[*FP}— Mi llegada a la computación y a IBM – Un tributo a quienes influenciaron mi vida. Hechos y anécdotas

30 Junio, 2009 (00:23) | 218 Visitas directas

Al preparar hoy, 01-10-2019, un artículo, que publicaré también y que hoy menciona mi entrada a IBM, quise poner un enlace a éste que sigue y que publiqué el 30-06-2009 pero, para mi consternación, no lo encontré en mi blog. Debo haberlo borrado por error hace ya años.

Gracias a Google logré rescatarlo y lo publico hoy con la fecha original del 30-06-2009.

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C A P Í T U L O S

1.- El comienzo en Olivetti
2.- Primer contacto con IBM
3.- … y escribir un libro, ¡misión cumplida!
4.- Principio del fin con Olivetti
5.- Anécdota. Recomendaciones de Morosini
6.- Anécdota. La maldición de “Cartagenera”
7.- Anécdota. El émulo de Pasteur
8.- Anécdota. Planificación estratégica
9.- Anécdota. Estéfano
10.- Anécdota. Perfumador de ambientes
11.- Anécdota. Tenorio de segunda mano
12.- Anécdota. Un vuelo “puntual y tranquilo”
13.- ¡Por fin, IBM!

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Carlos M. Padrón

En “Mi primer amor 47 años después“ escribí esto:

«Hay hechos en mi vida que, cuando hago retrospectiva, me producen una mezcla de desasosiego, amargura y frustración al caer en cuenta de que nunca más he sabido de las personas que en ellos pasaron por mi existencia pero que, como si de objetos celestes lanzados a gran velocidad se tratara, me rozaron y desviaron mi trayectoria de forma drástica e irreversible. Me parece injusto el no contar con un medio que me permita volver a ver a esas personas, bien sea para darles las gracias o para hacerles saber cómo influyeron en el curso de mi vida».

Para paliar la falta de ese medio en relación con las personas que se cruzaron en mi vida laboral cuando inicié mi camino hacia la computación, publico los artículos de esta serie que son un agradecido y afectuoso recuerdo a algunas de ellas —pongo sus nombres en letra negrilla— que “me rozaron” inmediatamente antes, en, e inmediatamente después de Olivetti, y que, en mayor o menor grado, hicieron en mi vida una simple mella o provocaron grandes cambios de los que tal vez nunca supieron.

Quisiera mencionarlas a todas, pero de muchas no recuerdo sus nombres. Mis disculpas a las que no menciono.

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1.- EL COMIENZO EN OLIVETTI

Según dije en “Reencarnación (3/5): Italia y su lengua” en septiembre de 1962 entré a trabajar en Olivetti de Venezuela, una compañía que para entonces era como lugar de tránsito para emigrantes italianos, españoles y Canarios, que entraban en Olivetti como vendedores de máquinas de escribir y de calcular, mientras encontraban un trabajo mejor.

Porque yo era Contador (Contable) me pusieron en Mecanización Integral, rimbombante título para el departamento encargado de la venta de máquinas que permitían mecanizar —y valga la redundancia— ciertas tareas de la contabilidad de una pequeña empresa.

Mi decisión de entrar en Olivetti se debió a una de esas máquinas, pues cuando como encargado de la correspondencia en inglés (principalmente colocación y gestión de pedidos a proveedores de USA) trabajaba yo en una pequeña compañía de catalanes —segundo de los trabajos que tuve en Venezuela— que no trataba muy bien a sus empleados, un día entró a ella un auditor de nombre Pedro Navarro que duró poco tiempo porque su relación con el dueño, un catalán con el colorido nombre de Floreal, no era buena. Después de que Pedro dejara esa compañía mantuve contacto con él por algún tiempo.

Llegó después otro auditor, creo que gallego, de apellido Álvarez y no mayor de 30 años, y a poco que comenzaron las desavenencias, que eran de esperarse, entre él y Floreal, el gallego decidió renunciar y volver a Olivetti, de donde había venido.

Unos días antes de marcharse se me acercó y me dijo: “No aguanto más aquí. Regreso a Olivetti y te pido por favor que vengas conmigo, pues aquí no tienes futuro alguno”.

La oferta, que se repitió dos veces más, me sorprendió porque Álvarez sólo había estado en contacto conmigo por alrededor de un mes, su trabajo no guardaba relación directa con el mío, y él no tenía hacia mí ningún tipo de obligación moral que motivara ese gesto.

Por no contrariar su amabilidad, y también porque era cierto que no había futuro para mí en aquella pequeña compañía de venta de publicidad impresa en artículos como bolígrafos, llaveros etc., le dije a Álvarez que sí iría con él a una entrevista de trabajo en Olivetti.

Álvarez se encargó de hacer los contactos para conseguirme esa entrevista, y los hizo con José Cerezo, gerente de ese departamento de Mecanización Integral —quien resultó ser también Canario, como yo— porque, según me dijo luego, lo de Mecanización Integral era lo indicado para mí por lo de Contador y porque me defendía bien en inglés.

Mientras yo esperaba para entrevistarme con Cerezo, vi cómo una máquina de color verde y negro, mucho mayor que la mayor de las calculadoras por mi conocidas, imprimía sola asientos contables sobre un cartón preformateado con el diseño propio de una hoja de libro Diario. ¿Una máquina haciendo sola, sin intervención humana, asientos contables? Eso me fascinó, y así lo dije en la entrevista en la que fui aceptado.

Esto marcó el inicio de mi camino hacia la computación, que debo al interés que en mí puso ese señor de apellido Álvarez,… cuyo nombre no recuerdo, a quien nunca más he visto y cuyo paradero desconozco. Algo que, cuando menos, me parece, lamentable.

Renuncié a la compañía de los catalanes, y en septiembre de 1962 entré a trabajar en Olivetti de Venezuela como vendedor de Mecanización Integral, primer trabajo de ventas que tuve en mi vida.

Bajo el despótico mando de Floreal quedaron los hermanos Mesa, Canarios, de La Gomera, de quienes nunca tuve más noticias, y un señor catalán, ya mayor, republicano convicto y confeso, siempre malhumorado y siempre gruñón, cuyo apellido era Mollet, si mal no recuerdo.

La máquina que me había fascinado era una de la línea llamada Audit. Trabajaba en base a un programa que, una vez escrito por el Programador sobre una gran hoja formateada al efecto, que recibía el nombre de Módulo, era realizado por alguien llamado Instalador que se encargaba de, siguiendo lo indicado en el módulo, atornillar en placas metálicas los ‘tenones’ —del italiano tenoni—, que eran unos pequeños trozos, también metálicos, delgados y de color negro, de largos que variaban entre 0.5 hasta 2 cm.

Las placas eran colocadas luego, siempre según lo indicado en el módulo, en algunas de las 64 ranuras que al efecto tenía una larga y pesada barra metálica que, una vez completa en referencia al módulo, se montaba y atornillaba en el carro de la Audit, un carro que, con bastante ruido, se desplazaba como el de una máquina de escribir mecánica, y que tenía con relación a la Audit, bien fueran numéricas o  alfanuméricas, la misma ubicación que con respecto a la máquina de escribir mecánica tiene su propio carro.

clip_image002(Arturo Fernández).

Si bien en Olivetti de Venezuela había entonces un par de vendedores de Mecanización Integral, y todos en Caracas (como el gallego Arturo Fernández, el más veterano, con quien, con el tiempo, hice una buena amistad), había una sola persona que de verdad sabía programar las Audit, y que por ello dedicaba a eso casi todo su tiempo. Se llamaba Adolfo De Angelis y estaba muy orgulloso de su trabajo, pero también muy celoso de él, por lo cual, y a pesar de que a mí, y a tres más que entraron a Olivetti conmigo —entre ellos Aldo Taconi— nos dio un curso de programación, no le gustó la idea de darnos ulteriores explicaciones que pudieran capacitarnos más de lo que él consideraba conveniente para su tranquilidad, así que, a fin de poder aprender más al respecto, solicité literatura, y mi jefe me dio unos manuales de programación escritos en italiano.

De esa forma aprendí a programar, sin ayuda, las Audit que lograra yo vender visitando cada semana, si es que me recibían, casi una decena de pequeñas empresas a las que les planteaba las ventajas de mecanizar su contabilidad.

Para convencer al potencial cliente, Olivetti aceptaba instalarle en demostración una Audit programada con el trabajo que, de entre los que la máquina pudiera hacer, el cliente escogiera. Lograr que la Audit hiciera ese trabajo era labor de Adolfo, pero como ya él no era el único que sabía programar, yo me encargué de hacerlo en las Audit por mí enviadas en demostración, y eventualmente vendidas luego, y así, en el rol de vendedor y programador, debía yo escribir el programa (hacer el módulo), dárselo a un instalador para que lo llevara a la práctica, comprobar que funcionara, corregir eventuales fallas hasta dejarlo listo, entrenar al instalador en su manejo, y encargarme entonces de que la máquina fuera instalada en las oficinas del potencial cliente, de que el instalador entrenara en su manejo a una o dos personas de ese cliente, a quien yo debía visitar casi a diario para saber su opinión sobre el trabajo que la máquina hacía, y efectuar luego las modificaciones que el cliente pidiera, si eran algo que la máquina pudiera hacer.

Así conseguí no sólo autonomía —pues a diferencia de los otros vendedores no tenía yo que recurrir a Adolfo para asuntos de programación— sino también buena reputación porque llegué a programar más rápido que él y hasta a hacer programas que, según él, no podían hacerse, lo cual dio lugar a que me viera como un competidor suyo.

Un día falló el programa de una de las Audit instaladas en una fábrica de colchones. Esas fallas se debían las más de las veces a que un tenón se había caído, y la manera de detectarlas era ver en qué operación fallaba la máquina, ubicar ésta sobre el correspondiente módulo (el programa), desmontar luego la barra, ubicar en la barra la placa metálica a la que correspondía esa operación, sacar la placa, atornillar a ella el tenón faltante, reinsertarla en la ranura que le correspondía, y montar de nuevo la barra en el carro de la Audit.

Como ese programa lo había hecho Adolfo, lo enviaron de urgencia a la fábrica de colchones. Él comenzó a hacer todas las operaciones descritas, pero al colocar sobre una mesa la barra que fallaba, y extender al lado su módulo para comenzar el debido análisis, Adolfo quiso encender un cigarrillo porque, como fumador empedernido que era, decía que no podía pensar si no fumaba.

Apenas el gerente de Contabilidad vio lo que Adolfo se proponía hacer, puso el grito en el cielo y le dijo que allí, en aquella fábrica, nadie podía fumar; estaba totalmente prohibido. Ante eso, y realmente contrariado, Adolfo respondió que entonces él, lamentándolo mucho, no podía hacer el trabajo y, bastante molesto e incómodo, regresó a Olivetti.

Para cuando llegó a las oficinas, ya la gerencia de la fábrica de colchones había llamado a Cerezo, y éste, preocupado por el riesgo de perder al cliente, le pidió a Adolfo que le entregara el módulo de la máquina que presentaba la falla. Cerezo me lo dio y me mandó a la fábrica de colchones a arreglar el problema, cosa que hice en poco tiempo por cuanto la falla era del tipo de la ya descrita como frecuente.

clip_image003(Con Margarito en Valencia)

Eso elevó mis “acciones” dentro de Olivetti, y teniendo yo entonces la libertad del soltero, en abril de 1963 me dieron una especie de gerencia de Mecanización Integral responsable del interior del país y de ciertas áreas de Caracas, y como tendría que viajar mucho al interior pero no tenía carro (coche), Olivetti me financió la compra del primero que tuve en mi vida: un Fiat 1100-D, de los primeros ensamblados en la planta Fiat de La Victoria (Edo. Aragua, Venezuela), que me entregaron el 03/05/1963 en la Esq. Urapal (La Candelaria) y me fui manejándolo hasta la Pensión Caribe, cerca de la Plaza La Estrella (San Bernardino) donde entonces yo vivía, al igual que Blas Martínez, que también trabajó en Olivetti, y Pedro González y su esposa Maruca, de origen asturiano, quien atendía de maravilla esa pensión.

A ese carro lo bauticé Margarito, y al día siguiente me fui manejándolo hasta Valencia., lo cual fe una temeridad, pero a la edad que entonces yo tenía, e incluso hasta un par de años más, uno comete muchas,…  como casarse.

Casi todos los meses tenía yo que viajar una o más veces a Maracay (gerente Lino Belletini), Valencia (gerente Muñoz), Maracaibo (donde me entendí casi siempre con Sergio Marinucci), y Oriente (donde me entendía con Camilo Stenta y Germán Liberal que daban  asistencia técnica a Puerto La Cruz, Barcelona, Cumaná y Carúpano, y donde el gerente era José González, un madrileño más conocido como “Pepe El Enterao”, pues presumía de saber de todo).

Estos gerentes reportaban a Franco Cascadán, excelente persona que hasta poco después de mi entrada a Olivetti reportaba al gerente general, un italiano que se hacía llamar Comendador Calderoni y que fue reemplazado en ese cargo por el Ing° Alberto Bergamini.

En algunos de mis viajes a Puerto La Cruz se accidentó Margarito, y el paisano Antonio Rocha González, amigo y coetáneo de mis hermanos Raúl y Tomás, me prestó dinero para las reparaciones. Son favores que no se olvidan.

A mi disposición pusieron a algunos vendedores del interior (como Piero Morosini, en Maracaibo y Los Andes, y Esteban Pérez de Obanos, en Maracay y Valencia) a quienes yo tenía que entrenar, y a un grupo de instaladores (Ciro Hernández, Pacheco y Lizardi) que a veces se pasaban semanas en esas ciudades enseñando a los operadores designados por los clientes el manejo de las Audit que mis vendedores habían logrado vender, aunque no programar, pues por más cursos que les di no hubo forma de que alcanzaran autonomía en la programación, por lo cual era yo quien tenía que hacerlas casi todas.

clip_image004(De izq. a derecha: José González, Franco Cascadán, Manolo Suárez, y Carlos M. Padrón)

Me tomé a pecho ese trabajo, que me gustaba, y logré lo que en Olivetti de Venezuela y las del resto de América Latina se consideraba un imposible: un programa que además de llevar el Diario y el Mayor, hacía un Balance General. El tal programa ocupaba las 64 ranuras de la barra, y ésta adquiría un peso tal —pues quienes diseñaron las Audit no pensaron que pudiera hacerse un programa que requiriera 64 placas casi todas llenas de tenones— que cuando se desplazaba totalmente hacia el extremo izquierdo o el derecho, hacía que la máquina cayera hacia ese lado. Pero el jefe del Departamento Técnico de Olivetti de Venezuela, el bueno y muy competente Luciano Conti, diseñó, con Giancarlo Malagola, un soporte especial que evitó que esa caída ocurriera.

clip_image005(De izq. a derecha: Muñoz, el gerente de Olivetti en Valencia, y Carlos M. Padrón)

Con ese programa logré aumentar mucho las ventas, y se hizo tan popular que las más de ellas eran con lo que dio en llamarse el “Programa Padrón”, ya que, al menos en materia de Contabilidad, el cliente no podía pedirle más a esa máquina, pues eso era lo máximo que la Audit podía dar.

Como muy bien soporte a esas ventas contábamos con un grupo de operadores profesionales que a medida que adquirían experiencia en el manejo de los diferentes programas, se iban a trabajar, siempre en la operación de las Audit, en otro lugar donde les pagaran más.

De este grupo, la mejor —en todos los sentidos— era Luisa Pla, una muchacha de origen catalán que con sobrados méritos pertenecía al tipo de mujeres de las que, por lo buenas que están, se dice que “paran el tráfico”. Para más méritos, era inteligente, desinhibida y simpática. Cada vez que venía a Olivetti, para que la recomendáramos para un trabajo mejor pagado, nos alborotaba a todos.

La última vez que la vi fue en D’Ambrossio Hermanos donde trabajaba operando una Audit, y ya no era la que había sido. Me dijo que se había casado con un francés. ¡Qué mal gusto! pensé.

2.- PRIMER CONTACTO CON IBM

En 1965 llegaron a Venezuela los modelos de Audit que perforaban cinta de papel, y con ellas quedaron atrás para mí las tareas tediosas que tuve que hacer al comienzo de mi relación con las Audit convencionales, como la que me llevó a pasar meses en el mercado de Quinta Crespo cargando en una Audit los asientos contables de todo un año de una empresa llamada Frutas San Martín cuyas oficinas estaban al borde de una quebrada llena de ratas que por su tamaño más bien parecían gatos. Y, para colmo, las dos damas que el dueño había destinado a operar esa máquina no terminaban nunca de aprender su tarea.

Fue ahí donde descubrí que mi gusto por enseñar se venía abajo cuando daba con alguien del género torpe que, además, ni aceptaba que lo era ni ponía empeño extra en aprender para tratar de superar su torpeza.

A inicios de 1966 y compitiendo con IBM de Venezuela, vendí al entonces Banco Francés e italiano (BFI) —siendo su gerente general Joaquín Bellone, Banco que fue luego Banco Latino y que desapareció, como tantos otros, durante la crisis financiera de 1994—  suficientes de esas nuevas máquinas Audit numéricas como para mecanizar las cuentas corrientes (en base a tarjetón) y las de Ahorro (en base a libretas), de las oficinas más importantes de todo el país.

clip_image006(Una Audit 413. Se ve en mal estado pero es la única foto que de las Audit pude conseguir)

Usando transportes de valores, esas oficinas enviarían cada noche al centro de cómputo del Banco, en Caracas, el rollo o los rollos (uno por máquina) de cinta perforada que contenía las operaciones del día, y que sería leído por una máquina especializada conectada a la IBM-1401. Así, a la mañana siguiente estarían actualizadas a nivel nacional las cuentas corrientes y de ahorro del Banco.

Eso requirió que IBM —que era el proveedor de computación del BFI, usuario no sólo de la IBM-1401 con varios periféricos sino de muchas otras máquinas IBM como las perfoverificadoras de tarjeta— trajera al país, por petición expresa del Banco, una máquina lectora de cinta de papel llamada 3903 que se usaba ya en Europa, donde Olivetti dominaba un gran sector del mercado, para leer la cinta de papel Olivetti que, a diferencia de las cintas usadas en USA, tenía huecos cuadrados y no redondos.

Con esa venta que a inicios de 1966 le gané a IBM, me gané también la necesidad de viajar aún más por todo el país acompañado de Rafael Masiello y Luis Guirado, ejecutivos del BFI, para instalar y dejar funcionando las Audit en todas y cada una de las oficinas en las que ellos mismos decidieron que debían instalarse. Era un proceso que podía tomar entre tres a cinco días por oficina, y que en su mayor parte había que llevar a cabo de noche.

Para entonces ya tenía yo mi tercer carro: un Ford Fairlane 500 Custom Año 1966. El segundo fue también uno de la misma marca, modelo y año pero que quedó destrozado, con sólo 458 Km. de recorrido, cuando el sábado 16/04/1966 a las 02:00 pm estando yo parado esperando el cambio de luz en un semáforo de la Avenida Victoria, en Caracas, de una calle transversal apareció a mil por hora un vehículo, del que sólo escuché el chirrido de cauchos, que se estrelló contra la esquina delantera izquierda de mi carro, dejándolo inservible, y a mí con varias contusiones, el codo izquierdo seriamente lesionado, y una costilla rota.

clip_image007(Así quedó mi Farilane 500 Custom 1966)

Del carro chocado me sacó, entre otros viandantes, uno de los hermanos García Vivas (ambos empleados de Olivetti) que en el momento del choque pasaba por el lugar del accidente, se acercó y me reconoció.

A pesar de mis heridas visibles, mi brazo izquierdo inservible, y mi costilla rota, me llevaron detenido a un retén de San José. Y a pesar de que en horas del atardecer de ese sábado el conductor del otro carro fue al retén acompañado de su padre, un coronel del ejército, y declaró que yo no tenía culpa alguna en lo ocurrido, no me dejaron salir.

Ante las protestas de otros allí recluidos, hombres ya mayores que notaron cuán mal estaba yo, los del retén dejaron entrar al médico que mi hermano Raúl y mi entonces mujer, que estaban afuera, mandaron a llamar y que diagnosticó lo de la costilla rota y me vendó todo el pecho de forma tan apretada que apenas podía yo respirar. Su recomendación fue que había que llevarme a un hospital, pero los del retén se negaron de plano a dejarme salir; sólo aceptaron que el médico me diera analgésicos. Claro, yo no sólo era musiú sino que no podía ocultarlo, pues aunque lo de muy catire (rubio) y lo de ojos claros podría pasar, mi aspecto físico y mi forma de hablar me delataban.

El lunes 18/04 en la mañana me llevaron a la inspectoría de Las Piedras a que rindiera declaración, y cuando ya me sacaban para enviarme de regreso a San José, llegó una llamada telefónica del despacho de Víctor Jiménez Landínez, un conocido de mi hermano Raúl y ministro en ejercicio para el momento, y los fiscales de tránsito, que casi a empellones me estaban metiendo ya en su carro-patrulla, tuvieron que dejarme en libertad.

De ahí me llevó mi hermano directamente a la clínica Sanatrix en la que permanecí hospitalizado por varios días.

Con el dinero cobrado del Seguro, que aceptó la pérdida total de mi carro, y algo más que puse yo, el 15/05/1966 compré el otro Ford Fairlane 500 Año 1966 que mantuve hasta finales de 1977 y que estrené en un viaje Caracas-Maracaibo para atender instalaciones del BFI en esa ciudad y en otras vecinas, como Lagunillas, Cabimas, etc.

El lograr conectar exitosamente la IBM-3903 con la IBM-1401 fue un largo y arduo trabajo en el que debimos participar personal de Olivetti, personal del Banco —con Claudito Santilli, entonces Gerente DP (Data Processing), a la cabeza— y personal técnico de IBM entre el que se encontraban Rogelio Edreira y Fernando Frías, además de algunos otros, como Fernando Ortas, Luis Somoza y Antonio Lalaguna, que venían al BFI a atender otras máquinas IBM.

Fue en ese trabajo en el que vislumbré qué era IBM, cómo era, qué clase de personal tenía, y lo que de esa compañía opinaban los varios IBMistas, como los mencionados, con los que traté en el Banco. Y me dije que yo tenía que entrar en IBM a como diera lugar.

A finales de 1966 volví a ganarle otro negocio a IBM de Venezuela con la venta a CANTV (Compañía Anónima Nacional Teléfonos de Venezuela) de todo un lote de máquinas Audit numéricas y con cinta perforada para mecanizar cierto trabajo administrativo en las centrales telefónicas de las principales ciudades del país, y otra vez tuve que volver a viajar por media Venezuela instalando esas máquinas.

El beneficio adicional que de esto obtuve fue que en mi casa me instalaran un teléfono —el primero que tuve en mi vida— pues de plano le dije a CANTV —concretamente a Roberto Ferrero, Gerente de DP de esa empresa— que yo no iría a ese safari por el interior de Venezuela, que implicaba cada vez una semana alejado de mi casa, si no le dejaba a mi mujer un medio para llamarla, o sea, un teléfono. Dos días después de mi planteamiento tuve instalado el teléfono que había estado yo pidiendo infructuosamente por años.

Y durante 1967, y con la ayuda de Arturo Pigozzo, para entonces gerente del Sector Gobierno de Olivetti, le habría ganado también a IBM los negocios del INH (Instituto Nacional de Hipódromos) e IVSS (Instituto Venezolano de los Seguros Sociales), pero esos negocios no se dieron por motivos políticos, pues ambas entidades eran del Gobierno.

Fue Pigozzo el primer compañero de Olivetti que me aconsejó que me fuera a trabajar a IBM, compañía en la que ya estaba Sergio Grigoletti, hijo de un conocido suyo, y que le había hablado muy bien de ella.

La negociación del INH me llevó por primera vez, el 08/05/1967, a una oficina de IBM, la situada en la esquina de Urapal (Av. Urdaneta, Caracas), y el ver el ambiente allí reinante y hablar con los analistas de sistemas aumentó mis deseos de entrar a esa compañía. Hablé al respecto con Claudio Santilli y él me consiguió cita para presentar el examen que IBM hacía pasar a todos los aspirantes, y que en los medios locales de computación de entonces se consideraba muy difícil.

A finales de mayo de 1967 fui a las oficinas de IBM en la Av. Francisco de Miranda, Edf. 360, y la Sra. Rebeca Perli, quien trabajaba en el Dpto. de Personal, entonces gerenciado por Humberto Ribadeneira, me atendió y supervisó mi presentación del citado examen.

Un par de días después me llamó a mi casa y me dijo que yo había aprobado el examen y que eventualmente me contactarían cuando se presentara la necesidad de contratar personal.

***

Después de las Audit llegó la Mercator, que incorporaba capacidad de cálculo (multiplicación y división) y podía llevar, entre otras aplicaciones, facturación e inventario. Por supuesto, cayó en mis manos.

La programación de ésa la aprendí por la misma vía que la de las Audit, pero los cursos que de la Mercator impartí a los vendedores de mi equipo lograron en ellos menos resultados que los de las otras máquinas, pues la programación era más difícil, así que del mercadeo de la Mercator me tocó mayor proporción que del de las Audit.

La primera que vendí fue a Laboratorios Palenzona, en La Trinidad, lugar al que se llegaba entonces por la vieja carretera de Baruta porque aún no estaba hecha la autopista de Prados del Este ni tampoco, por supuesto, la extensión hacia La Trinidad, con sus túneles.

Y recuerdo claramente que al dejar la carretera de Baruta y tomar el desvío que a la derecha desciende hacia La Trinidad, cuando por fin avisté desde lo alto aquel lugar que nunca antes había yo visto, y que con su aspecto bucólico y su cielo tan limpio lucía tan lejos de Caracas aún estando tan cerca, me dije que me gustaría vivir ahí. Muy lejos estuve de imaginar siquiera que nueve años más tarde compraría yo en La Trinidad la casa en la que todavía vivo, aunque ya el lugar no es bucólico ni tiene un límpido cielo.

Luego de que Don Armando Palenzona —que era, de los varios hermanos Palenzona, el que trataba conmigo— se reuniera con el Ing° Alberto Bergamini, entonces presidente de Olivetti de Venezuela, éste me llamó a su despacho y, a los elogios que por su medio me había hecho llegar don Armando, añadió, como comentario propio, que yo debí ser ingeniero. Nunca entendí por qué, pero lo tomé como un piropo.

Trabajando en Palenzona hice contacto con dos empleados de Arthur Andersen. A uno, que creo que era el gerente para Venezuela, lo llamaban “Mocho Johnson”; el otro era un muchacho español de apellido Argumosa. Vi de cerca el trabajo de consultoría que hacían, y creo que desde entonces desarrollé aversión hacia esa actividad, y tal vez por eso no progresó el tanteo que ellos hicieron, el día que me invitaron a sus oficinas, para explorar la posibilidad de que yo fuera a trabajar a Arthur Andersen.

***

De la época de las Audit tengo uno de los más gratos y satisfactorios recuerdos de mi vida laboral: el de la cantidad de personas a las que capacité en el manejo de esas máquina y que, gracias a eso, o consiguieron trabajo o mejoraron el que tenían. Algunas de ellas, agradecidas, no perdían oportunidad de recordarme lo que yo había hecho por ellas; otras, como siempre ocurre, apenas me saludaban.

Entre las primeras estaba un joven de apellido Mata que trabajaba en la agencia (Ag.) San Martín del BFI. Su trabajo en esa agencia era realmente de bajo nivel; creo recordar que hacía tareas de mensajería. Pero tanto le rogó al gerente de la agencia que éste, al fin, y tal vez por sacárselo de encima, lo mandó a recibir el curso que acerca del manejo del programa de las Audit del Banco dictaba yo.

Las entendederas de Mata podrían haber sido mejores, ¡pero qué aplicación y voluntad tenía! Fueron esas cualidades las que me llevaron a dedicarle el tiempo extra necesario hasta que aprendió a manejar las funciones normales del tal programa. Y digo normales porque, de las 4 existentes, había una, que llamábamos la 3, que servía para corregir los errores cometidos en las otras.

Terminado el curso, Mata comenzó su trabajo como operador en la Ag. San Martín.

Como subproducto de la información que daba la cinta perforada, Santilli llevaba una estadística de los errores que se cometían en cada máquina, y un día me hizo notar, extrañado, que en la Ag. San Martín no se habían cometido errores. Seguimos la pista por varios días más y, efectivamente, en la única Audit que en esa agencia había y que era operada por Mata no se cometían errores, cosa que no ocurría en ninguna de las otras Audit de la muchas agencias del país.

Intrigado, me fui a hablar con Mata y le pregunté al respecto. No puedo decir que enrojeció porque su piel era tan oscura que el rojo no se notaba, pero sí se le humedecieron los ojos y, con voz entrecortada por el miedo, me respondió con una excelente aplicación de que mejor que limpiar es no ensuciar:

—Señor Padrón, es que como yo nunca aprendí la opción 3 del programa, decidí no equivocarme para no tener que corregir.

Fue mi turno de ojos humedecidos porque imaginé cuán agotado terminaría Mata su jornada de trabajo, agobiado por el exceso de concentración que ponía en lo que hacía. De hecho, el gerente de la agencia me dijo que mientras Mata estaba operando la Audit, ni hablaba ni respondía si alguien se dirigía a él. Tal vez, pensé, es que se concentra tanto que, de verdad, ni siquiera escucha.

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3.- … Y ESCRIBIR UN LIBRO, ¡MISIÓN CUMPLIDA!

clip_image008(De izq. a derecha.- De pie: Aldo Taconi, ¿?, José Montisci, y Michele Sortino.- En cuclillas: Antonio García Cabrera, Francisco González, Carlos Regalado, Bruno Togni, y ¿?).

El año 1966 fue tal vez el que más actividad social me deparó en Olivetti. Varios muchachos, y algunos que ya no lo eran tanto, armaron un equipo de fútbol que disputaba partidos en los campos del Club Germania, en La Trinidad, donde hoy está el Edf. Procter & Gamble. De esos tiempos fue esta foto que firmó para mí cada uno de los que en ella aparecen. Sin embargo, lamentablemente no recuerdo el nombre de dos de ellos.

clip_image009(Divisumma 24).

De éstos, que en su mayor parte eran vendedores de máquinas de calcular, como la famosa Divisumma, recuerdo en especial que Aldo Taconi entró a Olvetti casi al mismo tiempo que yo, e hicimos juntos el curso de las Audit que dictó Adolfo De Angelis; que a Michele Sortino lo vi por última vez a mediados de los años 70, cuando trabajaba en Kienzle, y que su hermano, Sebastiano Sortino, que también trabajó en Olivetti, se metió a actor de telenovelas; y que a Francisco González le pusieron el cariñoso mote de “Cabión, coño de madie” porque no podía pronunciar las ‘r’ precedidas de consonante, y le gritaba eso a quien él quería ofender.

***

A comienzos de 1967 el entonces presidente de Olivetti de Venezuela, Ing° Claudio Crusizio, sucesor de Bergamini, me entregó un manual, escrito en italiano, que describía una máquina programable, llamada Programma 101, e indicaba cómo programarla.

Aquello me enganchó de inmediato, pues se trataba de un equipo, menor en tamaño que las Audit, que por vía de su teclado aceptaba instrucciones que luego, a través de la misma máquina podían grabarse en una tarjeta magnética del tamaño de las de cartulina destinadas a perforación. Cada una de esas tarjetas magnéticas podía albergar hasta 120 instrucciones, y cuando la máquina la leía cargaba en memoria el programa contenido en la tarjeta e iba pidiendo las variables hasta que, apenas ingresada la última, comenzaba a calcular y arrojaba impreso el resultado.

clip_image011(Programma 101)

Toda una novedad para la época, pero Olivetti no supo entender —tal vez porque esa máquina la había diseñado, según se decía, un ingeniero de la familia Olivetti que por supuestamente loco permanecía recluido— que la Programma 101 era una precursora de las actuales computadoras personales.

El caso es que por petición de Crusizio me encargué de la Programma 101, y en ella y para ella programé, entre otras muchas otras aplicaciones, cálculo de estructuras, tablas de amortización de hipotecas, y poligonales.

Guido Arnone, quien por años fue contralor de la Olivetti de Venezuela, se había ido a trabajar con un tal D’Alessandro (no recuerdo su nombre), concesionario Olivetti para República Dominicana, y, por sugerencia de Arnone, el 10/04/1967 se presentó en Caracas el Sr. D’Alessandro, me invitó a almorzar y me ofreció trabajo en su empresa en Dominicana. La oferta no fue por la Programma 101, que para entonces creo que no había llegado aún a ese país, sino por el Programa Padrón de las Audit convencionales que, según me dijo, podría venderse allá como pan caliente.

Pero no, yo no estaba interesado en irme a vivir y trabajar en Dominicana, y amablemente rechacé la propuesta.

Como Olivetti había comprado la compañía useña Underwood, la Olivetti de USA escribió en inglés unos manuales para programación de la Programma 101. Cuando llegaron a mis manos caí en cuenta de que su contenido en cuanto a recursos de programación no era exactamente igual al de los que yo había recibido antes, escritos en italiano, y de que ninguno de los cinco contenía ciertos usos y trucos de programación que yo había descubierto mientras lidiaba con la máquina para lograr que hiciera lo que algunos ingenieros, que eran quienes más la apreciaban, me habían pedido.

clip_image013

(La página número 19 del manual es una de las tantas que tiene pie, en letra pequeña, y símbolos que hice a mano, como el de raíz cuadrada y las flechas verticales de doble cabeza)

En suma, ninguno de esos manuales estaba completo, y siendo más promocionales que didácticos, habían sido escritos de forma bastante críptica y superficial.

Ante esto, y usando una máquina de escribir Olivetti mecánica y portátil; dibujando a mano figuras y símbolos que esa máquina no tenía; y escribiendo en otras máquinas, y en caracteres más pequeños, las notas de pie de página que luego recortaba y pegaba en la página correspondiente del original, escribí en español un manual, de 105 páginas, con todo lo que sobre la Programma 101 había yo aprendido a través de los tres manuales en inglés y los dos en italiano, pero, sobre todo, con lo que había aprendido operando día tras día la máquina y haciendo pruebas con ella.

Cuando lo terminé, trabajando en mi casa hasta altas horas de la noche y los fines de semana (fue tan agotador el esfuerzo que me enfermé de ántrax), le hice dos copias que encuaderné usando una especie de machihembrado de aluminio muy común en la época, y las tapas de una las forré con papel contact; ésa fue la destinada a mi uso para dictar los cursos de la Programma 101, y su carátula se ve en el lado izquerdo de esta foto;

La otra copia del manual se la llevé a Crusizio quien, después de escuchar de mí la explicación de su contenido, la recibió con visible escepticismo y me dijo que la enviaría a Ivrea —ciudad del norte de Italia donde estaba, y supongo que aún está, el cuartel general (o HQ = Headquarters) de Olivetti— para que evaluaran mi trabajo.

Los originales los guardé en hojas sueltas para fotocopiarlas y ensamblar manuales para los clientes. Creo que hice más de 100 juegos de copias.

Habiendo dejado en manos de otros las Audit —aunque no así las Mercator— por cuanto el trabajo de programarlas requería ya poco de mí, me dediqué a, usando mi libro, enseñar Programma 101 a algunos de mis vendedores, como Lewis Hernández, ingeniero de profesión, y concentrarme en la venta de esas máquinas entregando copias de mi libro a los ingenieros que las compraban, y usándolo como base para impartirles los correspondientes cursos. Dos de estos ingenieros, Calzadilla y Sanánez, me ayudaron mucho con excelentes sugerencias y recomendaciones para otras ventas.

El 17-04-1967 José Cerezo dejó Olivetti de Venezuela, y Crusizio me pidió que me encargara provisionalmente de esa posición mientras llegaba de Italia la persona que la ocuparía oficialmente.

clip_image015(Carátula y primera página del “Manual de Programación de la Programma 101” con el que me ayudaba para dictar los cursos. Se nota que tiene 42 años, y que en esa época no usaba yo todavía la ‘M’ de Carlos M.)

Esa persona, de nombre Gaspare Cinque, llegó en los primeros días de septiembre de 1967, y la primera entrevista oficial que con él tuvimos los de Mecanización Integral y Programma 101 fue el 05/09/1967. Con ayuda de un intérprete nos hizo saber, entre otras cosas, que no pensaba estar en Venezuela más de dos años.

Cuando meses después le pregunté el por qué de tal decisión me dijo que ya estaba cansado de Olivetti y del modus operandi que la compañía había adoptado, en particular con relación a su personal. Sinceramente, pensé que exageraba, pero él volvía sobre el tema, en pequeñas píldoras, cada cierto tiempo y estando a solas conmigo.

Cuando el ginecólogo dijo que el nacimiento de la que resultó ser mi primogénita ocurriría sobre finales de la primera quincena de agosto, pedí vacaciones a partir del 31/07/1967.

El día 02/08/1967 recibí en mi casa una llamada de Matilde Martínez, la secretaria de Crusizio —la que me llamaba Andrés Bello por las correcciones que yo le hacía en asuntos de lengua española— pidiéndome que, por favor, pasara cuanto antes a verlo porque tenía algo importante para mí.

clip_image016(Gaspare Cinque. Junio 1969)

Me fui allá el día siguiente, y Crusizio, muy orondo, me hizo leer un memorando que había recibido de Ivrea en el que decían que si ellos, los de HQ, creían que el libro titulado “Manual de Programación de la Programma 101” había sido escrito por alguien de Venezuela era sólo porque así lo había dicho Crusizio, y sólo por eso, pero que el libro sería traducido a no recuerdo cuántos idiomas y debidamente editado para distribución a las Olivetti de medio mundo.

Si lo hicieron así, no lo sé, pero por lo que más de un año después sufrí en carne propia en los HQ de Olivetti, en Ivrea, me atrevo a asegurar que, si lo hicieron, o fue sin nombre de autor o con el nombre de otro, pero no con el de Carlos Padrón, que aparecía en la primera página del ejemplar que Crusizio les había mandado.

Sin embargo, a la luz del viejo dicho de que para que una persona se realice totalmente debe engendrar un hijo, sembrar un árbol y escribir un libro, me sentí realizado, pues a mediados de agosto de 1967 ya tenía una hija, había sembrado en El Paso más de un árbol, y ahora mi libro había sido reconocido, y sería editado, traducido y distribuido a varios países.

Al presente las hijas son dos, en Venezuela he sembrado algunos árboles más, y con lo que llevo escrito en este blog podría editarse más de un libro.

***

Para algunos agradecimientos más, regreso unos meses en el tiempo.

A comienzos de 1965 recibí por escrito una muy mala noticia: la notificación de que en el plazo de unos pocos meses tenía yo que desalojar el apartamento de alquiler en que vivíamos Cecilia, mi entonces mujer, y yo, porque el edificio en que estaba, frente a la iglesia de San Pedro (Los Chaguaramos, Caracas) sería vendido en propiedad horizontal.

A ese apartamento habíamos llegado en abril/1964 cuando, recién casados, viajamos en barco desde Tenerife a Venezuela. En enero/1964 yo lo había alquilado y amueblado con lo mínimo indispensable, pero entre esos muebles y los gastos del viaje Caracas-Tenerife-Caracas, más boda, hoteles, etc., se habían ido mis pocos ahorros y, por tanto, no tenía yo dinero para pagar otra vivienda.

De inmediato me puse a buscar ayuda, y alguien me dijo que contactara con Miguel Ángel Pérez Taño, unos años mayor que yo y natural también de El Paso, que había hecho en Canarias la carrera de Derecho, emigró a Venezuela, revalidó aquí su título y estaba ejerciendo como abogado.

Miguel Ángel me recibió y, enterado de mi caso, me explicó que esas peticiones de desalojo hechas por los dueños de edificios podían apelarse, por un máximo de tres años, ante la Dirección de Inquilinato, y en el mejor de los casos no me darían permiso de permanencia sino hasta finales de 1967.

Él mismo me preparó el oficio de apelación en el que yo exponían los motivos por los que no podía dejar el apartamento en el plazo que se me pedía, y solicitaba un año de prórroga.

Por esa primera apelación se me concedió quedarme hasta finales de 1965. Poco antes de esa fecha Miguel Ángel me preparó la segunda apelación, que también me fue aprobada y me permitió quedarme en el apartamento hasta finales de 1966. Y de nuevo, y poco antes de finales de 1966, Miguel Ángel me preparó la tercera apelación que fue igualmente aprobada pero con un ultimátum: yo tenía que dejar el apartamento, de todas, todas, antes de finales de 1967.

Mi agradecimiento a Miguel Ángel Pérez Taño, que por su trabajo no me cobró ni un centavo, ha sido mucho desde entonces, y sigue siéndolo, pues gracias a él tuve yo tiempo —desde comienzos de 1965 hasta casi finales de 1967— para ahorrar, sacando de donde poco había, y prepararme para alquilar o tal vez comprar una nueva vivienda.

Desde mediados de ese año Cecilia y yo nos dimos a la tarea de buscar esa otra vivienda pero, atendiendo a consejos de parientes y amigos, yo quería un apartamento en compra, ya que era el momento indicado para comprar, no para alquilar.

Vimos, vimos y vimos, pero el que no tenía un problema de precio tenía uno de espacio, de falta de algún área clave, de poca seguridad, etc. Y hojeando la prensa del domingo 15/10/1967 vimos el anuncio de un edificio nuevo, de nombre Torre Blanca, ubicado en Vista Alegre, y hasta allá nos fuimos.

clip_image017El Edf. Torre Blanca no estaba aún totalmente terminado, pero ya sus apartamentos podían visitarse y, según la costumbre, tenían uno amueblado que era donde los promotores de venta recibían a los potenciales clientes. Ahí nos recibió Mari Carmen Herrero, una muchacha española.

Los apartamentos tenían todo lo que buscábamos, y la ventaja adicional de que podíamos escoger porque fuimos los primeros en llegar a la promoción de venta, pero yo no tenía suficiente para pagar la cuota inicial que pedía la compañía González Blanco, vendedora del edificio.

Cuando frustrado le dije eso a Mari Carmen, ella se quedó pensativa por unos instantes y me contestó:

—Sr. Padrón, llevo algunos años en este trabajo y he desarrollado el convencimiento, tal vez superstición o como quieran llamarlo, de que si en la venta de un edificio a mi cargo dejo escapar al primer posible comprador, me irá mal. Así que, si usted quiere, lo invito a que el próximo miércoles a las 9 a.m. nos veamos en las oficinas de la compañía para hablar con el Gerente de Ventas.

El lunes comenté el caso con Arturo Fernández y éste me dijo que Salgado —otro empleado de Olivetti cuyo nombre no recuerdo, pero sí que me llamaba “El pragmático Padrón”— tenía buena relación con los González Blanco.

Hablé con Salgado y, luego de que él hizo al menos una llamada telefónica, se ofreció a acompañarme, así que ese miércoles señalado por Mari Carmen Herrero, ella, Salgado y yo nos reunimos con el mencionado gerente quien luego de preguntarme por mi origen, mis cargas familiares y mi trabajo, me dijo que aceptaba como cuota inicial los quince mil bolívares que yo podía dar.

Así logré comprar la primera vivienda propia que tuve en mi vida, a la que nos mudamos en noviembre/1967 cuando aún el edificio Torre Blanca no tenía puerta y en él sólo habitábamos Cecilia y yo, nuestra hija Alicia —la que ahora ilustra libros infantiles y que entonces era una bebé— y los conserjes, Felipe y Rosario, un matrimonio de Tenerife.

Para ese momento estaba en su punto álgido la campaña de ventas de la Programma 101, y como yo tenía poco tiempo para seguir investigando con las posibilidades de esa máquina y para preparar en ella los programas que las ventas exigían, le hice a Cinque dos peticiones: (1) que me dejara llevarme a mi casa una Programma 101 y una caja de las tarjetas magnéticas que ella usaba, y (2) que consiguiera que Olivetti me vendiera un escritorio usado, pues en mi nuevo apartamento había una pequeña habitación, al momento vacía, que yo quería convertir en oficina doméstica, pero no tenía dinero para comprar más muebles.

Tal vez por lo convenientes para Olivetti, ambas peticiones me fueron concedidas, y en virtud de la segunda Olivetti me vendió en Bs. 1 (UN bolívar, pues la política de la compañía no permitía donar sino vender) un escritorio de 192 x 90 cm, de formica y madera maciza (la del tope tiene 3 cm de grueso), con tres gavetas por lado y patas metálicas atornilladas a la base de la última gaveta de cada lado.

Teniendo en casa ese equipamiento, de nuevo, y como cuando estaba escribiendo el “Manual de Programación de la Programma 101?, trabajé en las noches y durante muchos fines de semana, y, también como en el caso anterior, con ese esfuerzo conseguí enfermarme de una afección recurrente de tipo gripal que nunca se supo qué fue realmente, pero recuerdo muy bien que la tercera vez que mi hermano Raúl me llevó a consulta con el Dr. César Rodríguez, un reputado neumonólogo cuyo consultorio estaba en la Av. La Salle, éste le dijo a mi hermano: “No sé lo que tiene Carlos, pero si recae de nuevo no respondo por su vida”. Y sólo me recetó Gammaglobulina,

Unos meses después de mudarnos a Torre Blanca, se mudó también a ese edificio Inocencio Velázquez, un exilado cubano que era parte de mi equipo de vendedores, y en casa pude darle clases de programación de la Programma 101

Si al referirme al grosor de la madera del tope del escritorio usé tiempo presente es porque frente a ese escritorio, ahora con sólo 72 cm de ancho y tope cubierto con formica nueva, estoy sentado en este momento, pues es pieza clave de lo que llamo ‘balconoffice’: el lugar de mi casa, ensanchado en 43 cm y cerrado con ventanales, que por 27 años fue un balcón sin uso y que desde 1999 es mi oficina doméstica.

***

Con mi equipo vendimos en total 70 máquinas Programma 101, a Bs 25.000 (entonces unos $7.500) cada una, y alegando esos buenos resultados y el reconocido éxito del manual de programación por mí escrito, Cinque le pidió a Crusizio que, en premio, me concediera un viaje a Italia.

Siendo que no era costumbre de Olivetti dar ese tipo de premios, había que buscar un pretexto, y éste vino con el anuncio de que Olivetti quería fabricar terminales bancarios para operación online, y necesitaba del input o sugerencias de países clave para decidir cómo serían esos terminales. Y en eso Venezuela tenía mucho que decir, pues fue el segundo país del mundo, después de USA, en el que los Bancos ofrecieron servicios online, y como los más de los Bancos venezolanos eran usuarios de terminales del tipo que Olivetti proyectaba fabricar, Venezuela era un mercado apetecible para este proyecto.

Al saber Crusizio este plan de Ivrea, pensó que, dado el conocimiento que compitiendo con IBM había yo adquirido acerca de los terminales IBM-1060, podría ayudar a que Olivetti diseñara un terminal bancario que lograra reemplazar a los IBM en varios Bancos de Venezuela, lo cual sería un gran negocio para Olivetti.

Eso fue lo que Crusizio propuso a los de HQ; su proposición fue aceptada, y, en consecuencia, en la tarde del 19/11/1968 despaché por avión hacia Canarias a Cecilia y a Alicia; en la mañana del 22/11/1968, y llevando conmigo varias dosis de Gammaglobulina, volé a New York (primera vez que estuve en esa ciudad, que recorrí por tres días); y en la noche del 25/11/1968 volé a Milano para colaborar con el personal de Olivetti-Ivrea en el diseño de los nuevos terminales.

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4.- PRINCIPIO DEL FIN CON OLIVETTI

En Ivrea —entonces una pequeña ciudad, más bien un pueblo que vivía de Olivetti— me alojé en el Hotel El Moro, y cada día iba en autobús, al igual que muchos otros, desde el hotel a las oficinas de Olivetti, enclavadas en las afueras del pueblo, y en la tarde regresaba también en autobús.

Los días en que me tocaba, iba a la enfermería de Olivetti a que me inyectaran la Gammaglobulina que yo había llevado de Caracas para completar las dosis que el doctor me había ordenado.

Una de esas veces la enfermera que me atendió, una señora cincuentona, se puso a hablar conmigo, le dije que yo estaría en Italia sólo por pocos días, y entonces me preguntó que dónde iría después. Mi respuesta de que regresaría a Venezuela, mi país de residencia, le causó una grata sorpresa, y sonriendo me pidió si yo podría hacerle el gran favor de llevarle de mano una carta para su hermano.

Le contesté que con mucho gusto lo haría, pero cuando a mi pregunta de dónde en Venezuela vivía su hermano respondió que en Buenos Aires no pude reprimir una carcajada. La enfermera se molestó, me preguntó airada por qué me reía, y al contestarle yo que un vuelo entre Caracas y Buenos Aires tardaba casi lo mismo que uno entre Caracas y Milano, se molestó aún más, y gritándome “¡Lo que pasa es que usted no quiere ayudarme!”, salió dando un portazo.

El estilo de gerencia que encontré en los HP de Olivetti era tan dictatorial que rayaba en lo patético.

La planta del edificio de oficinas de Olivetti me recordaba la forma de la estrella de la Mercedes Benz. En los lados de cada uno de sus anchos brazos había oficinas con ventanas hacia el exterior que tenían salida a pasillos interiores entre los cuales había una tercera hilera de oficinas que, por tanto, no tenían ventanas hacia el exterior sino puertas hacia ambos pasillos.

Un día, un tal ingeniero Becchi, jefe de la división que, entre otras actividades, tenía a su cargo el diseño de los terminales bancarios, armó un berrinche de mucho cuidado. A gritos, caminando dentro su oficina —que era de las de la hilera del medio— como un león enjaulado, y gesticulando con sus brazos como un energúmeno, decía a varios de sus súbditos, que ni se atrevían a mirarlo,: “¡Esta situación no puede continuar! ¡Mañana pediré cita con el Ing° Roberto (era uno de los grandes cacaos) para tratar el asunto!”.

Pensando que algo grave estaba ocurriendo, pasado un rato le pregunté a la secretaria el por qué de la gran molestia de Becchi. La respuesta me dejó de una pieza: era porque el inquilino anterior de la que ahora era su oficina había adosado un armario a una de las puertas que daban a uno de los pasillos, con lo cual ésta quedó bloqueada y sin uso, y él quería remover ese armario para habilitar la puerta ahora obstruida. Un asunto que, según el ingeniero Becchi, ameritaba la atención de un miembro del comité ejecutivo de la compañía. Lo triste es que este Bechi fue, años después, gerente general de Olivetti de Canadá.

En resumen, el trato que allí recibí fue vejatorio.

Estaba claro que a los encargados del diseño de los terminales no les interesaban mis opiniones ni mi persona, pues, por ejemplo, los diseñadores que no eran de Ivrea nos alojábamos todos en el mismo hotel, y entre ellos había dos italianos que una noche, después de haber cenado conmigo en el hotel, me preguntaron si quería ir al cine, y les dije que sí.

Al entrar a la sala me indicaron que pasara yo primero. Así lo hice, y cuando encontré tres asientos vacíos y contiguos, miré hacia atrás para preguntarles si les gustaría que nos sentáramos allí,… y los tipos ya se habían sentado en un lugar, bastante más atrás, donde no había asientos libres junto a los que ellos habían ocupado.

Uno de esos mismos tipos tenía carro, y un gélido día de diciembre, que había estado nevando casi toda la jornada, nos quedamos trabajando hasta después de las 6 de la tarde. Salí, como siempre, y, tiritando de frío a pesar de la ropa de abrigo, me puse a pie firme a esperar el autobús en la parada habitual.

Estando allí pasó en su carro uno de los dos italianos del incidente del cine acompañado de otro italiano que también se hospedaba en el Hotel El Moro. Esa tarde había estado yo trabajando con los dos. Cuando el acompañante me vio en la parada le dijo algo al chofer, ambos miraron hacia mí y, sonriendo burlonamente, pasaron de largo sin ni siquiera saludarme ni ofrecerse a llevarme.

Unos 15 minutos después pasó en bicicleta una señora que, extrañada, se detuvo ante mí y me preguntó qué hacía yo allí parado a pesar del tremendo frío. Cuando le dije que estaba esperando el autobús, alarmada me hizo saber que el último había pasado a las 6 en punto, como todos los días, y me aconsejó que mejor me fuera caminando antes de que me congelara.

No me quedó otra opción que ésa: caminar hasta el hotel. No sé cuánto tardé, pero llegué tan aterido por el frío que llené la bañera con agua bien caliente y me sumergí en ella porque pensé que me daría, cuando menos, una pulmonía. Así pasé la noche,… y hasta ahí llegó mi tolerancia.

Cinque me había dicho que estaría en su casa de Milano algo así como el 20 de diciembre. Al día siguiente lo llamé, y estaba yo tan alterado que sin más le dije: “¡Sácame de aquí!”. Su respuesta me dejó fuera de base por unos segundos, pues de forma inmediata pero pausada, y con acento compasivo, respondió: “¿Ya te diste cuenta?”.

Entonces entendí por qué él quería dejar Olivetti y por qué me soltaba a cada rato una pildorita al respecto. Y entendí el origen del culto a la personalidad y del estilo de gerencia dictatorial que imperaban en Olivetti de Venezuela, donde, por ejemplo, un alto gerente llamado Escolari, que hasta en lo físico recordaba a Mussolini, era dado a tomar decisiones arbitrarias y me tenía ojeriza porque yo no le rendía pleitesía. Cuando al fin dejó Olivetti fue para montar, en sociedad con uno que había sido vendedor de su escuadra —y de quienes muchos hicieron escarnio porque en aquella época se atrevió a casarse con una divorciada— una compañía a la que llamaron AEMCA.

Al menos entre la fuerza de ventas, su ida causó sorpresa por lo inesperada, y cuando en los comentarios de pasillo que al respecto se hacían en las mañanas alguien preguntó qué rayos significaba AEMCA, yo, que ya le había buscado significado, dije “Aquí Escolari Mangonea sin Coto Alguno”.

Mi broma llegó a oídos del afectado quien, por supuesto, multiplicó la ojeriza que me tenía.

***

De Milano —y luego de hacer turismo por Capri, Nápoles y Como— volé a Canarias vía Madrid. En El Paso pasé la Navidad con mis padres y hermanas, mi entonces mujer y mi hija. Así, y gracias a este viaje, por última vez pude ver a mi padre en estado normal, pues moriría de ACV seis meses después.

Al regresar a Venezuela el 09/01/1969 —día en que, en Gando, aeropuerto de Las Palmas, mi hija Alicia caminó sola por primera vez mientras esperábamos la salida del vuelo a Caracas— encontré que ya Olivetti no estaba en la Av. Urdaneta, a la altura de la Plaza España, donde siempre la conocí, sino en la calle Los Laboratorios, en Los Ruices.

Pocos días después de ése mi regreso fui a IBM a preguntar si tenían o no trabajo para mí. Me dijeron que posiblemente sí, pero que no podían dármelo por dos motivos:

Primero, porque con el terremoto del 27/07/1967 se habían extraviado los archivos donde estaban los resultados de los exámenes de los aspirantes a entrar en IBM y, por tanto, no había manera de demostrar que yo había hecho ese examen y lo había aprobado. Por tanto, tenía que pasar de nuevo por otro examen, distinto al anterior, por supuesto.

Y segundo, porque Olivetti se había quejado ante IBM HQ, en New York, de que IBM de Venezuela le estaba robando los empleados, pues, hasta ese momento, tres personas que habían trabajado en Olivetti (José Martínez Montalvo, Carlos Pérez Requejo, y Miguel Cabrera) se habían ido a IBM, y, por tanto, para que IBM pudiera retomar conmigo conversaciones sobre posible empleo, yo debería haber estado fuera de Olivetti al menos por seis meses. Tal vez estas dilaciones fueron a mi favor, pues creo que de haber logrado entrar en IBM en 1967 no me habría ido tan bien como me fue.

Sin pensarlo más, el 03/03/1969 renuncié a Olivetti y me fui a trabajar con Prodaca, un data center propiedad de Claudio Santilli.

Aún recuerdo con sorna lo que Gómez Romero, Gerente de Personal de Olivetti, me dijo cuando le entregué mi carta de renuncia: “¡Con esto has estremecido los cimientos de este edificio!”. ¡Por favor!

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Llegado a e ste punto,  y antes de relatar mi salida de  Olivetti,  voy a contar algunas de las anécdotas protagonizadas por empleados de esa compañía, yo incluido, pues también esos hechos dejaron huella en mi vida.

Por razones que considero obvias, en estas anécdotas he omitido nombres de lugares, y maquillado situaciones, y para algunos protagonistas he usado un pseudónimo, pero igual subrayo éste en muestra de agradecimiento a la persona a la que se refiere.

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5. RECOMENDACIONES DE MOROSINI

Piero Morosini trabajaba como vendedor para la Olivetti de Maracaibo; vendía máquinas calculadoras. Era de origen italiano y se comportaba con la delicadeza propia de muchos varones del norte de Italia, rasgo que no era ni entendido ni bien visto por algunos.

Por ejemplo, él solía decir abiertamente que su médico era un ginecólogo porque éstos eran los especialistas que más Medicina tenía que estudiar, lo cual era cierto al menos en los años 60 pero, como lo decía Morosini, lo tomaban por el “lado malo” muchos de sus compañeros de trabajo.

Había tomado de mí el curso de las Audit pero, al igual que los otros vendedores, no tenía autonomía en la programación de esas máquinas ni tampoco tenía conocimientos de contabilidad suficientes para entender las necesidades de los potenciales clientes. En relación a las Audit, él se encargaba del área de ventas, y Sergio Marinucci del área técnica, y cuando a mediados de 1963 Morosini ubicó en los estados Zulia y Trujillo varios de tales clientes, me pidió que fuera a reunirme con ellos, y me hizo reservación en el hotel Venecia, en la Av. Bella Vista de Maracaibo, cerca de las oficinas de Olivetti.

Por este motivo, en la tarde-noche de un domingo hice mi primer vuelo Caracas-Maracaibo, y yendo en el taxi que me llevó desde el aeropuerto Grano de Oro al hotel Venecia pude apreciar, por la gran cantidad de locales comerciales vacíos y con basura en su interior, los estragos de la crisis económica de entonces.

Al llegar a mi habitación, como a las 08:30 p.m., estaba yo empapado en sudor por el excesivo calor que tuve que soportar desde que bajé del avión, y apenas deshacer el equipaje decidí tomar una ducha.

Descalzo entré en el área del baño reservada para eso, abrí la única llave que la ducha tenía, y apenas me tocó el chorro de agua salido de la regadera solté una imprecación que deben haber escuchado en Caracas. De un saltó hacia atrás logré evitar el agua que simplemente estaba como hirviendo, y al mirar a la regadera vi que de ella salía, además del agua, humo. Eran los tiempos en que el tendido de tuberías de la ciudad estaba al aire libre, y el sol de Maracaibo, que derretía hasta el asfalto de las carreteras, calentaba tanto esas tuberías que aún a las 02:00 a.m. el agua que salía de ellas estaba demasiado caliente.

Dejé corriendo el chorro de agua hasta que casi una hora después pude ya darme una ducha e irme a la cama.

A la mañana siguiente me levanté muy temprano, pues Morosini quería que, en su carro, fuéramos a Valera donde había una buena posibilidad de venta de una Audit.

Al salir de mi habitación me quedé paralizado por lo que vi: tirados en la alfombra del pasillo frente a las habitaciones estaban los cuerpos de media docena de muchachas jóvenes, muy ligeras de ropa algunas de ellas e inconscientes todas, no sé si porque dormían o porque estaban drogadas. Era un espectáculo dantesco por lo deprimente, pues, para colmo, se veía a las claras que las muchachas eran de muy baja clase social. Para no pisarlas tuve que avanzar lentamente hacia la salida levantando mis pies y ladeándolos, y mientras eso hacía miraba a las caras de esas jóvenes y el ver tantas vidas destrozadas cuando aún estaban casi en la adolescencia fue algo que me afectó mucho.

Morosini vino en su carro hasta el hotel a recogerme, y apenas pusimos rumbo a Valera le conté lo de las muchachas. Su respuesta fue que entonces sí era cierto lo que de ese hotel se decía: que alquilaba habitaciones para encuentros eróticos. Y mi respuesta fue que me buscara otro sitio donde hospedarme porque yo no seguiría en ése.

El concesionario de Olivetti que entonces había en Valera se apellidaba Machado (no recuerdo su nombre) y era natural de Puerto de La Cruz (Tenerife). Nos atendió de maravilla, y en posteriores visitas me paseó por la ciudad y me invitó a su casa. Desde mi última visita a Valera como empleado de Olivetti no supe más de Machado. Triste, pero cierto.

De Valera salimos casi al atardecer, y por las lluvias o por lo que fuera, la carretera que bordea —o entonces bordeaba— el Lago de Maracaibo presentaba tramos inundados por las aguas de ese lago, y con la oscuridad reinante era casi imposible saber cómo no salirse de la vía, pues si nos íbamos mucho hacia un lado caeríamos en el lago, y si hacia el otro caeríamos en el pantanal que, a falta de asfalto, las aguas del lago habían formado. Así que íbamos muy despacio, buscando ambos, Morosini y yo, señales que al borde de la vía nos guiaran, cuando de pronto nos pasó un camión cargado de caña de azúcar, y una de las cañas —que sobresalía, como muchas, de la carrocería del camión— golpeó nuestro carro, le arrancó de cuajo el retrovisor izquierdo e hirió en el brazo a Morosini.

Creí que no llegaríamos con bien a Maracaibo, pero, a Dios gracias, llegamos, aunque muy tarde.

Al día siguiente me mudé a una pensión familiar que, según Morosini, era muy usada por los de Olivetti porque era buena y quedaba muy cerca de las oficinas de la compañía. Efectivamente, comprobé que ambas cosas eran ciertas, y allí me hospedé el resto de la semana, pero no volví a ducharme más en la noche, sino que apenas salía de la cama, temprano en la mañana, me metía descalzo en la ducha para conseguir un agua con temperatura tolerable.

Después de como una semana de estar de regreso en Caracas comencé a sentir picazón entre los dedos de ambos pies, y por más que los lavaba la picazón aumentaba cada día. A poco los pies comenzaron a ponerse rojos, y una mancha roja subió por mis tobillos hasta el borde del calcetín.

Cuando noté que en ciertos sitios supuraba, se lo comenté a Arturo Fernández, le mostré mis tobillos enrojecidos y húmedos, y él, que era muy expresivo, puso cara de alarma, me dijo que yo tenía hongos, y que eso era muy malo porque él los había tenido en Buenos Aires, lugar muy húmedo donde había vivido algún tiempo. Me pidió, más que me aconsejó, que fuera de inmediato a la Farmacia Ibarras, que estaba en la Av. Urdaneta algunas cuadras más arriba de Olivetti, y pidiera ayuda al farmacéutico, un señor ya mayor muy bueno en eso de los hongos.

Debo confesar que ésa fue la primera vez que escuché hablar de tales hongos, pues hasta entonces para mí los hongos eran setas.

Al llegar a la farmacia y explicarle al farmaceuta mi problema, el buen señor me pidió que me retirara del mostrador y le mostrara mis tobillos. Al verlos, puso mala cara y mirándome muy serio me dijo: “Amigo, he visto cortarle los pies a un hombre por menos que eso”. En el interrogatorio que me hizo antes de recetarme concluyó que había sido en las duchas de Maracaibo donde yo, por haberme metido a ellas descalzo, había recibido el “regalo” de los hongos.

No sé si era cierto eso de la amputación o si lo dijo para asustarme, pero si fue cierto que el tratamiento que me mandó para que me lo aplicara en la mañana y en la noche (un líquido que ardía como fuego), yo me lo aplicaba también al mediodía cuando iba a almorzar a la pensión donde entonces vivía.

Lo llevé a rajatabla y, después de bastante tiempo, los benditos hongos me dejaron, pero desde entonces no he vuelto a meterme descalzo en ninguna ducha que no sea la de mi casa, e infaltables en mi equipaje son unas chancletas de goma con las que entro a cualquiera otra ducha, aunque sea la de un hotel de cinco estrellas.

***

Tiempo después, Morosini fue trasladado a Caracas y una vez la compañía le encargó la organización de un almuerzo con motivo de algo que no recuerdo, pero sí recuerdo que fue en un restaurante de mariscos que estaba cerca de la Plaza Altamira, y que nos prepararon una mesa muy larga. Me senté al lado de Juan Carmona, un muchacho andino buena gente, trabajador de los buenos y responsable como pocos, cuyo hermano trabajaba también en Olivetti. Juan me había traído muy buenos datos de ventas de Audit, e hicimos amistad.

Morosini escogió pasta como primer plato —italiano al fin— y como segundo langosta a la Thermidor.

Cuando sirvieron las langostas, que eran de las grandes, noté que Juan saltó hacia atrás en su silla y con cara de asco se quedó mirando a su planto. Sabiendo que era andino, supuse cuál era el motivo, pero para estar seguro le pregunté;

—¿Qué pasa, Juan?

Señalando con su dedo la langosta y poniendo cara de más asco preguntó a su vez:

—¿¡Qué carajo es este bicho!?

De pronto recordé que él era muy melindroso con las comidas, y al ratificar mi sospecha de que, como buen andino de aquellos tiempos, nunca había visto una langosta, le dije, con toda intención:

—Es un marisco llamado langosta. Lo pescan vivo y lo mantienen vivo hasta que al momento de prepararlo para comer lo meten, vivo, en una olla de agua hirviendo.

Abriendo sus ojos de par en par me miró espantado, y alejando un poco el plato me dijo:

—¡Yo no quiero eso!

Momento que aproveché para mi ya preparada jugada:

—Te doy 5 bolívares por ella—, le dije.

De inmediato me alargó su plato, y yo, por si acaso se arrepintiera, puse su langosta en el mío y comí enseguida de ella, dándole después los prometidos cinco bolívares.

Los que por la cercanía a nosotros habían visto y entendido lo ocurrido no daban crédito a semejante tontería, pero entre las risas y las burlas que le hacían a Juan Carmona, comí ese día dos buenísimas langostas a la Thermidor.

Si un día tuvo el valor de probar ese plato, no sé qué habrá pensado de mí el amigo Juan Carmona,…. otro de quien hace muchísimos años que nada sé.

***oOo***

6. LA MALDICIÓN DE “CARTAGENERA”

El martes de Carnaval de 1966 pude vender a Margarito, el que fuera mi primer carro y que salió tan malo que cada tres meses tenía yo que gastar un promedio de Bs 500 (más de $100) en hacerle reparaciones, lo cual me estaba arruinando.

Mi segundo carro, un Ford Fairlane Custom 1966, lo compré en marzo/1966 en el concesionario A. B. Henríquez, que para esa época estaba en la Gran Avenida (Caracas) y cuyo jefe de taller era el Sr. Miguel Rodríguez, excelente mecánico automotriz natural de La Cuesta, localidad ubicada entre Santa Cruz de Tenerife y La Laguna, y hoy día integrada a ambas como si las tres fueran una sola ciudad.

El área de taller y almacén de ese concesionario era un gran galpón con techo metálico sostenido por varias columnas de tubos también metálicos, de 5 pulgadas de diámetro, distribuidas por toda la superficie cubierta y embutidos en su base en unos prismas de concreto como de un metro de alto y unos 25 cm de lado.

También para esa época estaba de moda la canción “Cartagenera”, ésa cuya letra comienza con,

Paseando mi soledad
por la playa de Marbella
yo te vi, cartagenera,
luciendo tu piel morena.

y que sonaba varias veces al día en casi todas las emisoras de radio.

El 08/03/1966, cuando terminados ya los trámites de compra me puse al frente del volante de mi flamante carro —me acompañaban Arturo Fernández (vendedor de Audit) y Ciro Hernández (instalador de Audit), que no quisieron perderse ese “gran” evento—, lo primero que hice fue encender la radio, ¡al fin tenía radio en mi carro!, y estaba sonando “Cartagenera”.

Apenas comenzar a salir del galpón, bien por nerviosismo o por falta de experiencia manejando un carro tan grande (Margarito era un enano comparado con este Ford), al doblar a la izquierda para enfilar hacia la calle me pegué demasiado a uno de esos prismas de concreto y rayé la puerta de mi lado.

El paisano Sr. Rodríguez se apiadó de mí y me dijo que le dejara el carro que él se encargaría de que repararan la puerta rayada, y, efectivamente, tres días después me lo entregaron perfecto de todo, y esta vez sí pude salir del galpón sin contratiempos.

Este incidente marcó el inicio de una muy buena relación entre el Sr. Rodríguez y yo; una que aún perdura,… y ya el Sr. Rodríguez pasó los 90 años.

A finales de ese mes de marzo/1966 circulaba yo con mi Ford en dirección desde Sabana Grande hacia Los Caobos, buscando la Av. Principal de Maripérez, y al doblar a la derecha para entrar en esa avenida me encontré de frente con un vehículo que bajaba por todo el centro de la vía, invadiendo la mitad de mi canal de circulación.

Para evitar lo que hubiera sido un choque frontal, me eché hacia la derecha y rompí el faro delantero derecho de mi carro al golpear con él la esquina izquierda del parachoques trasero de una camioneta que estaba aparcada  en esa parte de la avenida. Al omento en que eso ocurrió, en la radio de mi carro sonaba “Cartagenera”.

Seguí subiendo por esa avenida y dejé el carro en manos de Pablo Palmero, otro paisano que tenía un taller de latonería apenas una cuadra más arriba de donde había ocurrido el accidente.

Y cuando el sábado 16/04/1966, después de haber trabajado yo en Olivetti durante toda la mañana, salí de mi apartamento ubicado frente a la Iglesia de San Pedro (Los Chaguaramos) y puse rumbo hacia la playa donde ya estaban mi entonces mujer junto con mi hermano Raúl y la familia de éste, al entrar en la Av. Victoria comenzó a sonar en la radio de mi carro la bendita “Cartagenera”.

Esta vez, ya escarmentado, decidí recortar la velocidad y avanzar con todos los radares en alerta,… por si acaso. De haber ido a la velocidad que era habitual en mí no habría encontrado en rojo el semáforo del cruce hacia El Helicoide, pero lo encontré y me detuve frente a él, siendo el mío el primer vehículo en el canal izquierdo, y, según ya conté el el capítulo 2, un carro salió de la nada, chocó de frente con el mío y lo dejó inservible, y a mí seriamente lesionado,… mientras en la radio, y por última vez en esa radio, sonaba todavía “Cartagenera”.

Un caso más que confirma lo de que “A la tercera va la vencida” y de que a veces las precauciones producen el efecto que con ellas se quiere evitar.

Cuando pude por fin comprar otro carro tuve muy buen cuidado de detener la marcha y salirme de él si de pronto en su radio comenzaba a sonar “Cartagenera”. Y así procedí por mucho tiempo hasta que la “Cartagenera” dejó de estar de moda.

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7. EL ÉMULO DE PASTEUR

Cristóbal —trigueño, de baja estatura, nervioso y escaso de mente— trabajaba como vendedor de máquinas de escribir en la sucursal de Olivetti en Barquisimeto.

Cierta vez que en 1964 fui a esa oficina a dar unas demostraciones de Audit en una sesión de un día de duración, me asignaron para ello la mitad del salón donde estaban los escritorios de los vendedores, y Cristóbal se las arregló para, simulando que llenaba reportes y ponía en orden sus papeles, escuchar buena parte de lo que en esa sesión expliqué yo, y cuando ésta terminó y me puse a recoger mis bártulos, se me acercó y me dijo que él quería ser vendedor de Mecanización Integral, pues lo que yo había explicado le había convencido de que las Audit eran el producto con el que él quería lidiar, pues amaba la contabilidad.

Mi respuesta fue que hablara con su gerente porque yo no tenía autoridad para decidir al respecto. Y Cristóbal habló no sólo con su gerente sino con el gerente de la sucursal, y la respuesta de ambos fue un rotundo no.

Pero lo que le faltaba de estatura y materia gris le sobraba de empeño y atrevimiento, y cuando supo que un cierto lunes comenzaría yo en Caracas un curso sobre Audit de una semana de duración en el que participarían vendedores de Caracas y de varias ciudades del interior del país, pidió, sin explicar nada, una semana de vacaciones, viajó hasta Caracas en su viejo y desvencijado VolksWagen descapotable, y el lunes en cuestión se me presentó en las oficinas de Olivetti de Caracas y se sentó, sin más, en el salón de clase.

A mi pregunta de qué hacía allí respondió que venía a tomar el curso sobre las Audit. “Pero, ¿por qué tu gerente no ha dicho nada al respecto?”, le pregunté. “Porque él no lo sabe. Yo tomé vacaciones y estoy usando mi tiempo”, me respondió.

Informé del caso a mi gerente y éste al suyo. Llamaron a Barquisimeto y el gerente de esa sucursal pidió que sacaran del curso a Cristóbal y le ordenaran que regresara de inmediato a Barquisimeto y se presentara a hablar con él.

Cuando de vuelta al salón de clases le informé de esto a Cristóbal, enrojeció, se le humedecieron los ojos, y alzando los brazos con los puños crispados gritó: “¡Es que no me entienden! ¡¡Yo podría pasteurizar la contabilidad!!”.

Un par de semanas después supimos que cuando Cristóbal se presentó ante el gerente de la sucursal de Barquisimeto, éste le dijo que estaba despedido; que recogiera sus cosas y se fuera.

Días después pasó una mañana por el departamento de Personal a cobrar su liquidación, y a media tarde, hora en que él sabía que en la oficina estaría la mayor cantidad de personal, tanto gerentes como empleados, causó un revuelo total entre todos porque, dispuesto a demostrarles que él podía vivir mejor fuera de Olivetti que dentro de ella, había contratado los servicios de un negro, le consiguió un uniforme de músico de pueblo, con gorra y demás, lo puso frente al volante de su destartalado VolksWagen descapotable, y él, el gran Cristóbal, luciendo sus mejores galas, se sentó en el asiento trasero,… fumando un habano.

Y dando vueltas alrededor de la cuadra (bloque, manzana) donde estaba la oficina de Olivetti, se pasó el resto de la tarde.

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8. PLANIFICACIÓN ESTRATÉGICA

Recién llegado de España, Anselmo, un muchacho de origen madrileño, entró a trabajar en Olivetti mientras, como casi todos, buscaba un trabajo mejor. Pero luego de familiarizarse con el medio local, almorzando un día con Arturo Fernández y conmigo nos dijo que no tenía la menor intención de seguir en Venezuela como empleado de nadie, así que iba a buscarse una chavala con plata.

Tanto Arturo como yo creímos que era una broma, pero en otro almuerzo, como dos meses después, Anselmo nos dijo que ya había encontrado a la chavala: era la hija única de un español que tenía una agencia de lotería.

Al escuchar esto, Arturo arrugó el entrecejo y le preguntó a Anselmo dónde estaba esa agencia y cómo se llamaba. Las respuestas a estas preguntas tuvieron la virtud de enojar a Arturo que, muy serio, le dijo a Anselmo que ese español lotero no sólo había sido cliente suyo sino que también era su amigo y un paisano para quien su hija, la muchacha con quien Anselmo pensaba llevar a cabo su plan, era la niña de sus ojos y que, por tanto, se cuidara mucho de tocarla siquiera con un dedo.

Anselmo se disculpó aduciendo ignorancia de la relación entre Arturo y el lotero, y dijo que se olvidaría de la tal muchacha, pero mentía porque siguió adelante con su detestable plan.

La chica de marras tenía unos 18 años; no era una beldad pero tampoco tan fea que no llamara la atención. Su padre la mantenía bajo estricto control: todo el día tras el mostrador de la agencia, y acompañando a su progenitor lotero tanto en el viaje de ida a la agencia como en el de regreso a su casa.

Un día Anselmo fue trasladado a un sucursal del interior, y Arturo respiró aliviado porque, a pesar de su declaración de que dejaría en paz a la muchacha, ambos, Arturo y yo, no nos fiábamos de Anselmo.

Un domingo, dos meses después de su asignación, tuve que viajar adonde él había sido asignado y pasar la semana en su compañía porque además de la venta de calculadoras tenía él también a su cargo la de las Audit. Visitamos clientes activos y potenciales, preparamos demostraciones, etc., y yo regresé a Caracas en la tarde del viernes siguiente.

El lunes llegué temprano a Olivetti y me reuní con muchos de los vendedores, Arturo entre ellos, a preparar los reportes del trabajo de la semana anterior, y en eso estábamos cuando escuchamos gritos y un inusual ajetreo en el área de entrada al piso. No bien habíamos parado nuestra tarea para prestar atención, de golpe se abrió la puerta del salón donde estábamos y por ella entró el lotero hecho una furia, despeinado, barbudo, mal vestido, y con cara de no haber dormido nada por días, y apuntándonos con una pistola gritó:

—¡Dónde está mi hija, que me la robaron! ¡Ustedes saben donde está mi hija!

Pero si bien decía ‘ustedes’, apuntaba la pistola hacia Arturo Fernández, que estaba lívido como un cadáver.

En su carrera hacia nuestro salón —ignoro por qué sabía donde estaba éste— lo habían seguido varios otros empleados de Olivetti que sujetándole los brazos desde atrás lograron someterlo y sacarlo del edificio mientras el pobre hombre no paraba de gritar, pero ahora llorando de impotencia y al ver que no había obtenido respuestas.

¿Qué había ocurrido?

En la mañana del sábado siguiente al viernes en que yo en avión salí para Caracas, Anselmo salió también hacia Caracas manejando su propio carro, se encontró con la muchacha en un lugar al que ella logró llegar sin vigilancia de su padre, se fueron adonde el furioso padre no pudiera sospechar que estaban, y el lunes se casaron.

Consumada la parte legal, se dirigieron a la ciudad en que Anselmo vivía y se residenciaron en un apartamento que ya él había alquilado.

En algunos de mis siguientes viajes a la ciudad donde vivían tuve oportunidad de verlos juntos y hasta de departir con ellos en su casa, y la versión que sentía yo por Anselmo era sólo comparable a la lástima que sentía por la pobre hija del lotero, y cada vez que la miraba se me hacía un nudo en la garganta porque suponía que ella estaba convencida de que Anselmo de verdad la amaba y que ése fue el móvil que le llevó a raptarla.

La furia del lotero parecía no amainar, y se centraba en Arturo porque sospechaba que éste había sido compinche de Anselmo en la preparación del rapto. Dolido, el burlado padre le dijo a Arturo que no quería saber de su hija nunca más, a lo que Arturo, que ya sabía que la muchacha estaba embarazada, le contestó que eso duraría hasta que naciera el primer nieto.

Y dicho y hecho, pues como a los diez meses del rapto nació ese primer nieto, y el lotero prácticamente “se derritió”, se reconcilió con su hija,…. y Anselmo dejó Olivetti y entró a trabajar con un cargo destacado en la agencia de su suegro, cumpliendo así su plan.

En España supe que a esto lo llaman allá “dar un braguetazo”; yo prefiero llamarlo “inescrupulosa planificación estratégica”.

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9. ESTÉFANO

Perfil del personaje

Estéfano fue el más pintoresco de los personajes con que me tropecé en mi paso por Olivetti. Era de origen español y físicamente lo más parecido a Don Quijote que yo haya visto: alto, delgado, ligeramente encorvado y de rostro pálido y alargado.

Había pasado en un Seminario, preparándose para ser sacerdote, ocho años de su vida. La noche anterior al día de su ordenación sacerdotal huyó del Seminario y, al igual que muchos otros que yo había conocido en Canarias y que habían interrumpido su carrera hacia el sacerdocio, se dedicó a practicar en exceso todo lo que de sabroso pero pecaminoso le prohibió por años su condición de seminarista; era algo así como si quisieran aprovechar con creces el tiempo perdido.

De su contacto con el clero de aquellos tiempos le quedó la costumbre de frotarse las manos mientras hablaba, y hacer circunloquios verbales en un afán por parecer culto —que lo era, y mucho— y ver de no molestar nunca a su interlocutor. Pero cuando le tocaban el ego más allá de lo que él consideraba aceptable, podía sacar a relucir un fino sarcasmo.

Aunque era unos 10 años mayor que yo, por más que lo intenté no pude conseguir que me tratara de tú. Yo era para él el Sr. Padrón, y punto.

***

Trabajando en el área de ventas de máquinas de escribir y calcular, y con base en las oficinas principales de Olivetti, en Caracas, había un grupo de españoles que tenían por costumbre llegar sobre las 7 de la mañana, una hora antes del horario oficial de inicio de labores, y se reunían a, como se dice en Venezuela, “caerse a coba”, o sea, dárselas de muy sabidos sobre temas variados y más o menos de actualidad pero de los que no tenían ni idea.

Y estos temas eran tan disímiles como el por qué del asesinato de Kennedy o la explicación de la Teoría de la Relatividad. Realmente resultaba patético escucharlos, y más patético era notar cómo los naturales de Madrid estaban archiconvencidos de que, tan sólo por su origen, eran superiores en todo al resto.

Uno de estos madrileños, al que apodaban Bilbaíno, era lo que en Canarias llamábamos “un burro albardado”, o sea, un ignorante profesional, pero había entrado a Olivetti gracias a la poderosa palanca de un hermano suyo, y por eso lo mantenían en la empresa.

Un día en que Estéfano estaba en Caracas y yo había llegado muy temprano para ayudarlo con un problema en la Audit de uno de sus clientes, ambos nos hartamos de escuchar las estupideces de los miembros del grupo de “intelectuales” españoles, y cuando Bilbaíno dijo una barrabasada de marca mayor, Estéfano, a pesar de lo considerado que era, soltó la carcajada.

Eso enfureció tanto a Bilbaíno, que se consideraba intocable, que insultó a Estéfano. Cuando terminó la ráfaga de insultos, que Estéfano aguantó inmutable, éste respondió muy tranquilo: “¿Es que no te has dado cuenta, Bilbaíno, de que tú no eres sino una entelequia fluctuando entre fantasmas?”.

Esta extraña frase, y la por demás insólita reacción del siempre tímido y comedido Estéfano, tuvo la virtud de dejar callados y boquiabierto a todos los del grupo que, aún no sé por qué, luego de alguna que otra carcajada aislada, pusieron fin a su reunión y se fueron a trabajar.

Al quedar a solas con Estéfano le pregunté:

—¿Por qué le dijiste eso?

Su respuesta me pareció genial:

—Porque esta noche la pasará en vela tratando de averiguar qué significa ‘entelequia’.

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Las Tetractys

En el área de máquinas calculadoras, Olivetti contaba con la Tetractys (en la foto), única en el mercado que podía hacer complicados cálculos e imprimirlos en una cinta de papel. Una máquina electromecánica, de unos 10 kilos de peso, que era instrumento casi indispensable en ciertas industrias como, por ejemplo, la maderera, que necesitaba cubicar las medidas de las piezas de madera que manejaba.

clip_image018Pero operar esa máquina no era fácil; su manual era un libraco grande y pesado, y dudo que en Olivetti de Venezuela hubiera alguien capaz de sacarle todo lo que podía dar.

En cuanto a Estéfano, era 100% cierto que no sabía ni multiplicar con ella, pero mes tras mes se ganaba el premio al vendedor que más Tetractys había vendido en el país, lo cual era tanto más meritorio porque él trabajaba en Maracay, no en Caracas.

Cuando, después de haber calibrado las nulas capacidades que en cuanto a máquinas tenía Estéfano, supe esto, le pregunté a Lino, su gerente, cómo diablos hacía ese hombre para vender las Tetractys. Lino hizo una llamada y me dijo que esa tarde tendría yo, en vivo y en directo, cumplida respuesta a mi pregunta.

En la tarde me llevó a Purina, la compañía fabricante de alimentos para animales, y luego de hablar con Mendoza, gerente de uno de sus departamentos, éste nos ubicó en una oficina desde la cual podía verse la entrada de la suya pero con pocas probabilidades de que alguien que entrara por ahí nos viera.

Pasada una media hora, el gerente recibió una llamada de la recepcionista para avisarle de que Estéfano estaba allí, y al colgar el teléfono nos hizo señas de que el show iba a comenzar.

La puerta de la oficina del gerente se entreabrió y quedó así por unos segundos. Luego comenzó a abrirse cada vez un poquito más mientras un pie colocado en su parte inferior impedía que se cerrara.

Por fin se abrió lo suficiente y en el marco apareció la figura de Estéfano llevando bajo su brazo izquierdo una pesada Tetractys, y encima de ella, en precario equilibrio, su cable eléctrico y su pesado manual. En su mano derecha, con cuyo codo trataba de abrir cada vez más la puerta, llevaba el también pesado maletín de semicuero marrón que Olivetti daba a todos sus vendedores y que contenía los contratos de demostración o venta de las máquinas, los folletos publicitarios de toda la línea de productos que el vendedor podía vender, las tarjetas de presentación, etc.

Apenas Estéfano cayó en cuenta de que ya era visible para las personas que estaban en aquella oficina, que además del gerente eran su secretaría y tres empleados más, soltó un “¡Muy buenas tardes a todos!”. Por la forma en que elevó la voz para decir esto era claro que quería llamar la atención, conseguido lo cual continuó haciendo esfuerzos por abrir la puerta para poder pasar.

En su forcejeo se le cayeron el cable y el manual, y entonces él, enrojeciendo —cosa que le sucedía con mucha facilidad, y que se notaba mucho por su acentuada palidez— pidió disculpas a todos, dejó en el piso el maletín y la Tetractys, puso sobre ella el cable y el manual, y usando ambas manos volvió a colocar todo bajo su brazo izquierdo, pero cuando por fin pudo incorporarse sin que cable y manual cayeran de nuevo, se dio cuenta de que su maletín había quedado en el piso.

No queriendo soltar de nuevo la Tetractys, y manteniendo siempre su pie derecho pegado a la base de la entreabierta puerta para impedir que se cerrara, comenzó a ponerse en cuclillas poco a poco haciendo equilibrios para que el conjunto tambaleante de cable y manual no fuera a caerse otra vez. Cuando por fin pudo asir el maletín con su mano izquierda y comenzó a incorporarse lentamente, el cable y el manual fueron a dar otra vez al piso.

Estéfano pidió disculpas a todos por su torpeza, y comenzó de nuevo su acto, rojo como un tomate y sin retirar el pie de la base de la puerta.

Ante esto, la secretaria no pudo aguantar más y soltó la carcajada, que fue secundada por los otros tres empleados.

Para evitar que la situación, cada vez más embarazosa, se saliera de control, el gerente fue hasta donde estaba Estéfano, tomó del suelo la Tetractys y la puso sobre su escritorio.

Estéfano lo siguió, enrojeciendo aún más y deshaciéndose en disculpas por haberle causado tan grande molestia, y luego de poner el resto de los objetos sobre el escritorio del gerente, frotándose las manos comenzó a decirle:

—Sr. Mendoza, como usted sabe, esta máquina…. (volvieron las risas, ahora mal contenidas).

El Sr. Mendoza lo cortó en seco diciéndole que dejara todo allí que ya él le avisaría. Estéfano le dio las gracias, una y otra vez y de diferentes maneras, mientras retrocedía haciendo reverencias y con el maletín bajo el brazo para poder frotarse las manos.

Al llegar a la puerta, deseó buenas tardes a todos, dedicó al gerente un último “¡Muchas gracias, señor Mendoza! ¡Es usted muy amable!”, y apenas la puerta se cerró a sus espaldas, volvieron a sonar las carcajadas.

A una señal de Mendoza regresamos a su oficina y él nos explicó que lo mismo había hecho Estéfano con todas y cada una de las muchas Tetractys que en aquella compañía había vendido.

Con ese show de auténtico payaso, que encajaba perfectamente con su aspecto desaliñado de Quijote ambulante, creaba entre el público una mezcla de hilaridad y compasión, y con sólo eso, que dejaba sobre los hombros del cliente todo lo relativo a esa complicada máquina, él lograba venderla sin saber ni siquiera multiplicar con ella.

***

El sibarita del módulo

Un día descubrió que en una empresa llamada Mangos La India (porque fabricaba y vendía mangos de madera para todo tipo de herramientas) que era cliente suyo, había oportunidad para vender una Audit. De inmediato me llamó para que lo acompañara a hablar con el Sr. Mario, dueño y gerente de esa empresa.

A título de presentación, Estéfano, luego de dar las buenas horas, soltó esta perla:

—Sr. Mario, tal y como le había prometido, aquí le traigo al Sr. Padrón, llegado de Caracas especialmente para hablarle a usted sobre las Audit. Él no es una persona cualquiera, ¡es un sibarita del módulo!

Guiñándome un ojo, pues todos los clientes de Estéfano lo conocían muy bien, el Sr. Mario puso cara de ofendido y respondió:

—¿¡Qué es eso de “sibarita del módulo”, Estéfano!? Tú me prometiste traerme un técnico, ¡¡no un pervertido sexual!!

La cara que puso Estéfano fue todo un poema. Quedó petrificado, rojo a punto de congestión, y frotándose las manos al doble de la velocidad acostumbrada, intentaba, en un ridículo balbuceo, hilvanar una excusa adecuada a la situación, porque lo dicho por el Sr. Mario daba a entender que Estéfano lo había ofendido a él y también a mí.

Para no prolongar su martirio, el Sr. Mario me pidió que nos sentáramos y comenzara mi explicación.

***

Sistema “electrónico” de ignición de automóviles

Creo que su carro era un Humber ?marca inglesa que entonces se vendía en Venezuela? viejo y desvencijado hasta el punto de que donde debería estar la cerradura para insertar la llave de ignición, había sólo un hueco. Las manillas no servían para abrir las puertas del vehículo, por lo que Estéfano dejaba siempre entreabierto el vidrio de la ventanilla del lado del conductor. Y como el limpiaparabrisas no funcionaba, había tanto sucio sobre el parabrisas delantero que era casi imposible ver a través de él.

Un día, y para una travesía muy corta, Estéfano se empeñó en que fuéramos en su carro, y lo complací.

Después de que entrando por la puerta del lado del conductor pudo desatrancar por dentro la del lado del acompañante, vino corriendo y la abrió para que yo entrara. Una vez dentro me arrepentí de haber aceptado, pues aquello era un auténtico basurero y el sucio del parabrisas me impedía totalmente la visibilidad hacia el exterior.

Me llamó la atención que en la bandeja que esos carros tenían bajo el tablero, y que se extendía a todo lo largo de éste, había un trozo de palo de escoba. Preguntándome estaba yo para qué serviría eso cuando Estéfano echó mano de él, me dio un destornillador y me pidió que cuando él me avisara introdujera yo la punta del destornillador en el hueco donde alguna vez estuvo la cerradura de ignición. Dicho esto y con el palo en mano, abrió el capot del carro, dio con el palo unos golpes no sé dónde —pues yo no podía verlo—, y me gritó “¡Ahora!”.

Introduje el destornillador donde se me había dicho ?no sin antes asegurarme de que su mango era de plástico?, saltó una chispa y el carro arrancó.

Supe luego que ese carro había estado así por años, pero Estéfano lo adoraba y seguía con él,… sin hacerle reparación alguna.

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Para Eglée

En la oficina de la Olivetti de Valencia —cuyo gerente era, como ya dije antes, de apellido Muñoz— había una secretaria de nombre Eglée que, por lo menuda , bella y de aspecto frágil, parecía una auténtica figurita de Lladró. Tenía piel de durazno, pelo negro, rostro virginal y piernas muy lindas y, además, era muy simpática. Por supuesto, Estéfano estaba enamorado de ella.

Cuando en Valencia surgió la posibilidad de una venta de dos Audit a una misma empresa que había tenido una en demostración por casi un mes, Estéfano me llamó de urgencia, pues para lo relativo a las Audit él atendía las zonas de Maracay y Valencia.

Después de hablar con el gerente de la empresa, éste me dijo que si yo lograba que las máquinas hicieran una determinada tarea, él compraría de inmediato dos. Eso implicaba que yo tenía que reprogramar la barra, pues Estéfano era 100% nulo en esa tarea.

Para poner manos a la obra nos fuimos a la oficina de Valencia, pero como habíamos estado en la tal empresa toda la tarde, llegamos cuando ya se había ido todo el personal, excepto Muñoz, el gerente, que al llegar nosotros me dio la llave y se fue también.

Al sentarme para comenzar a trabajar con el módulo, Estéfano hablaba y hablaba, pues era un parlanchín crónico. Molesto le dije que si no se callaba yo me iría,… y adiós a su venta. Enrojeció, como siempre, se sentó en el puesto de trabajo de Eglée y vi que, en completo silencio, se enfrascó en escribir algo; con frecuencia borraba y volvía a escribir.

Cuando terminé mi tarea, y probé la barra y funcionó, le dije a Estéfano que ya podíamos ir a dormir tranquilos. Tan absorto estaba en su escrito que no escuchó lo que dije, y para que sí me escuchara me acerque al escritorio de Eglée y le repetí lo antes dicho. Dio un salto, y al reparar en cuán cerca estaba yo, rompió enseguida el papel que contenía su escrito, y enrojeciendo lo botó a la papelera.

Intrigado le pregunté por qué había hecho eso, y qué contenía ese para él tan importante papel. Se deshizo en mil explicaciones vagas mientras, nervioso, se frotaba las manos. Y cuando las explicaciones tomaron el cariz de incongruentes excusas, me abalancé sobre la papelera para recuperar los trozos del papel, pero él hizo lo propio y se quedó con varios. Luego, aún más rojo, comenzó a rogarme que le diera los que yo había recuperado, pero me negué.

Una vez en la pensión de una familia gallega, lugar en que me quedaba cuando yo iba a Valencia, comencé a trabajar con los trozos que había logrado rescatar y logré armar dos cuartetas de lo que, obviamente, era un poema dedicado a Eglée. La primera de las cuartetas decía:

Tus pechos enhiestos
de doncella mora
viven bajos los chales
gimiendo largas horas.

Y de los pechos de Eglée, el inspirado poeta siguió versando hacia abajo. Por consideración a muchos lectores omito la segunda cuarteta que Estéfano dedicó a la zona del cuerpo femenino a la que Shakeaspeare se refirió como “el bello muslo y parajes adyacentes”.

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10. PERFUMADOR DE AMBIENTES

Luigi Simeri era un muy buen técnico de IBM, de origen argentino, entre cuyos clientes estaba el Banco Francés e Italiano (BFI) y que por ello fue con frecuencia a ese Banco en los tiempos de la instalación de la 3903.

Sus compañeros técnicos de IBM le gastaban bromas pesadas contándole chistes de los muchos que hay contra su gentilicio, y esto lo hacían principalmente por dos motivos:

Motivo 1.- Porque como Luigi era un inveterado fumador de cigarros puros, el aroma de éstos molestaba a los no fumadores y, sobre todo, a los fumadores de cigarrillos, cosa que nunca entendí porque, como de vez en cuando fumo un cigarro puro, lo que en realidad me desagrada es el humo de los cigarrillos.

Motivo 2.- Porque Luigi soltaba unos pedos tremendamente malolientes que ponían en huída rápida, so pena de noqueo fulminante, a cualquiera que estuviera cerca y no tan cerca de él.

La IBM-1401 instalado en el BFI —que tenía la para la época impresionante memoria de 128KB— estaba instalada en la entonces obligada Sala de Máquinas, que era un espacio cerrado, tal vez de unos 20 ó 30 m2, acotado por tabiques, de madera de medio abajo y de vidrio de medio arriba, con temperatura controlada de unos 18° C y con un piso falso bajo el cual pasaban los gruesos cables —llamados de I/O, por input/output— que unían el CPU con las varias unidades periféricas (unidades de cinta magnética, impresora, lectora de tarjetas perforadas, discos, lectora de cinta, etc.).

Había además otra sala, más pequeña, en la que estaban las máquinas perfoverificadoras de tarjetas, y las muchachas —algunas de ellas muy atractivas, como la legendaria Camila— que las operaban y a quienes los técnicos abrumaban con piropos e indirectas.

En una esquina del cuarto de máquinas del BFI habían construido el Cuarto de los Técnicos, algo que también existía en todas las instalaciones IBM. Lo llamaban así porque en él guardaban los técnicos de IBM material propio de su trabajo, como piezas de repuesto, herramientas, cables de I/O, etc. Pero, a diferencia de otros cuartos de técnicos, el del BFI, que era bastante pequeño, tenía la particularidad de que la cerradura de su única puerta se la habían montado al revés, y se trancaba desde afuera en vez de desde adentro que es como, por ejemplo, trancan las puertas de los baños, que cuando uno entra las cierra, aprieta un botón que tienen en el pomo, y nadie puede entrar desde afuera. Pues no, en el caso del cuarto de técnicos del BFI, este botón estaba por afuera.

Un día en que a Luigi le pareció que las bromas de sus colegas se habían pasado de la raya, entró al cuarto de técnicos a buscar algo y, de repente, exclamó: “¡Epa, vean esto!”.

Sorprendidos, los tres compañeros que ese día estaban con él, y que eran los autores de las bromas pesadas, entraron todos al tal cuarto, momento que Luigi aprovechó para, soltando uno de sus legendarios pedos, salir de ese pequeño y sellado recinto y trancar la puerta tras de él.

Fue más que tragicómico ver a los pobres tres técnicos que, imposibilitados de salir, mientras con una mano se apretaban la nariz, con el puño de la otra golpeaban desesperados el vidrio pidiendo que alguien se apiadara de ellos y los sacara de aquella tan “perfumada” prisión.

Pero nadie se movió. Luigi se carcajeaba a placer afuera, mientras los miraba, y las piropeadas perforistas gozaron un mundo ese día, en particular Camila, que pasó a ser leyenda gracias a la hermosísima popa que la adornaba y que ella lucía con garbo enmarcada en una pequeña minifalda. Esa mujer traía de cabezas al personal masculino que trabajaba en el departamento DP (Data processing) del BFI y al foráneo que, como yo, visitaba ese departamento.

Referido a Camila sentí, por primera vez, que encajaba perfectamente el dicho venezolano que reza: “Su cara no vale un culo, pero tiene un culo que saca la cara por ella”.

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11. TENORIO DE SEGUNDA MANO

En Olivetti, al contrario que en IBM, a las personas que dirigían a un grupo de vendedores no se les llamaba gerentes —de primera línea, en el caso de IBM— sino jefes de grupo. Gerentes eran las de los niveles superiores a los jefes de grupo.

Paolo, ya en edad cercana a merecer el calificativo de solterón, era jefe de grupo en la Olivetti de Caracas y poseía una más que extraña costumbre (tal vez mejor diría que manía o debilidad): enamorarse de las mujeres de quienes se enamoraran los vendedores a su cargo.

Cuando para ejercer también como jefe de grupo fue destinado a una sucursal Olivetti del interior del país, después de probar aquí y allá terminó alojándose en una casa de familia (marido, mujer e hija veinteañera, de nombre Diana) que ofrecía habitación y comida sólo para dos personas, pues eran sólo dos las habitaciones disponibles para alquiler.

Por más de un año se alojó Paolo en esa casa sin que nada particular ocurriera entre él y los miembros de su familia anfitriona.

Carmelo, que en Olivetti de Caracas se desempeñaba como vendedor, fue trasladado un día a la misma sucursal en la que estaba Paolo y a trabajar bajo la dirección de éste.

Como Carmelo, también soltero aunque más joven que Paolo, iba a necesitar alojamiento, Paolo le sugirió que alquilara la segunda habitación que sus anfitriones tenían disponible. Lo llevó a verla, lo presentó a los dueños, y lo recomendó ante éstos, que aceptaron a Carmelo como inquilino.

Poco tiempo después Carmelo comenzó a salir con Diana, y eso bastó y sobró para que Paolo, que por más de una año había visto a diario a esa muchacha y nunca le había dicho ni qué lindos ojos tienes, desarrollara de pronto por ella un interés amoroso que aumentaba por días, hasta el punto de que comenzó a hostigar a Carmelo con preguntas de corte personal que pronto alertaron a éste sobre el inusitado interés de Paolo en la que, para ese momento, ya era novia de Carmelo.

Éste, en su carro y después de la hora oficial en que Olivetti terminaba labores, iba a recoger a Diana todas las tardes a la salida de su trabajo, la dejaba en su casa, y luego él regresaba de nuevo a Olivetti, no sólo porque siempre tenía algo que hacer sino para evitar que Paolo le llamara la atención por salir todos los días a la hora oficial.

Pero los exacerbados celos de Paolo lo llevaron al extremo de hacerle a Carmelo el reclamo de que estaba tardando demasiado en ir a recoger a Diana y dejarla en su casa, pues él, cronómetro en mano, había hecho ese trayecto durante tres días diferentes y siempre le tomó 20 minutos, mientras que eran cuando menos 40 los que transcurrían entre que Carmelo salía de Olivetti para ir a recoger a su novia Diana y regresaba de nuevo a su lugar de partida.

Esto ya colmó la paciencia de Carmelo que, más que molesto, le dijo a Paolo que lo que él, Carmelo, hiciera fuera de horas de trabajo no era asunto de Olivetti y mucho menos de Paolo y, por tanto, por esas actividades no tenía que rendir cuentas ni a su jefe ni a la compañía.

Pero lo que no supo Paolo, pues de haberlo sabido le habría dado un infarto, es que sus cálculos sobre la diferencia de tiempo eran exactos, pues después de que Carmelo recogía a Diana a la salida del trabajo de ésta, ambos, a bordo del carro de Carmelo, se escondían en un cierto lugar a hacer lo que no podía hacerse en público, y en dulces placeres eróticos se les iban los más de 20 minutos de diferencia que Paolo había descubierto.

En vista de que la tirantez de la relación entre Carmelo y Paolo aumentaba por días y estaba afectando ya el rendimiento laboral de ambos, el gerente de la sucursal, que como todos en Olivetti sabía de qué pata cojeaba Paolo, invitó a Carmelo a reunirse con él en su oficina, pero un sábado en la mañana, para que nadie los viera ni se supiera de tal reunión. Pero como para entonces ya Paolo espiaba a Carmelo, descubrió que ese sábado había ido a Olivetti y que, además del carro de Carmelo, en el estacionamiento de la compañía estaba también el del gerente, lo cual seguramente terminó de sacarle de sus casillas.

El caso es que cuando Carmelo y el gerente de la sucursal estaban en su reunión en la oficina de éste, de pronto se abrió de golpe la puerta y bajo el marco apareció la figura de Paolo, barbudo, despeinado y con el rostro rojo y desencajado. Aún no se habían repuesto Carmelo y el gerente del susto y del asombro por el mortalísimo pecado que en Olivetti era la irrupción no anunciada en la oficina de un superior, cuando Paolo se dirigió adonde estaba Carmelo, se arrodilló a sus pies y, tomando las manos de Carmelo entre las suyas, en tono suplicante le dijo:

—Yo sé que ella es para ti sólo un pasatiempo. Yo sé que no te vas a casar con ella…

Y prorrumpiendo en llanto añadió:

—¡¡¡Déjamela a mí, que yo la quiero con toda mi alma!!!

Cuando Carmelo salió de su estupor encontró calma suficiente para dirigirse al aún atónito gerente y decirle:

—¡¡Sácame de delante a este pendejo antes de que la parta la boca de un rodillazo!!

Ante esto, la sabia decisión del gerente fue transferir a Carmelo de vuelta a la Olivetti de Caracas a la que, poco tiempo después, llegó también de vuelta Paolo y le fue dado el cargo de jefe de grupo de unos cuantos muchachos vendedores entre los que había por lo menos dos que en materia de relaciones con mujeres hacían destrozos, pues cumplían al pie de la letra lo de que “De mosquito para arriba todo es cacería” y para ellos cualquier mujer era objeto de deseo y se daban de lleno a su conquista, cosa que Paolo sabía muy bien.

Lejos ya Diana, Paolo no sólo olvidó el caso sino que poco tiempo después de haber regresado a Caracas se supo que tenía novia; por lo visto había decidido interrumpir su soltería. Pero, para su desgracia, un día sorprendió a esos dos vendedores, los que eran tenorios redomados, haciendo chistes sobre su incipiente noviazgo, y Paolo fue presa de horribles sospechas.

La distribución del piso en que Paolo tenía su oficina era muy peculiar, pues al entrar había una recepción, y puertas a ambos lados de ésta. La puerta de la derecha conducía a las oficinas que estaban al fondo del piso, de espaldas a la calle y con puertas hacia el interior; la de la izquierda daba acceso a una especie de sala de espera luego de la cual había otra fila de oficinas de espaldas a las primeras. Sin embargo, la oficina del extremo izquierdo de esta fila —oficina a la que llamaré X— tenía dos puertas, una mirando hacia el pasillo de entrada de la izquierda de la recepción y otra mirando hacia las oficinas del fondo. Era, por tanto, el único punto de acceso a las dos mitades del piso.

A última hora de un viernes Paolo convocó sorpresivamente a sus vendedores para una reunión que tendría lugar en su oficina el día siguiente, sábado, a las 9 a.m. Los muchachos, más que extrañados, hicieron conjeturas sobre el motivo de tan extemporánea reunión, pero el sábado a las 9 a.m. estuvieron todos sentados en el área de recepción de lado izquierdo del piso.

Llegada la hora, Paolo, que estaba ya en el piso desde bastante antes, apareció por la puerta por la puerta interna del área de recepción y llamó a uno de los muchachos. Lo llevó a la oficina X y luego de que cada uno se sentó en el correspondiente lado del escritorio, Paolo sacó de repente una foto tamaño 8 x 10, en la que aparecía su novia, y poniéndola ante las narices del vendedor le preguntó, con tono imperativo:

—¿¡Conoces a esta mujer!?

El muchacho retrocedió sorprendido, y con cara de extrañeza dio un NO categórico, ante lo cual Paolo le dijo que podía irse, pero no por la puerta por la que había entrado sino por la que daba a las oficinas del fondo del piso.

Apenas salir, el muchacho se recuperó de su sorpresa y muerto de risa decidió ir a contarle a sus compañeros cuál era el motivo de la reunión, pero más sorprendido se quedó cuando no pudo entrar a la sala de espera, donde estaban sus compañeros, porque Paolo, previendo precisamente lo que el muchacho quiso hacer, y para evitar el chivatazo que habría arruinado su plan, antes de comenzar las entrevistas había salido por el área de la derecha y había trancado la puerta de acceso a esa sala de espera. Luego, regresando por el mismo lado derecho había dado la vuelta y llegado a la sala de espera para invitar a pasar al primer entrevistado.

Cuando tocó el turno a uno de los dos terribles, y Paolo le mostró por sorpresa la foto de su novia y le soltó el agresivo “¿¡Conoces a esta mujer!?”, el muchacho no pudo reprimir una carcajada, y ahí ardió Troya, pues para Paolo esa reacción significaba que el muchacho frente a él, aquel implacable Don Juan, había tenido, o tenía, un amorío con su novia, la mujer de la foto.

Qué pasó con las otras entrevistas no me lo contaron, pues este último lance de Paolo ocurrió cuando ya yo no estaba en Olvetti, y por eso sólo sé que el lunes siguiente fue vox populi lo de la famosa reunión del sábado, y que, tiempo después, Paolo se había casado con la muchacha de la foto 8 x 10.

***oOo***

12. UN VUELO “PUNTUAL Y TRANQUILO”

El sábado 01/06/1968 volé a Barquisimeto a dictar a profesores del Politécnico un curso de poco más de un día de duración (desde las 10 a.m. del sábado a las 3 p.m. del domingo) sobre la Programma 101.

Volé con la Línea Aeropostal Venezolana, a cuyas siglas LAV la chispa popular le había asignado el significado de Le Aseguramos Velorio, pues en el aspecto de seguridad no estaba LAV en los mejores puestos entre las aerolíneas del país.

Terminado el curso, tomé mi pequeño bolso de equipaje y me dirigí al aeropuerto. Me extrañó encontrarlo casi vacío; de hecho, en el área de espera de LAV, tras cuyo mostrador descansaba una sola persona, no había nadie. Lo atribuí a que era tarde de domingo.

Pasada una media hora y faltando sólo media más para la salida del vuelo de regreso a Maiquetía (aeropuerto de Caracas), éramos sólo 4 las personas que allí estábamos: tres hombres y una muchacha de buen ver.

Como al llegar la hora fijada para la partida no habíamos visto avión alguno, protestamos ante el empleado de LAV que, bastante apenado, nos dijo que el vuelo oficial había sido cancelado por falta de pasajeros, y que para transportarnos a nosotros cuatro estaba saliendo de Maiquetía un avión de “emergencia”.

Eso de “emergencia” no me gustó, pero algo era menos que nada, pues no tenía yo ganas de quedarme otra noche en Barquisimeto.

Casi dos horas después llegó un DC-3, taxeó hasta la terminal, y el empleado nos dijo que tomáramos nuestro equipaje y le siguiéramos. Al llegar al avión, un hombre abrió la puerta, bajó la escalerilla y nos invitó a subir y a colocar el equipaje donde creyéramos que estaría más seguro.

Para ese entonces ya había yo volado bastante dentro de Venezuela, pero nunca había visto un avión como aquél, casi vacío por dentro. Era evidente que se trataba de uno destinado a carga del cual habían retirado todos los asientos, y que para este caso de “emergencia” le habían colocado sólo cuatro asientos dobles, dos a cada lado e igualmente espaciados unos 2.5 metros entre si. Los dos del lado izquierdo estaban cercanos al área de pilotos, y los dos del lado derecho estaban cercanos a la cola del avión.

Me senté en el primero del lado izquierdo, el más cercano al área de pilotos, y en el que estaba detrás del mío se sentó la muchacha.

La salida del entonces aeropuerto de Barquisimeto había sido siempre problemática por una suerte de turbulencias que muchos pilotos temían, y por eso no me gustaba volar desde ahí, pues aún hoy, y por motivos de circulación/presión sanguínea, cuando un avión en vuelo da un bajón, se me nubla la vista, y si el bajón es muy pronunciado paso a ver sólo algo como un telón negro, y pierdo el sentido. Cuando lo recupero tengo, por horas, un horrible dolor de cabeza y una tremenda presión en las sienes.

A poco de salir nuestro vuelo, y cuando yo pensé que ya el DC-3 había alcanzado su altura de crucero, de pronto dio un bajón. Medio se me nubló la vista, pero no había terminado yo de tragar en seco cuando vino otro bajón peor que el anterior, y antes de que terminara de asustarme por éste vino un tercero que me convenció de que nos estrellaríamos porque la altura sumada de los tres bajones me pareció ser menor que la altura que creí que era la de crucero.

El piloto, que era el tipo que nos había abierto la puerta del avión y único tripulante del vuelo, debe haber pensado igual que yo porque de inmediato el avión alzó el morro y subió casi verticalmente. El efecto de ese violento cambio de dirección hizo que mi espalda pegara con fuerza contra el respaldo de mi asiento, que cedió, y lo último que de eso recuerdo es que, viendo ya sólo el telón negro, iba yo cayendo de espaldas al vacío.

Mi próximo recuerdo fue que un golpe en mi cabeza me despertó, que simultáneamente escuché un alarido femenino, y que al abrir mis ojos me pregunté si en el Cielo o en el Infierno, donde creí estar ya, había mujeres de rosados muslos con diminutas pantaletas (bragas) azul celeste que escasamente alcanzaban a medio cubrir su principal objetivo y dejaban al descubierto el espeso, negro, abundante y rizado vello púbico.

¿Qué había pasado? Que al ceder el respaldo de mi asiento y llegar mi cuerpo a una posición horizontal, ya el cinturón de seguridad no sirvió de nada. Salí proyectado hacia atrás, caí de espaldas sobre el piso del avión y me deslicé violentamente, boca arriba, hacia los pies de la muchacha cuyo asiento, repito estaba a unos 2.5 metros detrás del mío. Cuando ella vio la dirección que yo llevaba, instintivamente separó sus piernas para esquivar en los pies el impacto de mi cabeza, con lo cual ésta pegó en la base metálica del asiento de la muchacha quien al caer en cuenta de que por mi posición podía yo ver a placer sus preciados rincones, se puso a chillar.

Cuando la damita estaba por patearme la cara —por mi “atrevimiento”, supongo, pero sin advertir que al levantar su pie mejoró ampliamente mi fantástica visión— el pasajero que ocupaba el asiento del otro lado del avión, el más cercano a la cola, vino a mi rescate, me ayudó a levantarme y, llevándome del brazo —pues por el mareo de “todo” lo ocurrido no podía yo caminar bien— me sentó en el asiento gemelo del que tenía el respaldo roto y me ayudo con el cinturón de seguridad.

El resto del vuelo lo pasé adormilado, mareado y con tremendo dolor de cabeza, y al llegar a Maiquetía la dama de las pantaletas azul celeste pasó frente a mí con su cabeza gacha, y roja como tomate.

Para colmo, por lo atontado que yo estaba no le pedí ni dirección ni teléfono…… clip_image019

***oOo***

13. ¡POR FIN, IBM!

El 24/06/1969 murió mi padre en El Paso. Su muerte me dejó tan destrozado que por mucho tiempo nada me importó; como él solía decir, “me daba lo mismo atrás que a las espaldas”.

Con ese estado de ánimo, el 03/09/69, exactamente seis meses después de haber dejado yo Olivetti, bajando por la Avenida Urdaneta, a la altura de la esquina de Urapal, donde IBM tenía oficinas, tropecé con Carlos Pérez Requejo, un amigo de los ex Olivetti que se habían pasado a IBM, y me dijo que aprovechara porque IBM estaba buscando personal.

Haciendo de tripas corazón, esa misma tarde me fui a IBM-Urapal, inicié las gestiones y, por supuesto, me dijeron que tenía que presentar examen otra vez porque el presentado y aprobado en 1967 se había perdido por causa del terremoto.

Allí conocí a José Avendaño, Jesús Alonso y Juan Fermín Dorta, y allí se hicieron los arreglos para que al día siguiente volviera yo por segunda vez al Edf. 360, donde de nuevo me atendió la Sra. Rebeca Perli, y de nuevo, y absolutamente tranquilo porque me daba lo mismo atrás que a las espaldas, hice el examen que ella me presentó.

Al día siguiente, la Sra. Perli me llamó a mi casa y me dijo que, si yo quería, podía comenzar a trabajar el 01/10/1969. Y claro que sí quería. Cumplí con los exámenes médicos y demás trámites previos, y el 01/10/1969 entre por fin a IBM. Un hecho que marcó un hito en mi vida.

clip_image020(Así lucía yo en esos días. Por qué se me ve negro el pelo, no lo sé; travesuras de las cámaras o de los fotógrafos)

Conmigo entraron Humberto González, Alfonso Colloca y Lysette Riera, que dejaron pronto IBM; Raúl Figueroa y Luis Merchán, que junto con otros 5 empleados de IBM y anteriores a ellos dejaron la compañía y fundaron una llamada Hepta; Ricardo Croes, que fue asignado a la sucursal IBM-Maracaibo, renunció poco tiempo después y fundó en Maracaibo una compañía de software; Pierre Fluché, que a mediados de los 70 dejó IBM-Venezuela, se fue —si mal no recuerdo— a IBM-Brasil, y murió poco después en Río de Janeiro; y Hernán Kofinke y Delia Lacorte que fueron de los últimos en retirarse, Hernán se fue a Colombia y Delia a USA. Y por varios años más, de esta promoción de 1969 quedé sólo yo.

Una vez que terminé el largo periodo de entrenamiento inicial, el llamado Entry Level Training (ELT), e iba a ser asignado a mi primera posición de trabajo, pedí que, por favor, me dieran la de analista de sistemas.

La respuesta fue que no, porque como yo, actuando como vendedor, le había ganado a IBM negocios tan importantes como el de los terminales para el Banco Francés e italiano, iría por tanto a Ventas en la Sucursal Finanzas que era la que se ocupaba de los Bancos. Y allá fui, y con los Bancos hice carrera.

Paradójicamente, mi primera actividad pública en IBM tuvo lugar el día 27/04/1970 en el teatro de la Casa de Italia, en La Candelaria, durante el Kickoff Meeting —o reunión anual de inicio de actividades— de ese año, con una presentación en la que expliqué a la fuerza de ventas los detalles, con pelos y señales, de los nuevos terminales bancarios Olivetti, los mismos que yo había ayudado a diseñar mientras estuve en Ivrea. ¡Jugarretas del Destino!

***oOo***

EPÍLOGO

Durante un tiempo vi casi a diario en Olivetti a Álvarez, pero luego él dejó esa compañía y le perdí totalmente el rastro.

De los casos de personas que cambiaron mi vida, es él a quien más me gustaría volver a ver para agradecerle personalmente y hacerle saber lo que por mí hizo, pues considero que fue Álvarez quien, con su insistencia en que yo fuera con él a Olvetti —aunque lo que quería era que yo dejara la compañía de Floreal— dio inicio al gran hito o turn-arount point que en mi vida significó mi entrada a IBM.

***

En cuanto a la realización de mi sueño de entrar a IBM, desde que lo logré creí que fue obra de mi difunto padre, pues no sólo se dio la coincidencia de que el día en que por boca de Carlos Pérez Requejo supe que IBM estaba buscando personal, fue el día en que se cumplían exactamente los 6 meses que IBM exigía de separación de Olivetti para poder hablar de trabajo con un ex empleado de esa compañía, sino que antes del final de ese año 1969, mis otros dos hermanos, Tomás y Raúl, quienes también tenían, como yo, sueños de alcanzar metas relacionadas con trabajo, pudieron alcanzarlas.

Tomás recibió, sin esperarla, oferta para asociarse con el dueño de una ferretería —operando bien desde hacía años— porque éste sentía que era mucho trabajo para él solo. Una oferta que vino como anillo al dedo porque Tomás estaba buscando trabajo y el que negocio que le gustaba era el que también le gustaba a nuestro padre: el de ferretería.

Raúl logró dar por fin con la fórmula que le permitió que el chorizo canario que él fabricaba no se corrompiera en este país, y con ello alzó vuelo su fábrica de embutidos Gran Rey y, con ella, su situación económica.

Años esperamos los tres para alcanzar nuestras metas, y luego, en el último trimestre del año en que murió nuestro padre, se dieron todas a la medida de nuestros deseos.

Hace tiempo que no creo en casualidades.

Un comentario sobre “[*FP}— Mi llegada a la computación y a IBM – Un tributo a quienes influenciaron mi vida. Hechos y anécdotas

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