[*Opino}– Imponer un término castizo aunque se haga el ridículo

11-07-14

Carlos M. Padrón

Diga lo que diga el DRAE, eso de destripe suena muy macabro, además de poco relacionado y traído por los pelos —como el caso de pendrive— para referirse, según el artículo que copio abajo, a la descripción de una parte sustancial de la trama de una película o serie de TV.

Lo veo más relacionado con el empeño injustificado por imponer un término español con tal de evitar uno de otro idioma, en especial si éste es el inglés.

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11/07/2014

La palabra española destripe es una alternativa válida al anglicismo spoiler.

Spiler se usa a menudo en las informaciones sobre cine y series de televisión para referirse a la descripción de una parte sustancial de la trama cuyo conocimiento puede arruinar el interés por el resto de la narración.

En los medios de comunicación y en las redes sociales el término inglés se emplea muy a menudo en frases como

  • «Los spoilers ya no son fruto de un comentario desafortunado»,
  • «La mejor manera de evitar los spoilers es huir de aquellos que sabes que son aficionados a hacerlos» o
  • «Advertencia: spoiler».

El verbo destripar tiene exactamente ese significado según el Diccionario Académico, y también se usa con frecuencia en ese contexto. No se trata además de una acepción reciente, sino que apareció por primera vez en el Diccionario de 1884.

A partir de destripar pueden formarse tanto destripamiento, recogido en el Diccionario como ‘acción y efecto de destripar’, como destripe, preferible por contar ya con uso en este sentido y estar bien formado, siguiendo el paradigma de otros sustantivos coloquiales como flipar —flipe—, desmadrar —desmadre—…

Así, en los ejemplos anteriores habría sido preferible escribir

  • «Los destripes ya no son fruto de un comentario desafortunado»,
  • «La mejor manera de evitar los destripes es huir de aquellos que sabes que son aficionados a hacerlos»,
  • «Advertencia: Destripes».

Fuente

[*Opino}– El fútbol, la FIFA y Messi

18-07-14

Carlos M. Padrón

En El cierre del Mundial 2014 hablé sobre la FIFA y sobre Leo Messi, y acerca de algo de lo que sobre éste dije me ha hecho recapacitar el artículo que copio abajo, que me ha llegado por cortesía de Oscar del Barco.

Si Ernesto Morales, autor de ese artículo tiene razón, Messi es una pobre víctima, no sólo de una enfermedad sino de su propio virtuosismo; un niño, con cuerpo casi de hombre, que más que crítica merece comprensión, por no decir compasión.

Sinceramente, si lo del artículo es cierto —repito— el fin de Messi podría ser más triste que el otros futbolistas brillantes que han terminado arruinados o en manos de la droga porque su estructura moral no estaba preparada para lidiar adecuadamente con el dinero, la fama y la presión de los medios y del público.

Entre otras cosas, lo que Ernesto Morales cuenta explica —al menos para mí— por qué Messi no respondió al gesto de un niño que le extendió la mano, ni a ninguno de los muchos gestos similares que en la final del Mundial le hicieron personas apostadas a ambos lados de la escalera por la que él subió para recoger, en mala hora, el Balón de Oro.

Siempre dije que yo le veía a Messi expresión rara, como de medio loco; por lo visto, el motivo de tal expresión es otro.

Lo que de la FIFA dice el artículo creo que ya es no sólo sabido sino aceptado como cierto. El punto a debatir es si hay modo de acabar con eso, y cuándo.

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15 julio, 2014

Ernesto Morales

El obediente Lionel Messi y su autismo Asperger

La única vez que vi a Lionel Messi en persona, delante de mí, dos cosas me llamaron poderosamente la atención.

Primero: era mucho más frágil de lo que me yo imaginaba. Exceptuando sus piernas, desde luego, todo en él me recordaba a un niño. Si su estatura es 8 centímetros más baja que la mía, su torso es la mitad de estrecho que el de un adulto promedio, como si se tratara de un adolescente cuyo tórax no se terminó de desarrollar.

Segundo: Lionel Messi no disfrutaba aquel espectáculo de luces, flashes, autógrafos pedidos y cámaras de televisión con reporteros que, como yo, intentaban obtener una reveladora entrevista suya. Recuerdo haber pensado: «Este chico sólo quiere jugar, y lo han traído de la mano a esto».

Era el año 2012, acababa de ganar su tercer Balón de Oro, y estaba en Miami como parte de esa gira esperpéntica llamada “Messi & Friends”, organizada por la fundación que lleva su nombre, donde se desarrollaban partidos entre dos equipos «frankenstein», armados a como diera lugar con jugadores estelares, para exhibición y recaudaciones benéficas.

La lectura del marketing podría ser ésta: “El mejor jugador del mundo dedica sus vacaciones a jugar fútbol para recaudar dinero con fines benéficos”. La lectura un poco más profunda sería otra: “Un chico que sólo quiere jugar al fútbol, debe cumplir también en sus vacaciones con obligaciones, sin descanso, porque la maquinaria de dinero, de publicidad, exige fundaciones como la suya, benéficas, para paliar los impuestos millonarios a sus ingresos”.

De repente debía ganar más dinero para que le quitaran menos de su dinero, y del dinero de su padre, y del dinero que le generan Adidas, Head & Shoulders, y Doritos, y la retahíla de transnacionales que pagan por su imagen. Y cuando empezó todo esto, Leo Messi, con cinco añitos, sólo quería jugar al fútbol. Esa linda y sobrecogedora palabra: jugar.

Cuando aquella tarde, en los vestuarios del Sun Life Stadium, Lionel Messi me firmó el tenis que guardo en una vitrina de mi casa, apenas me miró. No miraba a nadie; no podía. Sus pupilas no tenían forma de fijarse en ningún punto concreto: tenía cien flashes encima, ocho cámaras de televisión, y un cordón de guardaespaldas liderado por su tío, que no por ser su tío tenía la complexión del sobrino. Es bajo, como él, pero es un pequeño Neandertal con brazos de orangután.

Tengo el recuerdo grabado en la memoria con espantosa fijación: aquel chico, tres años menor que yo, literalmente no podía dar un paso con libertad. Su cara era una manifestación de la angustia sobrellevada.

En los vestuarios del stadium de Miami conversaban y se cambiaban esa tarde, con total naturalidad, futbolistas de élite, como Radamel Falcao, Didier Drogba, Fabio Cannavaro y Diego Forlán. Ellos podían, aunque fuera a trompicones, tener una vida normal: se tomaban un par de fotos, hablaban entre ellos, y socializaban incluso con nosotros los periodistas. Pero Lionel Messi, no, pues Adidas le exigía, como parte de los acuerdos contractuales de esta gira benéfica, seguridad personalizada a toda hora y en todo sitio. Y a toda hora y en todo sitio incluía también las duchas, por lo que Messi no podía bañarse y cambiarse en el mismo vestuario que el resto.

Y todo esto había empezado en un barriecito de Rosario, Argentina, veinte años atrás, con un chiquillo que sólo quería jugar al fútbol.

Messi no nació normal. Además de la deficiencia hormonal que le obligó a mudarse a Barcelona en su infancia para recibir tratamiento durante años, nació con una forma leve del autismo descubierta por el psiquiatra y pediatra austríaco Hans Asperger.

Cuando en este 2014 Messi dijo que no sabía nada de sus cuentas bancarias y deudas con Hacienda, que todo eso lo llevaba su padre, difícilmente no estuviera diciendo la verdad. No sólo porque su genio es para el fútbol, no para la economía y la mercadotecnia, sino porque él sólo ponía las piernas. Su síndrome de Asperger da para una concentración extraordinaria en un asunto (en su caso, el fútbol), y para nada más. Los cerebros que controlan los hilos de su nombre, su marca y su cotización, empiezan en su padre y terminan, quién sabe, en una red de abogados y firmas donde cada cual saca su apetitosa tajada.

A Messi, su padre le decía: “Tú juega al fútbol. Déjame el resto a mí”. El chico al que ni la escuela ni otros deportes ni la televisión ni los viajes le interesaban, el rosarino pequeñito de 10 años, al que sólo le interesaba inyectarse los muslos para poder jugar al fútbol, de repente se descubrió debiéndole 35 millones de euros a Hacienda.

Cuando Lionel ganó su primer Balón de Oro, en 2009, el escritor uruguayo Eduardo Galeano dijo que a Messi deslumbraba verlo porque no había dejado de jugar como un chiquilín de barrio. Era verdad, pues así jugaba Lionel, pero así no juega ya. Por el camino, en esa línea que debía ser recta entre un deportista fascinantemente talentoso y el deporte que él sólo quiere practicar, han entrado a jugar otras demasiadas variables que en nada son poéticas ni ingenuas como la palabra jugar.

De repente Messi se vio con un peso sobre sus hombros: ser el sustituto de Maradona. Él no lo pidió, él solo pidió jugar al fútbol. Pero su país y nosotros, los hinchas, le otorgamos esa empresa como quien envuelve el mapa del tesoro en la piel de un animal, y lo pone en manos de un héroe que debe partir.

De repente se vio, además, como una industria de hacer euros. Lo mismo posando en calzoncillos, que vistiendo los carnavalescos trajes de Dolce & Gabbanna, que lavándose la cabeza con un champú que, de seguro, ni usa. Pero es lo que sus familiares y sus abogados le decían que debía hacer. Un rasgo distintivo de los síndromes de Asperger es su noble capacidad para obedecer, y Messi terminó siendo como todos quisieron que fuera.

Y después vinieron los Balones de Oro. No importaba que él sólo balbuceara una y otra vez que sólo quería jugar al fútbol; nada de eso. Tenía que ser la estrella del circo, tenía que exhibirse como el principal gladiador del coliseo romano. Uno tras otro, los Balones de Oro que la FIFA le arrebató a una revista francesa, madre de la iniciativa. Toma: ahí los tienes porque eres el mejor del mundo. No nos basta con tu juego hermoso, divertido, de fantasía. No es suficiente con que hagas más bello este deporte todavía. Tienes que ser nuestra cabeza de turco, nuestro fantoche, algo que vender, porque te van a comprar ya que eres demasiado bueno.

¿Sería porque él los quería? No, casi de seguro, es porque nosotros los queríamos. Nosotros, los consumidores adictos al fútbol, los que exigimos cada vez más torneos, aunque los futbolistas tengan cada vez menos piernas. Y nosotros pagamos por eso. Pagamos por camisetas, por membresías de clubes, entradas a stadiums, juegos de Playstation, posters. Nosotros pagamos, la industria pone luces, cámaras y acción; los futbolistas, llámense Messi o Cristiano, que pongan sus piernas y sonrían.

Y uno termina preguntándose si aquel chico se acordará, entre tanta vorágine y tanta podredumbre, de que él sólo quería jugar al fútbol. Como otros queríamos ganarnos la vida escribiendo, otros bailando, y otros pintando cuadros. Divertirnos, sólo eso.

El primer gran enemigo de la FIFA, casualidad macabra, es el hombre cuya historia ha atormentado al rosarino Messi, sin ninguno de los dos quererlo. Es un atorrante incontenible, un comunista vomitivo y futbolista sin comparación posible, llamado Diego Armando Maradona.

Maradona se ganó la animosidad de la FIFA por hacer algo impensable, digamos: denunciar a los cuatro vientos que esa banda de rufianes que había organizado al fútbol alrededor de cuatro letras, se comportaba como una mafia sonriente con todo el poder del mundo, sin oposición o control posible.

Muchos se preguntan si, de no haber sido Maradona el enemigo declarado de la FIFA, su carrera habría sido truncada de forma tan escandalosa por aquel positivo a la endorfina, en 1994. No era el primero, y no sería el último en dar alterado en un test de doping. Con Maradona, el bocón, el bastardo, no hubo atenuante posible. La FIFA sonreía.

Hoy, rebelarse contra la FIFA es prácticamente imposible si quieres patear balones de manera profesional. El organismo tiene impunidad para, por ejemplo, no pagar impuestos y derogar leyes vigentes en los países donde celebra sus torneos si éstas afectan sus intereses económicos. Y desde hace 16 años está dirigida por un señor mayor llamado Joseph Blatter. Blatter es sólo 10 años más joven que Fidel Castro, y, para mí, oriundo de un país donde las entronizaciones del poder han sido cosa de más de medio siglo.

Me aterra cualquier mandato demasiado extenso, y más si el organismo dirigido se autodefine como «sin fines de lucro» y tiene fondos de reserva en bancos suizos (la casa natal de Blatter) por mil millones de dólares.

Y ésa es la organización que decide las vidas de chicos como Lionel, como James, como Suárez, como Cristiano. Jóvenes de entre 20 y 28 años que comenzaron viendo el fútbol no como un empleo, no como una forma de hacer dinero, no como mira un lobo de Wall Street los indicadores del Dow Jones, sino apenas como niños que querían divertirse jugando al fútbol.

Las lágrimas de Cristiano Ronaldo al recoger su segundo Balón de Oro no tienen falla: eran lágrimas de presión; lágrimas de tensión acumulada. De miedos impuestos por una industria donde todos, sus seguidores y detractores, le exigimos cada vez más, cada vez mejor, cada vez más espectacular.

El colmo de lo grotesco: Cristiano Ronaldo debió jugar la final de la Champions League con una orden comercial en su cabeza: “Si marcas un gol, te quitas la camisa, vas hacia la esquina del córner, y gritas y sacas músculos, lo más fuertemente que puedas”. ¡Filmaban una película sobre él! ¡Había que lanzar más carne al hambre del espectáculo!

Cristiano, como Messi, sólo quería en un principio jugar al fútbol. Hoy, ambos, son los gladiadores que ganan millones despedazándose en medio del coliseo, mientras nosotros decidimos, en las gradas, si con un pulgar arriba o un pulgar abajo, se les perdona o si se les salvan sus vidas. Nosotros los hemos puesto a pelear entre sí. Probablemente sin nosotros, sin la industria que nos satisface el morbo de la rivalidad malsana, ellos serían amigos o poco menos.

Admitámoslo: esto es grotesco. Esto es una mierda.

Alguien depositó en las neuronas de Lionel Messi una responsabilidad: tienes que ser el mejor de todos los tiempos. No basta con que juegues maravilloso. Tienes que ganar el Mundial, de lo contrario, no serás el mejor de todos los tiempos.

Y así llegó este chico a Brasil. No como quien viene a una fiesta, lo que debería ser. No como quien va a competir con dedicación, pero con disfrute. No. A él se le exigía golear, correr, y ganar.

Se lo exigía Adidas. Se lo exigía el contrato de mejor pagado del mundo que firmó con el Barcelona. Se lo exigía su mercantil padre. Se lo exigía la separatista Catalunya. Se lo exigía una Argentina donde ni siquiera tuvieron a bien ponerle inyecciones de crecimiento cuando chico. Se lo exigía una legión de detractores que, crueles como somos los hinchas futboleros, emplea adjetivos mordaces y destructivos, adjetivos que vendrían bien a asesinos seriales o a dictadores de pueblos, no a jóvenes que corren detrás de un balón. Se lo exigía yo. Sí: también se lo exigía yo mientras veía hoy el partido, con mi hijo de seis meses sobre mis piernas.

Messi ha fallado. Messi miraba al cielo en el momento de mandar a las nubes ese tiro libre. El mismo tiro que otras veces se clavó en la red, hoy fue a parar al cielo de Río a donde doscientos mil argentinos ponían sus rezos para que el equipo no se fuera así, sin más. Y Messi era el culpable. Era culpable de no estar ya a su mejor y más rutilante nivel, y, ¡oh, pecado!: era culpable de no ser ya el mejor de la Historia.

De repente lo recordé caminando delante de mí, dos años atrás, firmándome aquel zapato, mientras exhibía unas pupilas dilatadas por tanto bullicio y luces alrededor de él. Recordé su cara de angustia, de quien quiere desaparecer y tumbarse en el sofá como hace un tipo simplemente normal: la misma cara con la que recogió, en el sopor de la máxima humillación, el último premio que todavía hoy le tenía la FIFA listo, contra toda lógica y toda comprensión.

Yo vi a Messi esta tarde y, de repente, sentí lástima por él, y por la tragedia silenciosa que es toda esta profesionalización, esta industria de circo, descarnada, indolente, donde tantos futbolistas se han suicidado, y a otros tantos les ha explotado en la cancha el corazón; esta industria donde se corona a héroes y se desguaza a derrotados; esta cultura despiadada donde miles de periodistas como yo escribirán hoy sus crónicas de la derrota, y con un dedo señalarán —señalaremos— todos a Lionel Andrés, un muchachito de un metro sesenta y nueve centímetros, medio autista y medio genio, que no pidió ser el mejor de nada, que no soñaba con Balones de Oro ni cláusulas de 250 millones en el Barcelona, y al que sólo, en realidad, le interesaba poder divertirse un poco jugando al fútbol.

[*ElPaso}– Foto de los años 20

Antigua iglesia de Ntra. Sra. de Bonanza, la que entonces se usaba, y a la que desde mis tiempos de niño conozco como «La iglesia vieja» ubicada en «La plaza vieja», porque ya para entonces existía «La iglesia nueva» ubicada en «La plaza nueva». Foto cortesía de Antonio Pedro Dorta Martín

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Hoy en día, «La iglesia vieja» luce como se ve en esta foto tomada por Luis Centeno:

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[*Opino}– El cierre del Mundial 2014

14-07-14

Carlos M. Padrón

El que copio abajo es otro excelente artículo de Juan Manuel Rodríguez; uno que desnuda las manipulaciones de la FIFA, y pone en perspectiva lo que realmente es Leo Messi.clip_image001

Sobre los errores arbitrales —tras los cuales está sin duda la FIFA— ya he hablado, pero ahora que ya terminó el Mundial 2014 debo expresar mi acuerdo con las muchas voces que dicen que dar a Messi el premio al mejor jugador fue un mayúsculo descaro, y tanto que, en mi opinión, si él lo hubiera rechazado habría mejorado mucho una imagen personal que entre líos con Hacienda, rumores de manejos con dinero negro, y falta de altruismo (¿tal vez por soberbia?), va cada vez a peor.

He de reconocer que, como no me gusta ver al Barça, casi no he visto jugar a Messi en ese equipo, pero sí en los partidos que en torneos que, como la Copa Libertadores, ha jugado con la selección de Argentina y, sinceramente, no he visto que haya hecho nada extraordinario.

Sin embargo, por lo que acerca de él he escuchado y leído, está claro que, como futbolista, es un fuera de clase, pero, para mí, no el mejor de la Historia, título que reservo para Di Stefano (q.e.p.d.). Sin embargo, creo que como persona podría mostrarse mejor, pues, además de lo arria indicado, ha dado muestras de falta empatía y de desprecio hacia quienes lo admiran. Y por lo que hizo en el Barça en la pasada temporada, y ahora en este Mundial, creo que va ‘palo abajo’, y que sus mejores tiempos quedaron ya atrás.

Apenas minutos después del vergonzoso reconocimiento que ayer recibió, alguien hizo circular por internet esta acertada observación: «Si Messi merece el Balón de Oro, entonces Julio César merece el Guante de Oro, y Luis Suárez el ‘Diente de Oro’ en premio al fair play«.

Está claro que los de la FIFA son, además de corruptos, caraduras. El mejor jugador del Mundial, aunque su selección no haya llegado a la final, fue James Rodríguez, y también James fue el jugador revelación de ese torneo.

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14 de Julio de 2014

Juan Manuel Rodríguezclip_image001[1]

El tongo de Messi

Público o privado, conocido por unos pocos o sabido por todos, al final el tongo acaba por no reconfortar a nadie, tampoco a su momentáneo y circunstancial beneficiario.

Si el tongo es íntimo, salvo que seas un auténtico crápula, tu conciencia te impedirá mirar a los ojos de la gente; y si es público, el ridículo será aún mayor.

Hay dos ejemplos de tongos deportivos uno público y de ficción, y otro privado pero real y que, con el paso del tiempo, acabó saliendo a la luz para descrédito y vergüenza de sus autores intelectuales.

Un tongo público (tan público que únicamente lo desconocía su protagonista) es el que Mark Robson nos cuenta en la magnífica película «Más dura será la caída», película basada en la novela de Budd Schulberg; en ella se nos cuenta la historia de Toro Moreno, un gigantesco pero torpe boxeador a quien, con la ayuda del periodista deportivo Eddie Willis, interpretado por Humphrey Bogart, y del dinero del mafioso Nick Benko, a quien da vida en la gran pantalla Rod Steiger, pretenden convertir a base de amaños en el gran campeón que no es.

Toro Moreno es una buena persona, pero un púgil desastroso, y el tongo que hay montado a su alrededor es conocido por todos menos por él. De lo que nos habla Schulberg en su best seller no es por supuesto de boxeo, que vuelve a ser en el cine una excusa, sino de la mentira, de la manipulación, del dinero como elemento corruptor del deporte.

La mentira convierte en un pelele al boxeador, pero radiografía a quienes pululan a su alrededor, ya sean malas personas o bien, como es el caso del periodista Bogart, gentes que se ven en circunstancias vitales poco deseables para nadie.

Un ejemplo de tongo privado y que, al final, ha salido a la luz, es el del partido que enfrentó durante el Mundial de 1982 —el que se celebró en España— a las selecciones de Alemania y Austria.

Alemania venció a Austria por 1-0, y aquel marcador, pactado entre ambos rivales, dejó fuera a Argelia. En realidad todo el mundo conocía el tongo, pero nadie estaba en disposición de demostrarlo hasta que hace poco Hans-Peter Briegel —el extraordinario defensa central, lateral, centrocampista, interior y hasta ocasional delantero que jugó en el Kaiserslautern, y más tarde acabó haciéndolo en la Sampdoria—, reconoció, un cuarto de siglo después, que sí, que se pactó aquel marcador.

Alemania y Austria consiguieron clasificarse, pero el descrédito les sigue persiguiendo y, de lo acontecido hace más de 30 años, continúa hablándose hoy. ¿Mereció la pena? Sin duda alguna, no.

Todo lo que toca la FIFA acaba pudriéndose entre sus manos. Como con el Drácula de Francis Ford Coppola, que marchitaba las rosas a su paso, cuando el máximo organismo del fútbol mundial mete sus zarpas en algún asunto, acaba contaminándolo.

Pasó con el Balón de Oro, que mientras lo organizó en solitario France Football fue un premio prestigioso y que desde que lo apadrina Blatter es un circo en el que se pierden votos, se extravían votantes, se ponen en huelga en Correos, y en el que el conchabeo está a la orden del día.

La entrega ayer a Leo Messi, nada más finalizar el Alemania-Argentina, del premio al mejor futbolista del Mundial de Brasil 2014 pasará a los anales de la historia de los tongos deportivos más cutres y reprobables.

Es un tongo que, a diferencia de lo que puedan creer en FIFA, hace mucho daño a su receptor porque cuestiona otros títulos individuales recibidos por el argentino y que ya fueron motivo de agria polémica en su día. Salvo para un fanático, ese premio enturbia a quien lo entrega y mancha a quien lo recibe, porque Leo Messi no ha sido, ni de lejos, el mejor jugador del Mundial, y porque, a diferencia de Toro Moreno, a él no le hacen falta estos masajes que poco o nada tienen que ver con el juego y sí con los intereses comerciales.

A Messi, el gran fiasco de Brasil 2014, no le pesan sus problemas con Hacienda o los celos de Neymar, a Messi le pesa Maradona. Maradona, la sombra de El Pelusa, la «Mano de Dios», tira de Leo hacia abajo y, del mismo modo que un golpe al hígado te quita el aire, el hecho de que Diego ganara él solo un Mundial para Argentina ejerce sobre Messi una presión semejante a la que supondría llevar sobre la cabeza un sombrero con mil kilos de iridio.

Hasta que empezó el Mundial, pensamos que Leo había dejado en la estacada al Barça para centrarse en derrotar a Maradona; ahora sabemos que no, ahora sabemos que el asunto es peor.

El que haya tanta gente esperando a Messi a la vuelta de la esquina no es, por supuesto, un problema del jugador ni tampoco de quienes le acechan, sino, paradójicamente, de aquéllos que no acaban nunca de alabarle y sostienen que Leo ha sido, es y será el mejor futbolista de todos los tiempos, y amén.

Pero dee amén nada, nada de amén. Para calibrar con cierta exactitud el daño que esta panda de fanáticos y aduladores haya podido hacerle a este chico habrá que esperar aún un tiempo prudencial. Pero de lo que tuvimos certeza absoluta ayer es de dos cuestiones: del tongazo de la FIFA, por un lado, y de que Messi sigue estando varios escalones por debajo de su sombra, que es Diego Armando Maradona.

Entre que Messi es un futbolista fantástico y que es el mejor jugador de toda la Historia hay un término medio que algunos poetastros no saben distinguir. Y ayer la deidad se diluyó ante Alemania como un azucarrilo se deshace en una taza de café caliente.

Como, por cierto y cambiando de asunto, aunque ambos estén íntimamente relacionados, acabaron también por deshacerse las falsas prédicas de los valores y la cantera. La salvación para Messi pasaría por abandonar este microclima de peloteo en el que ha nacido y que le tiene tan engañado, un ecosistema que le está ahogando.

Pro no lo hará, y de ahí que, por primera vez, tema yo en serio por él.

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[*Opino}– Facebook: un nido de estadísticas para perfilar al ser humano

06-07-14

Carlos M. Padrón

En varios artículos como éste he tratado el tema del peligro que representa Facebook, y de la para mí extraña y preocupante pasión que por ese sitio siente gente que parece disfrutar mucho de la chismografía, la hipocresía, la autopromoción personal o familiar, y la ostentación social.

Por ello, en nada me extraña que Facebook haya hecho ahora lo que cuenta el artículo que copio abajo; y cabe esperar que hará aún cosas peores.

Por fortuna, a mí no puede incluirme en sus no autorizadas pesquisas, pues mantengo mi decisión de no querer saber nada de redes sociales y, en especial, de Facebook.

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06/07/2014

J. M. Sánchez

El controvertido experimento psicológico llevado a cabo por la red social en 2012, en donde manipuló miles de cuentas de usuarios, genera un dilema ético

Facebook lo sabe todo de sus usuarios; que no le engañen. En el mismo instante en que un usuario le da al botón «me gusta», ese simple gesto queda guardado y será monitoreado en alguna parte de la arquitectura de la red social, porque, debajo de los datos que proporcionamos (gratuitamente) hay un búnker de información demasiado seductor como para pasar de largo.

Puede que muchos usuarios no sean conscientes de que Facebook, más allá de ser un simpático y práctico muro en el que subir imágenes de viajes o desahogarse mediante un reguero de palabras, también es una profunda fuente de datos para los investigadores académicos, tanto dentro como fuera de la empresa. Una verdadera mina de oro.: el negocio del siglo, a todos los efectos.

No olvidemos que, a día de hoy, nadie le hace sombra; es la mayor red social del mundo gracias a sus más de 1.300 millones de usuarios, un tercio de la población global. Imagínense que esta red social fuese un país.

Después de todo, no hay más que pensar en la vasta información que millones de personas regalan libremente a este lugar que ha hecho del «me gusta» un nuevo eslabón de la cadena de la amistad; y, para colmo, lo hacen de forma inconsciente. Un simple e inocente comentario supone para la compañía la oportunidad de beber del manantial de la sabiduría.

Y sí, Facebook lo sabe todo de usted, lector, no sólo su nombre, sus apellidos, su edad y los centros educativos por donde ha pasado, sino también los lugares que visita, sus ideologías, sus estados emocionales, y todo tipo de aficiones y gustos que, al final, sirven de base al negocio.

¿No ha pensado nunca por qué a usted, que en su biografía incluye una relación de casado, no le aparecen anuncios de páginas de ligues como sí le aparecen a su amigo que se define como soltero? No es casual.

Por tanto, estamos ante un lugar muy goloso para poder extraer acertadas y completas estadísticas sobre el comportamiento del ser humano. Es el sondeo más completo de la Historia. Ha quedado demostrado tras desvelarse la manipulación de 689.003 cuentas de usuarios para elaborar un estudio psicológico en colaboración con dos universidades useñas (Cornell y San Francisco).

La conclusión de todo fue que existe un «contagio emocional» sobre nuestras reacciones. Para comprobar esta tesis, a un grupo se le enviaba más noticias positivas o negativas, y sr realizó sin el consentimiento ni aprobación del usuario.

Tomados a granel, todos nuestros datos representan el mejor mapa social acerca del comportamiento humano. Desde al menos el año 2008 —entonces la marca llevaba volando por internet unos cuatro años—, la plataforma dispone de su propio centro de investigación para recolectar y analizar los datos de usuario, según asegura «The Washington Post».

«Con toda la información que le damos a Facebook, un buen analista sería capaz de extraer perfectamente perfiles psicológicos a un nivel de profundidad como nunca se ha hecho antes», reconoce Manuel Chao, responsable del departamento de SEM de la agencia de marketing online Hello, al tiempo que duda de si es positivo el sacrificio de la ética en función de un estudio estadístico.

Aunque gran parte de estos análisis sirven de base para la mejora de servicios publicitarios, a fin de hacer más rentable esa red (ingresó 2.509 millones de dólares en 2013), Facebook también ha utilizado sus datos para alimentar una serie de estudios académicos sobre temas de relevancia social.

«Facebook es una red muy emotiva. Es nuestra vida privada la que exponemos ahí. Lógicamente, tiene un impacto en la forma en la que nos sentimos. Aunque sea legal [porque se aceptan voluntariamente las condiciones de uso en el momento de ingresar], no ha sido muy ético», señala al diario ABC Ismael El-Qudsi, responsable de la agencia Internet República, especializada en medios sociales.

«Lo que se ha demostrado es lo manipulables que somos las personas. Subyace la idea de si los productos de internet deberían ser de pago, porque, si estás pagando, el usuario puede tener ciertos derechos. Al ser un producto gratuito tú eres el precio. Facebook está jugando con nosotros como cobayas, para ver los comportamientos que hacemos».

«Está claro que el valor de Facebook es ser capaz de manipular a la gente a su antojo. El modelo de negocio está clarísimo. Me sorprende que la gente se sorprenda. Detrás de este experimento ha habido investigación académica. Son experimentos necesarios para comprobar cómo se comporta la gente y conocer las palancas que la mueve. Facebook, ahora, está en el punto de mira y le han tocado, pero como socióloga no puedo verlo mal. Está poniendo a nuestra disposición una gran herramienta por la que no pagamos, encima es gratis, ¿y pensamos que no van a hacer nada?», manifiesta Silvia Leal, directora del departamento de Tecnología del Instituto de Empresa y asesora de la Comisión Europea.

En ese potente recolector de información personal llamado Facebook trabajó Jeff Hammerbacher, uno de los fundadores de la empresa de análisis de grandes datos Cloudera, que investigó acerca de la forma en la que los usuarios consumen los anuncios publicitarios en internet.

Es momento de reflexión después de conocerse el controvertido experimento psicológico. Se aplicó a una ínfima fracción de todos sus perfiles, es cierto, pero, lícito o no, lo cierto es que durante una semana miles de usuarios quedaron sesgados de la información de sus contactos, coartados de la libertad de recibir las actualizaciones de los mismos, aunque sólo fueran comentarios nimios y banales. Este mundo virtual, para muchos una continuación o réplica de la realidad, quedó reducido y sesgado sin tener conocimiento de ello.

No es de extrañar que se haya comenzado a aplicar los datos de Facebook en analizar incluso la vida sanitaria de las regiones. De hecho, varios expertos de Facebook y laboratorios de genética colaboran para ayudar a los médicos a hacer predicciones personalizadas sobre sus pacientes.

El problema de aquel estudio de marras, dicen los expertos, es que todo se hizo sin el consentimiento de las personas. Y, tras conocerse este episodio, voces críticas no han dejado de aparecer. La última ha sido el centro de investigación Electronic Privacy Information Center con sede en Washington (EE.UU.) que ha asegurado que en el momento del estudio la política de uso de datos de Facebook no recogía que los datos de las personas se iban a utilizar con fines de investigación y que la compañía no informó a los usuarios que su información personal será compartida con investigadores.

Cuatro meses después lo hizo. Nada es casualidad.

Fuente

[*ElPaso}– Entrevista a Juan José Afonso, médico cirujano pasense, y director general de Centros de San Juan de Dios

06 julio, 2014

David Sanz

“Lo que ha hecho San Juan de Dios en el centro de Triana es abrir la puerta a usuarios y residentes con el mejor recibimiento del que somos capaces: el hospitalario”.

Juan José Afonso es el director general de Centros de San Juan de Dios en las comunidades autónomas de Canarias, Andalucía, Extremadura, Castilla La Mancha y Madrid.

Juan José Afonso, responsable de centros de San Juan de Dios, es natural de El Paso. | DA

Este palmero, de El Paso, es, por tanto, máximo responsable de la gestión que la Orden Hospitalaria está realizando en el centro de Triana, que esta semana ha cumplido un año desde que el Cabildo le encomendó su gestión.

—Estos días La Palma está conmemorando el 500 aniversario de una institución sanitaria como el Hospital de Dolores, cuya historia, simplificándola, simboliza el paso de una atención motivada por la beneficencia a ser un servicio público. ¿Qué reflexión hace usted en un contexto en que la sanidad pública está sufriendo graves recortes?

—Es cierto que nos encontramos en un momento de complejidad para la financiación de servicios públicos en general, y la sanidad, en particular. Es en estos momentos de crisis cuando se hace más necesario apoyarse en lo primordial: el bien de las personas que atendemos. Para ello los gestores y los responsables de la administración hemos de esforzarnos en soluciones imaginativas.

El Hospital de los Dolores es un ejemplo de ello. La dedicación debe ser decidida y está clara: queremos que los pacientes sigan recibiendo una atención sanitaria y una asistencia de calidad; que el enfermo sepa que estamos trabajando por él, como ocurría hace diez años, y como ocurrirá dentro de otros diez.

—En las jornadas que se celebran con motivo de este quinto centenario, usted ha presentado una disertación sobre los nuevos modelos de asistencia a la dependencia. ¿Podría concretar qué rasgos tiene ese nuevo sistema?

—Los rasgos de este sistema se concretan en premisas como visibilizar a la persona como centro de nuestro trabajo; la adaptación de los servicios y los programas a las necesidades de la gente; y la prestación del servicio con continuidad. Yo me pregunto: ¿por qué estar en una residencia y tener que acudir al ambulatorio o a urgencias para un problema sanitario? ¿No sería más lógico que el servicio se prestara de forma coordinada?

El futuro de la asistencia, o al menos de la que nosotros queremos prestar, pasa por la integración de servicios e instalaciones, frente a la descentralización con la que se ha estado funcionando hasta ahora. En definitiva, se trata de prestar servicio atendiendo a las necesidades, y no hacer que los usuarios se adapten a nuestros dispositivos o compartimentaciones. Éste es el modelo por el que abogamos en San Juan de Dios.

—¿Qué ha aportado en este nuevo enfoque la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios?

La Orden de San Juan de Dios es una institución que se creó, hace más de cinco siglos, con el único objetivo de atender a enfermos y a personas con necesidades. Hoy seguimos en la brecha con exactamente la misma base y la misma filosofía en nuestro trabajo diario. El enfoque de la Orden en la asistencia a la dependencia es el de la dignidad de la persona, donde todo empieza y todo acaba.

Hemos incorporado desde hace ya tiempo la Bioética como disciplina transversal a la hora de afrontar cualquier proceso asistencial o sanitario. Esto afecta de lleno a las personas con dependencia, a las que, además, la Orden se dedica en profundidad. Y no hablo sólo de mayores, que es la imagen que a la sociedad se le viene cuando se pronuncia la palabra “dependencia”, sino también de niños y jóvenes, como algunos de los que tenemos en el Centro de Atención a la Discapacidad de Triana.

Antes de plantearnos nada, está la persona, su dignidad, sus derechos, y, a partir de ahí y de esa conjunción entre la Medicina, la técnica asistencial y la ética, empieza lo demás, háblese de intervención, de tratamiento, de proceso, etc.

—¿Cree usted que nuestra  sociedad está suficientemente sensibilizada con los derechos de la personas dependientes, o nos queda todavía un largo camino por recorrer?

—Creo que no hay que obviar que los organismos públicos, las entidades y colectivos sociales y los ciudadanos en general hemos hecho un notable esfuerzo por trabajar para la integración de las personas dependientes. Pero, una vez reconocido este punto, por supuesto que es necesario continuar en el camino, porque no todo está conseguido.

Desde la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios trabajamos no sólo en el estudio, tratamiento, evolución y seguimiento de estos casos, sino que creemos en la necesidad de sensibilizar al entorno de las circunstancias que caracterizan a las personas dependientes y a sus familiares y cuidadores. Por ello intentamos hacerlos visibles, para que se tome conciencia de que el esfuerzo ha de ser común, y para fomentar su integración y participación social, que es fundamental para el progreso de estas personas.

—Hace poco más de un año, el Cabildo de La Palma acudió a San Juan de Dios para solventar un grave problema que venía padeciendo en el Centro de Triana, y ustedes inmediatamente acudieron a esa llamada. ¿Cómo recuerda aquellos momentos?

—Desde el momento en que el Cabildo nos planteó la gestión de Triana, recuerdo muchas ganas de trabajar por parte de todo el equipo de profesionales que tenemos en San Juan de Dios en Tenerife para ofrecer a los usuarios y residentes del centro de La Palma un espacio que estuviera a su altura y con unos profesionales que colmaran sus expectativas. Y mucho trabajo.

Fue hace un año, y es ahora un momento ilusionante, porque si bien es cierto que el Centro ya estaba ahí, la labor de la Orden lo ha llenado de vida, de iniciativas, y de proyectos nuevos. Y eso pueden verlo fácilmente en la cara de los usuarios cuando están disfrutando de sus actividades y sus programas, y en las de los terapeutas que los asisten, cuando disfrutan de ellos. Además, yo nací en La Palma, así que la satisfacción para mí ha sido doble.

—Triana, a juicio del Cabildo y sus actuales gestores —es decir, San Juan de Dios—, ha dado un giro radical. ¿Qué han hecho para que se produjera ese cambio?

—Como le decía, trabajar para llenar ese centro de vida. Acabamos de celebrar el primer año de gestión de San Juan de Dios en Triana, y tengo el convencimiento de que hemos logrado trasladar los valores de la Orden hasta este centro palmero, comenzando por el valor troncal, ése que atraviesa cualquier acción que tenga que ver con nuestra manera de entender la asistencia y la sanidad: la hospitalidad.

Sabe bien que uno puede llegar a casa de un conocido y recibir un trato áspero, poco cuidado, incluso frío. Sin embargo, cuando llamamos a la puerta de un amigo y nos abre su casa con una sonrisa, nos recibe y acoge con alegría, y vemos que lo que nos ofrece es sincero, nuestra actitud es también cercana, abierta, y nuestra predisposición será también positiva.

Esto es simplemente lo que ha hecho San Juan de Dios en el centro de Triana: abrir la puerta a usuarios y residentes con el mejor recibimiento del que somos capaces, el hospitalario.

—¿Tienen intención de continuar estando al frente de este centro en La Palma cuando concluya la relación contractual que los une actualmente con el Cabildo?

—Nosotros estamos encantados de haber tenido la posibilidad que hace un año nos brindó el Cabildo palmero, al poner en nuestras manos un Centro tan especial como éste. Ante esto, sólo podemos mostrar nuestro agradecimiento al Cabildo por haber depositado su confianza en la Orden.

La intención de continuar aquí, por nuestra parte, es rotunda: sí, por supuesto. Tenga en cuenta que llevamos trabajando un año, que es mucho y muy poco al mismo tiempo. En este primer año hemos logrado reconvertir el Centro, lo hemos dotado de proyectos, profesionales, de usuarios con ganas de hacer cosas, de superarse a diario… Pero éste es sólo el principio, son resultados iniciales y nosotros conocemos nuestro potencial y el de las personas que son asistidas allí, y ni unos ni otros hemos tocado techo.

Por tanto, es obvio que queremos continuar desarrollando nuestro proyecto en la Isla, y, si el Cabildo decidiera seguir apoyándonos, ésta sería una noticia recibida con una enorme satisfacción.

—¿Cree usted que San Juan de Dios tiene posibilidades de seguir incrementando su presencia en la isla de La Palma a través de nuevos servicios?

—Durante sus 500 años de historia, la Orden de San  Juan de Dios siempre ha estado donde se la llama y se la necesita. Así vinimos a Triana, y así estaremos dispuestos a cubrir necesidades o a aportar nuestra forma de hacer si ello redunda en beneficio de las personas asistidas y de la sociedad en general.

Si continuamos con la gestión del centro, no nos vamos a parar aquí. Hay mucho por hacer, y las posibilidades de Triana como Centro, no diré que son infinitas, pero sí muchas. Desde este punto de vista, desde la opción de avanzar en lugar de conformarse con los primeros resultados, no hay que descartar que se puedan estudiar futuras ampliaciones en los servicios, instalaciones, plantilla, plazas, etc. Pero todo ha de venir propiciado por la urgencia de cubrir, desde la calidad y la excelencia, necesidades de los palmeros.

—Le pregunto, como palmero y como especialista en gestión sanitaria. ¿qué retos cree usted que tiene pendientes la Sanidad en su isla natal?

—Hace un tiempo que no vivo en nuestra isla, pero sigo desde la distancia lo que acontece aquí. En este sentido creo que los problemas son similares al resto de la comunidad autónoma y, en último lugar, del país.

Uno de los retos es la gestión de los profesionales, que son, en definitiva, los que prestan la atención y los que dan la cara y el servicio a la ciudadanía.

Hacer conciliar la inmediatez del servicio con la viabilidad económica es un reto complejo. Tenemos que explicarlo, decirlo a los sanitarios y a la población. No todo es posible e inmediato, pero no se trata de recortar linealmente. Por encima de todo ha de prevalecer el servicio y la calidad que nuestro sistema tiene y que es un bien a preservar. La sanidad es un servicio y por tanto ha de ser prestada con esa vocación.

Fuente

Cortesía de Juan Antonio Pino Capote

[*Opino}– Alemania 7, Brasil 1: un partido para la historia del fútbol

09-07-14

Carlos M. Padrón

En el artículo que copio abajo se explica todo muy bien.

Quiero añadir que ni en ese artículo ni en la interminable lista de comentarios explicativos que escuché después en boca de diferentes expertos de este deporte, exjugadores de fútbol los más de ellos, he encontrado siquiera mención al factor psicológico.

Sin embargo, se sabe que los brasileños estaban convencidos de que Brasil era la selección favorita para ganar este Mundial, y tan era así que en las entrevistas que a las puertas del estadio, y antes de este memorable partido del 08 de junio, se hicieron a muchos brasileños, hubo una constante: la pregunta de qué pasaría si Brasil perdía frente a Alemania.

Todos los entrevistados reaccionaron tajantemente ante esa pregunta, negando de plano que pudiera existir tal posibilidad. Unos dijeron que Brasil ganaría 1-0, otros que 2-1, etc., pero ninguno consideró siquiera la posibilidad de que Brasil pudiera perder. A esto llamo fanatismo y triunfalismo, algo que, por lo visto, también compartían los jugadores de Brasil ya que, entre otras cosas, su selección había ganado a la alemana en el único partido que habían jugado antes.

¿Qué cabe esperar que le ocurra a un triunfalista convencido de que es Goliat cuando a las primeras de cambio David le gana por 2 a cero? Pues que su ánimo se viene abajo.

¿Qué cabe esperar que le ocurra a un triunfalista convencido de que es Goliat cuando David lo apabulla dando una demostración del fútbol que Goliat jugó muy bien por años, que fue su divisa, y que ahora no tiene? Pues que se viene abajo.

Y en cuanto el equipo se viene abajo, igual puede encajar 3 goles que 12; depende del interés que ponga el contrario. En este caso, creo que Alemania no metió más goles porque quiso reservar energías para la final del domingo 13 de junio.

Como dijo Jorge Valdano, el fútbol es un asunto de estado de ánimo, y este partido le da la razón, pues el triunfalismo es un estado de ánimo, y el derrotismo, el sentimiento de inferioridad, la impotencia y la vergüenza lo son también.

Como algunos comentaristas han señalado, un resultado tan abultado no puede explicarse ni por mal arbitraje ni por la ausencia de Neymar y Thiago. Alemania jugó mucho mejor y aplastó a un Brasil cuyo triunfalismo le hizo perder el ánimo a partir del segundo gol que Alemania le metió, o tal vez a partir del primero, pues no sólo cuentan los goles sino la forma que fueron logrados: bailando, o burlando, al contrario.

Cabe esperar que, a partir de ahora, en el fútbol se tenga más en cuenta el factor psicológico.

Y repito que este Mundial no para de darme satisfacciones, además de sorpresas, agradables unas (como el buen juego de las slecciones de Costa Rica, Chile, y Colombia) y desagradables otras (como los desastrosos arbitrajes).

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09/07/2014

Enrique Yunta

Alemania destroza la historia de Brasil

Los germanos humillan a los anfitriones en la mayor goleada en una semifinal del Mundial (1-7), un partido para siempre.

El fútbol no recuerda semejante repaso. Destrozadas las ilusiones de un país que se creyó mucho más de lo que era, y que hoy se rebela desde la vergüenza que invade a su gente.

Brasil, que se atribuyó de por vida el concepto de juego bonito a partir de sus virtuosos futbolistas sin que ahora tenga ni una cosa ni otra, se presentó con el peso de las cinco estrellas que exhibe en el corazón, y sufrió una humillación histórica por parte de Alemania (1-7), más dolorosa incluso que el Maracanazo de 1950 porque esto lo ha visto todo el planeta y porque fueron siete disparos en el alma.

En el Mineirao de Belo Horizonte, Alemania puso patas arribas el Mundial con un partido para siempre, descomunal goleada que nadie podía imaginar, un golpe irreparable que supone un antes y un después en el país del fútbol.

Brasil llora sin consuelo mientras se agita el pueblo, al que le quedaba la ilusión de la pelota y que ahora se siente traicionado por ella. Una hecatombe de magnitudes desproporcionadas que, de seguro, tendrá consecuencias a todos los niveles. Es Brasil, rey del fútbol aniquilado en una sofocante tarde de julio por una Alemania soberbia.

Nunca una goleada fue tan difícil de explicar, porque nunca ha pasado algo tan brutal. En media hora, Alemania llevaba cinco tantos y sonrojó a una caricatura de equipo que perdió antes que empezara a rodar el balón, tan sobreexcitado ese grupo que no hay psicóloga o conjura que valga. Se recordó a Neymar en el himno, y ese fue el único momento de sonrisa y comunión. Brasil maldice el instante en el que comenzó el partido más triste de su vida.

Klose supera a Ronaldo

De ahí en adelante, fue un recital alemán pese al efervescente arranque del conjunto de Scolari, cuya carrera ha quedado marcada después de un puñado de bravuconadas que ahora le dejan en evidencia.

A su equipo aún le quedaba la adrenalina del cántico a capela hasta que llegó el primer tortazo, un gol que sirve para explicar la desconexión en bloque de Brasil: centró Kross un saque de esquina, y Muller, solísimo, remató —tan a placer que no se lo podía creer—, el primero de tantos, preludio de algo único. Fue algo tremendo.

Del 23 al 29 llegó la tormenta. En esos seis minutos de esquizofrenia, Alemania abusó de Brasil en un ejercicio de fútbol memorable. Klose

estiró su cuenta hasta las 16 dianas en los Mundiales

(uno más que Ronaldo), Kroos se consagró como el hombre de este torneo con su doblete, e incluso Khedira, que en su selección sí tiene gol y muchísimas más cosas, se sumó a la fiesta después de una jugada maravillosa, tan bonita como las otras. Brasil cero, Alemania cinco. Ver para creer.

Brasil se cayó con todo, y no encuentra excusas que le valgan ni le consuelen. Se le cruzó la tarde en Belo Horizonte, y fue un juguete en manos de un rival que hizo lo que quiso, un equipo del que siempre se hablará pase lo que pase en la final. Alemania, más allá de futbolistas, estilos y espíritus, tiene algo fundamental y que cualquier país envidia: nadie compite igual en una competición como ésta, aspirante al cuarto título en la octava final que disputará. Le espera Maracaná y se merece el aplauso de todos por su obra de arte.

El mayor castigo para Brasil fue seguir en el campo, abochornados los jugadores en una segunda parte que se les hizo eterna. Brasil quiso dignificar su nombre y esa camiseta tan prestigiosa, pero el daño ya era incurable. Tuvo alguna ocasión que Neuer desactivó para decir que también estuvo en ese 8 de julio de 2014, y en realidad Brasil suplicaba por que no fueran más de cinco.

Llegaron el sexto y el séptimo, los dos con la firma de Schurrle, y sólo quedaba esperar dónde iba a terminar el baile. En el vigésimo Mundial, globalizado el fútbol y cada día más equilibradas las fuerzas, Alemania logró la mayor goleada de una semifinal pese al postrero tanto de Oscar. Y, para colmo, fue en Brasil, pisoteada su leyenda en una cita más trágica que la del Maracanazo. Es algo inolvidable, el partido de la Historia.

Ficha del partido

  • Brasil: Julio César; Maicon, Dante, David Luiz, Marcelo; Luiz Gustavo, Fernandinho (Paulinho, m. 46); Oscar, Hulk (Ramires, m. 70), Bernard; y Fred (Wilian, m. 70)
  • Alemania: Neuer; Lahm, Boateng, Hummels (Mertesacker, m. 46), Höwedes; Schweinsteiger, Khedria (Draxler, m. 76), Kroos; Ozil, Klose (Schurrle, m. 57) y Muller.
  • Árbitro: Marco Rodríguez (México). Amonestó a Dante.
  • Goles: 0-1, m. 10: Muller; 0-2, m. 23: Klose; 0-3, m. 24: Kroos. 0-4, m. 25: Kroos; 0-5, m. 29: Khedira; 0-6, m. 68: Schurrle; 0-7, m. 78: Schurrle; 1-7, m. 90: Oscar.

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