[*ElPaso}– Memorias de D. Pedro Martín Hernández del Valle, maestro nacional en El Paso entre 1916 y 1920

18-04-2012

Carlos M. Padrón

En la coletilla número 3 de este artículo, conté que mi tío-abuelo, Pedro Martín Hernández, siempre usó estos apellidos, hasta que un día ocurrió que una correspondencia destinada a él le fue entregada, por error del correo, a otro Pedro Martín Hernández que vivía en La Rosa, lo cual le ocasionó a mi tío-abuelo tal perjuicio que, a partir de ese día y para diferenciarse de ese otro Pedro Martín Hernández, incorporó a sus apellidos «y Castillo» —en El Paso, el ‘Castillo’ fungía como genérico de su familia—, y pasó a firmar como Pedro Martín Hernández y Castillo.

Por obra y gracias de este blog, José Antonio Leonés, un bisnieto de ese otro Pedro Martín Hernández, descubrió el mencionado artículo, me contactó, primero por comentario puesto en Padronel y luego por varios e-mails, y me ha enviado un resumen de la biografía y diario de ese otro Pedro Martín Hernández que, también para diferenciarse de mi tío-abuelo, añadió a su nombre «del Valle», y que no vivía en La Rosa sino en Paso de Abajo, creo que, concretamente, en o cerca del lugar conocido como Cajita del Agua.

A continuación, el extracto que de las memorias de D. Pedro Martín Hernández del Valle que amablemente me ha hecho llegar, con una explicación previa a guisa de prólogo, su bisnieto, José Antonio Leonés, quien vive en Las Palmas.

Lo escrito por D. Pedro Martín Hernández del Valle en sus memorias da una buena idea de cómo era la vida en El Paso de los tiempos de la Primera Guerra Mundial.

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Prólogo

Por José Antonio Leonés

D. Pedro Martín Hernández del Valle, mi bisabuelo, llegó a El Paso en 1916, y a los pocos meses se le unió el resto de su familia.

Desde que llegó estuvo viviendo y dando clases, como maestro de primaria, en esa ciudad, hasta el 17/11/1920 fecha en la que salió desde El Paso para Cuba.

Nació en Santa Cruz de la Palma el 19/09/1874, y falleció en la ciudad de Las Palmas el 12/04/1963. Le sobrevivieron 12 hijos, de los cuales sólo queda la más pequeña que actualmente cuenta con 91 años y está muy enferma.

En su estancia en El Paso le nacieron dos hijos: uno, el décimo, en 1917, y el otro en 1918.

La foto aquí reproducida es la que ilustra la primera página de sus memorias, que comenzó a escribir en 1935, a los 61 años, e hizo en ellas las últimas anotaciones cuando ya tenía 82.

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 Extracto de las memorias

Por este tiempo, en mis ratos de descanso, después de dar clase, y como no podía ir con igual frecuencia a ver a mi querida madre por ser tan lejos (en Santa Cruz de La Palma, a unos cincuenta y tantos kilómetros de El Paso), fue cuando construí los juguetes de cedro, a excepción del altarcito —que lo hice años después, en un verano en el golfo— y el recuerdo que dediqué a mi hijo, en los días en que esto escribo.

(D. Pedro Martín Hernández del Valle)

Pequeños aún mis hijos, alternaba yo mis descansos y distracciones con la confección de los juguetes, en la composición de los zapatos, que no eran pocos, y en mis juegos y paseos con ellos.

Eran un batallón cuando los llevábamos a todos a ver las fiestas de la Cruz, que en este pueblo se celebran mucho, y en las cuales Francisca, Saminia y Conchita, en unión de otras niñas, hacían sus apariciones (así creo que es la palabra) en que representaban comedías (1) dedicadas a la Cruz.

Casi siempre, después de las oraciones que conmigo rezaban, los sentaba en fila sobre una gran mesa que teníamos y, frente a ellos, me sentaba yo en una silla y, o bien tocaba la guitarra, o, a elección de la mayoría de ellos, les contaba aquellas célebres e improvisadas consejas o historietas de las que con frecuencia era protagonista Torcuato Quarapelo.

A la sazón estábamos en plena guerra europea, o Gran Guerra, y había escasez de muchas cosas. Nos alumbrábamos con lamparitas de aceite, por no haber otra clase de luz, y también con éstas dábamos clase.

Para conseguir pan negro tenía yo que levantarme muy temprano. El grano de trigo se repartía en proporción al número de hijos; sólo había un artículo para bien de tantos pobres: los plátanos.

Cuando por alguna circunstancia imprevista no podíamos ir a misa, algunos domingos, encendiendo la lámpara y reuniéndolos a todos, rezábamos las oraciones de la misma en el tercio del Rosario, y luego, al terminar, a jugar, a gritar, a correr, y a llenar el salón de algarabía. ¡Entonces sí tenía yo cabeza!

Por algún tiempo di clases en el Paso de Abajo, en Cajita del Agua, yendo después de almuerzo a la Plaza de la Iglesia, y más tarde al Paso de Arriba.

Estos viajes al Paso de Arriba, sobre todo en verano, sí me mataban. Cuando el tiempo que llaman «de levante», o tiempo sur, azotaba el pueblo, llegaba yo al Paso de Arriba —que me quedaba como a tres o más kilómetros de distancia— completamente sudado y ardiéndome los ojos. Y como el trayecto era todo de calzadas pendientes y soleadas, apenas se respiraba más que las bocanadas ardientes del aire seco, que, a veces, parecía asfixiarme.

Y cuando en vez de levante soplaba el viento al que llamaban “la brisa”, su empuje era tan violento que, para protegerme, ponía yo frente a mí un paraguas abierto, en bolinas, sujetándolo por las varillas hasta que pasara la ráfaga (2). Y a veces tenía que buscar refugio al socaire de alguna pared.

Después dejé estas clases y sólo iba a Tajuya, algo más retirado pero mejor camino, donde tenía niños ya mayores de 14 años.

Como había hecho yo en la Breña, en El Paso organicé varias veces a fin de curso los Ensayos Literarios en el salón de la Casa-Escuela, que era grande pero no tanto como para albergar al público, por lo que, a instancias de éste, repetí lo mismo, días después, en el Casino (3) del pueblo que tuvo un lleno grande y la representación gustó bastante, como cosa nunca vista allí, terminando luego el público con un baile.

Que yo recuerde, entonces, y a pesar de tener el título de ciudad, durante los años que estuve en El Paso, éste no tenía más que dos escuelas públicas: una de niños y otra de niñas, además de un colegio privado que regentaba un señor de mi mismo nombre y apellidos, Pedro Martín Hernández, pero que él, en vista de que yo me llamaba igual, se colocó al final ‘y Castillo’ (aunque no tengo seguridad de esto, pues bien pudiera ser que siempre hubiera usado estos apellidos), así como yo, que a veces he puesto el legendario apellido de mis mayores, coloqué al final del mío ‘del Valle’, para evitar confusiones.

Yo no tenía amistad con el otro Pedro Martín Hernández porque quedábamos muy retirados —él en Paso de Arriba y yo en Paso de Abajo— y él era natural de allí.

Por este tiempo, contrajo mi hijo Pedro León la terrible enfermedad del garrotillo, o difteria, cuya salvación estaba en la vacuna antidiftérica, según la prisa que me dio el médico, y que valía entonces cuarenta pesetas.

Como yo carecía de esta cantidad, acudí corriendo a casa de quien me parecía que podía sacarme del apuro. Pero no fue así, pues el señor cura del pueblo, a quien yo conocía y que me conocía a mí, no me sirvió, aunque pudo haberme ayudado, pero me mandó a casa del alcalde. quien me dijo que no había presupuesto para eso.

Yo, medio loco, fui a la botica a empeñar una cámara fotográfica para conseguir la medicina, pero aunque el farmacéutico no aceptó el empeño, sí me dio la vacuna, que días después le pagué, salvándose mi hijo gracias a Dios y a Vicentico Capote, que así llamaban al farmacéutico. Tanto por éste como por aquéllos he rogado a Dios que les haya perdonado, como yo lo he hecho.

Si añadimos a esto que el señor cura y el alcalde eran religiosos y de los pudientes en una ciudad sin clínica ni hospital, y que Vicentico, el farmacéutico, pasaba por irreligioso o indiferente, según decían, y yo nunca lo vi en la iglesia, ¿qué diríamos?

No digamos nada. Dios, que conoce la conciencia de los hombres, que ve nuestras miserias y errores, es el que da premio y castigo. Perdonemos y roguemos por ellos, para poder, a la vez, ser perdonados por nuestras propias faltas.

No recuerdo bien la fecha, probablemente fue la primavera de 1919.

Preparados los niños con lo mismo que hacíamos en el colegio y que efectuamos en el casino (3), por indicaciones de alguien, o tal vez por mi propia iniciativa, bajamos a Santa Cruz de la Palma, en paseo o excursión y, además, para que en el Circo de Marte, o teatro de esa ciudad, representaran los niños los mismos juegos.

No fueron todos mis alumnos, sino algunos de los más capacitados o preparados y que quisieron ir. La mayor parte de ellos fueron como niños ansiosos de ver lo que no habían visto y divertirse, y, entre ellos, mis hijas Francisquita, Saminia y Conchita. Todos en coche.

Pero, bien porque el abierto escenario y el amplio circo no guardaran las debidas proporciones acústicas para la audición en los recitados y discursos de los niños, en que el público pedía más voz; tal vez por mi tontería de querer lucir al maestro y a los discípulos; o quizás por envidia de los de arriba y de los de abajo, que así me lo hicieron ver después en la propaganda que hicieron en contra, el acto fue un fracaso que me amargó, pero que me curó de mis humos de artista, si es que he podido sustentarlos alguna vez, yo que nunca frecuenté academia alguna.

Por lo demás, “nadie es profeta en su patria”, ni esta patria puede tolerar jamás que un hijo del pueblo pueda dar lecciones a aquéllos que, aun habiendo frecuentado las academias, puedan equivocarse o extraviarse.

Quiera el cielo que nuestros nietos sean más felices, con leyes más justas y sabias que permitan que el pobre pueda escalar las ciencias, las artes, la industria y el comercio, que tantas veces han muerto en embrión al no haber podido desarrollarse por falta de medios económicos, malográndose así las vocaciones e intuiciones del genio.

Después, todos los niños regresaron de la misma manera, menos mis tres hijas y yo que, un día después, tomamos el camino a pie, por la Cumbre Nueva.

Nos levantamos temprano, llegando a una venta casi al pie del monte, y allí nos desayunamos, descansando.

Luego seguimos ascendiendo, hasta llegar a aquella ubérrima vegetación tropical, semejante a la de América, que nos daba sombra y frescura, embalsamada con el olor montaraz de las hayas, de los brezos, de los laureles y acebuches en flor, oyendo la armonía de los pájaros con el sonoro titileo de las fuentes.

Llegamos a la cima del monte y notamos, ¡cosa rara!, que apenas comenzamos a descender y dejamos el sol a nuestra espalda, cambia la vegetación y sólo se ven pinos y más pinos: fragancia de pinares y alfombra de pinillo —que en El Hierro llaman ‘basa’—, sobre la que se deslizaban los pies y se patinaba sin patines.

Después… la vista panorámica de El Paso, que en la estación florida no parece sino un inmenso jardín lleno de las flores de los almendros, que a la luz del sol resultaban semidoradas, envolviendo, por un lado y por el otro, las blancas y recortadas paredes de las diseminadas casas.

Mis hijas seguían corriendo ladera abajo por entre plantaciones nuevas de jóvenes y enhiestos pinos, hasta llegar al pie del más gigante y centenario, padre de todos, bajo cuyos robustos brazos está la capilla de la Virgen del Pino, cuya imagen estaba antes en la oquedad de la corteza del tronco de ese pino.

Una hora después, estábamos en casa.

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NotasCMP.

  • (1) Es lo que, al menos desde mis tiempos, en El Paso llamamos ‘loas’
  • (2) Cuando la brisa sopla en días húmedos, sus alocadas ráfagas de viento vienen cargadas de gotas de agua que, como si fueran pequeños alfileres, se clavan en la humanidad de quienes las enfrentan. Éste es el motivo por el cual don Pedro usaba un paraguas como escudo, pero sujetándolo por las varillas ya que, de haberlo hecho por el mango, el viento se lo habría arrebatado.
  • (3) Que yo sepa, y que sepan algunos pasenses octogenarios a quienes he preguntado al respecto, en El Paso nunca hubo algo llamado casino. Esa función la cumplió, desde 1926, cuando fue inaugurado, el Teatro Monterrey. Ante esto, deduzco que por ‘casino’ se refiere al llamado Gurugú, lugar donde, antes de Monterry, se celebraban bailes y otros actos sociales, y que aún está, en total ruina y abandono, cerca de mi casa natal.

Curiosamente, la coincidencia entre mi tío-abuelo, Pedro Martín Hernández y Castillo, y el Pedro Martín Hernández del Valle, sujeto de este artículo, no fue sólo el nombre, pues ambos fueron maestros, ambos fueron muy religiosos, y ambos murieron el año 1963; uno en Santa Cruz de Tenerife, y el otro en Las Palmas.

[*ElPaso}– «Espejo de la Vida» / Poesías de Pedro Martín Hernández y Castillo: Parte 2-XXIV

–  XXIV

Cuántas veces un ser en la pobreza
te ha pedido limosna, y tú, ¡inhumano!
le has dicho con insólita presteza:
«Perdóneme por hoy. Váyase, hermano».

Hambriento ha vuelto el pobre  un nuevo día,
y a tu puerta llamó, mas al portero
has díchole con aire de ironía:
«Que se vaya ese pobre majadero».

Por vivir en constante ambicionar,
no has querido cumplir con tu deber,
ni comprendes, avaro, el gran placer
que siente el alma, una limosna al dar.

No has saciado la sed del egoísmo
y, por eso, en tu loca vanidad,
no conoces lo que es el Cristianismo,
ni comprendes lo que es la Caridad.

La Caridad, emanación del Cielo,
que alivia de la vida los pesares.
Practiquémosla todos y, con celo,
visitemos los míseros hogares.

La Caridad, esencia del amor,
que embellece a las almas candorosas;
la Caridad, alivio del dolor,
sendero de azucenas y de rosas.

La Caridad, lo excelso, lo sublime
que al Cielo vinculiza con la Tierra;
virtud la más grandiosa que redime
y liberta a los hombres de la guerra.

Socorre siempre al mísero infelice,
y, por lo poco que le dé tu mano,
contesta lo que ayer tu afán te dice:
«Perdóname por hoy. ¡Adiós, hermano!»

[*ElPaso}– «Espejo de la Vida» / Poesías de Pedro Martín Hernández y Castillo: Parte 2-XXIII

–  XXIII – 

De tus medias la tenue transparencia,
el color de tus piernas deja ver,
y el escote que llevas, ¡oh, mujer!,
tu terso pecho de blancura esencia.

Atractivos sagrados que el Señor
concedió a la mujer, a esa figura
que, cuando ostenta angélica hermosura,
a los hombres inspira un puro amor.

Yo admiro esa belleza, el gran poema
de la carne atractiva y misteriosa,
cual los pétalos frescos de una rosa,
que tienen su lenguaje y su dilema,

que me hablan de tus místicas sonrisas,
de tus ansias pletóricas de anhelos,
tan puras, cual los astros de los cielos,
y el azul de los mares y las brisas.

Porque es fénix tu cuerpo de hermosura;
porque es vaso sagrado y  de valor,
cuando encierra y destila un puro amor,
y un alma de virtudes y ternura.

Pero al pensar, porque es tu obstinación
el que adviertan tu física belleza,
un pensamiento surge en mi cabeza,
que disipa mi efímera ilusión.

Pretextando la moda, fabricada
con el yunque servil de las pasiones,
pervirtiéndose van los corazones,
de la vida en la lúgubre jornada.

La moda del gran mundo intelectual,
en alas de una sólida virtud,
acógela en tu hermosa juventud,
y noble será siempre tu ideal.

——

De tus medias la tenue transparencia
que el color de tus piernas deja ver,
y el escote que llevas, ¡oh, mujer!,
ante todos acusa tu inocencia.

[*ElPaso}– «Espejo de la Vida» / Poesías de Pedro Martín Hernández y Castillo: Parte 2-XXII

XXII

Siempre que hablas conmigo,
nunca sé de tus frases qué decir:
si serás enemigo
que con arte me tratas de oprimir,

o tu amigo en verdad,
capaz de dar tu vida por la mía.
Por eso, en tu amistad,
no sé si encuentro amores o falsía.

¡Oh, Fabio! Jamás creo
del mundo en las palabras engañosas.
Admiro en lo que veo,
las obras de las almas generosas.

La vida, al proseguir,
cada cual manifiesta solamente,
lo que debe decir:
lo que en sí es cada ser, queda en la mente.

——

Siempre que hablas conmigo,
yo no sé si me dices la verdad;
si serás enemigo
o sincera es, acaso, tu amistad.

[*ElPaso}– «Espejo de la Vida» / Poesías de Pedro Martín Hernández y Castillo: Parte 2-XXI

XXI

Por cumplir mi deber como tú has hecho,
mil veces me juzgaste por traidor.
Al volver a juzgarme, ve mejor
lo que es el fondo de mi noble pecho.

¿No has visto a nuestro jefe de partido
con los jefes contrarios pasear,
alegres en consultas y charlar
cual si adversarios nunca hubieran sido?

¿Por qué te extraña si hago yo lo mismo
con los contrarios de mi humilde esfera?
¡La ley, acaso, del embudo impera,
o pretendes quo llegue al servilismo?

Yo veo en cada noble ciudadano
a un miembro del gran mundo racional.
Todo hombre, aunque persiga otro ideal,
en vez de un enemigo… ¡es un hermano!

[*ElPaso}– ‘Epifanía’ y ‘Prepárate a morir’, últimos poemas de don Antonio Pino, recitados por él

06-03-12

Carlos M. Padrón

Como ya dicho, de don Antonio Pino Pérez, el gran poeta pasense, he publicado ya varios artículos en este blog, incluidos los recogidos en el libro “Dándole vueltas al viento” y, últimamente, los recitados por él mismo cuando ya estaba muy enfermo, como estos dos:

Hoy publico los dos últimos que, recitados por él, se conservan todavía, y que me llegaron acompañados de esta explicación dada por su hijo, Juan Antonio Pino, quien es médico:

«Mi padre había venido desde El Paso a Santa Cruz de Tenerife para verse con el traumatólogo, por las fosfatasas, y en una visita al urólogo se le detectó cáncer de próstata.

Cuando yo ya sabía que el proceso era maligno, sin que él lo supiera todavía se resistía al tratamiento agresivo, aunque me dijo que su temor era que el tumor fuera maligno.

Le tuve que decir la dura verdad: «Maligno es desde el principio, sólo que ahora hay tratamientos muy efectivos».

Guardó un silencio terrible y no volvió a quejarse.

Dos días después me entregó esas dos poesías: «Epifanía» y «Prepárate a Morir».

Aún así, y con tratamiento, se fue de nuevo a El Paso, de donde tuvo que venir con urgencia, pasados dos o tres meses, por una fractura patológica (metástasis) del fémur, de la que nunca quedó bien, empeorando bastante su estado general hasta su fallecimiento, sin salir del hospital de La Candelaria.

Cuando ya su ánimo había decaído se lamentaba de no haber podido hacerle una poesía a su nieta más pequeña, mi tercera hija, que había nacido en aquellos días.

Murió en el Hospital La Candelaria, de Santa Cruz de Tenerife, el 24/09/1970, y fue sepultado en el cementerio de El Paso».

Añado que luego, en 2009, su cuerpo fue exhumado y cremado, y sus cenizas reposan en un túmulo enclavado en la ladera de la Montaña de Enrique, en El Paso, desde donde se divisa la entrada a la Caldera de Taburiente, lugar que tanto amó el poeta, y al que dedicó este excelente poema.

De estos dos poemas que hoy publico, el último, Prepárate a Morir, es un sobrecogedor adiós de quien sabe con certeza que su inexorable fin está muy cerca, y lo enfrenta con valentía.

Gracias, don Antonio, por esa magnífica obra que nos has dejado, y que descanse usted en paz.

Para escuchar/bajar estos dos últimos poemas, clicar en su título:

[*ElPaso}– «Espejo de la Vida» / Poesías de Pedro Martín Hernández y Castillo: Parte 2-XX

– XX –

Cuando tú soltera estabas,
pude entonces comprender
que en tu anhelo de mujer
con tu porvenir soñabas.

Pasó el tiempo y te casaste,
y he podido investigar,
como con tanto soñar,
soñando te equivocaste.

¿Pensar acaso pudiste
con quien en ti no pensaba,
y como otro te admiraba,
a ese tal correspondiste?

¡A mí me da sentimiento
el pensar que hasta inmolarse,
mujeres van a casarse,
con otro en el pensamiento!

[*ElPaso}– «Espejo de la Vida» / Poesías de Pedro Martín Hernández y Castillo: Parte 2-XIX

XIX

Me dices que a tu esposo mucho quieres,
porque es tu amor primero.
Al estudiar tu fondo y ver lo que eres,
también decirte quiero:

Si en tu frente quedara reflejado
tu fugaz pensamiento,
lo mismo que la huella del pecado,
¡cuánto es lo que presiento!

Diría el mundo que todo es ilusión
y todo falsedad.
Yo digo sólo, al ver tu perversión:
¡Así es la Humanidad!