[*ElPaso}– «Espejo de la Vida» / Poesías de Pedro Martín Hernández y Castillo: Parte 2-XXVI

XXVI

Recuerdo el bello día
que cerca de unas aguas cristalinas,
hablábamos de amor frases divinas,
henchidos de alegría.

Recuerdo aquel momento
en que los dos, cediendo a la belleza,
en las aguas mirabas la grandeza
del alto firmamento;

y yo, al querer hallar
lo bello por esencia, sólo a ti
entre las aguas cristalinas vi
como un astro rielar.

Del bosque, vagamente sentíase
el susurro en el follaje,
al agitar los vientos el ramaje,
y el eco de la fuente;

y en ritmos de armonía,
nuestras frases pletóricas de amores,
los trinos de las aves entre flores
y el encanto del día.

Cadencias delicadas
que sienten los espíritus sensibles;
efectos que en los hombres son tangibles
por almas elevadas.

———————————————

Recuerdo el Bello día
cuando ambos en la selva legendaria,
formábamos de amor una plegaria,
henchidos de alegría.

———————————————-

Del éxtasis nos quita (no lo olvido)
la piedra que de un risco desprendida,
enturbió aquellas aguas. Su caída
produjo un eco de espantoso ruido.

Al ver que a ti y al cenit (cosa rara)
el agua no copiaba, con anhelo,
en pos de lo real, miraste al cielo.
Yo en pos de mi ilusión, mire a tu cara.

Mil veces, del amor en los antojos,
quedábamos absortos, sin cesar,
comprendiendo el lenguaje del mirar
que expresaban inquietos nuestros ojos.

Y en coloquios idílicos los dos,
panoramas de dichas concebimos.
En alas del querer los dos cumplimos
las leyes del amor, dadas por Dios:

Amar y ser amado, lo sublime
de la vida, lo excelso y misterioso;
amar y ser amado, lo grandioso
que del caos al mundo lo redime.

Y puro cual el alba, en un momento,
un ósculo sonó lleno de ardor.
Era de nuestras almas en amor,
que de amarse se dieron juramento…

Llegó el fatal instante de partir,
y, mirándonos llenos de tristeza,
marchamos: yo, soñando en tu belleza,
a la América en pos de un porvenir.

Tú, a esperarme en tu casa, me decías,
ambos, tal vez, de una esperanza en pos;
y, cual yo, desde lejos repetías:
«¡Soy tuya hasta la muerte! ¡¡Adiós, adiós!!».

En la ausencia pasáronse tres años
y al volver a mi patria, aquel lugar,
entusiasmado quise visitar,
hallando solamente desengaños,

Como el agua en vapores desprendida,
se fue a otra parte en nube nacarada,
a ti, ¡ingrata! que hasta mi elegida,
¡con otro joven te encontré casada!

[*Drog}– Amor, drogamor y querer

09-04-12

Carlos M. Padrón

Las frases o pensamientos que siguen, supuestamente salidos de mentes brillantes, muestran a las claras la confusión existente entre amor, drogamor y querer.

Además, algunos son contradictorios, como el que asegura que detenerse a pensar si se quiere a alguien significa que ya no se le quiere, vs. el que asegura que nada está nunca acabado, y el que declara —muy acertadamente, en mi opinión— que amar no es solamente querer.

No, amar no es querer, y estar drogamorado sí es querer pero no amar.

***

En el momento en que te paras a pensar si quieres a alguien, ya has dejado de quererle.
Carlos Ruíz Zafón

~~~

Nada está nunca acabado; basta un poco de felicidad para que todo vuelva a empezar.
Émile Zola

~~~

Amar no es solamente querer, es, sobre todo, comprender. Somos y crecemos en la medida en que amamos, y amar significa compartir, servir, y entregarse, algo que representa un camino que nunca acabamos de recorrer.

[*ElPaso}– «Espejo de la Vida» / Poesías de Pedro Martín Hernández y Castillo: Parte 2-XXV

– XXV –

Cuantas veces tus versos he leído, sin jamás comprender
lo que en ellos decir has pretendido,
la estrofa al componer.

Más que líricas frases, pensamientos,
y el arte par esencia,
en tus versos se advierten los intentos
de la fatua apariencia.

Sólo empleas palabras poco usadas,
confundiendo el lenguaje,
cual sombras de la noche, dispersadas,
que eclipsan el paisaje.

Y empleas además la consonancia
que hasta el niño inocente
desde los años de su tierna infancia,
comprende fácilmente.

Y te llamas poeta en tu trovar,
sin tener poesía,
los versos que pretendes encomiar
un día y otro día.

¿No comprendes que el alma que se inspira,
al decir lo que siente,
de la belleza que en el Orbe admira
con entusiasmo ardiente,

en cada verso encierra un pensamiento
o una nota armoniosa,
que le ha dado quizás del firmamento
la bóveda azulada;

o inspirado tal vez en la grandeza
de la tierra y los mares,
y por eso, del Arte la Belleza
existe en sus cantares?

Esas notas sublimes, arpegiadas
con alta inspiración,
las preludian las almas delicadas,
henchidas de emoción.

¿Tú no yes que el poeta delicado,
del Arte siempre en pos,
describe lo más bello y elevado,
cantando amor a Dios?

Canta, poeta, canta en altos vuelos
de amor y libertad.
Con la idea prosigue hasta los cielos
en pos de la Verdad

más que palabras, forja pensamientos
y el arte por esencia,
y tus versos serán siempre portentos
do ritmos y elocuencia.

Pon en tus versos frases delicadas,
talento y armonía
e inspírate en las cosas más preciadas,
que así es la Poesía.

Prosigue el ideal que vas siguiendo
y llega hasta la meta;
mas, sabe que hay peligro confundiendo
versador con poeta.

[*ElPaso}– Memorias de D. Pedro Martín Hernández del Valle, maestro nacional en El Paso entre 1916 y 1920

18-04-2012

Carlos M. Padrón

En la coletilla número 3 de este artículo, conté que mi tío-abuelo, Pedro Martín Hernández, siempre usó estos apellidos, hasta que un día ocurrió que una correspondencia destinada a él le fue entregada, por error del correo, a otro Pedro Martín Hernández que vivía en La Rosa, lo cual le ocasionó a mi tío-abuelo tal perjuicio que, a partir de ese día y para diferenciarse de ese otro Pedro Martín Hernández, incorporó a sus apellidos «y Castillo» —en El Paso, el ‘Castillo’ fungía como genérico de su familia—, y pasó a firmar como Pedro Martín Hernández y Castillo.

Por obra y gracias de este blog, José Antonio Leonés, un bisnieto de ese otro Pedro Martín Hernández, descubrió el mencionado artículo, me contactó, primero por comentario puesto en Padronel y luego por varios e-mails, y me ha enviado un resumen de la biografía y diario de ese otro Pedro Martín Hernández que, también para diferenciarse de mi tío-abuelo, añadió a su nombre «del Valle», y que no vivía en La Rosa sino en Paso de Abajo, creo que, concretamente, en o cerca del lugar conocido como Cajita del Agua.

A continuación, el extracto que de las memorias de D. Pedro Martín Hernández del Valle que amablemente me ha hecho llegar, con una explicación previa a guisa de prólogo, su bisnieto, José Antonio Leonés, quien vive en Las Palmas.

Lo escrito por D. Pedro Martín Hernández del Valle en sus memorias da una buena idea de cómo era la vida en El Paso de los tiempos de la Primera Guerra Mundial.

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Prólogo

Por José Antonio Leonés

D. Pedro Martín Hernández del Valle, mi bisabuelo, llegó a El Paso en 1916, y a los pocos meses se le unió el resto de su familia.

Desde que llegó estuvo viviendo y dando clases, como maestro de primaria, en esa ciudad, hasta el 17/11/1920 fecha en la que salió desde El Paso para Cuba.

Nació en Santa Cruz de la Palma el 19/09/1874, y falleció en la ciudad de Las Palmas el 12/04/1963. Le sobrevivieron 12 hijos, de los cuales sólo queda la más pequeña que actualmente cuenta con 91 años y está muy enferma.

En su estancia en El Paso le nacieron dos hijos: uno, el décimo, en 1917, y el otro en 1918.

La foto aquí reproducida es la que ilustra la primera página de sus memorias, que comenzó a escribir en 1935, a los 61 años, e hizo en ellas las últimas anotaciones cuando ya tenía 82.

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 Extracto de las memorias

Por este tiempo, en mis ratos de descanso, después de dar clase, y como no podía ir con igual frecuencia a ver a mi querida madre por ser tan lejos (en Santa Cruz de La Palma, a unos cincuenta y tantos kilómetros de El Paso), fue cuando construí los juguetes de cedro, a excepción del altarcito —que lo hice años después, en un verano en el golfo— y el recuerdo que dediqué a mi hijo, en los días en que esto escribo.

(D. Pedro Martín Hernández del Valle)

Pequeños aún mis hijos, alternaba yo mis descansos y distracciones con la confección de los juguetes, en la composición de los zapatos, que no eran pocos, y en mis juegos y paseos con ellos.

Eran un batallón cuando los llevábamos a todos a ver las fiestas de la Cruz, que en este pueblo se celebran mucho, y en las cuales Francisca, Saminia y Conchita, en unión de otras niñas, hacían sus apariciones (así creo que es la palabra) en que representaban comedías (1) dedicadas a la Cruz.

Casi siempre, después de las oraciones que conmigo rezaban, los sentaba en fila sobre una gran mesa que teníamos y, frente a ellos, me sentaba yo en una silla y, o bien tocaba la guitarra, o, a elección de la mayoría de ellos, les contaba aquellas célebres e improvisadas consejas o historietas de las que con frecuencia era protagonista Torcuato Quarapelo.

A la sazón estábamos en plena guerra europea, o Gran Guerra, y había escasez de muchas cosas. Nos alumbrábamos con lamparitas de aceite, por no haber otra clase de luz, y también con éstas dábamos clase.

Para conseguir pan negro tenía yo que levantarme muy temprano. El grano de trigo se repartía en proporción al número de hijos; sólo había un artículo para bien de tantos pobres: los plátanos.

Cuando por alguna circunstancia imprevista no podíamos ir a misa, algunos domingos, encendiendo la lámpara y reuniéndolos a todos, rezábamos las oraciones de la misma en el tercio del Rosario, y luego, al terminar, a jugar, a gritar, a correr, y a llenar el salón de algarabía. ¡Entonces sí tenía yo cabeza!

Por algún tiempo di clases en el Paso de Abajo, en Cajita del Agua, yendo después de almuerzo a la Plaza de la Iglesia, y más tarde al Paso de Arriba.

Estos viajes al Paso de Arriba, sobre todo en verano, sí me mataban. Cuando el tiempo que llaman «de levante», o tiempo sur, azotaba el pueblo, llegaba yo al Paso de Arriba —que me quedaba como a tres o más kilómetros de distancia— completamente sudado y ardiéndome los ojos. Y como el trayecto era todo de calzadas pendientes y soleadas, apenas se respiraba más que las bocanadas ardientes del aire seco, que, a veces, parecía asfixiarme.

Y cuando en vez de levante soplaba el viento al que llamaban “la brisa”, su empuje era tan violento que, para protegerme, ponía yo frente a mí un paraguas abierto, en bolinas, sujetándolo por las varillas hasta que pasara la ráfaga (2). Y a veces tenía que buscar refugio al socaire de alguna pared.

Después dejé estas clases y sólo iba a Tajuya, algo más retirado pero mejor camino, donde tenía niños ya mayores de 14 años.

Como había hecho yo en la Breña, en El Paso organicé varias veces a fin de curso los Ensayos Literarios en el salón de la Casa-Escuela, que era grande pero no tanto como para albergar al público, por lo que, a instancias de éste, repetí lo mismo, días después, en el Casino (3) del pueblo que tuvo un lleno grande y la representación gustó bastante, como cosa nunca vista allí, terminando luego el público con un baile.

Que yo recuerde, entonces, y a pesar de tener el título de ciudad, durante los años que estuve en El Paso, éste no tenía más que dos escuelas públicas: una de niños y otra de niñas, además de un colegio privado que regentaba un señor de mi mismo nombre y apellidos, Pedro Martín Hernández, pero que él, en vista de que yo me llamaba igual, se colocó al final ‘y Castillo’ (aunque no tengo seguridad de esto, pues bien pudiera ser que siempre hubiera usado estos apellidos), así como yo, que a veces he puesto el legendario apellido de mis mayores, coloqué al final del mío ‘del Valle’, para evitar confusiones.

Yo no tenía amistad con el otro Pedro Martín Hernández porque quedábamos muy retirados —él en Paso de Arriba y yo en Paso de Abajo— y él era natural de allí.

Por este tiempo, contrajo mi hijo Pedro León la terrible enfermedad del garrotillo, o difteria, cuya salvación estaba en la vacuna antidiftérica, según la prisa que me dio el médico, y que valía entonces cuarenta pesetas.

Como yo carecía de esta cantidad, acudí corriendo a casa de quien me parecía que podía sacarme del apuro. Pero no fue así, pues el señor cura del pueblo, a quien yo conocía y que me conocía a mí, no me sirvió, aunque pudo haberme ayudado, pero me mandó a casa del alcalde. quien me dijo que no había presupuesto para eso.

Yo, medio loco, fui a la botica a empeñar una cámara fotográfica para conseguir la medicina, pero aunque el farmacéutico no aceptó el empeño, sí me dio la vacuna, que días después le pagué, salvándose mi hijo gracias a Dios y a Vicentico Capote, que así llamaban al farmacéutico. Tanto por éste como por aquéllos he rogado a Dios que les haya perdonado, como yo lo he hecho.

Si añadimos a esto que el señor cura y el alcalde eran religiosos y de los pudientes en una ciudad sin clínica ni hospital, y que Vicentico, el farmacéutico, pasaba por irreligioso o indiferente, según decían, y yo nunca lo vi en la iglesia, ¿qué diríamos?

No digamos nada. Dios, que conoce la conciencia de los hombres, que ve nuestras miserias y errores, es el que da premio y castigo. Perdonemos y roguemos por ellos, para poder, a la vez, ser perdonados por nuestras propias faltas.

No recuerdo bien la fecha, probablemente fue la primavera de 1919.

Preparados los niños con lo mismo que hacíamos en el colegio y que efectuamos en el casino (3), por indicaciones de alguien, o tal vez por mi propia iniciativa, bajamos a Santa Cruz de la Palma, en paseo o excursión y, además, para que en el Circo de Marte, o teatro de esa ciudad, representaran los niños los mismos juegos.

No fueron todos mis alumnos, sino algunos de los más capacitados o preparados y que quisieron ir. La mayor parte de ellos fueron como niños ansiosos de ver lo que no habían visto y divertirse, y, entre ellos, mis hijas Francisquita, Saminia y Conchita. Todos en coche.

Pero, bien porque el abierto escenario y el amplio circo no guardaran las debidas proporciones acústicas para la audición en los recitados y discursos de los niños, en que el público pedía más voz; tal vez por mi tontería de querer lucir al maestro y a los discípulos; o quizás por envidia de los de arriba y de los de abajo, que así me lo hicieron ver después en la propaganda que hicieron en contra, el acto fue un fracaso que me amargó, pero que me curó de mis humos de artista, si es que he podido sustentarlos alguna vez, yo que nunca frecuenté academia alguna.

Por lo demás, “nadie es profeta en su patria”, ni esta patria puede tolerar jamás que un hijo del pueblo pueda dar lecciones a aquéllos que, aun habiendo frecuentado las academias, puedan equivocarse o extraviarse.

Quiera el cielo que nuestros nietos sean más felices, con leyes más justas y sabias que permitan que el pobre pueda escalar las ciencias, las artes, la industria y el comercio, que tantas veces han muerto en embrión al no haber podido desarrollarse por falta de medios económicos, malográndose así las vocaciones e intuiciones del genio.

Después, todos los niños regresaron de la misma manera, menos mis tres hijas y yo que, un día después, tomamos el camino a pie, por la Cumbre Nueva.

Nos levantamos temprano, llegando a una venta casi al pie del monte, y allí nos desayunamos, descansando.

Luego seguimos ascendiendo, hasta llegar a aquella ubérrima vegetación tropical, semejante a la de América, que nos daba sombra y frescura, embalsamada con el olor montaraz de las hayas, de los brezos, de los laureles y acebuches en flor, oyendo la armonía de los pájaros con el sonoro titileo de las fuentes.

Llegamos a la cima del monte y notamos, ¡cosa rara!, que apenas comenzamos a descender y dejamos el sol a nuestra espalda, cambia la vegetación y sólo se ven pinos y más pinos: fragancia de pinares y alfombra de pinillo —que en El Hierro llaman ‘basa’—, sobre la que se deslizaban los pies y se patinaba sin patines.

Después… la vista panorámica de El Paso, que en la estación florida no parece sino un inmenso jardín lleno de las flores de los almendros, que a la luz del sol resultaban semidoradas, envolviendo, por un lado y por el otro, las blancas y recortadas paredes de las diseminadas casas.

Mis hijas seguían corriendo ladera abajo por entre plantaciones nuevas de jóvenes y enhiestos pinos, hasta llegar al pie del más gigante y centenario, padre de todos, bajo cuyos robustos brazos está la capilla de la Virgen del Pino, cuya imagen estaba antes en la oquedad de la corteza del tronco de ese pino.

Una hora después, estábamos en casa.

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NotasCMP.

  • (1) Es lo que, al menos desde mis tiempos, en El Paso llamamos ‘loas’
  • (2) Cuando la brisa sopla en días húmedos, sus alocadas ráfagas de viento vienen cargadas de gotas de agua que, como si fueran pequeños alfileres, se clavan en la humanidad de quienes las enfrentan. Éste es el motivo por el cual don Pedro usaba un paraguas como escudo, pero sujetándolo por las varillas ya que, de haberlo hecho por el mango, el viento se lo habría arrebatado.
  • (3) Que yo sepa, y que sepan algunos pasenses octogenarios a quienes he preguntado al respecto, en El Paso nunca hubo algo llamado casino. Esa función la cumplió, desde 1926, cuando fue inaugurado, el Teatro Monterrey. Ante esto, deduzco que por ‘casino’ se refiere al llamado Gurugú, lugar donde, antes de Monterry, se celebraban bailes y otros actos sociales, y que aún está, en total ruina y abandono, cerca de mi casa natal.

Curiosamente, la coincidencia entre mi tío-abuelo, Pedro Martín Hernández y Castillo, y el Pedro Martín Hernández del Valle, sujeto de este artículo, no fue sólo el nombre, pues ambos fueron maestros, ambos fueron muy religiosos, y ambos murieron el año 1963; uno en Santa Cruz de Tenerife, y el otro en Las Palmas.

[*Opino}– España a ojos de los extranjeros

17-04-12

Carlos M. Padrón

Entre junio de 1993 y hasta diciembre de 1995, trabajando yo aún en IBM, tuve mi base de operaciones en España. y desde allí visitaba otros países Europeos, principalmente los nórdicos, para buscar aplicaciones que pudieran servir a la Banca de América Latina y para, al mismo tiempo, promocionar otras hechas en esa región o en España.

Cuando en uno de esos países nórdicos me dijeron «Carlos, de España, háblanos de fútbol y de algunas cosas de comer y beber; de tecnología, nada» lo tomé como algo anecdótico, pero cuando, con ligeras variantes, me lo dijeron en los demás, caí en cuenta de que era en serio: al menos de informática, no querían nada made in Spain.

Cuando, interesado por el asunto, sacaba yo adrede el tema de España, un par de veces me dijeron que «científico y español son términos excluyentes».

Hoy, casi 20 años después, la encuesta de que trata el artículo que copio más abajo revela que ese criterio no sólo no ha cambiado sino que ahora esgrime nuevos argumentos en la misma dirección, y me pregunto si será por eso que el gobierno español ha visto que no vale la pena y ha recortado el presupuesto destinado a la Ciencia.

En España, algo hay de «barato» en torno a ésta, pues me parece casi patético que los medios digitales de ese país destaquen con bombos y platillos —y siempre en titulares de artículos que incluyen un «Científicos españoles….»—, logros que, bien mirados, no ameritan tal fanfarria. Como ejemplo doy sólo los tres últimos titulares que recuerdo por el mucho tiempo que los vi:

El último de estos titulares lleva ya once días en los primeros lugares de esa prensa digital española, como si se tratara del descubrimiento de la cura contra el cáncer, el alzhéimer, o algo de similar importancia.

Y eso contrasta con la forma en que esos mismos medios reportan otras noticias, como ésta, que apareció el 17/04/12: «Un equipo internacional de científicos ha dado el primer paso para la construcción de un ordenador computador cuántico dentro de un diamante». De haber en ese equipo un miembro español, seguro que habrían escrito «Un equipo internacional de científicos, del forma parte un español, ha dado el primer paso para la construcción de un ordenador computador cuántico dentro de un diamante.

El tachado de ordenador lo he hecho yo, por lo que ya he explicado.

***

16/04/2012

J. F. A.

La marca España se queda en los tópicos

Desde que los países salen a los mercados reconvertidos en lo que los expertos llaman «Estado-marca» o «marca país», argumentos como imagen o reputación son determinantes, exactamente igual que ocurre con cualquier marca comercial.

¿Cómo se ve a España fuera de nuestras fronteras? ¿Qué piensan de nuestro país, qué les sugiera, con qué términos lo identifican?

El Instituto DYM le ha hecho esas preguntas a los responsables en 48 países de WIN, una red internacional e independiente de institutos de investigación de mercado, unidos para crear una plataforma global.

«Dígame, por favor, las tres palabras que le vienen a la mente espontáneamente cuando usted escucha la palabra España», se pidió a los directivos.

El resultado de la investigación no parece muy alentador.

Entre los cuarenta y ocho responsables de investigación social y de mercados consultados, las dos menciones más concretas y extendidas fueron fútbol (27%) y corridas de toros (25%). Y bastante por detrás, «un amplio y variado junto de menciones» entre las que destaca el sol (16,7%), el flamenco (8,3%), las vacaciones (10,4%) o la paella (8,3%).

Cabe subrayar, además, la notoriedad de Barcelona, ciudad que mencionan el 20,8% de los encuestados.

Sol y playa, y fútbol y toros forman el cuadrado más tópico entre los previsibles.

Si se mira más en profundidad la lista de las menciones, los investigadores consultados citan también —en mucho menor medida— el Guernica, Gaudí, el Camino de Santiago, El Quijote, la Sagrada Familia o Picasso, en el apartado cultural.

Y el carácter español, del que, sorprendentemente, utilizan las expresiones pasión y libertinaje. Sin embargo, no hay ni una sola cita relacionada con la investigación, la industria o la tecnología.

Fuente: ABC

[*Opino}– Las mujeres y los hombres ‘maduros’, y el ‘déficit sexual masculino’

17-04-12

Carlos M. Padrón

Según Rita Rudner —una useña. comediante, escritora y actriz—,

La antigua teoría era: «Cásate con un hombre mayor porque son maduros». Pero la nueva teoría es: «Los hombres no maduran; cásate con quien te dé la gana».

Como esta señora se permitió generalizar, yo lo haré también.

Sigo sin saber, porque no he conseguido que nadie me lo explique de forma lógica, qué consideran las mujeres que es la madurez, tanto en ellas como en nosotros, los hombres.

Según el DRAE, madurez es buen juicio o prudencia, sensatez.

Entonces, ¿podría decirse que lo que sigue es madurez?

  • Emperifollarse para ir a cualquier lado
  • Tener un montón de vestidos y zapatos
  • Tratar con las amigas temas sobre moda, vida ajena, intrigas en el trabajo, infidelidades, caza del varón socialmente bien posicionado
  • Ir a cada rato a la peluquería a «disfrazarse», criticar, etc.,… para impresionar a sus congéneres
  • Ver telenovelas
  • Implantarse siliconas en los pechos para dar envidia a sus congéneres
  • Pretender que su marido sea un «Yesman» (el que dice ‘sí’ a todo), la mime, la consienta, y acepte siempre los consejos que ella le da, aunque él no los haya pedido.
  • Etc.

¿Podría decirse que la frivolidad es madurez?

Pues la mayor parte de estas cosas, si no todas y más, son frivolidades que hacen la mayoría de las mujeres, si es que no llegan a comportarse como las de «Zánganas emparejadas» (= Mujeres desesperadas).

Insisto en que si se quiere saber cómo es realmente una mujer, no hay mejor forma que verla y escucharla, sin que ella se dé cuenta, cuando está reunida con sus amigas. Lo elevado de los temas y lo profundo y constructivo de los comentarios son exponentes de una gran «madurez», algo como para que el mundo salga de la crisis financiera en que está sumido.

Al dar con el artículo que copio a continuación, me pregunto si no será que las mujeres consideran como inmadurez del hombre que éste, aunque tenga su pareja, siga mirando a otras mujeres y no pueda evitar hacer comparaciones.

Sí, tal vez tenga mucho que ver lo que en el tal artículo llaman ‘déficit sexual masculino’.

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13 de Abril de 2012

Por Remedios Morales

Catherine Hakim, doctora en Sociología y profesora en la London School of Economics, ha escrito un libro titulado «El capital erótico» que, como reza el subtítulo, es el poder de fascinar a los demás. Y yo añado que mediante el atractivo sexual.

Hakim ha estudiado a fondo las encuestas disponibles sobre el sexo, y ha descubierto una mina: el «déficit sexual masculino», que no significa que los hombres tengan depauperadas sus partes secretas sino, más bien, lo contrario.

La doctora le asigna ese término económico al hecho de que los hombres tienen mayor deseo sexual que las mujeres, cosa que sitúa a éstas en posición de negociar con ventaja, y a los hombres los deja en precario porque padecen escasez crónica de sexo.

La doctora cree que ha puesto un huevo enorme con su descubrimiento, pero eso es porque no se lee el suplemento dominical de LD. Si lo hiciera, sabría que en estas páginas yo me he referido a ese fenómeno muchas veces con otro término económico: «exceso de demanda sexual masculina», y quizá también de otras formas menos finas.

La mayor demanda sexual masculina no es un fenómeno exclusivamente humano sino que se extiende a todas las especies en las que los machos consideran a las hembras un bien escaso y hacen lo posible por acumularlas, llegando a competir abiertamente entre ellos para ver lo que pillan.

Un buen puñado de biólogos se ha referido a este mayor apetito sexual de los machos, y lo ha explicado. Yo me fijé en las implicaciones que este exceso de demanda tenía en los humanos, y en cómo éstos han hecho las cosas a su manera, desarrollando, junto al mercado sexual, sin costos para los hombres, otro mercado paralelo, el matrimonial, en el que el macho humano asume el papel de padre.

Pero no voy a hablar de todo esto por no repetirme.

Hakim cree que el capital erótico tiene una importancia digamos que… capital. Lo que pasa es que el patriarcado impidió asignar un valor a este activo de las mujeres porque era algo que se daba por supuesto. En cambio, las penalizaba cuando carecían de él.

Las feministas niegan el déficit sexual masculino, como niegan y tachan de «esencialista» cualquier sugerencia acerca de una diferencia entre los sexos que no provenga de la cultura patriarcal y que sea inamovible.

Según ellas, si las mujeres no se sintieran oprimidas ni dominadas tendrían la misma conducta sexual que los hombres. Falso, dice Hakim con mucha razón. En la actualidad, los anticonceptivos y la mayor transigencia con respecto al sexo ya no permiten, de ninguna manera, achacar a la cultura patriarcal esa mayor desgana sexual de las mujeres que, de forma universal, se refleja en las encuestas y ocurre, sobre todo, a partir de los treinta años.

En este sentido, el feminismo radical es más limitador que liberador porque no anima a las mujeres a explotar abiertamente en su provecho ese exceso de demanda sexual masculina.

A las mujeres no las aparta del sexo la opresión patriarcal ni ninguna zarandaja por el estilo. El baremo de la sexualidad no tiene por qué marcarlo la apetencia sexual de los hombres.

A las mujeres no les pasa nada; son así, y este desajuste sexual tiene su explicación en las diferentes estrategias reproductivas de los sexos, que también he explicado otras veces, aunque estoy segura de que Hakim lo desconoce.

El déficit sexual masculino concedería, pues, una ventaja a las mujeres que fueran capaces de negociar con su capital erótico; y yo digo que ellas lo utilizan constantemente, por ejemplo, para ascender de categoría mediante el matrimonio.

Sin embargo, la negociación con el capital erótico como moneda de cambio puede ir mucho más allá, y de ello dan fe bonitos ejemplos desde la antigüedad.

Ahora me viene a la memoria Ester, que se engalanó para hallar gracia ante los ojos de su esposo, el rey Asuero, y pedirle protección para los judíos. Hasta tuvo el morro de desmayarse para dejarlo anonadado con su belleza lánguida y evitar su cólera.

Y ahí está Cleopatra, mujer inteligente y negociadora, que fue al encuentro de Marco Antonio después de ser embellecida, maquillada y masajeada durante horas por un contingente de esclavas. Incluso llegó al extremo de perfumar las velas de su nave, consiguiendo, según Plutarco, que «los vientos enfermaran de amor».

Sin embargo, trasformar abiertamente el capital erótico en dinero siempre fue un asunto mal visto, tanto por las feministas como por el patriarcado, por ser cosa de prostitutas.

Consecuente con su pensamiento y con el mío, a Hakim le parece mal que se metan con las prostitutas. Ella está a favor de que toda mujer aproveche sin escrúpulos su poder de fascinación para alcanzar la riqueza y el poder. Yo misma he dicho alguna vez que el sexo debe ser caro para los hombres, y, por cierto, eso no ha sentado muy bien.

La doctora da consejos para desplegar todo el potencial sexual: cuidar la imagen, adelgazar, ponerse buena ropa, y pasar por el quirófano si es el caso. Es duro, pero la vida de una mujer puede mejorar muchísimo. Veamos el ejemplo que propone.

Son dos hermanas, una guapa, que acumula capital erótico como una hormiguita, vela por su belleza con celo renovado y va por ahí coqueteando más que una gallina y sacando partido de todo. En contraposición, la otra hermana es como una cigarra que descuida su imagen, no se maquilla, engorda y se muestra torpe e insegura.

La primera triunfa fácilmente, y a los cuarenta años es una rica empresaria, ha tenido varios novios, viaja mucho y frecuenta restaurantes de lujo. Mientras, su desmañada hermana es una pringada, que trabaja para otros, en empleos esporádicos mal pagados. Pero, además, ¡qué horror!, la principal fuente de ingresos familiar es su marido, «una estrella en el campo de la ciencia».

Esta parábola me ha hecho reflexionar mucho porque refleja lo que se considera las metas correctas para una mujer moderna: independencia, soledad, trabajo y dinero.

Y pienso que quizá no coincidan, exactamente, con la idea de felicidad que tienen muchas mujeres (y hombres). Invertir en armas de seducción para acumular responsabilidades, novios, horas de avión y fiestas, a lo mejor no merece la pena. Yo siento la tentación de quemar la faja reductora, el sostén reforzado «sublime» y la crema del papo, porque estar tan buena y resultona puede proporcionarme un halo de atracción que me haga polvo la vida.

En la historia de la Ciencia se han dado casos en que dos científicos descubren lo mismo simultáneamente. Darwin y el pobre Wallace, coincidiendo en desarrollar la teoría de la evolución. Y Newton y Leibniz en el desarrollo del cálculo diferencial.

Bueno, pues la doctora Hakim y yo representamos la última contingencia de este tipo. Hakim, es usted un grano en la zona glútea de mi cerebro. Una de las dos está de sobra en esto del sexo. Ni siquiera me queda el consuelo de rebatirla porque me ha calcado algunos de mis razonamientos más elegantes.

Sin embargo, como no quiero ser una triunfadora, la perdono por esta vez si deja de poner malos ejemplos, que los tiene a montones.

En cualquier caso, mi término «exceso de demanda sexual masculina» me gusta infinitamente más que el suyo del «déficit sexual masculino», que me suena equivoco e irritante.

Fuente: Libertad Digital

[*ElPaso}– «Espejo de la Vida» / Poesías de Pedro Martín Hernández y Castillo: Parte 2-XXIV

–  XXIV

Cuántas veces un ser en la pobreza
te ha pedido limosna, y tú, ¡inhumano!
le has dicho con insólita presteza:
«Perdóneme por hoy. Váyase, hermano».

Hambriento ha vuelto el pobre  un nuevo día,
y a tu puerta llamó, mas al portero
has díchole con aire de ironía:
«Que se vaya ese pobre majadero».

Por vivir en constante ambicionar,
no has querido cumplir con tu deber,
ni comprendes, avaro, el gran placer
que siente el alma, una limosna al dar.

No has saciado la sed del egoísmo
y, por eso, en tu loca vanidad,
no conoces lo que es el Cristianismo,
ni comprendes lo que es la Caridad.

La Caridad, emanación del Cielo,
que alivia de la vida los pesares.
Practiquémosla todos y, con celo,
visitemos los míseros hogares.

La Caridad, esencia del amor,
que embellece a las almas candorosas;
la Caridad, alivio del dolor,
sendero de azucenas y de rosas.

La Caridad, lo excelso, lo sublime
que al Cielo vinculiza con la Tierra;
virtud la más grandiosa que redime
y liberta a los hombres de la guerra.

Socorre siempre al mísero infelice,
y, por lo poco que le dé tu mano,
contesta lo que ayer tu afán te dice:
«Perdóname por hoy. ¡Adiós, hermano!»

[*FP}– Cuando viajar era un placer

11-04-12

Carlos M. Padrón

Tal parece que en mi destino estuvo siempre el viajar.

Y así lo quería mi padre, pues cuando descubrió lo mucho que me gustaba el arroz, y lo poco que de él se comía en casa porque era caro, me dijo «Cuando vayas a América te cansarás de comer arroz».

No dijo «si vas a América», no; él daba por hecho que yo, al igual que ya habían hecho mis dos hermanos, me iría a América, como también lo había hecho él, mi padre, y mis abuelos, bisabuelos, tatarabuelos, choznos, etc., y a veces también sus cónyuges, pues mi abuela paterna era cubana. O sea, que los Padrón a los que pertenezco hemos sido emigrantes por siglos.

Por pertenecer a una familia así, no es raro que entre los relatos que recuerdo de mis años infantiles estén los de los viajes que mi padre hizo a Cuba, y los que hicieron tíos y vecinos. Todos ellos daban gran importancia a esos lances en su vida, y mi antena infantil captaba esa importancia.

El primer viaje que hice fue en abril de 1950, cuando mi tío Pedro Castillo y su mujer, tía Nila, se mudaron a Santa Cruz de Tenerife —y nunca volvieron a El Paso—, y mi padre me mandó con ellos para que en Tenerife me viera el oftalmólogo don Corviniano, ya que mi maestro de primaria, don Enrique Campos (q.e.p.d.), le había dicho a mi padre que yo no veía bien, pues aún sentándome él en la primera fila del aula de clase, me costaba mucho leer lo escrito en el pizarrón.

Fue un viaje en barco, con salida, en la noche, del puerto de Santa Cruz de La Palma, para llegar al de Santa Cruz de Tenerife a primeras horas de la mañana del día siguiente.

Por supuesto, mareé de lo lindo, pues entonces los barcos, llamados de cabotaje, que cubrían las travesías interinsulares eran pequeños y viejos, y se movían a todo dar. Pero para mí valió la pena, pues por fin había hecho un viaje.

Luego hice muchos más, siempre en barco y siempre desde el puerto de Santa Cruz de La Palma hasta el de Santa Cruz de Tenerife, y viceversa, cuando a partir de 1951 iba yo a presentar exámenes de bachillerato.

Cuando en septiembre de 1957 «abandoné el nido» —como llamaba mi padre al acto crucial de dejar el hogar para volar por cuenta propia— y con mi maleta de cartón me dirigí a La Plaza (centro del pueblo) para abordar la guagua que me llevaría a Santa Cruz de La Palma, el marido de una prima mía acertó a salir de la casa justo en el momento en que yo pasaba frente a ella.

Sabedor de que yo dejaría mi casa ese día, al verme maleta en mano me dijo algo que — en aquel momento en que me sentía asustado, con el corazón en un puño y con ganas de llorar— me pareció una frivolidad nacida de la necesidad de no quedarse callado. Señalando a mi maleta sentenció: «Ten cuidado porque crea hábito».

Sí, fue una sentencia por ni siquiera él supuso que el tal hábito llegaría a ser lo que fue.

Desde Santa Cruz de Tenerife viajé cada año, desde 1958 a 1961, entre Tenerife y La Palma, pero en avión, en los viejos DC-3 que cubrían el trayecto entre Los Rodeos —entonces el único aeropuerto de Tenerife—, y el único aeropuerto de La Palma, uno con una pista de apenas el largo mínimo que, para «tranquilidad» de los viajeros, comenzaba en un barranco y terminaba en un cementerio, o al revés, según se vea.

Después de probar el avión concluí que lo prefería, con mucho, al barco, lo cual no es raro porque nunca me agradó el mar.

Y en 1961 ocurrió el gran viaje: de Canarias a Venezuela, en barco. En uno, el «Bianca C», que en su regreso a Italia hizo escala en la isla de Grenada, y una explosión en el interior del barco desató un fuego que acabó con él en un accidente que le ganó el sobrenombre de «El Titanic del Caribe».

Ya en Venezuela, durante mi vida laboral en Olivetti, hice, siempre en avión, varios vuelos nacionales —el primero, en un Caravelle— y mi primero internacional (Caracas – New York – Milano – Madrid – Tenerife – La Palma – Tenerife – Las Palmas – Caracas). Y durante mi vida laboral en IBM ya rompí cualquier medida que el marido de mi prima hubiera siquiera soñado.

La pasada semana, mi hija Elena me pidió que tratara de ubicar datos de un evento ocurrido entre 1990 y 1992. Eché mano de mis agendas y no pude menos que asombrarme al descubrir que cada 15 días viajaba yo a algún otro país, casi siempre a USA, por motivos de trabajo.

Haciendo memoria al notar eso, caí en cuenta de que, desde 1985 y hasta 1997, podría decirse que viví montado en un avión, sobre todo entre 1990 y 1995.

Era algo que me gustaba, pues siempre me he sentido seguro al volar, tanto más cuanto mayor el avión. Además, no había ni la congestión que hay ahora en los aeropuertos, ni los malditos controles de seguridad que casi obligan al pasajero a hacer streeptease.

En todas las filiales de IBM había una o más agencias de viajes que se encargaban de los preparativos de los viajes de los empleados de la compañía, y por eso me acostumbré a que, al querer viajar, no tenía yo que molestarme en hacerme cargo de eso..

Pero los tiempos cambian y, una vez que dejé IBM, sí tuve que hacerlo, y a veces con malos resultados que implicaron gasto de tiempo y dinero, que pude haber evitado de haber contado entonces, como cuento ahora con el acceso a organizaciones especializadas que trabajan vía internet y que me facilitan enormemente la búsqueda de un vuelo barato que se ajuste mi presupuesto.

Dados los precios que ahora tienen los vuelos, mejor es contar con ayudas de este tipo, pues sin un soporte así no es nada fácil dar con el vuelo adecuado a nuestro bolsillo, con su tarifa, su horario, etc., y, una vez encontrado todo, hacer las debidas reservas o comprar de una vez los pasajes.

Viajé tanto que ahora, de sólo pensar en hacerlo, ya me siento mal, pero la facilidad que da internet para contactar con estas organizaciones, y el ahorro que ellas proporcionan, es lo que viene a mitigar ese malestar, ya que no pueden evitarme el mal trago de las horas perdidas en los aeropuertos por la anticipación que, debido a los dichosos controles de seguridad, piden las líneas aéreas, y, sobre todo, debido a los controles en sí.

[*Opino}– ¿Conectados pero solos? Un serio problema social

04-04-12

Hace meses, mientras almorzaba con mi mujer en un restaurante, vimos con asombro que los miembros, hombre y mujer, de una pareja que ocupaba la mesa de al lado estaban enfrascados en el uso de sus aparatos celulares, y no se dirigían palabra.

Luego, a una celebración de cumpleaños que tenía lugar en la casa del cumpleañero y era sólo para algunos parientes y allegados, llegaron unos jóvenes. Inmediatamente después de saludar, uno se sentó, sacó su smartphone y se puso a «jugar» con él sin ocuparse de nada más.

Y algunos otros de los allí presentes, de más edad que el tal joven, también hicieron lo propio, aunque participando de vez en cuando en la conversación.

Son comportamientos que, lamentablemente, se ven cada vez más, y que, en el caso del primero, es una lamentable y peligrosa pérdida de la necesaria comunicación de pareja; y, en el caso del segundo, es, cuando menos, una falta de educación. Y son, además, un serio peligro.

Acerca de esta ya más que preocupante manifestación social, mi hija Elena, la psicóloga, me ha hecho llegar lo que puede verse en este enlace, del famoso programa TED, en el que la también psicóloga Sherry Turkle*, en una conferencia titulada Connected, but alone? (= ¿Conectados pero solos?) analiza las implicaciones de este —por demás desagradable y, según ella, también peligroso— fenómeno social.

De la conferencia de Sherry Turkle —que está en inglés, aunque muy bien pronunciado y con posibilidad de subtítulos en el mismo idioma— voy a referirme sólo a algunos puntos que llamaron mi atención.

Tras este fenómeno se esconde el temor a la soledad, y la consiguiente modificación del famoso «Pienso, luego existo» en un erróneo «Comparto, luego existo». Y de ahí que se haya tenido la peregrina idea de, por ejemplo, usar robots, llamados «sociales» y pensados para dar compañía a personas ya mayores quienes, en algunos casos, viven situaciones críticas como la pérdida de un ser querido, algo para lo que creo que sirve mucho mejor un perro que, al menos, tiene la capacidad de sintonizar con los sentimientos de su amo.

Esto sólo ocurre porque, como dice Sherry Turkle, esperamos más de la tecnología que de nuestro prójimo, y porque, al menos los jóvenes de hoy, no sólo no saben conversar sino que tienen miedo a hacerlo porque una conversación transcurre en tiempo real, mientras que los mensajes de texto pueden ser corregidos o borrados.

Para colmo, esta tecnología gusta más a quienes son más vulnerables, y a quienes se sienten solos y temen la intimidad. Para esta gente, sentirse solos les lleva a echar mano del smartphone para conectarse y tener la sensación de que ya no están solos.

Se huye de la intimidad, y se tiene una ilusión de compañía, pero sin buscar, y menos exigir, amistad de la verdadera, que no es precisamente la que proclaman las redes sociales que han degradado el sentido y contenido de esta palabra.

Todo esto ha llevado a una peligrosa inversión de términos que aumenta la soledad y, por tanto, el temor a ella. Antes se decía «Siento algo, y necesito hacer una llamada», pero ahora se dice «Quiero sentir algo, y necesito enviar un texto».

Contra los perniciosos efectos de este fenómeno, hay que desarrollar la capacidad de saber estar solo.

Así como ahora vemos en todos lados sitios libres de humo, en nuestra casa hay que demarcar sitios «sagrados», o sea, sitios libres de smartphones y artilugios similares y, por tanto, libres del mortificante —y, cuando menos, grosero— bip bip que anuncia la llegada de un nuevo mensaje que requiere revisión y, casi siempre, respuesta.

Se trata de estar junto a seres humanos, no de estar conectados a quienes están lejos y a quienes, muchas veces, no son en nuestra vida tan importantes como la persona que tenemos a nuestro lado, persona a quien se está desatendiendo mientras se atiende a esos otros.

Esta tecnología nos está llevando adonde no deberíamos querer ir, y lo grave es que los llamados smartphones no sólo han cambiado lo que hacemos sino lo que somos.

Sigo creyendo que un teléfono celular es, primero y ante todo, un teléfono, o sea, un aparato para llamar y recibir llamadas. Los mensajes de texto sólo deberían usarse como medio de ahorro, o como medio para enviar, por ejemplo, algo, como un número telefónico o una dirección electrónica, que podría o ser mal copiado si nos los dijeran verbalmente, o que se requiere que lo conservemos en nuestro celular.

Los textos, e-mails y chats no ayudan a conocerse, no ayudan en verdad a comprenderse, no pueden jamás reemplazar el contacto personal y la conversación de tú a tú, mirando a los ojos de nuestro interlocutor.

Debería ser obligatorio que esta conferencia fuera presentada en colegios y, por supuesto, en toda familia en que haya adolescentes.

Todo esto me reafirma en mi decisión de no participar en redes sociales.

Sigue gustándome la conversación cara a cara, y aunque en mi trabajo gerencial en IBM mucha gente me consideraba poco sociable, algunas personas, las más de ellas mujeres, descubrieron que yo no era así, que no sólo era sociable sino también que sabía escuchar y crear empatía, en especial cuando alguien me buscaba para que «le prestara mi hombro» porque ese alguien tenía un problema.

Una vez, en un curso de IBM, un psicólogo contratado al efecto por la compañía, pidió a los asistentes, gerentes todos con años en la posición, que nos definiéramos con la menor cantidad posible de palabras.

Recuerdo haber escrito que yo me veía como un “un humanista que busca la excelencia por vía de la docencia y el ejercicio de la gerencia”.

Eso no gustó mucho al tal psicólogo, ni a los moderadores del curso, que esperaban una respuesta «de negocios» y no de corte humanista. Pero para mí la gerencia fue siempre un medio para acercarme a lo humano, y, como bien dice Sherry Turkle los smartphones y redes sociales no hacen precisamente eso.

~~~

(*) Sherry Turkle is Abby Rockefeller Mauzé Professor of the Social Studies of Science and Technology in the Program in Science, Technology, and Society at MIT and the founder (2001) and current director of the MIT Initiative on Technology and Self.  Professor Turkle received a joint doctorate in sociology and personality psychology from Harvard University and is a licensed clinical psychologist. She has been studying our changing relationships with digital culture for over three decades, charting howmobile technology, social networking, and sociable robotics are changing our work, families, and identity. Profiles of Professor Turkle have appeared in such publications as The New York Times, Scientific American, and Wired Magazine. She is a featured media commentator on the social and psychological effects of technology for CBS, NBC, ABC, CNN, the BBC, and NPR, including appearances on such programs as Nightline, Frontline, and 20/20.