[Col}— LA EUTANASIA. ¿A qué estamos jugando? / Juan Antonio Pino Capote

NotaCMP.– Padronel no suele acoger artículos sobre temas como el que sigue, pero se pide que lo incluya por vía de excepción dado que en estos momentos preelectorales se quiere dar esta información para que los posibles votantes no se dejen engañar con la compasiva y buenista legislación de la eutanasia (Leer el Anexo II). Tanto la prensa común como la profesional, cuando aceptan los artículos tardan mucho en publicarlos y, generalmente, lo hacen a destiempo. Es por eso que se ha recurrido a la eficiencia e inmediatez del blog.

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21-04-2019

José Antonio Pino Capote

Llevo varios días pensando en el tema, que se ha puesto de moda con la muerte asistida de María José Carrasco ayudada por su esposo, Ángel Hernández, el 3 de abril de 2019. Se grabó en un video que, a día de hoy, 14 de abril de 2019, ha tenido casi 30.000 visitas. Ya en 1998 ocurrió algo similar con la mediática muerte de Ramón Sampedro, sobre la que han hecho la película “Mar adentro”.

En torno a los dos extremos más importantes de nuestras vidas, el nacimiento y la muerte, se han abierto amplísimos debates sin que, en nuestro país, se haya llegado a conclusiones definitivas porque se mueven entre los grandes interrogantes de la finalidad de la vida humana en el planeta Tierra, el nacer y el morir. Es evidente que nacemos para morir, y esto lo tenemos en común con todas las especies y también con el planeta que habitamos, fenómeno que se escapa de nuestro control.

El impacto mediático de estos acontecimientos tiene un doble efecto: el primero es que nos hace tomar conciencia de ello, el segundo es que, al ser tan mediático, los políticos lo toman como bandera en sus programas, haciendo propuestas de legislaciones de parcheo sin entrar en la profundidad de los problemas, recurriendo a los sentimientos de las personas y a un falso buenismo con el que pretenden nada menos que legislar. Algunos han desistido de comprometerse con la cacareada ley del aborto, la cuestión ahora es la eutanasia, algo demasiado serio para dejarlo en manos de los políticos o gobiernos, algo así como lo que en el pasado siglo dijera Georges Clemenceau referido a la guerra: “La guerra es un asunto demasiado serio como para dejárselo a los militares”.

Y no. Los sanitarios libramos a diario en nuestro país decenas de batallas frente a la muerte inevitable de decenas de pacientes. En el caso de la eutanasia, la cuestión es cuándo y cómo. La eutanasia es, sobre todo y ante todo, un problema de deontología médica. Nosotros, los de las trincheras, hemos venido dando la respuesta a los “morituri” de la manera más adecuada a cada circunstancia, sorteando los conflictos éticos con lo mejor de nuestros conocimientos. Esto es como decir, siguiendo la “lex artis ad hoc”, frase latina que ha sido la clave que nos ha librado a los sanitarios de muchas condenas legales, y viene a significar que se ha actuado con arreglo a los conocimientos científicos y técnicas disponibles en el momento actual y sus planteamientos éticos que van más allá de los sentimientos de los profesionales, los pacientes, sus familias y hasta la sociedad. Y sí, existen normativas, protocolos y abundante literatura médica referidas al bien morir y así se ha venido actuando en la mayoría de las situaciones.

El buen hacer de los jueces, sin conocimientos médicos, les lleva siempre a apoyarse en la lex artis ad hoc, para dictar sentencias ajustadas a la misma. En mi especialidad de anestesiología y reanimación puedo decir que más del 90 % de las demandas por mala práctica han sido sobreseídas por este principio. El problema surge cuando existen algunas cuestiones en las que la ley del arte no se ha pronunciado, aún cuando se han venido resolviendo los problemas de forma colegiada con protocolos aún no homologados ni generalizados y con la ayuda de los comités éticos profesionales.

Un ejemplo con mucha tendenciosidad política y mediática fue el de el dolorosamente famoso del Dr. Luis Montes en 2005, que fue acusado de mala práctica al aplicar presuntas sedaciones “irregulares” a 400 pacientes en el Hospital Severo Ochoa de Leganés. Al final de su calvario particular, los jueces no encontraron nada contra la lex artis ad hoc, y su caso fue finalmente sobreseído.

Conviene resaltar que una consigna básica, común a todo el personal sanitario, es que siempre que puedas curar, cura; cuando no puedas curar, alivia; y cuando no puedas aliviar, consuela. Y nuestro deber es consolar hasta el momento mismo de la muerte para proporcionar una muerte digna y consoladora para el paciente, sus familiares y los propios profesionales. Esto ha sido siempre así desde el principio de nuestros conocimientos, con la mayor discreción y respeto. Evitaremos, a toda costa, que la muerte de alguien se convierta en un espectáculo público.

Para entendernos podemos considerar dos tipos de eutanasia, atendiendo a sus circunstancias. Las intrahospitalarias urgentes y de corta duración, y las crónicas o diferidas por procesos lentos e irreversibles con deterioro de la persona, física y humanamente. Estas últimas merecerían un capítulo aparte con las especificidades de cada una.

En los centros hospitalarios el problema es más sencillo desde el momento que en ellos concurren profesionales de distintas disciplinas y con una tecnología puntera que permite simplificar la toma de decisiones, siempre colegiadas. La extracción de órganos para trasplantes ha estimulado el conocimiento y determinación del momento mismo de la muerte. No se da la dramática situación que sufrimos al principio de los años setenta en que estuvimos reanimando a un joven cuyo cerebro llevaba, según el forense, tres días muerto, en 1970 (Anexo 1), cuando, de forma generalizada, se comenzaron a usar en la práctica clínica las máquinas de respiración asistida. También al tiempo del surgimiento de la bioética. En la actualidad casi no se habla del encarnizamiento terapéutico, y somos muchos los que hemos tenido que dar el consentimiento para la “sedación” de un familiar en estado terminal. En esto no creo que haga falta ninguna legislación.

Las cuestiones éticas más dignas de especial consideración se encuentran fuera de los hospitales, domicilios o casas de acogida y, en general, son enfermedades que evolucionan con más o menos rapidez hacia un final definitivo. Son, aparte del cáncer, enfermedades neurodegenerativas —como la demencia, el Alzheimer el Parkinson, la esclerosis múltiple y otras— que habría que protocolizar minuciosamente en lo referente a su final digno. Así como en los hospitales es relativamente fácil determinar el momento mismo de la muerte cerebral, aquí tendríamos que introducir la persona como sujeto de derecho para definir cuándo se deja de ser persona. En este campo se llega a la situación impersonal en la que el sujeto no está en el mundo real ni es capaz de firmar un consentimiento ni tomar cualquier otra decisión. Habrá que introducir los considerandos que deben tenerse en el entorno familiar, que deben estar informados de los planteamientos éticos y de la terapéutica adecuada. Porque creo que la eutanasia puede ser también, en algunos casos, una indicación médica, como también lo es su ejecución.

Aunque no quiero ceder ante la presión mediática ni ante los intereses políticos, creo que un capítulo aparte se merece el suicidio asistido en muy contadas y excepcionales circunstancias.

Lo que importa en todo esto es que sirvamos en bandeja a los magistrados una ley del arte clara y concisa que haya sido homologada y consensuada por todos los involucrados en su ejecución.

El motivo principal por el que he hecho estas reflexiones está en lo que escribí en 2005 con motivo del recorte de pensiones sugerido por el FMI (Anexo 2).

En un futuro no muy lejano, si nos dejamos deslizar por la pendiente se podrá imponer la eutanasia por presiones externas, como profetiza la película “El agente” (The Humanity Bureau), protagonizada por el actor Nicolas Cage, en la que, en ese futuro no muy lejano, se dedican a reclutar a todos los ciudadanos mayores e improductivos para llevarlos a una colonia llamada Nuevo Edén dónde les prometen una mejor vida, pero es para acabar con ellos mediante gasificación.

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La verdad es que al contemplar nuestra ¿pirámide? poblacional de 2018 que, más que pirámide, parece un árbol, lo más fácil y tentador sería podar la parte alta, desde la mitad para arriba con las tijeras de la EUTANASIA, como la única solución al problema de las pensiones y su sufragio en tiempos difíciles, sin pensar en otras posibles alternativas para engordar la base en la proporción adecuada. Puede que el show mediático de la muerte de María José Carrasco esté dedicado a despertar en la población el sentimiento buenista de la compasión y la justicia para que la solicitud masiva de la eutanasia sea un clamor popular y se haga una legislación permisiva y populista para acabar con todos los males de los mayores improductivos y minusválidos.

Se suele decir comúnmente que “Los jóvenes pueden morir, pero los viejos no pueden vivir”.

ANEXO I

ANEXO II

Un comentario sobre “[Col}— LA EUTANASIA. ¿A qué estamos jugando? / Juan Antonio Pino Capote

  1. Gracias, Juan Antonio. Se comparta o no, es una excelente reflexión.
    Salud y un abrazo
    Roberto Glez

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