1994
Si agredes a alguien no pretendas establecerle el tipo y alcance de su reacción. Espera lo peor.
Carlos M. Padrón.
Temas relativos a mi vida en general, o sea, de corte biográfico, o relativos a la vida de mis familiares.
1994
Si agredes a alguien no pretendas establecerle el tipo y alcance de su reacción. Espera lo peor.
Carlos M. Padrón.
Carlos M. Padrón
En el artículo “La ‘M’ de Carlos M.” publicado en la Sección «El Paso, mi pueblo, y el terruño» el 25/05/2006, mencioné a Don Santiago García Castro en relación con el examen de ingreso de bachillerato, pero, en realidad, mi mayor trato con él fue luego, durante los años del bachillerato cuando, hasta la reválida de quinto, fui parte del grupo de alumnos a los que él nos daba clases de Letras.
Hurgando en mis archivos encontré esta foto:

Fue tomada un día de mayo de 1954 en el patio interior de la casa, ubicada en Cachete, en la que funcionaba “la academia”, que así se la llamaba en el pueblo.
En la foto estamos, junto a Don Santiago, los que para entonces estudiábamos cuarto curso de bachillerato en esa academia. De izquierda a derecha, de pie, Edita Martín, Violeta Pino, Don Santiago García Castro, Olga Perera y Luz María Hernández. En cuclillas: Gualterio Duque (no era de El Paso), Javier Simón, y yo, Carlos Padrón, con mi corazón “emitiendo la luz de su intensa pasión”,… que fue la broma en torno al brillo que se observa sobre el lado izquierdo de mi pecho, y que nunca se supo de dónde salió, pues no tenía yo ahí ningún objeto metálico ni nada que emitiera ese reflejo y, además, no se usó flash para tomar la foto.
No sabría decir qué edad tenía Don Santiago, pues lo traté casi a diario desde que tuve 10 años y hasta que me fui de El Paso a los 18, y siempre lo vi como una persona mayor, un maestro, y, como tal, él tenía esa condición de padre que se le atribuía entonces a los maestros (tal vez por lo mismo, tampoco podría yo haber calculado bien la edad de mi padre si hubiera tenido que adivinarla). Y porque supo ejercerla lo recuerdo con mucho respeto y cariño. Era un hombre tranquilo, afable, juicioso y con mucha paciencia,… que sólo le vi perder un día, de muy mala forma pero más que justificada.
Cada vez que volví al pueblo, entre 1958 y 1961, buscaba a Don Santiago para saludarlo y hablar con él un rato. De los varios profesores que tuve, es él, sin duda, el que más gratos recuerdos dejó en mí y el que con más cariño recuerdo.
Durante mi estada en Canarias este verano tuve ocasión de reunirme con su hija, Ana Rosa, y de ella recogí, acerca de Don Santiago, información que amerita —al menos eso opino— la reedición de este artículo.
Don Santiago nació el 01-05-1915 en Salorino (Cáceres, Extremadura). Cursó estudios de Filosofía y Letras, y de Derecho. Durante su paso por la milicia fue, en Canarias, superior de Don Pedro, el que luego fuera médico en El Paso.
Una noche, al acompañar a alguien a despedir en el muelle de Santa Cruz de Tenerife a una persona que embarcaba para La Palma, vio subir al barco a una joven de la que quedó prendado en el acto. Su nombre, le dijeron, era Florita, y vivía en El Paso.
Buscando acercarse a ella, vino a La Palma y en 1944 tomó plaza como maestro en Arecida (Tijarafe, La Palma), donde estuvo cuatro años, y, formalizada su relación, Don Santiago y Doña Florita —que con ese nombre se la conocía, aunque el real era Florentina Fernández Pérez—, se casaron el 02-02-1944.
Y en 1948 se hizo cargo de la escuela de Tacande, ya en El Paso (La Palma), donde la pareja fijó su residencia y crió a sus seis hijos, una hembra y cinco varones..
Aunque Don Santiago no era canario por nacimiento, pertenecía al grupo de los que, para la época, llamábamos en Canarias “peninsulares”, lo cual amerita una explicación un poco más detallada.
De entre las islas Canarias, La Palma fue siempre la más americana, pues en ella hicieron escala por siglos los barcos que cubrían la travesía Europa-América y viceversa. Y en ella se establecieron varias empresas europeas (alemanas, holandesas e inglesas, principalmente) propiedad de familias de igual origen que se radicaron en La Palma y allí se quedaron.
No es, por tanto, de extrañar que los palmeros fueran emigrantes natos y que su lugar de destino preferido fuera América. Cuba, Argentina y Colombia fueron países preferidos, en especial Cuba, aunque en realidad se les encontraba por toda América Latina.
Al ocurrir la Gran Depresión —comienzos de los años 30—, ya Cuba no tenía atractivo, y la emigración —que para la época no era sólo de La Palma sino también de otras islas— no tuvo adónde ir. En consecuencia, en 1946 las islas llegaron a tener una densidad de población de las más altas del mundo: 350 habitantes por kilómetro cuadrado.
Pero de pronto el petróleo hizo que Venezuela resultara un país atractivo, y Canarias literalmente se “vació” cuando a comienzos de los años 40 comenzó el creciente flujo migratorio hacia Venezuela.
Esto no obstante, La Palma seguía siendo la isla más americana, hasta el punto de que, desde que yo era niño, recuerdo muy bien que si se oía decir que alguien se había ido para Cuba, Argentina, Venezuela, etc., no se veía en ello nada anormal, pero si se oía que alguien se había ido a Madrid, la gente arrugaba el ceño y exclamaba algo así como “¿A Madrid? ¿a qué?”. Simplemente, nuestro contacto era más con América que con España, y nuestros medios de ayuda económica procedían de América.
Para empeorar la situación y ensanchar más la brecha, ocurría que los mejores puestos de trabajo eran dados a gente que venía de España, al igual que la mayoría de las viviendas de interés social, que estaban preasignadas desde Madrid a alguien que vendría desde allá. Esto no contribuía precisamente a estimular en los canarios un sentimiento patriótico hacia España, y tal vez por eso, y por otros factores anteriores a la época en que comencé a hacer observaciones al respecto, en La Palma —como también en Tenerife y seguramente en otras islas— se hablaba de canarios y de españoles (de ahí mi sorpresa cuando supe por primera vez del manifiesto de Guerra a Muerte de Simón Bolívar, que hace separación entre españoles y canarios), y a estos últimos se les dividía en dos tipos: los godos y los peninsulares.
Godos eran los que, aun cuando llegaban a Canarias a buscar una vida mejor —o sea, que “emigraban” a Canarias, que era puerto libre— se esforzaban en dar la impresión de que habían venido de vacaciones, no paraban de despotricar de todo lo que en Canarias veían (gente, costumbres, lugares, etc.) y de jactarse de las propiedades y el alto nivel de vida que en España habían dejado por “hacernos el favor” de venir a Canarias. Ellos sabían todo de todo, y, en su opinión, los canarios no sabíamos nada y, además de “aplatanados” (indolentes), éramos catetos (brutos). Al hablar solían enfatizar las diferencias de pronunciación entre el castellano y el español como si quisieran restregarnos en la cara el hecho, para ellos cierto, de que no sabíamos hablar bien.
Los peninsulares, en cambio, no tenían y no hacían ostentación de ninguno de esos pecados. Eran gente sencilla, y con voluntad de ser útil, que se integró al lugar y que, generalmente, echó raíces en Canarias, creó allí una familia,…. y allí se quedó.
Don Santiago era un peninsular, y de los buenos. Se integró a El Paso; ayudó a El Paso; se casó con una mujer de El Paso; fue alcalde —y bueno— de El Paso, desde el 19-01-1958 al 21-04-1961; sus hijos nacieron en El Paso; resistió los embates de la tribu de caciques de El Paso —párroco incluido—, sobre todo cuando fue alcalde; y murió en El Paso el 29-08-1992.
Pero seguro estoy de que vive en el recuerdo no sólo de sus familiares y amigos sino de los que tuvimos el honor de ser alumnos de ese excelente maestro, dedicado, paciente y paternal.
Carlos M. Padrón
Creo que allá por finales de los 40 y principios de los 50, la celebración de las fiestas de La Cruz, generalmente el 3 de mayo de cada año, era costumbre en varios barrios de El Paso, una costumbre que está volviendo por sus fueros.
De entre las varias celebraciones alcanzó fama la del barrio de Las Canales, en la que se escenificaban unas loas, especie de pequeños y rústicos autos sacramentales. La más conocida de ellas tenía por tema algo así como las pecadoras andanzas de un cazador, escocés y no creyente, que, con su escopeta, se regodeaba causando crueles destrozos en la fauna de su entorno, y que un día en que vio la luz de la fe cristiana, al encontrarse en su camino con una palma, de tronco un tanto extraño, apuntó a ella su escopeta y diciendo:
Contra el tronco de esa palma
mi último tiro ha de ser,
pues prometo por la Cruz
no matar más por placer.
le disparó al tronco, que se abrió en dos, y de su interior —en el que, si mal no recuerdo, apareció una cruz u otro símbolo del Catolicismo— salieron palomas.
En la loa de marras, ese cazador iba vestido con la típica falda escocesa.
Para escenificar la loa, sobre el gran abrevadero que una vez hubo en el barranco que pasa por ese barrio montaban un escenario, y la explanada del barranco frente al abrevadero servía de platea para el numeroso público.
A fin de evitar aproximaciones inconvenientes, se colocaba una valla que dejara una especie de pasadizo entre el borde frontal del escenario y la «platea» para los espectadores, de suerte que nadie pudiera acercarse mucho al lugar de la escena; era algo así como el foso de la orquesta, usual en los teatros. Y a un lado del escenario habían montando —o al menos así ocurrió el Año ‘A’, en que tuvo lugar el hecho que me ocupa— un tarantín o ventorrillo que expendía pasapalos (tapas) y vino, y que, por el lugar donde estaba, permitía el acceso al mencionado pasadizo.
Cuando iba a dar comienzo la loa, se pidió al público que hiciera silencio. Los que estaban en los tarantines cesaron en su cháchara y se fueron todos a la “platea” excepto un borrachito que, bien por equivocación o bien porque lo hizo adrede, se coló dentro del pasadizo y, de bruces sobre el borde del escenario, se puso a ver la loa,… hacia arriba.
El personaje del cazador, que si bien vestía una falda escocesa no llevaba interiores (calzoncillos), era representado por un tal Antonio, y de pronto, cuando en su accionar sobre el escenario se acercó al borde, justo al punto en que estaba el borrachito que miraba de abajo hacia arriba, éste, con un grito que rompió el solemne silencio, exclamó:
—Antuooonio, ¡tápate el tolete!
La reacción instintiva de Antonio fue encorvarse, llevarse las manos a su entrepierna y apretarse con ellas los genitales, ante lo cual el borrachito, alarmado, exclamó de nuevo:
—¡No te lo toques, que’s pior!
Lo que siguió entre el público, y la suerte que corrió esa representación en particular, lo dejo a la imaginación del lector.
El caso es que, años después, a un grupo de amigos entre los que yo me encontraba, un testigo presencial de este incidente nos lo contó en detalle un día, y lo hizo poniendo énfasis en la entonación que el borrachito le dio al Antonio cuando gritó “Antóooonio, ¡tápate el tolete!” esa famosa noche de la loa, una entonación que sólo puedo representar gráficamente escribiendo “Antóooonio”, con énfasis en la primera ‘o’ cuyo sonido se alarga hasta la sílaba final.
Y a partir de ese día y con el paso del tiempo, los miembros de un grupo de amigos (Wifredo Ramos, Gilberto Cruz, Javier Simón, Luis Herrera y Carlos Padrón, cuyas fotos, todas tomadas este verano, incluyo al final; los nombres al pie de ellas deben aplicarse de izquierda a derecha) nos llamamos entre nosotros “Antóooonio”, pronunciado en la forma en que el borrachito lo hizo. Y así, y sin quererlo, por casi 50 años hemos mantenido vivo el entonces famoso incidente,… y continuamos llamándonos entre nosotros “Antóooonio”, con la debida entonación.

Wifredo Ramos y Gilberto Cruz
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Carlos M. Padrón, Wifredo Ramos y Javier Simón
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Carlos Padrón y Luis Herrera, éste luciendo vestimenta
y lanza, ambos típicos del remoto pasado del pueblo, y
exhibidos en fiestas como la de la Bajada de la Virgen de
El Pino.
Carlos M. Padrón
No sé cómo ni por qué, allá por el año 1970, cuando ya trabajaba yo en IBM, o tal vez antes, se me salió —o me dio por intentar que saliera, y lo logré— una violenta y breve expulsión de aire que produjo un estridente sonido gutural, casi como un alarido.
Cuando una de las asustadas víctimas que tuvo el “honor” de escucharlo me preguntó, después del correspondiente sobresalto, qué diablos había sido aquello, se me ocurrió contestarle —ignoro por qué— que era un “suspiro guanche”, y así quedó bautizado desde entonces ese cuasi “alarido”.
En 1971, y en IBM, trabajé por un par de meses con Juan Llorens —excelente persona, mejor amigo y con un fino sentido del humor— porque él debía traspasarme su territorio de ventas. Por supuesto, como Juan fue una de las víctimas del suspiro guanche —al igual que en algún momento lo habían sido los otros compañeros vendedores y analistas de la Sucursal Finanzas, donde todos trabajábamos—, comenzó a madurar la idea de jugarle con él una mala pasada a Daniela, la respetuosa y modosa secretaria que allí teníamos.
Esa Sucursal Finanzas, que atendía al sector financiero de Banca y Seguros de Caracas, estaba entonces ubicada en la mezzanina de la Torre Capriles, con cara hacia la Torre Phelps, y esa cara era toda una gran vidriera que nos permitía ver, además de la Torre Phelps, la Plaza Venezuela, la Avenida La Salle, etc.
El escritorio, en forma de ‘L’, de Daniela estaba ubicado muy cerca de la vidriera en cuestión y de la entrada de la oficina del gerente de la sucursal. El brazo de la ‘L’ en el que Daniela tenía la máquina de escribir eléctrica era el paralelo a la vidriera; el otro, en el que desarrollaba habitualmente el resto de su trabajo, era perpendicular a ella.
Como Daniela oía que los muchachos hablaban a cada rato del suspiro guanche de Padrón, un día, en su siempre respetuoso tono, aprovechó que fui a pedirle algo y me preguntó si yo podía hacerle escuchar ese suspiro guanche del que tanto se hablaba en la sucursal.
Con toda la mala intención, y siguiendo el juego iniciado por Juan Llorens, le respondí a Daniela que en ese momento no podía yo emitirlo porque era algo que sólo me salía en casos de una profunda emoción, ya fuera causada por tristeza o por alegría, porque el suspiro era como una válvula de escape, como un alivio a la opresión que en mi pecho provocaba esa emoción. Ella aceptó muy bien esta explicación pero repitió su interés en escuchar de mí el ya famoso suspiro,… cuando yo pudiera hacerle el favor.
En esa intriga la mantuve por semanas, hasta que una tarde de viernes en que estábamos todos, vendedores y analistas, en la sucursal, aprovechando que Daniela revisaba absorta lo que había escrito en una hoja que aún permanecía en la máquina de escribir, me levanté de mi puesto en el escritorio que compartía con otros tres vendedores, simulé que me dirigía a la oficina del gerente, y cuando estuve a la altura de Daniela y apenas a un metro escaso de ella, solté a todo trapo el bendito suspiro.
De un sólo salto, como salen los pilotos que se eyectan de su avión en peligro, Daniela se alzó de su silla emitiendo un “¡Ihhhhh!”, pálida y con sus ojos desorbitados, y en el movimiento de alzarse estrujó el papel que había estado revisando y lo arrancó de la máquina. La inestabilidad del repentino salto hizo que cayera de espaldas, y por suerte aterrizó sentada sobre su silla que, al tener patas dotadas de ruedas, salió disparada hacia atrás, pegó muy fuerte contra la vidriera y, por efecto de la inercia, también golpeó allí con un feo ruido seco, la parte trasera de la cabeza de nuestra pobre y aterrada secretaria.
Y entonces, la respetuosa y muy modosa Daniela, lanzándome una mirada de ésas que podrían matar, y con el rostro congestionado por la ira, sin poder controlarse me gritó a todo pulmón:
—¿Eso es un suspiro, coño? ¡Eso es un ladrido!
De inmediato, al reparar en lo que había dicho y en qué tono, y avergonzada también por las carcajadas de todos los presentes, enrojeció, regresó callada a su escritorio y nunca más mencionó el incidente aunque por tiempo le hicieron muchas bromas al respecto.
Yo continué con mi suspiro, y hasta descubrí que donde mejores efectos ha causado es en el interior de los pasillos del Metro de Londres. Tal vez porque están —o al menos lo estaban hace unos 20 años— recubiertos de azulejos, el efecto eco es tan pronunciado que no permite precisar la procedencia de un ruido, y, siendo los ingleses reconocidos amantes de los animales, cuando yo soltaba el suspiro guanche dentro de uno de esos pasillos repletos de gente, quienes iban delante de mí saltaban azorados y miraban al piso pensando que habían pisado a un pobre perro.
Al reparar en que no había perro alguno, miraban entonces a la cara de quienes venían detrás de ellos, pero teniendo yo, como siempre tuve —y como en esos momentos extremaba al máximo—, esa expresión seriota, adusta y hasta de pocos amigos que me es común, a nadie se le ocurriría que aquel ladrido fuera obra de un señor tan serio, así que se quedaban con las ganas de saber su origen.
Durante la estada de este septiembre en Madrid quise probar qué tan bien funcionaba el suspiro guanche en los pasillos del Metro madrileño, pero como Chepina —mujer de risa fácil, es incapaz de mantener una expresión de “yo no fui” como la antes descrita— quedaba en evidencia ante los sorprendidos caminantes, opté por alejarme de ella cuando me disponía a llevar a cabo uno de estos “sutiles” experimentos que me permitieron concluir que en el Metro de Londres retumba mejor el suspiro guanche.
Este pasado agosto, en la última de las tres (pues fueron tres y no sólo una, como se había dicho) celebraciones en conmemoración del 50 aniversario de la Odisea en La Caldera, conmemoración que fue el principal motivo de mi reciente viaje a mi pueblo natal de El Paso, la más que justificada (dada la ocasión) ingesta de vino —no del comercialmente embotellado que conoce el común de los mortales, sino del 100% puro, sin ningún aditivo, cosechado de las vides de algunos de mis amigos— hizo en mí los efectos que suele hacer el alcohol y, entre otras cosas, me dio por emitir a cada rato el suspiro guanche, y en los relatos que acerca de las tales celebraciones hacía luego Lelo, el que me rescató de mi peligro en La Caldera, siempre decía, y continúa diciendo, que para él lo más relevante de las tres celebraciones fue ese “ji-jí” mío—que así lo remeda él— que no lograba entender, no sabía cómo se producía, qué significaba ni qué rol jugó en la tercera celebración.
Le expliqué que se llamaba suspiro guanche, que era conocido internacionalmente, y que a través de los años había yo logrado emitirlo en tres “sabores” diferentes: Percusivo, Extendido u Operático (PEO), términos que no requieren ulterior explicación.
Lelo, ahora más confundido que antes, dijo no entender nada y reiteró su intriga y deseos de llegar algún día al fondo del asunto. Me temo que tal vez esté haciendo prácticas a solas en el baño de su casa a ver si logra reproducir el suspiro guanche.
Carlos M. Padrón
Ésta, la primera foto que tomé en Venezuela y de Venezuela, la hice en la mañana del 26/07/1961, hace hoy 45 años, cuando el ‘Bianca C’, el barco que nos trajo desde Tenerife, atracaba en el muelle de La Guaira.
Aún recuerdo la mala impresión que nos causó la vista general, pues habiendo salido del puerto de Santa Cruz de Tenerife, considerado entonces el más bello de España y uno de lo más ellos de Europa, el shock fue duro.

Carlos M. Padrón
Un breve vistazo a la isla de La Palma (Canarias).
Desde un satélite, la isla de La Palma se ve así,

y puede apreciarse que, como dije en el artículo Agonía en La Caldera – Cincuenta aniversario de una excursión que pudo ser mortal, la Isla es prácticamente el cráter de La Caldera, ese enorme hueco bordeado por altas montañas que se ve en el centro de la mitad norte.
En esta foto, una vista parcial del interior de La Caldera,

que, por su forma, resulta imposible fotografiar desde tierra en su totalidad, y una foto aérea no mostraría la perspectiva de las alturas y los precipicios.
En el tope del borde noroeste de La Caldera, a 2.426 metros de altura, en el punto conocido como Roque de Los Muchachos, está enclavado el observatorio astronómico del mismo nombre, pues el cielo de La Palma se cuenta entre los más despejados del hemisferio norte.
El sitio es uno de los lugares más privilegiados para la observación en la Tierra. Las edificaciones que muestra esta foto

son, de izquierda a derecha, el telescopio Carlsberg Meridian; el telescopio, de 4.2-metros, William Herschel; el telescopio Dutch Open; el Swedish Solar Tower; el telescopio, de 2.5 metros, Isaac Newton; y el telescopio, de 1 metro, Jacobus Kapteyn.
Aquí, otra vista del observatorio.

A fin de reducir las interferencias a los telescopios en sus observaciones nocturnas, el alumbrado público de la Isla es de color amarillento.
***
Después de la erupción del Cumbre Vieja, en 1949 (ver El volcán Cumbre Vieja: trágico pero espectacular), en 1971 hizo erupción el volcán Teneguía, en el municipio de Fuencaliente, en el extremo sur de la Isla. El cráter, ilustrado en la foto que sigue,

está tan cerca de la carretera principal, la de circunvalación, que el turismo se dio banquete tomando fotos y películas desde esa carretera, que está más alta que el cráter. De hecho, esta foto fue tomada desde esa carretera.
Esta otra foto, que corresponde a la erupción del Teneguía,

es imagen común en pasajes que han aparecido en muchas películas, de corto y largo metraje, como erupción atribuida a algún volcán de ficción. Y es lógico que así sea porque no creo que nunca haya conseguido Hollywood que un volcán de verdad se le presente en tan buenas condiciones para ser filmado.
***
Pero además de lava y fuego, también en La Palma tenemos nieve y frío.

Los bordes norte y noreste de La Caldera —y parte de la cordillera, llamada Cumbre Nueva, que es la prolongación del borde Este— se cubren de nieve en invierno. Cumbre Nueva, límite Este de El Paso, es la cordillera que se ve al fondo de esta foto

que muestra el Valle de Aridane, cuyo extremo más alto está En El Paso, en el centro de la Isla, y el más bajo en el mar, al oeste.
En ese valle hay tres pueblos: Tazacorte, en la costa (no aparece en la foto); Los Llanos, al centro y en la parte más plana más plana del valle (una vista parcial en el primer plano); y El Paso, en la parte más alta y más montañosa (parte de él se ve al fondo, pegado a la Cumbre Nueva). Los vacíos de caseríos que por siglos hubo entre estos tres pueblos, ya están casi poblados.
Creo haber dicho que el castigo de El Paso es el clima, pues tenemos un fenómeno meteorológico, al que alguien de humor macabro bautizó como “La brisa”, que se presenta cuando le da la real gana, no importa la estación del año. Es un banco corrido de nube densa y muy blanca que aparece por detrás de la Cumbre Nueva, y en un efecto sin fin cae constantemente por su frente hacia El Paso como si fuera cascada interminable de agua.
En esta foto puede verse cómo ha cubierto toda la Cumbre Nueva y está a caballo sobre ella.

Si bien es una belleza para la vista, “La brisa” no hace honor a su nombre, pues el común de los mortales entiende que brisa es un aire suave y acariciante que resulta casi siempre agradable, pero nuestra “brisa” trae consigo un ventarrón infernal y anárquico que no deja títere con cabeza, y puede llegar a derribar árboles, arruinar plantaciones de plátanos (cambures), hacer volar muy lejos los techos de los invernaderos, y acabar con sembradíos como el que se ve en esta foto

de una vieja casa típica, de las que había muchas en toda la Isla, y, al lado, las huertas en las que se cultivaban papas, maíz, tabaco, tomates, cebollas, etc.
Si “La brisa” aparece en primavera o invierno hace que la temperatura baje varios grados y causa un frío que, empujado por el viento, se cuela por debajo de puertas y resquicios de ventanas, y de poco valen los abrigos.
Pero, eso sí, cuando cae por Cumbre Nueva esa espesa cascada de nube y aún no comienza a soplar el viento que trae consigo, proporciona un espectáculo bellísimo, en particular a la puesta del sol, pues la cascada, blanca de día, se tiñe entonces de diferentes tonos entre rojo y anaranjado.
***
Ubicada al centro del borde Este de la Isla, al fondo de una ensenada que forma la costa y que se aprecia bien en la foto tomada desde el satélite, está la capital, Santa Cruz de La Palma,

que fue por siglos la ciudad más importante de Canarias, en cuyo puerto, que hoy luce así,

hacían escala, a la ida y a la vuelta, los barcos que cubrían la ruta entre Europa y América.
En mis tiempos, el puerto era sólo la parte ancha que se ve en la foto. La parte más estrecha es reciente y debe haber sido hecha con alguna técnica de ingeniería muy especial, porque todas las varias veces que por años se intentó prolongar el muelle, el mar se llevó la prolongación, incluso antes de que fuera completada.
La pared montañosa de color rojizo que se ve a la izquierda es la del Risco de La Concepción. Entra al mar en forma perpendicular, así como muestra la foto, y por ello ese punto sirvió para que durante la Segunda Guerra Mundial se acercaran a él submarinos alemanes cuyos tripulantes o pasajeros necesitaban reunirse.
Los submarinos salían a la superficie muy cerca del risco, los tripulantes bajaban a tierra, iban a la central eléctrica que estaba a pocos metros, “bajaban las cuchillas” —o sea, cortaban la electricidad a toda la Isla—, hacían su reunión, conectaban de nuevo la electricidad, dejaban de regalo cajas de cigarrillos, botellas de licor y otras cosas difíciles de conseguir en tiempos de guerra, abordaban sus naves, se sumergían y se iban,… hasta la próxima visita, muy ansiada por quienes trabajaban en la central eléctrica.
***
Quiera Dios que La Palma, apodada La Isla Bonita, la más verde y rica en agua de todas las Canarias, nos dure mucho y haga quedar mal a los profetas de su hundimiento. Alguien la esquematizó en este bello logo:

representando fuego y lava incandescente en la cumbre, verde en los valles, y lava sólida y oscura, como la arena de sus pocas playas, al llegar al mar.
En pocos días espero pisar su querido suelo.
(Fotos enviadas desde El Paso por María del Carmen Taño Padrón)
Carlos M. Padrón
A lo largo de mi vida, diferentes personas me han dedicado, en diferentes épocas, algunas frases que me hicieron mella ya sea por proféticas, por reveladoras de facetas de mi carácter en las que yo no había reparado, o por algún otro motivo.
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*1*
En El Paso, allá por las años 50, en la vía entre la academia y mi casa había tres tabaqueros (o torcedores de tabaco, los que hacían a mano cigarros puros) que trabajaban en la casa de habitación de uno de ellos.
Al final de las labores del campo, algunos hombres ya mayores los visitaban en las tardes para hacerles compañía, echar cuentos, comentar chismes o hechos reales, etc. Y algunas de esas tardes, al final de las clases y en camino a mi casa, solía yo entrar a pasar un rato con el grupo, y allí me tiraban de la lengua para saber de mis preferencias en materia femenina: qué muchachas me llamaban la atención, cuáles no y por qué, etc.
Entre los tabaqueros había uno más intelectual que el resto y que cuando decía algo lo hacía con la solemnidad de un oráculo. Y fue éste el que una de esas tardes en que yo conté sobre las muchachas que me gustaban y las que no, sin levantar la vista del cigarro puro al que en ese momento le ponía capa, me dijo:
“Carlos, en tu vida tendrás un problema con las mujeres, pues las que te lo darían no te gustan, y las que te gustan no te lo darán”.
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*2*
Cuando en septiembre de 1957 dejé la casa en que nací y me crié —o sea, que “abandoné el nido”, como dijo mi padre— y llevando por todo equipaje una maleta de cartón caminaba yo cuesta abajo a tomar el autobús hasta el puerto de Santa Cruz de La Palma desde donde viajaría esa noche en barco a Santa Cruz de Tenerife, un vecino —que sólo había estado unos años en Venezuela y regresado luego al pueblo— convencido, supongo, del importante cambio que ese día iniciaba yo en mi vida, me salió al paso y, a guisa de despedida, me dijo:
“Cuidado con la maleta; crea hábito”.
En ese tiempo, ni en sueños se me habría ocurrido que yo pasaría años de mi vida montado en un avión y entrando y saliendo de hoteles, siempre con mi inseparable maleta, lo que me llevaría a visitar, hasta hoy, más de 50 regiones o países de este mundo, y a volar en 55 diferentes líneas aéreas (solamente en dos de ellas, Pan American y American Airlines, acumulé casi un millón de millas), que varias veces extraviaron mi maleta,… pero ésta, muy fiel, volvió siempre a mí.
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*3*
A comienzos de los 70, la Sucursal Finanzas de IBM de Venezuela —donde yo trabajaba— operaba en la Torre Capriles en un espacio abierto en el que teníamos nuestros escritorios tanto analistas como vendedores y administrativos. A veces, cuando después de horas de oficina regresábamos al lugar a llenar reportes o hacer alguna tarea urgente, nos quedábamos luego hablando de todo un poco.
Un día entramos en una discusión un tanto filosófica que tocó preferencias personales, maneras de pensar y sentir, etc., tema en el que me explayé por un rato. Cuando lo di por terminado e iba saliendo para dejar el lugar, una señora de origen europeo que trabajaba en el área administrativa y que, en silencio, había escuchado todo, alzó su vista a mi paso y me dijo:
“Carlos, tú no eres planta tropical”.
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*4*
Cuando en 1976 compré la casa en la que aún vivo, alguien de mi grupo social llegó a la peregrina conclusión de que yo era rico y que, por tanto, además de comprar la casa debería también comprar carros nuevos, renovar cada pocos meses mi vestuario y el de mi familia, frecuentar restaurantes y clubes de lujo, etc. Cuando no hice tal, esa persona me dijo:
“Eres mal rico”.
Una vez que entendí a qué se refería, y aunque yo no tenía las riquezas que esa persona me atribuía, concluí que no le faltaba razón porque aunque yo fuera billonario continuaría con mi mismo estilo de vida.
Eso sí, crearía y subvencionaría una institución que, hurgando en la Historia desde los tiempos de Colón, se encargara de determinar y cuantificar la cuota de participación y responsabilidad de los canarios —también llamados isleños— en el desmadre que a través del tiempo se ha ido acabando con Venezuela.
Carlos M. Padrón
Ahora que la selección de las excolonias francesas casi gana la final del Mundial 2006 gracias a que su seleccionador, Raymond Domenech, aplicó la astrología para armar las alineaciones, se me antoja que es momento de dedicar más a este controvertido tema.
Supe de la existencia de la astrología a poco de llegar a Venezuela, pues mientras estuve en Canarias no recuerdo haber oído siquiera mencionar nada de ella, pero en Venezuela era común que la gente tratara de averiguar su signo y las características a él asociadas y, en el peor de los casos, consultaban el horóscopo casi a diario, lo cual me pareció una tontería.
Para aumentar mi mala opinión al respecto, aunque según las fechas “oficiales” del Zodiaco yo era Leo, por más que leía y releía las características de Leo no terminaba de identificarme con ellas.
En 1996, una compañera de trabajo me animó a que visitara a una señora estudiosa de la astrología, así que, con mi ánimo crítico —como siempre lo he tenido al entrevistarme con quienes practican lo esotérico, y armado de un bloc para tomar nota de todo apenas salir de la sesión—, me fui a ver a la señora y, de entrada, le dije lo que siempre dije a estas personas: “Vengo a que me contesten preguntas, no a que me las hagan. Así que, por favor, límite sus preguntas a las mínimas indispensables”.
La señora aceptó, y sólo me preguntó mi fecha y lugar de nacimiento, como entiendo que hacen todos los astrólogos. Se las di, echó mano de un libro con aspecto de tener muchos años, consultó y, mientras lo cerraba con mucho cuidado sacándose al mismo tiempo sus lentes de presbicia, me dijo;
—Usted es Cáncer, así que vamos a….
La interrumpí, entre intrigado y defraudado, y le dije:
—Perdone usted, pero, según las fechas que da el Zodiaco, yo soy Leo.
—No, señor, usted es Cáncer por todo el cañón, aunque tiene algo de Leo como le explicaré después. Pero antes, y para que vea que es Cáncer, déjeme que le diga cómo es usted.
Y acto seguido hizo de mí la mejor y más completa descripción que nunca, conociéndome o no, haya hecho persona alguna, así que, ante tal evidencia, tuve que aceptar que soy Cáncer. Pero entonces quise saber por qué el Zodiaco decía que yo era Leo.
La señora echó mano otra vez de sus lentes y del viejo libro, y mostrándome unas tablas con fechas, horas, signos y demás, me explicó que el año en que nací ocurrió algo que no es muy frecuente: el cambio de Cáncer a Leo se retrasó, y a la hora en que nací (las 16:30), todavía Canarias estaba totalmente dentro de Cáncer.
En los días que siguieron me puse a revisar diferentes fuentes, y en todas las que consulté encontré asociados a Cáncer la mayoría de los rasgos que la señora me había atribuido.
A partir de ese momento comencé a ver la astrología con otros ojos, y a tomar las descripciones —no los horóscopos que, repito, no me merecen crédito— como producto de una “amancia”, término que aprendí en España cuando un reputado astrólogo dijo en un programa de radio que la astrología no era una ciencia sino una amancia (la palabra no está en el DRAE), o sea, que no señala rasgos inalterables sino tendencias que podrían resultar alteradas por la educación, el medio, traumas personales, etc.
Hoy creo que el tal astrólogo tenía razón, así que en la sección Esotérico de las próximas publicaciones abundaré más sobre el tema de las descripciones, o rasgos característicos de cada signo, y la compatibilidad de pareja que, según Hispavén y otras publicaciones, cabe esperar entre ellos.
Carlos M. Padrón
Como casi todas las tardes de verano, época de vacaciones escolares, la del 5 de julio de 1956 bajé a lo que llamábamos ‘La Plaza’ —o sea, el centro del pueblo— a reunirme con mis amigos.
Cuando ya oscurecía se me acercó Bero (Gilberto Cruz Calero) y me preguntó si yo querría ir con él, Wifredo (Ramos Hernández) y Lelo (Ángel Díaz Pino) a una excursión al interior de La Caldera, cráter considerado, en su género, el mayor del mundo, ubicado en el término municipal de El Paso, en el centro de la isla de La Palma, aunque yo no diría que La Caldera está en La Palma sino que La Palma es La Caldera, al menos su mitad norte; la sur podría ser consecuneia de la erupción del cráter. En la foto que sigue, La Caldera es ese hueco —cráter— en el centro de la mitad norte de la isla. Como claramente se ve, las paredes del cráter ‘son’ esa zona, paredes que en su parte norte alcanzan los 2.426 metros de altura.
La idea era partir en la madrugada del día 6, entrar al cráter por La Cumbrecita —la entrada que da a El Paso— llegar hasta la hacienda de Tenerra —que está en la vertiente norte del cráter, cerca del fondo— pasar allí la noche y salir el día 7 por la vía del barranco de Las Angustias, hasta desembocar en Los Llanos.
La idea me pareció buena porque yo sólo había estado en La Caldera cinco años antes, cuando contaba 12 de edad, y, aunque entonces recorrí con mi padre y hermano mayor la vía, relativamente buena y ancha, hasta una galería de agua llamada La Yedra, la experiencia fue un tanto traumática para mí porque mi hermano mayor, que iba detrás de mí, temiendo que yo, con mis maltrechas alpargatas, tropezara y cayera al vacío, me abrazaba de improviso a cada rato, con el consiguiente susto por mi parte, y me hacía constantes advertencias, todo lo cual me creó un cierto miedo a las alturas.
Y la idea de tal excursión me pareció buena también porque, después de los intensos estudios por los que había yo pasado para aprobar, apenas unos días antes, la reválida de quinto, consideré que me merecía algo diferente. Así que dije que sí.
Me fui a mi casa, les conté a mis padres, le pedí a mi madre que me preparara comida para llevar, desempolvé cantimplora y morral, y a las 02:30 de la madrugada del viernes 6 de julio de 1956 me puse en marcha cuestas arriba.
A poco se me unió Wifredo, el primero en la ruta desde mi casa hacia La Caldera, luego Gilberto y, por último, Lelo, que era el de más edad, unos 24 años, pues Wifredo tendría unos 21, Gilberto unos 19, y yo cumpliría los 17 a finales de ese mes de julio.
Lelo llevaba, además de morral y cantimplora, lo que llamábamos una lanza, una especie de pértiga, de origen guanche, usada por los cabreros para ayudarse en saltos. No es más que una vara, recta y muy pulida, de dos o más metros de longitud, con forma ligeramente cónica. El extremo más delgado es el que va hacia arriba cuando se usa la lanza para saltar, y el extremo más grueso lleva incrustada una pieza de hierro muy puntiaguda y es el que se fija contra el suelo al momento del salto.
En aquel tiempo podían verse aún en el interior de La Caldera cabras y ovejas salvajes. Había muchísima vegetación, mayormente pinos, y mucha agua, que al fluir por cascadas y cauces emitía un ruido de fondo permanente y bastante intenso.
Un pariente de Lelo, veterano en andanzas por La Caldera, le había advertido acerca de un raro fenómeno óptico que ocurre dentro de ese cráter y que hace que cuando se ha de atravesar un barranco, bajando desde lo alto de uno de sus bordes hasta el fondo y subiendo luego a lo alto del otro borde, desde el punto de partida se ve bien la ruta a seguir, pero una vez en ella puede darse el caso de que ya no se vea para nada cómo continuar, y se corra el riesgo de tomar una vía que lleve a destino equivocado.
Los senderos para transitar dentro de La Caldera no eran otra cosa que veredas labradas al costado de cerros formados, las más de las veces, por piedras muy frágiles. Las abundantes lluvias del invierno casi destruían en su totalidad estos senderos, especialmente en las partes donde atravesaban un estrecho cauce de roca sólida que si bien en verano estaba seco, en invierno había dado curso a mucha agua que en su caída destruyó el sendero.
Los primeros excursionistas del verano tenían que reabrir esos senderos y tomar todas las precauciones para no perecer en el intento, pues si bien uno de los bordes lindaba con la pared del cerro, el otro daba a un precipicio de muchos metros de alto. Una caída por ese lado era mortal.
Todo fue sobre ruedas hasta que nos tocó atravesar el primer cauce seco. El sendero llegaba bien hasta su borde sur y continuaba bien desde su borde norte, pero en el metro y medio entre ambos bordes no había sendero; el agua lo había destruido. Sólo había alguna que otra piedra que sobresalía del lecho vertical del cauce y que podría servir para la arriesgada maniobra de apoyar un pie, alzarse con un impulso rápido y saltar, llevando por delante el otro pie, hasta el borde norte.
Dado lo estrecho del sendero, caminábamos en fila india, aunque no recuerdo en qué orden. Sí recuerdo que al enfrentarnos con este problema, nos detuvimos en silencio y, luego de unos segundos de reflexión, el primero en la fila hizo lo ya descrito. El segundo y el tercero lo hicimos también, pues no íbamos a ser menos que el primero, pero cuando, estando ya los tres en el otro extremo del sendero, nos volvimos para esperar a que pasara el cuarto, nos encontramos con la desagradable sorpresa de que su pierna temblaba como una hoja al viento cada vez que intentaba apoyar el pie en la piedra del centro del cauce. Simplemente, no podía hacer lo que nosotros habíamos hecho… llenos de miedo, claro, pero fuimos lo bastante locos para hacerlo.
Entonces se nos ocurrió algo que, de verdad, sí fue una locura; y tanto que aún se me pone carne de gallina cuando lo recuerdo: Entre los tres sujetamos firmemente un extremo de la lanza y le hicimos llegar el otro extremo a nuestro compañero para que él lo usara como asidero y se atreviera así a dar el paso crucial.
Porque la lanza le infundió confianza, porque le dio vergüenza que por su culpa abortara allí la excursión o por lo que fuera, el caso es que se agarró de la lanza y pasó. Pero si hubiera caído al vacío, con él habríamos caído también los otros tres. De ese tamaño fue la locura que, para colmo, se repitió varias veces más.
A la hora del almuerzo, comimos sin dejar de caminar; sabíamos que sólo llegaríamos a Tenerra si aún había luz diurna. Dos de nosotros tuvimos conatos de insolación, pues al mediodía el sol era inclemente. Sin dejar de caminar, empapábamos pañuelos en el agua, muy fría, que corría por los cauces, y nos los poníamos en la cabeza. El agua del pañuelo se evaporaba en pocos minutos, pero repetíamos la operación una y otra vez, sin dejar de caminar.
A eso de las 4:30 de la tarde nos topamos con un dilema. Antes de bajar para atravesar un barranco vimos claramente que Tenerra nos quedaba ligeramente a la izquierda y detrás del cerro que formaba el otro borde de ese barranco. Y vimos también que desde el fondo del barranco partían dos rutas: una tomaba un tanto a la derecha y era una especie de escalera labrada en la roca viva de la ladera del cerro; la otra tomaba hacia la izquierda, por sobre un lomo que, en bajada, se acercaba cada vez más a Tenerra.
En ese punto tomé esta foto.
De izquierda a derecha: Wifredo, Gilberto y Lelo
La segunda opción nos pareció la correcta, así que al llegar al fondo del barranco, donde había agua en abundancia, corriente y en charcas, tomamos sin más a la izquierda convencidos de que en una o dos horas estaríamos en Tenerra.
El lomo por cuyo borde o tope discurría un sendero, estaba poblado de pinos, y la cantidad de pinillo (aguja de pino seca) que había acumulada en el suelo era tal que uno introducía el brazo en el manto formado por el pinillo caído y no lograba tocar suelo firme. Y como el pinillo contiene resina que lo hace resbaladizo, había que caminar con cuidado para no resbalar y rodar lomo abajo.
A poco de comenzar la bajada pudimos ver a nuestra derecha el barranco de Las Angustias y, al otro lado del barranco, la hacienda de Tenerra, lo que nos convenció de que íbamos por buen camino, pero al llegar a la cúspide del extremo más bajo del lomo… se nos acabó el camino. A nuestra derecha, y del otro lado del ancho barranco, veíamos la hacienda de Tenerra, nuestro ansiado destino, pero desde la cúspide del cono en que estábamos sólo partían pequeños cauces secos.
Suponiendo que al menos uno de ellos desembocaría en el barranco de Las Angustias, optamos por comenzar a explorarlos de izquierda a derecha, en el sentido de las agujas del reloj. Lo echamos a suerte y me tocó de último.
Los cauces que exploraron mis tres compañeros se hacían intransitables, por precipicios insalvables, poco después de la cúspide, pero el que me tocó a mí, el que apuntaba más directamente en dirección a Tenerra, era ancho y transitable, así que, ilusionado, comencé a descender por él mientras mis tres compañeros quedaron sentados en la cúspide esperando por mis noticias.
El lecho del cauce era bastante accidentado, con frecuentes desniveles de un metro o metro y medio que, al ir en bajada, pude salvar sin mayor problema. Unos 20 minutos después de iniciar el descenso, el cauce se estrechaba formando un caño de roca sólida, en forma de U, de apenas un metro de ancho que tenía una inclinación de más de 45 grados y una longitud de unos 4 metros; después, el cauce continuaba igual que hasta allí.
Me detuve en el extremo superior del caño y, sin pensarlo mucho, lancé el morral más allá de su otro extremo e hice algo que, de pequeño, practicábamos como un juego: comencé a bajar con pasos muy cortos y, cuando sentí que iba a resbalar, inicié una carrera de largas zancadas para ganarle a la velocidad de caída, y así, sin caerme, pude pasar el caño. Recogí mi morral y seguí bajando.
A las 6 de la tarde —con bastante luz aún porque era verano— llegué al final del cauce, que sí desembocaba en el barranco de Las Angustias… pero por medio de un precipicio como de 40 metros de roca sólida en caída vertical. A mitad del precipicio había una especie de escalón desde el cual crecía un pino que superaba el final del cauce hasta varios metros por sobre mi cabeza.
Analicé la posibilidad de saltar desde el borde del cauce, abrazarme al tronco del pino y descender por él hasta el escalón, pero abandoné la idea porque me di cuenta de que, aunque pudiera llegar al escalón, no había forma de que pudiera llegar desde él hasta el barranco. Así que, totalmente frustrado, me senté sobre un tronco de pino que había quedado atravesado y atorado en la boca del cauce porque el borde pétreo de la pared le había impedido caer al vacío.
No sé cuánto tiempo estuve allí maldiciendo mi suerte, pero es el caso que cuando quise levantarme para iniciar el regreso, no pude: estaba hecho una Z.
Según dijo un médico días después, sufrí una contracción muscular por haber estado caminando sin parar desde las 02:30 de la mañana. Y también por la deshidratación, pues convencidos de que cuando tomamos el camino del lomo en bajada llegaríamos pronto a Tenerra, no cargamos agua en las charcas del barranco de la bifurcación nefasta y, para colmo, en la larga bajada por el cauce en cuestión, yo había sudado mucho.
A lo lejos, y ahogados por el ruido del agua al correr, oía las voces de mis compañeros que, a gritos, preguntaban qué me había pasado, pues habían oído una especie de derrumbe. A gritos también les contesté que no había salida hasta Tenerra. Me pidieron que regresara y, para no alarmarlos, les pregunté si tenían agua, y cuando me dijeron que no (cosa que ya me temía), les contesté que entonces, como ya era casi de noche y yo tampoco tenía agua, me quedaría donde estaba y subiría a la mañana siguiente. La afonía por el esfuerzo para hacerme oír me duró casi un mes.
A medida que avanzaban las sombras de la noche y yo seguía sin poder moverme, me invadió el primer episodio, si no el único hasta ahora, de miedo a la muerte. Agobiado por la angustia me preguntaba qué sentido tenía una muerte así, a escasos días de cumplir 17 años, y de repente me sorprendí pensando que ya no volvería a ver a una muchacha que siempre me gustó pero a la que, por motivos de edad y carácter, no sólo no me había acercado nunca, sino que la había descartado desde hacía tiempo.
(La única explicación que para esto se me ocurre es que, presionado por la angustia, el subconsciente busca vías de escape o distracción más o menos agradables, y en ese para mí aciago momento me presentó la imagen de una muchacha que me gustaba y a la que no tenía yo vinculado ningún mal recuerdo, al igual que, años más tarde y mientras yo veía cómo mi padre agonizaba, me puse a cantar mentalmente “Como llora una estrella”).
Una luna llena esplendorosa asomó por encima de los cerros, y su imagen se reflejaba en el agua límpida que, 40 metros bajo mis pies, corría cantarina por el barranco mientras yo me moría de sed. En mi morral había comida, pero yo no tenía ganas de comer, sino de beber, y para ello intenté orinar pero no pude; no me salió ni gota.
Con el avance de la noche comenzó a subir por el cauce del barranco, y procedente del mar donde éste desemboca, “la blandura”, como se la llamaba en el pueblo: una columna de bruma blanca, cargada de humedad, que al llegar al centro del cráter aumenta su grosor hacia arriba y hacia los lados y puede verse desde afuera.
Poco después de que la blandura me envolvió comencé a recuperar la movilidad, me dejé caer del lado interno del tronco sobre el que había estado sentado, me saqué camisa y camiseta para ver de refrescarme de algún modo, y ahí, con el torso desnudo y a merced de millones de mosquitos que no se atrevieron a picar una piel de papel de lija, pasé casi toda la noche sin apenas pegar ojo porque el ruido del agua y la terrible sed me torturaban. Al fin, el agotamiento físico y emocional me venció y me dormí.
Cuando desperté, con las primeras luces del alba, al pasar la mano por la piel de mi torso sentía como si ésta fuera pergamino, y sonaba igual de áspero. Las comisuras de mis labios sangraban porque se habían agrietado. Y mi lengua, hecha como un cilindro, no cabía en la boca y sobresalía de ella más de un centímetro. ¡Qué fea es la sed!.
En ese momento oí que mis compañeros me decían a gritos que Wifredo y Gilberto iban saliendo a buscar agua en las charcas, y que Lelo bajaría a mi encuentro.
Evitando el acto masoquista de acercarme al borde del cauce —porque desde allí podía ver el agua cristalina, y ya el rumor que hacía era suficiente martirio para mí—, me vestí como pude, cargué con mi morral y comencé el ascenso hasta la cúspide donde habían quedado mis compañeros la tarde anterior.
Por lo accidentado del lecho del cauce se me hacía imposible subir por él, pues una cosa es bajar estando en buena forma física, y otra subir mermado de facultades. Así que, escarbando en el manto de pinillo y agarrándome de algún que otro tronco o piedra, alcancé el borde alto de uno de los costados del cauce y comencé a subir por él, a gatas la mayor parte del tiempo.
De pronto resbalé en el manto de pinillo y me deslicé, boca abajo y con los pies por delante, por el costado del lomo que daba al precipicio —el opuesto al que daba al cauce— y me encomendé a Dios convencido de que caería sin remedio al vacío. Pero al llevar los pies por delante y con las puntas hacia el suelo, éstas fueron abriendo en el manto de pinillo un surco cada vez más profundo, y de pronto mi caída se detuvo en seco porque las puntas de mis pies tropezaron con algo sólido: el borde, de piedra firme, del pretil del precipicio.
No puedo decir que me bañó un sudor frío, porque no tenía yo con qué sudar, pero sí se me heló la sangre y dejé de respirar. Me mantuve quieto por unos minutos, y al recuperar el aliento inicié el ascenso siguiendo el curso del surco que yo había abierto al bajar, y buscando asidero en los pocos accidentes que en su fondo pude hallar. Al llegar otra vez al borde alto del costado del cauce, reinicié la subida.
Tres veces en total se repitió esta horripilante caída hacia atrás y la consiguiente parada abrupta en el borde del precipicio; la tercera fue a la altura del caño de roca sólida que yo había bajado en carrera la tarde anterior. Y no teniendo fuerzas para más, rodeé con brazos y piernas el tronco de un pino al que pude llegar a duras penas, y decidí no moverme de allí hasta que llegara Lelo.
Sin embargo, el tronco era demasiado grueso y, como no pude abrazarlo bien, mi cuerpo comenzó a deslizarse hacia el lado del precipicio, con peligro de rodar de nuevo ladera abajo y no en la posición que me había salvado tres veces, sino seguramente de espaldas y cabeza por delante.
Mientras para evitar el inminente desastre trataba yo de sacar fuerzas de donde no tenía, oí que alguien silbaba, despreocupado, una tonada, y al levantar la vista vi que era Lelo que, con una soga a la bandolera, venía tranquilamente cauce abajo. De pronto levantó la vista, reparó en mí y quedó petrificado y con los ojos abiertos como platos.
Desesperado ante la gravedad de mi apariencia y de la situación en que me vio, quiso bajar el caño de roca sólida usando el mismo procedimiento que yo había usado la tarde anterior, pero dudó después del primer paso, frenó en seco, cayó sentado, y así se deslizó por los 4 metros del caño hasta su final, quedando con el culo al aire porque en ese recorrido perdió la parte trasera de sus pantalones.
Corriendo llegó hasta mí y detuvo mi inminente caída. Se echó mi morral a su espalda, me ayudó a incorporarme, unió mis manos y ató mis muñecas con un extremo de la soga y, caminando él hacia atrás, tiraba de mí mientras me daba ánimos para que yo avanzara.
Pero yo daba tres pasos y me caía. Y entonces Lelo, seguramente con una preocupación aumentada por la responsabilidad de ser el mayor del grupo, repitió esa operación una y otra vez hasta que logró llevarme a la cúspide del lomo donde él, Wifredo y Gilberto habían pasado la noche bajo un plan de supervivencia que consistió en que, mientras dos de ellos dormían, el tercero vigilaba por si alguno de los durmientes se daba vuelta y rodaba lomo abajo; y que si alguno no aguantaba ya la sed se enjuagaba la boca con un poco de agua que quedaba en una de las cantimploras… y la devolvía de nuevo al envase para que otro la usara. Repito, ¡qué fea es la sed!
En ese trance descubrieron que comer cebolla cruda (llevaban algunas para hacer ensalada) ayudaba bastante. Ellos tenían al menos eso; yo no tuve nada.
Agotado por el esfuerzo, y ante la difícil tarea de seguir remolcándome como hasta allí, Lelo decidió esperar a que alguno de los otros regresara trayendo agua. Y otra vez se escuchó el silbido despreocupado de una persona que se acercaba, y que resultó ser Wifredo que volvía de las charcas con una cantimplora llena de agua fresca.
Al verlo con tal despreocupación, Leo le gritó que se apurara, y el tono de su grito decía tanto que Wifredo se detuvo en seco, me miró, puso cara de haber visto al mismo diablo y, sin más, inició una carrera lomo abajo en dirección a mí, y era tal su desesperación que, antes de llegar a donde yo estaba —echado boca abajo, con la cabeza alzada y clamando por agua—, me lanzó la cantimplora que, como era de esperar, resbaló en el manto de pinillo e inició su descenso por la ladera.
Por increíble que parezca, Wifredo, sin reparar en el peligro, siguió tras la cantimplora a la misma velocidad de carrera que traía, logró atraparla cuando ya se había alejado varios metros ladera abajo y, corriendo hacia mí mientras la abría, se plantó sobre mi cuerpo, con una pierna a cada costado, e hizo algo que ni era lo que él quería hacer ni nunca ha sabido explicar por qué lo hizo: en vez de darme a beber agua, echó un buen chorro sobre mi cabeza.
De donde saqué fuerzas, no lo sé, pero al sentir el contacto del agua exhalé una especie de largo “¡Ihhhhhhhh!”, y un espasmo recorrió todo mi cuerpo haciéndolo saltar como si en su interior se hubieran soltado resortes. Luego de eso, Wifredo me dio agua para que yo bebiera. (El mismo médico que mencionó lo de la contracción muscular dijo que ese gesto de no darme a beber agua primero, sino echármela antes en la cabeza, posiblemente evitó males mayores).
Después de un descanso de tal vez una hora, los tres iniciamos el camino hacia las charcas. De ahí es esta foto (Gilberto, Lelo y yo, en camiseta), en la que, ya hidratado, mi “pinta” no refleja en nada las horribles 18 horas pasadas antes.
Desistimos de llegar a la hacienda de Tenerra y regresamos a La Cumbrecita por el mismo camino por donde habíamos venido, pero con una diferencia: esta vez, ya veteranos, nadie dudó un segundo siquiera a la hora de cruzar los puntos donde tanto miedo hubo el día anterior.
Cuando esta historia se supo en el pueblo, vinieron los lamentos, en particular de mi madre (q.e.p.d.) quien nunca creyó esta versión que aquí he dado, sino la para ella mucho más dramática —aunque en realidad, de haber ocurrido habría sido menos mala—: la de que yo había estado “envetado”, o sea, atrapado en una grieta (veta), condición en la que han muerto varios turistas que han menospreciado los peligros que encierra La Caldera y han entrado a ella solos y sin registrarse.
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06 de Julio de 2006. Hoy se cumplen 50 años del inicio de esta aventura que por poco me cuesta la vida. Los tres amigos que me acompañaron viven todos en Canarias, y de ahí que yo haya decidido ir a Canarias este mes —y espero poder mantener activo desde allá el contacto por vía de este blog— a celebrar con ellos, mis queridos amigos de hace más de 50 años, el medio siglo de nuestra odisea en La Caldera, y a dar gracias a Dios porque, a pesar de todo, salimos bien librados de ella.
Con esos amigos disfruté en su momento del ambiente único de un estilo de vida que con su bagaje de costumbres y tradiciones le daba a El Paso un sabor que ya pasó a la historia.
En el olvido quedaron las siegas, las acarreas, las trillas, las recogidas de almendras, las “matazones” de cochino, los “asaltos” y los bailes, la solemnidades de Semana Santa plenas de una música y un ambiente sobrecogedores, los ensayos y actuaciones de nuestra coral y grupo teatral, las misas dominicales y los subsiguientes paseos en los que me fijé en la muchacha que evoqué en La Caldera, mirándola desde lejos, y conservando la distancia.
Estas vivencias nos marcaron a todos, pero tal vez para mí —que soy el único de los cuatro que está fuera de Canarias desde hace 45 años, y fuera de El Paso desde hace 49— revistan más importancia que para ellos porque la lejanía de mi pueblo exacerba la nostalgia que siento por aquella época de mi adolescencia cuando me abrí al romanticismo y, llevado por las ilusiones de juventud, veía ante mi un sinfín de caminos de entre los que creía que podía tomar casi el que yo quisiera, y soñaba con una vida llena de promesas, amor y oportunidades; algunas ya pasaron, otras culminaron en fracaso, otras nunca se presentaron,… y así el sinfín de caminos se redujo a muy pocos, y aumentó la nostalgia.
Llevado por ella, entre el 23 y el 27 de abril de 1984, y usando como base la melodía “Vino griego” en arreglo de Anthony Ventura, escribí y grabé, en la forma que ya he mencionado en artículos previos, la canción “Tiempos de ayer” que les dejo como cierre al relato de la odisea en La Caldera.
Y esta composición composición fotográfica hecha por Wifredo —quien es, desde hace años, reputado profesor de Bellas Artes, y actual cronista oficial de El Paso— en julio/1992 cuando él, Gilberto y yo nos reunimos en Tenerife para el 36 aniversario de esta misma aventura.
