[*FP}– Vacaciones 2009 – Dos caras de una misma moneda. 2) Un tributo a la amistad

21 Septiembre, 2009

Carlos M. Padrón

Nota previa.- En esta entrega hay muchas fotos —tal vez demasiadas, aunque tengo más, tomadas por mí o por amigos— a las que, para poder publicarlas, les reduje el peso.

Pido disculpas por esto, pero precisamente por mi tributo a la amistad siento que debo publicarlas en la forma en que quienes visiten este post puedan verlas con el menor trabajo posible, y reitero mi agradecimiento a quienes tuvieron la gentileza de hacerme llegar las fotos tomadas por ellos/as ya que, como dije en la entrega anterior, la de LA CARA NEGATIVA, borré por error muchas de las que tomé con mi cámara antes del almuerzo que el martes 18/08 nos ofrecieron nuestros amigos, y , peor aún, todas las que tomé durante éste.

Si alguien quiere en peso completo (unos 2 MB) algunas de las fotos tomadas por mí, puedo enviársela por e-mail.

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Tenerife

Como ya digo en el título de esta entrega, la parte positiva de este viaje fue un tributo a la amistad, un reencuentro con viejos amigos —y lo de viejos no lo digo por la edad, aunque todos son, con pequeñas diferencias, coetáneos conmigo, sino por el tiempo que ya tiene nuestra amistad—, un reencuentro que rebasó con creces todo lo que de bueno esperaba yo de este viaje, y la cuota de afecto mutuo que me une con todos ellos.

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Chepina, Lucy de Armas Padrón, y Carlos M. Padrón. Llegada a Los Rodeos.

Desde hace muchos años, cada vez que he anunciado mi llegada a Tenerife han ido a recibirme mi prima Lucy de Armas Padrón (en adelante, Lucy) y mis entrañables amigos de infancia Gilberto Cruz y Wifredo Ramos(cronista oficial de El Paso, pueblo natal de los tres y mío). Un gesto que con cada recepción aumenta mi agradecimiento y cariño hacia ellos.

Esta vez no fue excepción, y allí estaban los tres esperando a que sobre las 15:30 llegara el vuelo que el domingo 09/08 nos traía desde Madrid, y Chepina y yo saliéramos por fin del área de recogida de equipaje del aeropuerto de Los Rodeos.

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Wifredo Ramos y Gilberto Cruz. LLegada a Los Rodeos.

Y antes de continuar hacia el hotel en Santa Cruz de Tenerife, nada mejor para combatir la modorra que una dosis de cafeína, en especial si viene de un cafecito con leche condensada, de ésos que tan bien hacen allá y de los que tomé al menos uno cada día.

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Chepina y Lucy cargando cafeína.

El clima en Santa Cruz estaba tan bueno como casi siempre, y la ciudad muy linda y bastante tranquila, tal vez por el periodo de vacaciones veraniegas.

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El lunes 10/08 nos reunimos en Guamasa en la casa de José Quirantes. Lita, su señora, nos había preparado un sabroso conejo al salmorejo para un almuerzo al que también asistieron Eleuterio Sicilia y Charo, su señora.

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Lita, Pepe Quirantes, y Chepina.

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De izq. a derecha: Charo, Edel Quirantes, Eugenio Quirantes (en pie), José (Pepe) Quirantes, Chepina y Carlos M. Padrón.

La amistad entre Eleuterio y yo data nada menos que desde 1949, mientras que la que me une con Pepe (José Quirantes) comenzó en 1958, y se consolidó en los tiempos de la Palmera de la Psicología.

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Eleuterio Sicilia y Charo, su señora.

Y aunque a Pepe le perdí la pista en 1961, logré dar de nuevo con él, gracias a Internet, en 2006, y fue él quien me dio la clave que me permitió encontrar a Carmensa, mi primer amor.

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Pepe Quirantes, Chepina y Carlos M. Padrón, en la sobremesa.

Después del almuerzo y de lidiar durante unas horas con la computadora de Pepe que es la que, en conexión con la mía, permite que chateemos con frecuencia, Eleuterio nos dio un paseo por Punta Hidalgo y Bajamar, donde había más movimiento que de costumbre ya que son zonas de veraneo.

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El martes 11/08, con los amigos Juan Antonio Pino y con Begoña, su señora, fuimos a almorzar en el restaurante Taberna Girón, en Las Caletillas, en el sur de Tenerife, y de regreso en Santa Cruz, donde ellos viven, mientras Juan Antonio y yo nos entreteníamos en su PC, Begoña y Chepina, a solas en otra parte de la casa, “conspiraban” como sólo saben hacerlo las mujeres. Ya diré cuál fue el producto de tal tejemaneje.

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Chepina en Masca.

Una de las varias veces que aprovechando un viaje de trabajo a Europa, Asia o Australia pasé yo por Canarias, Gilberto me llevó a Masca, una zona de Tenerife que era para mí desconocida pues supe siquiera de su existencia durante los 4 años en que viví en esa isla.

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Chepina y Gilberto Cruz en Masca.

Masca me resultó impresionante, algo realmente diferente al resto de la Isla, así que esta vez quise que Chepina viera ese sitio, y Gilberto, amablemente, nos llevó hasta allá el miércoles 12/08 pero haciendo un recorrido con escalas en Punta de Teno, el extremo noroccidental de la Isla, Los Silos y otros pueblos del

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(Faro de Punta de Teno).

norte cuyo factor común, desde un ángulo materialista, es que en todos ellos se come muy bien y sirven buen vino. Ese día almorzamos un buen pescado en el restaurante Trasmallo, en Garachico.

El aspecto general de Masca, con sus precipicios, me recuerda mucho a Apartadero (Venezuela), cuando se inicia la bajada desde Pico del Águila hasta Mérida.

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En La Plaza Weyler, el jueves 13/08 tuve ocasión de darle un abrazo a Ricardo García y a su hija Fabiola.

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Carlos M. Padrón, Chepina y Ricardo García.

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Fabiola, Chepina y Ricardo García.

Ricardo es un viejo amigo, nativo de Los Llanos de Aridane (La Palma) que vivió muchos años en Venezuela, donde nos conocimos. Para mí, Ricardo tiene hoy el gran mérito de que a pesar de su edad incursiona en Internet; casi a diario se manifiesta por él y lo hace bien, mientras que otros mucho más jóvenes no se atreven siquiera a intentar tal cosa.

Al mediodía de ese jueves, mi primo Pedro Bravo y su señora, Lourdes, nos llevaron al norte de la Isla y nos invitaron a almorzar en un restaurante de La Matanza en el que, para variar, había muy buen pescado. El vino no hay que mencionarlo, pues siempre es bueno.

De regreso nos dejaron en La Laguna, y fuimos a visitar a Antonio Pedro Dorta Martín, buen colaborador de este blog con sus siempre interesantes PPSs, y nieto de mi tío-abuelo Pedro Martín Hernández y Castillo (más conocido como Pedro Castillo) de quien he publicado mucho en este blog.

A Antonio Pedro, a quien todos conocíamos por Toñín, no lo veía yo desde 1980, y fue un placer darle un abrazo a un “muchacho” cuyo nacimiento, bautizo y años de infancia recuerdo muy bien.

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Eli, la señora de Toñín, Chepina y Carlos M. Padrón.

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Toñín, Carlos M. Padrón y Chepina.

La foto de arriba nos la tomamos adrede casi en el mismo lugar —frente a la iglesia de San Agustín, hoy en ruinas— en que el 04/04/1958 tomé yo, con mi cámara puesta en automático, ésta en que aparezco entre mi tío Pedro Castillo y su señora, Petronila (tía Nila).

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Tal vez me equivoque, pero al comparar las dos tengo la impresión de que me veo algo más viejo en la primera. clip_image020

La Palma

El viernes 14/08 volamos a La Palma en cuyo aeropuerto nos esperaban, para llevarnos a El Paso, los amigos Javier Simón y Francisco Lorenzo.

Ese vuelo duró apenas 22 minutos, y la mejor vía para llegar luego desde ese aeropuerto —que está en Mazo, en el lado Este de la Isla— hasta El Paso —que está en el lado oeste— es usar la carretera que sube hasta casi la mitad de la Cumbre Nueva, columna dorsal de la Isla, y luego atravesar un túnel que desemboca en el término municipal de El Paso, el más alto de los tres pueblos (El Paso, Los Llanos y Tazacorte) que hay en el llamado Valle de Aridane.

Generalmente y durante buena parte del año, a medida que desde el lado del aeropuerto se sube hacia ese túnel aumenta la nubosidad, cae una fina llovizna y disminuye la visibilidad, como puede verse en esta foto.

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Antes de entrar por la boca Este al túnel de la Cumbre Nueva. Foto cortesía de Lucy .

Pero apenas salir de ese túnel el tiempo cambia, como se ve en la siguiente foto, y, si es verano, el Sol brilla (¡y quema mucho!) en un cielo despejado y muy azul, que no se aprecia en esta foto.

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A la salida por la boca oeste del túnel de la Cumbre Nueva. Foto cortesía de Lucy .

A partir de ahí la carretera desciende hasta el centro de El Paso y demás pueblos, y poco después de salir del túnel puede verse desde ella la formación montañosa, con el pico Bejenao como punto más alto, que bordea La Caldera por su lado sur y que termina en su extremo derecho en un corte en ‘V’ que es La Cumbrecita, una de las dos entradas naturales a La Caldera.

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Al fondo y en el centro, Bejenao; a la derecha, La Cumbrecita; detrás, la Cumbre de Los Andenes; a la derecha, sobre La Cumbrecita, La Punta de los Roques. Foto cortesía de Lucy.

Lo que se ve al fondo de esa ‘V’ es la Cumbre de Los Andenes, borde norte de La Caldera, cuyo punto más alto es el Roque de Los Muchachos, el lugar más alto de La Palma (más de 2.426 m) y donde se han construido varios telescopios, entre ellos el famoso Grantecán.

Ya desde las estribaciones del área urbana de El Paso pueden verse las casas típicas del lugar que, aunque con muchos años de construidas, están muy bien cuidadas las más de ellas, como ésta de la foto.

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Foto cortesía de Lucy.

Y el día de nuestra llegada ya muchas lucían en sus fachadas objetos típicos como parte de la tradición de las fiestas de la Bajada de la Virgen de El Pino, cuya fecha fue la escogida para nuestro viaje.

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clip_image026Fotos cortesía de Lucy.Fotos cortesía de Lucy.

Después de llegar a mi casa natal, abrir por unas horas todas sus puertas y ventanas para ver de que se refrescara el interior, y deshacer totalmente el equipaje, bajé al centro del pueblo a recoger el carro que días atrás había reservado para mí el amigo Javier Simón, y de vuelta en casa llamé por celular al amigo Rafael García y, ya en el carro alquilado, Chepina y yo nos dirigimos a Puerto Naos.

A Rafael García, quien a finales de los 80 y hasta 1991 trabajó conmigo en IBM de Venezuela, lo vi por última vez en España en el verano de 1994, y le perdí la pista desde entonces.

Por Internet, y gracias a este blog, me contactó él el 28/12/2008 y al decirle yo que tenía planes de ir con Chepina a Canarias en agosto/2009 me contestó que él y Miriam, su señora, a quien yo no conocía, también irían para verse con nosotros, pues él siempre había pensado —me dijo— que de mi mano conocería Canarias.

Compró los pasajes, reservó hotel en Puerto Naos (La Palma), y carro en el aeropuerto de La Palma, y al mediodía del 13/08 llegaron ambos, él y su señora, a ese hotel y, siguiendo mi sugerencia, dedicaron el resto de ese día y la mayor parte del próximo a visitar Los Llanos, El Paso y La Cumbrecita, lugar que les encantó aunque dijeron no entender por qué no cobraban por verlo.

Como a las 19:00 de ese viernes 14/08, en el lobby del hotel de Puerto Naos nos dimos Rafael y yo el abrazo que había tardado demasiado tiempo en suceder y que por sí solo habría justificado mi viaje a Canarias.

Desde Puerto Naos, las dos parejas nos fuimos a Tazacorte y, durante una cena

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Rafael García y Miriam, su señora.

en el restaurante La Casa del Mar, Rafael y yo pudimos medio actualizarnos sobre lo ocurrido durante los catorce años que habían transcurrido desde nuestro último encuentro.

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Carlos M. Padrón y Chepina, en la cena con Rafael y Miriam en Tazacorte.

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Según el plan previamente trazado, el sábado 15/08 los recogimos en el hotel de Puerto Naos y, comenzando por Tijarafe, dimos vuelta a la Isla con la obligada subida al Roque de Los Muchachos, y posterior almuerzo en el hotel Palma Romántica, de Barlovento.

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Rafael García y Carlos M. Padrón en el mirador del Time. Al fondo, Los Llanos. Foto cortesía de Rafael García.

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Rafael García en el Roque de Los Muchachos. La flecha roja señala la zona en que, según los expertos, estaría el lugar donde pasé yo la noche del 06 al 07/07/1956, deshidratado, sediento al máximo y pensando que no podría salir vivo del trance. Foto cortesía de Rafael García.

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Miriam y Carlos M. Padrón en el Roque de Los Muchachos. Al Fondo, Los Llanos. Foto cortesía de Rafael García.

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Miriam y Chepina en el Roque de Los Muchachos. Al fondo, algunos de los telescopios. El grande de la izquierda es el Wiliam Herschel, o WHT, perteneciente al ING (Isaac Newton Group), según me ha explicado, en un comentario, un amable visitante de este blog. Foto cortesía de Rafael García.

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Chepina, Carlos M. Padrón y Miriam, durante el almuerzo en el hotel Palma Romántica, en Barlovento.

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Rafael García, Carlos M. Padrón y Chepina a la salida del almuerzo en Barlovento. Foto cortesía de Rafael García.

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Y el domingo 16/08 fue la gran fiesta de la romería de la Bajada de la Virgen de El Pino. Rafael y Miriam llegaron en su carro desde Puerto Naos hasta mi casa y acordamos que lo dejarían allí y subiríamos hasta la ermita de El Pino usando el mío.

Y mientras Rafael y yo hablábamos se descubrió el producto de la conspiración: el pasado día 11/08 Begoña le había prestado a Chepina un vestido de “maga”, nombre que se da en Canarias al traje típico regional, ataviada con el cual se nos presentó a Rafael y a mí en el patio de mi casa. ¡Si no es saludable fiarse de una mujer, hacerlo de dos juntas es suicida! clip_image035

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Chepina y Miriam en el patio de mi casa natal.

En virtud de esta “infame conspiración”, hecha a mis espaldas y sin respeto alguno a mi gentilicio pasense,  Chepina, venezolana de pura cepa, fue a la romería ataviada con un traje de maga, mientras que yo, canario, lo hice vestido “de paisano”. Supongo que la puerta de la habitación en que nací, que es la que medio se ve al fondo, a la izquierda de la foto, se estremeció de ira.

Desde casa fuimos en carro hasta la ermita de El Pino donde se celebraba la misa después de la cual la imagen de la Virgen sería cargada a hombros en sus andas engalanadas, y así, en procesión, comenzaría su largo y lento descenso hasta la Iglesia Nueva, en el centro de El Paso.

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Ermita de la Virgen de El Pino. Foto cortesía de Lucy .

Nosotros bajamos antes hasta la explanada en que se reúnen las carrozas y los más de los romeros para, mientras se hace tiempo comiendo, bebiendo y cantando, incorporarse a la romería cuando la procesión llegue a ese lugar.

Allí nos reunimos con un grupo de amigos (Juan Antonio Pino, Antonio Capote Pozuelo, Raúl Zamora, Tomás Capote Pino, Roberto González Rodríguez, y otros cuyos nombres se me escapan ahora; mis excusas), que ya, junto al llamado Chorro de Las Canales, estaban dedicados a las “duras” tareas antes mencionadas.

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Chepina, Roberto González Rodríguez, y Carlos M. Padrón. Foto cortesía de Juan Antonio Pino.

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Juan Antonio Pino Capote, Chepina y Roberto González Rodríguez.

Roberto González Rodríguez, natural de El Paso, como yo, es una de esas personas con quien entré en contacto a través de este blog y a las que llamo “ciberamigos”. Con motivo de este viaje nos vimos en persona por primera vez y luego de pasar con él casi todo el día en que, según su ofrecimiento y mi promesa de aceptarlo, nos llevó a la Pared de Roberto, ya desapareció lo de “ciber” y quedó el resto: amigo. Una satisfacción más que me ha dado este blog.

También en el grupo había algunas amigas como Begoña “la conspiradora”, Lourdes Capote Pozuelo, Gloria Isabel Rodríguez, Carmen María Capote, Pilar Capote Cámara, y otras cuyos nombres, como en el caso de los varones, tampoco recuerdo. Vayan también mis excusas para ellas.

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Begoña y Chepina, las “conspiradoras”, listas ya para la romería, Foto cortesía de Juan Antonio Pino.

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Una de las carretas de la romería. El espíritu festivo quiere ignorar la crisis. Foto cortesía de Rafael García.

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Un espíritu que se manifiesta preparando comida a bordo de las carretas, o cargándolas con comida ya preparada, y , entre cantos y bailes, ofreciéndola a quienes la soliciten.

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Y un espíritu del que participan todos en la familia; muchos, como éstos, cuyos nombres ignoro, vestidos de “magos”, pero con trajes que no son los de El Paso, lo cual hace suponer que provienen de otro pueblo. Foto cortesía de Rafael García.

Cuando la imagen de la Virgen pasó por el lugar, Chepina y yo nos incorporamos a la romería bajando hacia el pueblo a mayor velocidad que ella mientras saludábamos a muchos más amigos y conocidos que encontramos en el trayecto, y disfrutábamos de la comida que nos ofrecían.

Así fuimos a reunirnos en la que en la familia llamamos Casa de Tío Daniel (un hermano de mi padre) que está ubicada en el extremo más bajo de una calle que en mis tiempos era de tierra y llamábamos La Corrala, pues desde allí se tiene tan buena vista de la romería que es el punto en que Televisión La Palma coloca sus cámaras para filmar.

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En la terraza de Casa de Tío Daniel. De izq. a derecha: Chepina, Carlos M. Padrón, María Celia Padrón, Carmelina Padrón y Violeta Padrón. Las tres últimas, primas-hermanas mías.

A la Bajada de la Virgen de El Pino de 2006 se dijo que asistieron 25.000 personas. Habida cuenta de que El Paso tiene poco más de 7.000 habitantes, 18.000 más luce como mucho, pero sí, doy fe de que ese año había mucha gente y muchas carrozas.

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Carroza y romeros bajando por La Corrala. Fotos cortesía de Lucy.

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La imagen de la Virgen llegando frente a la Casa de Tío Daniel. Foto cortesía de Lucy .

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Imagen ya frente a esa casa. Foto cortesía de Lucy.

Pero este año, y a pesar de la crisis, dijeron que había más gente, que asistieron 30.000, lo cual no creo porque, para empezar, nadie ha explicado qué sistema usan para calcular el número de asistentes.

Lo que sí puede calcularse el número de las carrozas, que este años fue de unas 240, de ahí que entre carrozas y romeros llenaran por completo aproximadamente 3 km del recorrido de la romería, y que si bien ésta pasó a las 15:30 por la explanada ya citada, todavía a medianoche había romeros y carrozas que no habían completado el trayecto hasta el centro del pueblo.

En ese trayecto abundaban los ventorrillos o puestos que mostraban productos de la gastronomía o artesanía local, como éste,

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De izq. a derecha: María Celia Padrón, Lucy , Carmelina Padrón, y Violeta Padrón, todas primas mías. Foto cortesía de Lucy.

en el que destaca la nota pintoresca de este calendario, extremadamente “preciso” según puede verse aquí:

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El lunes 17/08 pusimos en nuestro viaje una nota venezolana, pues con los amigos Juan Enrique Brito y Gilberto Cruz fuimos a cenar arepas y cachapas en la Arepera Yaracuy, que opera en El Paso.

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El martes 18/08 un grupo de amigos nos agasajó en Tazacorte con un almuerzo en el restaurante La Casa del Mar en celebración, según entendí, de que habíamos vuelto a El Paso. Fue una prueba de amistad de todos los que, algunos con sus señoras, se dieron cita en ese evento que tuvo la virtud de emocionarme y hacerme sentir un enorme aprecio por la amistad, en particular cuando es duradera y resiste los embates del tiempo y la distancia.

Desde aquí, mi profundo agradecimiento, y el de Chepina, a todos los que ese día nos agasajaron, y que aparecen en la lista y fotos que siguen.

Por orden alfabético, el nombre de los amigos que asistieron, seguido por el de sus señoras cuando éstas estuvieron presentes.

• Álvaro Taño, y Edita
• Fidel González, y María Nela
• Francisco Lorenzo
• Gilberto Cruz Calero
• Javier Simón, e Isabel
• José María Brito Pérez, y Laura
• Luis Herrera, y Erika
• Mario Rigoberto Rodríguez
• Wifredo Ramos, y Loly

Las fotos de este para mí memorable almuerzo son todas cortesía del amigo Luis Herrera, pues, como ya he dicho, muchas de las que yo había tomado antes, y todas las que tomé este día, las borré por error.

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A la izq., Francisco Lorenzo. A la derecha, desde el fondo hacia el frente: Loly, María Nela, Chepina, Carlos M. Padrón, Gilberto Cruz, Wifredo Ramos, Álvaro Taño, y José María Brito Pérez.

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De izq. a derecha: Juan Enrique Brito Pérez, Javier Simón, Francisco Lorenzo, Mario Rigoberto Rodríguez (apenas visible) y Fidel González.

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De izq. a derecha: Álvaro Taño, José María Brito y, ahora en primer plano, Mario Rigoberto Rodríguez.

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De delante hacia atrás. Izq: Erika y Laura. Derecha: Loly, María Nela y Chepina.

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De izq. a derecha: María Nela, Chepina y Carlos M. Padrón.

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Chepina y Carlos M. Padrón.

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Según parece, lo que contenía el recipiente que está frente a mí, y la copa en la que alguna vez hubo algo, me produce extrañas reacciones. Pero todo quedó entre amigos.

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Después del ajetreo de la romería, nada mejor que un refresco, el 19/08, en la cafetería del centro comercial San Martín, en El Paso.

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Carlos M. Padrón, Chepina y Lucy. Foto cortesía de Lucy.

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El jueves 20/08 cumplí la promesa hecha por e-mail al amigo Roberto Rodríguez y éste nos llevó, incluyendo un periplo por media Isla, a la Pared de Roberto, una imponente formación volcánica enclavada en el borde de La Caldera.

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Al fondo se ve la tal pared como si hubiera sido hecha por la mano del hombre, y con una abertura en ‘V’ que dio lugar a la leyenda que lleva su nombre.

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Carlos M. Padrón y Chepina frente a la Pared de Roberto.

Aquí luce más siniestra, y en este mismo lugar estaba yo cuando al querer tomar una foto noté que mi cámara no funcionaba bien. Se estropeó sin motivo aparente.

De bajada de la Pared de Roberto visitamos Santo Domingo de Garafía (ya olvidé cuándo había estado yo allí antes), y la Laguna de Barlovento.

Y luego de que en Puerto Espíndola (Los Sauces) e invitados también por Roberto (el amigo, no el de la pared), en el restaurante Mesón del Mar almorzamos muy buen pescado, rociado por buen vino, visitamos la para mí sorprendente iglesia de La Galga y después la para Chepina asombrosa (por la mucha plata en su altar) de la Virgen de Las Nieves, patrona de la Isla.

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El viernes 21/08 volvimos a Tazacorte a una cena con Javier Simón, Isabel y Gilberto Cruz.

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Izq.: Carlos M. Padrón, y Chepina. Derecha, Isabel Rodríguez y Gilberto Cruz.

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El sábado 22, el amigo Ángel Díaz Pino (Lelo), quien salvara mi pellejo en nuestra odisea en La Caldera, quiso, aprovechando que tanto Wifredo como Gilberto estaban al momento en El Paso, que repitiéramos lo hecho en 2006 cuando los cuatro que vivimos esa odisea fuimos a La Cumbrecita para celebrar el 50° aniversario de ella.

Por la urgente convocatoria de Lelo, Chepina y yo fuimos con Wifredo a Los Llanos a comprar comida ya preparada, y luego de recoger en El Paso al amigo Lelo, pasamos por la bodega de su familia para que yo escogiera el vino de mi gusto.

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Ángel Díaz (Lelo), Chepina y Carlos M. Padrón. Foto cortesía de Wifredo Ramos.

Seleccioné uno de 2008 y otro de 2005 que estoy catando en la foto que precede.

Desde ahí, y en el auto de Gilberto, que llegó minutos después, nos dirigimos a La Cumbrecita y nos tomamos, en la “raya crítica”, ésa desde la que el 07/07/1956 Lelo juró no pasar más, las fotos conmemorativas de rigor.

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De izq. a derecha: Gilberto Cruz, Ángel Díaz, Carlos M. Padrón, y Wifredo Ramos. Al fondo, la Cumbre de Los Andenes, borde norte de La Caldera.

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De izq. a derecha: Carlos M. Padrón, Gilberto Cruz, Ángel Díaz, y Wifredo Ramos,… ¡53 años después!.

Y luego, al igual que en 2006, bajamos a la Fuente del Pino a comer y beber lo que habíamos llevado. Y, al igual que en 2006, el vino de Lelo —el del 2005, que estaba muy bueno— se me subió a la cabeza,… por decirlo de alguna manera.

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De izq. a derecha: Carlos M. Padrón, Gilberto Cruz, Ángel Díaz, y Chepina.

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De izq. a derecha: Wifredo Ramos, Chepina, Ángel Díaz, y Carlos M. Padrón.

Y se hizo presente en esa parte de mi físico cuando, al igual que en 2006, de bajada de La Cumbrecita (recuérdese lo que pasa con el alcohol cuando luego de ingerirlo va uno a cotas más bajas) hicimos escala en la casa natal de Gilberto, en Las Canales, para saludar a su hermana Hildeliza.

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De izq. a derecha. Detrás y en pie, Chepina y Gilberto Cruz. Delante y sentados: Hildeliza Cruz, Carlos M. Padrón y Lelo.

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Chepina, como si emulara a Acerina, en la Fuente del Pino antes de comenzar la celebración.

Cuando veo esta foto no puedo evitar preguntarme quién en 1956 le diría a Chepina —o a mí— que en 2009 ella, hoy mi señora, estaría en La Cumbrecita y Fuente del Pino celebrando conmigo el 53 aniversario de un incidente que por poco me cuesta la vida; un incidente que de forma sorpresiva e insistente trajo a mi mente, en los momentos más críticos, la imagen de una muchacha, aún hoy soltera, y que cuando llegué a pensar que no saldría vivo del trance me hizo lamentarme porque no volvería a verla.

Algo para la reflexión de quienes en cuanto a asuntos de pareja creen en amor a primera vista, amor eterno, almas gemelas, un solo hombre para una mujer (y viceversa), y teorías semejantes.

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Aprovechando que en El Paso estaba también mi hermano Tomás, con Teresa, su señora, después de almorzar con ellos en Tazacorte el domingo 23/08,

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fuimos a ver la zona quemada por el terrible incendio que recientemente había asolado el sur de La Palma.

Tomamos la carretera que circunda el sur de la Isla, bajando por el oeste hacia el sur, y luego subiendo por el este hacia el norte, o sea, haciendo una ‘V’.

Al llegar al comienzo de la zona quemada anoté lo indicado por el cuentakilómetros del carro: 42.107 Para asombro de todos, cuando ya salimos de la zona quemada la lectura era 42.141, o sea, que por 34 km todo el monte está quemado, en un ancho que a veces se pierde de vista, a ambos lados de la carretera. Y también sorprenden algunas casas con las que el fuego se mostró selectivo, pues, por ejemplo, de tres que están pegadas una a la otra el incendio quemó la del centro y dejó intactas las otras dos.

Ésta es una muestra del paisaje que desde la carretera se ve durante la mayor parte de esos 34 km:

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Fotos cortesía de Lucy.

El pino canario demostró una vez más que parece ser incombustible, pues a pesar de que su corazón es de tea, madera altamente inflamable, los pinos permanecen erguidos aunque con su corteza quemada, y también se ven chamuscadas, pero aún en su sitio, sus delgadas hojas, que son como agujas. Si hay buena lluvia, dicen los lugareños, en un par de años estarán todos rehabilitados.

Luego de la obligada parada en uno de los cafés de Fuencaliente para, como en mis tiempos, comer almendrados acompañados por un vaso de Malvasía, seguimos hacia Mazo, Breña Alta y, a través del túnel de la Cumbre Nueva, hasta El Paso.

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La mayor parte del lunes 24/08 la dedicamos a Los Llanos, con almuerzo en casa de mi primo Álvaro Padrón, quien acompañado de nuestras primas María Celia (a la derecha) y la hija de ésta, Lucy (al centro), aparece en esta foto, cortesía de la mencionada Lucy:

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En la tarde de ese día tuvo lugar la inauguración del monumento en el que se dio sepultura a las cenizas de Don Antonio Pino Pérez, el poeta autor de los poemas del libro “Dándole vueltas al viento“, que ya han sido publicados en este blog.

Sus hijos —sabedores de que él adoraba a su pueblo de El Paso, La Caldera y la Brisa— en un lugar de El Paso que la brisa baña cuando ejerce a cabalidad, y desde el cual se ve La Cumbrecita, que es la entrada a La Caldera, y el borde norte de ésta, erigieron un monumento diseñado por Ruth Pino —hija de Begoña y Juan Antonio Pino, y nieta de Don Antonio— en el que dieron sepultura a las cenizas de éste y de su señora, doña Amparo Capote.

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El acto de inauguración fue altamente evocador y emotivo, lo cual destacó aún más porque tuvo lugar dentro de un pinar en el que el silencio reinante en el monte hacía más notorio el característico murmullo de la brisa entre las agujas de los pinos.

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En el extremo izq., Oswaldo Izquierdo; en el derecho, Pedro Capote Pérez (más conocido como Pedro Gabino), sacerdote pasense que bendijo el acto; y al centro, de izq. a derecha, Rosario Pino Capote, José Antonio Pino Capote, y Lourdes Pino Capote, los tres hijos de Don Antonio Pino Pérez.

La intervención de Oswaldo Izquierdo fue una clase magistral de poesía que de seguro habría gustado al homenajeado, y la de los hijos de éste alcanzó cotas emotivas en la que el llanto estranguló voces, como era de esperar dada la índole del acto.

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Del 25 al 27/8 siguieron las comidas en casa de los amigos Javier Simón (cena) y Mario Rigoberto Rodríguez (almuerzo) y el viernes 28 tuvo lugar un muy concurrido almuerzo en la bodega del amigo Fidel González, un paraje del que él me dijo siempre que era poca cosa pero que, en realidad, tan sólo por el lugar en que está enclavado es excepcional: al sur de la ermita del Pino, a mitad de altura de la Cumbre Nueva e incrustado en ella, y, para remate, entre ésta y el manto de brisa que por esa cumbre baja cuando así lo decide ese veleidoso fenómeno.

Si tomamos como referencia la foto que sigue, cortesía de Lucy, la tal bodega

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estaría, más o menos, a la altura que señala la palmera (la misma que está cerca de mi casa y que aparece en la portada de este blog) y detrás del manto de la inmensa nube blanca.

Allí, deleitándonos con una espectacular vista del Llano de Las Cuevas, Fidel y María Nela fueron nuestro atentos anfitriones.

Antes de comenzar el almuerzo aproveché para tomarme una foto con Alicia González, hija de Fidel y María Nela, quien fue la amiga de mi hija Alicia cuando ésta, con apenas 13 años, estuvo en El Paso por primera y última vez,… hasta ahora, pues espero que algún día vaya de nuevo y muestre a sus hijos cómo es el pueblo donde nació y se crió su abuelo materno.

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Los comensales:

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Desde el fondo hacia el frente: Luis Herrera, Francisco Lorenzo, José Antonio Martín, José María Brito Pérez, y Oswaldo Izquierdo. Detrás, Fidel González en sus labores de anfitrión.

clip_image080De izq. a derecha: Francisco Lorenzo, José Antonio Martín, José María Brito Pérez, y Oswaldo Izquierdo. Detrás, con María Nela en sus labores de anfitriona.

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De izq. a derecha dando vuelta en ‘U’: Javier Simón, Álvaro Taño, Francisco Lorenzo, José Antonio Martín (de espaldas), María Nela (de pie), Oswaldo Izquierdo, Carlos M. Padrón, Chepina, Edita Martín, Laura, y Rosa Margot.

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De izq. a derecha: Francisco Lorenzo, José Antonio Martín, Oswaldo Izquierdo, Carlos M. Padrón, Chepina, e Isabel Rodríguez.

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De izq. a derecha: Luis Herrera, Javier Simón, y Álvaro Taño.

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De izq. a derecha: Rosa Margot, Berta Nola, e Isabel.

Madrid y Ávila

El sábado 29/08 volamos desde La Palma a Madrid.

Ya sé que en la entrega anterior, la que recoge lo negativo de estas vacaciones, conté lo que sigue, pero hay un motivo para que lo cuente de nuevo en ésta: la parte positiva, pues al igual que todo el viaje de las vacaciones 2009, este incidente tiene dos caras, una negativa, ya explicada, y otra positiva, que explico ahora.

En Barajas me puse a caminar por el área de recogida de equipajes mientras esperaba que saliera el nuestro, y cuando me acercaba a un punto de esa área noté que un hombre que estaba en silla de ruedas hacía señas hacia mí. Como no lo reconocí deduje que se las hacía a alguien que estaba a mis espaldas, pero no, las señas eran para mí. Y al llegar a su lado se me cayó el alma a los pies: era un amigo de la infancia al que no había yo visto desde 1994 cuando él, su señora y otra amiga fueron a visitarme al apartamento en que yo vivía en Madrid.

Al verlo me quedé totalmente cortado y sin saber qué decir, máxime cuando mi amigo o no podía hablar por causa del mismo mal que lo mantenía en silla de ruedas, o no podía hablar por la emoción del encuentro.

Cuando recogido ya su equipaje iban a retirarse, mi amigo me tomó la mano y alzando hacia mí sus ojos húmedos dijo con voz estrangulada y apenas perceptible: “¡Siempre!”.

Entendiendo que se refería a la duración de nuestra amistad, hice de tripas corazón y con voz también estrangulada le contesté “¡Siempre!”.

Si repito aquí este incidente es por la importancia que para nuestra amistad, y como tributo a ella, tuvo ese ‘siempre’.

~~~

El amigo Rafael García nos recogió en el aeropuerto de Barajas y nos dejó en el hotel, y luego de tomar posesión de la habitación y dejar en ella el equipaje, salimos con Rafael a un paso por Madrid y el consiguiente “tapeo”.

De vuelta al hotel, y según ya dicho en la entrega anterior, pasamos una noche de perros porque a las 23:30 cortaron el aire acondicionado.

***

El domingo 30/08 el mismo Rafael nos recogió temprano en ese hotel (del que nos fuimos corriendo por lo del corte del aire acondicionado), nos llevó a cerciorarnos de que en el nuevo sí había aire acondicionado todo el día, y después de inspeccionar yo personalmente la habitación y darle un OK, dejé en ese nuevo hotel el equipaje pesado y con Rafael fuimos a su casa a dejar el pequeño, el de mano, y luego él nos llevó a Ávila, donde ambos habíamos estado en el verano de 1993.

Al llegar a esa ciudad no recordé nada de ella. Sólo pude ubicarme cuando subí al montículo en el que, según se dice, Santa Teresa sacudió el polvo de sus sandalias para no llevarse de Ávila ni siquiera eso.

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Chepina sobre la muralla de Ávila.

Allí, en un restaurante que está en la plaza de la iglesia de Nuestra Señora de Sonsoles, y que lleva este mismo nombre, como almuerzo hicimos honores al famoso Chuletón de Ávila, y regresamos a Madrid pasando por el Valle de los Caídos y El Escorial. Recogimos nuestro equipaje en casa de Rafael, y él mismo nos dejó en el nuevo hotel, uno en el que no cortaban el aire acondicionado.

***

El martes 31/08 fue de compras para Chepina y de reunión para ambos con dos amigos y compañeros exIBMistas que residen en Madrid: Constantino Fernández (en la mañana) y María Elena Veronese (en la tarde).

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María Elena Veronese, y Chepina.

Y en la noche un paseo por Madrid guiado por el amigo Manuel Fernández (veterano de Carlson Wagonlit Travel España) y Maite, su señora, repleto de las explicaciones, anécdotas y hechos históricos en los que Manuel parece tener un máster, no sólo en lo tocante a Madrid sino a muchas otras regiones o ciudades de España, en especial Asturias, su patria chiquita.

Fin del tour en la cafetería de la terraza del Hotel Puerta de las Américas, y Manuel nos dejó en el hotel para preparar la salida para La Rioja a la mañana siguiente.

Agradezco a Manuel, una vez más, no sólo su gran ayuda en lo relativo a nuestros viajes por España, sino sus atenciones personales y las detalladas explicaciones antes mencionadas.

La Rioja y algo del País Vasco

El 01/09, tarde en la mañana, salimos en carro para La Rioja, esa parte de España por la que ya había pasado yo a mediados de los años 90, años en que también pasé por otras, incluido el País Vasco, y concluí que lo mío eran Galicia y Asturias, pues son las más verdes y de superficie accidentada, como La Palma, mi isla natal.

Esta vez, sin embargo, no pasé por La Rioja sino que la visité en bastante detalle de la mano de Damián y Charo Bodega, nuestros excelentes anfitriones residentes de Fuenmayor, que no sólo nos brindaron alojamiento en su apartamento sino que en su carro nos llevaron a San Sebastián, Laguardia y El Ciego, en el País Vasco (aunque El Ciego parece estar a caballo entre el País Vasco y La Rioja) y, en la propia Rioja, a Cenicero, Logroño, Briones, Navarrete, Arnedo, Enciso, Munilla, Herce, Arnedillo, Haro, y algunos otros por los que pasamos.

El factor común a los más de los pueblos de La Rioja es todo lo relativo al vino, o sea, viñedos y bodegas. Hay tantas, con espacios subterráneos para almacenar las barricas, que al ver un mapa del subsuelo de La Rioja parece que fuera algo de topos.

Los bien cuidados viñedos ponen una nota de verdor en un paisaje predominantemente color tierra, con los diferentes tonos de ésta, desde el beige al marrón oscuro, tonos que también predominan en las construcciones de los pueblos riojanos, tranquilos, apacibles y de ambiente sosegado. Sólo en Logroño destacan las construcciones nuevas, el ruido de la modernidad y el ambiente citadino.

***

El miércoles 02/11 comenzamos por San Sebastián (País Vasco). Nos tocó un día gris que tal vez acentuó el aire señorial que esa ciudad tiene, y puso una nota opaca en las fotos de la playa de La Concha.

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Torre de la catedral de San Sebastián.clip_image089

Uno de los muchos jardines.

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Charo Bodega y Chepina frente a La Concha, la misma de las dos fotos siguientes.

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Charo Bodega, Chepina y Carlos M. Padrón frente a La Concha. Foto cortesía de Charo Bodega.

Para la hora del almuerzo, que hicimos en un restaurante del puerto, ya brillaba el sol y pude tomar algunas fotos de ese pintoresco lugar.

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Puerto de San Sebastián.

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Otra vista del puerto de San Sebastián.

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Reparando redes en el puerto.

clip_image097Un parque de San Sebastián.

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Chepina en otro parque de San Sebastián.

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Chepina y Carlos M. Padrón. Foto cortesía de Charo Bodega.

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Charo Bodega y Chepina. Foto Cortesía de Charo Bodega.

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Un raro árbol en un parque de San Sebastián.

Una vez más corroboré con esta visita que San Sebastián es una ciudad señorial, pero si yo tuviera que vivir en alguno de los edificios de apartamentos del casco central que dan a la ciudad ese atributo, sería muy infeliz. Prefiero algo menos citadino, más alejado del mundanal ruido, más bucólico, de arquitectura más simple y funcional, y menos viejo.

Tengo un amigo que no gusta de comer verduras, en especial yerbas, como lechugas, repollo, brócoli, etc., y al respecto suele decir que el paisaje es para verlo, no para comerlo. Yo, hablando por boca de mi gusto personal, digo algo parecido acerca de las viviendas viejas, ya sean casas o edificios de apartamentos, y que reúnan algunas de las características que antes mencioné: Son para mirarlos, no para vivir en ellos.

Como ejemplo, éstas que en la foto que sigue se ven más allá del arco bajo el cual estoy esperando a Chepina y protegido del sol.

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Arco y calle en el centro de San Sebastián. Foto cortesía de Charo Bodega.

***

Briones es uno de los pueblos riojanos que, por su elegante enclave en lo alto de una colina, más llamó mi atención.

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Briones.

La vista desde Briones ilustra lo de la abundancia de los bien cuidados viñedos y las bodegas que, generalmente, son las construcciones grandes que se ven en esta foto.

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Vista de campos de vides desde lo alto de Briones.

En Briones se encuentra la bodega Dinastía Vivanco.

Dos veces he estado en Napa, la zona del vino en California (USA), y he tomado tours en alguna que otra de sus bodegas, pero ninguno comparable en poder docente e interacción con el guía al que tomamos en Dinastía Vivanco, que tal vez sea la bodega más moderna de La Rioja, inaugurada en 2004.

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Unas 3.000 barricas hay en este sótano de Dinastía Vivanco en que aparece Chepina.

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Charo Bodega, Chepina y Carlos M. Padrón. Foto cortesía de Charo Bodega.

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Carlos M. Padrón y Chepina en los jardines de Dinastía Vivanco.

A la izquierda de la entrada principal a esta bodega, y enmarcando sus jardines, hay un muro en el que deliberadamente dejaron una ventana que sirve de marco perfecto al paisaje típicamente riojano que puede verse a través de ella.

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El muro-ventana.

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Chepina en el muro-ventana.

Logroño, capital de La Rioja, es una ciudad acogedora con lindas plazas y cuidados parques. A mediados de los 90 no pude apreciarla porque apenas pasé por ella, pero esta vez sí la disfruté en bastante detalle.

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Chepina frente a la “Fuente de las espaldas mojadas”, en Logroño.

Me llamó la atención una zona dedicada al tapeo, zona que en la noche está abarrotada de público aunque el resto de la ciudad luzca casi desierta. Los más de los muchos locales de esa zona ofrecen tapas diferentes que pueden degustarse, por supuesto, con vino riojano o con cerveza. Una de las tapas que me gustó fue la de setas con gambas. Como puede verse en esta foto, las setas son muy “pequeñas”:

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En El Ciego destaca el hotel Marqués de Riscal —diseñado por el arquitecto canadiense Frank O. Gehry, el mismo del museo Guggenheim, de Bilbao—, de arquitectura muy moderna y precios muy altos pero que, según parece, o está ahora cerrado o tiene muy pocos huéspedes.

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Charo Bodega junto a la estatua frente al hotel.

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Detalle de la cúpula del hotel Marqués del Riscal.

La principal atracción de Enciso parece ser lo que llaman la Ruta de los Dinosaurios, un lugar en el que se han encontrado muchas huellas de esos animales y en el que, con base a esto, han hecho un parque y parece que siguen ampliándolo y excavando en busca de más huellas.

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Laguardia (País Vasco), cuna del famoso fabulista Félix María de Samaniego, me llamó la atención por el toque de diferencia con los pueblos de La Rioja. Creo que el carácter de los vascos hace que el lugar resulte un poco más ortodoxo y circunspecto, o menos alegre.

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Estatua de Samaniego, en Laguardia.

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Chepina en un parque de Laguardia con una original escultura.

En la mañana del sábado 05/09 nos despedimos de nuestros anfitriones, y ahora amigos (también en este caso desapareció el prefijo ‘ciber’), Damián y Charo Bodega, y a bordo del WV de alquiler pusimos rumbo a Madrid.

Una vez acomodados en el Hotel NH Barajas vino a vernos Natividad Recio (Nati), otra amiga exIBMista, pero de IBM-España, y con ella departimos un buen rato cerrando así la cita con amistades que marcó de forma destacada todo este viaje.

***

El domingo 06/09 volamos de regreso a Caracas. Espero que se entienda ahora por qué llegué física y emocionalmente agotado.

Pero bendito agotamiento, pues frente al valor de los muchos encuentros con amigos, frente al afecto que ellos me demostraron, frente a cómo se esforzaron para demostrarlo, y la huella de satisfacción y agradecimiento que eso dejó en mí, nada importan las calamidades de la parte negativa de este viaje.

Mis gracias a todos ellos por permitirme comprobar la verdad de lo mucho que se ha dicho sobre el valor de la amistad.

***

COMENTARIOS

CMP En respuesta a Natividad.

Gracias, Nati. Espero que así sea, que podamos vernos pronto.

Natividad Espero que sea pronto cuando volvamos a venos por Madrid, tanto a Chepina como a ti. Fue un verdadero placer compartir unos momentos con vosotros. Un abrazo.
CMP En respuesta a Eleuterio Sicilia.

Gracias a ustedes, amigos, por su presencia y las atenciones dispensadas.

Eleuterio Sicilia Carlos y Chepina: Me alegra mucho que nos hagas partícipe del extenso y siempre ameno relato de vuestras Vacaciones 2009, y con ello poder disfrutar, como lo hicieron ustedes como protagonistas del mismo. De nuevo, gracias y hasta siempre.
Eleuterio y Chari.
CMP En respuesta a Luis Herrera.

Luis, de nuevo, un millón de gracias a ti y a todos esos amigos, internautas o no, pero AMIGOS.

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Luis Herrera Todo lo bueno que nos cuentas, y más, es lo mejor que tenemos por aquí, y nos llena de satisfacción haber acertado a contribuir de alguna manera a hacer posible este gozo y disfrute a nuestros buenos amigos Carlos y Chepina.

Me permito hacer este comentario no sólo en nombre propio, sino también, por supuesto, en el de los amigos que, no internautas, no pueden manifestarse por este medio.

CMP En respuesta a Estela.

Ahora sí entiendo, Estela, la conversa fue con Begoña, la esposa de mi amigo Juan Ant° Pino, ¡la “conspiradora”!

Estela No Carlos , yo entendí, mientras usted conversaba con amigo, Juan Antonio Pino,, quizás no lo expresé bien, son tantos pasajes de su viaje a El Paso, que no digo yo si puede cambiar una un término, Chepina conversaba en un aparte con la esposa de Juan Antonio Pino, Begoña, y resultó que la conspiración era darles la sorpresa de los trajes para la bajada de la virgen.!Eso si es una sorpresa!Estela
CMP En respuesta a Estela.

Gracias, Estela.

Lo de haber dado con su pariente fue indudablemente algo positivo de este viaje, pero como era personal me abstuve de contarlo.

Lo de la prima de Chepina no lo entiendo; ella, que sepamos, no tiene parientes en Canarias.

Estela Bueno, Carlos, pienso que para ustedes fue un viaje maravilloso, y las fotos lo dicen todo, la familia, su esposa, muy bonito todo y felices. Lo importante de ello es también que comparte sus anécdotas y las imágenes, que nos enseñan un poco más de Tenerife, El Paso, entre otros lugares, el terruño donde nacieron mis abuelos. Y la fiesta de la Virgen, preciosa, las tradiciones y los trajes. La Virgen de las Nieves, de quien era devota mi abuela. Y la también buena sorpresa de Chepina y su prima. Pero se le olvidó algo de decir y que sirve también en su testimonio “Un tributo a la Amistad” y perdone que así lo cuente, es que con un don detectivesco haya usted encontrado allí en El Paso a mis parientes, a los hijos de los hijos de una prima de mi madre. Un humano gesto, suyo y de también su primo. Por lo menos ya saben éstos, sin otro interés, que yo existo.

Estela

CMP En respuesta a Lucy.

Gracias. Lucy. Y ya sabes que para esa excursión que propones hay que hacer cita previa, como la hizo Roberto conmigo para llevarme a la pared de su nombre: con un año de antelación. 

CMP En respuesta a Juan Antonio Pino Capote.

Gracias, Juan Antonio. Totalmente de acuerdo en lo que dices sobre Asturias: que el poco sol no contribuye a su realce. De todas formas, Galicia y Asturias son las regiones de la península que más me gustan, y es porque, por su verdor y accidentada geografía, me recuerdan a nuestra querida La Palma.

El acto en honor de tu padre me emocionó mucho más de lo que yo esperaba, y a pesar de que, como sabes, iba ya preparado.

Juan Antonio Pino Capote Bonito recuerdo de una historia que nos involucra a muchos. Me ha gustado el comentario de Luis A. Rodríguez cuando dice que La Palma es fotogénica.

Cuando desde Asturias, donde yo trabajaba, venía a La Palma me dí cuenta de que una causa importante está en su gran nitidez ambiental. A los asturianos les decía que Asturias es muy bonita, pero no tienen sol para verla. Los pocos días claros que allí se dan también la hacen lucir muy bonita.

Muchas gracias por el acierto y delicadeza con que has tratado el tema del monumento a nuestro padre.

Lucy Gracias, prima Ada, por tu hurra dedicado a mi. Un abrazote y mis disculpas por mi silencio. Pronto te contactaré.
Lucy !Menudo relato!!!! ¡¡¡Y qué sorpresa!!!

Me alegro de que lo hayan pasado bien a pesar de la parte negativa, y ya sabes: para la próxima habrá que concertar una cita para alguna excursión, menos a la dichosa “Pared”.

He disfrutado de la lectura, además de enterarme de vuestro periplo. ¡¡Con lo que me gusta a mi una historia ya te podrás imaginar cuanto disfruté!!.

Me he encargado personalmente de hacérselo saber a la familia “no cibernauta” , y decirles que aparecieron en Internet, y ¡qué crees que pasó? Que ya varios lo sabían !!por otras fuentes, y a los pocos minutos de su publicación!!. Ya te contaré. Eso te dará una idea de la popularidad, por estos lares, de éste tu blog.

Bastante que me alegro, y encantada de que mi material te haya servido, al menos para paliar en parte tu desaguisado; ya sabes que está a tu orden. ¿Tú ves ? ¡Y luego dices que para qué hago tantas fotos!

Bueno, pues una abrazo para ti y otro para la modelo de este post, Chepi, que está muy guapa en todas.

Mis felicitaciones y gracias por el relato y por hacerme partícipe de él. Al menos tambien estoy en la cara positiva de la moneda. Jejeje

CMP En respuesta a Luis A. Rodríguez.

Muchas gracias, Luis. Ya corregí el error.

Luis A. Rodríguez Unas fotos muy bonitas, la verdad que La Palma es fotogénica…

Una aclaración: En la foto donde salen los telescopios, el más grande de la izquierda es el Wiliam Herschel ó WHT, perteneciente al ING (Isaac Newton Group). El Grantecán estaría mucho más a la izquierda, es un poco más grande pero de color gris plata.

Lo comento porque precisamente trabajo en Grantecón ó GTC. El WHT tiene un espejo monolítico de 4,2m de diámetro y fue de los mayores del mundo no hace mucho. El GTC es el mayor del mundo y su espejo es segmentado, de 10,4m de diámetro.

CMP En respuesta a Roberto.

Gracias, Roberto. Esperemos que haya una próxima y que sea pronto. Y creo que para ésa preferiría las fiestas del Sagrado; menos gente y menos mundanal ruido.

 

[*FP}– Mi trato con la tabla Ouija (2/5): Las primeras sesiones

Carlos M. Padrón

En 1973 vivía yo en un edificio ubicado en Vista Alegre (Caracas). Sólo éramos Cecilia, mi entonces mujer, Alicia, nuestra hija de 6 años, y yo.

Conseguir que Cecilia se prestara a usar la ouija requirió de mi parte mucho “jarabe de pico”, pues la sola idea del propósito que me animaba, que no era otro que contactar con el espíritu de mi padre, la asustaba. Pero como para entonces estaba ella embarazada y soñaba con que fuera un varón, el argumento de que a la ouija podría preguntarle el sexo y otros detalles la convenció, y accedió a que una noche, pasadas las 00:00 horas, usáramos la ouija.

Como era de esperar, no pasó nada. Pero al tercer intento, como dos semanas después, la PT se movió y apuntó al ‘SÍ’. La asustada Cecilia me acusó de que yo había movido la PT, y cuando lo negué se retiró molesta. La condición ya antes indicada de que entre las personas que usen la ouija debe reinar la armonía no era fácil de alcanzar entre nosotros.

Yo no había movido la PT, pero sí había notado que, cuando se movió y a pesar de que tenía 4 dedos posados sobre ella, no había emitido el siseo que sí emitía cuando se la empujaba para que se deslizara libre sobre la calcomanía.

Con más “jarabe de pico” de mi parte retomamos las sesiones. Yo, siguiendo las instrucciones del libro, las iniciaba teniendo a mano una lista con las preguntas a hacer y el posible orden en que hacerlas, y, a falta de un grabador portátil, tenía listos también papel y bolígrafo a fin de escribir todo en cuanto concluyera la sesión.

En este cuarto intento ocurrió lo que yo no esperaba. A pesar de haber alcanzado acuerdo en cuanto al procedimiento, apenas a la segunda respuesta que nos dio el supuesto espíritu que respondió, Cecilia exclamó. “¡Vamos a preguntarle en qué país nació!”. Me molesté, ya que esa pregunta no estaba en la lista de las acordadas, y la ouija dejó de funcionar.

No recuerdo cuántas sesiones tomó el que pudiéramos completar una sin contratiempos, pero sí recuerdo que ésta fue el 08-Ene-1974 y que además de Cecilia esta también su hermano, Tito.

(Como puede verse en la foto, la ouija no tiene minúsculas ni acentos. En las respuestas que transcribo, las mayúsculas/minúsculas y los acentos los puse yo para facilitar la comprensión de los textos).

Pregunta (P): Dio Tito vuelta a la isla de Tenerife
Respuesta (R): Sí

P: ¿En qué año nació Tito
R: 1947

P: ¿En qué mes?
R: 2

P: ¿Qué día?
R: 25

P: ¿Quién nos guía las manos?
R: Tomás G Padrón

P: ¿Dónde estás?
R: Purgatorio

P: ¿Está Carmen contigo?
R: No

P: ¿Dónde está Carmen?
R: Infierno

P: ¿Por qué?
R: (La PT divaga)

P: ¿Quieres decir algo más?
R: No

P: ¿Algo para terminar?
R: Adiós

Lo relativo a Tito, todo cierto, pudo salir de la mente del propio Tito. Y lo relativo a Carmen, pudo salir de la mente de Cecilia o mía, pues como Carmen se había suicidado, nuestra formación católica nos decía que debería estar en el Infierno.

Lo que realmente estaba fuera de lugar era esa ‘G’ entre Tomás y Padrón, pues, que yo supiera, el nombre y primer apellido de mi padre eran Tomás Padrón, sin ningún segundo nombre.

Con un compañero de IBM y su esposa hicimos también una sesión el 10-Ene-1974 en la que lo destacado fue la divagación. Aunque la sesión fue larga, el acierto, notable por su precisión, fue sólo uno: 362%, el porcentaje de realización de mi cuota de ventas que como vendedor de IBM lograría yo al final de ese año que apenas había comenzado. Y ése fui mi porcentaje oficial al cierre de 1974.

***

Continuará algún martes con "[*FP}– Mi trato con la tabla Ouija (3/5): Efecto en otros".

[*FP}– Vacaciones 2009 – Dos caras de una misma moneda. 1) La negativa

14-09-2009

La cara negativa

Por aquello de que lo mejor debe guardarse para el final, comenzaré con la parte mala.

Por la experiencia acumulada durante los años en que viajaba continuamente y me pasaba muchas horas en los aviones y muchas noches en hoteles, llegué a la conclusión de que los viajes que yo anunciaba con antelación salían mal, y éste de las vacaciones del verano de 2009, a comenzar en Canarias a primeros del pasado agosto, lo anuncié desde febrero, por lo que siempre supuse que algo saldría mal, y así fue, pues muchos “algos” salieron mal.

***

Las veces que desde 2003 he ido a El Paso, mi pueblo, he llevado mi laptop (computadora portátil) y la he conectado a Internet usando la opción de dial-up (que funciona a través de la línea del teléfono pero inhabilitando éste) que ofrecía Telefónica, pero como esta vez estarían allá mis hermanas, que son “telefonópatas”, ellas no iban a aceptar no poder disponer del teléfono, así que luego de investigar y preguntar decidí comprar un módem USB que se conecta a la red celular y trae un cierto número de MB para descarga gratuita.

Para mi sorpresa, mi prima Lucy, que vive en Tenerife, me dijo que esos modems estaban agotados en las tres operadoras que los ofrecían; Telefónica, Orange y Vodafone. Sin embargo, mi amigo Leo (que vive en Valencia, España) averiguó que los de Vodafone los vendían en El Corte Inglés. Lucy ya los había buscado, sin éxito, en El Corte Inglés de Santa Cruz de Tenerife, pero ante la información de Leo llamó a las dos de esas tiendas que hay en Las Palmas y en una de ellas quedaba uno de tales modems, que Lucy compró de inmediato e hizo que se lo enviaran a Tenerife por courier.

Luego hablaré más del bendito módem USB.

***

Con el señor, muy cumplido y responsable, que usualmente nos lleva a Maiquetía, el aeropuerto internacional de Caracas, acordé con la debida antelación la hora en que vendría a casa a buscarnos, pero cuando esa hora se aproximaba el señor me llamó para pedirme que buscara un taxi que nos llevara, porque él, a bordo de su carro (coche), estaba varado en plena autopista debido a una manifestación que había trancado esa vía.

A toda prisa llamé a un taxi que tardó unos 15 minutos en llegar. Afortunadamente tenía un maletero amplio en el que cupieron nuestras dos maletas, y el chofer, entendiendo nuestra urgencia, fue a muy buena velocidad y haciendo cabriolas entre el tráfico a fin de dejarnos en Maiquetía a tiempo de abordar nuestro vuelo.

Aún en la autopista, pero faltando poco para llegar al aeropuerto, notamos que el chofer del taxi se metía las manos en los bolsillos, buscaba luego entre las butacas delanteras y sobre el tapasol, etc. Intrigada, Chepina le preguntó si se le había perdido algo, a lo que el buen hombre contestó que no encontraba el llavero donde estaba la llave del maletero de su carro, o sea, que aunque llegáramos a tiempo al aeropuerto tendríamos que esperar a que, usando alguna herramienta que el chofer no tenía, alguien abriera por la fuerza el maletero para que pudiéramos sacar nuestras maletas.

Ante esto me dije que lo malo se había manifestado muy pronto poniendo en riesgo nuestro viaje.

Rumiando esos pensamientos estaba yo cuando un microbús que nos adelantó por el hombrillo (arsén) se mantuvo siempre paralelo a nosotros y su chofer comenzó a hacer sonar la corneta (claxon) para llamar nuestra atención. Cuando el chofer del taxi bajó el vidrio de la puerta delantera derecha y acercándose a ésta como pudo interrogó al chofer del microbús, éste le dijo que sobre el techo del taxi había unas llaves.

Nos quedamos de una pieza, pues habida cuenta de las cabriolas que por kilómetros había hecho entre el tráfico ese taxi, cambiando de canal a cada rato en giros bastante violentos, no se entendía que sobre el techo del vehículo estuvieran aún las llaves que, por supuesto, el taxista había dejado allí cuando aún frente a casa abrió el maletero para colocar dentro nuestras maletas.

La explicación que el taxista dio, luego de detener el taxi y recoger las llaves, fue que no se habían caído porque el techo de su vehículo tenía un reborde en todo su perímetro.

Aunque nos salvamos de ésta, el susto no pude evitarlo.

***

Luego de la larga cola para facturar el equipaje y obtener el pase a bordo, en la sala de espera del vuelo tuvimos que pasar sentados más de una hora después de la señalada para el abordaje, y cuando por fin entraron al avión todos los pasajeros y ya iban a cerrar las puertas, el capitán dijo que la salida se retrasaría porque las autoridades del aeropuerto querían revisar todas las maletas, lo cual tomaría un tiempo considerable que pasaríamos sentados dentro del avión porque —añadió el capitán— estaríamos más cómodos que en el área de espera del aeropuerto.

El vuelo, cuyo despegue estaba pautado para las 18:45, despegó a las 21:03, y al llegar a Madrid, a las 11:42 del día siguiente, pudimos tomar el vuelo de continuación a Tenerife gracias a que su salida estaba pautada para las 14:00.

***

Apenas llegar —¡por fin!— al aeropuerto de Los Rodeos, o Tenerife Norte, mi prima Lucy me entregó el módem USB de Vodafone, con bajada gratuita de150 MB, y Gilberto Cruz, un buen amigo que junto con Wifredo Ramos (buen amigo de ambos y cronista oficial de la ciudad de El Paso) había ido a esperarnos, nos llevó al Hotel Colón Rambla, un apartotel en Santa Cruz de Tenerife que yo había reservado por Internet meses antes, y visto también por ese medio que había sido remodelado en 2007.

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(De izq. a derecha: Lucy de Armas Padrón, Chepina, Carlos M. Padrón, y Gilberto Cruz. Foto cortesía de Wifredo Ramos)

En ese apartotel estuve yo solo en julio 2006, y luego con Chepina en junio 2007, y a ambos nos pareció excelente para nuestras necesidades de alojamiento: bien ubicado, cocina equipada, limpio, con aire acondicionado (A/A), Internet de buena velocidad, y buen precio módico.

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(De Izq. a derecha: Wifredo Ramos, Chepina y Carlos M. Padrón. Foto cortesía de Wifredo Ramos).

De ahí que, sin tener dudas al respecto, reservé por Internet desde marzo pasado, y como al hacerlo vi que había sido remodelado en 2007 concluí que si antes estaba excelente, mejor estaría ahora después de haber sido remodelado en la segunda mitad de ese año.

En la recepción había una sola persona, lo cual me extrañó. Apenas entrar en la habitación que nos asignaron —o pequeño apartamento, pues tiene salón, dormitorio, baño y cocina, todo independiente— notamos los cambios o mejoras, pero como esa habitación daba al poniente y el Sol la calienta mucho en las tardes pedí una que diera al Este. Ya que, por lo visto, el hotel estaba casi vacío no hubo problema en el cambio a otra habitación, excepto porque al probar en ella el A/A no arrancó, por lo cual nos asignaron otra que tuvo el mismo problema, y luego otra más que daba al Este y sí le funcionaba el A/A.

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(Chepina en las afueras del Hotel Colón Rambla).

Días después descubrí, porque me lo dijo el empleado que estaba de turno en recepción, que el motivo de que el A/A no funcionara en las habitaciones que probé el día de nuestra llegada era que la puerta del balcón no estaba trancada. Por lo visto, el recepcionista que nos recibió a nuestra llegada era un novato.

Cuando ya deshecho sólo el equipaje necesario indagamos mejor encontramos que la cocina estaba vacía —o sea, no tenía ni platos ni cubiertos ni nada— y que en el baño no había un solo gancho donde colgar una pieza de ropa, como un pijama o una bata, ni había luz sobre el espejo, lo cual dificulta mucho que un hombre pueda afeitarse bien, y hace casi imposible que una mujer pueda maquillarse.

Deseoso de probar mi flamante módem USB, arranqué a trabajar con él con una velocidad teórica de 3 GB, e hice así todo lo que en la laptop tenía que hacer ese día, pero cuando quise continuar a la mañana siguiente la velocidad se puso casi imposible y desapareció la indicación de los 3 GB.

Fui a una tienda de Vodafone, les conté mi caso, revisaron el módem y me dijeron que ya había yo consumido los 150 MB gratuitos y que para volver a trabajar bien con él tenía que recargar su tarjeta, lo cual hice porque no tuve mejor opción, pues iba a necesitarlo en El Paso.

En la misma tienda Vodafone pedí una tarjeta SIM para usarla en el celular que yo había llevado desde Caracas, y la respuesta fue que estaban agotadas…. en todas las operadoras.

Busqué en otras tiendas, tanto de Vodafone como de Teléfonica y Orange, y, efectivamente, la respuesta fue la misma, sólo que añadieron que, inexplicablemente para ellos, no había tarjetas SIM porque los asiáticos (encontré muchos en Santa Cruz de Tenerife) y los sudamericanos las compraban todas.

Por fin, en una tienda Orange, pequeña y medio escondida, conseguí una, pero para que me la vendieran debí presentar mi documentación y firmar un formulario. Y entonces deduje por qué los sudamericanos y los asiáticos las compraban todas: como muchos de ellos no tienen documentos, los que sí los tienen compran esas tarjetas y las revenden, sabrá Dios a qué precio, a los demás.

De vuelta al hotel para dejar algunos paquetes, antes de salir de nuevo pedí que me conectaran el servicio de Internet, el que yo había usado en 2006 y 2007 y que, aunque a velocidad de 54 Mbps, servía para lo que yo quería hacer.

Al llegar en la noche ya encontré disponible el cable para Internet, pero al conectarme descubrí consternado que la velocidad era de apenas 10 Mbps.

“¡Menos mal que este apartotel está ahora mejor!”, me dije resignado.

***

Ya en El Paso, en mi casa natal, al deshacer completamente el equipaje descubrimos que nuestras maletas, que son de material duro, tenían en aproximadamente el centro de su cara superior un hueco de unos 3 a 4 mm (¿¡!?).

Enseguida pedí a Telefónica que me habilitara el servicio de dial-up que yo había usado antes. Luego de mucho explicarles me dijeron que ese servicio se llamaba ahora “Dúo Internet + Llamadas”.

Cuando luego de unas 3 horas pude usarlo solté una mala palabra porque ese servicio, que antes había sido de 54 Mbps, como en años anteriores lo había sido en el Colón Rambla, era ahora de 10 Mbps…. teóricos, pues cuando comencé a usarlo quedó claro que iba mucho más lento que el de 10 Mbps del Colón Rambla, de lo cual deduje que era de menos de 10 Mbps.

Mi opción era usar el módem USB de Vodafone y gastar cada día un montón de euros, pero cuando lo conecté fui notificado de que la fuerza de la señal era muy pobre. Y tanto que de hecho iba a igual velocidad que el bendito Dúo de Telefónica.

Como la paciencia, sobre todo cuando uso una computadora, no es una de mis virtudes, desesperado por la lentitud de Internet olvidé lo que quería hacer y, por error, de un sólo clic borré todas las fotos que estaban en la flash-card de mi flamante cámara digital, que estrené en este viaje. De ahí que para una buena parte de este reportaje tendré que usar fotos tomadas por otras personas que amablemente me las cedieron.

Maldiciendo estaba yo por eso cuando un amigo llegó a darnos la bienvenida, y al saber de mi problema me prestó (pues él tenía ya ADSL) un módem USB abierto —o sea, que trabajaba con cualquier operadora— y cuyo uso sólo costaba 0.90 €/día.

Con esta solución pude usar Internet sin problemas y dejar libre el teléfono para que mis hermanas se explayaran por él. Lamentablemente, cuando recargué la tarjeta del Vodafone le puse 60 €, pero ya no había marcha atrás.

Mi amigo Lelo prometió en 1956, cuando me salvó el pellejo en nuestra odisea en La Caldera, que jamás pasaría más allá de La Cumbrecita, y yo prometí lo mismo luego de la otra odisea, vivida con Chepina en 2006, cuando gracias a la mala faena del taxista que nos llevó tuvimos que de salir caminando desde Los Brecitos hasta al Lomo de Los Caballos, por todo el barranco de Las Angustias, un calvario que nos tomó cinco horas y media de caminata continua a pelnos sol, con frecuentes caídas en pozos de agua corrompida, y sin agua potable con que calmar la sed.

Tal vez esta promesa mía no gustó a Roberto, nombre que los aborígenes palmeros daban al diablo, porque ya no tendría oportunidad de atentar una vez más contra mi vida, y por eso en la visita que llevados por el amigo Roberto González hicimos a la llamada Pared de Roberto —en las estribaciones de La Caldera, pero no dentro de ella— sin motivo aparente mi flamante cámara digital sufrió un desperfecto, y lo mismo le ocurrió a la del amigo Roberto, y ambos desperfectos ocurrieron al mismo tiempo y estando Roberto y yo junto a esa impresionante pared.

Mi cámara pudo seguir tomando fotos, pero tengo que tratar de que la arreglen ya que cada vez está peor.

***

Desde que estando aún en Caracas supe que la Liga Profesional de Fútbol comenzaría en España el domingo 30/08 y que ese día el Real Madrid jugaría en el Bernabeu, me di a la tarea de conseguir entradas para ese partido, pues nuestro plan era llegar a Madrid en la tarde del sábado 29/08.

Después de mucho batallar, el amigo Manuel Fernández nos consiguió las entradas, y por celular, estando nosotros aún en Canarias, me anunció contento que ya teníamos entradas para el partido del sábado 29/08 en el Bernabeu. Asustado le pregunté qué era eso del 29/08 si la Liga comenzaría el domingo 30. Luego de un breve silencio cayó en cuenta, y consternado me dijo que habían cambiado para el sábado 29 el partido que estaba previsto para el domingo 30, y por la hora en que comenzaría no llegaríamos a tiempo de verlo.

Por ese cambio nos quedamos sin ver jugar al Real Madrid en vivo, y sin ver el Bernabeu por dentro y también “en vivo”.

***

El vuelo directo desde La Palma a Madrid aterrizo a las 19:21, pero la recogida del equipaje en Barajas nos tomó 40 minutos. Durante la espera, cansado ya de estar en pie decidí caminar alrededor del sitio de recogida. Al acercarme a una de sus esquinas noté que un hombre que estaba en silla de ruedas hacía señas hacia mí. Como no lo reconocí deduje que se las hacía a alguien que estaba a mis espaldas, pero no, las señas eran para mí. Y al acercarme se me cayó el alma a los pies: era un amigo de la infancia al que no había yo visto desde 1994 cuando, junto con su esposa (también ahora en silla de ruedas), fue a visitarme a mi apartamento en Madrid.

Cada vez que desde entonces fui a Canarias pregunté por él pero nadie me dio información alguna, lo cual no me extrañó porque ya había vivido yo algo igual en la búsqueda de Carmensa. Pero al verlo me quedé totalmente cortado y sin saber qué decir, máxime cuando mi amigo o no podía hablar por causa del mismo mal que lo mantenía en silla de ruedas, o no podía hablar por la emoción del encuentro. Esto fue lo peor de todo el viaje,

Para alojarnos en Madrid, el amigo Manuel Fernández —el mismo que tanto nos ayudó en las vacaciones de 2006— a petición mía nos había reservado alojamiento en Apartamentos Juan Bravo, donde nos fue muy bien en 2006, pues además de ser también apartotel contaba con Internet, A/A y un salón con lavadoras y secadoras para uso de los huéspedes.

Rafael García —otro amigo cuyo reencuentro fue lo mejor del viaje— nos recogió en el aeropuerto de Barajas y como a las 20:30 nos dejó en Apartamentos Juan Bravo.

Me llamó la atención que en la recepción había una sola persona: un señor ya mayor que a mi pregunta de qué debía yo hacer para conectarme a Internet se limitó a entregarme un papel mientras decía: “De eso no sé nada. Entiendo que lo que hay que hacer está escrito en este papel. Si eso no le es suficiente, bajé después de las 23:00 que es cuando me relevará el que sí sabe de Internet”. Viendo que lo única importante de lo escrito era una dirección IP, no dije más y nos dirigimos a la habitación, dejamos el equipaje y salimos a dar un paseo con Rafael.

Cuando un par de horas después regresamos al hotel, apenas entrar en la habitación encendí el A/A y de inmediato Chepina dijo que allí olía mal. A mí no me olió a nada en particular, pero como sé que Chepina tiene olfato canino supuse que después de que el A/A trabajara por un rato el tal mal olor desaparecería. Pero no, para entonces la situación empeoró, especialmente en el dormitorio, al que Chepina decidió no entrar porque, dijo, no podría dormir, y se recostó en el sofá del salón.

Luego de deshacer el equipaje monté la laptop pero no pude conectarme a Internet. La dirección IP que aparecía en el papel que me entregaron en la recepción tenía varios dígitos tachados y en su lugar aparecían otros escritos a mano, pero ninguno sirvió.

Como ya eran las 23:30 bajé con la laptop a la recepción y resultó que el señor que supuestamente sabía de Internet tampoco pudo resolver mi problema, por lo que no me quedó otra opción que regresar a la habitación y aplicarme a la tarea hasta que por fin, y sin hacer caso de lo escrito en el papel, pude conseguir la ansiada conexión.

Era casi la 1 de la madrugada cuando terminé la tarea con Internet, y al percatarme de que Chepina estaba dispuesta a dormir en el sofá, y de que cada vez hacía más calor en la habitación, llamé a la recepción y pedí que nos cambiaran de habitación. Al explicarle al recepcionista los motivos para tal petición, dijo no entender lo del mal olor pero sí lo del calor, que era debido a que ¡¡ellos cortan el A/A a las 23:30!!

¡¡Qué riñones!! ¿Cómo es posible que hagan eso en un hotel? ¿Cuándo se necesita más el A/A, durante el día, cuando uno apenas está en la habitación, o en la noche cuando debe dormir en ella durante varias horas?

La explicación que a tal aberración he encontrado es el rechazo que en España se le tiene al A/A que, según dicen en ese país, causa afecciones respiratorias sobre todo si se mantiene activo mientras uno duerme. Eso explica por qué en muchos hoteles de España en los que he estado, la boca de salida del A/A está solamente en el salón aunque el dormitorio sea un espacio aparte. Igual estaba en el apartamento en que por más de dos años viví en Madrid, y para conseguir que el fresco llegara a mi dormitorio tenía yo que encender el A/A desde muchas horas antes de irme a la cama, y entornar de forma especial la puerta del dormitorio para de alguna manera forzar a que entrara en él más aire fresco.

Pero, ¿qué íbamos a hacer a la 1 de la madrugada? La opción fue apagar el A/A y abrir las ventanas. Apenas apagarlo, Chepina dijo que ya no sentía el mal olor. Por lo visto, éste procedía del recipiente o lugar desde el cual el ventilador (ya que el gas freón no estaba conectado) tomaba el aire que descargaba en la habitación.

Porque el calor me obligó a tratar de dormir con las ventanas abiertas y apenas echado sobre la cama, dormí muy poco y amanecí resfriado, algo que en España no entenderían los muchos que creen que el resfriado se lo causa precisamente el A/A.

A la mañana siguiente llamé a Manuel, le conté lo sucedido y le pedí que, por favor, nos consiguiera un hotel en el que proporcionaran A/A de forma “civilizada” y tuviera Internet, y nos pusimos a hacer el equipaje, pero cargando aún con la ropa sucia que trajimos de Canarias, donde no teníamos lavadora ni secadora, con el plan de lavarla en Apartamentos Juan Bravo.

Apenas una media hora después me dio Manuel el nombre del nuevo hotel, bajamos a la recepción y pedí que me hicieran factura de salida. El recepcionista era el mismo señor mayor que nos había hecho el ckeck-in el día anterior, y mirándome extrañado me preguntó si yo no había reservado para dos noches. Le dije que sí pero que nos íbamos porque el hotel cortaba el A/A a las 23:30.

El pobre hombre enrojeció y respondió: “No soy hotelero, soy músico y hago este trabajo para ayudarme, pero no entiendo por qué un hotel corta el A/A. Se los he dicho pero no escuchan. Hace usted muy bien en marcharse, pues yo haría lo mismo. Reciba mis sinceras disculpas”.

Media hora después estábamos ya alojados en Suites Barrio de Salamanca que dispone de A/A individual por habitación y, por tanto, graduable por el inquilino.

***

Apenas entrar comprobé que eso era cierto y que, para variar —¡oh, maravilla!— no sólo en el salón había boca de A/A sino también en el dormitorio.

Una vez deshecho el equipaje monté la laptop y —¡oh, misteriosa sorpresa!— aunque sí había conexión a Internet, los datos no fluían: ni entraban ni salían.

Llamé a recepción pero las instrucciones que me dieron no solucionaron nada, por lo que un empleado subió a nuestra habitación y pudo comprobar, aunque no solucionar, ese extraño fenómeno de conexión sin flujo de datos. Subió luego otro que me llevó a un periplo por varias habitaciones del mismo piso,… sólo para comprobar que el problema era el mismo en todas ellas.

Ante esto subió el que creo que tenía mayor rango o conocimiento en la materia, y éste me hizo entrar en la habitación que estaba en el mismo piso que la mía pero en el extremo opuesto, y en ésa sí hubo flujo de datos. Para no perderlo, salí con la laptop abierta y corriendo me fui a la habitación mía en la que pude mantener el flujo de datos por una hora escasa. Luego se cortó.

Ahora por mi cuenta fui con la laptop frente a la puerta de la habitación en la que Internet sí había funcionado, me senté en el pasillo, conseguí conexión de nuevo, y corriendo por el pasillo con la laptop abierta volví hasta mi habitación. Esta vez la conexión duró sólo 15 minutos.

Repetí la operación y duró sólo 10 minutos, pero en el curso de esta última carrera vi que de la habitación vecina a la nuestra salió una joven que a juzgar por el portazo que dio al salir estaba de muy mal humor. Al verme en tan extraña actitud se detuvo en seco y me dijo: “¡Usted tampoco tiene Internet, ¿verdad?! ¡¡Qué desastre!!”.

Más que molesto bajé con la laptop a recepción donde me explicaron que el hotel tiene dos routers en cada piso, uno en cada extremo, y que, por lo visto, el correspondiente a mi habitación no estaba funcionando, pero que eso no parecía ser cierto porque en la mañana había estado en el hotel el encargado de la informática, revisó y dijo que todo estaba OK.

En la recepción sí pude conectarme sin problema,…. pero a 54 Mbps. Deduje entonces que lo que estaba pasando era que, para ahorrar gastos, los hoteles han contratado algo así como el Dúo de Telefónica y, por supuesto, en lo que se conecten tres huéspedes ya la conexión se satura y no funciona para nadie.

De vuelta a mi habitación, cero flujo de datos, así que me tocó alegrarme de haber recargado el módem USB de Vodafone porque gracias a él pude tener Internet operativo durante los días que estuvimos en Suites Barrio de Salamanca.

Por supuesto, como en ese hotel no había sala de lavado, usamos el servicio estándar que ofrecía entregar en la tarde la ropa que se les diera en la mañana, pero lo que entregamos en la mañana del segundo día no apareció ni en la tarde ni en la noche, por lo que en la mañana del tercero, cuando habíamos planeado salir antes de las 09:00 en carro rumbo a La Rioja, tuvimos que esperar hasta las 11:00 porque sólo a esa hora, y gracias a nuestros reclamos, nos trajeron, en dos entregas, la ropa ya limpia y planchada.

***

A la hora de querer ir desde el hotel Suites Barrio de Salamanca al sitio de alquiler de carro Avis ubicado en la estación del Metro de Nuevos mMnisterios, no encontramos un taxi donde cupiera nuestro equipaje. De la recepción del hotel llamaron a dos servicios diferentes que dijeron no contar con vehículos para eso.

El propio recepcionista me aconsejó que caminara hasta un hotel Meliá que está a la vuelta de la esquina y escogiera un taxi de los que ahí hay muchos y siempre. Así lo hice y conseguí uno en cuyo maletero cupieron nuestras dos maletas y otros bultos pequeños, pero el taxista no sabía dónde, en Nuevos Ministerios, estaba Avis.

Por celular llamé al número que para Avis me habían dado y como resultó que era en Barcelona no supieron explicarme lo que yo necesitaba saber.

Dando vuelta a la estación de Nuevos Ministerios vio Chepina el aviso no sólo de Avis sino de Hertz y otros conocidos, y por fin pudimos llegar con el equipaje cerca del carro de alquiler que resultó ser un VW Passat que me obligó a un rato de adaptación porque, entre otras para mí novedades, en vez de llave de ignición tiene un hueco en el que se introduce, mientras se pisa el embrague, algo como un pen-drive de doble ancho que es además el control remoto para abrir y cerrar el carro. Y al freno de mano sólo le queda el nombre, pues se monta y desmonta oprimiendo el freno de pie y apretando al mismo tiempo un botón que hay en el tablero.

A las 11:30, en vez de antes de las 09:00, iniciamos nuestro viaje de unos 230 km, hacia La Rioja, un viaje que me resultó el más estresante que manejando yo he hecho en mi vida, pues advertido como estaba de la cantidad de radares que Tránsito ha puesto para ver de recaudar dinero por multas a quienes por un pelo violen los límites de velocidad (me dijeron que la recaudación por ese concepto en 2008 fue 400% superior a la de 2007) no pude manejar como acostumbro hacerlo —que es calculando “a ojo” la velocidad, que generalmente es de 110 K/h y 120 para adelantar— sino que estuve constantemente pendiente del velocímetro para no exceder los 100 K/h, ni los 110 al adelantar a otro vehículo.

El agotamiento que eso me causó, sumado al que ya traía acumulado por el mal dormir a causa del calor y de las camas pequeñas, fue tal que al llegar a Soria, consciente de que el sueño me vencería en cualquier momento, me detuve frente a un bar, medio dormité por un rato, y luego, a pesar de que ya eran como las 3 de la tarde, contra mi costumbre me tomé un café doble y una Coca-Cola de las que tienen cafeína completa. Sólo así reaccioné y pudimos continuar el viaje.

Para el regreso aprendí la lección y salimos temprano y por sólo autopistas de forma que no hubiera tanta necesidad de adelantar a otros vehículos.

Llegamos al pueblo de Barajas, donde está el aeropuerto de Madrid, en tres horas y media, y nos tomó más de dos dar con el hotel NH, pues a pesar de que está en Barajas y de que ya lo habíamos usado en 2006 llegando a él desde Madrid, esta vez entré a Barajas por el lado contrario porque hacerlo desde Madrid no sólo me habría obligado a un trayecto más largo sino que habría sido un problema ya que esa ciudad está patas arriba por las muchas obras viales y lo más probable habría sido que me hubiera yo armado un lío ante la necesidad de tomar atajos a causa de las interrupciones de las vías por mí conocidas. Además, confiaba en que en Barajas, un pueblo relativamente pequeño, me sería fácil encontrar el hotel o, si no, preguntar cómo llegar a él, pero, para mi sorpresa, nadie en Barajas sabía de su existencia.

La llamada que por celular hice al propio hotel NH de nada sirvió porque la dama que la atendió sabía cómo llegar al hotel viniendo desde Madrid pero no desde el corazón de Barajas, donde hay muchos otros hoteles.

Entré a preguntar en dos hoteles de éstos y, aunque parezca mentira, las personas que había en la recepción de ellos no sabían dónde en Barajas estaba el NH.

Alguien que encontré en un bar en el que también entré a preguntar dijo que sí sabía y hasta me hizo un mapa de cómo llegar. Contentos seguimos el mapa,… que nos llevó a lo que resultó ser un hotel Tryp.

Siguiendo las vagas indicaciones que en otro hotel me dieron acerca de cómo llegar a uno llamado Diana que, según la persona que me dio esas indicaciones, estaba cerca del NH, dimos con éste, pero de pura casualidad, pues el tal hotel Diana no lo vimos nunca.

Cuando ya instalados en la habitación del HB Barajas se me ocurrió llamar a recepción y preguntar si tenían servicio de Internet, la respuesta me puso en el dilema de si reír o llorar: “Sí tenemos —contestó la recepcionista—. Es wi-fi (allá lo pronuncian ‘uifi’) y cuesta 5 euros la hora ó 10 euros las 24 horas”. Tal vez entendí mal, pero no queriendo saber más eché mano de mi módem USB, y problema resuelto.

A la mañana siguiente llené de gasoil el depósito del carro y puse rumbo hacia la Terminal T4, una ruta que ya había hecho yo en 2006. Pero algo cambiaron porque ahora la ruta a seguir parece que quisiera sacar a uno del país, y luego de seguirla con el presentimiento de que no era la indicada, llegamos por fin al “llegadero”, entregamos el carro en AVIS y entramos a la terminal.

***

El vuelo de Iberia Madrid-Caracas salió puntual, a las 12:37, y luego de 8:48 horas aterrizó en Maiquetía a las 13:54, pero entre el trámite de inmigración y la espera del equipaje se nos fueron nada menos que dos horas, y abordamos el taxi con rumbo a Caracas a las 15:54.

Cuando por fin el taxi arrancó pensé que ya el ciclo de entuertos había pasado. Iluso yo: al enfilar la autopista que lleva a Caracas la encontramos totalmente congestionada por tráfico que no se movía, ante lo cual el chofer que nos traía decidió subir por la llamada Carretera Vieja de La Guaira, una ruta solitaria, estrecha y tortuosa que de puro miedo me tuvo con el corazón en la garganta hasta que, luego de casi una hora más, pudimos entrar en la autopista y llegar a casa a las 20:25.

Habida cuenta de que cuando ese día, el 06/09, nos levantamos en Madrid eran en Caracas las 23:30 del 05/09, tuvimos un viaje de 21 horas, pero llegamos sanos y salvos.

***

La próxima semana publicaré la parte final, la positiva, la buena: “[*FP}– Vacaciones 2009 – Dos caras de una misma moneda. 2) Un tributo a la amistad”.

***

COMENTARIOS

Estela Bueno, yo diría que esperemos Carlos, que cuente la parte positiva en su próximo artículo para hacer mis propias conclusiones de las tribulaciones de sus vacaciones.

Pues como bien se dice, después de la tempestad viene la calma; espero que haya sido así. Pero de éste que cuenta, lo disfruté igual y me reí, sin burla, claro.

Tampoco quisiera que pasaran esas cosas cuando las personas salen a disfrutar de su descanso. Yo diría que entonces, para evitar la parte de los aires acondicionados, y su quita y pon en los hoteles, le recomiendo que mejor tomen sus vacaciones en invierno, aunque lo malo entonces sería que tampoco funcionaran la calefacción. Entonces no sé que sería mejor.

Estela

CMP En respuesta a charo.Tienes razón, Charo. Si bien me enfado mucho cuando me ocurren, luego pasan a engrosar el acervo de anécdotas de vida, y no sólo celebro el haber salido bien librado de ellas sino que al publicarlas lo hago animado por lo que bien dices: tratar de que el lector se divierta al leerlas.

No siempre lo lograré, pera ésa es mi intención.

charo Carlos más que “cosas negativas” yo diría que son anécdotas que son necesarias porque se convierten en positivas al paso del tiempo pues se pasa muy bien recordándolas y contándolas…..piensa en lo bien que lo hemos pasado todos los que las hemos leído ¿O es que crees que no me has hecho reir al leer tanta “calamidad” en tan poco tiempo y espacio?…….”po ci” me he reído, lo siento pero ha sido así. No te puedes ni imaginar la cantidad de “anécdotas” que tengo yo acumuladas y ahora también me río de todas y no veas lo bien que me lo paso cuando las recuerdo.

CMP En respuesta a Juan Antonio Pino Capote.Juan Antonio, te anticipo que la balanza se inclinará totalmente del lado de la parte positiva.

Y la canción “maldita” no es “Guantanamera” sino “Cartagenera” que, afortunadamente, no sonó esta vez, o al menos no la escuché.

CMP En respuesta a Roberto.Sí, Roberto, fueron muchas; tal vez más de las que yo presentía. Y

Sospecho que tu nefasto homónimo puso su mano en lo de nuestras cámaras. La mía, como ya dije, también sigue haciendo fotos pero si bien puedo verlas en pantalla inmediatamente después de tomarlas, luego no, pues si trato de reproducirlas aparecen fracciones de al menos dos fotos y nunca una completa. Además, al momento de extender y recoger las lentes trastabillea y emite un ruido muy feo.

No sé si aquí puedan arreglarla, pero trataré.

Roberto ¡Cuantas cosas negativas! ¡Y qué bien las relatas, como siempre! Mi cámara continúa haciendo fotos pero no consigo ver nada en la pantalla. ¿Enigmas de la Pared?

Juan Antonio Pino Capote
j
Muchas gracias, Carlos, por el bonito reportaje de la parte negra de vuestro viaje.
No tardes en contar la parte buena.Todo lo que cuentas, igual que cuando oigo las noticias sobre overbooking, huelgas de gasolineras o de trabajadores de las compañías aéreas, etc. me producen lo que yo llamo un “efecto disuasorio” de viajar, especialmente viajes largos.Espero ver que, puestas en una balanza la primera y segunda parte, el saldo sea positivo a favor de la segunda. De lo contrario vencerá el efecto disuasorio. Menos mal que esta vez, nadie ha cantado “Guantanamera”…aunque yo tengo esa música en mi coche.

 

[*FP}– Mi trato con la tabla Ouija (1/5): El encuentro

Carlos M. Padrón

La primera vez que escuché la palabra ‘ouija’ fue a raíz de la película “El exorcista”, película que, por cierto, nunca he visto completa. El vocablo resulta de unir la afirmación ‘Sí’ en francés (oui) y en alemán (ja).

Como para entonces —año 1973— aún estaba muy fresco en mí el recuerdo de la muerte de mi padre, ocurrida en junio de 1969, me di a la tarea de buscar libros que hablaran de la ouija, y en un viaje a México encontré, en la librería del Sanborn’s de San Ángel, uno cuyo título olvidé pero que había sido escrito supuestamente por el Dr. Joseph Banks Rhine quien, junto con su esposa, Dra. Louisa E. Rhine, en la Duke University (Durham, North Carolina, USA) se dedicó por muchos años a investigaciones sobre ESP (Percepción extrasensorial) y otros fenómenos, como clarividencia, espiritismo, etc., y por sus hallazgos es considerado el padre de la moderna Parapsicología.

Antes de continuar explico lo de por qué no recuerdo el título de este libro, y por qué digo que fue ‘supuestamente’ escrito por el Dr. Rhine: ocurrió que como después de leerlo conté mis experiencias con la ouija y de dónde había sacado yo las guías para usarla, alguien me lo pidió “prestado”,… y nunca me lo devolvió.

Sin éxito lo busqué en México, Argentina, Colombia y Ecuador, y entonces recurrí a Internet, encontré la dirección de la fundación del Dr. Rhine y por e-mail les pregunté por el libro, indicando que me serviría en español o en inglés. Para mi consternación, la respuesta fue que en esa Fundación no sabían de la existencia de tal libro, y que tampoco sabían que el Dr. Rhine hubiera usado nunca la ouija ni de que tuviera un primo hermano.

Sin embargo, en Internet aparecen varias entradas que vinculan el nombre del Dr. Rhine con la ouija, y concretamente aquí se dice textualmente “In fact, even J.B. Rhine, most well-known for his interest in ESP and his experiments using Zener cards, conducted experiments using the Ouija Board”. (De hecho, incluso el Dr. Rhine, muy conocido por su interés en ESP y sus experimentos con las cartas Zener, condujo experimentos usando la ouija), lo cual tiene mucho sentido porque, dado el interés del Dr. Rhine en todo lo paranormal, no se entendería que dejara fuera de sus investigaciones algo como la ouija que, según se dice, data del año 540 a.C., de los días de Pitágoras, y ha sido desde entonces un completo enigma.

Hecha esta aclaratoria, continúo con mi historia.

Todo el libro me resultó muy interesante, pero en especial el capítulo dedicado a la ouija, del que resumo lo más destacado que aún recuerdo.

Para estudio de la ouija el Dr. Rhine usó a dos de sus asistentes. Cuenta que en una de las sesiones “contactó” con un primo suyo que había muerto en la Segunda Guerra Mundial, y que en prueba de que la “persona” con quien el Dr. Rhine había contactado era realmente su primo, ésta le confesó ciertos hechos que sólo él y su madre conocían. El Dr. Rhine fue a visitar a la madre de su primo, la interrogó al respecto y, efectivamente, los hechos eran ciertos.

Durante el uso de la ouija se notaron, cada vez más, conductas extrañas en los investigadores, y afloraron obsesiones y otras actitudes anormales. Tal vez como consecuencia, los dos asistentes antes mencionados se suicidaron, y ante eso el Dr. Rhine abandonó totalmente la ouija, y al respecto escribió que no debería venderse como un juguete, pues es extremadamente peligrosa ya que, a medida que se usa, activa en los usuarios una especie de sensibilidad a fuerzas ocultas que pueden causar mucho daño, y esa sensibilidad aumenta con cada sesión.

Funciona mejor con dos personas, que deben estar tranquilas, en armonía, y de mutuo acuerdo en cuanto a lo que de la tabla se espera. Pero apenas los usuarios sientan que su sensibilidad aumenta, lo cual suele tener lugar cuando las repuestas de la ouija son cada vez más frecuentes y más rápidas, deben dejar de lado la tabla y no usarla más.

Sin embargo, el Dr. Rhine deja bien claro que, en su opinión, las más de las veces las respuestas de la ouija salen de la mente de quienes la están usando o de quienes estén observando a otros usarla.

Recuerdo muy bien que ese capítulo sobre la ouija terminaba con una declaración impactante: “No puedo asegurar que la ouija sirva para comunicarse con el más allá, pero si éste existe, la ouija es el mejor de los medios que conozco para lograr tal comunicación”.

Esto me animó a probar, y en el próximo viaje a USA me compré una tabla ouija que, como está en inglés, luce así:

ouija1

La base es de cartón-piedra sobre cuya cara lisa va adherida una calcomanía (pegatina) con las letras, números y palabras que se ven en la foto. La pieza con forma de triángulo isósceles —a la que en adelante me referiré como la PT, por pieza triangular— que se ve en la esquina inferior derecha, tiene tres patas, una bajo cada uno de sus vértices, de tal vez 1,5 cm de largo y que terminan en un fieltro como el que tienen en su punta los tacos de billar.

El círculo que aparece cerca del más estrecho de los ángulos es en realidad un hueco que tiene montada una lupa. Cuando la pieza triangular se posa sobre cualquiera de los números o letras que hay impresos en la tabla, éstos se ven ampliados por efecto de la lupa, lo cual permite que los usuarios puedan distinguir muy bien de qué letra o número se trata.

El mejor uso es entre dos personas, una de las cuales dirigirá la sesión, y tarde en la noche, cuando suelen disminuir los ruidos ambientales y el riesgo de que suene el teléfono o aparezca algún visitante inoportuno.

Las dos personas se sientan frente a frente, en contacto las rodillas de la una con las de la otra, apoyan sobre éstas la tabla, de forma que quede en posición horizontal, posan sus dedos índice y medio sobre la PT, sin obstruir la lupa y sin hacer presión, y una de ellas, que sería quien dirige la sesión, pregunta: “¿Alguien quiere comunicarse con nosotros?”. Y se espera una posible respuesta, sin reírse y sin protestar; sólo se espera, con seriedad y sobriedad. Si también se espera con fe, posiblemente ayude.

Cuando la ouija funciona, de pronto la PT se mueve y se detiene sobre la palabra ‘SÍ’, y lo normal es que la primera vez que esto ocurre una de las dos personas, al percatarse de que la PT se movió sin que ella la empujara, acusa a la otra de haberla empujado, y es frecuente que se inicie una discusión, o que la persona que preguntó se levante de golpe y huya asustada.

Cuando tal persona acepta por fin ese hecho, y ese ‘SÍ’ ya no la espanta, la próxima pregunta del líder es: “¿Quién eres?”. Y la PT volverá a moverse colocándose secuencialmente sobre las letras que configuran un nombre.

Es posible que la primera pregunta no obtenga respuesta alguna, o que ésta sea ‘NO’. En cualquiera de los casos lo mejor es abandonar la sesión, pues esa noche la ouija no funcionará.

***

Continuará algún martes con «[*FP}– Mi trato con la tabla Ouija (2/5): Las primeras sesiones».

[*FP}—Reencarnación. Análisis personal

10 Julio, 2009

Como ya expliqué, a fin de dar cabida a más posts en la lista de los más vistos, procederé a editar como uno solo los temas que hayan sido publicados por entregas, como es el caso del titulado [*FP}–  Rencarnación.

Por este motivo, juntos van aquí los cinco artículos, con sus comentarios hasta ahora, que con ese título fueron  publicados por separado en cinco entregas marcadas 1/5 a 5/5 entre el 04 de febrero de 2009 y el 04 de marzo de 2009, entregas éstas que ya han sido borradas.

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Carlos M. Padrón

Mientras estuve en Canarias, y tal vez por el contubernio que entonces existía entre franquismo e Iglesia Católica, nunca escuché hablar ni de astrología —lo cual ya dije en otro articulo— ni de reencarnación. De ambos conceptos escuché por primera vez estando ya en Venezuela, país al que llegué a mediados de 1961.

Sin embargo, luego de vivir fuera de Canarias por 47 años, y después de haber leído mucho acerca de la teoría de la reencarnación, me he formado una idea de cómo podría encajar en esa teoría.

Pero antes de llegar a mi conclusión, describiré algunos hechos un tanto difíciles de explicar, y que me llevan a ella.

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C A P Í T U L O S

1.- De aguas y de montaña
2.- El toque moruno
3.- Italia y su lengua
4.- La lengua francesa
5.- Las palmeras “copa de pata larga”, y conclusión

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1. De aguas y de montaña

La inmensa mayoría de las casas de El Paso tenían lo que llamábamos ‘estanque’, un embalse en el que se recogía agua para regar las huertas en las que se sembraban papas (patatas), millo (maíz), tomates, cebollas, coles, tabaco, etc. Eran embalses de tamaño entre pequeño y mediano, y yo estaba más que acostumbrado a verlos; es más, en dos de ellos aprendí a nadar,… si es que lo que hago puede llamarse nadar.

Sin embargo, el día en que mi padre me llevó a ver el aljibe de Enrique —un hueco en la tierra cubierto por una placa de madera ligeramente alzada del piso, y a cuyos lados había bocas por las que podía verse, a nivel bastante bajo, el agua oscura y quieta— sentí un extraño miedo, y nunca quise acercarme mucho por ese lugar aunque estaba muy próximo a la finca que en Enrique tenía mi padre.

Años más tarde, cuando comencé a visitar el área de la costa y me acerqué a uno de los grandes embalses en los que se recogía agua para regar las plantaciones de plátanos (cambures), me impresionó ver lo profundos, anchos y largos que eran algunos, y que estuvieran rebosantes de agua. Pero el asombro se tornó en terror pánico el día en que me acerqué a uno de los que más me gustaba ver y, a pesar de su profundidad, lo encontré casi vacío. Sin poder contenerme, di media vuelta y me alejé sintiendo que el corazón quería salírseme por la boca.

Como no me gusta sufrir de dependencias, adrede volví a acercarme a ese embalse —y lo he hecho cada vez que he vuelto a Argual, pues es ahí donde está— y lo más que he logrado es voluntad suficiente para permanecer mirándolo, pero el miedo no he podido evitarlo. He probado con otros de los muchos que hay en lo que llaman Valle de los Espejos —por cómo esos grandes embalses reflejan la luz del Sol— y sigo sintiendo rechazo si son grandes y están llenos, pero tanto más miedo cuanto más lejos del borde esté el agua.

Y las aljibes siguen sin gustarme, estén donde estén, pues generalmente sus aguas están bajas, a varios metros por debajo de la boca de la aljibe.

Y es que, en general, el agua me gusta sólo para beberla y para ducharme. A pesar de haber nacido y de haber sido criado en una isla, detesto la playa y no me gusta el mar. Sin embargo, mi difunto hermano Raúl adoraba el mar y todo lo con él relacionado, como la playa, nadar, navegar, etc. En cambio, si estaba en la montaña —lugar que me gusta a cualquier hora— se las arreglaba para alejarse de ella antes de que anocheciera, pues no soportaba estar en la montaña cuando moría el día.

Ni a mí me ocurrió nunca nada malo en relación al mar, aljibes o embalses de agua en general, ni a Raúl le pasó nunca nada malo en relación a los atardeceres en la montaña, peeeero…..

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2. El toque moruno

Desde El Paso, y a pesar de que a los más no les disgustaba el flamenco (el baile, cante jondo y demás), que sólo veíamos en el cine, yo lo detesté desde el primer día. Vi una primera película relacionada con eso y ninguna otra, y, si podía, apagaba la radio cuando ponían música, instrumental o cantada, de ese corte.

Además, no me gustaban las actrices, cantantes o actores que eran iconos de lo flamenco, como Carmen Sevilla, Lola Flores, Antonio Molina, etc. Me atrevería a decir que yo era el único del pueblo a quien esta gente no le gustaba, lo cual me causó más de un problema.

Para colmo, en mi casa no se desvivían por el flamenco, pero tampoco lo detestaban. Es más, entre la colección de CDs de mi difunto hermano Raúl se encontraron muchos con música de ese género. ¿Por qué yo sí lo detestaba y sigo detestándolo?

Por lo ya dicho acerca de las dependencias, durante los muchos años que tuve por hobby grabar y escuchar música, me esforcé por librarme de esa aversión, y lo más próximo al flamenco que he logrado que me guste son los arreglos al piano de Felipe Campuzano. El cante jondo, el taconeo, las contorsiones de los bailarines, etc., y las corridas de toros; en fin, todo eso que tiene una raíz mora, me causa sentimientos de un rechazo atávico, o al menos de naturaleza que no sé explicar.

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3. Italia y su lengua

Mi primera exposición al idioma italiano fue en el “Bianca C”, el barco en el que en 1961 vine a Venezuela. Buena parte del personal, en especial los camareros, hablaban italiano, y me sorprendió entender algunas palabras de lo que hablaban entre ellos. Lo atribuí a que durante el bachillerato había estudiado yo latín.

En septiembre de 1962 entré a trabajar en Olivetti de Venezuela, una compañía que para entonces era como lugar de tránsito para emigrantes italianos, españoles y canarios, que entraban en Olivetti como vendedores de máquinas de escribir y de calcular, mientras encontraban un trabajo mejor. De ahí que en esa compañía hubiera muchos italianos —incluso la gerencia más alta era detentada toda por italianos— que entre ellos sólo hablaban italiano, y mi oído se acostumbró a escuchar a diario ese idioma, como también tuvo que haberse acostumbrado el oído de los otros muchos hispanoparlantes que allí trabajaban, entre los cuales era yo uno de los de menor antigüedad en la compañía.

Mientras yo hacía antesala para hablar con la persona que me entrevistaría en relación con un trabajo en Olivetti, vi cómo una máquina de color verde, mucho mayor que la mayor de las calculadoras por mi vistas, imprimía sola registros contables sobre un tarjetón preformateado con el diseño propio de una hoja de libro Diario.

¿Una máquina haciendo sola, sin intervención humana, asientos contables? Eso me fascinó. Así lo dije en la entrevista en la que fui aceptado como vendedor de Mecanización Integral, posición en la cual no sólo tenía yo que vender las máquinas Audi —que así se llamaban las del modelo que me había fascinado— sino también programar las que vendiera. Y para que yo aprendiera a programarlas, mi jefe me dio unos manuales escritos en italiano. Para mi sorpresa, entendí casi todo lo que en ellos se explicaba, y pocas veces recurrí a algunos italianos natos que aceptaron darme el significado de las palabras que yo no entendía.

A los de Mecanización Integral se nos dijo un día del verano de 1967 que nuestro gerente en funciones se iría de la compañía y que, para reemplazarlo, vendría alguien directamente desde Italia.

En los primeros días de septiembre de 1967 llegó ese alguien, de nombre Gaspare Cinque, un napolitano que en su primera reunión no nosotros nos hizo saber, con ayuda de un intérprete, que no pensaba estar en Venezuela más de dos años, y que tampoco pensaba aprender español, por lo cual nosotros deberíamos aprender italiano si queríamos entendernos con él.

A mis compañeros les molestó mucho esa declaración, que calificaron de arrogancia, pero yo me la tomé como un reto, y, para mi propia sorpresa, pasados quince días estaba yo hablando italiano con Cinque.

Todos en la compañía se quedaron más que boquiabiertos, pero algunos de mis compañeros me acusaron de adulador porque, según dijeron, para ellos estaba claro que yo me había puesto a estudiar italiano desde que, un par de meses antes, me había enterado —vaya usted a saber por dónde— de que pronto tendría por jefe a un italiano.

Tal acusación era falsa, pues nadie me dijo nada sobre el jefe italiano, y, aunque me lo hubieran dicho, el hecho de que el italiano que llegó declarara su negativa a aprender español sorprendió a todos por igual, desde las niveles más bajos hasta los más altos.

Sin embargo, el más sorprendido fui yo, pues aunque al principio atribuí el caso a mis estudios de latín —muy pobres, por cierto— enseguida caí en cuenta de que entre los hispanohablantes ya mencionados había varios que habían estudiado para Cura, y algunos de entre ellos habían permanecido en el Seminario católico durante ocho años, o hasta el día anterior a su ordenación, día en que salieron corriendo. Ésos sí que de verdad habían tenido que estudiar latín, pero aún habiendo estado en Olivetti más años que yo, nunca hablaron italiano ni lo entendieron.

La primera vez que fui a Italia —en un viaje por cuenta de Olivetti, que será objeto de otro artículo—, me sentí muy a gusto en ese país, pero no en el ambiente empresarial de Olivetti, que era de un insoportable culto a la personalidad, sino interactuando con la gente de la calle. Encontraba en eso algo familiar y agradable.

Durante ese viaje, y terminada ya la parte de trabajo, Cinque me dijo que yo tenía que ir a Venecia. Le hice caso e inicié mi viaje saliendo en tren desde la estación principal de Milano, un sábado muy temprano.

En el compartimento que escogí o que me asignaron —ya no recuerdo— iba yo solo, pero en cada estación subía más y más gente hasta que el compartimento se llenó, y en la próxima estación entró a él una viejita que miró buscando asiento y puso expresión muy triste al no ver ninguno disponible. Cuando la pobre iba ya dando media vuelta para, ayudada por su bastón, buscar asiento en otro compartimento, la llamé y le di el mío, que era uno de los más cercanos a la ventanilla. Yo bajé la mesita plegable que había bajo esa ventanilla, y medio me senté en ella, de espaldas al vidrio y tapando casi toda la luz que entraba desde el exterior.

Y desde esa posición continué hablando con los demás pasajeros, pues sabido es que entre italianos no puede esperarse precisamente silencio.

Pasadas algunas estaciones más, cada vez que nos acercábamos a otra, la viejita me preguntaba si íbamos a llegar a Brescia. Yo me limitaba a mirar por la ventanilla, leer el nombre de la estación, y decirle que no, que la próxima no era Brescia.

Como a la tercera vez que me preguntó, al mirar por la ventanilla y no ver ningún nombre todavía, le dije que yo no sabía si la próxima estación sería Brescia, ante lo cual la señora se molestó y en todo airado me dijo que yo no quería ayudarla. Cuando extrañado le pregunté por qué decía eso, su respuesta me sorprendió:

—¡Porque no es posible que siendo tú de Brescia no conozcas las estaciones de tu región!

—Señora, yo no soy de Brescia; yo ni siquiera soy italiano, y ésta es la primera vez que vengo a Italia—, fue mi respuesta.

Y entonces no sólo la viejita sino muchos de los otros pasajeros me llamaron mentiroso, pues para ellos estaba claro que yo no sólo era italiano sino de Brescia pero que, por algún oscuro motivo, quería negarlo, y eso no estaba bien. La presentación de mi pasaporte medio logró convencerlos.

¿Por qué aprendí italiano con tanta facilidad y rapidez?

¿Por qué si, como aducen algunos, lo aprendí por ósmosis —pues “se me pegó” al escucharlo a diario en Olivetti de Venezuela, cosa que ni antes ni después le ocurrió en esa compañía a nadie más, al menos hasta que me fui de ella— tuve que adoptar el acento de Brescia si, como averigüé después, entre los italianos de esa Olivetti no había ninguno de Brescia, y sé ciertamente que no era de Brescia ninguno de los que trabajaron cerca de mi?

¿Por qué a la primera me gustó la Italia popular, algo que no me ha ocurrido con ningún otro país?

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Comentarios

Comment from Leonardo Masina
Time 18/02/2009

Estamos empatados, Carlos.

Salvador Covelo, en una reunión de departamento en mis comienzos en IBM, me preguntó: “¿De qué lugar de Castilla eres?”. “Yo soy vallisoletano; de Valladolid”.

Te recuerdo que yo llegué a Venezuela en 1957 pero me volví a Italia a estudiar en 1960, hasta volver definitivamente a finales de 1968, entrando en IBM en enero de 1969.

Luego de que llegué a España en 1984, todavía no he logrado encontrar la persona que adivine de dónde soy. Inicialmente me decían que era canario —posiblemente mi influencia venezolana—, luego me empezaron a trasladar a Andalucía y algunos a Galicia. Como tú, tengo que enseñar mi documentación para demostrar que soy italiano.

Lo del idioma debe de ser una facilidad o don que tiene uno de nacimiento. Yo, por la época en que estudié, como segundo idioma tenía el francés. Cuando entré en IBM, los idiomas que yo sabía no me servían para nada, porque todo estaba en inglés.

Como al año —junto con Roberto Alibardi, un compañero de trabajo—, nos metimos a estudiar en el English Lab, que estaba en El Rosal, y ahí estaban, en nuestro grupo, justamente la señora de Covelo y una muchacha llamada María Gracia. Por trabajo (casi siempre de viaje) y, porque a mi me ladillaba esa manera de aprendizaje, abandoné las clases dejando al pobre Roberto solo, que todavía ahora, luego de casi 40 años, me reprocha haberlo abandonado y dejarlo solo con María Gracia, con la cual lleva unos 37-38 años felizmente casado.

Para terminar el cuento, ese verano decidí ir a aprender inglés por mi cuenta y me fui a pasar unas vacaciones en Londres, y visto que en la calle sólo podía aprender paquistaní, hindú, portugués y otros idiomas, un día me fui a una oficina de IBM y les expliqué que yo era técnico en IBM de Venezuela y quería aprender inglés. Estuve casi un mes trabajando con ellos, y parece que les fui de tanta ayuda que querían pagarme los gastos de estadía y pedirle a IBM de Venezuela que me dejase un par de meses más.

A la vuelta a Venezuela surgió la oportunidad de ir a Los Ángeles a estudiar la /370-125, y el más indicado por background era yo, pero, según la gerencia, yo no tenía el suficiente nivel de inglés, Uwe, mi jefe, dijo que yo estaba capacitado, y apostó por mí.

En febrero de 1973 me fui a Los Ángeles, primero a hacer un montón de cursos “prerrequisitos” en FIS, que era un terminal, como una máquina de escribir, al que te conectabas a la espantosa velocidad era de 2.400 bps, y te daba el plan de estudio. Tenías que leerte los manuales y luego te reconectabas para que te hiciese los tests, y si aprobabas, pasabas al siguiente nivel y/o curso, y así estuve como 3 meses, y en los horarios más disparatados, ya que durante el día ese terminal lo utilizaban para funciones administrativas y a mí me lo dejaban por las noches y los fines de semana.

Tengo que reconocer que jugué con trampa y ventaja, ya que aprendí cómo saber por adelantado cuál era el plan de estudio, y lo imprimía. Luego me lo estudiaba en el hotel, con calma, y luego me conectaba sólo para hacer los tests. El resultado que obtuve fue “overstanding” ya que, según el terminal, como estuve conectado muy poco tiempo, yo debía ser un genio, pues lo normal era que a cada estudiante le asignaran 1 ó 2 horas de terminal para estudiar un tema y hacer luego el test, y yo a los 10 minutos ya estaba haciendo el test,… porque me lo traía bien preparado.

Reconozco que mi esfuerzo en esa primera parte del curso fue más de aprender y practicar inglés que los malditos FIS de “prerrequisito”, como el DOS y otros utilities.

Como yo estaba hospedado en el Airport Marina Hotel, un hotel de más de 1.000 habitaciones que estaba al lado del aeropuerto y en el que se hospedaban la mayoría de las asistentes de vuelo de casi todas las líneas aéreas, yo, que entonces estaba soltero, despreocupado y con muchísimos años menos…. pues tuve la oportunidad de practicar mucho la “lengua”.

Luego de ese viaje, tuve muchísimos más a USA, hasta que en 1983 me fui por año y medio a Endicott. Yo estaba junto al grupo de españoles, pero también había un grupo de brasileños e italianos que tenían locos loco a los americanos, que me preguntaban por qué a mí me entendían cuando les hablaba, mientras que a todos los demás no. Decían que yo hablaba con acento de New England.

Para que veas que lo del idioma es un don y, por más que uno se esfuerce a estudiarlo, si no le entra, siempre predominará su acento originario.

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4. La lengua francesa

Ya en en “Sadismo y arrogancia campeando en la ignorancia. Confesión 54 años después” dije que tal vez mi rechazo hacia Moncada sea el responsable de la aversión que desarrollé en contra del idioma francés, pero es el caso que cuando ya en Venezuela me topé con películas habladas en francés —pues las películas que pasaban en Canarias estaban todas dobladas al español o, mejor dicho, al castellano— a los 5 minutos tenía yo dolor de estómago, y más de una vez abandoné la sala porque no soportaba seguir escuchando ese idioma que, por otra parte, entiendo bastante bien en forma escrita.

Se dice que, según un principio de la Gramática Generativa, si fuera posible recluir en un lugar, como una isla desierta, a un grupo de alemanes que no hubieran aprendido a hablar, terminarían “reinventando” el alemán, y lo propio harían un grupo de españoles, franceses, italianos, etc. La idea es que el idioma, la lengua que habla un pueblo, es fiel reflejo de su idiosincrasia.

De ser esto cierto, explicaría por qué no me resultan simpáticos los franceses en general, y por qué ellos me pagan con la misma moneda. Ha sido de lugares públicos de París y de Quebec, ciudades donde se habla francés, de los únicos que hasta ahora me han botado en este mundo por, supuestamente, el “horrible pecado” de no hablar francés pero sí español, inglés e italiano, que fue el orden en que intenté hacerme entender en los dos casos.

Lo del español pareció no importarles, y lo del inglés tampoco, pero el italiano fue tomado como un insulto que causó que, en ambos casos me dijeran, en perfecto inglés y en tono muy alterado, “¡Váyase de aquí!”.

Si bien en El Paso había casi unanimidad en cuanto a que la lengua extranjera que uno debería aprender era el francés, a mí me resultaba repulsiva su fonética oscura y machacona, y por eso, en cuanto tuve oportunidad —que fue al terminar la reválida de quinto año de bachillerato— dejé de lado el francés y opté por el inglés, lo cual fue por muchos calificado de locura por cuanto no había profesores disponibles, pero me las arreglé con sólo libros de texto, que es la peor forma de aprender un idioma, y de ahí que, después de tantos años de lidiar con el inglés, esté yo acusando aún los efectos de haberlo aprendido por libros.

Pero ante la reacción que me causaban las películas habladas en francés, al igual que hice con el rechazo a los embalses, me propuse vencerlo, y desde hace años puedo soportar una película hablada en ese idioma, que sigue sin gustarme.

¿Cuál es la explicación a esta mi aversión al francés si, como ya dije, en El Paso, donde me eduqué, se consideraba que era el idioma extranjero que uno debía estudiar, y si ninguno de los compañeros de estudios que tuve la desarrollaron, y algunos siguieron estudiando francés y lo hablan bien?

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5. Las palmeras “copa de pata larga”, y conclusión

Ya en Venezuela, viendo una vez en TV una película rodada en Los Ángeles (California, USA), apareció en pantalla una toma de toda una avenida llena de esas palmeras muy altas, de tronco delgado, y que rematan en su tope con una especie de capullo que las hace aparecer como una copa con la pata exageradamente larga y un tanto torcida.

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La visión de esas palmeras fue para mí como un golpe directo al estómago. Tanto que me quedé perplejo. ¿Que me han hecho a mí esas benditas palmeras? me pregunté. ¿A quién se le ocurre sentir aversión por un árbol? Pero cada vez que clip_image002aparecían en la pantalla, algo dentro de mí las rechazaba.

Apliqué la misma fórmula que con las películas habladas en francés, y ya tolero las tales palmeras, pero siguen sin gustarme y prefiero no verlas.

El 24/05/1980 fue mi primera visita a la ciudad de Los Ángeles y mi primer encuentro, en vivo y en directo, con las para mí desagradables palmeras que, por cierto, no son nativas de esa ciudad o zona; son del desierto y fueron traídas a Los Ángeles por misioneros católicos. Allí volví a sentir por ellas la misma aversión de la primera vez, aunque sin golpe al estómago.

En Marrackech me topé, en enero de 1995 y también en vivo y en directo, con las tales palmeras, y esta vez en su medio ambiente natural. Mi aversión por ellas, aunque grande, quedó chiquita ante mi aversión hacia el conjunto formado por el francés que allí hablaban, la topografía toda del lugar, la idiosincrasia de su gente, la vestimenta, el ambiente que se respiraba, etc. De allí no me botaron, como si lo hicieron de París y de Quebec, pero sí me engañaron y quisieron robarme, como ya conté en la serie de cinco artículos “Un alfiler en África”.

Si a eso añado la terrible repulsión que me causó el cante jondo que durante el vuelo de Madrid a Casablanca entonaron y bailaron a todo trapo unos moros que iban en grupo, debo deducir, a la luz de mis lecturas sobre reencarnación, que en alguna otra vida fui italiano, o mi lengua nativa fue el italiano con acento de Brescia, y que, en Marruecos, o en un país similar cuyas gentes hablaban francés y gustaban del baile y cante jondo, morí ahogado al ser arrojado a un embalse profundo en el que la superficie del agua estaba muy baja, a mucha distancia del borde del embalse, y no había manera de que yo saliera de allí.

En un libro de Rafael Argullol encontré algo que hice mío y que, ligeramente modificado, lo enmarqué y lo tengo colgado en la pared detrás de la PC con la que lidio muchas horas cada día:

«Siento, aunque esté completamente solo, que hay alguien que me está observando. De pequeño creía que era el ángel de la guarda, y más tarde, cuando las enseñanzas fueron más solemnes, Dios.

Ahora creo que es alguien en cierto modo muy parecido a mí, casi como yo mismo, pero mucho más lúcido porque posee todos los conocimientos, experiencias y progresos que he logrado en cada vida pasada. Alguien que se ríe cuando trato de ignorarlo, negarlo ó engañarlo, y me recuerda que él es el autor de la obra que con su asesoría yo mismo escogí, y que ahora, como actor, estoy representando».

M. Scott Peck dijo en una de sus obras que no aceptaba la idea de la reencarnación porque no podía creer en una teoría que lo explica todo. El día en que leí esa declaración suya perdí buena parte del respeto que por él sentía, pues entre quienes dieron crédito a la reencarnación, o al menos la tomaron en serio, se encuentran personajes como:

• Benjamin Franklyn
• Jack London
• Napoleón Bonaparte
• Mark Twain
• León Tolstoi
• Henry Ford
• Johann Wolfgang von Goethe
• Freidrich Nietzsche
• Mahatma Ghandi
• Ralph Waldo Emerson
• General George S. Patton
• Albert Schweitzer
• Walt Whitman
• William Wordsworth
• Carl Jung
• Henry David Thoreau
• Sócrates
• Voltaire
• Josephus (el más conocido de los historiadores judíos de los tiempos de Cristo)
• Honore de Balzac
• Arthur Schopenhauer
• Paul Gauguin
• George Harrison
• Pitágoras

[*FP}— Mi llegada a la computación y a IBM – Un tributo a quienes influenciaron mi vida. Hechos y anécdotas

30 Junio, 2009 (00:23) | 218 Visitas directas

Al preparar hoy, 01-10-2019, un artículo, que publicaré también y que hoy menciona mi entrada a IBM, quise poner un enlace a éste que sigue y que publiqué el 30-06-2009 pero, para mi consternación, no lo encontré en mi blog. Debo haberlo borrado por error hace ya años.

Gracias a Google logré rescatarlo y lo publico hoy con la fecha original del 30-06-2009.

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C A P Í T U L O S

1.- El comienzo en Olivetti
2.- Primer contacto con IBM
3.- … y escribir un libro, ¡misión cumplida!
4.- Principio del fin con Olivetti
5.- Anécdota. Recomendaciones de Morosini
6.- Anécdota. La maldición de «Cartagenera»
7.- Anécdota. El émulo de Pasteur
8.- Anécdota. Planificación estratégica
9.- Anécdota. Estéfano
10.- Anécdota. Perfumador de ambientes
11.- Anécdota. Tenorio de segunda mano
12.- Anécdota. Un vuelo «puntual y tranquilo»
13.- ¡Por fin, IBM!

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Carlos M. Padrón

En “Mi primer amor 47 años después“ escribí esto:

«Hay hechos en mi vida que, cuando hago retrospectiva, me producen una mezcla de desasosiego, amargura y frustración al caer en cuenta de que nunca más he sabido de las personas que en ellos pasaron por mi existencia pero que, como si de objetos celestes lanzados a gran velocidad se tratara, me rozaron y desviaron mi trayectoria de forma drástica e irreversible. Me parece injusto el no contar con un medio que me permita volver a ver a esas personas, bien sea para darles las gracias o para hacerles saber cómo influyeron en el curso de mi vida».

Para paliar la falta de ese medio en relación con las personas que se cruzaron en mi vida laboral cuando inicié mi camino hacia la computación, publico los artículos de esta serie que son un agradecido y afectuoso recuerdo a algunas de ellas —pongo sus nombres en letra negrilla— que “me rozaron” inmediatamente antes, en, e inmediatamente después de Olivetti, y que, en mayor o menor grado, hicieron en mi vida una simple mella o provocaron grandes cambios de los que tal vez nunca supieron.

Quisiera mencionarlas a todas, pero de muchas no recuerdo sus nombres. Mis disculpas a las que no menciono.

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1.- EL COMIENZO EN OLIVETTI

Según dije en “Reencarnación (3/5): Italia y su lengua” en septiembre de 1962 entré a trabajar en Olivetti de Venezuela, una compañía que para entonces era como lugar de tránsito para emigrantes italianos, españoles y Canarios, que entraban en Olivetti como vendedores de máquinas de escribir y de calcular, mientras encontraban un trabajo mejor.

Porque yo era Contador (Contable) me pusieron en Mecanización Integral, rimbombante título para el departamento encargado de la venta de máquinas que permitían mecanizar —y valga la redundancia— ciertas tareas de la contabilidad de una pequeña empresa.

Mi decisión de entrar en Olivetti se debió a una de esas máquinas, pues cuando como encargado de la correspondencia en inglés (principalmente colocación y gestión de pedidos a proveedores de USA) trabajaba yo en una pequeña compañía de catalanes —segundo de los trabajos que tuve en Venezuela— que no trataba muy bien a sus empleados, un día entró a ella un auditor de nombre Pedro Navarro que duró poco tiempo porque su relación con el dueño, un catalán con el colorido nombre de Floreal, no era buena. Después de que Pedro dejara esa compañía mantuve contacto con él por algún tiempo.

Llegó después otro auditor, creo que gallego, de apellido Álvarez y no mayor de 30 años, y a poco que comenzaron las desavenencias, que eran de esperarse, entre él y Floreal, el gallego decidió renunciar y volver a Olivetti, de donde había venido.

Unos días antes de marcharse se me acercó y me dijo: “No aguanto más aquí. Regreso a Olivetti y te pido por favor que vengas conmigo, pues aquí no tienes futuro alguno”.

La oferta, que se repitió dos veces más, me sorprendió porque Álvarez sólo había estado en contacto conmigo por alrededor de un mes, su trabajo no guardaba relación directa con el mío, y él no tenía hacia mí ningún tipo de obligación moral que motivara ese gesto.

Por no contrariar su amabilidad, y también porque era cierto que no había futuro para mí en aquella pequeña compañía de venta de publicidad impresa en artículos como bolígrafos, llaveros etc., le dije a Álvarez que sí iría con él a una entrevista de trabajo en Olivetti.

Álvarez se encargó de hacer los contactos para conseguirme esa entrevista, y los hizo con José Cerezo, gerente de ese departamento de Mecanización Integral —quien resultó ser también Canario, como yo— porque, según me dijo luego, lo de Mecanización Integral era lo indicado para mí por lo de Contador y porque me defendía bien en inglés.

Mientras yo esperaba para entrevistarme con Cerezo, vi cómo una máquina de color verde y negro, mucho mayor que la mayor de las calculadoras por mi conocidas, imprimía sola asientos contables sobre un cartón preformateado con el diseño propio de una hoja de libro Diario. ¿Una máquina haciendo sola, sin intervención humana, asientos contables? Eso me fascinó, y así lo dije en la entrevista en la que fui aceptado.

Esto marcó el inicio de mi camino hacia la computación, que debo al interés que en mí puso ese señor de apellido Álvarez,… cuyo nombre no recuerdo, a quien nunca más he visto y cuyo paradero desconozco. Algo que, cuando menos, me parece, lamentable.

Renuncié a la compañía de los catalanes, y en septiembre de 1962 entré a trabajar en Olivetti de Venezuela como vendedor de Mecanización Integral, primer trabajo de ventas que tuve en mi vida.

Bajo el despótico mando de Floreal quedaron los hermanos Mesa, Canarios, de La Gomera, de quienes nunca tuve más noticias, y un señor catalán, ya mayor, republicano convicto y confeso, siempre malhumorado y siempre gruñón, cuyo apellido era Mollet, si mal no recuerdo.

La máquina que me había fascinado era una de la línea llamada Audit. Trabajaba en base a un programa que, una vez escrito por el Programador sobre una gran hoja formateada al efecto, que recibía el nombre de Módulo, era realizado por alguien llamado Instalador que se encargaba de, siguiendo lo indicado en el módulo, atornillar en placas metálicas los ‘tenones’ —del italiano tenoni—, que eran unos pequeños trozos, también metálicos, delgados y de color negro, de largos que variaban entre 0.5 hasta 2 cm.

Las placas eran colocadas luego, siempre según lo indicado en el módulo, en algunas de las 64 ranuras que al efecto tenía una larga y pesada barra metálica que, una vez completa en referencia al módulo, se montaba y atornillaba en el carro de la Audit, un carro que, con bastante ruido, se desplazaba como el de una máquina de escribir mecánica, y que tenía con relación a la Audit, bien fueran numéricas o  alfanuméricas, la misma ubicación que con respecto a la máquina de escribir mecánica tiene su propio carro.

clip_image002(Arturo Fernández).

Si bien en Olivetti de Venezuela había entonces un par de vendedores de Mecanización Integral, y todos en Caracas (como el gallego Arturo Fernández, el más veterano, con quien, con el tiempo, hice una buena amistad), había una sola persona que de verdad sabía programar las Audit, y que por ello dedicaba a eso casi todo su tiempo. Se llamaba Adolfo De Angelis y estaba muy orgulloso de su trabajo, pero también muy celoso de él, por lo cual, y a pesar de que a mí, y a tres más que entraron a Olivetti conmigo —entre ellos Aldo Taconi— nos dio un curso de programación, no le gustó la idea de darnos ulteriores explicaciones que pudieran capacitarnos más de lo que él consideraba conveniente para su tranquilidad, así que, a fin de poder aprender más al respecto, solicité literatura, y mi jefe me dio unos manuales de programación escritos en italiano.

De esa forma aprendí a programar, sin ayuda, las Audit que lograra yo vender visitando cada semana, si es que me recibían, casi una decena de pequeñas empresas a las que les planteaba las ventajas de mecanizar su contabilidad.

Para convencer al potencial cliente, Olivetti aceptaba instalarle en demostración una Audit programada con el trabajo que, de entre los que la máquina pudiera hacer, el cliente escogiera. Lograr que la Audit hiciera ese trabajo era labor de Adolfo, pero como ya él no era el único que sabía programar, yo me encargué de hacerlo en las Audit por mí enviadas en demostración, y eventualmente vendidas luego, y así, en el rol de vendedor y programador, debía yo escribir el programa (hacer el módulo), dárselo a un instalador para que lo llevara a la práctica, comprobar que funcionara, corregir eventuales fallas hasta dejarlo listo, entrenar al instalador en su manejo, y encargarme entonces de que la máquina fuera instalada en las oficinas del potencial cliente, de que el instalador entrenara en su manejo a una o dos personas de ese cliente, a quien yo debía visitar casi a diario para saber su opinión sobre el trabajo que la máquina hacía, y efectuar luego las modificaciones que el cliente pidiera, si eran algo que la máquina pudiera hacer.

Así conseguí no sólo autonomía —pues a diferencia de los otros vendedores no tenía yo que recurrir a Adolfo para asuntos de programación— sino también buena reputación porque llegué a programar más rápido que él y hasta a hacer programas que, según él, no podían hacerse, lo cual dio lugar a que me viera como un competidor suyo.

Un día falló el programa de una de las Audit instaladas en una fábrica de colchones. Esas fallas se debían las más de las veces a que un tenón se había caído, y la manera de detectarlas era ver en qué operación fallaba la máquina, ubicar ésta sobre el correspondiente módulo (el programa), desmontar luego la barra, ubicar en la barra la placa metálica a la que correspondía esa operación, sacar la placa, atornillar a ella el tenón faltante, reinsertarla en la ranura que le correspondía, y montar de nuevo la barra en el carro de la Audit.

Como ese programa lo había hecho Adolfo, lo enviaron de urgencia a la fábrica de colchones. Él comenzó a hacer todas las operaciones descritas, pero al colocar sobre una mesa la barra que fallaba, y extender al lado su módulo para comenzar el debido análisis, Adolfo quiso encender un cigarrillo porque, como fumador empedernido que era, decía que no podía pensar si no fumaba.

Apenas el gerente de Contabilidad vio lo que Adolfo se proponía hacer, puso el grito en el cielo y le dijo que allí, en aquella fábrica, nadie podía fumar; estaba totalmente prohibido. Ante eso, y realmente contrariado, Adolfo respondió que entonces él, lamentándolo mucho, no podía hacer el trabajo y, bastante molesto e incómodo, regresó a Olivetti.

Para cuando llegó a las oficinas, ya la gerencia de la fábrica de colchones había llamado a Cerezo, y éste, preocupado por el riesgo de perder al cliente, le pidió a Adolfo que le entregara el módulo de la máquina que presentaba la falla. Cerezo me lo dio y me mandó a la fábrica de colchones a arreglar el problema, cosa que hice en poco tiempo por cuanto la falla era del tipo de la ya descrita como frecuente.

clip_image003(Con Margarito en Valencia)

Eso elevó mis “acciones” dentro de Olivetti, y teniendo yo entonces la libertad del soltero, en abril de 1963 me dieron una especie de gerencia de Mecanización Integral responsable del interior del país y de ciertas áreas de Caracas, y como tendría que viajar mucho al interior pero no tenía carro (coche), Olivetti me financió la compra del primero que tuve en mi vida: un Fiat 1100-D, de los primeros ensamblados en la planta Fiat de La Victoria (Edo. Aragua, Venezuela), que me entregaron el 03/05/1963 en la Esq. Urapal (La Candelaria) y me fui manejándolo hasta la Pensión Caribe, cerca de la Plaza La Estrella (San Bernardino) donde entonces yo vivía, al igual que Blas Martínez, que también trabajó en Olivetti, y Pedro González y su esposa Maruca, de origen asturiano, quien atendía de maravilla esa pensión.

A ese carro lo bauticé Margarito, y al día siguiente me fui manejándolo hasta Valencia., lo cual fe una temeridad, pero a la edad que entonces yo tenía, e incluso hasta un par de años más, uno comete muchas,…  como casarse.

Casi todos los meses tenía yo que viajar una o más veces a Maracay (gerente Lino Belletini), Valencia (gerente Muñoz), Maracaibo (donde me entendí casi siempre con Sergio Marinucci), y Oriente (donde me entendía con Camilo Stenta y Germán Liberal que daban  asistencia técnica a Puerto La Cruz, Barcelona, Cumaná y Carúpano, y donde el gerente era José González, un madrileño más conocido como “Pepe El Enterao”, pues presumía de saber de todo).

Estos gerentes reportaban a Franco Cascadán, excelente persona que hasta poco después de mi entrada a Olivetti reportaba al gerente general, un italiano que se hacía llamar Comendador Calderoni y que fue reemplazado en ese cargo por el Ing° Alberto Bergamini.

En algunos de mis viajes a Puerto La Cruz se accidentó Margarito, y el paisano Antonio Rocha González, amigo y coetáneo de mis hermanos Raúl y Tomás, me prestó dinero para las reparaciones. Son favores que no se olvidan.

A mi disposición pusieron a algunos vendedores del interior (como Piero Morosini, en Maracaibo y Los Andes, y Esteban Pérez de Obanos, en Maracay y Valencia) a quienes yo tenía que entrenar, y a un grupo de instaladores (Ciro Hernández, Pacheco y Lizardi) que a veces se pasaban semanas en esas ciudades enseñando a los operadores designados por los clientes el manejo de las Audit que mis vendedores habían logrado vender, aunque no programar, pues por más cursos que les di no hubo forma de que alcanzaran autonomía en la programación, por lo cual era yo quien tenía que hacerlas casi todas.

clip_image004(De izq. a derecha: José González, Franco Cascadán, Manolo Suárez, y Carlos M. Padrón)

Me tomé a pecho ese trabajo, que me gustaba, y logré lo que en Olivetti de Venezuela y las del resto de América Latina se consideraba un imposible: un programa que además de llevar el Diario y el Mayor, hacía un Balance General. El tal programa ocupaba las 64 ranuras de la barra, y ésta adquiría un peso tal —pues quienes diseñaron las Audit no pensaron que pudiera hacerse un programa que requiriera 64 placas casi todas llenas de tenones— que cuando se desplazaba totalmente hacia el extremo izquierdo o el derecho, hacía que la máquina cayera hacia ese lado. Pero el jefe del Departamento Técnico de Olivetti de Venezuela, el bueno y muy competente Luciano Conti, diseñó, con Giancarlo Malagola, un soporte especial que evitó que esa caída ocurriera.

clip_image005(De izq. a derecha: Muñoz, el gerente de Olivetti en Valencia, y Carlos M. Padrón)

Con ese programa logré aumentar mucho las ventas, y se hizo tan popular que las más de ellas eran con lo que dio en llamarse el “Programa Padrón”, ya que, al menos en materia de Contabilidad, el cliente no podía pedirle más a esa máquina, pues eso era lo máximo que la Audit podía dar.

Como muy bien soporte a esas ventas contábamos con un grupo de operadores profesionales que a medida que adquirían experiencia en el manejo de los diferentes programas, se iban a trabajar, siempre en la operación de las Audit, en otro lugar donde les pagaran más.

De este grupo, la mejor —en todos los sentidos— era Luisa Pla, una muchacha de origen catalán que con sobrados méritos pertenecía al tipo de mujeres de las que, por lo buenas que están, se dice que “paran el tráfico”. Para más méritos, era inteligente, desinhibida y simpática. Cada vez que venía a Olivetti, para que la recomendáramos para un trabajo mejor pagado, nos alborotaba a todos.

La última vez que la vi fue en D’Ambrossio Hermanos donde trabajaba operando una Audit, y ya no era la que había sido. Me dijo que se había casado con un francés. ¡Qué mal gusto! pensé.

2.- PRIMER CONTACTO CON IBM

En 1965 llegaron a Venezuela los modelos de Audit que perforaban cinta de papel, y con ellas quedaron atrás para mí las tareas tediosas que tuve que hacer al comienzo de mi relación con las Audit convencionales, como la que me llevó a pasar meses en el mercado de Quinta Crespo cargando en una Audit los asientos contables de todo un año de una empresa llamada Frutas San Martín cuyas oficinas estaban al borde de una quebrada llena de ratas que por su tamaño más bien parecían gatos. Y, para colmo, las dos damas que el dueño había destinado a operar esa máquina no terminaban nunca de aprender su tarea.

Fue ahí donde descubrí que mi gusto por enseñar se venía abajo cuando daba con alguien del género torpe que, además, ni aceptaba que lo era ni ponía empeño extra en aprender para tratar de superar su torpeza.

A inicios de 1966 y compitiendo con IBM de Venezuela, vendí al entonces Banco Francés e italiano (BFI) —siendo su gerente general Joaquín Bellone, Banco que fue luego Banco Latino y que desapareció, como tantos otros, durante la crisis financiera de 1994—  suficientes de esas nuevas máquinas Audit numéricas como para mecanizar las cuentas corrientes (en base a tarjetón) y las de Ahorro (en base a libretas), de las oficinas más importantes de todo el país.

clip_image006(Una Audit 413. Se ve en mal estado pero es la única foto que de las Audit pude conseguir)

Usando transportes de valores, esas oficinas enviarían cada noche al centro de cómputo del Banco, en Caracas, el rollo o los rollos (uno por máquina) de cinta perforada que contenía las operaciones del día, y que sería leído por una máquina especializada conectada a la IBM-1401. Así, a la mañana siguiente estarían actualizadas a nivel nacional las cuentas corrientes y de ahorro del Banco.

Eso requirió que IBM —que era el proveedor de computación del BFI, usuario no sólo de la IBM-1401 con varios periféricos sino de muchas otras máquinas IBM como las perfoverificadoras de tarjeta— trajera al país, por petición expresa del Banco, una máquina lectora de cinta de papel llamada 3903 que se usaba ya en Europa, donde Olivetti dominaba un gran sector del mercado, para leer la cinta de papel Olivetti que, a diferencia de las cintas usadas en USA, tenía huecos cuadrados y no redondos.

Con esa venta que a inicios de 1966 le gané a IBM, me gané también la necesidad de viajar aún más por todo el país acompañado de Rafael Masiello y Luis Guirado, ejecutivos del BFI, para instalar y dejar funcionando las Audit en todas y cada una de las oficinas en las que ellos mismos decidieron que debían instalarse. Era un proceso que podía tomar entre tres a cinco días por oficina, y que en su mayor parte había que llevar a cabo de noche.

Para entonces ya tenía yo mi tercer carro: un Ford Fairlane 500 Custom Año 1966. El segundo fue también uno de la misma marca, modelo y año pero que quedó destrozado, con sólo 458 Km. de recorrido, cuando el sábado 16/04/1966 a las 02:00 pm estando yo parado esperando el cambio de luz en un semáforo de la Avenida Victoria, en Caracas, de una calle transversal apareció a mil por hora un vehículo, del que sólo escuché el chirrido de cauchos, que se estrelló contra la esquina delantera izquierda de mi carro, dejándolo inservible, y a mí con varias contusiones, el codo izquierdo seriamente lesionado, y una costilla rota.

clip_image007(Así quedó mi Farilane 500 Custom 1966)

Del carro chocado me sacó, entre otros viandantes, uno de los hermanos García Vivas (ambos empleados de Olivetti) que en el momento del choque pasaba por el lugar del accidente, se acercó y me reconoció.

A pesar de mis heridas visibles, mi brazo izquierdo inservible, y mi costilla rota, me llevaron detenido a un retén de San José. Y a pesar de que en horas del atardecer de ese sábado el conductor del otro carro fue al retén acompañado de su padre, un coronel del ejército, y declaró que yo no tenía culpa alguna en lo ocurrido, no me dejaron salir.

Ante las protestas de otros allí recluidos, hombres ya mayores que notaron cuán mal estaba yo, los del retén dejaron entrar al médico que mi hermano Raúl y mi entonces mujer, que estaban afuera, mandaron a llamar y que diagnosticó lo de la costilla rota y me vendó todo el pecho de forma tan apretada que apenas podía yo respirar. Su recomendación fue que había que llevarme a un hospital, pero los del retén se negaron de plano a dejarme salir; sólo aceptaron que el médico me diera analgésicos. Claro, yo no sólo era musiú sino que no podía ocultarlo, pues aunque lo de muy catire (rubio) y lo de ojos claros podría pasar, mi aspecto físico y mi forma de hablar me delataban.

El lunes 18/04 en la mañana me llevaron a la inspectoría de Las Piedras a que rindiera declaración, y cuando ya me sacaban para enviarme de regreso a San José, llegó una llamada telefónica del despacho de Víctor Jiménez Landínez, un conocido de mi hermano Raúl y ministro en ejercicio para el momento, y los fiscales de tránsito, que casi a empellones me estaban metiendo ya en su carro-patrulla, tuvieron que dejarme en libertad.

De ahí me llevó mi hermano directamente a la clínica Sanatrix en la que permanecí hospitalizado por varios días.

Con el dinero cobrado del Seguro, que aceptó la pérdida total de mi carro, y algo más que puse yo, el 15/05/1966 compré el otro Ford Fairlane 500 Año 1966 que mantuve hasta finales de 1977 y que estrené en un viaje Caracas-Maracaibo para atender instalaciones del BFI en esa ciudad y en otras vecinas, como Lagunillas, Cabimas, etc.

El lograr conectar exitosamente la IBM-3903 con la IBM-1401 fue un largo y arduo trabajo en el que debimos participar personal de Olivetti, personal del Banco —con Claudito Santilli, entonces Gerente DP (Data Processing), a la cabeza— y personal técnico de IBM entre el que se encontraban Rogelio Edreira y Fernando Frías, además de algunos otros, como Fernando Ortas, Luis Somoza y Antonio Lalaguna, que venían al BFI a atender otras máquinas IBM.

Fue en ese trabajo en el que vislumbré qué era IBM, cómo era, qué clase de personal tenía, y lo que de esa compañía opinaban los varios IBMistas, como los mencionados, con los que traté en el Banco. Y me dije que yo tenía que entrar en IBM a como diera lugar.

A finales de 1966 volví a ganarle otro negocio a IBM de Venezuela con la venta a CANTV (Compañía Anónima Nacional Teléfonos de Venezuela) de todo un lote de máquinas Audit numéricas y con cinta perforada para mecanizar cierto trabajo administrativo en las centrales telefónicas de las principales ciudades del país, y otra vez tuve que volver a viajar por media Venezuela instalando esas máquinas.

El beneficio adicional que de esto obtuve fue que en mi casa me instalaran un teléfono —el primero que tuve en mi vida— pues de plano le dije a CANTV —concretamente a Roberto Ferrero, Gerente de DP de esa empresa— que yo no iría a ese safari por el interior de Venezuela, que implicaba cada vez una semana alejado de mi casa, si no le dejaba a mi mujer un medio para llamarla, o sea, un teléfono. Dos días después de mi planteamiento tuve instalado el teléfono que había estado yo pidiendo infructuosamente por años.

Y durante 1967, y con la ayuda de Arturo Pigozzo, para entonces gerente del Sector Gobierno de Olivetti, le habría ganado también a IBM los negocios del INH (Instituto Nacional de Hipódromos) e IVSS (Instituto Venezolano de los Seguros Sociales), pero esos negocios no se dieron por motivos políticos, pues ambas entidades eran del Gobierno.

Fue Pigozzo el primer compañero de Olivetti que me aconsejó que me fuera a trabajar a IBM, compañía en la que ya estaba Sergio Grigoletti, hijo de un conocido suyo, y que le había hablado muy bien de ella.

La negociación del INH me llevó por primera vez, el 08/05/1967, a una oficina de IBM, la situada en la esquina de Urapal (Av. Urdaneta, Caracas), y el ver el ambiente allí reinante y hablar con los analistas de sistemas aumentó mis deseos de entrar a esa compañía. Hablé al respecto con Claudio Santilli y él me consiguió cita para presentar el examen que IBM hacía pasar a todos los aspirantes, y que en los medios locales de computación de entonces se consideraba muy difícil.

A finales de mayo de 1967 fui a las oficinas de IBM en la Av. Francisco de Miranda, Edf. 360, y la Sra. Rebeca Perli, quien trabajaba en el Dpto. de Personal, entonces gerenciado por Humberto Ribadeneira, me atendió y supervisó mi presentación del citado examen.

Un par de días después me llamó a mi casa y me dijo que yo había aprobado el examen y que eventualmente me contactarían cuando se presentara la necesidad de contratar personal.

***

Después de las Audit llegó la Mercator, que incorporaba capacidad de cálculo (multiplicación y división) y podía llevar, entre otras aplicaciones, facturación e inventario. Por supuesto, cayó en mis manos.

La programación de ésa la aprendí por la misma vía que la de las Audit, pero los cursos que de la Mercator impartí a los vendedores de mi equipo lograron en ellos menos resultados que los de las otras máquinas, pues la programación era más difícil, así que del mercadeo de la Mercator me tocó mayor proporción que del de las Audit.

La primera que vendí fue a Laboratorios Palenzona, en La Trinidad, lugar al que se llegaba entonces por la vieja carretera de Baruta porque aún no estaba hecha la autopista de Prados del Este ni tampoco, por supuesto, la extensión hacia La Trinidad, con sus túneles.

Y recuerdo claramente que al dejar la carretera de Baruta y tomar el desvío que a la derecha desciende hacia La Trinidad, cuando por fin avisté desde lo alto aquel lugar que nunca antes había yo visto, y que con su aspecto bucólico y su cielo tan limpio lucía tan lejos de Caracas aún estando tan cerca, me dije que me gustaría vivir ahí. Muy lejos estuve de imaginar siquiera que nueve años más tarde compraría yo en La Trinidad la casa en la que todavía vivo, aunque ya el lugar no es bucólico ni tiene un límpido cielo.

Luego de que Don Armando Palenzona —que era, de los varios hermanos Palenzona, el que trataba conmigo— se reuniera con el Ing° Alberto Bergamini, entonces presidente de Olivetti de Venezuela, éste me llamó a su despacho y, a los elogios que por su medio me había hecho llegar don Armando, añadió, como comentario propio, que yo debí ser ingeniero. Nunca entendí por qué, pero lo tomé como un piropo.

Trabajando en Palenzona hice contacto con dos empleados de Arthur Andersen. A uno, que creo que era el gerente para Venezuela, lo llamaban “Mocho Johnson”; el otro era un muchacho español de apellido Argumosa. Vi de cerca el trabajo de consultoría que hacían, y creo que desde entonces desarrollé aversión hacia esa actividad, y tal vez por eso no progresó el tanteo que ellos hicieron, el día que me invitaron a sus oficinas, para explorar la posibilidad de que yo fuera a trabajar a Arthur Andersen.

***

De la época de las Audit tengo uno de los más gratos y satisfactorios recuerdos de mi vida laboral: el de la cantidad de personas a las que capacité en el manejo de esas máquina y que, gracias a eso, o consiguieron trabajo o mejoraron el que tenían. Algunas de ellas, agradecidas, no perdían oportunidad de recordarme lo que yo había hecho por ellas; otras, como siempre ocurre, apenas me saludaban.

Entre las primeras estaba un joven de apellido Mata que trabajaba en la agencia (Ag.) San Martín del BFI. Su trabajo en esa agencia era realmente de bajo nivel; creo recordar que hacía tareas de mensajería. Pero tanto le rogó al gerente de la agencia que éste, al fin, y tal vez por sacárselo de encima, lo mandó a recibir el curso que acerca del manejo del programa de las Audit del Banco dictaba yo.

Las entendederas de Mata podrían haber sido mejores, ¡pero qué aplicación y voluntad tenía! Fueron esas cualidades las que me llevaron a dedicarle el tiempo extra necesario hasta que aprendió a manejar las funciones normales del tal programa. Y digo normales porque, de las 4 existentes, había una, que llamábamos la 3, que servía para corregir los errores cometidos en las otras.

Terminado el curso, Mata comenzó su trabajo como operador en la Ag. San Martín.

Como subproducto de la información que daba la cinta perforada, Santilli llevaba una estadística de los errores que se cometían en cada máquina, y un día me hizo notar, extrañado, que en la Ag. San Martín no se habían cometido errores. Seguimos la pista por varios días más y, efectivamente, en la única Audit que en esa agencia había y que era operada por Mata no se cometían errores, cosa que no ocurría en ninguna de las otras Audit de la muchas agencias del país.

Intrigado, me fui a hablar con Mata y le pregunté al respecto. No puedo decir que enrojeció porque su piel era tan oscura que el rojo no se notaba, pero sí se le humedecieron los ojos y, con voz entrecortada por el miedo, me respondió con una excelente aplicación de que mejor que limpiar es no ensuciar:

—Señor Padrón, es que como yo nunca aprendí la opción 3 del programa, decidí no equivocarme para no tener que corregir.

Fue mi turno de ojos humedecidos porque imaginé cuán agotado terminaría Mata su jornada de trabajo, agobiado por el exceso de concentración que ponía en lo que hacía. De hecho, el gerente de la agencia me dijo que mientras Mata estaba operando la Audit, ni hablaba ni respondía si alguien se dirigía a él. Tal vez, pensé, es que se concentra tanto que, de verdad, ni siquiera escucha.

***oOo***

3.- … Y ESCRIBIR UN LIBRO, ¡MISIÓN CUMPLIDA!

clip_image008(De izq. a derecha.- De pie: Aldo Taconi, ¿?, José Montisci, y Michele Sortino.- En cuclillas: Antonio García Cabrera, Francisco González, Carlos Regalado, Bruno Togni, y ¿?).

El año 1966 fue tal vez el que más actividad social me deparó en Olivetti. Varios muchachos, y algunos que ya no lo eran tanto, armaron un equipo de fútbol que disputaba partidos en los campos del Club Germania, en La Trinidad, donde hoy está el Edf. Procter & Gamble. De esos tiempos fue esta foto que firmó para mí cada uno de los que en ella aparecen. Sin embargo, lamentablemente no recuerdo el nombre de dos de ellos.

clip_image009(Divisumma 24).

De éstos, que en su mayor parte eran vendedores de máquinas de calcular, como la famosa Divisumma, recuerdo en especial que Aldo Taconi entró a Olvetti casi al mismo tiempo que yo, e hicimos juntos el curso de las Audit que dictó Adolfo De Angelis; que a Michele Sortino lo vi por última vez a mediados de los años 70, cuando trabajaba en Kienzle, y que su hermano, Sebastiano Sortino, que también trabajó en Olivetti, se metió a actor de telenovelas; y que a Francisco González le pusieron el cariñoso mote de “Cabión, coño de madie” porque no podía pronunciar las ‘r’ precedidas de consonante, y le gritaba eso a quien él quería ofender.

***

A comienzos de 1967 el entonces presidente de Olivetti de Venezuela, Ing° Claudio Crusizio, sucesor de Bergamini, me entregó un manual, escrito en italiano, que describía una máquina programable, llamada Programma 101, e indicaba cómo programarla.

Aquello me enganchó de inmediato, pues se trataba de un equipo, menor en tamaño que las Audit, que por vía de su teclado aceptaba instrucciones que luego, a través de la misma máquina podían grabarse en una tarjeta magnética del tamaño de las de cartulina destinadas a perforación. Cada una de esas tarjetas magnéticas podía albergar hasta 120 instrucciones, y cuando la máquina la leía cargaba en memoria el programa contenido en la tarjeta e iba pidiendo las variables hasta que, apenas ingresada la última, comenzaba a calcular y arrojaba impreso el resultado.

clip_image011(Programma 101)

Toda una novedad para la época, pero Olivetti no supo entender —tal vez porque esa máquina la había diseñado, según se decía, un ingeniero de la familia Olivetti que por supuestamente loco permanecía recluido— que la Programma 101 era una precursora de las actuales computadoras personales.

El caso es que por petición de Crusizio me encargué de la Programma 101, y en ella y para ella programé, entre otras muchas otras aplicaciones, cálculo de estructuras, tablas de amortización de hipotecas, y poligonales.

Guido Arnone, quien por años fue contralor de la Olivetti de Venezuela, se había ido a trabajar con un tal D’Alessandro (no recuerdo su nombre), concesionario Olivetti para República Dominicana, y, por sugerencia de Arnone, el 10/04/1967 se presentó en Caracas el Sr. D’Alessandro, me invitó a almorzar y me ofreció trabajo en su empresa en Dominicana. La oferta no fue por la Programma 101, que para entonces creo que no había llegado aún a ese país, sino por el Programa Padrón de las Audit convencionales que, según me dijo, podría venderse allá como pan caliente.

Pero no, yo no estaba interesado en irme a vivir y trabajar en Dominicana, y amablemente rechacé la propuesta.

Como Olivetti había comprado la compañía useña Underwood, la Olivetti de USA escribió en inglés unos manuales para programación de la Programma 101. Cuando llegaron a mis manos caí en cuenta de que su contenido en cuanto a recursos de programación no era exactamente igual al de los que yo había recibido antes, escritos en italiano, y de que ninguno de los cinco contenía ciertos usos y trucos de programación que yo había descubierto mientras lidiaba con la máquina para lograr que hiciera lo que algunos ingenieros, que eran quienes más la apreciaban, me habían pedido.

clip_image013

(La página número 19 del manual es una de las tantas que tiene pie, en letra pequeña, y símbolos que hice a mano, como el de raíz cuadrada y las flechas verticales de doble cabeza)

En suma, ninguno de esos manuales estaba completo, y siendo más promocionales que didácticos, habían sido escritos de forma bastante críptica y superficial.

Ante esto, y usando una máquina de escribir Olivetti mecánica y portátil; dibujando a mano figuras y símbolos que esa máquina no tenía; y escribiendo en otras máquinas, y en caracteres más pequeños, las notas de pie de página que luego recortaba y pegaba en la página correspondiente del original, escribí en español un manual, de 105 páginas, con todo lo que sobre la Programma 101 había yo aprendido a través de los tres manuales en inglés y los dos en italiano, pero, sobre todo, con lo que había aprendido operando día tras día la máquina y haciendo pruebas con ella.

Cuando lo terminé, trabajando en mi casa hasta altas horas de la noche y los fines de semana (fue tan agotador el esfuerzo que me enfermé de ántrax), le hice dos copias que encuaderné usando una especie de machihembrado de aluminio muy común en la época, y las tapas de una las forré con papel contact; ésa fue la destinada a mi uso para dictar los cursos de la Programma 101, y su carátula se ve en el lado izquerdo de esta foto;

La otra copia del manual se la llevé a Crusizio quien, después de escuchar de mí la explicación de su contenido, la recibió con visible escepticismo y me dijo que la enviaría a Ivrea —ciudad del norte de Italia donde estaba, y supongo que aún está, el cuartel general (o HQ = Headquarters) de Olivetti— para que evaluaran mi trabajo.

Los originales los guardé en hojas sueltas para fotocopiarlas y ensamblar manuales para los clientes. Creo que hice más de 100 juegos de copias.

Habiendo dejado en manos de otros las Audit —aunque no así las Mercator— por cuanto el trabajo de programarlas requería ya poco de mí, me dediqué a, usando mi libro, enseñar Programma 101 a algunos de mis vendedores, como Lewis Hernández, ingeniero de profesión, y concentrarme en la venta de esas máquinas entregando copias de mi libro a los ingenieros que las compraban, y usándolo como base para impartirles los correspondientes cursos. Dos de estos ingenieros, Calzadilla y Sanánez, me ayudaron mucho con excelentes sugerencias y recomendaciones para otras ventas.

El 17-04-1967 José Cerezo dejó Olivetti de Venezuela, y Crusizio me pidió que me encargara provisionalmente de esa posición mientras llegaba de Italia la persona que la ocuparía oficialmente.

clip_image015(Carátula y primera página del “Manual de Programación de la Programma 101” con el que me ayudaba para dictar los cursos. Se nota que tiene 42 años, y que en esa época no usaba yo todavía la ‘M’ de Carlos M.)

Esa persona, de nombre Gaspare Cinque, llegó en los primeros días de septiembre de 1967, y la primera entrevista oficial que con él tuvimos los de Mecanización Integral y Programma 101 fue el 05/09/1967. Con ayuda de un intérprete nos hizo saber, entre otras cosas, que no pensaba estar en Venezuela más de dos años.

Cuando meses después le pregunté el por qué de tal decisión me dijo que ya estaba cansado de Olivetti y del modus operandi que la compañía había adoptado, en particular con relación a su personal. Sinceramente, pensé que exageraba, pero él volvía sobre el tema, en pequeñas píldoras, cada cierto tiempo y estando a solas conmigo.

Cuando el ginecólogo dijo que el nacimiento de la que resultó ser mi primogénita ocurriría sobre finales de la primera quincena de agosto, pedí vacaciones a partir del 31/07/1967.

El día 02/08/1967 recibí en mi casa una llamada de Matilde Martínez, la secretaria de Crusizio —la que me llamaba Andrés Bello por las correcciones que yo le hacía en asuntos de lengua española— pidiéndome que, por favor, pasara cuanto antes a verlo porque tenía algo importante para mí.

clip_image016(Gaspare Cinque. Junio 1969)

Me fui allá el día siguiente, y Crusizio, muy orondo, me hizo leer un memorando que había recibido de Ivrea en el que decían que si ellos, los de HQ, creían que el libro titulado “Manual de Programación de la Programma 101” había sido escrito por alguien de Venezuela era sólo porque así lo había dicho Crusizio, y sólo por eso, pero que el libro sería traducido a no recuerdo cuántos idiomas y debidamente editado para distribución a las Olivetti de medio mundo.

Si lo hicieron así, no lo sé, pero por lo que más de un año después sufrí en carne propia en los HQ de Olivetti, en Ivrea, me atrevo a asegurar que, si lo hicieron, o fue sin nombre de autor o con el nombre de otro, pero no con el de Carlos Padrón, que aparecía en la primera página del ejemplar que Crusizio les había mandado.

Sin embargo, a la luz del viejo dicho de que para que una persona se realice totalmente debe engendrar un hijo, sembrar un árbol y escribir un libro, me sentí realizado, pues a mediados de agosto de 1967 ya tenía una hija, había sembrado en El Paso más de un árbol, y ahora mi libro había sido reconocido, y sería editado, traducido y distribuido a varios países.

Al presente las hijas son dos, en Venezuela he sembrado algunos árboles más, y con lo que llevo escrito en este blog podría editarse más de un libro.

***

Para algunos agradecimientos más, regreso unos meses en el tiempo.

A comienzos de 1965 recibí por escrito una muy mala noticia: la notificación de que en el plazo de unos pocos meses tenía yo que desalojar el apartamento de alquiler en que vivíamos Cecilia, mi entonces mujer, y yo, porque el edificio en que estaba, frente a la iglesia de San Pedro (Los Chaguaramos, Caracas) sería vendido en propiedad horizontal.

A ese apartamento habíamos llegado en abril/1964 cuando, recién casados, viajamos en barco desde Tenerife a Venezuela. En enero/1964 yo lo había alquilado y amueblado con lo mínimo indispensable, pero entre esos muebles y los gastos del viaje Caracas-Tenerife-Caracas, más boda, hoteles, etc., se habían ido mis pocos ahorros y, por tanto, no tenía yo dinero para pagar otra vivienda.

De inmediato me puse a buscar ayuda, y alguien me dijo que contactara con Miguel Ángel Pérez Taño, unos años mayor que yo y natural también de El Paso, que había hecho en Canarias la carrera de Derecho, emigró a Venezuela, revalidó aquí su título y estaba ejerciendo como abogado.

Miguel Ángel me recibió y, enterado de mi caso, me explicó que esas peticiones de desalojo hechas por los dueños de edificios podían apelarse, por un máximo de tres años, ante la Dirección de Inquilinato, y en el mejor de los casos no me darían permiso de permanencia sino hasta finales de 1967.

Él mismo me preparó el oficio de apelación en el que yo exponían los motivos por los que no podía dejar el apartamento en el plazo que se me pedía, y solicitaba un año de prórroga.

Por esa primera apelación se me concedió quedarme hasta finales de 1965. Poco antes de esa fecha Miguel Ángel me preparó la segunda apelación, que también me fue aprobada y me permitió quedarme en el apartamento hasta finales de 1966. Y de nuevo, y poco antes de finales de 1966, Miguel Ángel me preparó la tercera apelación que fue igualmente aprobada pero con un ultimátum: yo tenía que dejar el apartamento, de todas, todas, antes de finales de 1967.

Mi agradecimiento a Miguel Ángel Pérez Taño, que por su trabajo no me cobró ni un centavo, ha sido mucho desde entonces, y sigue siéndolo, pues gracias a él tuve yo tiempo —desde comienzos de 1965 hasta casi finales de 1967— para ahorrar, sacando de donde poco había, y prepararme para alquilar o tal vez comprar una nueva vivienda.

Desde mediados de ese año Cecilia y yo nos dimos a la tarea de buscar esa otra vivienda pero, atendiendo a consejos de parientes y amigos, yo quería un apartamento en compra, ya que era el momento indicado para comprar, no para alquilar.

Vimos, vimos y vimos, pero el que no tenía un problema de precio tenía uno de espacio, de falta de algún área clave, de poca seguridad, etc. Y hojeando la prensa del domingo 15/10/1967 vimos el anuncio de un edificio nuevo, de nombre Torre Blanca, ubicado en Vista Alegre, y hasta allá nos fuimos.

clip_image017El Edf. Torre Blanca no estaba aún totalmente terminado, pero ya sus apartamentos podían visitarse y, según la costumbre, tenían uno amueblado que era donde los promotores de venta recibían a los potenciales clientes. Ahí nos recibió Mari Carmen Herrero, una muchacha española.

Los apartamentos tenían todo lo que buscábamos, y la ventaja adicional de que podíamos escoger porque fuimos los primeros en llegar a la promoción de venta, pero yo no tenía suficiente para pagar la cuota inicial que pedía la compañía González Blanco, vendedora del edificio.

Cuando frustrado le dije eso a Mari Carmen, ella se quedó pensativa por unos instantes y me contestó:

—Sr. Padrón, llevo algunos años en este trabajo y he desarrollado el convencimiento, tal vez superstición o como quieran llamarlo, de que si en la venta de un edificio a mi cargo dejo escapar al primer posible comprador, me irá mal. Así que, si usted quiere, lo invito a que el próximo miércoles a las 9 a.m. nos veamos en las oficinas de la compañía para hablar con el Gerente de Ventas.

El lunes comenté el caso con Arturo Fernández y éste me dijo que Salgado —otro empleado de Olivetti cuyo nombre no recuerdo, pero sí que me llamaba “El pragmático Padrón”— tenía buena relación con los González Blanco.

Hablé con Salgado y, luego de que él hizo al menos una llamada telefónica, se ofreció a acompañarme, así que ese miércoles señalado por Mari Carmen Herrero, ella, Salgado y yo nos reunimos con el mencionado gerente quien luego de preguntarme por mi origen, mis cargas familiares y mi trabajo, me dijo que aceptaba como cuota inicial los quince mil bolívares que yo podía dar.

Así logré comprar la primera vivienda propia que tuve en mi vida, a la que nos mudamos en noviembre/1967 cuando aún el edificio Torre Blanca no tenía puerta y en él sólo habitábamos Cecilia y yo, nuestra hija Alicia —la que ahora ilustra libros infantiles y que entonces era una bebé— y los conserjes, Felipe y Rosario, un matrimonio de Tenerife.

Para ese momento estaba en su punto álgido la campaña de ventas de la Programma 101, y como yo tenía poco tiempo para seguir investigando con las posibilidades de esa máquina y para preparar en ella los programas que las ventas exigían, le hice a Cinque dos peticiones: (1) que me dejara llevarme a mi casa una Programma 101 y una caja de las tarjetas magnéticas que ella usaba, y (2) que consiguiera que Olivetti me vendiera un escritorio usado, pues en mi nuevo apartamento había una pequeña habitación, al momento vacía, que yo quería convertir en oficina doméstica, pero no tenía dinero para comprar más muebles.

Tal vez por lo convenientes para Olivetti, ambas peticiones me fueron concedidas, y en virtud de la segunda Olivetti me vendió en Bs. 1 (UN bolívar, pues la política de la compañía no permitía donar sino vender) un escritorio de 192 x 90 cm, de formica y madera maciza (la del tope tiene 3 cm de grueso), con tres gavetas por lado y patas metálicas atornilladas a la base de la última gaveta de cada lado.

Teniendo en casa ese equipamiento, de nuevo, y como cuando estaba escribiendo el “Manual de Programación de la Programma 101?, trabajé en las noches y durante muchos fines de semana, y, también como en el caso anterior, con ese esfuerzo conseguí enfermarme de una afección recurrente de tipo gripal que nunca se supo qué fue realmente, pero recuerdo muy bien que la tercera vez que mi hermano Raúl me llevó a consulta con el Dr. César Rodríguez, un reputado neumonólogo cuyo consultorio estaba en la Av. La Salle, éste le dijo a mi hermano: “No sé lo que tiene Carlos, pero si recae de nuevo no respondo por su vida”. Y sólo me recetó Gammaglobulina,

Unos meses después de mudarnos a Torre Blanca, se mudó también a ese edificio Inocencio Velázquez, un exilado cubano que era parte de mi equipo de vendedores, y en casa pude darle clases de programación de la Programma 101

Si al referirme al grosor de la madera del tope del escritorio usé tiempo presente es porque frente a ese escritorio, ahora con sólo 72 cm de ancho y tope cubierto con formica nueva, estoy sentado en este momento, pues es pieza clave de lo que llamo ‘balconoffice’: el lugar de mi casa, ensanchado en 43 cm y cerrado con ventanales, que por 27 años fue un balcón sin uso y que desde 1999 es mi oficina doméstica.

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Con mi equipo vendimos en total 70 máquinas Programma 101, a Bs 25.000 (entonces unos $7.500) cada una, y alegando esos buenos resultados y el reconocido éxito del manual de programación por mí escrito, Cinque le pidió a Crusizio que, en premio, me concediera un viaje a Italia.

Siendo que no era costumbre de Olivetti dar ese tipo de premios, había que buscar un pretexto, y éste vino con el anuncio de que Olivetti quería fabricar terminales bancarios para operación online, y necesitaba del input o sugerencias de países clave para decidir cómo serían esos terminales. Y en eso Venezuela tenía mucho que decir, pues fue el segundo país del mundo, después de USA, en el que los Bancos ofrecieron servicios online, y como los más de los Bancos venezolanos eran usuarios de terminales del tipo que Olivetti proyectaba fabricar, Venezuela era un mercado apetecible para este proyecto.

Al saber Crusizio este plan de Ivrea, pensó que, dado el conocimiento que compitiendo con IBM había yo adquirido acerca de los terminales IBM-1060, podría ayudar a que Olivetti diseñara un terminal bancario que lograra reemplazar a los IBM en varios Bancos de Venezuela, lo cual sería un gran negocio para Olivetti.

Eso fue lo que Crusizio propuso a los de HQ; su proposición fue aceptada, y, en consecuencia, en la tarde del 19/11/1968 despaché por avión hacia Canarias a Cecilia y a Alicia; en la mañana del 22/11/1968, y llevando conmigo varias dosis de Gammaglobulina, volé a New York (primera vez que estuve en esa ciudad, que recorrí por tres días); y en la noche del 25/11/1968 volé a Milano para colaborar con el personal de Olivetti-Ivrea en el diseño de los nuevos terminales.

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4.- PRINCIPIO DEL FIN CON OLIVETTI

En Ivrea —entonces una pequeña ciudad, más bien un pueblo que vivía de Olivetti— me alojé en el Hotel El Moro, y cada día iba en autobús, al igual que muchos otros, desde el hotel a las oficinas de Olivetti, enclavadas en las afueras del pueblo, y en la tarde regresaba también en autobús.

Los días en que me tocaba, iba a la enfermería de Olivetti a que me inyectaran la Gammaglobulina que yo había llevado de Caracas para completar las dosis que el doctor me había ordenado.

Una de esas veces la enfermera que me atendió, una señora cincuentona, se puso a hablar conmigo, le dije que yo estaría en Italia sólo por pocos días, y entonces me preguntó que dónde iría después. Mi respuesta de que regresaría a Venezuela, mi país de residencia, le causó una grata sorpresa, y sonriendo me pidió si yo podría hacerle el gran favor de llevarle de mano una carta para su hermano.

Le contesté que con mucho gusto lo haría, pero cuando a mi pregunta de dónde en Venezuela vivía su hermano respondió que en Buenos Aires no pude reprimir una carcajada. La enfermera se molestó, me preguntó airada por qué me reía, y al contestarle yo que un vuelo entre Caracas y Buenos Aires tardaba casi lo mismo que uno entre Caracas y Milano, se molestó aún más, y gritándome “¡Lo que pasa es que usted no quiere ayudarme!”, salió dando un portazo.

El estilo de gerencia que encontré en los HP de Olivetti era tan dictatorial que rayaba en lo patético.

La planta del edificio de oficinas de Olivetti me recordaba la forma de la estrella de la Mercedes Benz. En los lados de cada uno de sus anchos brazos había oficinas con ventanas hacia el exterior que tenían salida a pasillos interiores entre los cuales había una tercera hilera de oficinas que, por tanto, no tenían ventanas hacia el exterior sino puertas hacia ambos pasillos.

Un día, un tal ingeniero Becchi, jefe de la división que, entre otras actividades, tenía a su cargo el diseño de los terminales bancarios, armó un berrinche de mucho cuidado. A gritos, caminando dentro su oficina —que era de las de la hilera del medio— como un león enjaulado, y gesticulando con sus brazos como un energúmeno, decía a varios de sus súbditos, que ni se atrevían a mirarlo,: “¡Esta situación no puede continuar! ¡Mañana pediré cita con el Ing° Roberto (era uno de los grandes cacaos) para tratar el asunto!”.

Pensando que algo grave estaba ocurriendo, pasado un rato le pregunté a la secretaria el por qué de la gran molestia de Becchi. La respuesta me dejó de una pieza: era porque el inquilino anterior de la que ahora era su oficina había adosado un armario a una de las puertas que daban a uno de los pasillos, con lo cual ésta quedó bloqueada y sin uso, y él quería remover ese armario para habilitar la puerta ahora obstruida. Un asunto que, según el ingeniero Becchi, ameritaba la atención de un miembro del comité ejecutivo de la compañía. Lo triste es que este Bechi fue, años después, gerente general de Olivetti de Canadá.

En resumen, el trato que allí recibí fue vejatorio.

Estaba claro que a los encargados del diseño de los terminales no les interesaban mis opiniones ni mi persona, pues, por ejemplo, los diseñadores que no eran de Ivrea nos alojábamos todos en el mismo hotel, y entre ellos había dos italianos que una noche, después de haber cenado conmigo en el hotel, me preguntaron si quería ir al cine, y les dije que sí.

Al entrar a la sala me indicaron que pasara yo primero. Así lo hice, y cuando encontré tres asientos vacíos y contiguos, miré hacia atrás para preguntarles si les gustaría que nos sentáramos allí,… y los tipos ya se habían sentado en un lugar, bastante más atrás, donde no había asientos libres junto a los que ellos habían ocupado.

Uno de esos mismos tipos tenía carro, y un gélido día de diciembre, que había estado nevando casi toda la jornada, nos quedamos trabajando hasta después de las 6 de la tarde. Salí, como siempre, y, tiritando de frío a pesar de la ropa de abrigo, me puse a pie firme a esperar el autobús en la parada habitual.

Estando allí pasó en su carro uno de los dos italianos del incidente del cine acompañado de otro italiano que también se hospedaba en el Hotel El Moro. Esa tarde había estado yo trabajando con los dos. Cuando el acompañante me vio en la parada le dijo algo al chofer, ambos miraron hacia mí y, sonriendo burlonamente, pasaron de largo sin ni siquiera saludarme ni ofrecerse a llevarme.

Unos 15 minutos después pasó en bicicleta una señora que, extrañada, se detuvo ante mí y me preguntó qué hacía yo allí parado a pesar del tremendo frío. Cuando le dije que estaba esperando el autobús, alarmada me hizo saber que el último había pasado a las 6 en punto, como todos los días, y me aconsejó que mejor me fuera caminando antes de que me congelara.

No me quedó otra opción que ésa: caminar hasta el hotel. No sé cuánto tardé, pero llegué tan aterido por el frío que llené la bañera con agua bien caliente y me sumergí en ella porque pensé que me daría, cuando menos, una pulmonía. Así pasé la noche,… y hasta ahí llegó mi tolerancia.

Cinque me había dicho que estaría en su casa de Milano algo así como el 20 de diciembre. Al día siguiente lo llamé, y estaba yo tan alterado que sin más le dije: “¡Sácame de aquí!”. Su respuesta me dejó fuera de base por unos segundos, pues de forma inmediata pero pausada, y con acento compasivo, respondió: “¿Ya te diste cuenta?”.

Entonces entendí por qué él quería dejar Olivetti y por qué me soltaba a cada rato una pildorita al respecto. Y entendí el origen del culto a la personalidad y del estilo de gerencia dictatorial que imperaban en Olivetti de Venezuela, donde, por ejemplo, un alto gerente llamado Escolari, que hasta en lo físico recordaba a Mussolini, era dado a tomar decisiones arbitrarias y me tenía ojeriza porque yo no le rendía pleitesía. Cuando al fin dejó Olivetti fue para montar, en sociedad con uno que había sido vendedor de su escuadra —y de quienes muchos hicieron escarnio porque en aquella época se atrevió a casarse con una divorciada— una compañía a la que llamaron AEMCA.

Al menos entre la fuerza de ventas, su ida causó sorpresa por lo inesperada, y cuando en los comentarios de pasillo que al respecto se hacían en las mañanas alguien preguntó qué rayos significaba AEMCA, yo, que ya le había buscado significado, dije “Aquí Escolari Mangonea sin Coto Alguno”.

Mi broma llegó a oídos del afectado quien, por supuesto, multiplicó la ojeriza que me tenía.

***

De Milano —y luego de hacer turismo por Capri, Nápoles y Como— volé a Canarias vía Madrid. En El Paso pasé la Navidad con mis padres y hermanas, mi entonces mujer y mi hija. Así, y gracias a este viaje, por última vez pude ver a mi padre en estado normal, pues moriría de ACV seis meses después.

Al regresar a Venezuela el 09/01/1969 —día en que, en Gando, aeropuerto de Las Palmas, mi hija Alicia caminó sola por primera vez mientras esperábamos la salida del vuelo a Caracas— encontré que ya Olivetti no estaba en la Av. Urdaneta, a la altura de la Plaza España, donde siempre la conocí, sino en la calle Los Laboratorios, en Los Ruices.

Pocos días después de ése mi regreso fui a IBM a preguntar si tenían o no trabajo para mí. Me dijeron que posiblemente sí, pero que no podían dármelo por dos motivos:

Primero, porque con el terremoto del 29/07/1967 se habían extraviado los archivos donde estaban los resultados de los exámenes de los aspirantes a entrar en IBM y, por tanto, no había manera de demostrar que yo había hecho ese examen y lo había aprobado. Por tanto, tenía que pasar de nuevo por otro examen, distinto al anterior, por supuesto.

Y segundo, porque Olivetti se había quejado ante IBM HQ, en New York, de que IBM de Venezuela le estaba robando los empleados, pues, hasta ese momento, tres personas que habían trabajado en Olivetti (José Martínez Montalvo, Carlos Pérez Requejo, y Miguel Cabrera) se habían ido a IBM, y, por tanto, para que IBM pudiera retomar conmigo conversaciones sobre posible empleo, yo debería haber estado fuera de Olivetti al menos por seis meses. Tal vez estas dilaciones fueron a mi favor, pues creo que de haber logrado entrar en IBM en 1967 no me habría ido tan bien como me fue.

Sin pensarlo más, el 03/03/1969 renuncié a Olivetti y me fui a trabajar con Prodaca, un data center propiedad de Claudio Santilli.

Aún recuerdo con sorna lo que Gómez Romero, Gerente de Personal de Olivetti, me dijo cuando le entregué mi carta de renuncia: “¡Con esto has estremecido los cimientos de este edificio!”. ¡Por favor!

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Llegado a e ste punto,  y antes de relatar mi salida de  Olivetti,  voy a contar algunas de las anécdotas protagonizadas por empleados de esa compañía, yo incluido, pues también esos hechos dejaron huella en mi vida.

Por razones que considero obvias, en estas anécdotas he omitido nombres de lugares, y maquillado situaciones, y para algunos protagonistas he usado un pseudónimo, pero igual subrayo éste en muestra de agradecimiento a la persona a la que se refiere.

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5. RECOMENDACIONES DE MOROSINI

Piero Morosini trabajaba como vendedor para la Olivetti de Maracaibo; vendía máquinas calculadoras. Era de origen italiano y se comportaba con la delicadeza propia de muchos varones del norte de Italia, rasgo que no era ni entendido ni bien visto por algunos.

Por ejemplo, él solía decir abiertamente que su médico era un ginecólogo porque éstos eran los especialistas que más Medicina tenía que estudiar, lo cual era cierto al menos en los años 60 pero, como lo decía Morosini, lo tomaban por el «lado malo» muchos de sus compañeros de trabajo.

Había tomado de mí el curso de las Audit pero, al igual que los otros vendedores, no tenía autonomía en la programación de esas máquinas ni tampoco tenía conocimientos de contabilidad suficientes para entender las necesidades de los potenciales clientes. En relación a las Audit, él se encargaba del área de ventas, y Sergio Marinucci del área técnica, y cuando a mediados de 1963 Morosini ubicó en los estados Zulia y Trujillo varios de tales clientes, me pidió que fuera a reunirme con ellos, y me hizo reservación en el hotel Venecia, en la Av. Bella Vista de Maracaibo, cerca de las oficinas de Olivetti.

Por este motivo, en la tarde-noche de un domingo hice mi primer vuelo Caracas-Maracaibo, y yendo en el taxi que me llevó desde el aeropuerto Grano de Oro al hotel Venecia pude apreciar, por la gran cantidad de locales comerciales vacíos y con basura en su interior, los estragos de la crisis económica de entonces.

Al llegar a mi habitación, como a las 08:30 p.m., estaba yo empapado en sudor por el excesivo calor que tuve que soportar desde que bajé del avión, y apenas deshacer el equipaje decidí tomar una ducha.

Descalzo entré en el área del baño reservada para eso, abrí la única llave que la ducha tenía, y apenas me tocó el chorro de agua salido de la regadera solté una imprecación que deben haber escuchado en Caracas. De un saltó hacia atrás logré evitar el agua que simplemente estaba como hirviendo, y al mirar a la regadera vi que de ella salía, además del agua, humo. Eran los tiempos en que el tendido de tuberías de la ciudad estaba al aire libre, y el sol de Maracaibo, que derretía hasta el asfalto de las carreteras, calentaba tanto esas tuberías que aún a las 02:00 a.m. el agua que salía de ellas estaba demasiado caliente.

Dejé corriendo el chorro de agua hasta que casi una hora después pude ya darme una ducha e irme a la cama.

A la mañana siguiente me levanté muy temprano, pues Morosini quería que, en su carro, fuéramos a Valera donde había una buena posibilidad de venta de una Audit.

Al salir de mi habitación me quedé paralizado por lo que vi: tirados en la alfombra del pasillo frente a las habitaciones estaban los cuerpos de media docena de muchachas jóvenes, muy ligeras de ropa algunas de ellas e inconscientes todas, no sé si porque dormían o porque estaban drogadas. Era un espectáculo dantesco por lo deprimente, pues, para colmo, se veía a las claras que las muchachas eran de muy baja clase social. Para no pisarlas tuve que avanzar lentamente hacia la salida levantando mis pies y ladeándolos, y mientras eso hacía miraba a las caras de esas jóvenes y el ver tantas vidas destrozadas cuando aún estaban casi en la adolescencia fue algo que me afectó mucho.

Morosini vino en su carro hasta el hotel a recogerme, y apenas pusimos rumbo a Valera le conté lo de las muchachas. Su respuesta fue que entonces sí era cierto lo que de ese hotel se decía: que alquilaba habitaciones para encuentros eróticos. Y mi respuesta fue que me buscara otro sitio donde hospedarme porque yo no seguiría en ése.

El concesionario de Olivetti que entonces había en Valera se apellidaba Machado (no recuerdo su nombre) y era natural de Puerto de La Cruz (Tenerife). Nos atendió de maravilla, y en posteriores visitas me paseó por la ciudad y me invitó a su casa. Desde mi última visita a Valera como empleado de Olivetti no supe más de Machado. Triste, pero cierto.

De Valera salimos casi al atardecer, y por las lluvias o por lo que fuera, la carretera que bordea —o entonces bordeaba— el Lago de Maracaibo presentaba tramos inundados por las aguas de ese lago, y con la oscuridad reinante era casi imposible saber cómo no salirse de la vía, pues si nos íbamos mucho hacia un lado caeríamos en el lago, y si hacia el otro caeríamos en el pantanal que, a falta de asfalto, las aguas del lago habían formado. Así que íbamos muy despacio, buscando ambos, Morosini y yo, señales que al borde de la vía nos guiaran, cuando de pronto nos pasó un camión cargado de caña de azúcar, y una de las cañas —que sobresalía, como muchas, de la carrocería del camión— golpeó nuestro carro, le arrancó de cuajo el retrovisor izquierdo e hirió en el brazo a Morosini.

Creí que no llegaríamos con bien a Maracaibo, pero, a Dios gracias, llegamos, aunque muy tarde.

Al día siguiente me mudé a una pensión familiar que, según Morosini, era muy usada por los de Olivetti porque era buena y quedaba muy cerca de las oficinas de la compañía. Efectivamente, comprobé que ambas cosas eran ciertas, y allí me hospedé el resto de la semana, pero no volví a ducharme más en la noche, sino que apenas salía de la cama, temprano en la mañana, me metía descalzo en la ducha para conseguir un agua con temperatura tolerable.

Después de como una semana de estar de regreso en Caracas comencé a sentir picazón entre los dedos de ambos pies, y por más que los lavaba la picazón aumentaba cada día. A poco los pies comenzaron a ponerse rojos, y una mancha roja subió por mis tobillos hasta el borde del calcetín.

Cuando noté que en ciertos sitios supuraba, se lo comenté a Arturo Fernández, le mostré mis tobillos enrojecidos y húmedos, y él, que era muy expresivo, puso cara de alarma, me dijo que yo tenía hongos, y que eso era muy malo porque él los había tenido en Buenos Aires, lugar muy húmedo donde había vivido algún tiempo. Me pidió, más que me aconsejó, que fuera de inmediato a la Farmacia Ibarras, que estaba en la Av. Urdaneta algunas cuadras más arriba de Olivetti, y pidiera ayuda al farmacéutico, un señor ya mayor muy bueno en eso de los hongos.

Debo confesar que ésa fue la primera vez que escuché hablar de tales hongos, pues hasta entonces para mí los hongos eran setas.

Al llegar a la farmacia y explicarle al farmaceuta mi problema, el buen señor me pidió que me retirara del mostrador y le mostrara mis tobillos. Al verlos, puso mala cara y mirándome muy serio me dijo: “Amigo, he visto cortarle los pies a un hombre por menos que eso”. En el interrogatorio que me hizo antes de recetarme concluyó que había sido en las duchas de Maracaibo donde yo, por haberme metido a ellas descalzo, había recibido el “regalo” de los hongos.

No sé si era cierto eso de la amputación o si lo dijo para asustarme, pero si fue cierto que el tratamiento que me mandó para que me lo aplicara en la mañana y en la noche (un líquido que ardía como fuego), yo me lo aplicaba también al mediodía cuando iba a almorzar a la pensión donde entonces vivía.

Lo llevé a rajatabla y, después de bastante tiempo, los benditos hongos me dejaron, pero desde entonces no he vuelto a meterme descalzo en ninguna ducha que no sea la de mi casa, e infaltables en mi equipaje son unas chancletas de goma con las que entro a cualquiera otra ducha, aunque sea la de un hotel de cinco estrellas.

***

Tiempo después, Morosini fue trasladado a Caracas y una vez la compañía le encargó la organización de un almuerzo con motivo de algo que no recuerdo, pero sí recuerdo que fue en un restaurante de mariscos que estaba cerca de la Plaza Altamira, y que nos prepararon una mesa muy larga. Me senté al lado de Juan Carmona, un muchacho andino buena gente, trabajador de los buenos y responsable como pocos, cuyo hermano trabajaba también en Olivetti. Juan me había traído muy buenos datos de ventas de Audit, e hicimos amistad.

Morosini escogió pasta como primer plato —italiano al fin— y como segundo langosta a la Thermidor.

Cuando sirvieron las langostas, que eran de las grandes, noté que Juan saltó hacia atrás en su silla y con cara de asco se quedó mirando a su planto. Sabiendo que era andino, supuse cuál era el motivo, pero para estar seguro le pregunté;

—¿Qué pasa, Juan?

Señalando con su dedo la langosta y poniendo cara de más asco preguntó a su vez:

—¿¡Qué carajo es este bicho!?

De pronto recordé que él era muy melindroso con las comidas, y al ratificar mi sospecha de que, como buen andino de aquellos tiempos, nunca había visto una langosta, le dije, con toda intención:

—Es un marisco llamado langosta. Lo pescan vivo y lo mantienen vivo hasta que al momento de prepararlo para comer lo meten, vivo, en una olla de agua hirviendo.

Abriendo sus ojos de par en par me miró espantado, y alejando un poco el plato me dijo:

—¡Yo no quiero eso!

Momento que aproveché para mi ya preparada jugada:

—Te doy 5 bolívares por ella—, le dije.

De inmediato me alargó su plato, y yo, por si acaso se arrepintiera, puse su langosta en el mío y comí enseguida de ella, dándole después los prometidos cinco bolívares.

Los que por la cercanía a nosotros habían visto y entendido lo ocurrido no daban crédito a semejante tontería, pero entre las risas y las burlas que le hacían a Juan Carmona, comí ese día dos buenísimas langostas a la Thermidor.

Si un día tuvo el valor de probar ese plato, no sé qué habrá pensado de mí el amigo Juan Carmona,…. otro de quien hace muchísimos años que nada sé.

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6. LA MALDICIÓN DE «CARTAGENERA»

El martes de Carnaval de 1966 pude vender a Margarito, el que fuera mi primer carro y que salió tan malo que cada tres meses tenía yo que gastar un promedio de Bs 500 (más de $100) en hacerle reparaciones, lo cual me estaba arruinando.

Mi segundo carro, un Ford Fairlane Custom 1966, lo compré en marzo/1966 en el concesionario A. B. Henríquez, que para esa época estaba en la Gran Avenida (Caracas) y cuyo jefe de taller era el Sr. Miguel Rodríguez, excelente mecánico automotriz natural de La Cuesta, localidad ubicada entre Santa Cruz de Tenerife y La Laguna, y hoy día integrada a ambas como si las tres fueran una sola ciudad.

El área de taller y almacén de ese concesionario era un gran galpón con techo metálico sostenido por varias columnas de tubos también metálicos, de 5 pulgadas de diámetro, distribuidas por toda la superficie cubierta y embutidos en su base en unos prismas de concreto como de un metro de alto y unos 25 cm de lado.

También para esa época estaba de moda la canción “Cartagenera”, ésa cuya letra comienza con,

Paseando mi soledad
por la playa de Marbella
yo te vi, cartagenera,
luciendo tu piel morena.

y que sonaba varias veces al día en casi todas las emisoras de radio.

El 08/03/1966, cuando terminados ya los trámites de compra me puse al frente del volante de mi flamante carro —me acompañaban Arturo Fernández (vendedor de Audit) y Ciro Hernández (instalador de Audit), que no quisieron perderse ese “gran” evento—, lo primero que hice fue encender la radio, ¡al fin tenía radio en mi carro!, y estaba sonando “Cartagenera”.

Apenas comenzar a salir del galpón, bien por nerviosismo o por falta de experiencia manejando un carro tan grande (Margarito era un enano comparado con este Ford), al doblar a la izquierda para enfilar hacia la calle me pegué demasiado a uno de esos prismas de concreto y rayé la puerta de mi lado.

El paisano Sr. Rodríguez se apiadó de mí y me dijo que le dejara el carro que él se encargaría de que repararan la puerta rayada, y, efectivamente, tres días después me lo entregaron perfecto de todo, y esta vez sí pude salir del galpón sin contratiempos.

Este incidente marcó el inicio de una muy buena relación entre el Sr. Rodríguez y yo; una que aún perdura,… y ya el Sr. Rodríguez pasó los 90 años.

A finales de ese mes de marzo/1966 circulaba yo con mi Ford en dirección desde Sabana Grande hacia Los Caobos, buscando la Av. Principal de Maripérez, y al doblar a la derecha para entrar en esa avenida me encontré de frente con un vehículo que bajaba por todo el centro de la vía, invadiendo la mitad de mi canal de circulación.

Para evitar lo que hubiera sido un choque frontal, me eché hacia la derecha y rompí el faro delantero derecho de mi carro al golpear con él la esquina izquierda del parachoques trasero de una camioneta que estaba aparcada  en esa parte de la avenida. Al omento en que eso ocurrió, en la radio de mi carro sonaba «Cartagenera”.

Seguí subiendo por esa avenida y dejé el carro en manos de Pablo Palmero, otro paisano que tenía un taller de latonería apenas una cuadra más arriba de donde había ocurrido el accidente.

Y cuando el sábado 16/04/1966, después de haber trabajado yo en Olivetti durante toda la mañana, salí de mi apartamento ubicado frente a la Iglesia de San Pedro (Los Chaguaramos) y puse rumbo hacia la playa donde ya estaban mi entonces mujer junto con mi hermano Raúl y la familia de éste, al entrar en la Av. Victoria comenzó a sonar en la radio de mi carro la bendita “Cartagenera”.

Esta vez, ya escarmentado, decidí recortar la velocidad y avanzar con todos los radares en alerta,… por si acaso. De haber ido a la velocidad que era habitual en mí no habría encontrado en rojo el semáforo del cruce hacia El Helicoide, pero lo encontré y me detuve frente a él, siendo el mío el primer vehículo en el canal izquierdo, y, según ya conté el el capítulo 2, un carro salió de la nada, chocó de frente con el mío y lo dejó inservible, y a mí seriamente lesionado,… mientras en la radio, y por última vez en esa radio, sonaba todavía “Cartagenera”.

Un caso más que confirma lo de que “A la tercera va la vencida” y de que a veces las precauciones producen el efecto que con ellas se quiere evitar.

Cuando pude por fin comprar otro carro tuve muy buen cuidado de detener la marcha y salirme de él si de pronto en su radio comenzaba a sonar “Cartagenera”. Y así procedí por mucho tiempo hasta que la “Cartagenera” dejó de estar de moda.

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7. EL ÉMULO DE PASTEUR

Cristóbal —trigueño, de baja estatura, nervioso y escaso de mente— trabajaba como vendedor de máquinas de escribir en la sucursal de Olivetti en Barquisimeto.

Cierta vez que en 1964 fui a esa oficina a dar unas demostraciones de Audit en una sesión de un día de duración, me asignaron para ello la mitad del salón donde estaban los escritorios de los vendedores, y Cristóbal se las arregló para, simulando que llenaba reportes y ponía en orden sus papeles, escuchar buena parte de lo que en esa sesión expliqué yo, y cuando ésta terminó y me puse a recoger mis bártulos, se me acercó y me dijo que él quería ser vendedor de Mecanización Integral, pues lo que yo había explicado le había convencido de que las Audit eran el producto con el que él quería lidiar, pues amaba la contabilidad.

Mi respuesta fue que hablara con su gerente porque yo no tenía autoridad para decidir al respecto. Y Cristóbal habló no sólo con su gerente sino con el gerente de la sucursal, y la respuesta de ambos fue un rotundo no.

Pero lo que le faltaba de estatura y materia gris le sobraba de empeño y atrevimiento, y cuando supo que un cierto lunes comenzaría yo en Caracas un curso sobre Audit de una semana de duración en el que participarían vendedores de Caracas y de varias ciudades del interior del país, pidió, sin explicar nada, una semana de vacaciones, viajó hasta Caracas en su viejo y desvencijado VolksWagen descapotable, y el lunes en cuestión se me presentó en las oficinas de Olivetti de Caracas y se sentó, sin más, en el salón de clase.

A mi pregunta de qué hacía allí respondió que venía a tomar el curso sobre las Audit. “Pero, ¿por qué tu gerente no ha dicho nada al respecto?”, le pregunté. “Porque él no lo sabe. Yo tomé vacaciones y estoy usando mi tiempo”, me respondió.

Informé del caso a mi gerente y éste al suyo. Llamaron a Barquisimeto y el gerente de esa sucursal pidió que sacaran del curso a Cristóbal y le ordenaran que regresara de inmediato a Barquisimeto y se presentara a hablar con él.

Cuando de vuelta al salón de clases le informé de esto a Cristóbal, enrojeció, se le humedecieron los ojos, y alzando los brazos con los puños crispados gritó: “¡Es que no me entienden! ¡¡Yo podría pasteurizar la contabilidad!!”.

Un par de semanas después supimos que cuando Cristóbal se presentó ante el gerente de la sucursal de Barquisimeto, éste le dijo que estaba despedido; que recogiera sus cosas y se fuera.

Días después pasó una mañana por el departamento de Personal a cobrar su liquidación, y a media tarde, hora en que él sabía que en la oficina estaría la mayor cantidad de personal, tanto gerentes como empleados, causó un revuelo total entre todos porque, dispuesto a demostrarles que él podía vivir mejor fuera de Olivetti que dentro de ella, había contratado los servicios de un negro, le consiguió un uniforme de músico de pueblo, con gorra y demás, lo puso frente al volante de su destartalado VolksWagen descapotable, y él, el gran Cristóbal, luciendo sus mejores galas, se sentó en el asiento trasero,… fumando un habano.

Y dando vueltas alrededor de la cuadra (bloque, manzana) donde estaba la oficina de Olivetti, se pasó el resto de la tarde.

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8. PLANIFICACIÓN ESTRATÉGICA

Recién llegado de España, Anselmo, un muchacho de origen madrileño, entró a trabajar en Olivetti mientras, como casi todos, buscaba un trabajo mejor. Pero luego de familiarizarse con el medio local, almorzando un día con Arturo Fernández y conmigo nos dijo que no tenía la menor intención de seguir en Venezuela como empleado de nadie, así que iba a buscarse una chavala con plata.

Tanto Arturo como yo creímos que era una broma, pero en otro almuerzo, como dos meses después, Anselmo nos dijo que ya había encontrado a la chavala: era la hija única de un español que tenía una agencia de lotería.

Al escuchar esto, Arturo arrugó el entrecejo y le preguntó a Anselmo dónde estaba esa agencia y cómo se llamaba. Las respuestas a estas preguntas tuvieron la virtud de enojar a Arturo que, muy serio, le dijo a Anselmo que ese español lotero no sólo había sido cliente suyo sino que también era su amigo y un paisano para quien su hija, la muchacha con quien Anselmo pensaba llevar a cabo su plan, era la niña de sus ojos y que, por tanto, se cuidara mucho de tocarla siquiera con un dedo.

Anselmo se disculpó aduciendo ignorancia de la relación entre Arturo y el lotero, y dijo que se olvidaría de la tal muchacha, pero mentía porque siguió adelante con su detestable plan.

La chica de marras tenía unos 18 años; no era una beldad pero tampoco tan fea que no llamara la atención. Su padre la mantenía bajo estricto control: todo el día tras el mostrador de la agencia, y acompañando a su progenitor lotero tanto en el viaje de ida a la agencia como en el de regreso a su casa.

Un día Anselmo fue trasladado a un sucursal del interior, y Arturo respiró aliviado porque, a pesar de su declaración de que dejaría en paz a la muchacha, ambos, Arturo y yo, no nos fiábamos de Anselmo.

Un domingo, dos meses después de su asignación, tuve que viajar adonde él había sido asignado y pasar la semana en su compañía porque además de la venta de calculadoras tenía él también a su cargo la de las Audit. Visitamos clientes activos y potenciales, preparamos demostraciones, etc., y yo regresé a Caracas en la tarde del viernes siguiente.

El lunes llegué temprano a Olivetti y me reuní con muchos de los vendedores, Arturo entre ellos, a preparar los reportes del trabajo de la semana anterior, y en eso estábamos cuando escuchamos gritos y un inusual ajetreo en el área de entrada al piso. No bien habíamos parado nuestra tarea para prestar atención, de golpe se abrió la puerta del salón donde estábamos y por ella entró el lotero hecho una furia, despeinado, barbudo, mal vestido, y con cara de no haber dormido nada por días, y apuntándonos con una pistola gritó:

—¡Dónde está mi hija, que me la robaron! ¡Ustedes saben donde está mi hija!

Pero si bien decía ‘ustedes’, apuntaba la pistola hacia Arturo Fernández, que estaba lívido como un cadáver.

En su carrera hacia nuestro salón —ignoro por qué sabía donde estaba éste— lo habían seguido varios otros empleados de Olivetti que sujetándole los brazos desde atrás lograron someterlo y sacarlo del edificio mientras el pobre hombre no paraba de gritar, pero ahora llorando de impotencia y al ver que no había obtenido respuestas.

¿Qué había ocurrido?

En la mañana del sábado siguiente al viernes en que yo en avión salí para Caracas, Anselmo salió también hacia Caracas manejando su propio carro, se encontró con la muchacha en un lugar al que ella logró llegar sin vigilancia de su padre, se fueron adonde el furioso padre no pudiera sospechar que estaban, y el lunes se casaron.

Consumada la parte legal, se dirigieron a la ciudad en que Anselmo vivía y se residenciaron en un apartamento que ya él había alquilado.

En algunos de mis siguientes viajes a la ciudad donde vivían tuve oportunidad de verlos juntos y hasta de departir con ellos en su casa, y la versión que sentía yo por Anselmo era sólo comparable a la lástima que sentía por la pobre hija del lotero, y cada vez que la miraba se me hacía un nudo en la garganta porque suponía que ella estaba convencida de que Anselmo de verdad la amaba y que ése fue el móvil que le llevó a raptarla.

La furia del lotero parecía no amainar, y se centraba en Arturo porque sospechaba que éste había sido compinche de Anselmo en la preparación del rapto. Dolido, el burlado padre le dijo a Arturo que no quería saber de su hija nunca más, a lo que Arturo, que ya sabía que la muchacha estaba embarazada, le contestó que eso duraría hasta que naciera el primer nieto.

Y dicho y hecho, pues como a los diez meses del rapto nació ese primer nieto, y el lotero prácticamente “se derritió”, se reconcilió con su hija,…. y Anselmo dejó Olivetti y entró a trabajar con un cargo destacado en la agencia de su suegro, cumpliendo así su plan.

En España supe que a esto lo llaman allá “dar un braguetazo”; yo prefiero llamarlo “inescrupulosa planificación estratégica”.

***oOo***

9. ESTÉFANO

Perfil del personaje

Estéfano fue el más pintoresco de los personajes con que me tropecé en mi paso por Olivetti. Era de origen español y físicamente lo más parecido a Don Quijote que yo haya visto: alto, delgado, ligeramente encorvado y de rostro pálido y alargado.

Había pasado en un Seminario, preparándose para ser sacerdote, ocho años de su vida. La noche anterior al día de su ordenación sacerdotal huyó del Seminario y, al igual que muchos otros que yo había conocido en Canarias y que habían interrumpido su carrera hacia el sacerdocio, se dedicó a practicar en exceso todo lo que de sabroso pero pecaminoso le prohibió por años su condición de seminarista; era algo así como si quisieran aprovechar con creces el tiempo perdido.

De su contacto con el clero de aquellos tiempos le quedó la costumbre de frotarse las manos mientras hablaba, y hacer circunloquios verbales en un afán por parecer culto —que lo era, y mucho— y ver de no molestar nunca a su interlocutor. Pero cuando le tocaban el ego más allá de lo que él consideraba aceptable, podía sacar a relucir un fino sarcasmo.

Aunque era unos 10 años mayor que yo, por más que lo intenté no pude conseguir que me tratara de tú. Yo era para él el Sr. Padrón, y punto.

***

Trabajando en el área de ventas de máquinas de escribir y calcular, y con base en las oficinas principales de Olivetti, en Caracas, había un grupo de españoles que tenían por costumbre llegar sobre las 7 de la mañana, una hora antes del horario oficial de inicio de labores, y se reunían a, como se dice en Venezuela, “caerse a coba”, o sea, dárselas de muy sabidos sobre temas variados y más o menos de actualidad pero de los que no tenían ni idea.

Y estos temas eran tan disímiles como el por qué del asesinato de Kennedy o la explicación de la Teoría de la Relatividad. Realmente resultaba patético escucharlos, y más patético era notar cómo los naturales de Madrid estaban archiconvencidos de que, tan sólo por su origen, eran superiores en todo al resto.

Uno de estos madrileños, al que apodaban Bilbaíno, era lo que en Canarias llamábamos “un burro albardado”, o sea, un ignorante profesional, pero había entrado a Olivetti gracias a la poderosa palanca de un hermano suyo, y por eso lo mantenían en la empresa.

Un día en que Estéfano estaba en Caracas y yo había llegado muy temprano para ayudarlo con un problema en la Audit de uno de sus clientes, ambos nos hartamos de escuchar las estupideces de los miembros del grupo de “intelectuales” españoles, y cuando Bilbaíno dijo una barrabasada de marca mayor, Estéfano, a pesar de lo considerado que era, soltó la carcajada.

Eso enfureció tanto a Bilbaíno, que se consideraba intocable, que insultó a Estéfano. Cuando terminó la ráfaga de insultos, que Estéfano aguantó inmutable, éste respondió muy tranquilo: “¿Es que no te has dado cuenta, Bilbaíno, de que tú no eres sino una entelequia fluctuando entre fantasmas?”.

Esta extraña frase, y la por demás insólita reacción del siempre tímido y comedido Estéfano, tuvo la virtud de dejar callados y boquiabierto a todos los del grupo que, aún no sé por qué, luego de alguna que otra carcajada aislada, pusieron fin a su reunión y se fueron a trabajar.

Al quedar a solas con Estéfano le pregunté:

—¿Por qué le dijiste eso?

Su respuesta me pareció genial:

—Porque esta noche la pasará en vela tratando de averiguar qué significa ‘entelequia’.

***

Las Tetractys

En el área de máquinas calculadoras, Olivetti contaba con la Tetractys (en la foto), única en el mercado que podía hacer complicados cálculos e imprimirlos en una cinta de papel. Una máquina electromecánica, de unos 10 kilos de peso, que era instrumento casi indispensable en ciertas industrias como, por ejemplo, la maderera, que necesitaba cubicar las medidas de las piezas de madera que manejaba.

clip_image018Pero operar esa máquina no era fácil; su manual era un libraco grande y pesado, y dudo que en Olivetti de Venezuela hubiera alguien capaz de sacarle todo lo que podía dar.

En cuanto a Estéfano, era 100% cierto que no sabía ni multiplicar con ella, pero mes tras mes se ganaba el premio al vendedor que más Tetractys había vendido en el país, lo cual era tanto más meritorio porque él trabajaba en Maracay, no en Caracas.

Cuando, después de haber calibrado las nulas capacidades que en cuanto a máquinas tenía Estéfano, supe esto, le pregunté a Lino, su gerente, cómo diablos hacía ese hombre para vender las Tetractys. Lino hizo una llamada y me dijo que esa tarde tendría yo, en vivo y en directo, cumplida respuesta a mi pregunta.

En la tarde me llevó a Purina, la compañía fabricante de alimentos para animales, y luego de hablar con Mendoza, gerente de uno de sus departamentos, éste nos ubicó en una oficina desde la cual podía verse la entrada de la suya pero con pocas probabilidades de que alguien que entrara por ahí nos viera.

Pasada una media hora, el gerente recibió una llamada de la recepcionista para avisarle de que Estéfano estaba allí, y al colgar el teléfono nos hizo señas de que el show iba a comenzar.

La puerta de la oficina del gerente se entreabrió y quedó así por unos segundos. Luego comenzó a abrirse cada vez un poquito más mientras un pie colocado en su parte inferior impedía que se cerrara.

Por fin se abrió lo suficiente y en el marco apareció la figura de Estéfano llevando bajo su brazo izquierdo una pesada Tetractys, y encima de ella, en precario equilibrio, su cable eléctrico y su pesado manual. En su mano derecha, con cuyo codo trataba de abrir cada vez más la puerta, llevaba el también pesado maletín de semicuero marrón que Olivetti daba a todos sus vendedores y que contenía los contratos de demostración o venta de las máquinas, los folletos publicitarios de toda la línea de productos que el vendedor podía vender, las tarjetas de presentación, etc.

Apenas Estéfano cayó en cuenta de que ya era visible para las personas que estaban en aquella oficina, que además del gerente eran su secretaría y tres empleados más, soltó un “¡Muy buenas tardes a todos!”. Por la forma en que elevó la voz para decir esto era claro que quería llamar la atención, conseguido lo cual continuó haciendo esfuerzos por abrir la puerta para poder pasar.

En su forcejeo se le cayeron el cable y el manual, y entonces él, enrojeciendo —cosa que le sucedía con mucha facilidad, y que se notaba mucho por su acentuada palidez— pidió disculpas a todos, dejó en el piso el maletín y la Tetractys, puso sobre ella el cable y el manual, y usando ambas manos volvió a colocar todo bajo su brazo izquierdo, pero cuando por fin pudo incorporarse sin que cable y manual cayeran de nuevo, se dio cuenta de que su maletín había quedado en el piso.

No queriendo soltar de nuevo la Tetractys, y manteniendo siempre su pie derecho pegado a la base de la entreabierta puerta para impedir que se cerrara, comenzó a ponerse en cuclillas poco a poco haciendo equilibrios para que el conjunto tambaleante de cable y manual no fuera a caerse otra vez. Cuando por fin pudo asir el maletín con su mano izquierda y comenzó a incorporarse lentamente, el cable y el manual fueron a dar otra vez al piso.

Estéfano pidió disculpas a todos por su torpeza, y comenzó de nuevo su acto, rojo como un tomate y sin retirar el pie de la base de la puerta.

Ante esto, la secretaria no pudo aguantar más y soltó la carcajada, que fue secundada por los otros tres empleados.

Para evitar que la situación, cada vez más embarazosa, se saliera de control, el gerente fue hasta donde estaba Estéfano, tomó del suelo la Tetractys y la puso sobre su escritorio.

Estéfano lo siguió, enrojeciendo aún más y deshaciéndose en disculpas por haberle causado tan grande molestia, y luego de poner el resto de los objetos sobre el escritorio del gerente, frotándose las manos comenzó a decirle:

—Sr. Mendoza, como usted sabe, esta máquina…. (volvieron las risas, ahora mal contenidas).

El Sr. Mendoza lo cortó en seco diciéndole que dejara todo allí que ya él le avisaría. Estéfano le dio las gracias, una y otra vez y de diferentes maneras, mientras retrocedía haciendo reverencias y con el maletín bajo el brazo para poder frotarse las manos.

Al llegar a la puerta, deseó buenas tardes a todos, dedicó al gerente un último “¡Muchas gracias, señor Mendoza! ¡Es usted muy amable!”, y apenas la puerta se cerró a sus espaldas, volvieron a sonar las carcajadas.

A una señal de Mendoza regresamos a su oficina y él nos explicó que lo mismo había hecho Estéfano con todas y cada una de las muchas Tetractys que en aquella compañía había vendido.

Con ese show de auténtico payaso, que encajaba perfectamente con su aspecto desaliñado de Quijote ambulante, creaba entre el público una mezcla de hilaridad y compasión, y con sólo eso, que dejaba sobre los hombros del cliente todo lo relativo a esa complicada máquina, él lograba venderla sin saber ni siquiera multiplicar con ella.

***

El sibarita del módulo

Un día descubrió que en una empresa llamada Mangos La India (porque fabricaba y vendía mangos de madera para todo tipo de herramientas) que era cliente suyo, había oportunidad para vender una Audit. De inmediato me llamó para que lo acompañara a hablar con el Sr. Mario, dueño y gerente de esa empresa.

A título de presentación, Estéfano, luego de dar las buenas horas, soltó esta perla:

—Sr. Mario, tal y como le había prometido, aquí le traigo al Sr. Padrón, llegado de Caracas especialmente para hablarle a usted sobre las Audit. Él no es una persona cualquiera, ¡es un sibarita del módulo!

Guiñándome un ojo, pues todos los clientes de Estéfano lo conocían muy bien, el Sr. Mario puso cara de ofendido y respondió:

—¿¡Qué es eso de “sibarita del módulo”, Estéfano!? Tú me prometiste traerme un técnico, ¡¡no un pervertido sexual!!

La cara que puso Estéfano fue todo un poema. Quedó petrificado, rojo a punto de congestión, y frotándose las manos al doble de la velocidad acostumbrada, intentaba, en un ridículo balbuceo, hilvanar una excusa adecuada a la situación, porque lo dicho por el Sr. Mario daba a entender que Estéfano lo había ofendido a él y también a mí.

Para no prolongar su martirio, el Sr. Mario me pidió que nos sentáramos y comenzara mi explicación.

***

Sistema “electrónico” de ignición de automóviles

Creo que su carro era un Humber ?marca inglesa que entonces se vendía en Venezuela? viejo y desvencijado hasta el punto de que donde debería estar la cerradura para insertar la llave de ignición, había sólo un hueco. Las manillas no servían para abrir las puertas del vehículo, por lo que Estéfano dejaba siempre entreabierto el vidrio de la ventanilla del lado del conductor. Y como el limpiaparabrisas no funcionaba, había tanto sucio sobre el parabrisas delantero que era casi imposible ver a través de él.

Un día, y para una travesía muy corta, Estéfano se empeñó en que fuéramos en su carro, y lo complací.

Después de que entrando por la puerta del lado del conductor pudo desatrancar por dentro la del lado del acompañante, vino corriendo y la abrió para que yo entrara. Una vez dentro me arrepentí de haber aceptado, pues aquello era un auténtico basurero y el sucio del parabrisas me impedía totalmente la visibilidad hacia el exterior.

Me llamó la atención que en la bandeja que esos carros tenían bajo el tablero, y que se extendía a todo lo largo de éste, había un trozo de palo de escoba. Preguntándome estaba yo para qué serviría eso cuando Estéfano echó mano de él, me dio un destornillador y me pidió que cuando él me avisara introdujera yo la punta del destornillador en el hueco donde alguna vez estuvo la cerradura de ignición. Dicho esto y con el palo en mano, abrió el capot del carro, dio con el palo unos golpes no sé dónde —pues yo no podía verlo—, y me gritó “¡Ahora!”.

Introduje el destornillador donde se me había dicho ?no sin antes asegurarme de que su mango era de plástico?, saltó una chispa y el carro arrancó.

Supe luego que ese carro había estado así por años, pero Estéfano lo adoraba y seguía con él,… sin hacerle reparación alguna.

***

Para Eglée

En la oficina de la Olivetti de Valencia —cuyo gerente era, como ya dije antes, de apellido Muñoz— había una secretaria de nombre Eglée que, por lo menuda , bella y de aspecto frágil, parecía una auténtica figurita de Lladró. Tenía piel de durazno, pelo negro, rostro virginal y piernas muy lindas y, además, era muy simpática. Por supuesto, Estéfano estaba enamorado de ella.

Cuando en Valencia surgió la posibilidad de una venta de dos Audit a una misma empresa que había tenido una en demostración por casi un mes, Estéfano me llamó de urgencia, pues para lo relativo a las Audit él atendía las zonas de Maracay y Valencia.

Después de hablar con el gerente de la empresa, éste me dijo que si yo lograba que las máquinas hicieran una determinada tarea, él compraría de inmediato dos. Eso implicaba que yo tenía que reprogramar la barra, pues Estéfano era 100% nulo en esa tarea.

Para poner manos a la obra nos fuimos a la oficina de Valencia, pero como habíamos estado en la tal empresa toda la tarde, llegamos cuando ya se había ido todo el personal, excepto Muñoz, el gerente, que al llegar nosotros me dio la llave y se fue también.

Al sentarme para comenzar a trabajar con el módulo, Estéfano hablaba y hablaba, pues era un parlanchín crónico. Molesto le dije que si no se callaba yo me iría,… y adiós a su venta. Enrojeció, como siempre, se sentó en el puesto de trabajo de Eglée y vi que, en completo silencio, se enfrascó en escribir algo; con frecuencia borraba y volvía a escribir.

Cuando terminé mi tarea, y probé la barra y funcionó, le dije a Estéfano que ya podíamos ir a dormir tranquilos. Tan absorto estaba en su escrito que no escuchó lo que dije, y para que sí me escuchara me acerque al escritorio de Eglée y le repetí lo antes dicho. Dio un salto, y al reparar en cuán cerca estaba yo, rompió enseguida el papel que contenía su escrito, y enrojeciendo lo botó a la papelera.

Intrigado le pregunté por qué había hecho eso, y qué contenía ese para él tan importante papel. Se deshizo en mil explicaciones vagas mientras, nervioso, se frotaba las manos. Y cuando las explicaciones tomaron el cariz de incongruentes excusas, me abalancé sobre la papelera para recuperar los trozos del papel, pero él hizo lo propio y se quedó con varios. Luego, aún más rojo, comenzó a rogarme que le diera los que yo había recuperado, pero me negué.

Una vez en la pensión de una familia gallega, lugar en que me quedaba cuando yo iba a Valencia, comencé a trabajar con los trozos que había logrado rescatar y logré armar dos cuartetas de lo que, obviamente, era un poema dedicado a Eglée. La primera de las cuartetas decía:

Tus pechos enhiestos
de doncella mora
viven bajos los chales
gimiendo largas horas.

Y de los pechos de Eglée, el inspirado poeta siguió versando hacia abajo. Por consideración a muchos lectores omito la segunda cuarteta que Estéfano dedicó a la zona del cuerpo femenino a la que Shakeaspeare se refirió como “el bello muslo y parajes adyacentes”.

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10. PERFUMADOR DE AMBIENTES

Luigi Simeri era un muy buen técnico de IBM, de origen argentino, entre cuyos clientes estaba el Banco Francés e Italiano (BFI) y que por ello fue con frecuencia a ese Banco en los tiempos de la instalación de la 3903.

Sus compañeros técnicos de IBM le gastaban bromas pesadas contándole chistes de los muchos que hay contra su gentilicio, y esto lo hacían principalmente por dos motivos:

Motivo 1.- Porque como Luigi era un inveterado fumador de cigarros puros, el aroma de éstos molestaba a los no fumadores y, sobre todo, a los fumadores de cigarrillos, cosa que nunca entendí porque, como de vez en cuando fumo un cigarro puro, lo que en realidad me desagrada es el humo de los cigarrillos.

Motivo 2.- Porque Luigi soltaba unos pedos tremendamente malolientes que ponían en huída rápida, so pena de noqueo fulminante, a cualquiera que estuviera cerca y no tan cerca de él.

La IBM-1401 instalado en el BFI —que tenía la para la época impresionante memoria de 128KB— estaba instalada en la entonces obligada Sala de Máquinas, que era un espacio cerrado, tal vez de unos 20 ó 30 m2, acotado por tabiques, de madera de medio abajo y de vidrio de medio arriba, con temperatura controlada de unos 18° C y con un piso falso bajo el cual pasaban los gruesos cables —llamados de I/O, por input/output— que unían el CPU con las varias unidades periféricas (unidades de cinta magnética, impresora, lectora de tarjetas perforadas, discos, lectora de cinta, etc.).

Había además otra sala, más pequeña, en la que estaban las máquinas perfoverificadoras de tarjetas, y las muchachas —algunas de ellas muy atractivas, como la legendaria Camila— que las operaban y a quienes los técnicos abrumaban con piropos e indirectas.

En una esquina del cuarto de máquinas del BFI habían construido el Cuarto de los Técnicos, algo que también existía en todas las instalaciones IBM. Lo llamaban así porque en él guardaban los técnicos de IBM material propio de su trabajo, como piezas de repuesto, herramientas, cables de I/O, etc. Pero, a diferencia de otros cuartos de técnicos, el del BFI, que era bastante pequeño, tenía la particularidad de que la cerradura de su única puerta se la habían montado al revés, y se trancaba desde afuera en vez de desde adentro que es como, por ejemplo, trancan las puertas de los baños, que cuando uno entra las cierra, aprieta un botón que tienen en el pomo, y nadie puede entrar desde afuera. Pues no, en el caso del cuarto de técnicos del BFI, este botón estaba por afuera.

Un día en que a Luigi le pareció que las bromas de sus colegas se habían pasado de la raya, entró al cuarto de técnicos a buscar algo y, de repente, exclamó: “¡Epa, vean esto!”.

Sorprendidos, los tres compañeros que ese día estaban con él, y que eran los autores de las bromas pesadas, entraron todos al tal cuarto, momento que Luigi aprovechó para, soltando uno de sus legendarios pedos, salir de ese pequeño y sellado recinto y trancar la puerta tras de él.

Fue más que tragicómico ver a los pobres tres técnicos que, imposibilitados de salir, mientras con una mano se apretaban la nariz, con el puño de la otra golpeaban desesperados el vidrio pidiendo que alguien se apiadara de ellos y los sacara de aquella tan “perfumada” prisión.

Pero nadie se movió. Luigi se carcajeaba a placer afuera, mientras los miraba, y las piropeadas perforistas gozaron un mundo ese día, en particular Camila, que pasó a ser leyenda gracias a la hermosísima popa que la adornaba y que ella lucía con garbo enmarcada en una pequeña minifalda. Esa mujer traía de cabezas al personal masculino que trabajaba en el departamento DP (Data processing) del BFI y al foráneo que, como yo, visitaba ese departamento.

Referido a Camila sentí, por primera vez, que encajaba perfectamente el dicho venezolano que reza: “Su cara no vale un culo, pero tiene un culo que saca la cara por ella”.

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11. TENORIO DE SEGUNDA MANO

En Olivetti, al contrario que en IBM, a las personas que dirigían a un grupo de vendedores no se les llamaba gerentes —de primera línea, en el caso de IBM— sino jefes de grupo. Gerentes eran las de los niveles superiores a los jefes de grupo.

Paolo, ya en edad cercana a merecer el calificativo de solterón, era jefe de grupo en la Olivetti de Caracas y poseía una más que extraña costumbre (tal vez mejor diría que manía o debilidad): enamorarse de las mujeres de quienes se enamoraran los vendedores a su cargo.

Cuando para ejercer también como jefe de grupo fue destinado a una sucursal Olivetti del interior del país, después de probar aquí y allá terminó alojándose en una casa de familia (marido, mujer e hija veinteañera, de nombre Diana) que ofrecía habitación y comida sólo para dos personas, pues eran sólo dos las habitaciones disponibles para alquiler.

Por más de un año se alojó Paolo en esa casa sin que nada particular ocurriera entre él y los miembros de su familia anfitriona.

Carmelo, que en Olivetti de Caracas se desempeñaba como vendedor, fue trasladado un día a la misma sucursal en la que estaba Paolo y a trabajar bajo la dirección de éste.

Como Carmelo, también soltero aunque más joven que Paolo, iba a necesitar alojamiento, Paolo le sugirió que alquilara la segunda habitación que sus anfitriones tenían disponible. Lo llevó a verla, lo presentó a los dueños, y lo recomendó ante éstos, que aceptaron a Carmelo como inquilino.

Poco tiempo después Carmelo comenzó a salir con Diana, y eso bastó y sobró para que Paolo, que por más de una año había visto a diario a esa muchacha y nunca le había dicho ni qué lindos ojos tienes, desarrollara de pronto por ella un interés amoroso que aumentaba por días, hasta el punto de que comenzó a hostigar a Carmelo con preguntas de corte personal que pronto alertaron a éste sobre el inusitado interés de Paolo en la que, para ese momento, ya era novia de Carmelo.

Éste, en su carro y después de la hora oficial en que Olivetti terminaba labores, iba a recoger a Diana todas las tardes a la salida de su trabajo, la dejaba en su casa, y luego él regresaba de nuevo a Olivetti, no sólo porque siempre tenía algo que hacer sino para evitar que Paolo le llamara la atención por salir todos los días a la hora oficial.

Pero los exacerbados celos de Paolo lo llevaron al extremo de hacerle a Carmelo el reclamo de que estaba tardando demasiado en ir a recoger a Diana y dejarla en su casa, pues él, cronómetro en mano, había hecho ese trayecto durante tres días diferentes y siempre le tomó 20 minutos, mientras que eran cuando menos 40 los que transcurrían entre que Carmelo salía de Olivetti para ir a recoger a su novia Diana y regresaba de nuevo a su lugar de partida.

Esto ya colmó la paciencia de Carmelo que, más que molesto, le dijo a Paolo que lo que él, Carmelo, hiciera fuera de horas de trabajo no era asunto de Olivetti y mucho menos de Paolo y, por tanto, por esas actividades no tenía que rendir cuentas ni a su jefe ni a la compañía.

Pero lo que no supo Paolo, pues de haberlo sabido le habría dado un infarto, es que sus cálculos sobre la diferencia de tiempo eran exactos, pues después de que Carmelo recogía a Diana a la salida del trabajo de ésta, ambos, a bordo del carro de Carmelo, se escondían en un cierto lugar a hacer lo que no podía hacerse en público, y en dulces placeres eróticos se les iban los más de 20 minutos de diferencia que Paolo había descubierto.

En vista de que la tirantez de la relación entre Carmelo y Paolo aumentaba por días y estaba afectando ya el rendimiento laboral de ambos, el gerente de la sucursal, que como todos en Olivetti sabía de qué pata cojeaba Paolo, invitó a Carmelo a reunirse con él en su oficina, pero un sábado en la mañana, para que nadie los viera ni se supiera de tal reunión. Pero como para entonces ya Paolo espiaba a Carmelo, descubrió que ese sábado había ido a Olivetti y que, además del carro de Carmelo, en el estacionamiento de la compañía estaba también el del gerente, lo cual seguramente terminó de sacarle de sus casillas.

El caso es que cuando Carmelo y el gerente de la sucursal estaban en su reunión en la oficina de éste, de pronto se abrió de golpe la puerta y bajo el marco apareció la figura de Paolo, barbudo, despeinado y con el rostro rojo y desencajado. Aún no se habían repuesto Carmelo y el gerente del susto y del asombro por el mortalísimo pecado que en Olivetti era la irrupción no anunciada en la oficina de un superior, cuando Paolo se dirigió adonde estaba Carmelo, se arrodilló a sus pies y, tomando las manos de Carmelo entre las suyas, en tono suplicante le dijo:

—Yo sé que ella es para ti sólo un pasatiempo. Yo sé que no te vas a casar con ella…

Y prorrumpiendo en llanto añadió:

—¡¡¡Déjamela a mí, que yo la quiero con toda mi alma!!!

Cuando Carmelo salió de su estupor encontró calma suficiente para dirigirse al aún atónito gerente y decirle:

—¡¡Sácame de delante a este pendejo antes de que la parta la boca de un rodillazo!!

Ante esto, la sabia decisión del gerente fue transferir a Carmelo de vuelta a la Olivetti de Caracas a la que, poco tiempo después, llegó también de vuelta Paolo y le fue dado el cargo de jefe de grupo de unos cuantos muchachos vendedores entre los que había por lo menos dos que en materia de relaciones con mujeres hacían destrozos, pues cumplían al pie de la letra lo de que “De mosquito para arriba todo es cacería” y para ellos cualquier mujer era objeto de deseo y se daban de lleno a su conquista, cosa que Paolo sabía muy bien.

Lejos ya Diana, Paolo no sólo olvidó el caso sino que poco tiempo después de haber regresado a Caracas se supo que tenía novia; por lo visto había decidido interrumpir su soltería. Pero, para su desgracia, un día sorprendió a esos dos vendedores, los que eran tenorios redomados, haciendo chistes sobre su incipiente noviazgo, y Paolo fue presa de horribles sospechas.

La distribución del piso en que Paolo tenía su oficina era muy peculiar, pues al entrar había una recepción, y puertas a ambos lados de ésta. La puerta de la derecha conducía a las oficinas que estaban al fondo del piso, de espaldas a la calle y con puertas hacia el interior; la de la izquierda daba acceso a una especie de sala de espera luego de la cual había otra fila de oficinas de espaldas a las primeras. Sin embargo, la oficina del extremo izquierdo de esta fila —oficina a la que llamaré X— tenía dos puertas, una mirando hacia el pasillo de entrada de la izquierda de la recepción y otra mirando hacia las oficinas del fondo. Era, por tanto, el único punto de acceso a las dos mitades del piso.

A última hora de un viernes Paolo convocó sorpresivamente a sus vendedores para una reunión que tendría lugar en su oficina el día siguiente, sábado, a las 9 a.m. Los muchachos, más que extrañados, hicieron conjeturas sobre el motivo de tan extemporánea reunión, pero el sábado a las 9 a.m. estuvieron todos sentados en el área de recepción de lado izquierdo del piso.

Llegada la hora, Paolo, que estaba ya en el piso desde bastante antes, apareció por la puerta por la puerta interna del área de recepción y llamó a uno de los muchachos. Lo llevó a la oficina X y luego de que cada uno se sentó en el correspondiente lado del escritorio, Paolo sacó de repente una foto tamaño 8 x 10, en la que aparecía su novia, y poniéndola ante las narices del vendedor le preguntó, con tono imperativo:

—¿¡Conoces a esta mujer!?

El muchacho retrocedió sorprendido, y con cara de extrañeza dio un NO categórico, ante lo cual Paolo le dijo que podía irse, pero no por la puerta por la que había entrado sino por la que daba a las oficinas del fondo del piso.

Apenas salir, el muchacho se recuperó de su sorpresa y muerto de risa decidió ir a contarle a sus compañeros cuál era el motivo de la reunión, pero más sorprendido se quedó cuando no pudo entrar a la sala de espera, donde estaban sus compañeros, porque Paolo, previendo precisamente lo que el muchacho quiso hacer, y para evitar el chivatazo que habría arruinado su plan, antes de comenzar las entrevistas había salido por el área de la derecha y había trancado la puerta de acceso a esa sala de espera. Luego, regresando por el mismo lado derecho había dado la vuelta y llegado a la sala de espera para invitar a pasar al primer entrevistado.

Cuando tocó el turno a uno de los dos terribles, y Paolo le mostró por sorpresa la foto de su novia y le soltó el agresivo “¿¡Conoces a esta mujer!?”, el muchacho no pudo reprimir una carcajada, y ahí ardió Troya, pues para Paolo esa reacción significaba que el muchacho frente a él, aquel implacable Don Juan, había tenido, o tenía, un amorío con su novia, la mujer de la foto.

Qué pasó con las otras entrevistas no me lo contaron, pues este último lance de Paolo ocurrió cuando ya yo no estaba en Olvetti, y por eso sólo sé que el lunes siguiente fue vox populi lo de la famosa reunión del sábado, y que, tiempo después, Paolo se había casado con la muchacha de la foto 8 x 10.

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12. UN VUELO «PUNTUAL Y TRANQUILO»

El sábado 01/06/1968 volé a Barquisimeto a dictar a profesores del Politécnico un curso de poco más de un día de duración (desde las 10 a.m. del sábado a las 3 p.m. del domingo) sobre la Programma 101.

Volé con la Línea Aeropostal Venezolana, a cuyas siglas LAV la chispa popular le había asignado el significado de Le Aseguramos Velorio, pues en el aspecto de seguridad no estaba LAV en los mejores puestos entre las aerolíneas del país.

Terminado el curso, tomé mi pequeño bolso de equipaje y me dirigí al aeropuerto. Me extrañó encontrarlo casi vacío; de hecho, en el área de espera de LAV, tras cuyo mostrador descansaba una sola persona, no había nadie. Lo atribuí a que era tarde de domingo.

Pasada una media hora y faltando sólo media más para la salida del vuelo de regreso a Maiquetía (aeropuerto de Caracas), éramos sólo 4 las personas que allí estábamos: tres hombres y una muchacha de buen ver.

Como al llegar la hora fijada para la partida no habíamos visto avión alguno, protestamos ante el empleado de LAV que, bastante apenado, nos dijo que el vuelo oficial había sido cancelado por falta de pasajeros, y que para transportarnos a nosotros cuatro estaba saliendo de Maiquetía un avión de “emergencia”.

Eso de “emergencia” no me gustó, pero algo era menos que nada, pues no tenía yo ganas de quedarme otra noche en Barquisimeto.

Casi dos horas después llegó un DC-3, taxeó hasta la terminal, y el empleado nos dijo que tomáramos nuestro equipaje y le siguiéramos. Al llegar al avión, un hombre abrió la puerta, bajó la escalerilla y nos invitó a subir y a colocar el equipaje donde creyéramos que estaría más seguro.

Para ese entonces ya había yo volado bastante dentro de Venezuela, pero nunca había visto un avión como aquél, casi vacío por dentro. Era evidente que se trataba de uno destinado a carga del cual habían retirado todos los asientos, y que para este caso de “emergencia” le habían colocado sólo cuatro asientos dobles, dos a cada lado e igualmente espaciados unos 2.5 metros entre si. Los dos del lado izquierdo estaban cercanos al área de pilotos, y los dos del lado derecho estaban cercanos a la cola del avión.

Me senté en el primero del lado izquierdo, el más cercano al área de pilotos, y en el que estaba detrás del mío se sentó la muchacha.

La salida del entonces aeropuerto de Barquisimeto había sido siempre problemática por una suerte de turbulencias que muchos pilotos temían, y por eso no me gustaba volar desde ahí, pues aún hoy, y por motivos de circulación/presión sanguínea, cuando un avión en vuelo da un bajón, se me nubla la vista, y si el bajón es muy pronunciado paso a ver sólo algo como un telón negro, y pierdo el sentido. Cuando lo recupero tengo, por horas, un horrible dolor de cabeza y una tremenda presión en las sienes.

A poco de salir nuestro vuelo, y cuando yo pensé que ya el DC-3 había alcanzado su altura de crucero, de pronto dio un bajón. Medio se me nubló la vista, pero no había terminado yo de tragar en seco cuando vino otro bajón peor que el anterior, y antes de que terminara de asustarme por éste vino un tercero que me convenció de que nos estrellaríamos porque la altura sumada de los tres bajones me pareció ser menor que la altura que creí que era la de crucero.

El piloto, que era el tipo que nos había abierto la puerta del avión y único tripulante del vuelo, debe haber pensado igual que yo porque de inmediato el avión alzó el morro y subió casi verticalmente. El efecto de ese violento cambio de dirección hizo que mi espalda pegara con fuerza contra el respaldo de mi asiento, que cedió, y lo último que de eso recuerdo es que, viendo ya sólo el telón negro, iba yo cayendo de espaldas al vacío.

Mi próximo recuerdo fue que un golpe en mi cabeza me despertó, que simultáneamente escuché un alarido femenino, y que al abrir mis ojos me pregunté si en el Cielo o en el Infierno, donde creí estar ya, había mujeres de rosados muslos con diminutas pantaletas (bragas) azul celeste que escasamente alcanzaban a medio cubrir su principal objetivo y dejaban al descubierto el espeso, negro, abundante y rizado vello púbico.

¿Qué había pasado? Que al ceder el respaldo de mi asiento y llegar mi cuerpo a una posición horizontal, ya el cinturón de seguridad no sirvió de nada. Salí proyectado hacia atrás, caí de espaldas sobre el piso del avión y me deslicé violentamente, boca arriba, hacia los pies de la muchacha cuyo asiento, repito estaba a unos 2.5 metros detrás del mío. Cuando ella vio la dirección que yo llevaba, instintivamente separó sus piernas para esquivar en los pies el impacto de mi cabeza, con lo cual ésta pegó en la base metálica del asiento de la muchacha quien al caer en cuenta de que por mi posición podía yo ver a placer sus preciados rincones, se puso a chillar.

Cuando la damita estaba por patearme la cara —por mi “atrevimiento”, supongo, pero sin advertir que al levantar su pie mejoró ampliamente mi fantástica visión— el pasajero que ocupaba el asiento del otro lado del avión, el más cercano a la cola, vino a mi rescate, me ayudó a levantarme y, llevándome del brazo —pues por el mareo de “todo” lo ocurrido no podía yo caminar bien— me sentó en el asiento gemelo del que tenía el respaldo roto y me ayudo con el cinturón de seguridad.

El resto del vuelo lo pasé adormilado, mareado y con tremendo dolor de cabeza, y al llegar a Maiquetía la dama de las pantaletas azul celeste pasó frente a mí con su cabeza gacha, y roja como tomate.

Para colmo, por lo atontado que yo estaba no le pedí ni dirección ni teléfono…… clip_image019

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13. ¡POR FIN, IBM!

El 24/06/1969 murió mi padre en El Paso. Su muerte me dejó tan destrozado que por mucho tiempo nada me importó; como él solía decir, “me daba lo mismo atrás que a las espaldas”.

Con ese estado de ánimo, el 03/09/69, exactamente seis meses después de haber dejado yo Olivetti, bajando por la Avenida Urdaneta, a la altura de la esquina de Urapal, donde IBM tenía oficinas, tropecé con Carlos Pérez Requejo, un amigo de los ex Olivetti que se habían pasado a IBM, y me dijo que aprovechara porque IBM estaba buscando personal.

Haciendo de tripas corazón, esa misma tarde me fui a IBM-Urapal, inicié las gestiones y, por supuesto, me dijeron que tenía que presentar examen otra vez porque el presentado y aprobado en 1967 se había perdido por causa del terremoto.

Allí conocí a José Avendaño, Jesús Alonso y Juan Fermín Dorta, y allí se hicieron los arreglos para que al día siguiente volviera yo por segunda vez al Edf. 360, donde de nuevo me atendió la Sra. Rebeca Perli, y de nuevo, y absolutamente tranquilo porque me daba lo mismo atrás que a las espaldas, hice el examen que ella me presentó.

Al día siguiente, la Sra. Perli me llamó a mi casa y me dijo que, si yo quería, podía comenzar a trabajar el 01/10/1969. Y claro que sí quería. Cumplí con los exámenes médicos y demás trámites previos, y el 01/10/1969 entre por fin a IBM. Un hecho que marcó un hito en mi vida.

clip_image020(Así lucía yo en esos días. Por qué se me ve negro el pelo, no lo sé; travesuras de las cámaras o de los fotógrafos)

Conmigo entraron Humberto González, Alfonso Colloca y Lysette Riera, que dejaron pronto IBM; Raúl Figueroa y Luis Merchán, que junto con otros 5 empleados de IBM y anteriores a ellos dejaron la compañía y fundaron una llamada Hepta; Ricardo Croes, que fue asignado a la sucursal IBM-Maracaibo, renunció poco tiempo después y fundó en Maracaibo una compañía de software; Pierre Fluché, que a mediados de los 70 dejó IBM-Venezuela, se fue —si mal no recuerdo— a IBM-Brasil, y murió poco después en Río de Janeiro; y Hernán Kofinke y Delia Lacorte que fueron de los últimos en retirarse, Hernán se fue a Colombia y Delia a USA. Y por varios años más, de esta promoción de 1969 quedé sólo yo.

Una vez que terminé el largo periodo de entrenamiento inicial, el llamado Entry Level Training (ELT), e iba a ser asignado a mi primera posición de trabajo, pedí que, por favor, me dieran la de analista de sistemas.

La respuesta fue que no, porque como yo, actuando como vendedor, le había ganado a IBM negocios tan importantes como el de los terminales para el Banco Francés e italiano, iría por tanto a Ventas en la Sucursal Finanzas que era la que se ocupaba de los Bancos. Y allá fui, y con los Bancos hice carrera.

Paradójicamente, mi primera actividad pública en IBM tuvo lugar el día 27/04/1970 en el teatro de la Casa de Italia, en La Candelaria, durante el Kickoff Meeting —o reunión anual de inicio de actividades— de ese año, con una presentación en la que expliqué a la fuerza de ventas los detalles, con pelos y señales, de los nuevos terminales bancarios Olivetti, los mismos que yo había ayudado a diseñar mientras estuve en Ivrea. ¡Jugarretas del Destino!

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EPÍLOGO

Durante un tiempo vi casi a diario en Olivetti a Álvarez, pero luego él dejó esa compañía y le perdí totalmente el rastro.

De los casos de personas que cambiaron mi vida, es él a quien más me gustaría volver a ver para agradecerle personalmente y hacerle saber lo que por mí hizo, pues considero que fue Álvarez quien, con su insistencia en que yo fuera con él a Olvetti —aunque lo que quería era que yo dejara la compañía de Floreal— dio inicio al gran hito o turn-arount point que en mi vida significó mi entrada a IBM.

***

En cuanto a la realización de mi sueño de entrar a IBM, desde que lo logré creí que fue obra de mi difunto padre, pues no sólo se dio la coincidencia de que el día en que por boca de Carlos Pérez Requejo supe que IBM estaba buscando personal, fue el día en que se cumplían exactamente los 6 meses que IBM exigía de separación de Olivetti para poder hablar de trabajo con un ex empleado de esa compañía, sino que antes del final de ese año 1969, mis otros dos hermanos, Tomás y Raúl, quienes también tenían, como yo, sueños de alcanzar metas relacionadas con trabajo, pudieron alcanzarlas.

Tomás recibió, sin esperarla, oferta para asociarse con el dueño de una ferretería —operando bien desde hacía años— porque éste sentía que era mucho trabajo para él solo. Una oferta que vino como anillo al dedo porque Tomás estaba buscando trabajo y el que negocio que le gustaba era el que también le gustaba a nuestro padre: el de ferretería.

Raúl logró dar por fin con la fórmula que le permitió que el chorizo canario que él fabricaba no se corrompiera en este país, y con ello alzó vuelo su fábrica de embutidos Gran Rey y, con ella, su situación económica.

Años esperamos los tres para alcanzar nuestras metas, y luego, en el último trimestre del año en que murió nuestro padre, se dieron todas a la medida de nuestros deseos.

Hace tiempo que no creo en casualidades.

[*FP}– Orgullo de padre: Entrevista a la profesora Dra. Elena Padrón

Entrevista hecha a mi hija Elena en la Alliant International University (de San Francisco, California, USA), para la que trabaja.

Carlos M. Padrón

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Enero de 2009

Por Manny Gonzalez

 

elenaaliantComo instructora de Propuestas de Diseño de Investigación, y Asuntos Clínicos y Éticos, la Dra. Elena Padrón está en su segundo año de enseñanza en Alliant International University.

Después de graduarse en Psicología en la Universidad de California en Berkeley, y de obtener un doctorado, con doble especialización en Psicología Clínica y del Desarrollo, de la Universidad de Minnesota, regresó a Venezuela, su país natal, para incorporar a su desarrollo profesional la experiencia de tres años de práctica privada en ese país, y luego de consolidar su identidad bicultural y conseguir la integración de su faceta personal y profesional, regresó a California.

Escogió Aliant por su enfoque multicultural y la oportunidad de trabajar con un profesorado extraordinario. Actualmente trabaja con el Dr. Robert-Jay Green en el diseño de un ambicioso proyecto de investigación longitudinal, a nivel nacional, de niños concebidos vía vientre alquilado y criados por padres homosexuales.

Espera que este estudio arroje luz en nuestro conocimiento del desarrollo infantil en familias de padres homosexuales, así como en el rol que las relaciones padre-hijo tienen en la formación del apego o vínculo (attachment).

Aparte de su interés por la investigación, la Dra. Padrón fundó el Foro Latino para el Desarrollo Profesional, para estudiantes y profesores. El propósito de este grupo es promover un hogar dentro de la universidad para que los estudiantes latinos desarrollen sus identidades profesionales y sus competencias clínicas multiculturales, y reciban orientación y apoyo social.

Como psicóloga bicultural, la Dra. Elena Padrón es el producto de dos culturas, y ha tenido el privilegio de enriquecerse desde los puntos de vista de dos contextos diferentes.

A la pregunta de si sufre tensiones entre las dos culturas responde que sí, pero que considera que es algo inherente al ser bicultural, y que ya no lucha por encajar en uno solo de esos dos contextos, excluyendo el otro, sino que se permite gozar de una identidad cultural más fluida y compleja.

Fuente: SGA Newsletter

[*FP}– Mi caballo blanco

Carlos M. Padrón

A causa de la Gran Depresión, mis padres, que para entonces vivían en Cuba con sus tres primeros hijos, dos varones y una hembra, en 1932 regresaron a Canarias en total bancarrota, se residenciaron en la casa que había sido de mi abuelo paterno, y mi padre —con la ayuda que podían darle mis hermanos, apenas adolescentes— se dedicó a trabajar los terrenos que de su padre había heredado y que necesitaron mucho esfuerzo para hacerlos productivos.

Por lo pesado de las tareas y lo que había que transportar en aquel medio agropecuario, se necesitaba una bestia de carga. Según recuerdo haber oído decir a mis hermanos, mi padre compró —en Garafía, Tijarafe o Puntagorda, no estamos seguros— un caballo, de color blanco, que, como todos los dedicados a carga, estaba castrado. Ignoro también qué edad tenía ese caballo cuando llegó a mi casa allá por el año 1935, pero sí sé que, aunque potro aún, era ya útil para el trabajo que de él se requería.

Fui el primero de los hijos de mis padres que nació en Canarias, y me crié viendo desde niño ese caballo blanco. Ya desde los 9 años lo usaba yo para, cabalgando sobre él, llevar en las tardes la vaca a la relva, donde también quedaba el caballo, y yo regresaba a casa caminando, y caminando iba a recogerlos temprano a la mañana del día siguiente.

Si la vaca se escondía entre las frondosas matas de chochos sembradas en la relva, el caballo, al verme llegar, iba a buscarla y la arreaba hasta la puerta, a la que llamábamos ‘cancelón’: una armazón hecha con dos postes de madera, clavados en el piso a la distancia que entre ellos exigiera el uso, y con dos o más pares de huecos en los que encajaban otros tantos largueros, también de madera, que iban de poste a poste, con una separación vertical entre ellos, y hasta una altura que impidiera la salida del ganado.

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Foto tomada a mediados de 1948 con los dos animales más útiles de la casa: la vaca y el caballo —Mi caballo blanco— sobre el cual aparezco yo. En pie, mi padre y mi madre. Al fondo, con la puerta abierta, el ‘pajero’ (establo) lugar destinado a guardar al caballo y a la vaca. El nombre de ‘pajero’ le viene de que ahí se guardaban también las pacas de paja para alimentar a ambos.

 Si por cualquier motivo, y ya camino a casa, la vaca aminoraba la marcha o se detenía a comer algo, el caballo la mordisqueaba en el anca para que continuara a buen paso. A veces tenía yo que evitar este proceder porque la ubre de la vaca iba tan repleta que el bamboleo al caminar hacía que de las tetas salieran hilos de leche que serían más abundantes si la vaca apuraba el paso.

El caballo cargaba con cereales, pasto para las cabras y la vaca, pacas de pinillo (aguja de pino seca), madera o piñas de pino para alimentar el fuego para cocinar, sacos de gofio, las “mantas” de las acarreas, llenas de trigo o cebada, etc. Era imprescindible para este tipo de labores.

Siendo todos jóvenes, tanto mis hermanos como el caballo, éste sirvió a aquéllos, Raúl y Tomás —quienes en 1946 y 1947, respectivamente, cuando apenas tenía yo 6 y 7 años, emigraron a América— para competir en carreras contra los caballos o yeguas de otros muchachos de su edad, aunque a mi padre no le gustaba que hicieran tal.

Raúl, que fue un joven enamoradizo, se echó una noviecita en el Paso de Abajo, y adoptó la costumbre de ir a verla a lomos de nuestro caballo blanco. A tal fin lo bañaba y cepillaba el domingo en la mañana, y en la tarde, a la hora en que las normas de la época permitían que los enamorados se visitaran, le ponía su montura. Y estando mi hermano muy bien ataviado para la ocasión, montaba en el caballo y se dirigía a casa de su enamorada.

Como ésta vivía en una casa de dos plantas, y le permitían hablar con mi hermano desde la ventana de la planta superior, que daba al camino, Raúl se aparcaba con el caballo frente a esa ventana y, sin bajarse de él, comenzaba a “enamorar”, que era el término decente que para la época se le daba a esa actividad. El no tan decente pero sí mucho más apegado a la realidad, cuya validez se entiende después de que uno tiene más de 60 años, era “jozar mierda”.

Pues bien, cuando eso se repitió por varias domingos consecutivos, nuestro caballo creyó que tener que estar parado, por horas y a pie firme, frente a una estúpida ventana, semana tras semana, era algo que ya se pasaba de castaño oscuro, y un buen día, cuando la visita de Raúl iba por la mitad de lo que solía durar, el caballo soltó un sonoro pedo.

Al principio, mi hermano creyó que había sido un hecho aislado, y avergonzado pidió disculpas a su noviecita. Pero viendo el caballo que la visita seguía, siguió también él con los pedos, cada vez menos distanciados en el tiempo, hasta que mi hermano, avergonzado y hecho una furia, picó espuelas e hizo correr al caballo cuestas arriba hasta llegar a casa.

El pobre animal debe haber sufrido por el castigo que recibió durante esa forzada carrera, pero nunca más tuvo que soportar el martirio de, con el peso de mi hermano sobre su lomo, estar parado por horas frente a una ventana de una casa del Paso de Abajo.

Para colmo, entiendo que este incidente de las emanaciones gaseosas de no muy agradables olores arruinó el incipiente romance que mi hermano adelantaba con esa noviecita, pues a Raúl le dio vergüenza volver a acercarse a ella y, como se sabe, “lejos de vista,…”.

En otra oportunidad, y cuando Raúl, montado en el caballo, regresaba del huerto que llamamos Enrique y se durmió mientras cabalgaba, del patio de una casa del Camino Viejo salió de pronto, ladrando como loco, un perro. El caballo se asustó, hizo un extraño giro, y proyectó a Raúl contra el suelo en una caída que pudo haber sido fatal porque la cabeza de mi hermano pegó contra una piedra.

Faltando ya mis dos hermanos, el único hijo varón que en casa le quedaba a mi padre era yo, y sobre mí recayeron algunas tareas que, a pesar de mi corta edad, podía y debía yo llevar a cabo.

Así, a veces cuando mi padre tenía que ir al campo muy de madrugada, para evitar despertarme tan temprano dejaba el caballo listo con aparejos y carga, como ya dije en Algo de corte esotérico,y cuando mi madre por fin me “despertaba” y me daba el desayuno —leche con gofio, por supuesto—, yo montaba en el caballo, amarraba su cabestro a la punta de la albarda y lo arreaba para que echara a andar.

Cómo lo hacía, no lo sé, pero de los cuatro posibles destinos a los que dirigirse (Padrón, Enrique, La Hoya del Rayo, y El Calderón), el caballo, siempre y por su propia cuenta, iba directo al correcto. ¿Y por qué por su propia cuenta? Por lo de las comillas en “despertaba”, pues yo me dormía sobre él, y dormido llegaba a destino.

Poco a poco, este caballo fue convirtiéndose para mí en un pet o mascota más que en una utilitaria bestia de carga. Yo solía hablarle cuando lo llevaba a abrevar al chorro de Don Diego, o a que le pusieran “zapatos” nuevos en una herrería que entonces había en Cachete y que era, si mal no recuerdo, de alguien apellidado Díaz. Y cuando el peral de casa nos regalaba su siempre abundante cosecha, a espaldas de mi padre le daba yo a comer peras, que al caballo le gustaban mucho.

Una mañana en que bajaba de la relva de La Hoya del Rayo, con vaca y caballo, y yo a lomos de éste, faltando unos metros para llegar a El Abrigado ocurrió algo similar a lo que le había pasado a mi hermano Raúl: de una casa del lado derecho del camino salió de pronto un perro que con sus inesperados ladridos asustó al caballo; éste hizo una contorsión que me lanzó despedido hacia unos troncos de pino —‘vergas’, se les decía— que estaban apilados en el camino frente a la casa de la que había salido el perro, y contra esos troncos golpeó violentamente mi espalda.

Cuando desperté, me encontré dentro de la venta que para entonces había en El Abrigado, sentado en una silla pero al revés (mi pecho contra el respaldo), y una de las varias y preocupadas personas que allí se habían congregado, pasaba alcohol sobre las heridas que, como pude ver luego —iban en diagonal desde mi hombro derecho hasta la base izquierda de la espalda, justo sobre la cintura— eran idénticas a las que, según el cine, ocasionan en una persona los latigazos que se le dan.

Quién me llevó hasta la venta, no lo sé, pero sólo cuando los vecinos allí congregados se cercioraron de que yo había recuperado plenamente el sentido, me permitieron continuar el camino hacia casa, pero haciéndome prometer que lo haría a pie, llevando al caballo sujeto por el cabestro, pues temían que si montaba en él me diera un vahído y cayera.

La vaca y el caballo, como afectados por lo grave del incidente, estaban parados esperando frente a la venta, y, cuando me dirigí al caballo para tomarlo del cabestro, reparé en que el pobre animal estaba todavía temblando, pues era consciente de lo que sin querer había causado.

Uno o dos años después, un grupo de muchachos que a diario llevábamos vacas a las relvas, acordamos ir juntos cuando las relvas estuvieran en la misma zona, y una de estas veces, al llegar al barranco de Las Canales acepté el desafío que “para echar una carrera” me hicieron mis compañeros.

Montado a pelo sobre mi caballo blanco, como en el cine muestran que hacen los indios de las películas del Oeste —pues nunca pude sentirme seguro montando en silla, albarda o ‘basto’, como llamaban a la pieza acolchada que se ponía entre la silla y el lomo de la bestia—, lo hice correr en competencia con las otras 2 ó 3 bestias.

Por mala suerte, el caballo tropezó, y yo salí disparado hacia adelante y caí sobre la arena del barranco, tendido boca arriba y con mi cabeza directamente debajo de la pata delantera derecha del caballo que, para sorpresa de todos, la mantuvo suspendida, con el casco a escasos centímetros de mi cara,… a pesar de que por el miedo al verme caído se puso a temblar y, de pronto, se orinó.

El pobre estuvo muy consciente de lo ocurrido, y también de lo que podía ocurrir si bajaba su pata, y, literalmente, como suele decirse, “se meó del susto”.

A finales del año 1954 mi padre comenzó a preocuparse porque, cada vez con más frecuencia, el caballo se desplomaba bajo el peso de cargas como las que siempre había transportado sin problemas, y, para agravar la situación, en su excremento comenzaron a aparecer trozos de pienso enteros, sin digerir.

A poco se hizo evidente que ya el caballo no servía para lo que mi padre necesitaba de él, pero también era evidente, tristemente evidente, que mi padre sí necesitaba el dinero que por el caballo pudieran darle,… y decidió venderlo.

Un ‘marchante’ (mercader de bestias) natural de uno de los pueblos que señalé como posible origen de mi caballo, se interesó en él y, un aciago día mi padre se lo vendió.

Lo supe cuando al llegar a casa, ya de noche, después de haber concluido la consulta que para las tareas de mis estudios hacía yo en la biblioteca de la casa de mi tía Beneda —situada en la confluencia de la carretera principal con la de la Cumbre— noté una extraña tensión en el ambiente familiar, y, compungida, mi madre me dijo que el caballo ya no estaba en casa.

Haciendo un esfuerzo me senté a cenar con mis padres y mis dos hermanas, todos en un tenso silencio, en especial mi padre, en cuyos ojos se percibía una cierta humedad.

En febrero de 1955, cuando, ya totalmente de noche, salí de la casa de mi tía Beneda para ira la mía, para protegerme del frío reinante tuve que alzar el cuello de mi chaqueta, mantenerla cerrada con fuerza contra mi pecho, y caminar inclinado hacia adelante para poder avanzar contra la fuerza del alocado viento de brisa que soplaba proyectando gotas de agua —las llamábamos ‘chirizo’— que punzaban como alfileres.

Las verdes y escasas lámparas del alumbrado público, colgantes entonces de un cable sujeto entre dos postes ubicados a ambos lados de la vía, saltaban alocadas proyectando luces y sombras en todas direcciones, y el ulular del viento entre las ramas de los eucaliptos que bordeaban la carretera hasta un poco más arriba de Monterrey, era a veces ensordecedor.

Al pasar frente a la entrada a la calle lateral a Monterrey, la que hoy lleva el nombre de Pedro Martín Hernández y Castillo (mi tío-abuelo) a pesar del ruido ambiental escuché un estridente relincho que hizo que me detuviera en seco creyendo que estaba alucinando, pues era el inconfundible relincho de mi caballo blanco. Unos segundos después, y estando yo aún parado y expectante, el relincho sonó de nuevo.

“¡No puede ser mi caballo!” me dije, pues aparte de que hace tiempo se lo llevaron lejos de El Paso, no es posible que, con lo viejo que está, haya podido detectar mi presencia con alguno de sus ya atrofiados sentidos. No con el oído, pues el ruido producido por el viento era mucho; no con el olfato, pues el mismo viento dispersaba de inmediato cualquier olor; y difícilmente con la vista, pues aparte de que no veía ya bien, tendrían que haberse dado tres condiciones: que yo estuviera pasando por la bocacalle, que en ese preciso momento me alumbrara la errática luz de la lámpara, y que el caballo estuviera mirando hacia ese punto, algo poco probable porque no había motivo para que mirara hacia allí.

No obstante todo eso, algo en mi interior me decía que el relincho era de mi caballo, y ese algo hizo que, sin pensarlo más, yo me adentrara en la negrura de aquella calle, que entonces carecía de alumbrado público, y después de avanzar unos 30 metros encontré, atado a la pared y en medio de la oscuridad, a mi caballo blanco que, contento al verme, agitó su cabeza hacia arriba y hacia abajo como en un gesto afirmativo.

Llorando sin poder evitarlo me abracé a su cuello, y el pobre animal comenzó a emitir un extraño sonido gutural, de frecuencia muy baja que, aunque parecido al ronroneo de un gato, surgía entrecortado y tenía ribetes de gemido, de lamento.

No sé cuánto tiempo estuve así, pero convencido de que nada podía yo hacer para remediar aquella situación, armándome de valor me solté del cuello del caballo y, casi ciego por las lágrimas, eché a correr hacia la carretera y puse rumbo a mi casa, siempre corriendo a fin de evitar que hubiera un nuevo relincho y yo pudiera escucharlo.

Al llegar a mi casa, antes de entrar fui hasta la pileta, me lavé la cara, me sequé con mi pañuelo, y cuando creí que ya no serían evidentes las señales de mi llanto, entré.

Ya estaban todos sentados a la mesa esperándome para cenar, pero sin detenerme ni mirarlos siquiera me dirigí hacia mi cuarto mientras decía que iba a acostarme porque me dolía la cabeza.

Nunca más supe de mi caballo blanco, pero por mucho tiempo me torturó la pregunta de cómo y dónde habría sido su muerte.

Tampoco nunca se lo mencioné a mi padre, ni le dije que había vuelto a ver al caballo, pues bien sabía yo que a él le había dolido también —aunque no tanto como a mí— darle a mi caballo blanco ese triste final lejos del hogar —lugar y personas— en el que había vivido por más de 20 años.

***

Cuando mis hijas fueron niñas, en sus años de gusto por los cuentos me pedían que les contara el de “El caballito blanco”, y aunque fueron muchas las veces que las complací, será a través de este relato como sepan por fin la versión completa y no la de final feliz que yo les contaba.

Tal vez también maquillada puedan ellas dársela a mis nietos como el cuento de “El caballito blanco de Abuelito Carlos”.