[*Otros}– Los Canarios en América / José Antonio Pérez Carrión: Wenceslao Abreu

Sucede con la antigua y larga familia de los Abreu de las Canarias lo que con la de los Cubas, Padilla, Clavijo, Ferraz, Armas, Trujillo, Verdugo, Monteverde, etc., donde parece hallarse arraigado el privilegio de la inteligencia.

Obispos, arzobispos, profundos teólogos, abogados, médicos, ingenieros notables, marinos distinguidos, oradores, literatos, periodistas, hombres de negocios; y piadosas señoras, como Marta Abreu, dama Villa-Clarena, hija de nuestro muy distinguido compatriota el rico hacendado González de Abreu, cuyos humanitarios y generosos sentimientos y altas virtudes parecen confundirse con lo celestial; dama, en fin, a cuyas puertas jamás ha acudido el inocente huérfano, ni la pobre y desamparada viuda, ni el anciano desvalido, que no hayan sido socorridos cariñosamente y con toda largueza.

 

Por eso, al ocuparse de Wenceslao Abreu, el semanario Las Afortunada, del dos de junio de 1895, dice lo siguiente:

«Unidos a él por una antigua y nunca entibiada amistad, hemos seguido paso a paso las peripecias todas de su vida accidentada; y siempre, ya navegando durante mucho tiempo en nuestros buques de vela y de vapor, ya escribiendo en periódicos y revistas, ya alcanzando aplausos y celebraciones en fiestas literarias, ya desempeñando, a satisfacción de todos, importantes puestos en la Policía, siempre hemos admirado en Wenceslao Abreu al patriota convencido y entusiasta, al amigo leal y cariñosísimo, al hombre recto y pundonoroso por excelencia».

Nació Wenceslao Abreu en Santa Cruz de La Palma el día 30 de mayo de 1859.

Vino a Cuba el año 1876, ingresando como cadete de infantería en la academia militar de esta isla, en cuyo establecimiento cursó cuatro semestres con buenas notas, obteniendo la de sobresaliente en francés, gracia que difícilmente se obtiene en academias militares.

Cuando comenzaba a cursar el quinto semestre tuvo que abandonar los estudios por prescripción facultativa y trasladarse a Canarias, volviendo a Cuba dos años después, aunque hallándose impedido de continuar sus estudios militares por haberse clausurado la academia de esta isla.

Se dirigió a Vuelta Abajo, al poblado de Luis Lazo, donde permaneció dos años. Allí fue instructor de la Compañía de Voluntarios, recibiendo aún hoy de los entusiastas individuos que la componen señaladísimas pruebas de afecto.

Más tarde embarcó en los buques Fama de Canarias, Triunfo y Rosario, pertenecientes a la firma Rodríguez y Cia., con el empleo de agente de la referida sociedad mercantil.

Luego pasó en clase de sobrecargo a la conocidísima empresa de los señores Sobrinos de Herrera, navegando por espacio de cuatro años en diversos vapores de la casa, particularmente en el Ramón de Herrera, y el Julia, que hacían viajes a Canarias.

Wenceslao Abreu fue náufrago del vapor Manuelita y María, perdido en los arrecifes de Versalles, frente a Cayo Romano, en esta isla.

Perteneció en clase de primer teniente al cuarto batallón de voluntarios de La Habana.

Por acuerdo del señor gobernador regional, nuestro ilustrado paisano, el Excmo. señor D. Agustín Bravo, desempeñó Abreu la plaza de celador de Policía de gobierno en las villas de Jibara y Jovellanos, y en ambos pueblos presto señalados servicios dejando gratos recuerdos de sus delicadas gestiones.

Como escritor, Wenceslao Abreu cultiva con éxito ese estilo cortado, fácil y ligero que tan bien manejan en la Península Luis Taboada y Eduardo de Palacio.

En los años 1884 a 1885 figuró como redactor de La Voz de Canarias, importante semanario que publicaron en esta capital el ilustrado periodista D. Francisco Ojeda, residente hoy en Las Palmas, y nuestro consecuente amigo el conocido comerciante tinerfeño D. Antonio Pérez y Pérez.

Todos los periódicos que han visto la luz en La Habana, dedicados a defender los intereses de las Canarias, han tenido en Wenceslao Abreu un colaborador decidido y entusiasta.

Actualmente escribe en Las Afortunadas, y en el Diario de Avisos de Santa Cruz de La Palma, unas veces firmando sus trabajos y otras usando el pseudónimo de Tanausú, el valiente príncipe palmero que prefiriola muerte antes que ser esclavo de los feroces españoles que conquistaron su patria.

Como poeta —porque también Wenceslao hizo renglones cortos— parece otro hombre. Ha tomado la poesía por lo serio, y todas sus composiciones tienen un dejo melancólico que las caracteriza. El que haya leído versos suyos, publicados en periódicos de esta capital y de Canarias, convendrá con nosotros en que la musa de Wenceslao Abreu es una musa triste, mas a propósito para inspirar a un poeta romántico de los pasados tiempos, que a un hijo de este siglo bullicioso y emprendedor.

Y aquí terminamos no sin pedir a nuestro simpático biografiado nos perdone el atrevimiento que hemos cometido al trazar estas líneas. Culpe Wenceslao Abreu al que, conociendo nuestras escasas fuerzas literarias, nos ha encargado este trabajo. Otro cualquiera lo hubiera hecho, si no con mejor voluntad, al menos con mayor competencia e ilustración.

A los comienzos de la actual campaña, ingresó Abreu como teniente en la guerrilla local, Montada de Sagua la Grande, en la que prestó muchos e importantes servicios a España, los cuales constan en su hoja de filiación, por lo que ha sido propuesto para la cruz de Carlos III, libre de gastos.

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