29-06-2026
Soledad Morillo Belloso
“Bachiller, tiene 00… y queda debiendo”
Una, dos, tres, cuatro… decenas, centenas, miles de historias tiene esta tragedia del terremoto en Venezuela. Cada historia es un país en miniatura, astillado, vulnerable, expuesto como hueso roto atravesando la piel. Aquí no hay víctimas de primera ni de segunda: todas son víctimas, todas cargan el mismo espanto, todas son iguales ante la furia de la tierra y la miseria de quienes debieron protegerlas. Víctimas de la naturaleza, sí, pero también de algo más cruel porque es humano: la estructura podrida, la improvisación convertida en método, la desidia de un gobierno que no gobierna, que sólo ocupa el espacio donde debería haber Estado, como un cascarón vacío que hace ruido pero no sirve para nada.
Odian a Venezuela. Odian a los venezolanos. No hay otra forma de explicar tanta negligencia maquillada de normalidad, tanta torpeza disfrazada de gestión, tanta indiferencia barnizada con el cinismo del “todo está bajo control”. Un país herido exige orden, y ellos producen caos. Un país en duelo exige respeto, y ellos responden con propaganda. ¿El ministro de Información perdió la cordura o simplemente la empeñó? Bolívar se revuelca en su tumba, no por el movimiento telúrico, sino por el terremoto moral: por ver que la República que imaginó terminó convertida en un aparato que sólo funciona para protegerse a sí mismo, mientras el ciudadano quedó reducido a estorbo, a estadística, a ruido que molesta la narrativa oficial.
Y en medio de ese país fracturado, aparece la escena más insólita —y más obscena—: los anclas de los canales oficiales y de los obsecuentes al oficialismo. Ellas, con el maquillaje sobrecargado, como si estuvieran cubriendo una gala y no una tragedia. Base perfecta, labios delineados, pestañas alargadas, sombras sin una sola grieta. Como si el país no estuviera lleno de grietas. Ellos, con los peinados de “acabo de salir del estilista”, el copete firme, el gel sin una sola derrota. Como si la realidad no pudiera despeinarles la conciencia.
El lacito negro no está en la pantalla, arriba y a la derecha, como dicta el manual de estilo. No hay señal de duelo. No hay señal de respeto. No hay señal de país. Lo que hay es una puesta en escena: una estética de negación, una coreografía de indiferencia.
Mientras la gente busca a sus familiares entre escombros, ellos leen titulares como si anunciaran la cartelera del fin de semana. Mientras se improvisan camillas con puertas arrancadas, ellos sonríen con la sonrisa entrenada del que nunca ha tenido que improvisar nada. Mientras el país tiembla, ellos ahí, impávidos. La tragedia no les toca. No les roza. No les despeina.
Y eso es la prueba más cruel de que no están informando: están actuando. Están en pose. Pasan promociones de su programación en una jactancia del “como si nada”. Muestran un país que no existe, un país sin duelo, sin dolor, sin muertos. Un país que sólo vive en la pantalla, porque fuera de ella lo que hay es ruina. Es la rutina del victimario: negar, maquillar, fingir.
Supongo que en la escuela de Comunicación Social cursaron “Ética de la Comunicación” como quien cursa cerámica artesanal: por cumplir, por relleno, por requisito. Un día, en un examen, el cura Rey me puso 15. Yo, nerd empedernida, fui a hablar con él: “Padre, ¿por qué?”. Y él, sin pestañear: “Este oficio te tiene que doler”. Ese día aprendí que este oficio no me daría tregua moral. A cualquiera de estos anclas con tan pocas neuronas —y a sus jefes— Rey les habría dicho lo mismo, pero con la contundencia que amerita la tragedia: “Bachiller, tiene 00… y queda debiendo”.
