[*FP}– Un susto inesperado pero aleccionador. Nada ocurre por azar

Carlos M. Padrón

El jueves 03/06/2010 tanto Chepina como yo nos levantamos poco después de las 5 de la mañana. Chepina para dejar listo el almuerzo, como todos los días laborables, e irse luego a su trabajo en el colegio —llevando, de camino, a mis nietos al suyo—, y yo para cumplir con el no muy grato deber de ir a la barbería a que me cortaran el pelo, deber que cada 50 días más o menos cumplo muy temprano en la mañana para estar seguro de encontrar estacionamiento en el centro comercial donde está la barbería.

De ahí salí a las 09:15, y en ese momento me llamó Chepina para decirme que su abuelita, una anciana que en octubre habría cumplido 100 años, había muerto en San Cristóbal (estado Táchira), donde vivía (q.e.p.d.).

Chepina decidió volar ese mismo día a San Cristóbal. Consiguió pasaje para las 14:40, y a las 11:50 ella. nuestra perra Susy y yo, abordamos mi camioneta Ford Explorer y pusimos tumbo a Maiquetía.

Yo no llevaba intenciones de bajarme en el aeropuerto, así que fui vistiendo el mismo jumpsuit —especie de mono o braga de mecánico (hay quien dice que de astronauta)— que siempre uso cuando estoy en casa.

La bajada fue rápida y sin contratiempos, cosa rara hoy en día en Caracas y sus alrededores. A las 12:35 dejé a Chepina frente a la entrada del terminal nacional y puse rumbo de regreso a Caracas esperando que la subida fuera también rápida y sin contratiempos.

Pero como no siempre ocurre lo que uno espera, unos 500 metros antes de la entrada al más pequeño de los túneles Boquerón encontré cola. El motivo estaba en medio del túnel: la parte alta del compartimento de carga de una gandola se había atascado contra el techo del túnel.

“Tragedia a la vista”, me dije, ya que, por lógica, eso había ocurrido porque en ese punto el techo del túnel había cedido, y si continúa haciéndolo y no dan pronta solución al problema, es probable que un día se venga abajo de golpe y aplaste a varios vehículos.

Rebasado ese obstáculo pude circular de nuevo con rapidez, pero a la altura del barrio El Limón, que tiene fama de peligroso, sentí un golpe seco, que me sonó como en la parte baja-posterior de la camioneta, ésta tembló ligeramente pero siguió en marcha.

Pensando que tal vez algo le habría ocurrido a uno de los cauchos (neumáticos, gomas,..) traseros, me dije que, si yo podía evitarlo, no me detendría en la autopista sino que seguiría hasta La Trinidad (donde vivo), o saldría en Catia, y, en cualquier caso, buscaría un taller o lugar de reparación de cauchos.

Continué, pero a medida que avanzaba noté que la dirección del vehículo había perdido la suavidad habitual y que el aire acondicionado no enfriaba bien. Como nada de eso tiene relación con los cauchos, tomé la decisión de salir en Catia.

Apenas llegar a la plaza de Catia me pegué al lado derecho de la calle y comencé a preguntar a los peatones dónde había un taller mecánico. Las respuestas fueron que no sabían, y tuve que continuar la marcha para no obstaculizar el tránsito porque, además, no había lugar donde estacionar.

En un ensanchamiento de la calle pude orillarme sin ser obstáculo. Me bajé, y cuando me acercaba al lateral derecho del vehículo para ver los cauchos de ese lado, un hombre que estaba parado en la acera señaló hacia debajo del motor de mi camioneta y me dijo “Se le salió la correa”.

Todos los cauchos se veía bien, pero, efectivamente, rozando contra el piso estaba la correa que mueve cuatro componentes clave del vehículo: el ventilador, el aire acondicionado, el alternador, y la bomba de la dirección hidráulica. Con razón la dirección había perdido su suavidad, y el aire acondicionado, que de inmediato apagué, enfriaba cada vez menos.

Pregunté de nuevo por un taller, pero ahora fueron varios los que me dijeron que aquélla no era zona de talleres, que siguiera adelante, doblara a la derecha en la próxima calle, subiera por ella y al llegar bajo una zona de árboles preguntara de nuevo.

Con considerable esfuerzo pude accionar la dirección para volver a la vía, e hice lo que me dijeron, pero sin éxito. Seguí subiendo y de pronto me encontré frente al llamado Hospital de Los Magallanes de Catia, que conozco bien porque en 1997 fui allí varias veces a visitar al que en El Paso llamábamos Masico, un amigo de mi infancia y juventud, amigo que murió ese año en ese hospital, y murió un día en que, lamentablemente, no estaba yo en Venezuela. (Aquí publiqué una foto en que aparece él). Ignoro cómo estará el hospital en sí, pero el deterioro ambiental y físico de sus alrededores me resultó evidente.

Opté por no seguir subiendo sino por girar a la izquierda y tomar la vía horizontal que pasa por detrás del hospital.

Apenas enfilar esa vía vi que por la acera de mi lado izquierdo venía caminando un hombre portando en su mano derecha una bolsa de plástico dentro de la cual había algo como rectangular y pesado.

Me acerqué a la acera, detuve la camioneta, y cuando el hombre llegó a mi altura le pregunté si sabía dónde había por allí un taller mecánico.

Se dio vuelta, miró alrededor y luego hacia atrás, hacia la dirección de donde él venía, y señalando a tres hombres —que por su actitud parecían estar arreglando algo en un carro estacionado a la derecha de la calle, más allá del hospital—, me dijo,

—No sé, pero aquéllos tal vez sí sepan.

Y luego, como pensándolo mejor, añadió,

—Sígame que yo les preguntaré.

“Mal asunto —pensé—. Éste supone que no sería muy saludable para mí acercarme a esos tres”.

Poco antes de llegar al lugar donde los supuestos mecánicos estaban, el hombre de la bolsa me hizo señas de que me detuviera, se acercó a ellos, les habló, volvió a mi lado y me dijo que los tipos no sabían de talleres pero que él sí sabía de uno, que diera yo la vuelta para regresar por donde había llegado, y él me acompañaría hasta ese taller.

Lo de dar la vuelta ya lo había pensado yo, pues la continuación de la calle pasado el hospital no era nada atractiva, pero esa vuelta tenía que hacerla entrando en una especie de callejón que, arrancando en ángulo recto con la que calle en la que yo estaba, lleva al estacionamiento, cerrado por reja de hierro, de la morgue del hospital.

Como ese estacionamiento estaba en obras, la reja la habían trancado, y por el callejón no circulaban vehículos, aunque sí había varios estacionados a ambos lados pero no al fondo, cerca de la reja.

Tuve que llegar hasta el fondo, frente a la reja de hierro, para maniobrar y dar la vuelta, pero dos cosas me lo impidieron: la resistencia de la dirección —me resultaba punto menos que imposible moverla—, y que la temperatura del motor estaba al máximo.

Al notar esto, apagué de inmediato la camioneta, que quedó atravesada en el fondo del callejón, en posición paralela a la reja de hierro.

Me bajé, abrí el capot y, para mi consternación, noté que salía humo por varios lados. Consciente de que ni era aconsejable ni posible seguir con la camioneta, el hombre de la bolsa me dijo que esperara allí que él iría a buscar a unos mecánicos.

Aunque su ofrecimiento aumentó mis temores, no tenía yo otra opción, pues no podía dejar sola la camioneta, con Susy dentro, ni quería salir afuera por si aquellos tres que supuestamente reparaban un carro a pocos metros de mí decidieran jugarme una mala pasada. Si se acercaban a la camioneta y veían a Susy tal vez les diera miedo y cambiaran de opinión.

Estresado como estaba tardé en reaccionar, y fue sólo después de unos 20 minutos —como a las 13:20— cuando recordé que hace más de 20 años llevé yo mi vehículo de turno al taller de un paisano que estaba cerca de donde ahora me encontraba. Pero, ¿existiría todavía ese taller? ¿Y sería aún de ese paisano? ¿Quién podría saber las respuestas a estas preguntas?

Recordé que la esposa del paisano, de nombre Nieves, era de La Laguna (Tenerife), y que ella y su marido eran conocidos de mis hermanas porque asistían al Hogar Canario Venezolano (HCV), un club social de Caracas.

A mis hermanas no podía preguntarles porque están en Canarias,… pero a mi cuñada Tere sí, porque ella y mi hermano Tomás son también socios del HCV.

Llamé a Tere, y si bien en principio no cayó en cuenta de quién podría ser ese paisano que tenía en Catia un taller mecánico, luego algo le hizo tilín y exclamó “¡Ah, sí! Ése es Juan Vargas”, y me dio el teléfono de su casa.

Tres veces llamé a ese teléfono, pero sin éxito, pues sólo se escuchaba una palabra ininteligible, como en la voz apagada de un anciano, un chasquido, y el inconfundible tono de ocupado.

Mi estrés iba en aumento. De nuevo llamé a mi cuñada, le conté lo ocurrido y esta vez consiguió que mi hermano Tomás —que, según me dijo Tere, desde hace tiempo lleva sus carros al taller de Juan—, encontrara el número del teléfono de ese taller.

Llamé, y se me dijo que Juan no estaba, que llamara más tarde.

De pronto entró al callejón el hombre de la bolsa acompañado por los mecánicos que me había ofrecido que iría buscar. Eran dos, y traían herramientas.

A pesar de que el motor de la camioneta estaba aún caliente, ellos destornillaron, aflojaron, sacaron, separaron,… y concluyeron que el llamado tensor de la correa se había roto y por eso la correa se había aflojado, soltado y caído.

En su opinión, yo tenía dos opciones, o buscar una grúa que llevara la camioneta a un taller, o darles dinero para que fueran a comprar el tensor y lo instalaran, ya que, seguramente, yo no querría dejar allí la camioneta, sola, atravesada y con Susy dentro.

Lo de la grúa era mi solución de emergencia, que sólo me serviría para llevar la camioneta al taller de Juan, pues traerla hasta mi casa costaría una fortuna, por la distancia, y luego tendría que llevarla, también en grúa, al taller que yo encontrara.

Y lo del dinero no era posible porque, además de que no me fiaba de esos mecánicos, tenía yo conmigo sólo 250 bolívares, pues salí confiado en que, como no me bajaría en Maiquetía ni haría nada más que el viaje de ida y vuelta, no necesitaba llevar más dinero.

Ante esto les dije que yo preferiría esperar a que llegara un mecánico, conocido mío, que tenía un taller en la zona. Para mi sorpresa, no pusieron mala cara ni se molestaron, sino que me desearon suerte y se dispusieron a marcharse.

Extrañado, los detuve y les pregunté cuánto les debía, pues al fin y al cabo habían estado un buen rato lidiando con un motor muy caliente hasta dar con el motivo de la falla.

Su respuesta fue que yo no les debía nada porque ellos no habían solucionado nada, respuesta que no acepté, e insistí en que me dijeran cuánto les debía. El mayor de los dos dijo “Bueno, denos 50 bolívares”.

A pesar de que mi humor no estaba para risas, tuve que reírme, pues, por ejemplo, un taxi me cobra 60 bolívares por traerme a mi casa desde una distancia de pocos kilómetros, así que le di 50 bolívares a cada uno, además de las gracias. Y otra sorpresa más: por la cara que pusieron, los agradecidos eran ellos.

Entonces me volví hacia el hombre de la bolsa y le pregunté cuánto le debía. Casi con enfado, y con tajante determinación, me respondió que yo no le debía nada, y que no insistiera en pagarle porque para él era un placer ayudar.

Ante esto le di las gracias y le pedí que, por favor, no perdiera más tiempo conmigo, que él tendría diligencias que hacer y que, además, ya el mencionado mecánico vendría a ayudarme. Y aún otra sorpresa más: mirándome a los ojos me dijo, muy serio:

—Señor, aquí no voy a dejarlo yo a usted solo. Me iré cuando llegue ese mecánico conocido suyo.

El énfasis en la palabra ‘aquí’ fue tan claro y elocuente que di las gracias a aquel hombre y, asustado, asombrado y agradecido, cambié de tema.

Llamé otra vez al taller, y ahora sí pude hablar con Juan. Le conté lo ocurrido, y para que supiera bien dónde encontrarnos le pasé el teléfono al hombre de la bolsa, quien le explicó que estábamos en la parte lateral de la sección de emergencias del hospital.

Mientras esperábamos junto a mi camioneta, el hombre me dijo que había nacido en Caripe del Guácharo en 1962 —o sea, que tiene 48 años—, e hizo varias menciones a cómo Dios premia las buenas acciones.

Habían pasado como 20 minutos y Juan no había llegado, pero sí llegó una llamada de mi sobrino a quien Juan había recurrido para que me llamara a mí porque él había ido a la parte de emergencias del hospital —donde, según él, el hombre de la bolsa le había dicho que fuera—, y no nos vio.

Llamé de nuevo al taller, dimos nuevas explicaciones y Juan contestó que llegaría en pocos minutos manejando un Century azul.

Para que no ocurriera lo de antes, el hombre de la bolsa y yo subimos por el callejón y nos apostamos en el punto de confluencia entre éste y la calle, de forma que podíamos ver muy bien los carros que se aproximaran.

Mientras estábamos allí y yo le contaba al hombre de la bolsa acerca de mis andanzas por Caripe del Guácharo y otros lugares del Oriente venezolano cuando yo trabajaba en Olvetti, noté que los tres que supuestamente arreglaban el carro estacionado al borde de la calle seguían en lo mismo, sin aparentes progresos pero sí mirándonos con insistencia, y que en al lugar habían llegado unos motorizados de pinta sospechosa.

Y por fin apareció Juan. Me volví al hombre de la bosa y le dije,

De nuevo, muchas gracias, señor. Por favor, siga usted su camino, que no quiero quitarle más tiempo. ¡Y que Dios lo bendiga!

Me dedicó una sonrisa, y deseándome suerte retomó la ruta en la que yo lo había encontrado más de una hora antes.

Juan llamó a una grúa que tardó algo en llegar, tiempo que él aprovecho para encender la camioneta —el motor ya no estaba tan caliente— y dándole hacia atrás y hacia adelante, varias veces y con esfuerzo, por lo duro de la dirección, la dejó de frente a la salida del callejón, lista para que la grúa se hiciera cargo de ella apenas llegar.

Y así fue. La grúa llegó, cargó la camioneta sobre su plataforma y puso rumbo al taller de Juan mientras éste, Susy y yo fuimos hacia allá en el Century.

Una vez que la camioneta estuvo a buen recaudo dentro del taller, Juan le pagó al gruero —como ya dije, yo no tenía efectivo para tanto—, y entonces dio comienzo otra difícil tarea: conseguir un taxi que pasadas las 15:00 aceptara hacer el viaje desde Catia hasta La Trinidad trayéndome a mí…. y a Susy.

Juan me dijo que eso no lo haría un taxi de línea, que tendríamos que conseguir uno pirata. Tal vez por la hora y lo largo del recorrido, un par de piratas dijeron que no, pero Juan abordó a uno que había dejado a un pasajero cerca de su taller, y el taxista aceptó llevarnos a cambio de 80 bolívares.

Extrañado por el precio, que me pareció bajo, pero feliz porque al fin iba yo a salir de allí dejando la camioneta segura y en buenas manos, sin más averiguaciones le di a Juan una tarjeta mía y las gracias por su ayuda, y me metí con Susy en el asiento trasero del taxi.

Apenas arrancar temí que no llegáramos a destino sino que aquel carromato se accidentara en plena vía, tal vez en la autopista, y me pusiera en otro problema, agravado por la presencia de Susy.

Mis temores se fundaban en que el vehículo era algo insólito. De origen desconocido, como si lo hubieran armado con partes de diferentes marcas y modelos de los años 70, temblaba al rodar haciendo extraños ruidos.

El cinturón de seguridad de la butaca del acompañante cumplía la función de evitar que el respaldo de esa butaca cayera hacia atrás. El velocímetro no tenía ni aguja. El volante, de ésos de corta circunferencia, era trapezoidal, y no porque lo hubieran hecho así sino porque, aparentemente, le habían dado golpes por diferentes lados y alterado la circunferencia original.

Las manijas para operar los vidrios de las puertas, tanto delanteras como traseras, eran un trozo de cabilla rústica, sin pulir ni pintar, en forma de Z y soldado por un extremo al mecanismo que debería estar escondido dentro de la puerta, pero que no lo estaba porque la puerta no tenía cubierta.

Cuando ya habíamos rodado unos 4 kilómetros por la autopista hacia el Este de la ciudad comencé a creer que sí llegaríamos a mi casa,… siempre que yo diera al chofer, un hombre sesentón de rostro afable, las indicaciones precisas, pues él tuvo buen cuidado de decirme que no sabía nada de la zona a la que íbamos y que, por tanto, yo tendría que explicarle cómo llegar a mi casa y, sobre todo, cómo salir de ella para poner rumbo a Caricuao y estar allá aún de día,… porque su carro no tenía luces.

Le di todas esas explicaciones, haciendo a veces que se detuviera para explicarle lo que en algún preciso lugar debería hacer en su viaje de regreso, y a las 16:16 llegamos frente a mi casa.

Con un suspiro de alivio le di al señor 100 bolívares y mis más expresivas gracias, e hice ademán de abrir la puerta para bajarme del taxi. Casi gritando, el chofer me dijo,

—¡Espere, señor, espere, que falta el vuelto!

Con ganas casi como de llorar, le contesté:

—No, señor, no tiene que darme vuelto. Dejémoslo así porque usted me ha hecho un gran favor.

Me tomó casi un minuto atar a Susy, abrir la reja de la calle, entrar a Susy y entrar yo, y cerrar la reja y trancarla, pero en todo ese tiempo el chofer permaneció parado en el sitio, con medio cuerpo tratando de asomar por la ventana del acompañante, y dándome las gracias una y otra vez.

Cuando por fin, luego de almorzar y darle de comer a Susy, pude echarme en la cama, casi que no podía dar crédito a lo ocurrido.

En apenas tres horas y media (de las 12:45 a las 16:16), que me parecieron un día completo, había vivido yo un gran susto causado por el evidente riesgo de mi seguridad personal, pero también me había impactado la evidencia de que habían sido buenos, rayando la serendipia, todos los hechos que ocurrieron desde el origen de un incidente malo y hasta dar solución a éste, aunque al respecto me pregunto si en realidad fue malo que la rotura del tensor —algo que, por lógica, tenía que pasar tarde o temprano habida cuenta de que la camioneta tiene más de 12 años— ocurriera en el lugar, día y hora en que ocurrió.

Un repaso a esos hechos me deja en claro que fue bueno que,

  • El accidente ocurriera cerca de Catia, y yo decidiera entrar a Catia a buscar solución.
  • Tuviera que detenerme a tiempo antes de que el calor dañara el motor, pues igual pude haber decidido continuar hasta mi casa, como varias veces pensé hacer, y lo habría fundido.
  • Quedara varado en un callejón donde no estorbaba a nadie.
  • Llevara conmigo a Susy, que con su tamaño y aspecto de doberman puede meter miedo y que, aunque es toda cariño, me pregunto cómo reaccionaría si un extraño quisiera hacerme daño.
  • Aparecieran esos dos mecánicos, que bien pudieron ser dos asaltantes o pretender cobrarme el oro y el moro.
  • Quedara varado en la proximidad de un taller conocido, taller que no había yo recordado en casi dos décadas.
  • El dueño de ese taller fuera también conocido, paisano, amigo de mis hermanos y de confianza.
  • Se consiguiera tan pronto un taxista que no sólo aceptó hacer, a precio de casi gallina flaca, el viaje desde Catia hasta La Trinidad, sino, en particular, dejara que un perro se montara en su carro.

Y, por sobre todo, fue bueno el hombre de la bolsa. Un verdadero samaritano que sin tener obligación alguna decidió ayudarme y permanecer conmigo hasta que llegara un reemplazo fiable.

Aunque nada dijo al respecto, salvo lo del premio divino a las buenas acciones, sospecho que es miembro de alguna Iglesia —como Evangélicos, Testigos de Jehová, u otra—, y que en la misteriosa bolsa, cuyo contenido me causó al comienzo seria preocupación, había libros de los que estos fieles suelen llevar para vender o regalar en las casas que visitan. Como le dije al despedirnos, ¡que Dios lo bendiga!

A pesar de la situación por la que pasamos en Venezuela desde hace muchos años, hay que reconocer que aún hay gente buena donde menos espera uno encontrarla.

A las 09:00 del viernes 04/06/2010 sonó el teléfono de mi casa; era mi cuñada Tere. Me dijo que Juan había llamado a mi hermano Tomás para que me hiciera saber que ya la camioneta estaba lista.

A las 09:30 salí en taxi hacia Catia, recogí la camioneta, le reiteré a Juan mis más expresivas gracias, él me guió, yendo delante de mí con su carro, hasta la vía de salida a la autopista, y a las 11:00 estaba yo de vuelta en casa con mi Ford Explorer.

Una lección de vida más, que procuraré tener siempre presente junto con mi renovada convicción de que nada ocurre por azar.

14 comentarios sobre “[*FP}– Un susto inesperado pero aleccionador. Nada ocurre por azar

  1. Apreciado Carlos, lo que has vivido es muestra fehaciente de que las personas que habitan en lugares pobres, desolados y desamparados de todos, son, en su mayoría, personas buenas, desinteresadas y no abusadoras del prójimo.

    Son tan pobres y alejados de la “civilización”, que ajenos están al accionar abusivo de los que, saliendo de esas mismas zonas a ganarse la vida en taxis o prestando servicios, ya se han expuesto a la vida “civilizada” y han aprendido a sacarle provecho a la disponibilidad económica de “los ricos” que encuentran a su paso.

    Esas personas, repito, son muchas y se conforman con lo que nos parece poco pero que para ellos es mucho, por sus carencias y escasas oportunidades de obtener dinero.

    Lo principal es que, mayoritariamente, son buenos samaritanos, dispuestos a ayudar al prójimo aún sin recibir nada a cambio, tan sólo con la esperanza puesta en la recompensa divina, gracias a su fe que, a pesar de la vida pobre que llevan, no pierden y les mantiene expectantes de una vida mejor en el más allá.

    Ojalá los “civilizados” recuperemos al menos parte de esa inocencia y disposición de ayudar al prójimo.

  2. Es una verdad lo que ha dicho Jamardu: esas personas son muy sencillas y nobles. Aquí en Cuba les decimos sanas de vida y espíritu, pues no siempre debe sacársele provecho a alguna circunstancia.

    Y sobre la experiencia, Carlos, y su pregunta de por qué romperse allí, y ese hombre, pues pienso que esas cosas son los ángeles que aquí en el plano Tierra nos envía el Señor para que nos cuiden en casos como éstos.

    Estela.

  3. Carlos, creo que realmente tienes que darle gracias a Dios que te protegió en todo momento, y porque encontraste solución a todas las situaciones.

    Saludos,
    Silvia

  4. No sabes la angustia que sentí mientras leía tu historia. Qué lástima que tengamos que vivir llenos de miedo, pero así es; las cosas pasan por algo, y Dios te guió al lugar y con las personas adecuadas.

    Menos mal que mi mamá se acordó de que el taller es el de Vargas. Desde que hiciste el comentario me vino su nombre a la mente. Creo que el alemán ya comenzó a visitar a mi mamá, jejeje.

    Saludos

  5. Carlos, ¡ni todo es blanco ni todo es negro, sino todo lo contrario!

    Lo tuyo es una aventura digna de ser contada, porque demuestras que todavía hay GENTE en este mundo. Yo en mi vida he tenido experiencias, no digo similares pero sí dignas de ser comparadas a la tuya, de las cuales ha salido fortalecida mi fe en la gente. Cuando menos te lo crees, te sale un “samaritano” que viene en tu ayuda.

    Recuerdo una moche que me llamaron del Banco Hipotecario Venezolano, que estaba en la Avda. Méjico (Caracas), o por ahí. Eran como las 2:00 de la madrugada, la calle estaba vacía, no había un alma y pude aparcar prácticamente justo frente a la entrada del Banco.

    Cuando bajé y saqué mi maletín de herramientas, oigo una voz que me dice: “Móntese en el carro y lárguese rápido porque hay unos tipos que lo van a atracar”. La voz venía de un mendigo que estaba acampado y medio oculto en un portal. ¡Me cagué!, pero me monté en el carro y me fui. En eso vi a los tres elementos que intentaron bloquearme, pero logré escabullirme.

    En aquella época no había “celulares” así que tuve que llegar a una taguara, medio bar, medio arepera, y llamar al banco.
    Me preguntaron que si estaba loco, que lo que hice no debía ni de pensar hacerlo. Tenía que haberles avisado y el vigilante se hubiese puesto en la puerta y me hubiese abierto cuando hubiese llegado.

    Les dije que en 5 minutos estaría de nuevo allí y, en efecto, el vigilante estaba detrás de la puerta esperándome. Me hizo señas de quedarme en el carro, abrió la puerta, salió pistola en mano, miró y luego me hizo señas de entrar de prisa.

    Cuando salí del banco, que ya estaba amaneciendo, quise acercarme al portal donde estaba el “acampado” para darle una propina, pero encontré solo cartones y una bolsa vacía. O ya se había ido o “alguien” se había encargado de él…

    Nunca supe qué cara tenía. pero siempre le tendré que estar agradecido.

  6. Leo, a comienzos de los años 70 tuve como cliente al Banco Hipotecario Unido (BHU) que estaba, como bien dices, en el extrem este de la Avda. Méjico.

    Si mal no recuerdo, el presidente era Iván Senior, y, de esto estoy seguro, el gerente DP era Víctor Sequeda.

    Espero que a tu mendigo salvador no le hayan hecho daño los frustrados asaltantes.

  7. Eso es lo que yo espero también, porque me salvó de un susto seguro.
    Tienes razón, era y lo fue por mucho tiempo, Victor Sequeda, muy buena gente.

  8. En las bancos hipotecarios que tuve como clientes estaban de DP Mgrs los dos extremos en calidad humana. En el extremo de la buena gente, Víctor Sequeda, y en el contrario uno al que apodábamos PL/1.

    Después de muuuuchos años, en septiembre/2009 volví a ver y saludar a Víctor. Coincidimos en Maiquetía.

  9. Los acontecimientos de ese dia te demuestran que las cosas tienen su hora y lugar, sin duda que el factor Susy, tu vestimenta, etc. pudieron contribuir a que no pasaran a mayores.

    Pero indudablemente que hay miles y miles de venezolanos que son así, llanos y francos, no abusan y respetan a las personas, y ayudan desinteresadamente, y esos valores son los que nos animan a pensar que no entraremos en la fase de un caos o cosas graves.

    He tenido la mala costumbre de no ver con frecuencia el medidor de gasolina de mi carro, así que me han tocado desagradables situaciones que, gracias a personas como las que te ayudaron, he resuelto.

    Recuerdo una en particular. Yo pasé por tu casa, en La Trinidad, un viernes muy tarde, con toda la familia a bordo de una camioneta Ford Fairlane, y acto seguido tomamos rumbo a Puerto Azul. En la recta de El Tigrillo, como a las doce de la noche me quedé sin gasolina; tremendo susto.

    Pues bien, en una camioneta tipo pickup aparecieron unas personas cuyo aspecto por sí solo asustaba, pero, amigo, me remolcaron hasta la entrada de Puerto Azul, Cuando les pregunté cuánto les debía, su respuesta fue “Nada, señor”. Por supuesto que les di —no recuerdo ahora cuánto— lo que no lo querían aceptar, pero al final los convencí, aceptaron y me dieron las gracias un montón de veces.

    Me alegro de que al final todo te resultase bien, y me imagino tu susto.

    Un abrazote,
    Luis Centeno

  10. Luis, aunque fuera de la autopista, ese incidente, con toda la familia a bordo, amerita un susto mayor que el mío.

    En lo del medidor de la gasolina no nos parecemos, pues vivo pendiente de él. También solía hacer lo mismo con el indicador de tmeperatura, pero sin darme cuenta dejé de lado esa buena costumbre porque el indicador de la Explorer no pasó nunca de la mitad,…. hasta que ocurrió lo de la correa. He vuelto a mi vieja costumbre.

  11. Tuve mucho miedo al comenzar a leer tu experiencia, pero, gracias a Dios, todo terminó bien.

    Yo tuve una similar cuando iba hacia El Marqués, pues trabajaba de noche y eran las seis de la tarde cuando el carro Maverick que tenía se recalentó en plena Cota Mil. Se acercaron dos pavos en un jeep y esperaron a que el carro se enfriara. Uno de ellos me pidió un trapo pero como yo no tenía se quitó la franela y la puso sobre el radiador; no sé si para ver si ya estaba frío. Como no había agua cerca, usaron la de un garrafón que ellos traían en el jeep.

    Yo pienso que son ángeles buenos que Dios manda a cuidarnos.

    Tenían examen mis alumnos esa noche, y no se fue ni uno; entonces no había celulares. Me dijeron que si yo no había llamado era señal de que algo me había pasado en el camino.

    Así son las cosas. Tenemos mucha suerte en encontrarnos con personas buenas.

  12. Son muchas las buenas personas que hay en el mundo, pero éstas apenas se hacen notar porque hacer el bien no es noticia.

    Mientras tanto, los de alma enferma son pocos, pero es tan grande el mal que hacen que pareciese que están por todos lados, y que nos tienen rodeados.

    Jorge López Cifre
    http://www.jorge-lopez.info

  13. Carlos, gracias por compartir tu detallada historia a través de las ondas internautas.

    Yo, que salí de Venezuela hace 24 años, agradezco cada día la seguridad y beneficios que tiene el vivir en un país como Canadá. Muchos canadienses no entienden lo que es vivir atemorizados con el peligro potencial que acosa a un país, y se quejan por nimiedades que me dan mucho que pensar.

    Siempre cuento un evento que me ocurrió hace unos treinta años. Una amiga mía tenía que llevar unos documentos al Ministerio de Educación, y, como no tenía carro, me pidió que si la podía llevar. Estacioné bastante cerca, en una calle llena de buhoneros y tanta gente por las aceras que hasta caminaban por la calle. Como yo no tenía aire acondicionado, dejé mi ventana abierta mientras escuchaba música para matar el tiempo. Mi bolso y mis zapatos los había dejado en el asiento de atrás.

    En eso escuché un golpe fuerte, y un señor de la calle me dijo “Le han tirado una piedra desde el edificio”. Me bajé para ver si el carro se había dañado, pero no había ninguna abolladura o rayón. En eso veo que un señor, desde lejos, viene caminando hacia mí con mi bolso. Al estar a mi lado me dice “¿Es esto suyo?”. Le dije que sí, sin entender nada de lo que estaba pasando, y le di mil gracias, pero él, después de entregármelo, se dio la vuelta y se fue.

    Me tomó un poco tratar de entender qué había ocurrido: El señor que me dijo que me habían tirado una piedra debió de haber golpeado con la mano la puerta de mi carro, y cuando salí para mirar hacia el edificio, agarró el bolso y salió corriendo. Un alma buena se lo quitó y me lo devolvió con total desinterés.

    Ni qué decir que en ese bolso llevaba yo 800 bolívares, que entonces era bastante dinero, porque había cobrado mi sueldo de Estampas, revista en la que yo colaboraba en aquella época.

  14. ¡¡¡Menuda odisea!!!

    Una tía mía siempre decía que ella no iba ni a la esquina sin arreglarse, porque no sabía lo que podía pasar, auqnue yo no la imito.

    Al ir leyendo tu narración se me iba acelerando el pulso pensando que algo malo te habían hecho los que por allí pululaban. Realmente, eres especial narrando, creando ambiente y situándonos en escena, pero ya veo que tu Ángel de la Guarda hizo su labor, en forma de “Juan”. Es que hay Juanes y Juanes…..jajaja.

    Me alegro que todo haya quedado en un susto.

    Un abrazo

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