uno encontrarla.

A las 09:00 del viernes 04/06/2010 sonó el teléfono de mi casa; era mi cuñada Tere. Me dijo que Juan había llamado a mi hermano Tomás para que me hiciera saber que ya la camioneta estaba lista.

A las 09:30 salí en taxi hacia Catia, recogí la camioneta, le reiteré a Juan mis más expresivas gracias, él me guió, yendo delante de mí con su carro, hasta la vía de salida a la autopista, y a las 11:00 estaba yo de vuelta en casa con mi Ford Explorer.

Una lección de vida más, que procuraré tener siempre presente junto con mi renovada convicción de que nada ocurre por azar.

[*ElPaso}– «Espejo de la Vida» / Poesías de Pedro Martín Hdez. y Castillo: A la Rosa de Jericó

A LA ROSA DE JERICÓ

Al dignísimo y venerable sacerdote
don Norberto Pérez Díaz.

¡Salve, salve, María Inmaculada,
divina y pura esencia de belleza,
obra la más perfecta y la grandeza
que hacer pudo el Señor más acabada!

¡Sa1ve, salve, mujer divinizada
y estrella matinal, luz, gentileza,
que al reptil quebrantaste la cabeza,
quedando, por tu amor, Eva salvada!

Y al ser hija del Padre, que es tu norte,
del Hijo, madre pura en realidad,
del Espíritu Santo, fiel consorte
y dechado supremo de bondad,
el Orbe a Ti se humilla, y, en tu Corte,
¡admírate la misma Trinidad!

***

Soneto publicado en la «Gaceta de Tenerife».

[*Drog}– El divorcio y la escoba

Carlos M. Padrón

El artículo que sigue, Hasta que la escoba nos separe, publicado en ABC (España) el 20/05/2010, dice, en dos platos, que la culpa de que haya tantos divorcios es de los maridos porque no ayudan a sus mujeres en las tareas del hogar.

Su lectura me hizo recordar otro artículoMonólogo de la mujer liberadaque publiqué aquí el 28/12/2006, cuya lectura recomiendo para mejor entender lo que sigue, y del que entresaco algunos párrafos que me parecen clave.

«Me gustaría saber quién fue la bruja imbécil, la matriz de las feministas, que tuvo la “gran” idea de reivindicar los derechos de la mujer, y por qué hizo eso con nosotras, que nacimos después de ella»

dice la autora refiriéndose a lo difícil que lo tienen ahora las mujeres «liberadas», las que trabajan fuera de casa, y continúa así su lamento:

«¡Cuántas horas de paz, solaz y realización personal nos trajo la tecnología! Hasta que vino una pendejita —a la que, por lo visto, no le gustaba el corpiño— a contaminar con ideas raras sobre “vamos a conquistar nuestro espacio”, a varias otras rebeldes inconsecuentes»

mientras despotrica del famoso «espacio» exigido por las mujeres de ahora:

«¡¿Qué espacio ni qué coño?! ¡¡¡Si ya teníamos la casa entera!!! ¡¡¡Todo el barrio era nuestro, el mundo estaba a nuestros pies!!! Teníamos el dominio completo sobre los hombres; ellos dependían de nosotras para comer, vestirse y para hacerse ver bien delante de sus amigos. Y ahora, ¿donde carajo están? Ahora ellos están confundidos, no saben qué papel desempeñan en la sociedad, huyen de nosotras como el diablo de la cruz. Ese chistecito, esa maldita gracia, acabó llenándonos de deberes. Y, lo peor de todo, acabó lanzándonos dentro del calabozo de la soltería crónica aguda».

(Y tan confundidos, añado, que hay algunos que cuando su mujer está embarazada dicen, sin pena ni sonrojo, «Estamos encinta», y soy yo el que se sonroja).

Para cuando este cambio social arrancó, en la década de los 60, ya yo me había casado, y como fui formado en la vieja escuela tenía bien claro lo de la división de roles en el hogar: mi mujer tenía el rol clásico de ama de casa, y yo el de proveedor de los recursos necesarios para cuidar del mantenimiento de a la familia —o sea, de mi mujer, de mí mismo y de nuestros hijos—, y de la educación de éstos.

Sin embargo, nunca he visto con buenos ojos eso de «¡Cariño, tráeme una cervecita, que estoy muy cansado!», pues prefiero valerme por mí mismo y no recurrir a otros para algo que bien puedo hacer yo.

En esto aplico el principio de mi padre: «Si quieres ganar, anda; si quieres perder, manda». Y en eso de «¡Cariño, tráeme una cervecita que estoy muy cansado!», hay mucho abuso y mucho que perder.

Dicho esto, debo añadir que me dan risa —y no puedo evitar recordar a Esther Vilar y su best seller «El varón domado»—, lo de que el estudio es «un toque de atención a los hombres», y que muchas mujeres piensan que «mejor criar sola a un hijo que cargar con otro niño grande».

El toque de atención que habría que dar a los hombres es que aprendan a sacar cuentas sobre qué ganan en un matrimonio en el que, en el mejor de los casos, los dos trabajen y los dos compartan las tareas del hogar. Es una cuenta fácil de hacer si la mente del hombre no está nublada por el drogamor.

Lo que ganan las mujeres lo tengo claro: lo he escrito en este blog varias veces, y gira en torno a la imperiosa necesidad de ser madres y de conseguir un macho que dé a ella y a sus crías ayuda en el sustento, y protección en toda la extensión de la palabra. Pero el hombre lleva las de perder porque, de haber quedado soltero o libre, podría vivir mejor, con menos presión, menos responsabilidades y menos dinero.

Sin embargo, al menos a los varones de antes de los 60 nos educaron creyendo que era cierto lo que dijo la mujer del Monólogo:

«… ellos dependían de nosotras para comer, vestirse…».

Y no lo es, pues cuando me tocó vivir solo en Madrid por dos años y medio, la pasé más que bien, y no necesité depender de una mujer «fija» (novia, esposa o pareja) para divertirme, comer, vestirme, limpiar la casa, o lavar y planchar la ropa.

Simplemente, yo iba a donde me gustara; hacía lo que quería; comía donde me viniera a mano, o llevaba a la casa algo fácil de preparar; me vestía como me gusta hacerlo; y para limpiar, lavar y planchar le pagaba a una señora que una vez por semana venía a mi apartamento y hacía todo eso.

¿Para qué, entonces, habría necesitado yo una mujer «fija»? ¿Para tener sexo? ¡Por favor! Como ya he dicho otras veces, las mismas feministas que crearon el mundo del que se lamenta la autora del Monólogo abarataron el sexo de forma tal que ya no pueden extorsionar con él; está totalmente devaluado. Necesitan poder responder con algo sólido, plausible y demostrable a la temida pregunta de «¿A cambio de qué?«

Así que si la mujer moderna, la «liberada», no está conforme con lo que hace «su» hombre, pues se divorcia, y de ahí el desmesurado aumento que tienen las tasas de divorcio, y la conclusión a que han llegado los abogados que tramitan rupturas matrimoniales: «La pareja se divorcia cuando la mujer quiere».

La explicación de tal incremento está, además, en este otro párrafo del Monólogo:

«Antiguamente los casamientos duraban para siempre. ¿Por qué —díganme por qué— un sexo que tenía todo lo mejor, que sólo necesitaba ser frágil y dejarse guiar por la vida, comenzó a competir con los machos? ¿A quién carajo se le ocurrió?»

Mientras los hombres sigan con el «¡Cariño, tráeme una cervecita que estoy muy cansado!», y las mujeres no tengan algo mejor que ofrecerles que la repartición de deberes domésticos, o habrá cada vez menos matrimonios o seguirán aumentando las tasas de divorcio, pues el drogamor, principal motivo de que los hombres no sepan analizar con claridad en qué se meten al casarse, sigue campeando por sus fueros.

Y no se me acuse de mencionar sólo a los hombres en la forma en que lo hago, pues el artículo que sigue deja bien claro al final (copio textualmente) «la importancia de tener en cuenta las relaciones entre el comportamiento de los hombres y la estabilidad matrimonial».

O sea, que la responsabilidad de tal estabilidad nos la echan sobre nuestros hombros. Si alguno se lo cree será problema suyo.

***oOo***

20-05-10

Hasta que la escoba nos separe

Cristina Garrido

«En la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza… y hasta que la escoba nos separe».

Toque de atención a los hombres que quieren conservar su matrimonio. Las tasas de divorcio son más bajas en aquellas parejas donde el marido participa en las tareas domésticas. Puede parecer una obviedad, pero a juzgar por las altas tasas de separación todavía deben quedar muchos que cuando llegan a casa de trabajar, en vez de ayudar a su esposa a hacer la cena se sientan en el sofá y dicen aquello de: «¡Cariño, tráeme una cervecita que estoy muy cansado!».

Un estudio realizado sobre 3.500 matrimonios británicos que acababan de tener su primer hijo ha venido a confirmar que cuanto más ayudan los maridos en las tareas domésticas, las compras y el cuidado de los niños, menos posibilidades de que la pareja acabe rompiéndose. Pensarán muchas que mejor criar sola a un hijo que cargar con otro niño «grande».

La investigación, realizada por la Escuela de Ciencias Políticas y Económicas de Londres, se publica en la última edición de la revista Economía Femenina.

Esta afirmación rebate la explotada teoría de que los matrimonios son más estables si los hombres se centran en el trabajo remunerado y las mujeres son responsables de las tareas domésticas. Los resultados del estudio demuestran que la contribución del padre a las tareas domésticas y cuidado de los hijos hace más estable el matrimonio, independientemente de la situación laboral de las mujeres.

Los economistas han sostenido durante mucho tiempo que las crecientes tasas de divorcio, que comenzaron en la década de 1960, están vinculadas al aumento del número de mujeres casadas que trabajan. Sin embargo, no se habían parado a analizar la responsabilidad que juega el marido en este nuevo tipo de familia.

El doctor Sigle-Rushton, profesor titular de Política Social en la LSE e investigador asociado en el Centro para el Análisis de la Exclusión Social, cree que los economistas han gastado demasiado tiempo en examinar y tratar de explicar la asociación entre el empleo femenino y el divorcio. «Esta investigación sugiere que la contribución de los padres en las tareas del hogar estabiliza el matrimonio, independientemente de la situación laboral de las madres», asegura el experto.

El rol masculino en el nuevo modelo

La investigación del doctor Sigle-Rushton recogió los datos de un estudio que analizaba a las parejas casadas que tuvieron su primer hijo en 1970, cuando la mayoría de las madres se quedaban en casa. Una información obtenida del Bristish Cohort Study, representativo a nivel nacional, que siguió la vida de 16.000 niños nacidos en una semana de 1970.

El experto se centró en 3.500 parejas que habían permanecido juntas al menos durante cinco años después del nacimiento de su primer hijo. Alrededor del 20% se divorciaron cuando el niño tenía 16 años. Más de la mitad de los padres, en 1975, no habían realizado ninguna tarea o sólo una tarea durante una semana (51%), 24% llevaron a cabo dos tareas, y la cuarta parte habían llevado a cabo tres o cuatro, la máxima contribución. En esta época, cerca de un tercio de las madres trabajaban fuera de casa, y sólo el 5% lo hacía a tiempo completo.

Otro de los descubrimiento de la investigación es que, en relación con las familias en las que las mujeres son amas de casa y los hombres contribuyen poco a las tareas domésticas, el riesgo de divorcio es un 97% más alto cuando la madre trabaja fuera del hogar y su marido hace una contribución mínima en la casa.

Sin embargo, no hay mayor riesgo de divorcio cuando la madre trabaja y la contribución de su esposo al trabajo doméstico y cuidado de niños es al más alto nivel.

«Los resultados sugieren que el riesgo de divorcio entre las madres trabajadoras se reduce sustancialmente cuando los padres contribuyen más a las tareas domésticas y cuidado de los niños. Este estudio subraya la importancia de tener en cuenta las relaciones entre el comportamiento de los hombres y la estabilidad matrimonial. En la investigación económica y sociológica, se ha enfatizado mucho en el trabajo remunerado de la mujer, y no se ha prestado suficiente atención a la división del trabajo no remunerado», señala el director de la investigación,

ABC

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Cortesía de Rafael García

[*ElPaso}– «Espejo de la Vida» / Poesías de Pedro Martín Hdez. y Castillo: A Dios

                             

                               A DIOS

¡Salve, oh Dios Omnipotente, salve, salve! Tu grandeza 
atestigua el Universo con sus obras admirables,
que del caos de la nada, con arcanos insondables, 
esparciste en el espacio, al formar Naturaleza.

iSalve, oh sí, Dios mío, salve! Absoluta es tu belleza, 
que destella el firmamento con sus galas perdurables. 
Tus decretos son misterios para el hombre inescrutables. 
Tú lo eterno, lo infinito: Tú la más perfecta alteza.

Todo el Orbe a Ti se humilla, y tus obras van cumpliendo,
de tus leyes infinitas, la admirable perfección;
y en los cármenes del Cielo, a tu ser están rindiendo,
los espíritus más puros, la más alta adoración.

Sólo el hombre, por su orgullo, a tu amor so muestra infiel:
¡¡es el único que imita la soberbia de Luzbel!!