[LE}– Anfitrión

02-01-14

A. de Miguel

Maribel Fernández comenta con gracia que debemos tener cuidado con la palabra anfitrión (= el que invita con esplendidez).

La razón es que el Anfitrión de la historia es un personaje de la mitología griega cuya mujer se acostó con Zeus. Por tanto, anfitrión es tanto como decir cornudo.

Añado que, efectivamente, la cosa tiene gracia, pero en la mitología griega el comportamiento de Zeus no fue nada extemporáneo o vituperable. Además, en el relato de Anfitrión todo se aclaró al final, y su mujer no fue culpable de nada. Ha quedado lo fundamental, que el tal Anfitrión, aparte de belicoso, daba unos banquetes muy generosos.

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[*Opino}– Los motivos de la impuntualidad

10-02-14

Carlos M. Padrón

Según el artículo que copio abajo, «En algunos casos, la impuntualidad puede deberse a anomalías en el lóbulo frontal del cerebro».

Puede que sea en algunos casos, pero en los varios que conozco no hay tal anomalía en el cerebro sino uno o varios de estos motivos:

  1. Falta de consideración hacia el prójimo
  2. «Frescura», como suele decirse en el lenguaje coloquial, y que equivale a caradura
  3. Poca vergüenza
  4. Irresponsabilidad
  5. Convencimiento de que, aunque lleguen tarde, lograrán lo que quieren porque, por su linda cara, por su natural simpatía, por su vínculo con la persona que les espera, ésta preferirá esperar resignadamente antes que arriesgarse a la crítica de quienes tampoco practican la puntualidad
  6. Olímpico desprecio por el tiempo —principalmente el ajeno—, que es el menos renovable de los recursos de que disponemos, y que es mi principal argumento para ser puntual.

Tal vez lo curioso del caso —por darle el menos duro de los calificativos— es que estas personas que sistemáticamente llegan tarde se molestan si se las hace esperar y, además, nunca llegan tarde para, por ejemplo, abordar un vuelo. ¿Por qué? Porque saben muy bien que los aviones no esperan.

Por tanto, y como soy muy respetuoso de la puntualidad y me disgusta tanto esperar como hacerme esperar, a los eventos que de mí dependen les pongo hora, y si llegada ésta falta alguien, el evento comienza; así de simple.

De esto tengo dos ejemplos en mi familia, ambos relativos a viajes en mi carro al interior del país.

Por petición mía, las invitadas fijaron la hora en que yo podía ir a recogerlas en las afueras de su casa. Llegué al lugar 10 minutos antes, y, por teléfono o intercomunicador, avisé de mi presencia e informé de que me iría a la hora fijada. Llegada ésta, me fui sin más ante la incredulidad de las que sí habían llegado a tiempo y pretendían convencerme de que yo tenía que haber esperado «sólo un poquito más».

Para los sucesivos viajes, siempre llegaron a tiempo, o ya estaban esperándome en el lugar de recogida.

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2014-02-10

Ana Pérez

¿Por qué siempre llego tarde?

En algunos casos, la impuntualidad puede deberse a anomalías en el lóbulo frontal del cerebro.

Jim jamás llega a tiempo a ninguna cita. Durante sus 57 años de vida, la impuntualidad ha sido una constante. De hecho, su mujer tuvo que estar esperándolo un buen rato durante su primera cita, y, de niño, recuerda llevarse incontables reprimendas por llegar tarde a clase y a los partidos de fútbol.

Y, lo que es más grave, ha perdido incluso varios puestos de trabajo por esta razón. Ha puesto en práctica todos los trucos que podían ayudarle, como adelantar los relojes y ponerse alarmas por todas partes, pero todo ha sido inútil. Ha intentado hasta empezar a prepararse para una cita 11 horas antes, y, aun así, ha llegado 20 minutos tarde.

Siempre ha explicado a quien le quería oír que su incapacidad para llegar a tiempo era algo que él no podía controlar, aunque ni siquiera sus familiares y amigos le han creído. Pero ¿cuál es el origen de sus continuos retrasos?

Un desorden cerebral que afecta a su lóbulo frontal y que sus médicos han denominado retraso crónico. Según los facultativos del hospital Ninewells de Dundee, en Escocia, donde le diagnosticaron este problema: «El señor Dunbar no puede calibrar correctamente el paso del tiempo, o determinar cuánto necesita para cumplir con sus citas».

¡La coartada perfecta!, pensarían muchos, pero para Dunbar ha sido muy importante tener un informe médico que justifique sus continuos retrasos.

El origen de su problema está en la misma zona del cerebro que se ve afectada en las personas diagnosticadas con TDAH o trastorno por déficit de atención con hiperactividad. Y es que, cuando éste se da en adultos, se manifiesta con este tipo de comportamientos, incluida «una mala gestión del tiempo que a menudo es la raíz de sus problemas de socialización», según declara el psicólogo Michele Novotni en un artículo científico de la revista ADDitude Mag, especializada en esta enfermedad.

¿Caso único? El de Jim Dunbar ha sido el primero diagnosticado formalmente como síndrome de retraso crónico. Pero el trastorno no es nuevo, sino más bien una consecuencia llevada al extremo del trastorno de déficit de atención en adultos.

Los pacientes con TDAH se retrasan constantemente porque les cuesta recordar las citas, centrarse en una sola cosa y, a menudo, no encuentran las llaves del coche justo en el momento de salir de casa.

Así que parece que el trastorno de retraso crónico, que como tal no está incluido en los manuales de psiquiatría y psicología, es más bien una consecuencia, sobre todo en adultos, del trastorno de déficit de atención.

El propio Dunbar, quien habló de su enfermedad en medios como el Daily Mail cuando le fue diagnosticada, aseguraba tener otros síntomas propios de los hiperactivos, como depresiones recurrentes.

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[Hum}– Bromenserio: Prioridades femeninas

Mensaje de un marido a su mujer, a través del celular.

"Cariño, me atropelló un coche al salir de la oficina, y Paula me trajo al hospital. Han estado haciéndome pruebas hasta ahora. El golpe en la cabeza ha sido muy fuerte, aunque parece que no me ha causado ninguna lesión grave, pero tengo una fractura abierta en la pierna derecha y quizás tengan que amputarme el pie".

Respuesta de la mujer

"¿Quién es Paula?"

Cortesía de Carmen O’Dogherty

[LE}– Brega

02-01-14

A. de Miguel

Jaime Lerner (desde Tel Aviv) sostiene con fundamento que la voz milicia en el famoso versículo de Job («milicia es la vida del hombre sobre la Tierra») está mal traducido. Sería mejor decir brega, en el sentido de empeño con dificultad y penalidades.

Añado que es una palabra que utiliza mucho Unamuno; modestamente yo la he oído con frecuencia a mis padres. En su origen la brega es un rodillo por el que pasa la masa del pan. Se supone que la masa debe pasar por ese sufrimiento para que pueda salir un pan más rico. Otro sentido de brega es disputa ruidosa, alboroto.

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[*Opino}– Regalos a fecha fija

06-02-14

Carlos M. Padrón

Es agradable dar con una opinión igual a la que uno tiene, a la que ha tenido por muchos años, y sigue teniendo, pues si sé que alguien que para mí sea especial necesita algo y yo puedo regalárselo, con gusto lo hago, pero lo de hacer regalos a fecha fija —porque sí, porque la sociedad, la costumbre, la moda o la publicidad así lo mandan—, no va conmigo. Y no sólo no me gusta, sino que me causa angustia y estrés.

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Feb 05, 2014

Ángel Antonio Herrera

Caja y cursilería

Acaso, lo peor de las fiestas de mucha reseña son sus vísperas.

Con las fiestas viene a pasar lo contrario que pasa con los viajes, donde lo mejor es el día, o los días, de antes, por su poder de fantasía, por su locura de abierta gama. No hay viaje como la víspera de un viaje. Tampoco hay fiesta mejor que la víspera de la fiesta, sólo que al revés.

Lo digo porque enseguida toca San Valentín, que es el día de los enamorados,  y ya veo que se aparejan regalos que más bien son un susto. Ahí va alguno de los que ahora se llevan: tatuarse el nombre de la pareja, contratar una serenata, o dedicar un poema del montón, porque ahora internet tiene mucho ajuar de poemas, para los tórtolos.

Naturalmente, todo esto es una bobada y un incordio, y regalarle algo así a alguien a quien quieres es casi avalar que le quieres poco, o regular.  

El regalo a fecha fija no es un regalo, y esto de San Valentín es una cursilería de la que hacen mucha caja los dueños de los escaparates.