[LE}– ‘En espera’ y ‘a la espera’ son expresiones adecuadas, pero no ‘a espera’

14/02/2013

Sin embargo, en los medios de comunicación se encuentran frecuentemente ejemplos de uso de la construcción a espera:

  • «Los fieles se encuentran ahora a espera de la elección de un nuevo Papa» o
  • «A espera de la fumata blanca».

En espera se recoge en el Diccionario Académico con el significado de ‘estar a la expectativa o en observación de que ocurra algo’, y tanto esta expresión como a la espera se encuentran también en el diccionario de uso Clave con el mismo significado, mientras que a espera no aparece recogida en ningún diccionario.

Atendiendo a esto, en los ejemplos anteriores lo apropiado habría sido escribir

  • «Los fieles se encuentran ahora en espera de la elección de un nuevo Papa» y
  • «En espera de la fumata blanca»,

por un lado, o

  • «A la espera de la elección de un nuevo Papa» y
  • «A la espera de la fumata blanca»,

por otro.

Fuente: Fundéu

[*Opino}– Acerca del español escrito

19-02-13

Carlos M. Padrón

Según el artículo que sigue, la preparación que en España tienen los estudiantes en cuanto a ortografía, prosodia y demás, es un desastre.

Ante esto, me atrevo a aventurar que la preparación que en cuanto a eso tienen los profesores que no son de Lengua deja también mucho que desear, lo que indica que la cosa viene de viejo, de al menos una generación.

Recuerdo que, allá por los años ’80s, recibí, escrito por una profesora de Ciencias del colegio de mi hija, un informe que contenía cualquier cantidad de faltas de todo tipo.

Era tal desastre que me tomé la molestia de resaltar en amarillo todos los errores que contenía, y devolvérselo a la profesora en sobre cerrado que entregué a mi hija.

Para mi sorpresa, me contestó, por el mismo medio y forma, que ella era profesora de Biología y no de Lengua.

Si antes de contratarla, el colegio le hubiera hecho un examen escrito, posiblemente no habría obtenido el trabajo; o sea, que es el colegio el primer responsable porque, tal vez, sus directores tampoco saben escribir.

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19 Feb 2013

Para el profesorado, incluido el de la enseñanza superior, la mala ortografía es un quebradero de cabeza.

Los alumnos de hoy tienen una preparación que es la envidia de sus mayores: saben —más o menos— idiomas, ven mundo y acceden a altos títulos universitarios. Les falta, sin embargo, aquel afán por la caligrafía y la ortografía que los viejos maestros colmaban a base de reglas y dictados.

Ahora, dicen los profesores, el panorama es desolador, y el que está a punto de licenciarse es capaz de rellenar un examen con errores que hacen daño a la vista: vailar, habrir o derrepente.

La sospecha más generalizada es que los docentes han ido bajando el listón paulatinamente frente a las crecientes incorrecciones ortográficas de los exámenes de sus estudiantes; y éstos no acaban de ver la utilidad de poner una ‘h’ en su sitio, o eliminar una tilde allá donde las normas dicen que no debe de estar.

Así, se da la paradoja de que, en un país como España, que ha superado con creces sus viejos índices de analfabetismo y que lee más que nunca, las faltas de ortografía se hayan convertido en una lacra contra la que los profesores se sienten incapaces de luchar, si bien hay quien sueña con la pequeña transformación que promete una de las reformas del ministro de Educación, José Ignacio Wert: aumentar el número de clases de Lengua en secundaria.

Algunos ya se están adelantando, como la Comunidad Valenciana, que prevé penalizar a los alumnos con faltas en los exámenes de acceso a la universidad.

Paradójicamente también, esta despreocupación por la ortografía tiene relación con el uso de las nuevas tecnologías, las mismas que ponen los mejores textos y diccionarios a tiro de clic. Porque si lo importante es comunicarse, ¿por qué no ahorrarse tiempo con unas letras y tildes de menos?

Como pescadilla que se muerde la cola, habría que señalar el aumento del índice de lectura: el 92% de los españoles dice leer “algo”, y ello incluye mensajes instantáneos, de celular, donde los códigos no son los del viejo dictado.

Y ahí hay mucho que leer. Un dato: por el sistema gratuito WhatsApp circulan cada día mil millones de mensajes. Demasiado trabajo para los correctores.

Fuente: El País

[*IBM}– Del baúl de los recuerdos. 2010. Reunión de exIBMistas en Plastaforma

19-02-13

Carlos M. Padrón

Sí, en Plastaforma; o sea, en Miami.

Allí se reunieron varios exIBMistas y, por cortesía de Alejandro Kato, recibí las fotos que siguen, que fueron tomadas el 31-Oct-2010.

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Alejandro (Alex) Kato

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Andrés Armas

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1, Alex Kato;  2, Andrés Armas;  3, Luis Guía;  4, Asia Soihit;  5, Pedro Mazzei;  6, Vivian León

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COMENTARIOS

 

Carlos Salas
Afectuosos saludos a mis grandes amigos Alex, Andrés y Pedro.

A los otros amigos no los ubico bien. Recuerden que a mí me dio un ACV hemorrágico que me borró parte de mi disco duro. ¡lo siento! Pero el cariño es el mismo, ¡para todos!

Gracias, Charlie.

[LE}– ‘Monetizar’ y ‘rentabilizar’

28/11/2012

El uso del verbo monetizar con el sentido de ‘convertir un activo en dinero’ puede considerarse apropiado.

Monetizar aparece en el Diccionario Académico con los significados de ‘dar curso legal como moneda a billetes de banco u otros signos pecuniarios’ y ‘hacer moneda’, aunque cada vez es más frecuente verlo en noticias relacionadas con las nuevas tecnologías y las páginas web con el significado de ‘convertir un activo en dinero’ como en

«La compañía tratará de monetizar su web mediante el cobro de una pequeña cantidad por cada descarga».

Este nuevo uso es correcto, y la Real Academia Española estudia ya su entrada en próximas ediciones de su diccionario.

Por otra parte, se recuerda que la palabra rentabilizar puede emplearse a menudo con este mismo sentido, aunque con un significado más amplio (‘hacer que algo sea rentable, productivo o provechoso’) que el de monetizar, que circunscribe ese beneficio o provecho a lo puramente monetario.

Fuente: Fundéu

[Hum}– La perfecta secuencia de los Windows

GOOD = Bueno.
SHIT, = Una caca, o una mie…. Si pongo la palabra completa me censura AdSense.clip_image001

Nota CMP.- Al menos Microsoft ha sido consistente en esta alternancia que corrobora que he estado acertado en mis escogencias: nada de 95, nada de ME, nada de Vista. Y como estoy cerca de adoptar el 7, me temo que del 8 nada de nada, aunque sea el número de suerte para los chinos.

Aquí, otra lista, igualmente acertada pero más figurativa:

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Ésta ratifica mi decisión de quedarme en el 7, si es que llego a él.

Cortesía de Leo Masina

[*Drog}– Acertadamente declarado como ‘imbecilidad transitoria’

14-02-13

Carlos M. Padrón

En el artículo que sigue —que en realidad se refiere al drogamor y no al amor, y amerita una felicitación a su autor, Manuel Cruz— quedan muy claros los pros y contras de ese sentimiento.

Acertadamente se le llama «intolerable espejismo engañoso» y «territorio privilegiado de la estupidez humana*«, además de «imbecilidad transitoria», pero no nos hagamos muchas ilusiones sobre la condición de transitoriedad, pues transitorio es también un huracán pero destruye todo a su paso.

Y si, como dice el autor, uno se enamora una sola vez en la vida, sólo que de diferentes personas,

  • ¿Cómo es posible que después de haber padecido una vez las consecuencias del drogamor, alguien caiga de nuevo en él sin darse cuenta de que busca un espejismo, de que no sirve de consuelo para el espíritu, ni de bálsamo para el corazón, tener que aceptar que esa persona de la que se estuvo drogamorado ya no es la que uno «amó» tiempo atrás, sino que ha pasado a ser otra distinta?
  • ¿Cómo creer, en tiempos de disolución del sujeto —añado que nunca esa disolución ha sido tan grave como ahora—, que una determinada persona, y sólo ella, está predestinada a ser el hombre o la mujer de nuestra entera vida?

La conclusión es tajante y muy cierta: el drogamor no pasa de ser, como así mismo se ha dicho más de una vez, una variante particular de imbecilidad transitoria, y su abrumadora generalización no resultaría un argumento en contra, sino a favor, de la necesidad de combatir decididamente lo que en última instancia no ha resultado ser otra cosa que una formidable arma de idiotización** masiva.

Y es aquí donde la sociedad debería intervenir para minimizar tan letales efectos.

No se crea que esta ilustración, hecha como chiste pero que encierra una gran verdad, mitiga lo de idiota al usar, en cambio, el término inocente. Nada de eso, lo de inocente es sólo por la fecha, y no desmerece en nada lo de idiota.

Con el sentimiento de drogamor, nada tiene en común esta definición que del amor da el autor japonés Teitaro Suzuki:

“El amor confía, es siempre afirmativo y omniabarcante. El amor es vida y, por tanto, creación. Todo lo que toca es vivificado y potenciado por un nuevo impulso de crecimiento. Cuando se ama a un animal, éste crece más inteligente; cuando se ama a una planta, se conocen todas sus necesidades. El amor nunca es ciego; es una reserva de luz infinita”.

en la que destaco como clave la afirmación de que el amor nunca es ciego. El amor de que habla Manuel Cruz, y ése que la gente cree una guía segura, se caracteriza —entre muchas otras cosas ya explicadas en esta sección—, porque de él se dice que es ciego y, efectivamente, lo es en el sentido de que causa ceguera en quien lo profesa.

NotasCMP.

(*) Según el DRAE, estupidez es «Torpeza notable en comprender las cosas».

(**) Según el DRAE, viene de idiocia, que es «Trastorno caracterizado por una deficiencia muy profunda de las facultades mentales, congénita o adquirida en las primeras edades de la vida».

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08 Sep 2012

Manuel Cruz

En nuestra sociedad, cuando uno es requerido a hablar del amor, se diría que resulta poco menos que obligado hacerlo en términos elogiosos, cuando no abiertamente entusiastas. Parece como si constituyera una contradicción conceptual —que colocaría, además, en el lugar de un antipático aguafiestas al que se atreviera a sostenerla— referirse a dicho sentimiento de manera crítica, señalando sus limitaciones, sus contradicciones, y ya no digamos la función oscurecedora o directamente engañosa que a menudo cumple, en el mundo actual, la apelación a lo amoroso.

No resulta difícil comprender tan generalizada prevención: ¿cómo hablar en clave negativa de una de las experiencias que mejor ha representado en nuestra cultura el ideal de felicidad, con la que incluso se ha asociado en múltiples ocasiones a la misma bondad?

Pero de una tal constatación cabe extraer conclusiones de diverso tipo. Una —que puede contar, sin duda, con buenas razones a su favor— es la de que la consideración inequívocamente positiva del amor constituye una de las columnas básicas sobre las que, en nuestra sociedad, se sostiene la visión del mundo hegemónica.

Cumple dicha función precisamente porque se imbrica con un conjunto de convencimientos fuertemente arraigados en la mente de los individuos, de manera que mucha gente barrunta, o intuye, que cuestionar la importancia de aquél arrastraría en su caída a éstos, dejándonos en una situación de incertidumbre y desamparo extremos.

Además, cabría añadir, en nombre de un presunto sentido común bastante extendido, ¿para qué tocar aquello que funciona? ¿No parece mayoritariamente aceptado que un gran amor constituye el ideal de la plenitud de sentido para una vida? ¿O que, entretanto éste no se alcanza, los diversos grados de la felicidad o el bienestar imaginables vienen indisolublemente ligados a una proporcional presencia de lo amoroso?

Dicho de una forma extremadamente simplificadora, por la que me disculpo de antemano, ¿acaso alguien, cuando fantasea unas maravillosas vacaciones, se representa unos días en un paraje idílico, pero en estricta y rigurosa soledad?

Sin embargo, la conclusión anterior no es la única, como ya anticipábamos. A partir de idénticas premisas, también los ha habido que han extraído una conclusión, de signo bien distinto, acerca de la urgente necesidad de combatir la forma dominante de entender el amor a la que nos venimos refiriendo.

En efecto, lo arraigado y difundido de la misma, lejos de constituir un argumento incontestable para aceptarla, estaría informando precisamente de la gravedad de nuestra situación. Porque si un tal amor no pasa de ser, como así mismo se ha dicho más de una vez, una variante particular de imbecilidad transitoria, su abrumadora generalización no resultaría un argumento en contra, sino a favor, de la necesidad de combatir decididamente lo que en última instancia no habría resultado ser otra cosa que una formidable arma de idiotización masiva.

Acerca de la primera conclusión no hay mucho que añadir. Para ella, el amor ya está bien como está o, lo que viene a ser lo mismo, alcanzarlo representa una aspiración válida, cuando no directamente deseable, como horizonte regulador para nuestras vidas.

La segunda, en cambio, en la medida en que impugna el imaginario colectivo dominante en uno de sus aspectos vertebrales, implica toda una invitación no sólo a la crítica, sino también a la elaboración de una alternativa existencial adecuada, … excepto para quienes pudieran considerar que vivir sin amor ya constituye, por sí sola, la alternativa.

¿De qué rasgos, según esto, debería desprenderse nuestra idea de amor para empezar a resultar, como mínimo, aceptable? ¿Qué nuevas determinaciones debería asumir para que empezara a abandonar su condición de intolerable espejismo engañoso?

Para algunos, que dicen saber de la cosa, el hecho de que la beatitud alcanzada por los enamorados sea, de acuerdo con la estadística y el cálculo de probabilidades, perecedera y volátil, pero que, a pesar de tan abrumadora evidencia, sea considerada por sus protagonistas como imperecedera y eterna, representa la prueba más concluyente de hasta qué punto el amor constituye el territorio privilegiado de la estupidez humana.

Siguiendo con el razonamiento, una perspectiva adecuada (¿o deberíamos decir, directamente, postmoderna?) del amor sería aquélla en la que los amantes asumieran, sin conflicto ni desgarro alguno, la condición efímera de su pasión, abandonando tópicos que corresponderían a una concepción anacrónica de la misma, como el tópico de la irrepetibilidad de la persona amada (canónicamente expresada en el verso nerudiano “a nadie te pareces desde que yo te amo”).

En su lugar, lo procedente sería interiorizar sin complejos (sobre todo de culpa) la actitud descrita por la cantautora británica Adele en su éxito Someone like you, en el que, dirigiéndose a un antiguo amante, le manifiesta su convencimiento de que encontrará a alguien que ocupe su lugar, esto es, alguien en cierto sentido intercambiable.

No puede decirse que en esta perspectiva se esté renunciando por completo a la idea del amor, sino más bien que se la está adaptando convenientemente a la liquidez de los tiempos, hasta el punto de que uno de estos enamorados de nuevo cuño podría hacer suya la vieja retórica amorosa, sólo que introduciendo un pequeño matiz diferencial, y afirmar “uno se enamora una sola vez en la vida, sólo que de diferentes personas”.

En el fondo, a poco que se piense, la expuesta resulta una actitud bastante acorde con la época que nos ha tocado vivir. En efecto, ¿cómo creer, en tiempos de disolución del sujeto, que una determinada persona, y sólo ella, está predestinada a ser el hombre o la mujer de nuestra entera vida?

Aunque tal vez, pensándolo mejor, el problema no sea tanto de la otra persona como de uno mismo. Encuentro en el libro de Miquel Bassols Tu yo no es tuyo una frase del escritor Julián Ríos que tal vez proporcione la clave de la dificultad. Frente a la máxima bíblica “yo soy el que soy”, acaso lo único que en el presente podamos afirmar acerca de nosotros mismos sea “yo soy el que es hoy”.

Escaso bagaje, ciertamente, para andar en búsqueda de un otro del que es de suponer que no estamos en condiciones de esperar mayor entidad que la nuestra, tan liviana ella. Probablemente la única pregunta posible, llegados a tal punto, sea la siguiente: ¿consideramos que éste es un lugar para quedarse a vivir?

Porque la propia Adele —alguno opinará que la estoy citando como si se tratara del mismísimo Hegel: secuelas del verano, que reblandece las neuronas— señala en otros pasajes de su canción algo particularmente relevante. Encontraré a alguien como tú, proclama, pero eso significa que ese amor perdido ha pasado a convertirse en un punto de referencia y, curioso, no sirve de consuelo para el espíritu, ni de bálsamo para el corazón, pensar que esa persona ya no es ahora la que uno amó tiempo atrás, y que ha pasado a ser otra distinta (tan volátil como uno mismo).

Acaso esté revelando algo mucho más importante que una mera debilidad el hecho de que, cuando se pierde a la persona amada —a ese hombre o a esa mujer que pudieron llegar a ser percibidos en un determinado momento como un auténtico destino— luego ya sólo queda, o darse por muerto en vida, o añorarla para los restos, y errar como alma en pena, buscándola, en vano, en otras personas.

Muy probablemente lo que todo lo anterior esté mostrando es que, en materia amorosa, no hemos conseguido escapar de los territorios del posibilismo, más allá de unos cuantos aditamentos ocasionales.

Me atrevería a afirmar, con escaso temor a equivocarme, que si hiciéramos una encuesta preguntando a la gente acerca de su opinión sobre ese tópico ideal de relación amorosa, en el que una persona colma, por completo y para siempre, las expectativas de todo orden que cualquiera pudiera plantearse, la inmensa mayoría declararía su radical escepticismo respecto a la probabilidad de dar con dicha persona.

Pero si, pertinaces, perseveráramos en la pregunta inicial añadiéndole la puntualización: “en el caso de que Vd. tuviera la insólita fortuna de encontrarla, ¿suscribiría el modelo heredado de relación amorosa?”, albergo pocas dudas de que la inmensa mayoría respondería afirmativamente. Lo cual, por si no ha quedado claro, en modo alguno pretende constituir un elogio indirecto de dicho modelo, sino una constatación de nuestra incapacidad —hasta el momento— para elaborar otro mejor.

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Manuel Cruz es catedrático de Filosofía Contemporánea en la Universidad de Barcelona. Premio Jovellanos de Ensayo 2012 por el libro Adiós, historia, adiós.

Cortesía de Carmen O’Dogherty

[LE}– Origen o uso de palabras, dichos y expresiones: Esquirol

29-10-12

El significado de la palabra, según el DRAE, es:

  • Dicho de una persona: Que se presta a ocupar el puesto de un huelguista.
  • Dicho de un trabajador: Que no se adhiere a una huelga.

El origen de la palabra es catalán, y proviene de L’Esquirol, que traducido al español significa «la ardilla». Éste era el nombre de una posada situada en el pueblo de Santa María de Corcó, en la provincia de Barcelona, y se debía a que su mascota era una ardilla enjaulada en el vestíbulo.

En los primeros años del siglo XX, las huelgas eran comunes en la zona de Barcelona, y la región en la que se sitúa Santa María de Corcó era el emplazamiento de algunas fábricas textiles.

Los propietarios de éstas buscaron para sus instalaciones mano de obra que sustituyera a los obreros habituales, en aquel momento en huelga. Buscaron en los pueblos cercanos, y parece que una de las mayores respuestas provino de Santa María de Corcó, también conocido como L’Esquirol por la famosa posada de la ardilla.

Así, los huelguistas comenzaron a llamar esquiroles a los trabajadores que se hicieron cargo de sus puestos en las fábricas.

Y de aquellas jornadas de huelga del siglo pasado, y de aquellos hombres de Santa María de Corcó, nació el término esquirol que conocemos. Todo ello proviene, llevándolo al extremo, de una pobre ardilla que vivía en una jaula y daba nombre a una posada.

Cortesía de Leo Masina