[*Drog}— Los secretos de la química del (drog)amor

13-02-2018

Carlos M. Padrón

Después de los muchos que acerca del drogamor he publicado en la sección del mismo nombre, no creo que haya más que añadir al artículo que copio abajo y que explica cómo el enamoramiento —o sea, el drogamor— y el desamor —o sea, lo que ocurre cuando después de 12 a 18 meses (hay quien alarga el plazo hasta unos 3 años) se esfuma el drogamor y su víctima recobra la normalidad— están muy relacionados con la acción de neurotransmisores y cambios en la actividad del cerebro.

Los resaltes en amarillo los he puesto yo, pues acerca de los temas así resaltados he publicado ya bastante.

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13/02/2018

Gonzalo López Sánchez

La química del amor: la Ciencia explica por qué nos enamoramos

El amor a veces comienza con un flechazo que nos hace sentir mariposas. Puede hacerse adictivo a partir del primer beso y, si se llega a un feliz encuentro sexual, la suerte está echada: el amor llega como una ola. Nos cambia por completo y nubla nuestro entendimiento. Nos hace volar desde sentimientos de cariño, euforia y obsesión, al estrés y al desamparo más absoluto cuando falta la persona amada.

El amor puede ser beneficioso a largo plazo, pero cuando rompemos, la sola visión de la expareja en una fotografía puede activar las mismas regiones cerebrales que se estimulan cuando una tira caliente nos hace daño en el brazo. El amor es una fuente de felicidad. Y de dolor.

Esa tormenta de sentimientos tiene una base biológica: un cóctel de hormonas, y el baile de varias regiones cerebrales generan respuestas similares a las activadas por la cocaína, los opiáceos o los comportamientos obsesivos. Por si todo esto no fuera suficientemente confuso, resulta que hombres y mujeres tienen, al menos en sus sistemas endocrino y nervioso, distintos conceptos de lo que es el amor, y responden de forma diferente al apego y al sexo.

De la euforia a la calma
 
Además, el enamoramiento evoluciona a lo largo del tiempo. Suele comenzar con una etapa de excitación, euforia e inseguridad, y le sigue una fase de seguridad, calma y equilibrio. Por último, y varios años después de que comience el idilio (si es que éste dura) se piensa que el enamoramiento adquiere unas características muy similares a las de la amistad.
 
Todo esto ha intrigado tanto a los científicos que se han decidido a estudiar el funcionamiento de las hormonas y la actividad de algunas regiones cerebrales en ese proceso que llamamos amor (del romántico, del que se ve en las películas, o sea, el drogamor). Así que, cuando no ha sido posible analizar a los humanos, han estudiado el comportamiento de algunos mamíferos y sus conceptos del amor para intentar aprender más acerca de las personas. Como resultado, y siempre teniendo en cuenta que la psicología, la cultura y la vida social tienen un enorme peso en el comportamiento del ser humano, se han sacado algunas conclusiones que pueden proporcionar algunas pistas acerca del misterio del amor.
 
Una pareja, ¿para siempre?
 
En primer lugar, las estadísticas dicen que el ser humano se suele comportar como un monógamo seriado que cambia cada cuatro años de pareja. Pero también es verdad que hay parejas que dicen sentir pasión aún después de 20 años de relación, y que la monogamia tiene un importante componente social.
 
¿Por qué nos enamoramos?
 
Hay quienes consideran que el enamoramiento es el equivalente al cortejo de los animales, y que su función es establecer lazos con la pareja mientras dura el cuidado de la descendencia durante los años en que ésta es más vulnerable.
 
Una de las claves de este comportamiento es la fidelidad. Uno de los animales que más puede decir sobre este asunto es el ratón de la pradera, un roedor parecido a un hámster con sobrepeso que vive en América del Norte. Éste tiene la costumbre ser fiel a su pareja incluso hasta después de la muerte. También se caracteriza por esforzarse mucho en proteger a sus crías. Sin embargo, un «pariente» próximo a estos animales y llamado ratón de montaña, hace más bien todo lo contrario. El roedor de la montaña va de flor en flor y no le hace demasiado caso a las crías.
 
Los mensajeros de la fidelidad
 
Los científicos han descubierto que estos comportamientos tan diferentes tienen su origen en el cerebro. Más concretamente, resulta que algunas regiones cerebrales de los ratones fieles y monógamos son más sensibles a dos sustancias que funcionan como mensajeros químicos y que se llaman oxitocina y vasopresina.
 
Se ha visto que cuando estos animales «ligan», la oxitocina y la vasopresina se liberan en sus cerebros y les llevan a estrechar lazos con su pareja, pero que cuando se impide que estos mensajeros funcionen, se comportan de forma promiscua.
 
Para asegurarse de la importancia de estas sustancias, los investigadores observaron que los ratones de montaña en los que se había aumentado la sensibilidad a estos compuestos dejaban de ser promiscuos y se volvían monógamos.
 
Ahora bien, como los cerebros humanos son mucho más complejos que los cerebros de los ratoncillos, nunca se podrá culpar a la oxitocina por una infidelidad. Pero los investigadores sí han concluido que estas dos sustancias son importantes para establecer lazos de fidelidad y cariño en las parejas humanas. En parte esto ocurre a través de un circuito de recompensa que está detrás de la satisfacción que produce hacer el amor.
 
La oxitocina, la hormona del amor
 
Además de lo dicho, la oxitocina y la vasopreina tienen otras muchas funciones. Por ejemplo, la estimulación sexual de las mujeres durante el coito aumenta la secreción de oxitocina y ésta interviene en las contracciones uterinas que ocurren durante el orgasmo. Pero no sólo eso, pues esta sustancia también tiene su papel en las contracciones que se producen durante el parto y además es la hormona de la lactancia: en respuesta a la succión de los pezones, esta hormona produce la expulsión de leche al provocar la contracción de unos «músculos» que rodean a las glándulas mamarias.
 
La oxitocina está implicada en el proceso de selección de pareja, en la lactancia o en las contracciones del útero, y además se guarda otro as bajo la manga. Algunas investigaciones han analizado el papel de esta hormona en ciertas interacciones sociales, y han concluido que tiene cierto papel en la inducción se sentimientos de confianza.
 
Así, parece que esta molécula ayuda a superar el miedo a la novedad durante las primeras etapas del amor romántico y a confiar en nuestra pareja. Además, en trabajos previos se ha sugerido el papel de la oxitocina en la regulación del comportamiento social humano, en el reconocimiento de expresiones faciales, en la confianza en transacciones económicas, etc.
 
Por otro lado, la vasopresina, también conocida como hormona antidiurética, disminuye la producción de orina y aumenta la retención de líquidos, así que es uno de los factores que regula la presión sanguínea.
 
La dopamina y la adicción al amado
 
El enamoramiento puede hacernos adictos a los besos, a las caricias o incluso al olor de nuestra pareja, y quizás no sólo en un sentido metafórico. Se cree que durante el enamoramiento se libera un neurotransmisor, llamado dopamina, que es capaz de activar unos mecanismos cerebrales de recompensa que están implicados en comportamientos adictivos y que influyen en que ciertas acciones nos resulten placenteras y satisfactorias.
 
La dopamina también participa en el proceso de selección de pareja y en el establecimiento de lazos afectivos en algunos animales, pero lo cierto es que aún no se sabe cómo afecta esto al comportamiento sexual del ser humano.
 
Obsesión y confusión mental
 
Cuando las personas se enamoran, descienden drásticamente los niveles de un neurotransmisor llamado serotonina. Esta molécula le permite a las neuronas transmitir información y está detrás de procesos muy variopintos, como la inhibición de la ira o el apetito, y también está muy relacionada con la depresión.
 
Lo cierto es que, a la vez que bajan los niveles de serotonina durante el enamoramiento, suben los niveles de corticoesteroides (unas hormonas relacionadas con el estrés). Ambas cosas tienen como consecuencia la aparición de síntomas como ansiedad, estrés y pensamiento confuso, del mismo modo que ocurre en desórdenes psiquiátricos, como el trastorno obsesivo-compulsivo o la depresión.
 
Y, aunque en ningún caso se ha considerado al enamoramiento como un trastorno psiquiátrico, sí se considera que esta caída en los niveles de serotonina que ocurre durante las primeras etapas del enamoramiento está detrás del componente obsesivo del amor. Pero, por suerte o desgracia, entre 12 y 18 meses después de comenzar la relación, los niveles de serotonina vuelven a la normalidad.
 
Estar en una nube
 
Es frecuente conocer a alguien que está enamorado y que no es capaz de juzgar honestamente la forma de ser de su amado/a, o que puede hacer una lista muy extensa con las virtudes de esa persona, pero una muy corta para sus defectos.
 
Se considera que este efecto se debe en parte al descenso de la actividad del córtex frontal, una región cerebral que participa en la experiencia de emociones negativas y en la formación del juicio. Además, a este efecto hay que sumarle otras alteraciones que se producen en regiones implicadas en la evaluación de los sentimientos y emociones de los demás, con lo que al final el enamoramiento distorsiona con bastante eficacia la visión de la otra persona.
 
También se ha observado que cuando estamos en presencia de la persona a la que amamos nos sentimos más tranquilos y menos propensos a sentir miedo. La explicación parece estar en un descenso de la actividad de la amígdala, una región del sistema límbico que algunos consideran ser clave en los procesos neuronales de las emociones.
 
Cuando el amor duele (a menos que se haya aplicado la debida  decatectización)
 
Junto a la sensación de euforia y bienestar que llega durante las primeras etapas del enamoramiento, también se produce un aumento de los niveles de estrés y de inseguridad acerca del comienzo de la relación. Prueba de ello es que al principio aumenta en la sangre la cantidad de una hormona relacionada con el estrés, el cortisol, pero que en relaciones más duraderas esta situación revierte.
 
Sin embargo, la situación es mucho peor cuando el amor acaba de forma abrupta y contra nuestra voluntad. Según los investigadores, el desamor es una de las experiencias más traumáticas, angustiosas y desconcertantes que una persona puede experimentar, junto a la muerte de un ser querido.
 
Entre otras cosas, el cerebro comienza a liberar cortisol, la hormona del estrés. Disminuyen los niveles de serotonina y, en consecuencia, la capacidad de pensar racionalmente se resiente. Paradójicamente, aumenta la sensación de enamoramiento, porque suben los niveles de dos hormonas clave en el amor: la dopamina y la oxitocina.
 
Después de esta tormenta emocional, llega una segunda fase en el desamor, donde se siente una mezcla de resignación, desesperanza y pesimismo. Pasado un tiempo, comienza una reorganización, y el cerebro va poco a poco recuperando la normalidad, y preparándose quizás para una nueva historia amorosa. 
 
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