[*Otros}– “Canarios de Santa Lucía”, cuento de emigrantes escrito por el uruguayo Alfredo Gómez

Carlos M. Padrón

Por un comentario que el uruguayo Alfredo Gómez Martínez, de ascendientes Canarios, puso en este post de Padronel, supe que había paret/wp-admin/edit-comments.php?s=alfredo+g%C3%B3mez&comment_status=all&pagegen_timestamp=2011-11-08+22%3A20%3A53&_total=7569&_per_page=20&_page=1&_ajax_fetch_list_nonce=a02a1a5af3&action=-1&comment_type&paged=1&actioticipado en un concurso de cuentos patrocinado por el gobierno Canario en Santa Lucía (Canelones, Uruguay) en el que fue seleccionado entre los ganadores, y su cuento fue publicado en Canarias en el libro titulado “Canarios de ida y vuelta”.

Interesado, solicité su permiso para publicarlo en Padronel, y aquí va una emotiva narración, comprimida en el tiempo, hecha en torno a los orígenes Canarios de Alfredo.

Es una historia de emigrantes Canarios como podría ser la de muchos de mi pueblo de El Paso —o de cualquier otro pueblo de Canarias— que emigraron a América en aquellos tiempos.

***oOo***

Canarios de Santa Lucía

Por Alfredo Gómez Martínez

– I –

La lava baja por la ladera, roja, amarilla, negra, azúcar fundida, caramelo. Dan ganas de tocarla, de

jugar con ella, de llevársela a la boca para sentir su sabor dulce. Los viñedos van quedando

sumergidos, súbitamente encendidos, atrapados entre los torrentes vivos, serpientes de fuego que los estrangulan, los devoran mientras aún se retuercen y estallan sus racimos morados y se achicharran sus vástagos y se evapora hirviente el agua de sus retoños verde claro.

Tenía entonces apenas dieciocho años y una figura enjuta. Era fuerte y delgado como una parra, sus brazos sarmentosos, el paso ágil y firme, ojos del color de las uvas verdes y la mirada serena del campesino. Pero el campo ya no era campo sino un mar negro de escoria humeante, carbones agonizantes, como un gigantesco brasero extinguiéndose lentamente. Un malpaís (1) tan bello como desolado e inhóspito.

Las arenas de Lanzarote se confundían así con los campos de labranza, como si se tratase de un solo manto negro bajo el cielo de plomo, pesado, caluroso, omnipresente.

Eulogio se quitó la camisa y se enjugó con ella la cara y el torso sudoroso. Miró la extensión del campo que abarcaba desde la altura del taro (2) donde se había encaramado.

Lo que había sido verde, como un mar de hojas, ya no se distinguía del resto del volcán que, humeando desde su chimenea como un diablo satisfecho, se tomaba, como él, un descanso.

Eulogio sabía que esto había ocurrido una y otra vez, como las plagas de langosta, las sequías y la peste.

No había lugar para congoja en su corazón, sólo el conocido desencanto y la resignación del que acarrea en sus espaldas generaciones de labriegos acostumbrados a quebrar la cintura cortando la caña de azúcar, segando trigo, o descalzando viñas para hacerles circular la savia desde las raíces.

Los mismos que, como él, transformaban las uvas en el vino que se tragaban los barcos para llevarlo en sus barrigas hacia el continente. Pero no habría vino este año. La sangre de los racimos se desvanecía entre el vapor del azufre.

La sangre, su sangre, la de Eulogio, parecía que se le secaba en las venas, como el gofio en su zurrón, como la arena negra de la playa lejana. Asimismo, su ojos, duros y secos, miraban los campos aquella tarde de fin del verano, viendo a la vez un fin y un comienzo.

– II –

¿Qué cosas necesitaba un labriego del siglo XIX en busca de nuevas tierras? El arcón de madera con sus herramientas de mano, ropas, un rosario y una imagen de La Candelaria, y la bendición llorosa de su madre bajo la mirada arisca del padre.

Su padre, al despedirse, le diría poco; alguna frase que en esa ocasión iría de boca en boca por el muelle, como una plegaria que se repite.

Eran muchos los que, como él, zarpaban, pero Don Morales tenía una sorpresa para él y se la dio en el último instante, cuando él ya daba el primer paso en la rampa hacia el navío.

Tome m’ijo —, le habrá dicho, mientras le alcanzaba un saco de arpillera—. A ver si le prenden, y que no haya volcán que se las queme allá por las Indias.

Una vez a bordo, entre la gente que se apiñaba y lo empujaba, acomodó como pudo su baúl y su bolsa de arpillera cerca de la borda opuesta al muelle, y corrió hacia la que daba al embarcadero para intentar un último adiós. Pero ya no pudo ubicar a sus padres entre la multitud que, como un solo cuerpo de mil manos y pañuelos blancos, despedía a los viajeros.

Aturdido, saludó igualmente al muelle que se alejaba y siguió allí, mirando, mirando a su isla que jamás antes había visto tan lejana. Hasta que fue un punto en el horizonte. Y después, nada.

Recién entonces Eulogio dejó de mirar la lejanía y recordó sus cosas abandonadas del otro lado. Pero cuando se disponía a ir hacia allí, le azotó un mareo repentino que le hizo tener que apoyar sus espaldas contra la borda húmeda, y un vómito que no pudo contener le llenó la nariz y lo desbordó, dándole apenas tiempo de girar la cabeza para “alimentar a los peces”.

Así pasó unos minutos, recuperando la respiración, sintiendo su cabeza llenarse y vaciarse de sangre, calor y frío en sus mejillas y en su frente.

Sintiéndose mejor y más liviano, desanudó el pañuelo que llevaba en el cuello, para limpiarse el rostro, y, mientras lo hacía, con el rabillo del ojo advirtió la sonrisa burlona de una muchacha.

Ella cortaba rebanadas de cebolla que iba colocando en unos pedazos de pan blanco y ofreciéndolo a dos niños menores que parecían ser sus hermanos.

Al ver que él la miraba, con un gesto travieso adelantó una rebanada colocándole encima media cebolla, y ofreciéndosela a Eulogio. Él sacudió la cabeza y los dos rieron, sonrojándose.

Eulogio recordó su equipaje abandonado y se dirigió finalmente hacia aquel costado del barco. El cofre estaba donde lo había dejado, y alguien había colocado la arpillera encima de él, seguramente tratando de hacer lugar para sus propios bártulos.

Eulogio se sentó en cofre y, colocando la bolsa entre sus piernas abiertas, la abrió para ver qué era lo que su padre le había dado allí.

Eran tres plantas de vid: dos de la variedad blanca, famosa por sus abundantes racimos, y una de la uva negra, de granos menudos y racimos fáciles de cortar, para los que no hacía falta usar tijeras.

El padre había colocado cada racimo en uno de los canastos que él tejía con destreza en las noches, antes de la cena. Las raíces estaban envueltas en arpillera húmeda, con un poco de tierra, y cada tiesto estaba unido a los otros por una soga de esparto que los mantenía firmes, formando como una pequeña isla.

– III –

Esa noche, Eulogio buscó a la muchacha de las cebollas, pero sólo pudo avistar a uno de los hermanos que, ante su saludo amistoso, le sacó la lengua y le dio la espalda.

El barco se animó luego con bandurrias y mandolinas. Alguien entonó una copla de moda que decía algo como:

Pa’La Habana me voy, madre,
a comer plátano frito
porque los pobres aquí
son esclavos de los ricos.

A la que alguien respondería: “Oye, que te has equivocao de barco, este va p’al Río de la Plata, hombre”.

La gente reía, pero algunos preferían buscar un lugar tranquilo y dormir. Eulogio, desanimado al no encontrar a la joven, decidió hacer lo mismo, pero antes procuró un poco de agua para sus plantas, las humedeció apenas y se durmió sintiendo el olor de las hojas, y soñando con un mar de viñas donde sus padres le sonreían alcanzándole racimos blancos y negros que cambiaban de color al tocarlos.

Él era un niño otra vez y sacaba la lengua para mostrarle a sus padres cómo la uva se la había teñido de morado.

– IV –

Los días pasaban, y los pasajeros se iban conociendo. Eulogio y la muchacha ya se llamaban por sus nombres de pila y pasaban largos ratos juntos, sentados en el sol de las tardes que se notaban cada vez más largas al ir el navío avanzando hacia su austral destino: Montevideo.

Ésa era la palabra que se cruzaba más a menudo en sus conversaciones. Dorotea la pronunciaba con una ‘v’ cortante, apoyando sus dientes en el labio inferior, a la manera portuguesa, lo cual a Eulogio le parecía muy divertido y coqueto.

Él se cuidaba mucho de pronunciarla así, le parecía afeminado el hacerlo. En cambio ahuecaba la voz en busca de un sonido grave cuando decía ‘Uruguay’, observando el efecto que producía en ella al hacerlo.

Los dos trataban de impresionar al otro con historias y conocimientos del lugar al que se dirigían, y así, con palabras sin compromiso, se iban enamorando. Como dos pajaritos, como dos canarios entre otros canarios que también se enamoraban, se cantaban y se besaban los piquitos tímidamente y con recato.

– V –

El final del viaje llegó repentinamente una mañana.

Aunque muchos habían sido los días en que esperaron con ansiedad ese momento, habían terminado por acostumbrarse a la vida en el barco al punto en que ya no pensaban en otra.

Eulogio despertó y vio que se encontraban en una bahía. Le sorprendió el color marrón del agua y el aire un poco frío.

A su derecha veía un morro verde en cuya cima un fuerte parecía dormitar en las luces del amanecer.

Los pasajeros despertaban a las voces de la tripulación que preparaba el barco a todo afán.

Eulogio buscó a Dorotea con la vista mientras acomodaba sus cosas; la vio y le hizo un gesto desde lejos. Ella le respondió y se entendió que se verían al desembarcar.

Con mucho cuidado se peinó el mechón rubio que le caía sobre la frente, demasiado largo ya, y buscó en su baúl la camisa que su madre le había preparado para el desembarco.

Su tío Pedro y su tío Ruperto estarían esperándolo, y había que causar buena impresión a los parientes que serían todos sus conocidos en este nuevo mundo. Bueno, también estaba Dorotea; ella estaría con sus hermanos en casa de su padre, quien estaba establecido en Montevideo desde hacía cinco años.

La madre de Dorotea había muerto el año anterior; una fiebre. Fue todo lo que pudo sacarle a Dorotea, pues ella no quería hablar de eso.

Eulogio miró a su alrededor y vio unas gaviotas muy grandes y blancas sobrevolando el barco. También había golondrinas azules, brillantes, infinidad de ellas. Y él también se sintió como un pájaro a punto de emprender un vuelo.

Sacudió los brazos flacos como en un aleteo, y se unió, con su cofre y sus vides, a los que ya se arracimaban en el lugar donde colocarían el planchón de desembarco.

Pensó en su madre y su padre, en Lanzarote y sus aguas tibias y sus arenas pardas, en su infancia entre uvas moradas y pájaros amarillos, y dio un primer paso en su nueva tierra.

Entre los rostros de la multitud le pareció ver el de su padre, pero en un cuerpo un tanto más alto, y junto a él otro que tenía sus propios ojos verdes y su pelo rubión. Eran sus dos tíos indianos que le sonreían echándole los brazos.

—Oye, pibe, pero no se puede negar que eres Morales. ¡Más que nuestro sobrino pareces nuestrohermano!— decía Pedro.

Mientras, Ruperto, el más fuerte, le ayudaba con el baúl e intentaba agarrar el saco al que Eulogio se aferraba.

—Pero, ¿qué traes aquí en ese saco, que lo tienes tan cogío muchacho?—, decía entretanto Ruperto.

—Son unas vides, que me las ha dao mi padre—, balbuceó Eulogio.

Los tíos se echaron a reír.

—¿Y tú te has cruzao el Atalántico con ellas? Es que seguramente tu padre se ha creío que aquí no teníamos viñas. Espera y verás qué vino beberemos esta noche a tu salud.

– VI –

Esa noche Eulogio comió carne como nunca en su vida. Los tíos habían invitado a muchas personas, canarios y criollos, para celebrar su llegada.

El arribo del barco había convulsionado la ciudad y sus alrededores. Los fogones resplandecían por doquier. Por todas partes se sentía el olor de la carne asada y del humo de leña.

Quebracho, le dijeron a Eulogio que aprendía otra palabra para decirle a Dorotea. Pensó: “Quebracho, nombre de árbol macho”, mientras sopesaba un pedazo de madera que parecía un bloque de hierro por su dureza y peso.

El vino era un poco áspero comparado al de su padre, pero acompañaba muy bien al churrasco y lo fue mareando de a poco.

Entonces se apartó de los fuegos y, mirando la oscuridad de la ladera del Cerro, escuchó los sonidos de la noche de aquel lugar tan diferente pero a la vez familiar.

Haciendo muy poco esfuerzo, cualquiera de las voces de sus tíos resonando entre las risas podía parecerle la de su padre.

La música de las vigüelas repetía los ritmos que tañían los marineros en las noches del barco. El aire entraba en los pulmones con el perfume de los viñedos, igual que al principio del verano en la isla, pero no estaba en su isla ya. Las estrellas no eran las mismas, eso, más que otra cosa, se lo recordaba. Ahí estaba la Cruz del Sur, inmensa y brillante como una flecha en el cielo tupido de constelaciones.

Encendió un tabaco, negro, de la plantación de Pedro. El humo azul y perfumado lo ayudó a marearse un poco más. Pensó en Dorotea, allá abajo en la ciudad, con su padre y sus hermanos, posiblemente celebrando con menos alegría al no poder evitar el vacío de la ausencia de su madre.

Esto lo llevó a pensar en la suya, que tal vez nunca volvería a ver, pensó con espanto y, por primera vez y de golpe, se sintió huérfano, como Dorotea y sus hermanos.

Quiso tenerla cerca, como en el barco, pero en cambio la soledad le llegó esa noche como una visita inesperada. Se le quedó en el pecho y en la garganta y, ya cerca del amanecer, aún seguía clavándole las uñas cuando despertó llorando en silencio en una cama que sintió fría y extraña.

Recordó a sus dos tíos hablando en voz baja y riéndose mientras lo llevaban a su habitación.

—Debe haber sido el cambio de aire—, decía Ruperto.

—Muy flojito para tu vino—, le contestaba Pedro.

Entre los dos le sacaban las botas y lo arropaban, como a un niño.

– VII –

Pasaron unos meses en los que Eulogio trabajó con Ruperto en las viñas y en la casa. Algunas veces Pedro lo levantaba y se iban a caballo hasta su chacra donde las hileras de tabaco parecían hechas con regla, según decía el mismo tío, orgulloso.

Eulogio tenía un especial ímpetu para el trabajo y más de una habilidad que a diario descubrían sus tíos. Porque cuidaba muy bien de los animales, y  entendía de plantas e injertos. Así que a las plantitas que había traído logró hacerlas sobrevivir y las cuidaba con mucho amor, a pesar de las burlas de sus tíos.

Las había trasplantado al día siguiente de llegar, buscando un lugar protegido. Al soco como dijo el criollo que lo acompañó al galpón a buscar una pala de dientes.

Al bajar el pie con el envión de cavar, sintió que bajo la pala se abría la tierra como una madre, negra, húmeda y tibia. El aliento de esa buena tierra le perfumaba el aire y le hacía palpitar el pecho, como cuando pensaba en Dorotea. Un día, también ella se abriría para él, y entre los dos echarían hijos al mundo.

Había mucho campo, mucha abundancia, mucho alimento para criar muchachos, canaritos de carita colorada y pelito rubión. Aunque, quién sabe, si salían a la madre iban a ser más oscuritos, con ese color canela de Dorotea, y esos ojos como piedritas de azabache.

– VIII –

Los domingos, Eulogio veía a Dorotea en la Iglesia Matriz. Su padre, Don Santana, tenía negocios con los Morales y, luego de la misa, los tres solían reunirse en la plaza.

Mientras los hombres hablaban del tabaco y el vino nuevo, los hermanos de Dorotea correteaban entre los canteros, y ella y Eulogio paseaban entre los árboles hablando en voz baja y, cuando nadie los veía, se rozaban las manos con mucho disimulo.

Lo que no sabían, ni podían imaginar, era que entre los tres hombres ya había un acuerdo, mejor dicho, un arreglo para facilitarles lo que ellos creían ocultar.

Las conversaciones de los Morales y Santana ya estaban mucho más avanzadas que sus tímidos roces. No era todo vino y tabaco de lo que ellos trataban. Así era que ya habían hablado de bodas y dotes y otros asuntos prácticos.

Una mañana, mientras se preparaban para ir a misa, Pedro le dijo a Eulogio que quería hablarle de algo importante.

Lo llevó al comedor y, sin más ni más, le dijo:

—Nos hemos dado cuenta de que entre tú y Dorotea hay algo.

Eulogio casi se desmaya. Sin saber qué responder, y sintiendo que a su cara se le prendía fuego, tartamudeó una incoherencia con una voz que se le aflautó en forma descontrolada.

Sin hacerle ningún caso, su tío le dijo:

—Hoy vas a pedirle la mano a Don Santana, él ya lo sabe y te está esperando.

Eulogio sentía que la cabeza le daba vueltas y la habitación ya comenzaba a parecérsele al barco, cuando escuchó decir a su tío:

—Tengo unos campos a unas cuantas leguas de aquí, sobre el Río de Santa Lucía. Ése va a ser mi regalo. Están cerca de un poblado, al que antes llamaban San Juan Bautista, que está creciendo mucho, es una buena zona para las viñas.

Y así se decretó la boda entre Don Eulogio Morales y Doña Dorotea Santana, que con unas cuadras de campo, regalo de Pedro, una yunta de bueyes y una recua de vacas, regalo de Ruperto, más unos reales que Don Santana aportó como dote de su hija, partieron hacia el pago de Canelones, llamado así por unos árboles de hojas muy verdes y frondosas que poblaban esos parajes y que tienen algún parecido al árbol de la canela, del que deriva su nombre.

Partieron los dos: Eulogio con ojos verdes de enamorado, y Dorotea con la piel canela de recién desposada.

– IX –

Eulogio y Dorotea se establecieron a orillas del Santa Lucía, cerca del Arroyo de las Negras, un afluente que corre a pocos kilómetros del casco del pueblo y desemboca allí nomás en el río.

Eulogio plantó sus viñas y un poco de tabaco, y cuidaba su ganado como había aprendido a hacerlo en Las Canarias.

Y en eso no era como los criollos que sólo cuidaban así al caballo de montar. Él cepillaba a sus vacas, las ponía en cobertizos, como si fueran para una exposición. Brillositas, las tenía.

Los primeros años fueron bravos, mucho trabajo, pero Eulogio no aflojaba.

Se acriollaban los dos. Por las tardecitas tomaban mate y fumaban tabaco negro, plantado por ellos. Dorotea se hizo muy aficionada al cimarrón. Los dos conversaban cada vez menos; no hacía falta, se entendían igual.

Juntos vieron llegar la primera inundación, que no sería la última. Mientras miraba al Santa Lucía estragando sus primeros cultivos, Eulogio recordó los ríos de lava tragándose las parras. Pero no dijo nada a Dorotea.

Levantaron sus cosas y, cuando el rancho cedió al empuje de la corriente, ya habían empezado a construir otro donde el agua no llegaría nunca: arriba de una colina desde donde se divisaba el campanario del pueblo.

Y llegaron hijos y, como en aquellos tiempos ocurría, se salvaron algunos y otros murieron.

La primera que les nació fue Carmen. Otra del color de la especie, y ojos como carboncitos, igualita a la madre. Iban a seguir dos varones que llevaron los nombres de los tíos abuelos, Pedro y Ruperto, y luego una segunda niña a la que llamaron Dorotea, a insistencias de Eulogio que quiso que el nombre de su esposa adorada así se continuara.

Los hijos crecieron, y Dorotea y Eulogio maduraron. Los hijos crecieron más y se casaron y tuvieron hijos, y Eulogio y Dorotea tuvieron nietos y les pasó lo que les pasa a los abuelos: se fueron poniendo más viejitos.

Sus nietos los visitaban y pasaban los veranos con ellos. Los ayudaban a enhebrar las hojas de tabaco para ponerlas a secar. Los ayudaban a deshojar las parras cuando llegaba el momento de cortar la uva. Los ayudaban a deschalar maíz para forraje, y los miraban como los nietos miran a sus abuelos, escuchándolos hablar de nombres desconocidos para ellos: Tenerife, La Palma, La Gomera, El Hierro, Lanzarote, Fuerteventura, Gran Canaria,…

A una de las nietas, María, hija de Carmen, le causaba gracia la forma en que su abuela decía ‘Montevideo’, con la ‘v’ sonando entre los dientes, pero más gracia aún le causaba el abuelo cuando decía ‘Uruguay’. Sonaba como un sapo.

Carmen y su marido, Teodoro, vivían en otra chacra —con toda su prole, que seguía en aumento— pero hacia el otro lado, donde el agua no llegaba tanto.

María visitaba a sus abuelos con mucha frecuencia. También visitaba a sus tías de Montevideo, hijas de Pedro, que la asombraban por lo altas y esbeltas.

A María le gustaba saberse parte de esa familia, que eran canarios pero de Las Canarias, pues en Montevideo le decían canarios a todos los que vivían en Canelones. Pero eran cosas distintas, y ella sabía que no había que tomarlo como una burla, aunque esa fuera la intención de los montevideanos.

—Canarios sí, pero de las Islas—, decía la abuela Dorotea con orgullo.

—Y ahora también canarios de Canelones—, decía el abuelo, riéndose y para hacerla rabiar.

María entendía perfectamente y se lo explicaba a todo el que la quisiera oír.

– X –

Cuando Eulogio murió, Dorotea envejeció diez años en un día. Tal vez fuera la impresión de despertarse aquella mañana junto a su cuerpo helado y ver junto a su rostro los ojos verdes que desde la muerte seguían mirándola con ternura.

Carmen fue la primera en ser avisada y con Teodoro se encargó de arreglar todo para el funeral.

Dorotea no hablaba, no lloraba, pero se encogía minuto a minuto. Junto al féretro estuvo hasta casi caerse en la fosa, y entre hijos y yernos y nueras la rodearon para alejarla de la tumba donde quedó Eulogio soñando para siempre con viñedos y playas de arenas negras.

Carmen y Teodoro la llevaron a vivir a su chacra. Allí tenía su propio ranchito arrimado al de ellos.

Dorotea hacía todas sus cosas, manteniéndose independiente. Se volvió más y más solitaria y taciturna. No hablaba casi nunca, y pasaba las horas junto a su brasero tomando mate y fumando su tabaco negro.

Por las tardes, María la acompañaba, sentándose a leer a su lado sus cosas de la escuela.

Dorotea emanaba silencio. Sólo lo interrumpía el chisporrotear de las brasas y el borboteo de la caldera de agua.

A María le gustaba compartir ese silencio con su abuela, pero un día la sorprendió la voz de Dorotea que rompía su mutismo senil.

—¿Qué es eso que lee tanto m’ija?—, decía Dorotea.

María, un poco sobresaltada pero queriendo proseguir con su libro, contestó:

—Son cosas de la escuela, abuela.

—Sí, pero ¿sobre qué está leyendo? ¿de qué se trata?—, insistió Dorotea.

—Abuela, es sobre José Gervasio Artigas, el Padre de la Patria— respondió la niña, tratando de no perder el hilo de la lectura y sin levantar la vista.

Entonces María oyó horrorizada lo que para su comprensión de niña equivalía a una blasfemia, algo que nunca jamás volvería a escuchar en Uruguay y que recordaría por el resto de su vida:

—Ah, ¿ése?—, replicó Dorotea—. ¡Ése era un salvaje criminal! Yo lo conocí.

Y ya no dijo más. María intuyó que la mente de su abuela se encontraba en otros espacios, pero nunca pudo saber qué había detrás de ese desvarío, ni nadie lo sabrá. Tal vez para ese entonces la misma Dorotea tampoco lo sabía.

– XI –

Dorotea mira las brasas, ceba un mate lentamente sosteniéndolo con su mano izquierda, la misma con que sostiene el tabaco. El humo azul del cigarro, el vapor gris del agua, y el gas transparente del carbón le hacen entrecerrar los ojos.

Ahí está Lanzarote, el volcán la lava que se apaga. La media cebolla que le ofreció a Eulogio para embromarlo, le hace llorar y, a través de sus ojos empañados, ve en el color de la yerba mate los ojos de Eulogio; y en las lágrimas que bajan por los surcos de sus mejillas siente el sabor del mar tibio entre las Islas.

Como en un sueño que no es de ella, ve a Eulogio con un racimo de uvas en cada mano, uno negro y otro blanco, que cambian de color cuando ella los toca.

Y cuando Eulogio roza sus manos, está en la plaza matriz que es una isla, y la isla es un barco que navega con la popa en contra del viento, y en contra del tiempo, hacia una playa parda donde Eulogio la espera con una camisa nueva sentado en un baúl donde se apoya una bolsa de la que asoman y crecen muy rápido tres sarzos de vid que cubren con sus hojas verdes el malpaís y el volcán negro que se apaga, que se apaga, se apaga, se apaga, se apa…

– XII –

La abuela de María, Dorotea, mi bisabuela, veía todas las mañanas los ojos de Eulogio, los que yo veo reflejados en mi espejo ahora.

Los suyos, de azabache, los veo en mi sobrina que nació hace tres años, con la piel canela y la sonrisa traviesa.

~~~

(1): En Canarias, caladas de lava solidificada rápidamente que presenta una superficie agrietada y agrupada.

(2): Palabra típicamente lanzaroteña. Llámase así a una construcción que se hace con piedras superpuestas.

4 comentarios sobre “[*Otros}– “Canarios de Santa Lucía”, cuento de emigrantes escrito por el uruguayo Alfredo Gómez

  1. Toda historia de emigrantes se romantiza, y ésta ni digamos. Pero he aprendido un par de cosas leyéndola:

    1) Eulogio es un nombre y no la (mala) traducción que hacemos en USA de “eulogy”;
    2) ¡En las Islas Canarias y en Uruguay producen vino! Algo que he asociado siempre con la región de la Rioja, de España o de Argentina, pero jamás con Las Canarias, mucho menos con Uruguay.

    Gracias.

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  2. Javier, tu ignorancia vinícola es casi blasfema. 😦

    • Primero, en España hay más regiones vinícolas además de La Rioja.
    • Segundo, los vinos de Canarias son muy buenos y variados, pues en las islas en las que se dan, ninguno se parece al otro. En La Palma, mi isla natal, hay bodegas que han ganado premios internacionales, y el malvasía dulce de Fuencaliente tiene fama ídem

    Si entras AQUí o también AQUÍ encontrarás bastante material al respecto.

    El enólogo de Vega Norte es, por cierto, hijo de un amigo mío de la infancia. Así que ya puedes comenzar a sospechar por qué voy yo tanto para allá 🙂

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  3. Querido nuevo amigo canario. Quisiera aclarar el punto expresado en mi anterior mensaje respecto al apelativo “canario”.

    Hoy por hoy ya ha perdido en Uruguay el cariz peyorativo de hace unas décadas y, por el contrario, se ha esclarecido su origen (creo que para la mayoría de los uruguayos), y se ha tomado con orgullo dicha denominación.

    Como es frecuente en otros países, los diferentes departamentos del país tienen un nombre particular para sus habitantes. Por ejemplo, a los nativos de San José se les llama maragatos, sanduceros a los de Paysandú, etc.

    Creo que en el caso de los habitantes de Canelones, lo de llamarnos canarios hace mención a nuestro origen, pero además se sustenta en la coincidencia de las primeras letras del nombre del departamento, de manera que lo hace casi natural.

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