[*FP}– La seda en los recuerdos de mi infancia

Carlos M. Padrón

A comienzos de la década de los años ’50s había en El Paso varias familias que criaban gusanos de seda, y en mi casa mi madre decidió embarcarse en tal aventura uno de esos años.

La sala de nuestra casa fue habilitada para poner las allá llamadas “panas”, armazones circulares planas, de poco más de un metro de diámetro, con fondo de paja en el cual se fijaban ramas de brezo, como de medio metro de alto, para que, llegado el momento, los gusanos subieran e hicieran entre ellas sus capullos.

Para alimentarlos hacían falta muchas hojas de morera, así que temprano en la mañana salíamos los cuatro —mi madre, mis dos hermanas y yo, que iba muy a disgusto porque no me gustaba ni las madrugadas ni las tareas de campo— a hacer en el monte la recogida de tales hojas que, luego de que se refrescaran, se depositaban sobre las panas para que los voraces gusanos las comieran.

Gusanos en pana

Gusano de sea comiendo. Las pequeñas bolitas negras son excremento, pues la voracidad necesita mucho desahogo.

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Gusanos en pana 2 

Gusanos de seda comiendo sobre la “pana” que es lo marrón de forma circular que les sirve de fondo.

De toda la ceremonia de la cría, lo que sí me gustaba era entrar sigiloso en la oscura sala y ponerme a escuchar el extraño ruido de los animalitos comiendo sin parar.

Llegado el momento, cada gusano, que ya había tornado en amarillo el color blanco que tuvo antes su cuerpo, subía por la rama de brezo, escogía una ‘Y’ que fuera de su agrado, y segregando por su ano un líquido amarillento —de ahí el color antes mencionado— que se convertía en delgada hebra, iba envolviéndose con ella hasta quedar atrapado dentro de un perfecto capullo con ligera forma de 8.

Terminada por fin esa etapa de la confección de los capullos, había que retirarlos con cuidado de entre las ramas de brezo, acumularlos y pedir cita en una de las pocas casas que en el pueblo tenían las instalaciones para “sacar la seda”.

Capullos

Capullos una vez retirados de las ramas de brezo y listos para “sacar la seda”.

El proceso se tomaba toda una jornada de trabajo, y no lo recuerdo muy bien porque me sentí incómodo entre la gente, para mí extraña, que habitaba en la casa, ubicada frente al lugar llamado Las Dos Palmas, en Tajuya, a la que los cuatro ya citados fuimos un día, desde temprano, a “sacar la seda”.

Recuerdo que sobre un fogón había una gran caldera de cobre en la que pusieron a calentar agua, y cuando ésta estuvo a punto echaban capullos dentro de la caldera y los hacían girar en el agua caliente con un instrumento de palo, lo cual, si mal no recuerdo, hacía que la seda fuera desprendiéndose.

Mujer frente capullos en caldera

En agua muy caliente, para ablandar los capullos y poder desprender la seda.

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Seda desprendiendose

Buscando la hebra.

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Capullos en caldera

Preparados para el próximo paso.

Entonces se la “pescaba” con otro instrumento y se la llevaba hasta una especie de husos.

Pesca del hilo

Todos eran instrumentos de artesanía local.

Sí recuerdo muy bien, tal vez por lo desagradable que me resultó, que a la hora del mediodía mi madre tendió en el suelo, en la zona de la tarea pero lejos del calor de la caldera citada, un mantel sobre el que colocó los platos, cubiertos y comida que al efecto habíamos traído, y se suponía que nosotros cuatro teníamos que sentarnos en el piso, alrededor del mantel, y proceder a dar cuenta de la comida.

Como yo era muy tímido, no quise hacerlo en presencia de la señora que se ocupaba de la caldera, y de las dos muchachas que la ayudaban, así que me alejé, me senté bajo la sombra de un almendro, y me quedé sin comer.

No recuerdo siquiera en qué terminó aquel para mí medio calvario, pero tarde ya regresamos a casa, caminando y cargando con casi todo lo que llevamos más las madejas de seda cruda; creo recordar que así la llamaban, “seda cruda”, pero no estoy seguro.

Todo era muy rudimentario, pero funcionaba. Las madejas de esa seda cruda las llevamos luego a casa de unas tías de mi padre, llamadas Juana y María, solteronas ellas, que vivían en La Rosa —un barrio de El Paso, enclavado en la parte alta del pueblo— y que por muchos años se habían dedicado a procesar seda en unos telares que al efecto tenían, todos de madera y que se manejaban con pies y manos al unísono.

Lo que después hacían allí sí que no lo recuerdo, pero cuando tuve oportunidad y me lo permitieron, pasé horas embelesado viendo cómo cualquiera de las dos viejitas accionaba el telar con sus pies, moviéndolos hacia adelante y hacia atrás, y teniendo ya lista en su lugar la madeja de seda depurada cuyo hilo extremo enhebraban en una pieza que, si mal no recuerdo, llamaban lanzadera, iba “lanzando” ésta en forma transversal entre otros hilos de seda previamente dispuestos en forma longitudinal.

Después de cada lance apretaba el conjunto, y así iba creando la trama del tejido de seda pura que luego serviría para hacer vestidos, sábanas, pañuelos y un sinfín de cosas más.

El Ayuntamiento de El Paso tuvo la loable iniciativa de crear lo que llamaron Museo de la Seda en el que cualquiera puede ver los diferentes pasos del proceso, desde la cría de los gusanos hasta la elaboración de tejidos, usando esos instrumentos rudimentarios que yo vi cuando era niño.

Ha sido una bella forma de salvaguardar un patrimonio cultural cuyo conocimiento queda aún en manos de algunas damas que han sido premiadas pro ello, según ya contó Wifredo Ramos, cronista oficial de El Paso, en el artículo El Paso: Reunión de Cronistas 2008 – Fiesta y paisajes.

Las fotos que ya incluí más las que siguen las obtuve de una presentación PPS que por cortesía del amigo Ramón López recibí hace tiempo, y que guardé para enriquecer este artículo, pues ilustran bastante bien algunos de los pasos que he mencionado.

Para bajar/ver un corto vídeo con algunas fotos más, clicar AQUÍ.

***

COMENTARIOS

Sicilia, P. R.
La primera vez que vi esos gusanos fue precisamente en El Paso, alla por el año 1955 cuando no tenía yo 10 años todavía, pero me acuerdo justamente del ruido que hacían comiendo.

Imagino que tanto El Paso como Los Llanos de Aridane continúan siendo ciudades con muchas curiosidades, como la de los gusanos.

Saludos.

Papaterra Héctor Antonio
Me interesaría conectarme con sericultoras. Soy de Argentina. Vivo en San Fernando del Valle de Catamarca.

Gracias y saludos.

Vicencio Díaz
Hace pocos días estuve hablando con Joaquín Clavería, y me invitó para primeros de año por si acaso ya habían nacido los gusanos.

Aparentemente, el ciclo de los gusanos era muy exacto, como lo era la floración de los cerezos en Japón, pero desde hace pocos años los gusanos le han confundido y han llevado a Joaquín, que no cree en nada ni en nadie, a meditar sobre El Cambio de Era, de la que me gusta hablar hasta por los codos.

Ahora ya sé para qué sirven los gusanos y cómo nos dan motivos para pasar un buen rato y en agradable compañía.

Roberto
Gracias por el estupendo artículo que, además, me trae magníficos recuerdos.

En mi casa no se criaron “bichos de seda” pero sí ayudé a personas que los criaban. Recuerdo que una vez, estando ya en la universidad, ayudé a sacar la seda a Nieves Martín (Nieves Galeno) en Tajuya, en la casa de otra Nieves, por debajo de la curva de la Cochina —Doña Nieves “La de la seda”— a quien vi la última vez en la feria de Pinoleres (creo que se escribe así) en La Orotava y que no sé si vivirá, pues era muy mayor.

También hay una anécdota curiosa en el Ayuntamiento de El Paso cuando se le regalaron semillas de “bichos” (gusanos de seda), pues fue un viernes y como, hacía un poco de calor, durante el fin de semana eclosionaron y el lunes por la mañana había “bichos” de “excursión” por gran parte de las dependencias municipales, y claro, todo el mundo a recolectar “bichos”.

En El Paso, en el Camino de El Calvario (hoy carretera), hay un edificio conocido por la Sericícola que era donde se criaban grandes cantidades de bichos de seda. ¿Se crían ahí todavía?

Charo
YO HE TENIDO GUSANOS DE SEDA SIMPLEMENTE POR TENERLOS YA QUE ME GUSTABA VER TODO EL PROCESO DE HACER EL CAPULLO Y LUEGO VER SALIR A LA MARIPOSA Y PONER LOS HUEVOS.

TAMBIÉN ME GUSTABA COGERLOS Y QUE SE “PASEARAN” POR MIS MANOS. ES VERDAD QUE SON MUY VORACES, MENOS MAL QUE SIEMPRE HABÍA MORERAS CERCA. LA ÚLTIMA VEZ QUE TUVE FUE HACE TAN SÓLO UNOS 4 AÑOS Y RECUERDO QUE ME LOS LLEVÉ DE VACACIONES A VINAROZ ( LOS TENÍA EN UNA CAJA DE ZAPATOS) CON UNA GRAN BOLSA LLENA DE HOJAS DE MORERA POR SI NO ENCONTRABA, PERO RESULTÓ QUE HABÍA BASTANTES DE ESOS ÁRBOLES ALLÍ.

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