[Col}– La niña de la guerra / Estela Hernández Rodríguez

07-03-2010

Ante la necesidad de encontrar un futuro mejor, la emigración ha obligado a muchos a dejar su terruño, y a otros les ha impuesto la necesidad de huir para preservar a su familia de los horrores de una guerra.

Muchos años han pasado por Isabel, esta mujer que relata su vida; un relato que se convierte en una bella pero triste historia. En la vida de Isabel muy pocas veces existieron momentos de alegría, pero sí la añoranza de sus islas, de su familia.

Quizás si en lo ecónomo le hubiera ido bien a sus padres, y sin un conflicto armado, principal motivo de la separación de los suyos y de las sus islas, nunca le hubiera tocado abandonarlos.

Pero no había otra solución. La emigración era la única forma que tenía su familia para salvar la vida, con la esperanza de volver a reunirse algún día. Por eso viajaron a Cuba, donde les dieron asilo, y desde entonces se asentaron aquí, dieron lo mejor de sí en el trabajo, y rehicieron sus vidas, siguiendo sus costumbres y tradiciones que trasladaron a nuevas generaciones.

Es muy significativo escribir estas historias, y que no se queden dentro de los corazones de estos emigrantes, para que se conozca cómo les fue la vida y cuánto se sufre cuando uno deja su tierra querida. Es por eso que Isabel, que de niña sufrió estas experiencias, ahora, de mujer, las cuenta.

Estela Hernández Rodríguez

***

La niña de la guerra

Isabel de la Caridad Cruz Moya es una descendiente canaria a quien llaman Cachita, apodo que le fue puesto por su mamá, de nacionalidad cubana, y por su familia. Y esto por devoción a la Caridad del Cobre, la patrona de Cuba, llamada así por sus pobladores.

Isabel, nativa de Santa Cruz de Tenerife, vino a nuestra isla de Cuba a la edad de cinco años. Los motivos, fueron muy tristes: La Guerra Civil Española. Con lágrimas en los ojos me contó la historia de cómo una familia unida y querida se separó por los horrores de la guerra.

 

Relataba Cachita que con su madre, Josefa de la Caridad Moya Gómez, y sus hermanos, salió del puerto de Santa Cruz de Tenerife el 28 de abril de 1938. Venían como repatriados, y su padre, Manuel Cruz López, tuvo que quedarse en Canarias. Él ya había venido primero a Cuba en 1915, y el 12 de enero del 1920 se había casado con la mamá de Cachita, una cubana, y ambos se fueron a vivir a Canarias con tres hijos nacidos en Cuba: Olivia, Aurora y Manuel, pues en el año 1931 estaban muy mal los tiempos en Cuba. Ya de vuelta a Canarias nació su última hija, Isabel (Cachita).

Manuel, el padre de Cachita, era ciudadano español, y en 1938, en plena Guerra Civil Española, no pudo regresar a Cuba con sus hijos y esposa, pero ellos sí pudieron porque, para poder emigrar, se acogieron a la ciudadanía cubana de su madre. Para ello, en la entrevista que les hicieron sólo tuvieron que demostrar que eran cubanos y decir que querían volver a Cuba.

Ellos —decía Isabel— vivían a una cuadra del puerto de Santa Cruz de Tenerife. y venían a Cuba como repatriados; ésa era la única forma que tenían de salvarse de la angustia del conflicto armado.

Explicaba su mamá que, de no haberlo hecho así, se hubieran llevado a sus hermanos para el frente, pues también una de sus hermanas era enfermera. De Tenerife salieron para Lisboa, y de ahí, en el vapor Iberia, para Cuba. En ese vapor venían muchos repatriados de distintos lugares.

Cuando Isabel contaba sobre su niñez y sobre su abuela, de sus ojos caían lágrimas como cae agua de un manantial, sólo que el manantial lleva al paisaje la frescura de la naturaleza, y las lágrimas de Isabel llevaban el recuerdo inolvidable de una tierra a la que no quería dejar, de su querida abuela Aurora López López, y de su abuelo Felipe Cruz Padilla.

De su abuela me contó que tenía en Tenerife un bodegón, camino de Los Campitos, al final de la Rambla. Por ese bodegón, decía, pasaba todos los caminante y tomaban vino mientras comían rosquillas y pelotos de gofio que, por cierto, hacía Cachita muy bien.

A mi abuela le decían Seña Aurora, y la querían mucho, pues era muy buena y humana”.

Cachita relataba cómo era todo en el negocio de su abuela, pues a pesar de que en aquel entonces era una niña de 5 años, nunca se le olvidó eso: “Era un salón grande, con mesas y taburetes. Todas las mesas tenían jarras de vino”, decía, y entonces, por única vez, se rió, pues recordó que su abuela, Seña Aurora, les daba a tomar, a ella y a su mamá, vino con agua para abrirles el apetito, pues decía que estaban muy delgadas las dos.

De su papá recuerda que tenía en la sala de su propia casa —sita en Tigre, número 2, actualmente calle Villalba Hervás— una tintorería llamada La Americana, y que desde la ventana de su casa se veía el muelle.

Con su padre y sus hermanos salían a pasear a la playa, y cuenta que él los enseñó a todos a nadar. También habló de su hermano, Manuel, y dijo que había sido explorador. Manuel es el único que aún vive. Enfermo y con 81 años, habita a seis cuadras de la casa de Isabel, en Cuba.

Recuerda además la iglesia de San Francisco de Asís, donde la bautizaron, que estaba frente a la plaza del mismo nombre y en la calle Villalba Hervás

El regreso a Cuba lo tramitó la familia cubana, sus abuelos Arturo Moya y Eloísa Gómez. que venían en un auto de la embajada cubana para que evitar problemas, pues la situación de la guerra era muy difícil, muy peligrosa.

Con la guerra, su padre perdió todo en Tenerife —o sea, su tintorería— y se puso a trabajar como carpintero a el asilo de ancianos Los Desamparados, ubicado en el puente Zurita, donde murió.

Decía Isabel: “Lo que supimos de él desde que perdió todo fue por una amiga de mamá que le escribía a ella, y por unas monjitas del asilo que también lo hacían y que contaron lo de su muerte, en el asilo Los Desamparados, el año 1972, a los 80 años de edad y sin ningún familiar a su lado. Dos años después murió mi madre, Josefa de la Caridad. Ella, desde que salió de Tenerife le escribía a mi papá y le enviaba nuestras fotos. Él quería reunirse con nosotros, pero económicamente no podía. Nunca tuvimos noticias de mis otros familiares, de mi tía Olivia Cruz López, de sus hijos Juan y José Ojeda, de otro al que le decían Mayoyo, y de Perucho Ojeda”.

De su visita a Tenerife

Cachita pudo visitar su terruño, lo cual fue emocionante para ella, gracias a un proyecto llamado Los Chicharros, dirigido a emigrantes canarios para que pudieran visitar a sus familiares en esas Islas y en el que intervino un funcionario de Iberia de nombre Ramón Álvarez.

Cuando Isabel llegó a Tenerife y le dijo al grupo organizador de esa visita que ella había vivido de niña allí y que su casa estaba en la calle Tigre número 2, ahora Villalba Hervás, Ramón Álvarez comentó: “¡Mira que el mundo cabe todo en un pañuelo! Es increíble, pero precisamente ahí es donde están las oficinas de Iberia, donde yo trabajo como representante. Cuando por el programa visitemos ese lugar, te voy a dejar sola y me vas a decir dónde está el puerto y la calle donde vivías”. E Isabel estuvo de acuerdo.

Antes, y precisamente el día de su cumpleaños, visitó la iglesia de la Candelaria, por lo que el recibimiento fue más emocionante. Y las atenciones, muchas, como las recibieron por igual todos los que estaban con ella.

La llegada a Tenerife

En Tenerife se bajaron en Plaza España. Eran 26 los de la delegación que viajaba a esa isla. Y dice Isabel. “Cual fue mi sorpresa que ya no era todo igual. La calle era un boulevard, con mesas, sillas, y sombrillas”. Y, efectivamente, ella misma fue comprobando mientras caminaba cómo todo había cambiado, y cómo, en la misma dirección donde una vez estuvo su casa, ahora estaban las oficinas de Iberia y del periódico Ansina. Entonces Ramón Álvarez le dijo: “Aquí trabajo yo, donde mismo viviste tú”.

Contó Isabel que siguió caminando y llegó al parque donde de niña jugaba, y vio una estatua de un guanche con un perro, visión que fue muy fuerte para ella y allí mismo rompió a llorar, pues la estatua le trajo al momento el recuerdo del perro que, de niña, había tenido en Tenerife, al que le decían Rompecalzones porque en su presencia nadie podía molestarla, ya que el perro la cuidaba mucho.

Recordó que al salir ella para embarcar hacia Cuba, a su perro lo habían amarrado, pero tanto forcejeó el pobre animal que se soltó y llegó hasta el puerto, donde al despegar el vapor estaba como loco corriendo de un lado a otro. Él también sentía que se le iba un pedazo de su vida y que desde ese momento ya nada iba a estar igual.

A Isabel le contaron que su padre estaba lejos de ellos, como despidiéndose pero sin enfrentar la situación que para él eran tan triste y dura. Sólo su tío Felipe los despidió. Eso sí que no se le olvida.

Ya en Cuba, la isleña y su familia vivían mal. Su madre lo mismo cocinaba, que lavaba, y cocía sayuelas para unos polacos a 30 centavos la docena. No era fácil acostumbrarse a perder cierta estabilidad económica y verse pasando trabajos.

Pero su padre también estaba muy mal en Canarias, según contaba en sus cartas, mientras pudo escribirlas, que Isabel conserva con amor. Con el tiempo, la vida fue cambiando para ella y los suyos que, niños al llegar, fueron creciendo, estudiaron, y la economía de la familia, aunque no muy holgada, era resistible, hasta que mejoró aquella pobreza en la que vivían.

Hoy Isabel pertenece a la tercera edad, y en la Sociedad Canaria de Cuba se reúne con otros nativos canarios y con descendientes de éstos y se adentran en el conocimiento de las islas y, sobre todo, de su Tenerife, lo cual la colma de esa alegría que en una ocasión le faltó.

Es como si no quisiera escapar un minuto del tema, ya que la vida le otorgó retomar desde lejos el encuentro con sus ancestros, las tradiciones y costumbres que no las ha olvidado. Y así en cada reencuentro intercambian sus conocimientos, sus dudas, sus tristezas, y sus satisfacciones.

Me despedí de Isabel, quien dejaba escapar en su mirada la añoranza de los suyos, de su querida abuela “Seña Aurora”, y de la felicidad que disfrutaron cuando vivieron todos unidos, porque para los emigrantes su pasado siempre estará presente, más cuando el conflicto de una guerra fue el motivo del cambio de su destino y de la separación de su familia.

Estela Hernández Rodríguez
La Habana, Cuba.

2 comentarios sobre “[Col}– La niña de la guerra / Estela Hernández Rodríguez

  1. Sí, Olga, emocionante. Y sobre todo cuando tuve que entrevistarla a ella, pues es increíble como lloraba hablando sobre ello, como si no hubieran pasado tantos años. Estela

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