[*FP}– Incapacidad de algunas mujeres para aceptar el rechazo amoroso

Carlos M. Padrón

Desde que yo tenía 12 años comencé a ganarme epítetos y comparaciones como “Tienes mucha letra menuda”, ”Eres un protestón”, y “¡Aquí tenemos a Pedro Padrón!” (que fue un tío mío, hermano menor de mi padre, al que no conocí pero que, dado el parecido que en varios aspectos tengo con él, escribiré algo al respecto algún día). Y me los gané porque yo objetaba dichos y principios que todos aceptaban sin rechistar. Por ejemplo, a eso de,

  • Madre no hay sino una”, yo replicaba que padre también hay sólo uno.
  • A la mujer, ni con el pétalo de una rosa”, yo respondía que si una mujer me enfrentaba como si ella fuera un hombre, como un hombre y como a hombre le respondería.
  • “¡La película es buenísima! Lloré desde el comienzo hasta el final”. Mi pregunta era que desde cuándo el arte se mide con cantidad de llanto, y eso enfurecía a sirias y a troyanas.
  • Y me burlaba de quienes usaban la estúpida expresión “¡Me extraña!” que por un tiempo fue usada, como respuesta o comentario a todo, por quienes se consideraban chic, o “in”, como se diría hoy.

Para colmo, yo declaraba públicamente cuáles muchachas tenían piernas bonitas y cuáles no, y como las segundas eran más que las primeras, cosechaba un buen lote de antipatías entre las féminas cuyas extremidades inferiores no merecían mi aprobación. “¡Nieto de su abuelo!”, me decían con despecho.

Una dama, ya mayor pero con unas piernas que parecían troncos de pino, me gritó un día en una reunión: “¡Ojalá a la mujer con la que te cases se le llenen de várices las piernas!”. O sea, como entonces se decía en El Paso, “me pidió una plaga”.

Y un par de años después comencé a ganarme también la antipatía de varios Curas porque yo ponía en duda y tela de juicio algunas de las cosas que ellos decían.

Una vez, creo que con motivo de la Fiesta del Sagrado, desde Santa Cruz de Tenerife trajeron a El Paso como predicador especial a un tal Padre Eguiraun —creo que se llamaba así, aunque no estoy seguro—, pero sí lo estoy de que se distinguía por su arrogancia.

Como yo formaba parte del grupo de Jóvenes de Acción Católica, un día el tal Padre Eguiraun nos preguntó a algunos de ese grupo qué opinábamos sobre sus sermones.

Ante el silencio que se hizo opté por contestar yo, y le dije que, en mi opinión, no estaba bien que los basara principalmente en Teología, pues gran parte de la gente que los escuchaba ni siquiera creía en Dios, por lo que me parecía que debería comenzar por destruir esa incredulidad si es que iba a continuar con el mismo tema.

Maldita la gracia que al Padre Eguiraun le hizo mi comentario, que luego, y no para suerte mía, llegó a oídos del párroco del pueblo.

Pero el tiempo me dio la razón, porque al año siguiente trajeron como predicador especial a un jesuita de apellido, si mal no recuerdo, Arriola. Los sermones de éste nada tenían de teológicos; trataban de problemas de la vida diaria que eran del interés de la mayoría de los feligreses.

A partir del primer sermón, a la iglesia comenzaron a acudir más y más personas, hasta que la llenaron. La sencillez, la claridad y la lógica del Padre Arriola eran de primera, estaban a la altura de los campesinos que conformaban la audiencia, y así se ganó la atención y el respeto de todos.

Para cuando yo tenía 18 años, eran varios los Curas que no me querían cerca, y por eso nunca pude ingresar en ninguno de los famosos Cursillos de Cristiandad que en la segunda mitad del decenio de los años ’50 estuvieron de moda. A quienes me apadrinaron para ver de que yo entrara en alguno de esos cursillos les decían, a guisa de explicación para no aceptarme, que yo era una amenaza.

Volviendo atrás unos años, poco tiempo después de haber dejado la niñez y comenzar a interesarme por las muchachas, dije que “Las mujeres son las niñas mimadas de la sociedad” (al menos allá se usaba entonces, para referirse al súmmum del mimo, la expresión “niña mimada”), y con esto me eché encima a todas las féminas de mi entorno y a buena parte de los varones.

Pero hoy, pasados más de 50 años, sigo creyendo lo mismo, y aunque sé que hay excepciones a lo que voy a decir, las que conozco no son suficientes para hacerme cambiar de opinión. Al contrario, son tan pocas que servirían para corroborar lo de que “la excepción confirma la regla”.

Lo de las niñas mimadas de la sociedad lo dije al percatarme de cómo las mujeres entendían una relación de pre-noviazgo entre dos jóvenes, pues si resultaba que el varón estaba enamorado de la muchacha, y que a ella no le gustaba él pero que, con insistencia, el muchacho trataba de hacerla cambiar de opinión, el comentario era, excepto si el muchacho tenía muy buena posición social: «¿Pero ese bobo no se da cuenta de que está molestando a la pobre muchacha? ¿de que a ella no le gusta él? ¿¡Por qué sigue rondándola como mosca de caballo!?».

Pero si el caso era al contrario, o sea, si resultaba evidente que a una muchacha le gustaba mucho un muchacho, pero él no le hacía caso, entonces el comentario era: «¿Es que ese bobo no se da cuenta de que ella está coladita [1] por él? ¿Por qué no le hace caso? ¿Dónde cree él que va a conseguir una mejor?».

Y este comentario tenía sus bemoles, pues movía a pensar que no siempre las mujeres estaban coladitas por su pareja —como, p.ej., cuando el muchacho tenía muy buena posición social,…— y que, por tanto, cuando lo estuviera era algo que el muchacho debería aprovechar. En fin, que como ella estaba coladita, pues había que complacerla como a una niña mimada.

Pero, sea como fuere, de todas, todas, las mujeres salían ganando.

Años después caí en cuenta de que ellas creían que lo que tienen entre las piernas es algo que TODOS los hombres desean, y que por lograr conseguirlo harían lo indecible. No importa que fueran tuertas, cojas, gordas, esqueléticas o malencabadas [2], TODAS creían eso como si fuera un dogma de fe. Ninguna podía suponer siquiera que hubiera un hombre capaz de rechazar una oferta amorosa de su parte, pues si la mujer se sabía fea, entonces, en su opinión, su valor residía en su belleza interior. Pero cuando su belleza exterior era notable, entonces la interior ni se mencionaba.

Tal vez la creencia de que lo que las mujeres tienen entre las piernas es algo que TODOS los hombres deseamos, y que, por tanto, ninguno rechazaría jamás la oferta de la posibilidad de obtener ese “tesoro escondido”, dio lugar entre muchas mujeres a la también creencia de que la entrega de ese preciado “tesoro” era lo que ellas tenían que aportar al matrimonio; el hombre tenía que poner todo lo demás.

Tal vez eso funcionó hace muchos años cuando las mujeres se mostraban forradas de arriba hasta abajo y la sola visión de un simple tobillo femenino era para un hombre un logro de alto valor afrodisíaco, y los acercamientos sociales entre novios tenían lugar bajo férrea vigilancia de la madre u otro familiar de la novia, etc. Pero hoy día, ¡por favor!

Sin embargo en el “hoy” —pues me refiero a hace apenas una década— vivió en El Paso una dama, casi enana, que ni en sus 15 tuvo atractivo físico alguno, por lo cual ningún hombre la cortejó, y permaneció solterona hasta su muerte. Era una de esas mujeres acerca de las que en Venezuela los hombres solemos decir que “Ni con uno prestado”, o sea, que el hombre que así se expresa declara que a esa mujer no le haría el amor ni con un pene prestado.

Ya en sus 60 y tantos, esta solterona sufrió una seria complicación y —acompañada de otra dama, por supuesto— tuvo que ir a una detallada revisión ginecológica. Cuando salió de ese para ella tan horrible trance, llorando a lágrima viva le decía a su acompañante,: “¡Tantos años tapándome y tapándome, para que ahora vengan a refistoliarme [3] toda! ¡Y no uno, sino tres hombres!”.

Esto me lo contaron como chiste, pero a mí me produjo ganas de llorar, pues, ¿qué carajo creía esa mujer que eran sus genitales? ¿El Santo Grial? Su queja no era porque le dio vergüenza abrirse de piernas —por usar la expresión popular— sino por tener que “rendirse” y acceder a que un hombre viera sus genitales, a desvelar el “sublime” secreto por tantos años guardado (aunque ni ella sabía para qué), y mostrar lo que, en su opinión, TODOS los hombres estaban locos por ver,… y por algo más. ¡Pobrecita! ¡Ni con uno prestado!

Tal vez por esa convicción acerca de lo irresistible y valioso de su atractivo personal, cuando una mujer se prenda de un hombre y éste no le corresponde, o le corresponde y después la deja, le crea a ella una situación de verdadero trauma, porque si bien los hombres asimilamos como normales los rechazos amorosos, las mujeres no.

Y si el hombre que las rechazó lo hizo para irse con otra, ¡ahí arde Troya! ¡Eso sí que a la pobre le resulta intolerable! Que él la deje, ya le es intragable, pero que la deje POR OTRA escapa a toda posibilidad de la más mínima aceptación. Tal vez porque la hace sentir derrotada por otra MUJER, y eso le resulta del todo intolerable.

Sin embargo, parece como más lógico que la reacción fuera al revés, pues si ella fue dejada por otra, cabe pensar que el hombre que la dejó le vio a esa otra más valor que a ella. Pero si fue dejada de plano, sin que hubiera otra, entonces cabe pensar que el hombre que la dejó no le vio a ella valor ninguno, y que aplicó lo de que es mejor estar solo que mal acompañado. Pero no, con las mujeres eso no funciona así.

Por esto, y como no creo posible, ni muchos otros lo creen tampoco, me parece de una hipocresía sin nombre el que cuando una mujer decide poner punto final a una relación amorosa con un hombre, le proponga a éste que queden como amigos; pero cuando es él quien toma esa decisión, no hay para ella amistad posible: u obtiene de él lo que ella quiere, o será su enemiga jurada para siempre. Por éste, y por detalles como éste, es por lo que no creo posible una verdadera amistad entre hombre y mujer,

Lo paradójico y hasta patético es que, a pesar de que la tan cacareada emancipación femenina ha dado lugar a que el sexo sea un producto “no regulado”, gratuito y de consumo masivo, aún hay muchas mujeres que siguen pensando así acerca de su “tesoro”, y siguen mostrándose incapaces de encajar el rechazo amoroso, lo que sugiere que se trata de una incapacidad no tanto cultural como genética.

Las muchas veces que fui rechazado ─incluso en el caso, poco frecuente, de mi primer amor─ me lo tomé con filosofía y apliqué mi principio de que no quiero conmigo a quien conmigo no quiere estar, pues lo contrario sería de mi parte imposición, abuso y falta de dignidad. Pero cuatro veces he sido yo quien ha rechazado, quien ha cortado una relación amorosa, y con ello me gané, que yo sepa, tres enemigas.

¿Y por qué no cuatro? se preguntará el lector. La respuesta es que en uno de los casos puse punto final porque yo me había drogamorado, pero ella —¡a Dios gracias!— no quiso llevar nuestra relación al próximo y lógico paso, con lo cual me permitió ganar tiempo y ánimos para zafarme de la droga. En cuanto me vi libre, me alejé sin más.

Pero bastó que yo me retirara para que comenzara de parte de ella un inusitado interés por mí, con un proceso de insinuaciones, mensajes, ofertas, petición de favores y otras trampitas cuya evidente finalidad era conseguir que yo volviera. Como nada de eso le dio resultado, y de vez en cuando vuelve a la carga, supongo que aún no me ha puesto en la lista de sus enemigos.

O sea, que hasta en casos así, en los que las mujeres deberían aceptar de buen grado que el hombre se retirara ya que ellas no quieren seguir adelante, no aceptan la ruptura,…. a menos que, como niñas mimadas, sean ellas quienes la causen, claro.

¿Vendrá de ahí eso de que las mujeres siempre tienen la última palabra?

***

[1] Coladita: Perdidamente enamorada.

[2] Malencabada: Persona de cuerpo carente de proporciones armoniosas, torcida o contrahecha. Palabra del Léxico Pasense que he recopilado.

[3] Refistoliar: Meterse alguien a ver, buscar o averiguar, sin invitación o con intenciones aviesas. Palabra del Léxico Pasense que he recopilado.

 

[*FP}– El destape del fígaro

Carlos M. Padrón

Como ya puede deducirse de mi artículo Barbería unisex, en Olga y el tenorio y en Mujeres en su salsa, las barberías no son precisamente sitios de mi devoción. Voy a ellas cuando ya casi no me queda otro remedio, pues no he conseguido que mi mujer se atreva a cortarme el pelo. Si se atreviera, con gusto me arriesgaría a que los primeros cortes resultaran un desastre, pues, a diferencia de otras cosas, el pelo sí crece.

Las barberías son lugares de “habladera de paja” [1], como se dice en Venezuela, o sea, lugares donde el cliente jactancioso opina sobre política, cuenta chistes y relata sus proezas, sobre todo en deportes o con mujeres, confiado en que su barbero no va a contradecirle sino que aparentará creerle a pie juntillas; donde es el barbero quien trae a colación temas que no te interesan en lo más mínimo, pero, como eres prisionero de él y no quieres ser rudo, pues aparentas que le das importancia al cuento, y él sigue sin parar aunque —al menos lo hago así— uno le conteste con ocasionales monosílabos; donde, aunque no sea tu barbero el que hable paja sino que, respetuoso de tu silencio, permanezca callado, es uno de los otros barberos, o uno o más de los otros clientes, los que no paran de hablar paja, y, en ese caso, tu silencio y el de tu barbero sólo sirven para que tengas que escuchar, quieras o no, la paja de los demás; etc.

Llevado por la aversión que esto me produce, una vez estuve 75 días sin pasar por una barbería, lo cual no entenderían jamás algunos hombres que dicen que no van a cortarse el pelo cada semana porque no tienen tiempo.

Cuando oigo decir eso, pienso que es producto de masoquismo o, peor aún, de vanidad, pues he comprobado que los que frecuentan mucho las barberías no sólo se cortan el pelo, como es mi caso, sino que piden que se lo laven, le echen champú y lociones, les den masajes en el cuero cabelludo, les hagan las uñas, etc. Aunque a ninguno de mis barberos le guste, pido que simplemente me corten el pelo, y sin mojarlo ni antes del corte ni después. Y punto.

Por todo esto no me resulta fácil encontrar una barbería que me agrade, pues además quiero una que quede cerca de mi casa —antes la condición era que quedara cerca de mi lugar de trabajo— y que tenga estacionamiento fácil.

Una vez, allá por 1973, Manolo González, el amigo y compañero de IBM ya mencionado en No me tocaba ese día, me dijo que mi melena iba camino de emular a la de Einstein, aunque no así mi cerebro. Al reparar en la suya noté que mostraba un estilo de pelo corto, como el que me gusta (para que dure más), y le pregunté si sabía de algún barbero “decente”.

Me dijo que él iba a uno, de nombre Antonio y paisano mío —o sea, de Canarias— que trabajaba en una barbería ubicada en El Silencio, en el centro de Caracas, lugar que me convenía porque ahí estaban entonces las oficinas principales de la mayoría de los bancos que eran mis clientes, y lugar al que en aquella época todavía podía uno ir,… y salir con vida o sin que lo asaltaran.

Tomé nota de la dirección, y al día siguiente fui a esa barbería, pregunté por el tal Antonio, y éste me hizo un buen corte de pelo.

Desde esa primera vez evité decirle a Antonio que yo era también canario, pues eso habría disparado su verborrea. Sin embargo, mi amigo, el mismo que me había referido a él, se encargó de decírselo, y todas las demás veces que fui, Antonio no paraba de hablar de algo relativo a Canarias. Pero como yo iba una vez cada más o menos 45 días, y la ubicación de la barbería y el corte que me hacían eran de mi agrado, aceptaba resignado la cháchara de Antonio.

Un día alguien me dijo de un utensilio metálico que parecía un peine y que llevaba insertas unas hojillas. Si uno se lo pasaba por la cabeza como si se peinara con él, las hojillas cortaban el exceso de pelo, y así o se distanciaban las visitas a la barbería o se eliminaban del todo.

De inmediato compré uno de esos utensilios, y como mi mujer de entonces tampoco quería intentar siquiera cortarme el pelo, decidí que el utensilio lo usaría yo mismo.

En las áreas que me eran visibles mirándome al espejo logré un corte bastante potable, pero en la parte trasera de mi cabeza hice un desastre de marca mayor, de ésos que los barberos llaman “escaleras”. Como todo el que me conocía y me veía así me hacía bromas al respecto, fui a la barbería a ver si mi barbero Canario podía disimular las tales escaleras.

Antonio estaba atendiendo a otro cliente, pero al verme entrar me saludó y me comentó que había pasado mucho tiempo desde la última vez que yo había ido por allí, lo cual me dio pie para minimizar de alguna forma el ridículo de lo que yo me había hecho, y le dije que había estado de vacaciones en Mérida, y allá, como mi pelo estaba largo, había ido a una barbería local, y me lo cortó un barbero que no resultó nada bueno. Por el lugar donde yo estaba sentado, Antonio no podía ver la parte trasera de mi cabeza.

Cuando después de sentarme en su sillón, se dispuso a colocarme el paño que ataría a mi cuello, no había aterrizado aún el paño sobre mi pecho cuando el hasta entonces Canario sobrio y decente,emitió un estridente y espontáneo “¡¡¡Qué horrooooor!!!” con un tono de total amaneramiento que tuvo la virtud de hacer que una especie de descarga eléctrica circulara por todo mi cuerpo, y, nunca mejor dicho, los pelos se me pusieron de punta.

Como la desagradable sorpresa me dejó mudo, me fue fácil abstenerme de hacer comentarios, y sólo me limité a mirar de reojo a Antonio a través del espejo frente a mí.

Lo que siguió convirtió la descarga eléctrica en una de alto voltaje, pues Antonio, soltando el paño, que cayó flácido sobre mis rodillas, en un gesto de total amaneramiento, apoyó las yemas de sus dedos sobre mis parietales e hizo girar mi cabeza a derecha e izquierda —haciéndome sentir como la muchacha de El Exorcista— mientras, ya totalmente “partido” [2], exclamaba:

Pero, ¿¡quién le hizo esto!? ¿¡Cómo es posible que hayan podido hacerle algo así,… si USTED TIENE UNA CONFIGURACIÓN CRANEANA ¡¡¡BEEEEELLLA!!!?

Simplemente, yo no podía permitir que aquel tipo continuara tocándome, ni que estuviera cerca de mí, así que a millón me puse a pensar qué podía yo hacer para marcharme de inmediato.

Antonio me dio la excusa perfecta cuando, poseído de gran agitación y “partiéndose” ya del todo mientras gesticulaba su horror de pie tras el sillón y mirando a todos en la barbería, como para que vieran que él tenía razón, exclamó:

—¡Dios mío! Miren esto. ¡Esto no tiene arreglo posible! Hay que dar tiempo a que crezca el pelo.

De un salto me levanté del sillón, dejando que el paño cayera al piso —pensé que debía recogerlo, pero como para eso tendría que agacharme, no lo hice,… por si acaso— , y balbuceando que ya volvería yo cuando el pelo me creciera, abandoné a toda prisa la barbería a la que, por supuesto, no volví nunca más.

Cuando a mi amigo de IBM le relaté lo ocurrido, no me creía, pues, me dijo, Antonio nunca le había dado la más mínima muestra de amaneramiento, pero, por si fuera cierto lo que yo contaba, aguzaría sus antenas y, si detectaba algo, haría igual que yo hice: buscarse otra barbería.

***

[1]  Hablar de lo que no se sabe, decir tonterías, frivolidades o cosas sin fundamento o que no vienen al caso, generalmente con el ánimo de impresionar o llevado por la simple necesidad de hablar por hablar.

[2]  En Venezuela, cuando un hombre camina o gesticula de forma afeminada se dice que “se parte”; tal vez se usa el término ‘partir’ por el quiebre de cintura típico de los homosexuales. Y entre las sentencias acuñadas por Fernando Lacoste, uno de nuestros “filósofos” en la IBM de los ’60 y 70’, está ésta, destinada a “mitigar” los efectos de las burlas que los “partidos” recibían: “Todo hombre se parte al menos una vez al día”.

[*FP}– Tal día como hoy, hace 47 años

26.07.2008

Carlos M. Padrón

En la mañana de un 26 de julio, tal día como hoy pero de 1961, puse pie por primera vez en Venezuela después de una travesía de una semana a bordo del “Bianca C” desde el puerto de Santa Cruz de Tenerife y en compañía de mis padres y mis dos hermanas.

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De izq. a derecha: María Celia Padrón (mi hermana mayor), María del Carmen Padrón (mi hermana menor), Victoria Pérez (mi madre), Tomás Padrón (mi padre), y Carlos M. Padrón. – Cuando hicimos este viaje, mi padre tenía la edad que tengo yo ahora,… y a mí me parecía un anciano. (Sin comentarios).

Por esa extraña percepción que acerca del tiempo se tiene a medida que se avanza en edad, me parece que fue ayer. Pero al rememorar lo sucedido desde entonces, son tantos los acontecimientos que desfilan por mi mente que no puedo evitar sentir el peso de los años.

Muchos parientes o conocidos de El Paso que habían estado ya en Venezuela y que, a diferencia de mí, estaban seguros de que yo no llevaría a cabo el loco plan que explicaré más abajo, sino que, al igual que mis hermanos, me quedaría en este país, me prepararon con palabras como éstas: “Engurúñate y traga en seco, porque los dos primeros años vas a querer largarte de Venezuela aunque sea nadando”.

Y así fue. Y ese deseo de largarme se veía aumentado porque nunca quise venir a Venezuela, y cuando mi padre insistió en que yo tenía que venir en condiciones similares a como lo habían hecho mis hermanos, dije que si tenía que emigrar de Canarias lo haría a Inglaterra o Alemania —donde entonces iban muchos jóvenes a trabajar como camareros—, pero no a Venezuela, pues aparte de que no quería dejar solo a mi padre, ya mayor, estaba el hecho de que las muestras del cambio operado en los que de cuando en cuando regresaban de Venezuela no me resultaban edificantes en modo alguno.

Si vine fue porque la poesía que escribí en diciembre de 1960 destinada a servir como tarjeta de navidad a mis hermanos Raúl y Tomás, que estaban en Venezuela desde 1946 y 1947 respectivamente, causó que ellos nos hicieran una invitación colectiva que de haber sido rechazada por mí habría disgustado tanto a mis padres como a mis hermanos y hermanas, pues la ilusión, en particular la de mi padre, era que viniéramos todos, y poder él volver a poner pie en la América que tanto añoraba. Pero su añorada América era Cuba, y su decepción fue grande cuando descubrió que Venezuela no se parecía en nada a la Cuba de finales del siglo XIX y comienzos del XX.

No puedo por tanto decir que vine engañado, pues bien sabía yo que en el trasfondo de la invitación yacía el plan de que me quedara en Venezuela.

Y decidí quedarme, pero diciéndome para mis adentros que sólo por el tiempo necesario para, trabajando a todo gas, ahorrar unos 3.500 dólares que, según mis cálculos de estúpido drogamorado (valga la redundancia), era el dinero que yo necesitaba para volver a Canarias, comprar una casa de las prefabricadas en madera (nunca se me ocurrió pensar que necesitaría también un solar donde montarla) y casarme.

Pero, por supuesto, por efecto del prejuicio que por años hizo que yo me negara a venir a este país, mis primeras impresiones acerca de él fueron todas malas, comenzando por la que me causó el puerto de La Guaria, del que tomé esta mi primera foto de Venezuela y en Venezuela:

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Lo que de esa ciudad y sus alrededores se veía desde el barco no fue nada agradable, y tampoco me gustó lo más de lo que en los siguientes meses pude ver.

Agosto/1961 lo dedicamos a ir por carretera a bordo de la camioneta Plymouth 1959 que mi hermano Raúl había comprado para tal fin, un vehículo en el que podían viajar sentadas nueve personas, y nueve (“El clan de los 9”) éramos en el grupo: Mi padre, mi madre, Raúl mi hermano, su mujer y sus dos hijas; mis dos hermanas y yo. A la fecha sólo quedamos 6.

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Parte trasera de la camioneta Plymouth. – De izq. a derecha: Ada Padrón (hija mayor de mi hermano Raúl), Carlos M. Padrón, Marité Padrón (hija mayor de mi hermano Tomás, sentada sobre mi pierna), Elsa Padrón (hija menor de mi hermano Raúl).

Hicimos un largo recorrido visitando a los parientes y a los ex vecinos de El Paso que vivían en lugares del interior de Venezuela. Así estuvimos en Valencia,

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Mi primera visita al Campo de Carabobo. Los 9 pasajeros de la camioneta, “El clan de los 9″. De izq. a derecha: Elsa Armas (esposa de mi hermano Raúl), Raúl Padrón, Tomás Padrón (mi padre), Victoria Pérez (mi madre), Elsa Padrón (delante de mi madre. Hija menor de Raúl mi hermano), Carlos M. Padrón (detrás), María Celia Padrón (mi hermana mayor), María del Carmen Padrón (mi hermana menor), Elsa Padrón (hija menor de mi hermano Raúl).

Yaritagua y Barquisimeto,

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El primer tren “en vivo” que vi en mi vida fue éste, en Barquisimeto. De izq. a derecha. Detrás: María Celia Padrón, Elsa Armas, María Victoria Sosa (vecina en El Paso), Victoria Pérez, María del Carmen Padrón, Rapul Padrón. – Delante: Elsa Padrón, Ada Padrón.

Acarigua y Guanare,

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Uno de los puentes entre Acarigua y Guanare, sobre un río por el que todavía corría agua.

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A los recién llegados de Canarias nos impresionó esta estructura metálica. De ahí que yo pidiera que me tomaran una foto con el río al fondo, el primer río grande que vi en mi vida.

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El Tocuyo,

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Una vista de El Tocuyo de aquella época. Nunca más he vuelto ahí.

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En el río El Tocuyo, primero en que mojé mi humanidad. “El clan de los 9″ y María Victoria Sosa, quien fuera vecina nuestra en El Paso.

y Humocaro. Antes y después de Humocaro, todo por una carretera de tierra, los pinchazos de cauchos (neumáticos) fueron muchos,

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Saliendo de Humocaro. Vista lateral de la Plymouth parada por causa de uno de los tantos pinchazos. Mi padre apoyado en ella, y mi madre y mi hermana menor observan desde atrás, cerca de un par de campesinos que se acercaron a ayudar.

y las sorpresas de ver en qué condiciones vivían algunos parientes dedicados al cultivo de papas fueron dolorosas. Pero a todo esto, y a guisa de explicación, mi hermano Raúl decía algo que yo no entendía: “¡Esto es Venezuela!”.

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Esta chabola estaba enclavada al descampado en medio de una hacienda que trabajaba como medianero un pariente nuestro,… cuya vivienda era esa chabola. Cuando mi madre lo supo, rompió a llorar.

En septiembre/1961 conseguí mi primer trabajo como contador (contable) en una tienda de electrodomésticos que estaba ubicada en el centro de Caracas. Para llegar a ella y regresar a casa de mi hermano, donde yo vivía, usaba lo que entonces llamaban un “carrito por puestos”, que no era otra cosa que un carro (coche) que cobraba por la ocupación de cada uno de sus puestos.

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Mi primera visita al balneario de Los Caracas. De izq. a derecha. En pie: Mi padre, mi madre, ¿?, mi hermano Raúl (su hija Ada delante de él), mi hermana María Celia, Elsa Armas. – En cuclillas: Elsa Padrón, mi hermano Tomás sosteniendo a su hija Marité Padrón, Teresa Delgado (esposa de mi hermano Tomás), y mi hermana María del Carmen.

Cada viaje en esos carritos me resultaba un calvario porque lo que hablaban el chofer o los pasajeros era para mí como chino. Así que para no correr el riesgo de no entender lo que mi interlocutor me dijera, y meterme por ello en problemas, llevaba exacto el dinero para pagar mi pasaje (50 céntimos de bolívar), y al entrar me limitaba a dar las buenas horas y decirle al chofer hasta donde quería yo que me dejara.

En marzo/1962 conseguí otro trabajo —esta vez en una compañía de un tal Floreal que vendía artículos de propaganda— como encargado de la correspondencia en inglés con las empresas de USA que en bolígrafos, llaveros y otros objetos que suelen darse como regalos promocionales, se encargaban de imprimir en ellos los mensajes, logos, etc. que uno les pidiera.

Con ese cambio dupliqué mi sueldo pero no mejoré mi situación laboral, pues de las manos de un judío pasé a las de un catalán, lo cual no tiene nada malo per se excepto porque estos dos eran de los que contribuyen eficazmente a consolidar la mala fama de sus respectivos gentilicios.

Con más ingresos aumentaron mis esperanzas de poder conseguir la deseada meta y dejar atrás este país en el que al menos una vez por semana me llamaban, con desprecio e ira, “Musiú”, o sea, extranjero; y un par de veces me amenazaron con una pistola.

“Musiú”, degeneración de la palabra francesa “Monsieur”, se usaba para denominar, de forma peyorativa, a los extranjeros, en particular a los que, como yo, éramos catires (rubios), de piel blanca y ojos claros.

Como ya contaré en más detalle en otros artículos, de los dominios de Floreal pasé a Olivetti (Sept./1962) y de ésta —luego de un obligado puente de seis meses en Prodaca, un data center— a IBM (Oct./1969).

Aunque a poco de estar en Olivetti conseguí que mis ahorros llegaran al monto que estúpidamente me había fijado como meta para regresar a Canarias, también había conseguido para entonces una perspectiva más real del mundo en que vivía, y un creciente y extraño atractivo por el trabajo que yo debía hacer.

Esta perspectiva y este atractivo tuvieron la virtud de hacer que el otrora firme deseo de regresar a Canarias viniera a menos hasta que su lugar fue ocupado por la convicción de que en Canarias no podría yo conseguir el futuro que en Venezuela vislumbraba. Y esa convicción se consolidó cuando por fin pude entrar a trabajar en IBM.

Salvo por el tiempo que mi trabajo me mantuvo fuera de Venezuela, he estado aquí durante 47 años durante los cuales vi cómo este país fue subiendo hasta niveles inimaginables en 1961, y cómo luego se ha venido abajo hasta alcanzar, en ciertas áreas, niveles inferiores a los de 1961.

A quien antes de 1964 me hubiera dicho que yo permanecería en Venezuela por 47 años le habría contestado que estaba loco. Pero hoy debo reconocer, como he reconocido desde hace mucho tiempo, que los tres mejores regalos que la vida me ha dado han sido mis dos hijas e IBM, la que por muchos años fuera la mejor compañía del mundo.

Hay más —como Chepina, por ejemplo— pero llegaron a mí por vía de IBM, como también me llegaron por esa vía mi crecimiento personal y profesional, mi mayor dominio del idioma inglés, mis visitas, a veces repetidas, a 36 países de este mundo, mi roce con la cultura de un par de ellos en los que viví por mucho tiempo, etc.

Tal vez alguien piense que el regalo que representan mis dos hijas igual podría haberlo recibido yo estando en Canarias. Pero no, pues el que ellas —ELLAS, y no otras— hayan nacido cuando nacieron, y no antes ni después, fue consecuencia directa del estilo de vida imperante entonces en Venezuela, algo que condicionó nuestros hábitos y costumbres.

Por esos tres regalos, ¡gracias, Venezuela!

Después de 47 años, al mirar hacia atrás reconozco cuán difícil fueron los comienzos de mi vida como emigrante, no deja de asombrarme que algo tan simple cómo un poema familiar alterara de forma tan radical el curso de mi vida, y no dejo de lamentar que mis hijas no hayan vivido de cerca la parte positiva del ambiente que allá en Canarias me formó a mí, y al que al menos pude haberlas acercado si las vivencias personales fueran transferibles, pero no lo son.

He escuchado que cuando alguien está a punto de morir ahogado, en apenas unos segundos desfila por su mente toda la historia de su vida hasta ese momento.

Si por obra de algo similar pero a la inversa hubiera yo podido vislumbrar cómo iba a ser mi futuro si yo subía al “Bianca C” aquel 19/07/1961, lo más probable es que no hubiera subido, pues habiéndome formado en un medio fuertemente controlado por el dúo Estado-Iglesia, con la estrechez de miras que entonces existía en ese medio, y con el efecto de la gran limitación geográfica en que, además de por archipiélago de pequeñas islas, nos sumía el aislamiento en que Canarias estaba por efecto de la lejanía de centros desarrollados, no creo que hubiera tenido yo discernimiento para conseguir el valor que me permitiera iniciar lo que, en lo tocante a mi destino, fue un viaje sin retorno.

La falta de experiencia de la juventud es algo obligado para que podamos aprender las lecciones de la vida.

[*FP}– Orgullo de padre: El primer libro ilustrado por mi hija Alicia

Carlos M. Padrón

Creo haber mencionado alguna vez en este blog que Alicia, mi hija mayor, es profesional del diseño gráfico, y su especialidad dentro de ese campo es la ilustración de temas infantiles.

Pues bien, Alicia puso manos a la obra en esto y ya salió a la venta en USA el primer libro ilustrado por ella: “The wish trees”, cuya traducción podría ser “Árboles del deseo”, pues dice Alicia que la idea tras el libro es que cada niño que siembre un árbol pueda pedir un deseo al hacerlo.

Ésta es la portada,

y ésta la contraportada,

Más detalles del libro pueden verse aquí y también aquí,

Se entenderá que siento orgullo de padre y que tal vez llevado por él creo que las ilustraciones son bellísimas, con un toque muy delicado y muy decidor del carácter de mi hija Alicia, pero la decisión la dejo a la opinión del lector.

El otro libro ilustrado por Alicia, y titulado “I love you all year round” (Te amo durante todo el año)

saldrá a la venta en USA en agosto.

[*FP}– Nueve días (¡y diez noches!) en San Francisco

Carlos M. Padrón

Se dice que lo que mal comienza, mal acaba, y este nuestro viaje (Chepina y yo) a San Francisco entre del 19 y el 29 de mayo/2008 corrobora el dicho.

Vuelos con American Airlines (AA)

Hablemos primero de los trayectos en avión, o sea, del comienzo y final del viaje. Todo lo hicimos con AA, línea de mi preferencia desde que quebrara Pan American. Lo ocurrido en el viaje entre Caracas y Miami ya lo conté en Buhonería a bordo de American Airlines pero lo ocurrido en los dos vuelos entre Miami y Los Ángeles, y San Francisco y Miami —que ocurre ahora en todos los vuelos nacionales de American— no fue tampoco grato porque los aviones eran de cuerpo estrecho (B-757, un solo pasillo y dos filas de asientos triples cada una), y pasar 5 o más horas con el culo pegado a un asiento central o de ventana no es algo que resulte apetecible, pero en aviones de ese tipo, y llenos hasta la bandera, hay pocas opciones para moverse.

Para colmo, como AA está reduciendo personal, es el pasajero quien lidiando con un terminal de pantalla táctil tiene que facturar su equipaje para el que rige la norma de que si un bulto —maleta o lo que fuere— excede los 25 kilos de peso, no importando si el exceso es de sólo uno o de unos cuantos kilos, el pasajero debe pagar $50, y, luego de hacer la facturación, si lo logra, deberá esperar a que un empleado, de los pocos que sirven a varios terminales, le entregue la identificación a pegar en la maleta.

En la salida de vuelos dentro del territorio nacional de USA los controles de seguridad son un martirio que obliga al pasajero casi a desnudarse, y que en muchos casos le destruyen su maleta. Además, no hay ya comida gratis sino que por $5 ofrecen unos sándwiches de los que en un automercado cuestan menos de $3. Ante esto, muchos pasajeros han comenzado a comprar su propia comida, y cuando la consumen en la sala de espera del vuelo hacen que ésta parezca un lugar de picnic.

San Francisco y alrededores

Un conteo hecho de memoria indica que he estado en San Francisco una docena de veces (la cantidad exacta la sabré cuando termine el sumario de mis viajes internacionales) pero nunca como ahora el tiempo me jugó la mala pasada que, según dicen, es muy frecuente en esa ciudad. Los más de los días nos “deleitó” un frío que resultó tolerable hasta que estuvo acompañado de un viento que, aparte de desagradable, hizo que el frío resultara varios grados menos de los 12°C que el marcaba el termómetro.

Ante esto, concluí que a Mark Twain le asistía razón, además de su reconocido ingenio, cuando dijo que “El peor invierno que he pasado fue un verano en San Francisco”.

No sé si será por lo mucho que he viajado, y por eso me siento mal cada vez que tengo que hacer equipaje, o porque me estoy poniendo viejo, pero lo que sigue me hace sospechar que tal vez sea por lo segundo. Es sólo una sospecha,…

Entre los problemas del tiempo, que dispararon mi alergia a los cambios de temperatura, más el para mí desgraciado hecho de que las amplias ventanas del apartamento de mi hija tienen cortinas transparentes, y para poder dormir decentemente necesito yo oscuridad total, pasé las de Caín, y a pesar de las pastillas antialérgicas tuve casi permanentes molestias de inminente resfrío y afección de garganta; y a pesar de los somníferos sólo conseguí dormir entre 3 y 4 horas por noche, con lo cual pasé todo el tiempo con sueño y con frío. Y dormí menos aún la noche del 28/05 porque teníamos que salir para el aeropuerto a las 4.00 de la madrugada.

Así que desde los primeros días me convencí de que debería yo hacer lo imposible para que el “I left my heart in San Francisco” (dejé mi corazón en San Francisco) de la famosa canción no se me convirtiera en “I left my health in San Francisco” (dejé mi salud en San Francisco).

Para colmo, cuando a golpe de 5 de la mañana inevitablemente me explotaba en la cara la luz que entraba a raudales por las ventanas, entonces, y como para disuadirme de tratar de volver siquiera a dormitar, me “arrullaban” los típicos sonidos, muy parecidos a ladridos, que emiten las focas y leones marinos que están en Fisherman’s Wharf “trabajando duro” sobre unas balsas de madera,

Era un concierto como de lamentos que llegaban con toda claridad hasta el apartamento de mi hija, ubicado a 2.5 cuadras (bloques) frente al famoso Pier 39 y, por tanto, muy cerca del neurálgico Fisherman’s Wharf, atestado de turistas todos los días, manifestación social a la que, al igual que a las muchedumbres y las colas, también soy alérgico.

Por lo demás, tuve más tiempo que otras veces para pasear por la ciudad y percatarme de que no hay mal que por bien no venga, pues una buena consecuencia del alto precio de la gasolina es que hay menos tráfico rodado (excluyo los muchos tranvías) y el aire está más limpio, aunque ya los vientos se encargan de limpiarlo bastante.

Los muchos tranvías, algunos de ellos verdaderas reliquias de comienzos del siglo XIX,

funcionan muy bien, como todo el abundante transporte público, y son un icono de esa ciudad, aunque a decir de una joven venezolana el Metro de Caracas es más lindo que un tranvía hecho en Italia en 1845 en el que ella viajaba. “¡Trágame tierra!” pensamos avergonzados al escuchar esa manifestación de “cultura” criolla.

El asunto es tan grave que, desde el avión en vuelo, las anchísimas y usualmente congestionadas autopistas de Los Ángeles —ciudad en la que hicimos escala en el viaje de ida— se veían casi desiertas. Y en San Francisco el alquiler de un carro (coche) por día y medio costó más, gasolina incluida, que lo que por años pagué en USA por el alquiler y gasolina de toda una semana.

San Francisco tiene fama de ser la ciudad más tolerante de USA, y la que más homosexualidad (gays y lesbianas) oficial registra, y tal vez por eso se nota en sus habitantes, que exhiben aspectos a veces estrafalarios, una cierta calma en todo lo que hacen, y un aire de relax y tranquilidad, impropio de una ciudad tan grande, que le da un cierto cariz de pueblo.

Tipos disfrazados de payasos no son raros en San Francisco, como uno que, en evidente deseo de exhibirse y llamar la atención, daba vueltas y más vueltas a Union Square disfrazado de Batman,… y con pantalón de lycra a pesar del frío que hacía. Tuve la impresión de que eso lo hacía todos los días a la misma hora.

Sin embargo, las divisiones físicas vinculadas a lo social siguen vigentes en esa ciudad.

Cuando la visité, creo que por segunda vez, en 1982 me contaron la historia de que como los gays daban problemas a las autoridades que entonces no los querían en ciertas partes de la ciudad, llegaron con ellos al acuerdo de cederles para sus andanzas unas cuantas cuadras de la calle Castro. Los gays no sólo aceptaron sino que respetaron tan bien el acuerdo, con la consiguiente disminución de los problemas, que las autoridades accedieron a ampliarles hasta 8 la cantidad de cuadras asignadas a ellos, y en 8 estaban cuando con otros IBMistas fui a esa calle —convertida entonces, y por ese motivo, en atracción turística— y nos asombramos del decorado de las tiendas, cafés y demás establecimientos, y de ver cómo hombres, aparentemente hechos y derechos, se besaban en la boca en plena vía pública.

No sé si el acuerdo sobre el uso de la calle Castro seguirá vigente, pero sí noté que cuando desde Embarcadero se sube por la calle Market, una arteria principal, los transeúntes que uno encuentra lucen en su mayoría de una misma franja de clases sociales,…. hasta que al cruzar la calle Cyril Magnin cambia drásticamente el pelaje tanto de comercios como de transeúntes. Tal parece que de un lado de esa calle hay ciertas libertades que no se permiten del otro.

La comida del Fisherman’s Wharf ya me resulta la misma de siempre, pues en materia de cocina los useños tienen una notoria habilidad: consiguen que la carne y el pescado sepan igual, y no creo que sea por algún truco de alquimia sino porque usan el mismo aceite para freír ambos. Los italianos los acusan de haber desvirtuado totalmente la pizza, y yo insisto en que, en materia de pastas, no tienen ni idea del importante punto “al dente”, y la cuecen tanto que la dejan como eso, como una pasta.

Tal vez porque, como ya he dicho antes, no soy amigo de restaurantes ni de vivir para comer, sigo comprobando que la comida de los mejores restaurantes useños que he visitado —ésos de fama a los que IBM solía invitar a sus clientes o donde efectuaba banquetes de premiación con sus gerentes— no vale, en mi opinión, el precio que cobran por ella. Insisto en que si bien en materia de hotelería funcional y práctica los europeo deberían aprender de los useños, éstos, en materia de comida, deberían aprender, pero no aprenden, de los países mediterráneos, aunque, eso sí, reconocen que la comida de éstos es “delicious!”.

El paseo por la bahía —tercera vez que lo hago— continúa ofreciendo una foto que por obra del montaje hace que uno aparezca frente al Golden Gate,

y continúa siendo amenizado por la misma grabación de fondo del Capitán Nemo y los mismos comentarios sobre Alcatraz

y otros puntos menos famosos. Y el puente Golden Gate sigue siendo espectacular, no importa desde donde se lo mire, en foto con o sin montaje,

.

así como la ciudad vista desde el mar

o vista desde el embarcadero del Pier 39

El recorrido por Carmel y Monterrey (los useños escriben Monterey) —segunda vez que lo hago— continúa también siendo el mismo aunque mucho más congestionado porque lo hicimos durante el fin de semana largo a que dio lugar el lunes 26/05, feriado nacional por Memorial Day. con muchos más turistas y mucho más frío, como puede deducirse por nuestro equipamiento

Y Carmel sigue exhibiendo su famoso roble solitario,

La visita al Valle de Napa, zona de los viñedos —tercera vez que la hago—, ha subido de precio,

Chepina en la casa de vinos Arrow, con un viñedo al fondo.

y ahora por degustar un par vinos cobran $5, y en un restaurante de Sonoma pretendían cobrar $11 por una simple copa. Digo pretendían porque me negué a pagar ese precio.

Con los viñedos Arrow al fondo, aquí aparece mi hija Elena… en la penunbra. ¡Como extraño mi reflex! Pero pesa mucho y abulta más.

Si antes había en San Francisco muchas persona de origen chino, ahora hay más, y hay también muchas de la India y de América Latina. Lo que se escucha en calles y tiendas es una Babel, que se manifiesta en alta voz gracias a los benditos celulares, artilugio que vimos hasta en manos de un (¿supuesto?) mendigo. Una buena consecuencia de esto, yo diría que debida a la abundancia de latinos, es que el café expreso se consigue casi en todas partes y ya no tiene uno que transigir con al agua sucia que, al menos para mí, es el café conocido como “tipo americano”.

En una de las varias sesiones de largas horas que pasé despierto por las causas ya mencionadas, un escalofrío recorrió mi cuerpo cuando caí en cuenta de que en menos de dos meses alcanzaré la edad que tenía mi padre cuando vinimos a Venezuela,… y entonces yo lo veía a él como un anciano.

¿Será que estoy viejo? '(

Pero no es por los años por lo que aseguro que ya pasaron los tiempos en que viajar era un placer. Creo que lo que en materia de viajes en avión disfrutamos en los años 70, 80 y 90 es parte de la historia, y algo que no veremos más.

Home, sweet home!

[*FP}– Dos moscas por dos pesetas

Carlos M. Padrón

I

Cuando yo asistía en El Paso a la escuela primaria de don Enrique Campos —que estaba en los bajos de la casa de don Domingo Pulguita, en el extremo de El Callejón, como llamábamos, y aún llamamos, a la vía de unos 70 metros de largo que une el Camino Real con el patio de mi casa— a la hora del recreo, los muchachos solíamos organizar carreras de ida y vuelta entre la puerta de la escuela y el patio de mi casa.

Tanto en mi casa como en todas las de alrededor había animales domésticos, principalmente vacas, caballos, cochinos y gallinas, cuyo excremento atraía muchas moscas que estaban por todos lados, dentro y fuera de las casas. Y por lo menos una vez por semana, mientras jadeante disputaba yo una de esas carreras, sin querer me tragué una mosca, pero seguí corriendo porque, si no, era seguro que perdería la carrera. Igual hacían mis amigos competidores, y, que yo sepa, a ninguno nos pasó nada malo por la involuntaria ingesta de moscas.

Además, en el pueblo había tantas moscas que a veces sin correr sino con sólo estar hablando podía uno tragarse alguna porque, simplemente, eran muchas, y alguna se metía en la boca. Creo que de esa mala maña de tales insectos viene el dicho “En boca cerrada no entran moscas”.

A diferencia de los citadinos, quienes tuvimos la suerte de crecer y ser educados en un pueblo de campo eminentemente agropecuario, no padecemos de tontos ascos ante la presencia o la necesidad de lidiar con productos naturales, como excremento de animales, moscas, cucarachas, etc. Y si además nos tocó época de escasez, comemos sin chistar todo lo que sea comida; y en presencia de algún plato para nosotros extraño, casi desconocemos la expresión “Esto no me gusta”, o la horrible “¡Aaaasco!”, tan común entre los venezolanos, citadinos o no.

II

A los 10 años de edad comencé a estudiar bachillerato, y por algo cuyo origen nunca tuve claro —pero que creo obra de mi madre— en vez de presentar exámenes en el Instituto de Enseñanza Media de Santa Cruz de La Palma, lo hacía en el de Santa Cruz de Tenerife, donde para esos tiempos vivía ya, con su familia, mi tío-abuelo Pedro Castillo (Pedro Martín Hernández y Castillo)

Si yo aprobaba los exámenes, mis padres me dejaban quedar en Tenerife durante casi un mes, parte del tiempo en casa del tío Pedro (en Santa Cruz), y parte en casa de su hija Concha (en La Laguna), quien además de prima era también mi madrina de bautismo, y que, por cierto, falleció el día 12 del pasado mes de enero, a los 94 años de edad.

Estar en La Laguna no me gustaba, pues era una ciudad endiabladamente fría y húmeda durante todo el año. La humedad era tal que, como yo usaba entonces pantalón corto —el largo me lo pusieron cuando cumplí 14 años—, el agua escurría por mis piernas cuando en las tardes, aunque de verano, me obligaban a salir a pasear por la calle Carrera.

Para atender las labores domésticas, Concha se había traído de El Paso a una joven de nombre Carmen, quien en 1952, cuando yo tenía 12 años, tendría unos 15 ó 16.

Así lucía yo en los días a que se refiere esta historia. La pared del fondo es de la casa en que vivían Concha y su familia, en la calle Viana.

Un domingo de junio de ese año, al salir de misa con Concha, su marido y la hija de ambos, pasamos por el cine Parque Victoria —que estaba en la Plaza del Adelantado, donde hoy está la central telefónica— y vi que para la matinée de ese día anunciaban una película titulada “Los tres randas”. Sólo el título y el correspondiente afiche me abrieron el apetito por ver esa película, pero se me presentaba un pequeño inconveniente: la entrada costaba dos pesetas, y yo no las tenía.

Después de almorzar, Concha y los suyos fueron a echar una siesta, y yo me quedé en la cocina sentado a la mesa que allí había y viendo cómo Carmen, mientras lavaba los platos, con expresiones de mal humor espantaba las moscas que, huyendo del frío y atraídas por los restos de comida, revoloteaban a su alrededor y en torno a la mesa donde aún había platos con sobras del almuerzo.

Tal vez por buscarme la lengua o por “hacerme rabiar”, como allá se decía entonces, Carmen me preguntó qué iba yo a hacer esa tarde, pues bien sabía ella que yo no podía hacer nada. Le dije que me gustaría ir al cine pero que no tenía las dos pesetas que costaba la entrada, respuesta que la motivó a seguir metiéndome el dedo en la llaga que recién me había descubierto.

A una de sus puntillosas preguntas respondí diciéndole que yo haría cualquier cosa con tal de conseguir esas dos pesetas. Envalentonada, y mientras se sacudía de encima una molesta mosca, me preguntó:

—¿¡Cualquier cosa!? ¿Por una peseta serías capaz de comerte una de estas moscas?

—No, una no; me comeré dos moscas si me das dos pesetas.

Poniendo cara de asco, pero convencida de que yo solamente alardeaba, me dijo, muy seria y en tono de desafío, que sí, que si yo me comía dos moscas me daría dos pesetas.

Sin perder tiempo, y convencido de que si ella no me daba las dos pesetas al menos le haría pasar un mal rato, puse manos a la obra.

Tomé la más gruesa de las rodajas de tomate que habían sobrado de la ensalada, le quité las semillas y le dejé sólo la pulpa. Luego, haciendo uso de una habilidad que todos los muchachos de El Paso teníamos, esperé a que una mosca se posara sobre la mesa, y abordándola de frente, con un certero y rápido movimiento, cuando levantó vuelo la atrapé dentro de mi mano derecha.

Con cuidado, y manteniendo aún cerrada esa mano, introduje, entre su palma y el doblado meñique, el índice de la izquierda, y al dar con la mosca la maté apretándola contra la palma de mi diestra. Abrí luego la mano, le saqué las alas a la difunta —la religión auarita, la de los aborígenes de La Palma, considera sacrílega la ingesta de alas de mosca en los días domingo— y deposité su aún tibio cadáver en la pulpa de uno de los cuartos de la rodaja de tomate.

Para ese momento miré de reojo a Carmen y noté con satisfacción que los ojos se le salían de las órbitas y que, paralizada y olvidada de los platos y cubiertos que debía lavar, no me sacaba la vista de encima. ¡Mi venganza iba por buen camino!

Repetí la maniobra con una segunda mosca, cuyo cadáver recibió sepultura en el cuarto de rodaja diagonal al anterior.

Doblé entonces por la mitad la rodaja de tomate, y, mirando a Carmen directamente a los ojos, mientras yo ponía la típica expresión del goloso que está a punto de degustar un exquisito y esperado bocado, ¡me la comí!

No había yo terminado de engullir tal “manjar” cuando Carmen, ahogando a duras penas el grito que se le escapó al ver que yo me había comido la rodaja de tomate con su mosquil aderezo, partió en carrera hacia el baño, pero un poco tarde, pues vomitó en el piso antes de llegar a destino.

Asustada por si descubrían lo ocurrido, se dio a la tarea de limpiar su vómito, mientras en voz baja, para no despertar a los de la siesta, me prodigaba variados “piropos”.

Cuando al fin hizo desaparecer el corpus delicti, se acercó a la mesa donde yo, muy tranquilo, permanecía sentado, y quiso endilgarme una monserga aleccionadora, pero la detuve alargando mi mano al tiempo que le decía:

—¡Mis dos pesetas!

Sin dejar de refunfuñar por lo bajito, pues no convenía que se enteraran los de la casa, se fue a su habitación y regresó con las dos pesetas que, a regañadientes, depositó sobre la mesa frente a mí.

Y así pude ir al cine esa fría tarde dominguera.

III

Varias veces eché ese cuento en Venezuela, país en el que abunda mucho el no me gusta esto o lo otro, y donde, tal vez por influencia gringa, se trata de ocultar, disimular o hasta ignorar, lo natural. De ahí el fracaso del famoso Decreto 21 que en tiempos de Carlos Andrés Pérez quiso obligar a que los establecimientos, como gasolineras en las carretereras, tuvieran baños para uso público contrataran personal que los mantuviera limpios. El decreto murió de inanición porque nadie quiso ese trabajo.

Conociendo este punto flaco, le saqué buen provecho al cuento de “Dos moscas por dos pesetas”, pues cuando yo estaba en un grupo de gente de confianza, comiendo algo que a mí me gustaba, bastaba que yo echara el referido cuento para que alguna remilgada huyera de la mesa clamando el consabido “¡Aaaasco!”, tan común por estos lares, lo cual aprovechaba yo para hacerme del manjar que la remilgada había dejado abandonado.

Luego descubrí que, simplemente, la gente creía que eso no era cierto, que se trataba de un invento mío para conseguir esos manjares.

Cuando mi hija menor, Elena, tenía unos 7 años, como buena citadina sentía asco ante las moscas que, todavía a comienzos de los años ’80, había en La Trinidad (Caracas), donde está mi casa. Yo le mostraba cómo cazarlas y matarlas, y Elenita disfrutaba con la aniquilación que yo hiciera de cada una de las por ella odiadas moscas.

Aprovechando la condición de héroe que todo niño atribuye a su padre, inventé una especie de conjuro y le dije a Elenita que con él podría conseguir, si lo declamaba con energía y convicción, que las moscas huyeran asustadas.

A pesar de su corta edad, Elenita se aprendió de memoria el “tremendo repertorio” —así lo bautizó mi madre— y lo recitaba airada, como si de verdad fuera un efectivo talismán contra las moscas, o para deleite de quien se lo pidiera:

¡Moscas, temblad porque viene mi papá,
y él es el terror de las moscas!
En el mundo del insecto volador
no hay afaníptero que se le resista.

Más tarde supo que las moscas no eran afanípteros, y me hizo el correspondiente reclamo, pero hoy, después de tantos años, todavía recuerda Elena este “gran poema”.

IV

En algún momento del comienzo de mi relación con Chepina le eché el cuento de “Dos moscas por dos pesetas”, y además de que vi claramente que se sintió asqueada (otra citadina más), tuve la impresión de que no estaba muy convencida de que fuera cierto. Igual me había pasado, muchos años antes, con mis hermanas, pero, ¿qué otra cosa podía yo hacer si eso había ocurrido entre Carmen y yo? (y las moscas, claro).

En 2003 llevé a Chepina a El Paso por primera vez. Quise, por supuesto, que probara bocados típicos de mi pueblo, como leche con gofio (pero leche natural. recién ordeñada), higos pasados acompañados con queso, almendras y vino, etc. Pero cuando le pedí a mi hermana María Celia que consiguiera un queso ahumado hecho en la casa de algún conocido, me vino con la respuesta de que su primera proveedora no tenía queso, ni la segunda tampoco, que había que comprarlo en el supermercado.

Ni a mí ni a María Celia nos gustaba esa idea, así que ella hizo algunas llamadas telefónicas y encontró la solución: Carmen “la de los quesos” tenía uno disponible. Sin perder tiempo, metí a Chepina y a María Celia en el auto y, guiado por mi hermana, nos dirigimos a casa de la tal Carmen.

En el camino le pregunté a María Celia quién era esa Carmen, nombre por demás común en El Paso. Su respuesta fue,

—¿No te acuerdas de la muchacha que Concha la de tío Pedro tuvo una vez trabajando en su casa, en La Laguna?

Haciendo un esfuerzo para ocultar mi sorpresa —y mi esperanza— contesté con un seco “Sí” y no dije nada más. Sólo recé para que Carmen no estuviera acompañada de otra mujer de su edad, pues, malo como soy para recordar caras, era seguro que yo no reconocería a Carmen.

Pero no, Carmen, convertida en una respetable abuela, estaba sola, y, apenas entrar y dar las buenas tardes, María Celia, en vez de decir “Vinimos a buscar el queso”, dio comienzo a uno de los interminables y retorcidos repertorios que usan los de El Paso —a veces creo que todos los isleños— que fue de este tenor:

«Bueno, Carmen, desde que me desperté esta mañana pensé que mi hermano Carlos iba a querer queso ahumado, y con esa matraquilla estuve toda la mañana porque yo sabía que Pili ya no los hacía porque no tenía cabras, y la pobre las echa en falta porque el otro día me dijo “¿¡Qué habrá sido de mis cabritas!? ¡Cuánto las extraño!”. Y yo creo que tiene razón, la pobre, porque a ella eso le servía de entretenimiento.

Entonces dije “Voy a llamar…”, y en eso sonó el teléfono y era Luisa la de Roberto. Y nos pusimos a hablar y se me olvidó lo del queso. Y es que yo últimamente olvido las cosas, Carmen, pues anoche dije “Tengo que tomar esta pastilla antes de acostarme”, y para no olvidarme la puse sobre la mesa del comedor, y cuando llegué a la cama para acostarme no me acordaba dónde la había puesto. ¡Ay, Carmen, que cosa tan triste es ponerse viejo!, pero yo creo…….»

Que equivale a que si alguien quiere ir desde Caracas a Miami, en vez de tomar un vuelo directo toma uno de Caracas a Madrid, luego sigue a Londres, Bangkok, Tokyo, San Francisco y, por fin, Miami; o sea, le da la vuelta al mundo. Así hablan mis hermanas y, repito, muchos Canarios.

Por eso, en el caso que nos ocupa, interrumpí a María Celia, pedí uso de palabra y dirigiéndome a doña Carmen le pregunté:

—¿Sabe usted quién soy?

—¡Buena va! Pues claro que sé. Tú eres Carlos Padrón.

—¿Y recuerda usted algo que yo haya hecho frente a usted, hace muchos años, estando en La Laguna?

—¿¡Que si lo recuerdo!?— contestó molesta por la duda implícita en la pregunta. —¡Claro que lo recuerdo! ¡¡TE COMISTE DOS MOSCAS!!

El sonoro “¡¡¡¡JESÚUUUS!!!” que gritó mi hermana, y la carcajada de Chepina estallaron simultáneamente. Y yo sentí tan grande alivio que abriendo los brazos me acerqué a doña Carmen, y diciéndole “¡Muchas gracias por ayudarme a demostrar, después de tantos años, que lo de las moscas es cierto!”, le di un abrazo y un sonoro beso en la mejilla.

Si en 1951 ella pensó que yo estaba loco, creo que en 2003 quedó totalmente convencida, pero al menos, y en virtud de la Ley de la Compensación que rige los grandes eventos cósmicos, para confirmar su opinión debió esperar el mismo tiempo que yo para que mi historia mosquil me fuera acreditada como cierta.

Y ya que hemos caído en el nivel cósmico, ¿cuántas moscas habrá —me pregunto— cuya memoria haya perdurado tanto en el tiempo? ¿Cuántas cuyo heroico final haya llegado a un blog?

Me cabe la satisfacción de saber que las de esta historia dieron su vida por una causa noble (aunque la peseta haya ya desaparecido), y serán recordadas como héroes en el mundo de los afanípteros,…. ¡perdón!, de los dípteros.

Lo que sigue molestándome de todo esto es que no recuerdo de qué trataba la película.

P.D.: “DOS moscas por DOS pesetas” es un título apropiado para este artículo que monto en el blog hoy, 22 (DOS y DOS) de mayo de 2008, día del aniversario DOS de Padronel, desde San Francisco (California, USA) donde vine a visitar a mi hija Elena, la de “¡Moscas, temblad…!”.

[*FP}– Detallista y perfeccionista: de casta le viene al galgo

20-05-2008

Carlos M. Padrón

Allá por el año 1955, durante la “matazón del cochino” [1] de mi tío Miguel —conocido como Miguel Duque aunque se apellidaba Pérez Martín, como mi madre, pues eran hermanos [2]—, cuando después del opíparo almuerzo fuimos a reposar en el patio, salió a colación el tópico de que yo daba muestras de ser detallista y perfeccionista, lo cual, según algunos, me venía por la rama de los Padrón ya que, como mucha gente decía, yo me parecía muchísimo, y no tanto en el físico como en el carácter, al hermano menor de mi padre, llamado Pedro, de quien tal vez me anime a escribir algo algún día, pues el parecido entre nosotros es más que eso: es paralelismo.

En cambio, mi tío Miguel —y luego también otros— opinó que eso me venía por la rama de los Castillo en la que, por esas “virtudes”, cobró fama Pedro Martín Castillo, su abuelo materno y padre del tío Pedro —mencionado varias veces en este blog como Pedro Martín Hernández y Castillo, o simplemente Pedro Castillo [3]—, que vivió en la casa donde años después abrió sus puertas la venta de Bonanza Afonso, una casa que está pegada a la propia de mi tío Miguel y que, según me cuentan, eran entonces, aunque más pequeñas, una sola.

Intrigado por lo del detallismo y perfeccionismo del tal Pedro Martín, le pregunté a mi madre, y ella me contó la anécdota que hizo famoso a su abuelo Pedro, mi bisabuelo materno.

Pedro Martín vivía, con su esposa Martina Hernández, en la casa antes citada, en Tenerra, poco más arriba de donde estaba el viejo torreón.

Para alumbrarse en las noches usaban un quinqué cuya boca de combustión tenía la forma redondeada que recuerda el tope de las cúpulas de los telescopios, con una ranura al centro por la que salía la mecha, que era una cinta hecha de fibra de algodón o lana —no estoy seguro del material— que tenía su mayor parte sumergida en el líquido inflamable —generalmente kerosén— almacenado en el depósito que conformaba la base circular del quinqué, y que se incendiaba al acercarle fuego porque estaba empapada del kerosén.

A un lado y por encima del depósito tenía el quinqué un mando conectado a la mecha. Si ese mando se giraba a la derecha, salía más mecha por la boca de combustión, y la llama era mayor y alumbraba más; si se giraba a la izquierda, ocasionaba el efecto contrario.

Este quinqué es bastante parecido a los que recuerdo, excepto por su base, que en éste es de metal y en los que vi en El Paso era de cerámica; el resto es igual.

Una noche cuando habían terminado de cenar y mi bisabuela Martina estaba fregando los platos, el bisabuelo Pedro, que quedó sentado a la mesa en la que habían comido, reparó en que la llama del quinqué no presentaba en su borde superior un contorno semicircular paralelo al de la boca de combustión, como debía presentarlo por cuanto él había cortado la mecha según el contorno de esa boca, sino que tenía un pico por uno de sus lados.

Como esa irregularidad no encajaba en su sentido de la perfección, levantó la pantalla de vidrio del quinqué y, armado de unas pequeñas tijeras, alzó un poco la mecha usando el correspondiente control y le cortó un pequeño trocito por el lado en que la llama formaba el pico, en un intento por emparejarla. Pero, ¡oh, sorpresa!: cortó demasiado y ahora el pico apareció del otro lado.

El bisabuelo Pedro repitió varias veces la operación sólo para comprobar, frustrado, que por más que él cortara cada vez porciones más y más pequeñas de la mecha, el pico de la llama se formaba del lado contrario al que él había cortado, como si el quinqué estuviera burlándose de él.

Para ese momento ya emitió unos resoplidos que hicieron que la bisabuela Martina mirara hacia atrás de soslayo y entendiera lo que estaba pasando, pero se abstuvo de decir nada porque, de hacerlo, cabía esperar de Pedro una reacción poco amistosa.

Él, entre los resoplidos que iban subiendo de tono, continuó con la operación de corte de mecha, de uno y otro lado, y cada vez en trocitos ya ínfimos, hasta que, cansado de que la llama no adoptara el perfil superior uniformemente semicircular que él quería que tuviera, dio en la mesa un duro golpe, que hizo que Martina se volviera hacia él asustada, se levantó violentamente con el rostro rojo de ira, asió el quinqué con su mano derecha, y mirando a Martina con ojos inyectados en sangre exclamó:

—Martina, ¡¡si no lo rompo me enfermo!!

Y uniendo la acción a la palabra, lanzó el quinqué contra la pared de la cocina y lo destrozó.

P.D.: Por suerte para mí, ya no se usan los quinqués, y las rejas que hay en las ventnas de mi casa en Caracas, varias veces han impedido que alguna computadora o periférico fuera defenestrado.

***

[1] Reunión de familares y vecinos, entre utulitaria y festiva, que se celebraba con motivo de sacrificar el cochino que durante todo el año se había cebado para, al matarlo, aprocechar casi todas las partes de su cuerpo, en particular el tocino que guardado en salmuera tenía que durar todo un año.

[2] Lo llamaban Miguel Duque para diferenciarlo de su padre, mi abuelo materno, cuyo nombre era Miguel Pérez Duque. Por él me pusieron Miguel como segundo nombre.

[3] Como una identificación genérica de rama genealógica, el pueblo dio el apellido Castillo a todos los descendientes de Pedro Martín Castillo, abuelo materno de mi madre, y por esto a mi abuela (la madre de mi madre) se la conocía como María Castillo; a mi madre, como Victoria Castillo; a mi tía (hermana de mi madre), como Beneda Castillo; a las primas hermanas de mi madre, como Ela Castillo, María Castillo, Amanda Castillo, Toto Castillo, etc.

Mi tío-abuelo. Pedro Martín Hernández, siempre usaba estos apellidos, pero, por lo antes dicho, también era conocido como Pedro Castillo. Un día ocurrió que una correspondencia destinada a él le fue entregada, por error del correo, a otro Pedro Martín Hernández que vivía en La Rosa, lo cual le ocasionó a mi tío-abuelo tal perjuicio que, a partir de ese día y para diferenciarse del otro Pedro, incorporó a sus apellidos ese Castillo que fungía como genérico de su familia, y pasó a firmar como Pedro Martín Hernández y Castillo. Sus hijos son igualmente conocidos como Concha Castillo, Pedrito Castillo, Carmen Castillo, y Rosarito Castillo.

[*FP}– De la Seguridad Social española durante el franquismo

Carlos M. Padrón

A la edad de 18 años “dejé el nido” —expresión usada por mi padre cuando alguien abandonaba la casa de sus progenitores para “volar” por cuenta propia— para ir a trabajar en Santa Cruz de Tenerife, donde Carmen, una prima hermana de mi madre, hija de mi tío-abuelo Pedro Castillo, me había conseguido empleo como contable (contador) en la llamada “Agencia de Aduanas de Emiliano Martín Hernández”. El tal don Emiliano era padre de una alumna de Carmen, a quien, si mal no recuerdo, llamaban Mari Lola.

La Agencia operaba en el segundo piso de un ya entonces viejo edificio, hoy desaparecido, exactamente en la Calle La Marina N° 13, Teléfono 3809, y se dedicaba mayormente al empaquetado y embarque de plátanos, En esa Agencia trabajé unos 45 meses: desde mediados de septiembre de 1957 hasta finales de junio de 1961, cuando renuncié para viajar a Venezuela con mis padres y mis dos hermanas.

Me sentaba yo en uno de esos muebles antiguos y altos, que tenían forma de casi ‘V’ invertida, en los que cada lado de esa ‘V’ era una superficie bastante amplia que servía como tope de escritorio, y también era tapa de un cajón o gaveta donde guardar material de trabajo. Al centro de esas dos vertientes, inclinadas hacia quien se sentara en el mueble, tenía éste una especie de repisa sobre la que yo colocaba los libros de contabilidad que, por falta de espacio, no guardaba bajo llave en el cajón.

En esta foto pueden verse, en lo alto del mueble, los libros a que me refiero.

Miguel Vidal, que era de La Palma y trabajaba también en la Agencia, aparece sentado en el lado contrario al que yo ocupaba. Se sentó ahí sólo para la foto, pues ése era el puesto de trabajo de un funcionario de la Seguridad Social que en las mañanas trabaja en esa entidad ─que, si mal no recuerdo, tenía un horario muy cómodo, como de 9 a 14 o algo así─, y en la segunda mitad de las tardes venía a manejar lo relacionado con la Seguridad Social del personal de la Agencia.

El detalle de lo que “El Funcionario” hacía —en adelante me referiré a él por ese nombre— y de cómo lo hacía, nunca lo supe, y dada mi educación y mi corta edad, no era prudente que yo preguntara.

La superficie de trabajo de su lado del mueble, o sea, la tapa del cajón, la mantenía siempre trancada si él no estaba presente; la abría al llegar, y la trancaba al salir, llevándose consigo la llave.

Hicimos buena amistad, y muchos días, al terminar las labores, El Funcionario y yo salíamos juntos y caminábamos por el resto de la calle La Marina, atravesábamos la Plaza de La Candelaria, y subíamos por la Calle El Castillo hasta la Plaza Weyler, donde nos separábamos porque él vivía entonces en esa zona.

Mi sueldo era de 1.200 pesetas al mes, que me pagaban a veces en efectivo y otras veces en un cheque, no recuerdo si a mi nombre o al portador, que yo cobraba en el Banco de Bilbao que estaba en la misma Calle La Marina antes de llegar a la Calle San José.

Aunque no recuerdo que me pidieran que firmara un recibo, siempre hice los correspondientes asientos contables, pues, de lo contrario, la contabilidad no habría cuadrado. Y haciendo memoria después de tantos años, creo que El Funcionario era quien escribía el cheque que él mismo presentaba a la firma de don Emiliano Martín, y éste me lo entregaba cuando lo había firmado.

Con la primera cámara fotográfica que tuve en mi vida, tomé, entre otras, la foto anterior y también ésta, en la que aparecemos la mayoría de los que entonces trabajábamos en la Agencia:

De izquierda a derecha.
• De pie: José Manuel Bethencourt, Clotario Rodríguez, Sotero Hernández, Antonio Blanco, y Manuel Tejera.
• En cuclillas: Alfonso Ferrer, Carlos M. Padrón, y Antonio (no recuerdo el apellido).

Desde que llegué a Venezuela mantuve correspondencia con El Funcionario, y cuando en 1969 murió mi padre, fue El Funcionario quien, a petición mía, ayudó a mi madre en los trámites para que ella cobrara su pensión de viudedad, lo cual le agradecimos todos en mi familia.

Cada año nos cruzábamos, además de las tarjetas de navidad, unas dos o tres cartas. Yo, fiel a mi costumbre, respondía enseguida las suyas, y él a veces se tomaba casi dos meses para contestar a las mías. Todo funcionó así desde 1962 y durante los años posteriores, hasta que con fecha 01/02/1987 le envié una carta que, pasados los meses y también dos años, nunca recibió respuesta.

Preocupado por ese para mí inexplicable silencio, cuando un amigo de nombre Juan iba a regresar a Tenerife, luego de que él y su esposa vinieran a conocer Venezuela y pasaran en mi casa unos días de septiembre de 1989, le dí copia de esa carta enviada por mí a El Funcionario con fecha 01/02/1987, y le pedí que me hiciera el favor de ir a su casa y entregársela personalmente.

Así lo hizo Juan, y luego me contó que lo había recibido la esposa de El Funcionario, que se mostró extrañada porque, según le dijo, allí no había llegado nunca esa carta mía. Sin embargo, ésa que Juan entregó en propia mano tampoco recibió respuesta, lo cual avivó mis sospechas porque una parte de ella decía así:

Caracas, 1 de Febrero de 1987

Dn.
XXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXX
Santa Cruz de Tenerife
C A N A R I A S

Estimado Amigo:
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Fui al Consulado la semana pasada, y la señora que me atendió, esposa de un ex-compañero de trabajo en IBM, me dijo que puedo solicitar mi afiliación a la Previsión Social ya que yo trabajé en España como empleado. Y es aquí donde entras tú, pues pienso que si esto, que me interesa sobremanera, es factible, tú podrías ayudarme a conseguirlo.

¿Sabes algo al respecto? ¿Qué debo hacer? Entiendo que yo tendría que pagar una cantidad inicial y continuar luego cotizando periódicamente, pero también entiendo que habría que “desenterrar” ahí algo que fuera demostrativo de que trabajé como empleado, y yo, desde aquí, no creo poder hacer eso. ¿Puedes ayudarme?

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Recibe mis gracias anticipadas por tu atención, un saludo para toda tu familia, y un cariñoso abrazo para ti de tu amigo,

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Carlos M. Padrón

Era muy raro que todas mis cartas a El Funcionario hubieran recibido debida respuesta excepto ésta, única en la que yo había tocado el punto de mi situación ante la Seguridad Social.

Para salir de dudas, le pedí a Juan el favor de que averiguara tal situación. Su respuesta fue que yo no aparecía ahí por lado alguno: simplemente, yo no existía para ese organismo.

¿Quién cree usted, amable lector/a, que sea el responsable de que la “Agencia de Aduanas de Emiliano Martín Hernández” no me diera de alta en la Seguridad Social?

Si el actual Gobierno de España se ha preocupado tanto por subsanar los desmanes, reales o supuestos, hechos bajo el franquismo, y de defender los derechos de los trabajadores, ¿ha previsto algo que permita hacer justicia en casos como el mío, y, por ejemplo, recoger testimonio de quienes fueron mis compañeros de trabajo, de forma que se me reconozcan los 45 meses trabajados?

Hasta donde se me ha dicho, no hay nada que hacer en mi caso, y si regreso a España sólo tendré derecho a la pensión básica, pero no a otra que pudiera fundamentarse en esos 45 meses que allá trabajé.