03-07-2026
Tenemos que recuperarnos: Close-up y panorámica
Cuando ocurre una catástrofe hay que mirar dos fotos: el close-up, donde se ve el cuerpo que sangra, y la panorámica, donde se revela que el embate de la naturaleza —inevitable— cayó sobre un sistema que falló. Esa doble mirada no es retórica: es la única forma honesta de comprender la magnitud del daño. El close-up muestra la herida; la panorámica muestra el país con todas sus fracturas previas y nuevas.
Tenemos que recuperarnos, pero no con parches. La recuperación exige ver los millones de close-up: vidas suspendidas, biografías interrumpidas, familias sin casa ni rutina. Cada close-up es una pregunta moral dirigida al Estado y a la sociedad: ¿qué se hace con esta persona que perdió todo? Ignorar esos rostros es convertir la tragedia en estadística, y eso siempre termina siendo una forma de crueldad.
La recuperación también exige mirar la panorámica, esa imagen que revela la arquitectura del daño y del riesgo. Y hay que decirlo con claridad: la panorámica no se construye con las miles de fotos y videos que circulan hoy. Esa avalancha visual documenta el impacto, pero no explica el desastre. La panorámica verdadera se construye con trabajo organizado, con método, con rigor, con equipos capaces de analizar por qué cayó lo que cayó y cómo evitar que vuelva a ocurrir.
La panorámica exige expertos, que vaya si hay venezolanos que lo son, no espectadores ni comentaristas de esquina. Gente que levante información confiable, cruce datos, identifique vulnerabilidades, proyecte escenarios y diseñe planes de acción. El close-up exige héroes; la panorámica necesita profesionales de la recuperación. Los héroes salvan vidas en las primeras horas; los expertos ayudan a protegerlas durante las próximas décadas.
Hay otro grupo indispensable: los científicos sociales. Las catástrofes no destruyen sólo infraestructuras; también alteran relaciones, debilitan redes comunitarias, profundizan desigualdades. Ellos estudian cómo viven las comunidades el trauma, cómo se reorganizan, quiénes quedaron más expuestos y qué resiliencias existen. Gracias a su trabajo, la recuperación no se limita a reconstruir edificios, sino también confianza, cohesión y capacidad colectiva de respuesta y rearmado social.
La recuperación seria sigue una secuencia: evaluar el daño; estabilizar para evitar que la tragedia crezca; recuperar lo básico para que el país vuelva a moverse; reconstruir corrigiendo lo que ya estaba mal; y prevenir, creando sistemas y normas que impidan la repetición del desastre. Esa secuencia es la verdadera panorámica: la frontera entre responsabilidad y negligencia.
¿Cómo saber si la recuperación tuvo éxito? No basta con carreteras reparadas o viviendas nuevas. El éxito se mide en vulnerabilidades reducidas y protecciones aumentadas. Una recuperación es exitosa cuando las personas desplazadas o afectadas recuperan dignidad y vida cotidiana, cuando las comunidades reconstruyen sus redes, cuando los servicios funcionan mejor que antes y cuando los riesgos que amplificaron el desastre han sido corregidos. También se mide por vidas salvadas en el futuro, viviendas que resistirán mejor, comunidades que sabrán actuar ante la emergencia.
El close-up es urgencia; la panorámica es importancia. El close-up obliga a actuar; la panorámica obliga a pensar. Y en medio de esa doble mirada ocurre algo inevitable: dejaremos de llorar. No porque duela menos, sino porque el cuerpo se agota. Pero dejar de llorar no significa “pasar la página”. Las catástrofes -personales y colectivas- no se superan pasando la página: se atraviesan, se procesan, se reconstruyen y se asumen.
El país no es un libro; es un cuerpo vivo que necesita tiempo, memoria y responsabilidad para volver a sostenerse. Dejaremos de llorar. La ausencia de lágrimas no es alivio: es agotamiento. La calma no es superación: es supervivencia.
Por eso, la recuperación debe integrar ambas miradas: el dolor individual y el del país entero. Reconstruir no es levantar paredes; es corregir estructuras, desmontar negligencias y asumir que la política debe prevenir, no sólo lamentar. La verdadera recuperación empieza cuando se deja de ver la tragedia como un episodio. Sólo entonces puede nacer un país que no vuelva a romperse, aunque la naturaleza golpee de nuevo.
Un Estado serio, confiable, inteligente y competente, sostenido por toneladas de ética y por una sociedad que no tolera la burla, es lo mínimo indispensable para enfrentar una tragedia. Lo que tenemos hoy es lo contrario: un Estado fallido, un gobierno tan torpe que ni siquiera alcanza a comprender la magnitud de su propia incompetencia. Basta mirar esa rueda de prensa diaria, ese ritual de desorden, engaño y autoengaño, para entender cuán “perdidos en el espacio” están.
Esto trasciende cualquier paleta de gustos o inclinaciones. La gestión de una recuperación no depende de parcialidades, sino de saber, de oficio y de entender con precisión la realidad. Sin esas tres cosas, todo lo demás es ruido.
