[*ElPaso}– El enemigo del matrimonio / Antonio Pino Pérez

Antonio Pino Pérez
(Artículo publicado en “Tierra canaria”, La Habana, Cuba, el 8 de abril de 1930)

Me consta que huyó de la realización de unos amores honrados, aquel solterón empedernido que sufrió la desventura de no poder casarse y el desconsuelo infinito de no tener hijos. Si transcribo aquí sus dolorosas reflexiones es porque encierran una enseñanza y describen con rasgos vigorosos su tragedia íntima y silenciosa que, por verdadera y honrada, acabó por convertirlo en misántropo y melancólico.

«Jamás he pensado seriamente en casarme, y es muy posible que en lo venidero siga pensando igual. Antes, se explicaba que no tuviese tales ideas, pues era demasiado joven, bastante banal y divertido, y optimista hasta la exageración de este vocablo. Ahora, que ya me voy sintiendo viejo, y en mis insomnios he meditado largamente sobre las tristezas de mi soledad y abandono; ahora, que me voy haciendo pesimista frente al espectáculo desconsolador de la vida; ahora, que no tengo una voz familiar que me consuele con dulzura y sepa engañarme con amor, sigo a pesar de todo rebelándome ante el matrimonio. Y no es porque me desagrade el matrimonio en sí, es por las consecuencias fatales del mismo. No es porque tema no hacer feliz a una mujer determinada que me fascina, ni porque me asusten los celos propios y los ajenos, ni porque sea exigente en el momento de elegir compañera: es sencillamente por los hijos. Esos hijos tan queridos y tan idolatrados por mí, qué aún sin haberme nacido ya me prohíben que los traiga a la vida, ya que me vedan que busque la compañera que necesito para descansar en ella mis dolores, para consolarme de mis tristezas y desventuras, para que comparta con dulzura mis alegrías, y qué sé yo para cuantas cosas más.

Los que tenemos la certeza de ser buenos padres, los que examinados serenamente, fríamente, no tenemos la certidumbre de poder dar a nuestros hijos, no tan sólo aquello que se merecen sino aquello que les es necesario y, bajo todos los aspectos, imprescindible, no podemos ni debemos casarnos; pecaríamos al traer hijos al mundo, y nos envileceríamos y nos depreciaríamos ante nosotros mismos al contemplar los pedazos palpitantes y puros de nuestras entrañas, consumiéndose lentamente por el hambre y tiritando inconsolables por el fío.

El matrimonio es santo; lo sé. La paternidad es sublime; no lo dudo. Pero yo no quiero ni ser santo ni ser sublime. No quiero que mis hijos me puedan decir algún día, sin palabras o con odio y desesperación reconcentrada: “Te casaste por egoísmo, me trajiste al mundo por placer, y luego, como consecuencia de tus pasiones, me condenaste a la miseria que me devora y a un dolor incurable que me mata”.

El matrimonio dicen que padece una crisis terrible en todas partes. Esto nos dice que los hombres se han vuelto más juiciosos, tal vez las mujeres, o ellos y ellas a la vez. Casarnos ¿para qué? Como no sea para tener hijos desgraciados y ser infelices contemplando impotentes y descorazonados su desgracia. Que se casen los ricos y los poderosos y los vencedores, aunque no tengan la preparación bastante para ser padres y la personalidad debida para tener hijos; ellos, por lo menos, podrán darles con qué cubrir sus necesidades materiales, y dinero con que se perviertan. Los desheredados, los vencidos, los parias, los que ganamos fortuitamente el pan que nos alimente y desconocemos el techo que nos cubrirá mañana, ésos no debemos casarnos, aunque podamos darle a nuestros hijos todo lo que espiritualmente necesiten. La sociedad que condena a centenares de hombres honrados a vivir de un salario miserable, o los castiga indiferente con el paro forzoso, no puede exigirnos que le demos hijos, ni puede pedirnos que dignifiquemos debidamente a nuestras mujeres.

Que se queden ellas solteronas, trabajando en las oficinas y en los talleres, y nosotros adustos y esquivos, apartados de ellas aunque piensen y digan que las odiamos o tememos que disminuya la población y que se desmorone el poderío de la Patria; a los ciudadanos conscientes, ¿qué nos importa todo esto? Tenemos hamb, y los gobiernos no escuchan nuestros ayes; buscamos trabajo. y no existe en ninguna parte. Con las privaciones a que se nos condena, se fabrican tuberculosos y se crean enfermedades. ¡Menos mal que por caridad vienen luego a consolarnos y a enseñarnos a morir con resignación!

Nosotros preferimos que aumenten los conventos y las congregaciones religiosas, a que lloren las madres inconsolables. Ya es hora de que de una vez se cierren los hospicios, y de que se acaben por siempre los cuadros desconsoladores que forman por esas calles los niños hambrientos. ¡Antes que vivir muriendo, es preferible no haber nacido!

Desgraciadamente, no piensan así todos los hombres. Sé que una inmensa mayoría sigue aventurándose al matrimonio, fascinados por una ilusión placentera o impelidos por sus pasiones, para más tarde llorar impotentes en medio del frío de una sociedad inmoral. De mí puedo afirmar honradamente que antes de aventurarme a tener unos hijos desgraciados —que me exigirían robar y quién sabe si cometer algún crimen ignominioso, juzgado por mis semejantes— preferiré convertirme voluntariamente en eunuco o hacer voto perpetuo de castidad.

Si la sociedad está desorganizada y los gobiernos no aciertan desconcertados a gobernar con justicia, y los pensadores no han sabido sino dar fórmulas estériles para cambiar el ritmo triste de la sociedad, y cada vez la lucha por la vida va siendo más cruel, y haciendo depender más del azar nuestro posible bienestar, eso no justifica que los hombres conscientes nos abalancemos al matrimonio para correr el riesgo de ser malos padres, esposos injustos, malos hombres condenados por la humanidad, fieras enjauladas, e inútiles para satisfacer el hambre de unas bocas inocentes que piden siempre con llanto.

Los hombres que piensan no se casan en este siglo inquietante; ya sabéis por qué. Las mujeres que les correspondan por esposas, que se hagan Hermanitas de la Caridad o de los Pobres, para que cuando sean viejos, vengan a celebrar sus bodas consolándolos. De seguro tendrán entonces mucho de que ser consolados. Antes que deshojar flores y pisotear alegrías y desvanecer ilusiones, es preferible verlas marchitarse; y antes que lamentar las desventuras de aquéllas que podríamos encadenar a nuestra suerte por amor, preferimos llorar inconsolables en la tragedia increíble de nuestras soledades, el abandono por sacrificio de los más caros ideales y la pesadumbre adusta de nuestras almas por haber huido de lo que buscábamos febriscentes, impelidos por nuestra naturaleza viril y paternal. Así, por lo menos tendremos algo de que vanagloriarnos en las postrimerías de nuestras existencia, y así mis hijos, incorpóreos e informes, me bendecirán desde lo incierto del caos donde moran».

Así me habló un día aquel amigo triste que murió solo, mientras brillaba en sus ojos una chispa de luz, y vigorizaba con sus palabras un fervor creciente.

[*ElPaso}– “Dándole vueltas al viento” / Poemas de Antonio Pino Pérez: San Miguel de La Palma

San Miguel de La Palma

Isla, roca del mar con vocación de alturas,
grito, el más atrevido de la Atlántida muerta,
explosión submarina y maravilla abierta,
camino de los cielos a todas la aventuras.

Navegas por los mares con regias vestiduras,
centinela de España, siempre firme y alerta,
con tus ígneos volcanes, de montañas cubierta
donde alumbran las nieves celestiales blancuras.

Tus entrañas de fuego rebosando erupciones
tatuaron en tus carnes los ríos de la muerte
en un salvaje rito de purificaciones.

Y, desde entonces, Isla, por fuego redimida,
creces como atalaya, como el bastión más fuerte,
buscando los eternos caminos de la vida.

[El Paso}– El Paso, arte e historia / Gerardo Fuentes

(Artículo publicado en El Día [Santa Cruz de Tenerife] el 15 de noviembre de 1987).

El Paso —que según real decreto firmado por el Rey Alfonso XIII, el día 20 de septiembre de 1910, recibió el titulo de ciudad, y que debe su nombre, probablemente, al camino que unía Los Llanos de Aridane con la cumbre— hoy es un núcleo de verdes parajes donde su bella campiña poblada de almendros se funde con los pinares que descienden desde las cimas del lado pasense de la Caldera de Taburiente.

Sus orígenes se remontan a la propia conquista por don Alonso Fernández de Lugo que, después de haber sometido a todos los jefes indígenas, se propuso capturar al valiente Tanausú, oculto en la agreste Caldera [1].

La vecindad dependió administrativamente del municipio de Los Llanos de Aridane hasta 1837, año en que El Paso empezó a contar con Ayuntamiento propio gracias a la labor desempeñada por don Manuel Taño [2]. Pero desde el siglo XVIII, para celebrar sus cultos la pequeña feligresía acudía a la ermita dedicada a Nuestra Señora de Bonanza.


La Iglesia Vieja, el 17/06/2005. Foto cortesía de Luis Centeno.

Este recinto, de líneas armónicas, fue erigido con el beneplácito del alférez don Salvador Fernández, favoreciéndola con una capellanía. Hay que destacar en esta ermita su hermoso artesonado de raigambre mudéjar, considerado como uno de los mejores de la isla de La Palma. Actualmente la ermita se halla cerrada al público y en fechas próximas se someterá a una esmerada restauración.


Un rayo de sol naciente se filtra por el campanario de la Iglesia Vieja. 24/26/1995. Foto de mi colección.

Convertida en parroquia en 1885, siendo obispo de la diócesis don Jacinto María Cervera y Cervera, y dado el aumento poblacional y la importancia que en años sucesivos adquirió el municipio de El Paso, se creyó conveniente construir un nuevo templo cercano a la citada ermita.

Las obras del nuevo templo fueron comenzadas con gran rapidez, y el templo fue inaugurado el 27 de julio de 1934, en plena República, por el obispo Fray Albino González. Pero los trabajos se reanudaron en 1963 [3], momento en que el arquitecto Juan Julio Fernández procede a la terminación de la torre y de la fachada principal.

Todo el conjunto, compuesto por tres naves, está inspirado en el estilo gótico, y, según se desprende de los planos originales, debía ser techado con armaduras de impronta mudéjar. Por diversas circunstancias, esta armadura quedó reducida a un plano horizontal que no obedece en absoluto a los esquemas indicados por ese estilo [4].

Interiormente se completa con un grupo de altares, que siguen las pautas góticas, realizados por el artista valenciano Francisco Arnau, que era profesor de la Escuela de Artes y Oficios de Santa Cruz de La Palma.

El retablo del presbiterio fue costeado por don Justo Triana Remedios. La madera con que se hizo este retablo procedía de un tronco de tea encontrado en el camino forestal al Refugio del Pilar y generosamente donado por don Pedro Capote Lorenzo que, además, puso su serrería a disposición de la junta constructora. Y con una caja de cedro que hubo de comprarse para el manifestador [5], y una peana de viñátigo rojo, se dio término felizmente al altar mayor que fue bendecido solemnemente el 9 de enero de 1949.

Es quizás el púlpito, bellamente decorado con las figuras de los cuatro evangelistas, la pieza lígnea [6] que mejor refleja el arte de Arnau,


Fachada principal de la Iglesia Nueva. Foto de mi colección, tomada en julio/1974.

El apartado escultórico se reduce a un número de piezas de reciente ejecución, algunas de ellas donadas por la familia Capote. Las de mayor interés artístico son las de Nuestra Señora de Bonanza, patrona de El Paso, imagen del siglo XVIII, y que se alberga en una de las dependencias parroquiales en espera de su pronta restauración.

Cuenta la tradición que por el viejo camino de Tacande a Las Manchas, esa imagen era llevada en procesión de rogativas de súplica de lluvia, y que hizo el prodigio de cerrar cielo y tierra en El Paso con una tormenta borrascosa, hasta el extremo de oírse el grito unánime de los acompañantes que repetían. “Virgen Santísima, ¡haz la bonanza en nuestra tierra!”. Esto ocurrió en torno al año 1857.

La imagen de El Nazareno,


Foto cortesía de Mari Carmen Taño Padrón, tomada el 06/04/07

que se halla en el altar de su nombre, parece una talla de principios del siglo XVIII. Su procedencia se cree del ex convento de San Francisco, de la capital palmera. Se veneró también en la iglesia de El Salvador (Santa Cruz de La Palma) hasta 1906, año en que el arcipreste Puig Codina la hace trasladar a la anterior parroquia de El Paso, junto con la imagen de La Dolorosa,


Foto cortesía de Mari Carmen Taño Padrón, tomada el 06/04/07

que actualmente se halla en el altar de El Calvario, imagen atribuida al escultor palmero Aurelio Carmona (1826-1901), quien también talló El Cristo Yacente, depositado en la parte baja del mencionado altar.


Foto cortesía de Mari Carmen Taño Padrón, tomada el 06/04/07

Por último, un pequeño crucifijo de marfil, magistralmente tallado y quizás del siglo XVIII, aparece expuesto en el tabernáculo del retablo mayor.

El resto de las edificaciones religiosas traducidas a ermitas ponen una nota de encanto en medio de la naturaleza, como sucede con la de Nuestra Señora de El Pino. Pero la de mayor valor artístico se halla en el barrio de Las Manchas, dedicada a San Nicolás de Bari, que sigue las pautas de las ermitas canarias, techada por un modesto artesonado.

En arquitectura civil, El Paso cuenta con interesante ejemplos, ofreciendo un tipo de vivienda urbana de cuidadas líneas dentro de la corriente clasicista; así lo manifiesta el domicilio de la familia Capote, en la calle de General Mola, en cuyo remate se alzan elegantes jarrones que descansan sobre plintos. Otros, en cambio, presentan alargadas fachadas, con o sin balcones, molduras, cornisas y, a veces, con sencillas columnas de gusto clásico que engalanan la entrada principal.

Más allá, y adentrándonos en sus campos, aparece la casa tradicional que muestra ventanas de guillotina y airosas chimeneas, sin olvidarnos del atractivo efecto de sus blancas paredes y la piedra gris de las esquineras.

Deseamos, desde aquí, agradecer a don Braulio Martín, prócer de esta ciudad de El Paso, los valiosos datos históricos que gentilmente nos ha ofrecido de la misma.

***

NotasCMP.

[1] Que es parte del municipio de El Paso.

[2] Más información sobre don Manuel Taño y la creación del municipio de El Paso, aquí.

[3] Me temo que la reanudación de los trabajos la marca el inicio de la construcción de la torre, que tuvo lugar en la segunda mitad de los años 50. Esta foto, de mi colección, tomada el 05/09/1958 (soy yo quien aparece en ella), demuestra que para esa fecha la torre no había sido terminada aún.

En cuanto a su inauguración, Wifredo Ramos, cronista oficial de El Paso, en su artículo “Don Salvador Miralles Pérez. In Memoriam – Homenaje póstumo en El Paso“.

dice: “A finales de agosto llegó a El Paso, acompañado de su esposa, el hijo de esta ciudad y rico hacendado en Venezuela, Don Antonio Duque Herrera, quien acogió con agrado la idea de la terminación de la torre parroquial, según el proyecto del arquitecto tinerfeño D. Tomás Machado y Méndez de Lugo. La torre se finalizó en el mes de marzo de 1960. Su altura alcanza 35 metros y tiene un reloj de cuatro esferas”.

[4] Entiendo que en este párrafo se dice que, según los planos originales, las tres naves debían ser techadas con armaduras de impronta mudéjar, pero, por diversas circunstancias, lo fueron con una armadura que quedó reducida a un plano horizontal. Sin embargo, el techo horizontal es el de las dos naves laterales de la iglesia, no el de la nave central, aunque no sabría yo decir si éste es o no mudéjar.

[5] Manifestador: Dosel o templete donde se expone el Santísimo Sacramento a la adoración de los fieles.

[6] Lígneo: Supuestamente, es adjetivo relativo a la madera, aunque no está en el DRAE.

“Dándole vueltas al viento” / [El Paso}– Poemas de Antonio Pino Pérez: Aquella piedra

AQUELLA PIEDRA

Aquella piedra por la mar bañada
que exacta un corazón reproducía,
por ver si palpitaba todavía
la arranqué de la espuma nacarada.

La saqué con mi mano emocionada
y en su calor de nido la tenía.
La apreté y la ausculté por si vivía
convenciéndome, al fin, que no era nada.

Una piedra, juguete de las olas,
que un corazón humano repetía
en las furias del mar por siempre solas.

Un pedazo de muerte desolado
que el mar piadoso por piedad mecía
meciendo un corazón petrificado.

1940

[El Paso}– La ruinosa iglesia de mi pueblo / Antonio Pino Pérez

Además de obra en verso, don Antonio Pino Pérez tiene mucha en prosa. Su hijo, Juan Antonio Pino Capote, amigo mío desde que ambos éramos adolescentes, me ha hecho llegar varios de esos artículos en prosa, y aquí va el primero de ellos, precedido de una pequeña biografía que de su padre hace Juan Antonio.

Carlos M. Padrón

***

Mi padre, Antonio Pino Pérez, nació en El Paso el 16 de julio de 1904. Estudió bachillerato en el instituto “De Canarias” (entonces el único del archipiélago, y hoy “Cabrera Pinto”) de La Laguna, Tenerife. Desde joven sintió inclinación a estudiar Letras, pero un mecenas familiar, que era quién le podía costear los estudios, lo hacía condicionándolo a que estudiara Medicina en Madrid, donde se podría relacionar con los líderes liberales, que era la tendencia política de su mecenas, y supeditando así sus estudios a la militancia liberal.

Con el pretexto de que algunas asignaturas del tercer curso de Medicina se le habían atravesado en Madrid, se trasladó a Galicia para terminarlo, y así fue. En cuanto pudo meterse en un barco hacia Cuba se escapó en 1928 de las redes políticas y de la Medicina para irse a ese país con la intención de trabajar y estudiar la carrera de su verdadera elección: Filosofía.

En Cuba fue acogido por paisanos suyos de la Quinta Canaria, donde, ayudado por sus tres años de Medicina, trabajó como enfermero mientras estudiaba Letras, y colaborando además, como redactor, con el cuerpo de redacción de “Tierra Canaria”, que es la revista en la que publicó los artículos que te he mandado.


Cuerpo de redacción de Tierra Canaria, 1930/31, donde aparece mi padre, ampliado en la foto que sigue.


Antonio Pino Pérez en Cuba. Foto de 1930/31.

Por su participación activa en las revueltas estudiantiles de los universitarios, debió huir de La Habana y se fue a Cabaiguán, pero como también allí lo buscaban, sus amigos le aconsejaron que regresara a Canarias, y le ayudaron a hacerlo.

Regresó a La Palma en 1932 y, precisamente trabajando en las ruinas de la Iglesia Nueva —“La ruinosa iglesia de mi pueblo”—, se enamoró de mi madre, que también trabajaba allí.

Pero mi madre era de familia afiliada al Partido Conservador, y, como ya dicho, el mecenas familiar de mi padre era Liberal y, por ello no estuvo conforme con ese noviazgo y no ayudó a mi padre para que se hiciera dentista, que era la carrera que, convalidando sus tres años de Medicina, podía él terminar en menos tiempo.

Sin embargo, de otros familiares consiguió dinero suficiente para hacerse dentista y casarse con la conservadora.

Tras largos años de ejercicio profesional, político y literario (Hijo Predilecto de su pueblo), murió en Santa Cruz de Tenerife el 24/08/1970. Al día siguiente sus restos fueron trasladados a su pueblo natal, El Paso,


El cortejo fúnebre llegando al Ayuntamiento de El Paso.


El cortejo fúnebre frente al edificio del Ayuntamiento de El Paso. Al fondo, paradójicamente, la torre de la que en 1930 era ruinosa iglesia.

que le tributó una calurosa y multitudinaria acogida, y fueron inhumados en el cementerio de su pueblo.

Juan Antonio Pino Capote

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Antonio Pino Pérez

La ruinosa iglesia de mi pueblo
(Artículo publicado en “Tierra Canaria”, La Habana, Cuba, en agosto de 1930)

Hace ya más de 20 años que estas cuatro paredes desnudas y sin amparo esperan ser terminadas debidamente, para ser convertidas en el Templo Parroquial de la ciudad de El Paso.

Desde hace tiempo, crecían, en la libertad de su abandono, las ortigas y los cardos, y a sus alrededores jugaban alborozados los chiquillos, lo pueril de sus travesuras y lo inconsciente de sus ingenuidades, mientras que en su interior, desierto, lloraba en silencio el más desconsolador de sus mutismos. Recuerdo que, en los días de fiesta política, los caciques del pueblo mandaban escupir sobre estas paredes desoladas la salva biliosa de un cañonazo, con el que celebraban sus triunfos fatales. En esta inocencia sentimental de mis pocos años, aquellos cañonazos se me antojaban como una maldición profana a lo que, tal vez, había de ser un día, o como un insulto belicoso a lo que ya in mentis era.

Hoy, como una ironía terrible a estas ruinas sin gloria y sin recuerdos, han rodeado sus paredes de una bella plaza donde en los días festivos lucen sus encantos y su lujo las mocitas casaderas, y los indianos pasean en triunfo sus fanfarronas arrogancias.

Pasan los años, y esta enorme mole de granito, que respira arte por sus pétreas formas y expande grandezas desde sus majestuosas magnitudes, yace abandonada al sol y a las lluvias, y confiada a la obra implacable del tiempo.

Contemplando sus piedras renegridas por la lluvia, y su vejez tan prematura que ni siquiera llegó a tener ni juventud, no he podido menos de compararla a la vida rota de un soñador de imposibles que se empeñó, en la vida de los hombres, en plasmar de realidades el ideal de un sueño superior a sus fuerzas.

La casa que había de albergar los misterios del catolicismo y servir de sedante a los anhelos gigantescos de la fe, postrada en el más doloroso de los olvidos y a medio hacer, como el esqueleto de una religión que languidece o como el fantasma temido de un enigma que no hemos sabido penetrar, perece hablarnos en su desgracia de la indiferencia desalentadora de los creyentes y de lo inconstante y tornadizo de los esfuerzos de los hombres.

Estas ruinas, edificadas expresamente para ruinas, inspiran mayor desaliento que las de Itálica y que las de Pompeya. No tendrán un cantor que las redima, porque no tienen historia, ni vendrá nadie a recordar entre sus escombros. Serán como un orgullo soberbio que se nutrió de sí mismo e, impotente, un día sin haber sido, se sepultó bajo la fantasía de sus grandezas, desdeñosa y despectivamente.

***

NotaCMP.- Las ruinas cobraron forma, y el 27 de julio de 1934 fue inaugurada la que desde entonces se conoce en El Paso como “La iglesia nueva”, cuyo frente luce ahora como se ve en esta foto, tomada por mí en julio de 1974

[*ElPaso}– Casas de corte y costura (C3)

17-05-2007

Carlos M. Padrón

En la década de los 50 existía en casi cada barrio de El Paso al menos una casa en la que se había habilitado un espacio —generalmente una habitación con ventana a la calle— donde una de las damas que en esa casa habitaba dictaba clases de costura y bordado.

A esa casa asistían muchachas, desde muy jóvenes hasta no tanto, que se disputaban los puestos de junto a la ventana porque les permitían, mientras cosían o bordaban, ver quién pasaba por el camino al borde del cual estaba la casa. Es oportuno aclarar que en aquellos tiempos las únicas vías llamadas “calles” eran las del propio centro del pueblo; todas las demás eran caminos, empedrados o no, excepto, por supuesto, las dos carreteras que había: la que conducía a Tajuya y más allá, y la que llevaba al túnel hecho en la Cumbre Nueva.

En mi opinión, y según los comentarios que escuché de algunos de los varones residentes en tales casas, éstas eran, más que de costura—como se las llamaba—, de corte y costura, pero la actividad de “corte” se practicaba con la lengua, ya que las féminas que atendían las clases desmenuzaban todos los chismes —en particular los amoríos y desavenencias, pasados, presentes y proyectados a futuro— y no dejaban títere con cabeza en los comentarios que hacían entre ellas, que solían ir subiendo progresivamente de tono en la escala moral.

Por una de esas casas, en las que el “corte” era actividad clave, tenía yo que pasar casi a diario cuando montado a caballo llevaba la vaca a la relva [1], y cuando regresaba luego, a pie, a mi casa. Y en esta segunda pasada era frecuente que las muchachas —al menos algunas de ellas— de la casa de corte y costura (a las que, para abreviar, llamaré C3) me sacaran colores con los comentarios que me dedicaban, ninguno de los cuales, ni siquiera mucho más ligeros, se hubieran atrevido a hacerme en plena calle o cara a cara, pues creo que el sentirse en grupo les daba un valor que de otra forma no tendrían y, además, siempre les quedaba el recurso de esconderse dentro de la habitación si alguna de sus “víctimas” volvía la vista hacia ese lugar.

En mi viaje de ida, cuando pasaba montado a caballo, no me decían nada porque desde mi posición podía yo ver el interior de la habitación donde estaban reunidas, e identificar quién había hablado.

Estas C3 jugaron papel primordial en la formación de matrimonios entre una muchacha del pueblo y un muchacho, también del pueblo, que anunciara su venida, de paseo o a quedarse, desde Venezuela. Apenas se sabía la noticia comenzaba en las C3 la búsqueda de la muchacha más apropiada para el “indiano”, que así solía llamarse a los que venían de América. Los criterios de escogencia solían ser, principalmente,

• Los gustos, preferencias y rasgos de carácter que el muchacho había demostrado mientras estuvo en el pueblo. Determinar esto requería de una larga pesquisa que, una vez finalizada, y creado con sus resultados el perfil del muchacho, era seguida de otra encaminada a determinar qué muchachas podrían hacer pareja con un hombre de tal perfil

• Que la muchacha estaba entre las que a él le gustaban cuando aún no había emigrado a Venezuela

• Que entre las familias de ambos no había problemas de aceptación recíproca

• Que el nivel socioeconómico de esas familias era el adecuado. (Claro: el de la de él superior en algo al de la de ella… como de costumbre)

Ese proceso, trabajado y pulido sesión tras sesión, eventualmente producía en cada C3 una candidata de consenso y, tan pronto se sabía quién era ésta, era inevitable que la de dos o más C3 fuera la misma, creando así una mayoría que comenzaba a dar más forma al asunto, que entonces salía ya a la calle, rebasabando los límites de las C3, y pasaba a ser tema de conversación, y de comparación de opiniones y criterios, en bautizos, bodas, velorios y hasta en los bares, a los que acudían sólo hombres.

Cuando faltaba poco para que llegara el indiano “víctima” —al que a efectos de este relato llamaré Ramón—, en el pueblo comenzaban a dirigirle a Rosa —le daré este nombre a la muchacha agraciada y acordada por la opinión mayoritaria— preguntas como: “¿Y es verdad que Ramón viene a casarse contigo?”.

Rosa reaccionaba primero con gran sorpresa, pero cuando las preguntas de ese tipo le caían a diario y desde todos los frentes sociales, la sorpresa iba tornándose en rubor, y luego en sonrisa tímida que, a todas luces, escondía una esperanza, pues tanta repetición terminaba por hacerle creer a Rosa que la gente sabía algo cierto porque Ramón habría hecho algún comentario en ese sentido.

Y cuando por fin Ramón desembarcaba en el puerto de Santa Cruz de Tenerife —traído por el “Santa María”, el “Veracruz” o alguno de los trasatlánticos que en esa época hacían escala allí, de ida y de vuelta, en sus viajes a Venezuela—, le llovían preguntas como: “¿Y es verdad que vienes a casarte con Rosa?”.

Y las reacciones de Ramón eran copia, sólo que en versión masculina, de las de Rosa, de forma que, para cuando él llegaba por fin a El Paso, y las preguntas e indirectas aumentaban, no podía evitar sentirse de alguna forma alterado al toparse por primera vez y cara a cara con Rosa y, por supuesto, saludarla. Ella, a su vez, no podía evitar sonrojarse y bajar la vista, incluso mientras se daban el apretón de manos, único saludo entonces permitido en esas circunstancias.

Y claro, cuando Ramón iba al primer baile en Monterrey, allí estaba Rosa,…. y también cien pares de ojos fijos en ambos a ver qué pasaba.

Tal vez porque las miradas tienen, como se dice, efecto telequinético, Ramón se acercaba a Rosa y la invitaba a bailar, y ella aceptaba… y ahí comenzaba un tipo de relación, basado en “selección natural” —nunca mejor dicho— que, créase o no, produjo matrimonios que el tiempo se encargó de probar que fueron duraderos.

En otros casos, la relación sentimental entre un Ramón yuna Rosa comenzó antes de que él emigrara a Venezuela, y ella, siguiendo la costumbre de la época, “le guardó la ausencia”, o sea, se encerró en vida esperando que él regresara. Pero Ramón consiguió pareja en Venezuela y nunca regresó,… y Rosa quedó como Penélope en la estación del tren.

Acerca del tema de estas esperas, del que vi varias muestras, escribí y grabé una canción que me propongo publicar aquí algún día.

***

[1] ‘Relva’ no está en el DRAE; no al menos con la acepción que se le daba en El Paso. Así que echo mano de mi Léxico Pasense, en el que ya tengo recogidos casi 400 vocablos o expresiones, y para los no de El Paso aclaro que relva es un prado o zona de pasto fresco y verde en el que se suelta al ganado de leche, generalmente el vacuno, para que paste a placer.

[El Paso}– “Dándole vueltas al viento” / Poemas de Antonio Pino Pérez – Prólogo

Bajo este título, «Dándole vueltas al viento” / Poemas de Antonio Pino Pérez» me propongo publicar en estas secciones del blog los poemas contenidos en el libro en referencia, obra de don Antonio Pino Pérez, Hijo Predilecto de la Ciudad de El Paso, Cruz de Beneficencia, dentista, escritor y poeta.

Adjunto foto de cómo recuerdo a ese hombre, corpulento y de verbo apasionado, que con su constante quehacer dejó honda huella en su pueblo natal, del que fue dos veces alcalde, y en todos los que le conocimos.

En esta primera entrega va el prólogo al libro en referencia, con nota previa de los tres hijos de don Antonio Pino. De ellos, Juan Antonio, amigo mío desde nuestra primera juventud (aparece, al igual que yo, en la foto que acompaña al artículo «Don Salvador Miralles Pérez. In Memoriam – Homenaje póstumo en El Paso«), me ha hecho llegar el material de esta publicación y de la que acerca de su padre he hecho ya («Ni el rencor los nombra«) y me propongo hacer.

Muchas gracias, Juan Antonio. Si mal no recuerdo, la última vez que nos vimos fue hace 43 años (1964), pero espero que nos veamos —un poco más jóvenes, por supuesto— este próximo mes de junio.

Carlos M. Padrón

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Queridos amigos:

Decimos amigos porque los que se interesen por estas poesías son, en su mayoría, amigos palmeros y/o admiradores de nuestro padre, Antonio Pino Pérez.

Son muchas las personas que nos han pedido su libro «Dándole vueltas al viento”, hace tiempo editado y agotado.

Al Ayuntamiento de su pueblo, al que tanto sirvió, le hemos pedido una segunda edición, que se difumina con aplazamientos y promesas dudosas. Por eso lo ponemos a tu disposición por este maravilloso medio por el que a nuestro padre le hubiese gustado que volaran sus poemas. El libro tiene derechos de autor, que en su ausencia son nuestros y tenemos la plena conciencia de que él, nuestro padre, hubiese disfrutado poniéndolo a la disposición de todos.

María Lourdes, Juan Antonio, y Rosario Pino Capote.

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PRÓLOGO
A cargo de Pedro Hernández

Al libro «Dándole vueltas al viento”
Selección de poesías de Antonio Pino Pérez
Editado por el CENTRO DE LA CULTURA POPULAR CANARIA
Primera edición: Agosto de 1982

En las más o menos breves y precisas dimensiones de un prólogo —en este caso para un libro de versos de un vate palmero, Antonio Pino Pérez— tal vez me resulte difícil decir cuánto creo y pienso de este escritor amigo. Pero me complace el cometido de dar paso a un poético mundo que se nos muestra familiar, en el que es raro el tema que no aparece enmarcado en nuestros paisajes —de la isla o del alma— tiernamente coloreados de vida. No pretenderé, y claro está que sería vano el intento, hacer ni siquiera un somero estudio crítico de la obra de Antonio Pino, pero sí exponer la creencia de que, al menos mientras haya almas sensibles y andariegas que transiten por los soñados caminos de Machado —y las habrá siempre— no faltará quien le recuerde. Y los que antologicen a los poetas de las Islas no deben olvidarle.

Nació Antonio Pino Pérez en El Paso, un bellísimo pueblo con título de ciudad, término éste que no me gusta emplear porque, cuando menos, me sugiere la idea de terquedad en las trasnochadas urbanizaciones que, por desgracia, ya ensucian algunos inaguantables panoramas de diversos lugares palmeros.

El Paso es un encanto, un primoroso retazo de la Naturaleza, un regalo de Dios. En El Paso, metido en sus huertas, en sus jardines, en sus cumbres, integrado en la universal armonía de las cosas, el hombre se siente otro hombre. Fueron estos idílicos parajes, su luz, su aire, lo que marcó desde su infancia y para siempre a Antonio Pino. En plena juventud, como tantos canarios, pensó que el mundo era algo más que la paz paradisíaca y la belleza cósmica y también la melancolía de una isla que el mar aprisiona. Se sintió con alas y voló. Anduvo por América y Europa. Conoció muchas gentes. Tuvo contactos con figuras preeminentes de las letras y de las ciencias. Supo lo que era el mundo, en el que vivió con la impetuosidad y la fogosidad de sus años mozos. Volvió a la isla, su isla, porque era su destino. Auscultó el corazón de la tierra en que tenía sus raíces, y sintió de nuevo el latido de su corazón ilusionado de poeta. Tenía fe en él y en su energía —que a veces se le hacía generosa flexibilidad— para, sin doblegarse, vencer adversidades.

Por entonces le conocí, y nuestro mutuo afecto se mantuvo invariable hasta su tránsito. Charlar con él de temas literarios era una delicia. Luchaba como un aventurado idealista en la defensa de intereses públicos, acaso soñando, fuera de la realidad circundante y viviente, en un mundo romántico que había de traer reivindicaciones, engañosas o no, pero en las que creyó firmemente. Tal vez eran sueños que él, al fin poeta, pretendía vertebrar, para poder configurar realidades que nos acercaran a un mejor destino. Y ya no quiso apartarse nunca más de su vieja Benahoare [1].

En el campo de las Letras, no cesó de bregar, sobre todo en la prensa diaria, firmando artículos con su nombre o con pseudónimo, en los que trató variados temas, principalmente relacionados con problemas insulares. Como poeta, su producción es importante. La recopilación hecha en este libro es sólo una muestra de su quehacer, pues habrá que recobrar, de entre sus papeles y de periódicos y revistas en que se hallan dispersas, otras composiciones que están ausentes en estas páginas. Y tampoco hay que olvidar que sólo dio a la publicidad una parte de lo escrito.

En sus versos, rítmicos y sonoros, se encuentran perspectivas y cuadros psicológicos que pudiéramos encuadrar en las corrientes realistas de su primera época, a la que siguió fiel. Y él puede ser uno más para corroborar cuanto se nos ha dicho respecto a que “toda poesía hecha en Canarias estuvo sostenida por sus modelos españoles”, si bien, en este caso, habría que agregar, como matización de algo perceptible en algunos de sus trabajo, que el poeta vivió parte de su juventud en la América hispana, donde, en las postrimerías del XIX, dominó el realismo que había imperado en la literatura narrativa francesa.

La melodiosa fluidez, la sencillez y colorido, la vigorosa línea expresiva, sus cambiantes panoramas —en los que la palabra se hace luz y sombra, sima o altura, pincelada de amor a nuestra tierra visión emocional, vuelo sinfónico—, su simplificación de temas, su técnica, que tal vez llamaríamos impresionista, todo puede contribuir a afirmarnos en la creencia de que Antonio Pino no pasará inadvertido, y figurará, de pleno derecho, entre los poetas de las Islas, aunque bien conocida es la costumbre de nuestros antologistas e historiadores de la literatura canaria de eliminar en sus libros a los poetas palmeros. Que sepamos, sólo José Quintana, que en su interesante y amplia obra “96 poetas de las Islas Canarias” habla del gran valor que representa la aportación palmense, muy original en la poesía canaria, al acervo cultural isleño, no se olvida de citar a Antonio Pino, nuestro poeta.

La poesía de Pino tiene derivaciones de la más relevante lírica canaria de su tiempo. En ella se perciben sonoras ráfagas que nos traen ecos de Gutiérrez Albelo. Es poesía humana, cuajada de ternura, alguna vez truncada por aletazos en los que se descubre, con insobornable firmeza, un anhelo de libertad. En el devenir de sus días, él —que vivía a compás de las viejas y de las novísimas oleadas poéticas, de los movimientos literarios y de las evoluciones creadoras, incluso más allá de los ámbitos nacionales— sintió y escribió con optimismo, sin pararse a pensar en “nuestra adversa circunstancia de marginación y aislamiento”, citada por Sebastián de la Nuez en un magistral estudio sobre la poesía canaria contemporánea.

¿Pero es que existe para los poetas esa adversidad? El académico José María de Cossío habló una vez de la incuestionable vocación y valía poética y la españolidad de los hombres de nuestras islas. “Es una parcela de la sensibilidad española —decía— que en el campo de la poesía cobra proporciones extraordinarias por la cantidad y por la calidad”. Y aún añadía que las alusiones geográficas o costumbristas de estos poetas son “el medio de asomarse a lo universal”. Alguien ha querido ver en los acentos intimistas de Pino unas señaladas limitaciones que no existen. Lógico es que, en la mayoría de los poetas canarios, prevalezca fundamentalmente, junto a las personales querencias, el tema de las Islas, pero no puede negarse que ambas cosas son plenamente universales en sentimientos y calidades, aunque aliente y aniden en el “a-isla-miento” que nos señalara Unamuno. Las noches de rosas blancas que dejan un luminoso aroma sobre el alma, de que también hablara el maestro, se deshojaban para nuestro poeta, más que en el mar, tierra adentro, en las tardes doradas de Aridane, y en las cumbres y en las nubes de su vida isleña.

En la sinfonía de sus poemas evocó al aurita mundo prehispánico, con sus moradores y sus héroes de leyenda, entre arboledas, tierras volcánicas y “cabocos”. Penetró en lo que llamaríamos la primigenia y estoica filosofía de nuestros aborígenes, anhelando descubrir el alma de la raza. Vibraron las notas líricas en la percepción de los hechos históricos, en los cantos descriptivos de la geografía insular. Todo lo entretejió de recuerdos nacidos de su mundo introspectivo, en el que oyó “el inefable rumor que sólo los poetas escuchan”. Sus versos, más de una vez, nos llevaban a las atinadas palabras del erudito crítico Pérez Minik, cuando, al ofrecer una visión panorámica de nuestra poesía, dice que parece inclinarse “hacia una inteligibilidad de la Naturaleza y del hombre como paisaje; y a este paisaje y a este hombre quiso acercarnos con sus poemas Antonio Pino, aunque a veces sintiera el desconsuelo de ver baldíos sus deseos. Pero él sabía lo que, un día, con exacta palabra, expresó García Cabrera: “Siempre pueden quedar soterradas parcelas de soledades, los entresijos sordomudos de su intimidad, a los que todavía no han podido poner a flote los signos del lenguaje”. Peregrino de sueños y artífice de palabras, las emplea con grácil elegancia, con la armonía rubeniana de que sabe mirar al propio tiempo a la tierra y al cielo. Padrón Acosta escribe de un antiguo vate palmero, que era “lírico adorador de todo lo que su isla encierra”, y en él priva “el amor a lo brillante, que tanto caracteriza a los hijos de La Palma. Lo mismo puede aducirse respecto a Pino, aunque ya no se enciendan, como entonces, las bengalas de la retórica del ochocientos, y alguna vez sus rumbos le inclinen hacia nuevas formas innovadoras que le atraen.

Ignacio Aldecoa nos dijo que llegar a La Palma era tocar la linde del paraíso. Y nos recordó que “la isla se llama de San Miguel de La Palma. Nombre de arcángel combatiente y nombre de planta del paraíso”. Antonio Pino no lo olvidó nunca. Combatió y cantó. Su temperamento, a veces impetuoso, solía deshacerse en la elegancia alada de sus declamaciones, en las que revelaba las torturas de su espíritu o la serenidad que le conformaba y elevaba. Los que bien le conocimos sabemos del cabal retrato que hizo de sí mismo en su bello soneto “Soy”.

Remozador de valores humanos, en confusos días de incontrolables exaltaciones públicas, supo contener los desbordamientos con su palabra, y recobrar la paz. En la paz cultivó con gran cariño, como el poeta del Caribe, la rosa blanca de la amistad sincera. Y volvieron a nacer sus poemas con hálitos campestres, frescura de altas cubres, fragante aroma de égloga, blancas caricias de brumas y de brisas, nieve de almendros y sombra de pinares; mientras, más alejados de los temas cotidianos, brotaban otros que despiertan hondas meditaciones y se alzan en sutiles imágenes. Ya no hay temor de que se pierda en los dédalos incomprensibles de abstractas ideas, pues sólo piensa en valores trascendentes, de los que pueden dar sentía a una vida. Esta temática lo eleva en sus alientos místicos y en su fe. Y fulge en los versos, con desnuda piedad, su religioso espíritu.

Los años fueron aminorando energías, depurando lirismos, difuminando estampas de otros días. Llegó el dolor, con su cortejo de signos misteriosos. Se sentía el poeta en su vital plenitud, cuando pronto vio como, irremediablemente, la vida se le iba. Y nos dijo adiós, en unos versos. El acorde final. Pero ya no eran aquellos tornasolados endecasílabos de ayer, sino otros de serena amargura, de resignada conformidad, de cristiano y definitivo balance. La idea de la muerte le enturbia las palabras, si bien sigue lúcido y alto el pensamiento:

Examina paciente cuanto hiciste,
cuanto no hiciste y pudiste hacer.
Y mesúrate bien en lo que fuiste
porque hacia atrás ya no podrás volver.

Prepárate a morir. Muere sin pena
si tu deber has cumplido al pasar,
y de entregas y amores está llena
esa vida fugaz que va a expirar.

Ahora, Rosario —hija del poeta, inteligente, buena, que sigue adorando y admirando a su padre— ha recogido una parte del hermoso legado que a todos nos dejó él, y se ha dispuesto a publicar el libro que tienes en tus manos. A ella le debo el grato encargo, que sólo justifica la amistad, de prologarlo. Adéntrate en sus páginas, lector, y serás uno más en creer que nunca faltarán estos versos, y que sustenten, con auríferos soportes, la noble arquitectura de sus estrofas.

***
[1] NotaCMP.- Benahoare es el nombre que los guanches (aborígenes) de La Palma daban a su isla.

[El Paso}– Ni el rencor los nombra / Juan Antonio Pino Capote

Juan Antonio Pino Capote
(Artículo publicado en el Diario de Avisos del 21 de septiembre de 2003)

Parece que en la memoria escrita de El Paso ya no queda nada de la que fue una heroica y bella lucha por el agua.

El Paso: 160 años tras el agua” es el titular de una reseña referente a la lucha por el agua de esa ciudad (pueblo con título de ciudad). Es un titular sugerente para esa reseña que apareció en el programa de las fiestas en honor de Ntra. Sra. la Virgen del Pino, con motivo de su bajada trienal, y que editó el propio Ayuntamiento de El Paso.

El principal motivo de este escrito es lamentar que en esa reseña no se haga alusión a un pleito largo y costoso que, por causa de los influyentes de la época, tuvo que ser sufragado por particulares a cuyo frente se puso el valeroso alcalde de El Paso, destituido por el poder imperante para impedir que contara con fondos del Ayuntamiento, con los que se había iniciado el pleito.

Creo que el autor de la mencionada reseña sólo consultó someramente los archivos del Ayuntamiento, y nada más, pues no creo que en esos archivos no conste todo el inicio del pleito; no creo que consultara en serio esos archivos. Por eso omitió un período que va desde 1956 a 1976 en que habla de “unos litigios”, y esto sólo para referirse a un detallado informe jurídico del letrado don Antero Simón, realizado por encargo del Ayuntamiento. Ni siquiera nombra al alcalde que solicitó tal informe, ni aclara que no es sólo un informe jurídico del litigio en cuestión sino que también es la historia de las apropiaciones indebidas y las usurpaciones en la isla de La Palma.

Por razones que luego entenderán, la lectura de esta reseña me produjo una gran indignación.

Después de algunos días de reflexión, y pasados los malos impulsos de la indignación, decidí dejar constancia escrita de lo que, según el autor de la reseña son “litigios que se desvanecieron en el tiempo, sin solución aparente”.

LA HISTORIA NO CONTADA

Ésta es la historia de un alcalde con escasos medios porque era “El dentista de los pobres”, según se ha escrito. Es la historia de un alcalde que lo fue de El Paso durante dos largos periodos, y uno de ellos por aclamación popular y conducido a hombros hasta la tribuna de la plaza pública, de la que fue retirado por la guardia civil y por orden gubernativa ya que se le había prohibido presentarse como alcalde, pero como el telegrama con tal prohibición no llegó a tiempo a sus manos, el gobernador lo tuvo que aceptar (en unos tiempos en los que los nombramientos se hacían directa o indirectamente a dedo).

Es la historia de un alcalde que no cometió otro delito que defender las aguas de su pueblo de El Paso y que, cuando los poderosos lograron marginarlo del Ayuntamiento, él, con unos cuantos amigos y patriotas, consiguió la necesaria “personalidad jurídica” para seguir defendiendo los intereses de su pueblo, y lo hizo a titulo particular y con grandes sacrificios económicos —que pusieron en peligro las carreras de sus hijos en la Península— y con la inestimable ayuda de los amigos que aportaron el suficiente dinero para costear los gastos de un pleito, desigual en cuanto a recursos económicos e influencias políticas, de una entidad privada en las más altas instancias nacionales.

Como veo que por omisión sistemática va cayendo esto en el olvido, creo que, además de conveniente recordarlo, es también conveniente nombrar a estos amigos patriotas que colaboraron: Daniel García, Pedro Capote, Vicente González, Edilio González, Manuel Ángel Pérez Sosa, Pedro Gómez Acosta, Miguel Jurado Serrano, y puede que alguno más, pero, por lo menos, vale recordar a estos pocos —de los que sólo viven tres—, ya que temo que todo esto se pierda irremisiblemente en el olvido, como esta historia ignorada.

Si indignante es esta omisión sistemática, no lo fue menos lo que, en su momento, le dijera al hijo de este alcalde un sucesor suyo que luego se negó a pagar algunas deudas pendientes del pleito: «lo que tu padre va a hacer es arruinar al Ayuntamiento con ese pleito». Pero la viuda e hijos de este alcalde tuvieron que hacer renuncia de la exigua herencia a beneficio de inventario.

Aún hoy sigue siendo una pena que, por la negligencia de unos y los intereses de otros, estos hechos se queden como “litigios que se desvanecieron en el tiempo”, pues creo que hay mucho más que decir y recordar de este alcalde, de estos hechos y de sus amigos. Él se definió a sí mismo con un soneto que explica el título:

SOY:

De esos hombres abiertos, derramados,
que dicen con rudeza cuanto sienten,
y que, aunque les convenga, nunca mienten
y en alta voz confiesan sus pecados.

De los que viven y se dan confiados
y en alegrías su dolor convierten,

ni la traición, ni el desamor advierten,
a sus propios amores consagrados.

De los que alcanzan luz entre las sombras
y cuando pasan, ni el rencor los nombra
porque en la lucha fueron generosos.

De los que buscan con ahínco el cielo,
y se aligeran para alzar el vuelo

rompiendo sus cadenas silenciosos.

Este alcalde era mi padre, Antonio Pino Pérez, Hijo Predilecto de la Ciudad de El Paso, Cruz de Beneficencia, dentista, escritor y poeta, que se durmió para siempre soñando con una justicia que nunca llegó a ver. Esto ocurrió el mismo día del fallo judicial, del que no tuvo noticia.

[El Paso}– Ismael González, Hijo Predilecto de El Paso / Wifredo Ramos

Ismael González es el autor de tres escritos publicados en este blog, a saber:
«Valores humanos de mi pueblo: Don Pedro Martín Hernández y Castillo», «Valores humanos de mi pueblo: Doña Petronila González Guélmez», y
«La eficacia del «Colegio El Paso«»

Entre los recortes de prensa que guardo encontré el artículo que sigue, escrito por Wifredo Ramos con motivo de la muerte de Ismael González. Ese recorte de prensa trae la foto de don Ismael, pero se ve tan mal que no intento siquiera escanearla. Es una lástima, porque me gustaría presentar aquí una foto suya.

También entre los papeles que guardo encontré copia de un soneto de don Ismael en el que, en el tono jocoso muy común en su poesía, hace alusión a su muerte. Dice así:

Finiquitatis, mea culpa est

Estoy tan deteriorado
que no consigo un remiendo,
y creo que voy muriendo
de frente, de atrás y lado.

Mi futuro está morado.
Un tono que ya estoy viendo
turbio, y que me está oliendo
un poco a cuerno quemado.

Tal sintomatología
por la ley de biología
indica que, la partida

será hacia un mundo ignoto,
a caballo, a pie o en moto,…
o en caja en tabla podrida..

El soneto tiene fecha de 1986.

Carlos M. Padrón

***

Wifredo Ramos
(Artículo publicado en el diario El Día, de Tenerife, el 10/12/1988)

Llegó la hora y la noticia de su adiós. Cuando acontece el óbito, es ocasión para la meditación y el recuerdo. Quienes tuvimos la oportunidad de conversar con él amistosamente, recibiendo además palabras elogiosas, nos sentimos impulsados a manifestar algún sentimiento de afecto y gratitud.

Mis primeros recuerdos están envueltos en una aureola popular, a través de algunos relatos de mi padre y de otros paisanos. Rasgos de originalidad destacada para su época y entorno, observador profundo, inconformista con afán constante de superación, tuvo el mérito de haber sido un entusiasta autodidacta, cursando sus “estudios” en la denominada «Universidad de la vida».

Más tarde conocimos sus inquietudes literarias en prosa o verso, su cariño al terruño pasense y canario, y a la tierra venezolana que le acogió durante varios años; sus etapas de residencia en Caracas, Las Palmas, Santa Cruz de La Palma, Los Llanos de Aridane, y El Paso, fueron acumulando pensamientos en manuscritos, o deletreado en la máquina de escribir.

Dotado de gran sensibilidad, captó, con su retina ávida, panorámicas, personajes, costumbrismos, reseñas históricas, impresiones, etc., del variado escenario cultural, descubriendo, apreciando y difundiendo valores y aspectos en un trabajo generoso de cronista voluntario.

¡Cuántas páginas escribió de nuestro pueblo natal desde cualquier lugar en que se encontrara! Y cuántas habrá dejado encarpetadas. Fue colaborador de varios periódicos, con diversas publicaciones. «El Paso (de los almendros floridos)», en el Diario de Avisos; «En la Cumbre», desde Las Palmas:… “Quiero sentir la caricia / del aire en resina ahumado / de orégano embalsamado / y del tomillo en albricia; «Valores humanos de mi pueblo»: Don Pedro Martín Hernández y Castillo, en la revista Canarias Gráfica; «El Cojo de las Lirias», en El Día. «Tanausú», etc.

Otros escritos —desde Santa Mónica, en Venezuela—, su recuerdo a «El Paso, en su trayectoria municipal» —anticipo al 150 aniversario—, sus deseos de noticias, sus coplas con música de Cumbre Nueva, sus muestras de humor, y sus asiduas visitas a exposiciones, que analizaba haciendo comentarios de reflexión y mensaje, patentizan su talante.

Poco tiempo después de recibir el pergamino de su nombramiento de Hijo Predilecto de El Paso, nos lo mostró complacido prodigándose en expresiones de gratitud y modestia. Y aquí hemos de comunicar que albergó la ilusión de ver publicado algún libro con escritos suyos. Ojalá alguien haga el esfuerzo, la selección y la publicación, porque con ello se contribuye a la difusión de la cultura popular de nuestra tierra, y a que se cumpla un deseo noble y soñado que la muerte postergó.

La última vez que estuvimos cerca de él fue en el festival para la elección de la romera mayor de las fiestas de la Virgen del Pino, donde escuchamos con atención sus poemas, recitados por Antonio Abdo, en el espectáculo “Arte, Folklore y Belleza”, a cielo abierto y en feliz apoteosis.

Él no pudo subir al escenario porque un hado misterioso ya le estaba elevando a otros horizontes y acercándole a las estrellas,… que titilaban en el espacio cósmico, en sus ojos y en su corazón.