[*FP}— De La Palma (Canarias) a Costa Perdida (California): un maravilloso viaje para el recuerdo

01-07-2019

Carlos M. Padrón

Creo haber dicho ya aquí que mientras trabajé para IBM, desde 1969 hasta 1999, viajé tanto en avión que quedé saturado de viajes aéreos. Nunca me fue mal en ellos, pero desde que, a raíz de los atentados de 2001 a las torres gemelas del World Trade Center de New York, se estableció en los aeropuertos el fastidioso control de seguridad, ya eso, más mi saturación de viajes aéreos pasó a crearme una aversión que se ha ido acrecentando a medida que, desde comienzos de este siglo, han ido aumentado la cantidad de gente que viaja en avión y la competencia entre líneas aéreas que ha llevado a la creación de las llamadas de low cost entre las cuales es común que, para mitigar lo del bajo precio del billete de viaje, cobren por todo lo que antes estaba incluido en lo que uno pagaba por ese billete.

Ahora cobran por la comida y por las maletas que el pasajero entregue al registrarse para el vuelo, y de los 32 kilos que por cada una de estas maletas una vez aceptaron, ahora, además de cobrar por ellas, sólo aceptan 20 kilos. E igualmente han puesto un tope de 10 kilos a los rollers, o pequeñas maletas que uno quiera llevar consigo en la cabina del avión.

Para colmo, ahora para volar en algunas líneas aéreas hay que lidiar con máquinas para facturar el equipaje y pagar si cobran por él, entregarlo luego en un sitio e ir a buscar en otro el billete para entrar al avión. Unas aerolíneas hacen eso de una forma, y otras lo hacen de otra.

Igual con las tareas de inmigración para entrar al país: en unos son las de siempre, y en otros, como USA, el pasajero debe lidiar con máquinas. Y hay muchos pasajeros de tercera edad, y hasta no tan viejos, que no saben lidiar con máquinas y necesitan esperar por ayuda, con el consiguiente nerviosismo por la impotencia o por si pierden un vuelo.

Los aviones que cubren trayectos largos han amentado su tamaño y, con ello, la cantidad de pasajeros que transportan, lo cual aumenta también la aglomeración en aeropuertos, tanto a la salida como a la llegada de los vuelos. En fin, que han quedado muy lejos los tiempos en que viajar era un placer.

En lo personal debo añadir que detesto las multitudes y las grandes ciudades en las que, además de mucha gente, hay tal congestión de tráfico que encontrar un lugar para aparcar un vehículo es tan difícil como ganar a la lotería. Por ejemplo, me encantaba la Santa Cruz de Tenerife donde viví entre 1957 y 1961, pero ha crecido mucho, y hoy el exceso de tráfico hace que me resulte una ciudad insufrible.

Por tanto, las megalópolis no son lo mío. Manhattan, Ciudad de México, Miami y Los Ángeles son, sólo por mencionar algunas, ciudades en las que yo no viviría a gusto porque, además de aversión al congestionamiento de tráfico, lo tengo, repito, a las multitudes.

Cuando viví en Westchester County, en New York, se me encogía el corazón al pasar por un cementerio y ver inmensos espacios sembrados de cruces todas iguales y clavadas en filas muy ordenadas y a distancias bien medidas entre ellas. Parecía un simple terreno sembrado de algo que luego se cosecharía con una máquina; eran la consolidación del anonimato, del popular dicho “No somos nadie”.

Uno de los motivos por los que regresé a Canarias es porque quiero que, de ser posible, me entierren entero en el cementerio de El Paso, mi pueblo natal, y en el nicho número 24 donde al momento reposan los restos de mi abuela materna, mis padres y mi hermano mayor.

Todo este largo preámbulo es sólo para dejar saber los contrastes de cómo me sentí en el viaje que este mes de junio hicimos mi esposa Chepina y yo a Arcata para el tercer cumpleaños de Lucas, mi tercer nieto.

Arcata es una ciudad ubicada en la costa del norte de California (USA), donde vive mi hija menor, Elena, con su esposo y su pequeño hijo. Fue un viaje de tres vuelos a la ida y tres a la vuelta: 1) La Palma – Madrid: 3 horas; 2) Madrid – Los Ángeles: 12 horas; 3) Los Ángeles – Arcata: 2 horas. Total: unas 17 horas la ida y unas 15 la vuelta.

Llegamos al aeropuerto de Los Ángeles a las 20:30 del viernes 14/06/2019. El espectáculo que presencié al salir de la terminal para esperar al transporte que nos llevaría al hotel fue simplemente dantesco: las aceras que bordeaban las vías que unen las 8 diferentes terminales de ese aeropuerto, que tiene forma de U, estaban repletas de gente, portando maletas grandes y pequeñas, que esperaban para salir hacia sus destinos.

Aquello me recordó esas películas de ciencia ficción en las que una nave extraterrestre aterriza en una gran ciudad y sus habitantes buscan desesperados cómo huir hacia algún lugar supuestamente menos peligroso llevando consigo lo poco que puedan llevar. Ante semejante espectáculo opté por fijar la vista en el piso del taxi hasta que dejamos atrás el aeropuerto. El viaje de regreso me resultó menos traumático en cuanto a esto.

Pero a pesar del cansancio, más notorio porque aún estoy en recuperación de mi tratamiento y operación de cáncer, y del ya descrito calvario de los aeropuertos, ese viaje valió oro porque pude compartir unos días en familia con mi hija y su esposo y, en especial, con mi nieto Lucas. A los tres los habíamos visto por última vez cuando aún Lucas no tenía dos meses de nacido.

clip_image001Agosto de 2016. Con Lucas cuando estaba por cumplir dos meses

Arcata está bastante al norte de San Francisco y en una zona a la que, por los motivos que se dicen AQUÍ, llaman Lost Coast (Costa Perdida). Es una ciudad universitaria pequeña que está ubicada al borde de la Bahía de Humboldt y rodeada en parte por fincas donde pasta ganado vacuno. No hay congestionamiento de tráfico, se respira un ambiente bucólico y, al menos a la casa donde con su familia vive mi hija no llega el mundanal ruido.

Por esa bahía disfrutamos de un lindo crucero muy bien documentado. Como dato anecdótico, mi yerno explicó que el nombre de Humboldt en varios lugares y establecimientos de esa costa no se debe a que el alemán Alexander von Humboldt, que sí estuvo en Canarias, estuviera allí, sino porque cuando ésa era una zona inexplorada, al capitán de un navío que llegó a ella le gustó tanto que, siendo ferviente admirador de Humboldt, le puso ese nombre.

clip_image004Carlos M. Padrón y Chepina Pernía en crucero por la Bahía de Humboldt

Pero a mí, que como buen pasense soy “animal de montaña y de paisajes verdes”, lo más que me gustó fue la parte de Arcata que da hacia tierra firme, pues hay ahí, en lo que llaman Redwood Coast, unos impresionantes y tupidos bosques repletos de altos árboles, algunos con gruesos troncos que, por lo perfectamente rectos, demuestran que nunca sufrieron los embates de fuertes vientos que los torcieran.

clip_image005Chepina y Lucas abrazan un árbol del Redwood Coast

clip_image006Árboles que yerguen sus muy rectos troncos

En los alrededores de Arcata hay paisajes y lugares espectaculares, además de algunos pueblos vecinos que, como Trinidad, son una belleza.

clip_image007Uno de los lindos parajes que depara el “Trinidad lost coast scenary road”

clip_image009Carlos M. Padrón y Chepina Pernía en Jardín Botánico Humboldt  donde hubo picnic, jaula de mariposas monarca, y concierto en vivo

Arcata es todo lo opuesto a una megalópolis, y por ello —disfrutando de un tiempo muy bueno, con días soleados y temperaturas entre 10 y 19°C— lo pasamos de maravilla con mi hija, mi yerno y mi pequeño nieto, que, repito, me ha hecho abuelo por tercera vez y que, a pesar de que para apegarse a “abuelito”, como él me llama, requiere más tiempo del que me tuvo a su lado, me deparó entrañables momentos, algunos ilustrados en las fotos que siguen.

Fueron momentos que espero que él pueda recordar a pesar de su tierna edad, y momentos que, en medio del susto de mi inesperado cáncer, temí que no llegarían, pero el hecho de que sí llegaron justifica con creces la gran satisfacción que ese viaje me dio.

La mejor foto del viaje. Mi preferida.

¡MISIÓN CUMPLIDA!

De vuelta en casa desde el mediodía del pasado 28/06, aún no terminamos de recuperarnos de los efectos del jet-lag de 8 horas de diferencia entre California y Canarias. Pero no importa: si la salud me alcanza, y a pesar de todos los inconvenientes arriba descritos, con gusto lo haría de nuevo.

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