[SE}> Uno más uno da más que dos / Soledad Morillo Belloso

22-06-2026

Soledad Morillo Belloso

Uno más uno da más que dos

Trabajar en equipo —y más aún en esta etapa de transición— es como cruzar un río crecido: nadie lo logra solo sin arriesgarse a que la corriente lo arrastre. Cada actor de la oposición, por fuerte que se crea, aislado es apenas una orilla, expuesta, vulnerable. Pero cuando las voluntades se enlazan, cuando se tienden puentes entre diferencias, aparece algo distinto: una fuerza compartida que no sólo resiste, sino que adquiere músculo y avanza.

Esa necesidad de articulación se vuelve aún más evidente cuando se mira el poder del gobierno encargado tal como es, sin adornos. Sí, tiene poder. Tiene estructura, presencia, espacio. Pero el poder, por sí solo, no conduce. Opera, ejecuta, se mueve… pero no gobierna en el sentido profundo del término. Gobernar es marcar rumbo, convocar, ordenar, alinear. Es construir sentido. Cuando eso falta, lo que queda es una dinámica tutelada, donde cada pieza ocupa un lugar dentro de una estructura que responde a otra bandera, esa con “stars and stripes”. Eso no es gobernar; es obedecer.

Por eso es crucial entender cuándo el trabajo en equipo deja de ser consigna y se convierte en exigencia. Si el liderazgo no se articula, la dispersión aparece como reflejo inmediato. Cada actor empieza a moverse como si fuese autosuficiente, como si pudiera levantar por su cuenta lo que en realidad exige cooperación. Y en ese escenario, hasta la claridad política se diluye. Es como una orquesta sin director: cada instrumento suena, pero no hay armonía; hay esfuerzo, pero no hay dirección.

Y para quienes pueden estar confundidos, conviene decirlo sin rodeos: los actores de la oposición que realmente pesan no están atrapados en la lógica de la disputa interna. Dinorah no tiene el más mínimo interés en disputarle el liderazgo a María Corina. Ese dato, lejos de ser anecdótico, revela el momento: no todo es competencia ni ambición. También hay conciencia de roles, de espacios, de tiempos. La pregunta no es quién quiere imponerse, sino quién está dispuesto a construir.

La transición es ese territorio incómodo donde lo viejo aún pesa y lo nuevo todavía no termina de nacer. Un terreno inestable que no perdona el ego desbordado ni la improvisación solitaria. En ese contexto, el individualismo deja de ser postura y se convierte en debilidad estructural. Quien insiste en avanzar solo, en levantar su propia bandera sin mirar el conjunto, termina aislándose, incluso cuando cree que se está afirmando.

Porque el protagonismo aislado es, en el fondo, una ilusión peligrosa. Brilla un instante, pero no perdura. Es una vela encendida en medio del viento: visible, sí, pero condenada a apagarse. En cambio, cuando las luces se agrupan, cuando se sostienen entre sí, dejan de ser chispas efímeras y se convierten en faro.

Trabajar en equipo no diluye identidades, las potencia. No se renuncia a las diferencias, se les dar cauce. Cada actor aporta algo distinto: liderazgo, experiencia, legitimidad, músculo social.  Esas  fortalezas, cuando aisladas, tienen un techo bajo. Integradas, articuladas, convertidas en proyecto común, se transforman en sinergia: en capacidad real de incidir, transformar y sostener un proceso de suyo complejo.

Y aquí entra un punto que suele olvidarse: si la sinergia entre liderazgos políticos es importante, la sinergia de la ciudadanía es decisiva. Sí, ya lo sabemos: cuando se ha sufrido tanto, duelen hasta las pestañas. Cuesta mantenerse en pie, cuesta mantenerse en unidad, cuesta no quebrarse. Pero este es el momento en que la gente tiene que hacer músculo. La unidad ciudadana no es un gesto simbólico: es el combustible. Sin esa energía colectiva, ningún liderazgo —por brillante que sea— puede mover un país exprimido hasta el hueso. La política marca el rumbo, pero es la ciudadanía la que empuja el barco. Y ahora, más que nunca, empujar juntos es crucial.

Porque sí: el gobierno encargado  tiene poder. Pero el poder sin liderazgo que lo articule es apenas una estructura que funciona sin alma. Resiste, pero no construye. Se mueve, pero no avanza. La señora del vestido verde está en el cargo, pero no tiene ni una gota de liderazgo. No sólo es transitoria, es temporal. Es un emergente al bate, aunque estrene “outfit de marca” todos los días.

Entendamos: cruzar el río no depende de quién se lance primero, sino de quién entiende que hay que cruzarlo juntos. En política, como en la vida, no gana el que se aferra a su orilla, sino el que ayuda a construir el puente.

Soledadmorillobelloso@gmail.com

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