Categoría: El Paso. Personas y personajes
Breve descripción, a veces con imágenes, de personas de mi pueblo, o de personajes que formaron parte folclórica de la historia del mismo.
[ElPaso}— Fotos pasenses. Años 50. Niños de mi vecindario
[ElPaso}— Personajes en la isla de La Palma. González Suárez: el pintor pasense de las aguas
González Suárez: el pintor pasense de las aguas
Nació en El Paso en 1915 y muchos lo consideran el mejor acuarelista que ha tenido Canarias.
[*ElPaso}– Don José Ana Jiménez Pérez
Del amigo Tomás Capote Pino he recibido la valiosa información que sigue relativa a un pasense ilustre que sólo oí nombrar alguna vez a mis padres como “El cura José Ana”, aunque no recuerdo qué decían de él.
Aquí la publico para que pueda divulgarse y se sepa del calibre de este pasense.
«Don José Ana Jiménez Pérez nació en Tacande (El Paso) el 26 de julio de 1826, hijo de José Jiménez Fernández y de María Pérez Taño.
Fue Doctor en Sagrada Teología Cura ecónomo de El Salvador (Santa Cruz de La Palma) Arcipreste de La Palma, su isla natal Beneficiado rector de las iglesias parroquiales de Garafía (La Palma), y de Guía de Isora e Icod (ambas en Tenerife) Canónigo de la catedral de Las Palmas y Maestrescuela de la misma (1877) Primer rector del Seminario de Tenerife cuando en 1877 se creó este centro en la diócesis nivariense.Murió en La Laguna (Tenerife) en 1884, a los 58 años de edad».
[*ElPaso}– Personajes de mi pueblo, disminuidos pero no olvidados: Macho y Magdalena
01-05-13
Carlos M.Padrón
Esto de las carbonerías que ilustra el archivo que puede verse/bajarse clicando AQUÍ —y a las que en El Paso llamábamos carboneras—, me recuerda a Macho y Magdalena, una pintoresca pareja de El Paso de principios del siglo XX, a quienes no conocí, pero supe de ellos por los cuentos que escuché en boca de mis padres.
Sí que vi, y en acción, los dos tipos de planchas de hierro al carbón.
Macho y su mujer, Magdalena se dedicaban a eso: a hacer carbón en el monte, en carboneras piramidales que lucían como las del archivo que adjunto, a venderlo luego en el pueblo…. y a emborrarche con vino usando el dinero así recaudado.
Después se mostraban su «amor» cayéndose a golpes, hasta que se les pasaba la rasca y volvían de nuevo al monte, donde vivían, a hacer más carbón.
Según me contaron, el aspecto físico de Macho y de Magdalena era el de las personas que, con cara, manos y ropas sucias por el carbón, pueden verse al comienzo del archivo.
[*ElPaso}– Personajes de mi pueblo, disminuidos pero no olvidados: Chente
Carlos M. Padrón
Pedro Vicente, más conocido por Chente (q.e.p.d.), vivía en el Paso de Abajo, cerca de donde también vivía mi amigo Fidel González.
Fidel ha venido a ser el mejor “exégeta” de Chente, o sea, quien —aparte de las personas (padres, hermanos/as) con quien Chente vivía, supongo— mejor interpretó lo que éste decía, pues Chente, bien por un problema mental, de oído o del aparato fonador, hablaba como en taquigrafía, comprimiendo sus frases de forma tal que parecían criptografiadas.
Y por eso, por su tan característica forma de hablar, es tal vez por lo que más se le recuerda.

(Fidel González)
Es Fidel quien puede hablar como Chente hablaba, y quien aún recuerda algunas de sus frases más “brillantes”, entre las que hay las de uso común, y las que pronunció ante hechos muy concretos.
Y, gracias a Fidel, he podido rescatar las que siguen.
Para una Fiesta del Sagrado le compraron a Chente unos zapatos nuevos que resultaron ser algo pequeños para él.
Esto no obstante, aguantando estoicamente acompañó a la procesión durante todo su recorrido, pero al final, cuando ya terminada la fiesta se dispuso a salir para su casa, se sentó en el piso, se sacó los zapatos y dijo:
• “¡Mi tene festa pa’ tes año!”.
—Traducción: “¡Tengo fiesta para tres años!”).
—Significado: No volveré a esta fiesta en los próximos tres años.
Recuerdo a Chente apostado en la entrada del Cine Los Ángeles —el único cine que hubo en El Paso, y que abrió sus puertas a comienzos de los años ’50s—, recibiendo los tickets de quienes iban a ver la película de turno.
En eso estaba una vez, en una tarde dominical, cuando entraron al cine un joven y una joven, vecinos de El Paso ambos, que recién habían formalizado su noviazgo.
Después de recoger sus tickets y dejarlos entrar, Chente se volteó a ver a la joven por detrás, y exclamó:
• “¡’Mpiaíta eme!”.
—Traducción: ¡Mal empleadita hembra!
—Significado: Merece un novio mejor.
Como no era muy dado al trabajo duro, pero en su casa le obligaban a hacerlo, un día en que lo dejaron solo le dijo a Fidel:
• “Ahora sí ta osana. Mi ta sorita mi casa, fetita fecha”
—Traducción: “Ahora sí estoy gozando. Estoy solito en mi casa, fresquito el pecho”.
Separando animales según su sexo, solía decir:
• “Masa, masa; eme, eme”.
—Traducción: “Machos, machos; hembras, hembras”.
Y al querer Fidel sacar del fuego una olla cuyo contenido ya hervía, Chente le dijo:
• “¡Tuirá, tuirá, tenente!”
—Traducción: “¡Cuidado, cuidado, está caliente!”.
Viendo un partido de fútbol le ocurrió algo malo en el campo, y cuando le invitaron a ir a ver otro, dijo:
• “Mi pasa puta oto ría tampa. ¡A mi no jore ma!”.
—Traducción: “Yo las pasé putas el otro día en el campo. ¡A mí no me joden más!”.
Asistía regularmente a los actos religiosos más destacados, como las procesiones solemnes.
En sus tiempos, las imágenes eran cargadas a hombros masculinos, pero una en particular era tan pesada que los posibles cargadores le huían el bulto.

(De izquierda a derecha: Rodrigo Sosa, Manolo Pino Mederos, y Chente. Fuente: Fotos El Paso)
Ante esto, el cura decidió hacer una especie de cofradía de sufridos varones dispuestos a cargar esa imagen, con su trono, sus andas y demás, y de la escogencia de los miembros encargó a Chente y le dio categoría de presidente de la tal cofradía.
Chente hizo su trabajo, consiguió a los miembros necesarios, y éstos, al momento de la procesión, se distinguían por un brazalete especial, del cual asignaron dos a Chente dado su rango.
Feliz por esa deferencia dijo:
• “To mundo bebe un basalete. Mi bebo dos e pesidente”
—Traducción: “Todo el mundo lleva un brazalete. Yo llevo dos porque soy presidente”.
Según Fidel, su vecino Chente, con quien compartió muchos ratos, murió, hace unos 4 ó 5 años, a la de edad de 75 y debido a un problema cardiaco. Q.e.p.d.
[*ElPaso}– Personaje de mi pueblo, ni disminuido ni olvidado: Julio el Gacio
18-02-2008
Carlos M. Padrón
Como pública declaración y merecido reconocimiento, aprovecho el cierre (al menos por ahora) de esta serie de artículos sobre “Personajes de mi pueblo, disminuidos pero no olvidados” para hacer público algo por lo que aún estoy agradecido, y continuaré estándolo. Y debo dejar muy claro que, como digo en el título, el personaje de este artículo nada tenía de disminuido y, con lo que acerca de él voy a contar, pretendo que tampoco lo tenga de olvidado.
Este señor, cuyo nombre era Julián Germán Pérez Hernández, era conocido en El Paso por el apodo de Julio el Gacio, pero, para mí, fue y será Don Julio.
Según me cuenta su hijo, también de nombre Julio, ese apodo familiar tuvo su origen en los ojos azules y piel blanca típicos de su parentela, pero, sobre todo, en el peculiar color de los ojos de una de las féminas de la familia, de nombre María, de quien en el pueblo decían que ese color era como el de las vainas de las llamadas gacias, un arbusto que es pariente, según parece, del tagasaste.
Don Julio tenía, si mal no recuerdo, una granja de gallinas, y un andar taciturno. Era, además de dado a la lectura, un autodidacta que había acumulado notables conocimientos acerca de agricultura, ganadería, granjas avícolas, etc., y su gesto para conmigo fue el entonces típico del hombre pasense mayor que se preocupaba por la educación de los jóvenes de su pueblo, se sabía con autoridad moral sobre ellos, y la ejercía en beneficio de éstos y de lo que él consideraba un deber para con el pueblo.
Un día, cuando yo tenía 16 años y estaba con unos amigos en el primer banco que para entonces se encontraba al borde de la carretera, en la primera curva más arriba de Monterrey donde en verano habíamos montado lo que llamábamos “El Senado” —una especie de tribunal en el que, mediante presentaciones orales, ventilábamos asuntos de ‘trascendencia y profundidad’ equiparables a la inmortalidad del cangrejo o el sexo de las nubes—, don Julio venía subiendo por la carretera en el momento en que yo, de espaldas a ella y de frente al banco, comencé mi exposición diciendo:
—Si tal cosa fuera cierta yo no hubiera hecho lo que dicen que hice.
Cuando terminé mi alegato y regresé al banco, don Julio, parado a un lado de la vía en el punto conocido como Boca de la Carretera, a unos 30 metros del banco, me llamó, y yo, por supuesto, me acerqué, un tanto preocupado porque caí en cuenta de que él había estado allí esperando a que yo terminara mi alegato. Cuando llegué a su lado, muy serio pero muy amable, me tomó por el brazo y me dijo:
—Carlos, te escuché decir “Si tal cosa fuera cierta yo no hubiera hecho…”, y eso es incorrecto porque, primero, estás usando dos veces el mismo tiempo subjuntivo del verbo: fuera y hubiera; y segundo, y más importante, no estás usando el tiempo condicional, que es el que debes usar cuando usas el ‘si’ condicional. Por tanto, debiste decir “Si tal cosa fuera cierta yo no habría hecho…”.
Durante los 51 años transcurridos desde ese día, cada vez que en forma oral o escrita he tenido que lidiar con esa construcción gramatical —y puedo asegurar que han sido muchas, pero muchas veces— he recordado aquel incidente, y mentalmente he dado gracias a don Julio por haberse tomado la molestia de enseñarme lo que ninguna otra persona me enseñó de forma tan clara y oportuna. Su noble gesto no cayó en terreno baldío.
Lo que dije en el artículo de introducción a esta serie, lo repito en el de cierre: La inmortalidad es la condición mediante la cual perduramos en el recuerdo de otras personas.
[*ElPaso}– Personajes de mi pueblo, disminuidos pero no olvidados: Fernando el de Avelina
21-01-2008
Carlos M. Padrón
Al igual que Alfredo, en sus últimos años de vida nuestro personaje de hoy trabajó en Monterrey. Vivía cerca de mi casa, y de hecho había nacido en la que fue la casa de mis padres, donde nací y me crié, y su madre murió en esa misma casa como consecuencia del parto del que nació Fernando. Lo crió su tía, hermana de su madre, de nombre Avelina —de ahí el ‘apellido’ de Fernando— a quien él llamaba ‘Amá’.
Desde joven mostró, y mantuvo siempre, afición por los actos religiosos, en particular las procesiones, tal vez porque atraían a mucha gente y le daban oportunidad de lucirse. Ya de mayor, participada en ellas portando un pendón.
En época anterior a cuando yo lo recuerdo, gustaba de reunirse con otros muchachos, aunque de tales reuniones saliera siempre trasquilado, pues las muchas veces que algunos muchachos, más o menos de su edad, se reunían para jugar en la entonces llamada Casa de Sandalio —muy cerca de la de Avelina, y aún sin terminar para la época a la que me refiero—, sabedores de que a Fernando le gustaban las procesiones, lo invitaban a sacarlo en procesión, como si de imagen de santo se tratara, y para ello, y con materiales de la construcción de esa casa, improvisaban unas andas sobre las que sentaban a Fernando, y después de unos pocos pasos llevándolo “en procesión” dejaban caer las andas, con lo cual Fernando iba a dar con sus huesos contra el suelo.
Cuando a los muchachos les daba hambre, invitaban a Fernando a “jugar a comer higos pasados”. Él iba corriendo a su casa y, sin que Avelina lo viera, llenaba con higos pasados sus bolsillos y regresaba a reunirse con sus amigos, que se daban banquete. (Y lo de banquete lo digo con envida porque higos pasados, almendras y queso palmero ahumado constituyen mi bocado preferido, sobre todo si, además, dispongo de un buen vino tinto natural, o sea, de la parra, sin aditivos químicos).
Y así una y otra vez. Creo que él entendía que si ése era el precio que tenía que pagar para que los muchachos toleraran de alguna forma su presencia, lo pagaba con gusto.
El Fernando que yo conocí, años más tarde, era mentiroso empedernido, chismoso, bastante amanerado y tímido selectivo, pues las más de las veces que algún hombre no muy allegado a él le preguntaba algo, entraba como en pánico social, daba una respuesta que nada tenía que ver con la pregunta, y echaba a correr.
Por ejemplo, una vez que de Venezuela llegó a El Paso un primo mío, al encontrarse con Fernando cerca de la casa de éste, mi primo, alegrándose de verlo, exclamó con alborozo: «¡Hola, Fernando!». La respuesta de Fernando fue echar a correr mientras decía «¡Este año los tunos están todos podridos!».
Si cuando soltaba lo que claramente era una mentira alguien se lo hacía notar, daba media vuelta, exclamaba «¡Déjame ir a echarle de comer a las cabras!», y huía a toda carrera.
Gustaba de andar cerca de mujeres, y no por interés erótico —aunque por años dijo que tenía una novia en Tendiña— sino sólo para enterarse de lo que ellas contaban e ir luego a repetirlo en otros lados.
Sin embargo, lo erótico estaba presente en sus mentiras y folclóricas respuestas, y así un día en que en una de las ventas vecinas alguien le dijo
—Fernando, te veo muy gordo. ¿No estarás tú preñado?
La respuesta inmediata de Fernando fue:
—Pues si estoy preñado, es de Arturo.
Al enterarse de este incidente, que pronto se propagó por el barrio, don Arturo, hombre por demás honesto y respetado, exclamó impotente: «Caballeros, ¡lo que uno tiene que aguantar!». ¿Qué otra cosa podía hacer?
Pero estaba claro que Fernando el de Avelina sentía afecto por quienes afecto le mostraban, y entre estas personas estaba mi hermano Raúl con el que Fernando posó feliz con su traje oscuro, el especial para las solemnidades, para que el 25/06/1995, día de la Fiesta del Sagrado, les tomara yo esta foto, que mi hermano tuvo en gran estima:

[*ElPaso}– Personajes de mi pueblo, disminuidos pero no olvidados: Ela la Zenona
14-01-2008
Carlos M. Padrón
Para mí, el más enigmático de todos estos personajes, el que menos vida pública hacía y del que menos datos tengo.
Las pocas veces que la vi —tendría ella tal vez 30 ó menos años— fue siempre en los alrededores de su casa, cerca de la plaza de El Paso de Abajo y cerca de la casa de Alfredo.
Descalza, con una cabellera bastante larga, enmarañada y a todas luces sucia, y con una especie de bata holgada igualmente sucia, era la imagen de la falta total de higiene.
Solía caminar lentamente, mirando al suelo y en silencio. De hecho nunca la escuché hablar. Tal vez ese mutismo y su aspecto de pasiva indefensión me inspiraban lástima.
Me dicen que a veces venía al centro del pueblo y asistía a algún oficio religioso, y que un domingo, estando en uno de tales oficios, le dio un desmayo y dos jóvenes cargaron su cuerpo, la sacaron de la iglesia y, ya fuera, la reanimaron,… pero de inmediato corrieron a la farmacia a lavarse las manos con alcohol.
A pesar de su condición mental y física, no faltó quien abusó de ella y la dejó encinta.
Creo recordar que dio a luz un bebé que creció sano físca y mentalmente.
